Abstract
An article (Luz, 1932): the Republic is not the closed room of its first governors but a space as large as the nation; the forces dominant in the first hour are forces of combat, not of government. Invoking Plato (in a Republic things go badly until each does his own), it claims a division of labour: let those who govern govern, and those who do not prepare the future.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
¡Quia, hombre! ¡Ése es el error en que estaba usted! Creía usted que la República es un cuarto cerrado, dentro del cual hay unos señores determinados y nada más. ¡No, hombre, no! La República es un espacio muy grande, tan grande como la nación, y dentro de él se dan muchos modos diferentes. Cuando uno de éstos falla, crece otro nuevo, enriquecido con la experiencia del fallido, que pone las cosas un poco más en su punto y dilata la figura de la República.
Ésta es precisamente la superioridad de la forma republicana: que inexorablemente tiene que ser nacional, que bajo ella el Estado tiene que fundirse con la realidad nacional. De otro modo sucumbiría. Éste es su peligro. Éste es su honor. Ésta es la garantía automática de su limpieza histórica. La República, aunque quisiera, no puede ser un fraude histórico, como lo ha sido tantas veces la Monarquía.
Lo que pasa es que en la iniciación de un régimen la gente confunde el régimen con el Gobierno o con las fuerzas en aquella primera hora predominantes. Ahora bien: el máximum de probabilidades está a favor de que esas fuerzas predominantes en la primera hora no sean las que expresan mejor la profunda verdad histórica del nuevo régimen. Son fuerzas formadas en la oposición contra el régimen derrocado, fuerzas de combate más que de gobierno, engrosadas súbita e inorgánicamente en las horas más o menos revolucionarias del cambio, de lo que Mirabeau llamaba «la subitaneidad del tránsito». Esto por un lado. Por otro hay lo siguiente: los partidos, al pasar de una oposición extragubernamental, más o menos revolucionaria, al Gobierno, atraviesan una etapa de íntima dislocación y desajuste. En cada partido hay una porción de individuos que siguen por inercia movilizados en el sentido de la oposición, mientras el resto se hace cargo ya de que está gobernando un país, de que no es sólo un partido, de que es ya el Estado.
Si hay algo de verdad en todo esto que digo no puede eludirse la extracción de esta consecuencia: que cuanto menos revolucionario haya sido un tránsito menos se debe tardar en disponer las cosas para que las fuerzas gobernantes representen con la posible precisión el sistema de fuerzas efectivas del país.
El hombre que gobierna, que está colocado en esa terrible, dificilísima, brecha que es el Gobierno, apretado por innumerables problemas inmediatos que no admiten dilación, tiende, por fuerza, a cegarse para las cuestiones del futuro. Aplaude lo que en el momento le parece aprovechable y cómodo para su inmediata gestión y le irrita cuanto parece estorbar hoy sus movimientos, aunque sea hecho en beneficio del mañana. La cosa es perfectamente natural. Pero recordemos siempre lo del amigo Platón: que en una República no andan bien las cosas mientras cada cual no haga lo suyo. La enorme faena de crear un nuevo Estado exige un complicado y exacto reparto del trabajo. Y el que, por señas y aun sin señas, no entienda bien este tácito reparto del trabajo es un alma pequeña y un enemigo del nuevo Estado. El que gobierna, a gobernar, que es manipulación del presente; el que no gobierna, a preparar el porvenir.
No vivimos en fácil deslizamiento sobre los carriles preestablecidos de un régimen añejo. Estamos haciendo un nuevo Estado. Y en sazón tal no basta con la ardua operación de gobernar. Tenemos hoy ante nosotros otra faena tan grande como ineludible. Ésta. Hay que reanimar la República. Hay que renovar el estado de espíritu que la trajo, corrigiendo las malas interpretaciones que ha sufrido. Hay que devolver al hecho republicano español su autenticidad histórica. Hay que instaurar el sentido nacional —y no partidista— de la República.
Luz, 18 de junio de 1932