Ortega y Gasset
Abstract
An essay written alongside his Spanish edition of Hegel’s Philosophy of World History. It portrays Hegel as an «emperor of thought» with a statesman’s psychology and expounds the system: universal reality is Spirit, that which knows itself; being a self-knowing it is activity and movement, passing from idea to idea along a necessary logical itinerary. Its announced theme is how Hegel sees the emerging America.
Connections
Assi: Senso della storia, Statuto del reale
Posizioni: dialettica dello spirito, idealismo
Concetti: idea, autocoscienza, ragione
Forme: saggio
Scuole: idealismo tedesco
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
Era vergonzoso que la Filosofía de la Historia Universal de Hegel no estuviese traducida ni al francés ni al castellano. Sólo hay dos versiones italianas, ambas infieles y anticuadas. Esto y la contingencia de que recientemente se haya reconstruido en Alemania un nuevo texto de la obra mucho más completo que el conocido, me ha llevado a procurar una edición española que ahora va a darse al público. Con este motivo he vuelto a recorrer cuidadosamente las formidables páginas de este libro imperial. Imperial, sí. Hegel era un emperador del pensamiento —frase estúpida si usted, lector, se empeña en entenderla como suelen entender hoy a los escritores los lectores de habla española; es decir, no entendiéndolos, suponiéndose desde luego e indefectiblemente más listos que el escritor que leen. (En algunos países de Sudamérica esta enfermedad de los lectores puede llegar a constituir una calamidad nacional).
Hegel es un caso curioso de archi-intelectual, que tiene, no obstante, psicología de hombre de Estado. Autoritario, imponente, duro y constructor. Su alma no se parece nada ni a la de Platón, ni a la de Descartes, ni a la de Spinoza, ni a la de Kant. La casta de su carácter le sitúa más bien en la línea de César, Diocleciano, Gengis-Khan y Barbarroja. Y no es que fuese uno de estos personajes aparte de ser un pensador, sino que lo fue precisamente como pensador. Su filosofía es imperial, cesárea, gengiskhanesca. Y así ocurrió que, a la postre, dominó políticamente el Estado prusiano, dictatorialmente, desde su cátedra universitaria. Ya digo que es un caso único en la historia de la filosofía. Lo habitual ha sido que cuando un filósofo pretende ser político le pase lo que a Platón. Salió ingenuamente a reformar el Estado de Dionisio, y pocos meses después tuvieron que comprarlo en un mercado de esclavos, a fin de rescatar su divina persona, caída en tan extrema desventura.
Hegel es un emperador del pensamiento en un sentido radicalmente distinto y mucho más sustancioso de lo que ha imaginado al pronto el listísimo lector. En ninguna de sus obras trasparece tanto ese carácter —organizador de grandes masas y duro para la carne de cañón— como en esta Filosofía de la Historia Universal. Sobre ella hablo largamente en el prólogo a la versión española[140]; pero ahora quisiera espumar un tema particular: cómo ve este gran filósofo de la historia la América emergente.
Hegel ha sido uno de los últimos filósofos para quienes el universo es algo real. Después de él vino el diluvio del fenomenalismo en todas las formas, formatos y variantes posibles. Como ahora sentimos —y no sólo sentimos— la urgencia de redescubrir la realidad tras de los meros fenómenos, más allá de todo relativismo, el contacto con Hegel, ya que no nos conquista, nos corrobora. La realidad universal que descubre fue llamada por él Espíritu. Éste no es otra cosa que aquello que se conoce a sí mismo. Y como el que se conoce a sí mismo no es más que eso, no se puede diferenciar de otro que posea la misma condición. El saberse del uno es idéntico al saberse del otro; por tanto, no hay más que un Espíritu, una única realidad absoluta. Todo lo demás es real sólo como miembro y elemento de ese Espíritu, que, consistiendo en un conocerse, consiste en una actividad, en un movimiento y esencial agilidad que le lleva del ignorarse hasta el saberse. Va, pues, pasando de idea en idea hasta arribar a la idea completa de sí, hasta volver en sí, como un jerifalte que vuelve al puño, si el puño fuese un jerifalte. Este vuelo de idea en idea no es caprichoso, constituye un itinerario forzoso, rígido —es un proceso lógico. La Lógica de Hegel desarrolla este proceso ideal, que, de etapa en etapa, aclara ante sí mismo, desvela y revela al Espíritu. El concepto con que empezamos se perfecciona en otro; éste, a su vez, en otro, y así, sucesivamente, en cadena de diamante, en disciplina dialéctica, que nos aprisiona, para al cabo dotarnos de la suma libertad. Como el Espíritu no consiste en otra cosa que en conocerse, y lo logra idealmente en ese proceso lógico, quiere decirse que él es este proceso mismo, que es, por tanto, evolución conceptual; concepto que se va transformando y enriqueciendo, como el árbol evoluciona, por íntimo despliegue, desde ser simiente hasta ser árbol.
Resulta, pues, que para Hegel la última realidad del universo es por sí evolución y progreso; consecuentemente, que lo cósmico es, desde luego, histórico. Sólo que la expresión propia de aquella evolución absoluta es la cadena de la Lógica, la cual es una historia sin tiempo. La historia efectiva es la proyección en el tiempo de esa pura serie de ideas, de ese proceso lógico. Cada uno de sus estadios adquiere al fijarse, al acaecer en un instante del tiempo, cierta existencia aparte. Y la serie temporal de estos acontecimientos evolutivos del Espíritu es la historia universal. Cada estadio lógico es vivido, representado, ejecutado por algún gran pueblo —Egipto, Persia, Grecia, Roma, etc.—, que de este modo, como momento necesario en el autoconocimiento del Espíritu universal, adquiere un sentido, un valor absoluto.
Hay en la filosofía histórica de Hegel la ambición de justificar cada época, cada etapa humana, evitando la indiscreción del vulgar progresismo que considera todo lo pasado como esencial barbarie. Así pensaban el siglo XVII y el XVIII, para quienes razón e historia son antitéticas —por ser la historia, es decir, lo que ha pasado antes del advenimiento de la «raison», una pura irracionalidad. Hegel quiere demostrar, por el contrario, que lo histórico es emanación de la razón, que el pretérito tiene buen sentido o, dicho de otro modo, que la historia universal no es una retahíla de inepcias, sino que en su gigantesca secuencia ha pasado algo serio, algo que tiene realidad, estructura, razón. Y para esto intenta mostrar que todas las épocas han tenido razón, precisamente porque fueron diferentes y aun contradictorias.
Pero esta ordenación de las edades y de los pueblos como estadios del Espíritu en su larga faena esencial de conocerse a sí mismo, no puede verificarse sino cuando, al cabo, logra el Espíritu terminar ese descubrimiento de sí propio. Esto —claro está— no aconteció hasta nuestros días, que son, que fueron, los de Hegel. Sólo desde el presente, y en función de lo que es para nosotros nuestra vida, cabe, según Hegel, justificar las edades pretéritas; sólo desde el espíritu de nuestro pueblo cabe dignificar a los espíritus de los pueblos antiguos. ¿Cómo? Mostrando que sin ellos nuestro presente no existiría, que fueron los escalones para que nosotros pudiéramos llegar a esta deleitable suma altura en que estamos y que somos. (El optimismo sin reticencia que esta actitud de Hegel revela es un buen punto de contraste para definir el cambio de sensibilidad que en los últimos años ha experimentado el alma «moderna», sobre todo la europea. El «moderno» no se cree ya tan ingenuamente la edad definitiva). En la filosofía hegeliana de la historia, todas las calificaciones y valoraciones del pretérito están calculadas en vista del presente como término de la evolución. Lo histórico es sólo el pasado. Nosotros somos su lucido resultado. «El Espíritu del mundo actual es el concepto que el Espíritu ha llegado a tener de sí mismo; él es quien posee y rige el mundo y es el resultado de los esfuerzos de seis mil años». A mí me abruma la cantidad de gratitud que esta idea me impone para esos seis mil años y esos miles de millones de hombres que se han fatigado en producirme. Pero ésta es la dimensión de ingenuidad que reside en el hegelismo —de ingenuidad y de crueldad imperial. Es un pensamiento de faraón que mira el hormiguero de trabajadores afanados en construir su pirámide. A él debe el sistema de Hegel su carácter de sistema cerrado, sin evolución más allá de sí mismo, sin mañana. El presente, para Hegel, no es un tiempo cualquiera; es éste y sólo éste. Y por eso nuestro presente no cambiará en nada esencial, perdurará idéntico, sin preterir jamás. (El estado de espíritu de un Trajano cuando edifica sus edificios eternos). El historiador que con su persona cierra, tapona el curso futuro de la historia es arrastrado por él —no lo domina, hace de sí un pretérito perfecto. Y la defensa que de la filosofía hegeliana se ha hecho, diciendo que en ella misma está previsto el lugar que ella ocupa —ser la verdad de su época (como el rey que deja en el monumento preparada su tumba)— revela una aceptación de relativismo que pondría fuera de sí al imperial, al «absoluto» Hegel. Tal relativismo sería escepticismo. Esa verdad para un tiempo no es la verdad. De todos modos, el tema de nuestro tiempo —la unión de lo temporal y lo eterno— no está resuelto en Hegel.
I
It was shameful that Hegel’s Philosophy of Universal History was translated neither into French nor into Spanish. There are only two Italian versions, both unfaithful and antiquated. This, and the contingency that a new text of the work, much more complete than the known one, has recently been reconstructed in Germany, has led me to procure a Spanish edition that is now about to be given to the public. On this occasion I have again carefully traversed the formidable pages of this imperial book. Imperial, yes. Hegel was an emperor of thought —a stupid phrase if you, reader, insist on understanding it as readers of the Spanish tongue are wont to understand writers today; that is, not understanding them, assuming themselves from the start and unfailingly cleverer than the writer they read. (In some South American countries this disease of readers can come to constitute a national calamity).
Hegel is a curious case of an arch-intellectual who nonetheless has the psychology of a statesman. Authoritarian, imposing, hard and constructive. His soul resembles neither that of Plato, nor that of Descartes, nor that of Spinoza, nor that of Kant. The cast of his character places him rather in the line of Caesar, Diocletian, Genghis Khan and Barbarossa. And it is not that he was one of these personages in addition to being a thinker, but that he was precisely this as a thinker. His philosophy is imperial, Caesarean, Genghis-Khanesque. And so it came about that, in the end, he dominated the Prussian State politically, dictatorially, from his university chair. I repeat, it is a unique case in the history of philosophy. The usual thing has been that when a philosopher attempts to be a politician, what happened to Plato happens to him. He went ingenuously to reform the State of Dionysius, and a few months later they had to buy him in a slave market, in order to rescue his divine person, fallen into such extreme misfortune.
Hegel is an emperor of thought in a radically different and much more substantial sense than the very clever reader has imagined at first. In none of his works does this character shine through so much —organizer of great masses and hard on cannon fodder— as in this Philosophy of Universal History. I speak at length about it in the prologue to the Spanish version[140]; but I would now like to skim a particular theme: how this great philosopher of history sees emergent America.
Hegel was one of the last philosophers for whom the universe is something real. After him came the deluge of phenomenalism in all possible forms, formats and variants. Since we now feel —and not only feel— the urgency of rediscovering reality behind mere phenomena, beyond all relativism, contact with Hegel, if it does not conquer us, corroborates us. The universal reality he discovered was called by him Spirit. This is nothing other than that which knows itself. And since that which knows itself is nothing more than that, it cannot be differentiated from another possessing the same condition. The self-knowing of the one is identical to the self-knowing of the other; therefore, there is only one Spirit, one single absolute reality. Everything else is real only as a member and element of that Spirit, which, consisting in a knowing-itself, consists in an activity, in a movement and essential agility that carries it from ignoring-itself to knowing-itself. It goes, then, passing from idea to idea until arriving at the complete idea of itself, until coming back to itself, like a gyrfalcon returning to the fist, if the fist were a gyrfalcon. This flight from idea to idea is not capricious; it constitutes a necessary, rigid itinerary —it is a logical process. Hegel’s Logic develops this ideal process, which, stage by stage, clarifies before itself, unveils and reveals Spirit. The concept with which we begin is perfected in another; this, in turn, in another, and so, successively, in a diamond chain, in dialectical discipline, which imprisons us, only to endow us in the end with the highest freedom. Since Spirit consists in nothing other than knowing itself, and achieves it ideally in that logical process, this means that it is this process itself, that it is, therefore, conceptual evolution; a concept that goes on transforming and enriching itself, as the tree evolves, by intimate unfolding, from being a seed to being a tree.
It turns out, then, that for Hegel the ultimate reality of the universe is in itself evolution and progress; consequently, that the cosmic is, from the start, historical. Only, the proper expression of that absolute evolution is the chain of Logic, which is a history without time. Effective history is the projection in time of that pure series of ideas, of that logical process. Each of its stages acquires, on fixing itself, on occurring in an instant of time, a certain separate existence. And the temporal series of these evolutionary events of Spirit is universal history. Each logical stage is lived, represented, executed by some great people —Egypt, Persia, Greece, Rome, etc.—, which in this way, as a necessary moment in the self-knowing of universal Spirit, acquires a meaning, an absolute value.
There is in Hegel’s historical philosophy the ambition to justify every age, every human stage, avoiding the indiscretion of vulgar progressivism that considers everything past as essential barbarism. Thus thought the seventeenth and eighteenth centuries, for whom reason and history are antithetical —history being, that is, what has passed before the advent of “raison”, a pure irrationality. Hegel wishes to demonstrate, on the contrary, that the historical is an emanation of reason, that the past makes good sense or, put another way, that universal history is not a string of ineptitudes, but that in its gigantic sequence something serious has passed, something that has reality, structure, reason. And for this he attempts to show that all epochs were right, precisely because they were different and even contradictory.
But this ordering of ages and peoples as stages of Spirit in its long, essential labor of knowing itself cannot be verified except when, at last, Spirit manages to finish that discovery of itself. This —clearly— did not happen until our own days, which are, which were, Hegel’s. Only from the present, and in function of what our life is for us, is it possible, according to Hegel, to justify past ages; only from the spirit of our people is it possible to dignify the spirits of ancient peoples. How? By showing that without them our present would not exist, that they were the steps so that we might arrive at this delightful summit height at which we are and which we are. (The unreserved optimism that this attitude of Hegel reveals is a good point of contrast for defining the change of sensibility that the “modern” soul, especially the European one, has undergone in recent years. The “modern” man no longer believes himself so ingenuously the definitive age). In the Hegelian philosophy of history, all the qualifications and evaluations of the past are calculated in view of the present as the term of evolution. The historical is only the past. We are its successful result. “The Spirit of the present world is the concept that Spirit has come to have of itself; it is what possesses and rules the world and is the result of the efforts of six thousand years.” I am overwhelmed by the amount of gratitude this idea imposes upon me to those six thousand years and those thousands of millions of men who have toiled to produce me. But this is the dimension of ingenuousness that resides in Hegelianism —of ingenuousness and of imperial cruelty. It is a Pharaoh’s thought watching the anthill of workers laboring to build his pyramid. To this the Hegelian system owes its character as a closed system, without evolution beyond itself, without a tomorrow. The present, for Hegel, is not any time; it is this and only this. And therefore our present will not change in anything essential; it will endure identical, without ever becoming past. (The state of mind of a Trajan when he builds his eternal buildings). The historian who with his person closes off, plugs the future course of history is dragged along by it —he does not master it, he makes of himself a perfect past. And the defense that has been made of Hegelian philosophy, saying that in it the place it occupies is already provided for —being the truth of its epoch (like the king who leaves his tomb prepared in the monument)— reveals an acceptance of relativism that would drive the imperial, “absolute” Hegel out of his wits. Such relativism would be skepticism. That truth-for-a-time is not the truth. In any case, the theme of our time —the union of the temporal and the eternal— remains unresolved in Hegel.
I
Era vergognoso che la Filosofia della Storia Universale di Hegel non fosse tradotta né in francese né in spagnolo. Esistono solo due versioni italiane, entrambe infedeli e antiquate. Questo e la contingenza che recentemente si sia ricostruito in Germania un nuovo testo dell’opera molto più completo di quello conosciuto, mi ha indotto a procurare un’edizione spagnola che ora sta per essere data alle stampe. Con questo motivo ho percorso di nuovo accuratamente le formidabili pagine di questo libro imperiale. Imperiale, sì. Hegel era un imperatore del pensiero —frase stupida se lei, lettore, si ostina a intenderla come sogliono intendere oggi gli scrittori i lettori di lingua spagnola; vale a dire, non intendendoli, supponendosi da subito e indefettibilmente più intelligenti dello scrittore che leggono. (In alcuni paesi del Sudamerica questa malattia dei lettori può arrivare a costituire una calamità nazionale).
Hegel è un caso curioso di arcintellettuale, che ha, nondimeno, psicologia da uomo di Stato. Autoritario, imponente, duro e costruttore. La sua anima non assomiglia per nulla né a quella di Platone, né a quella di Descartes, né a quella di Spinoza, né a quella di Kant. La tempra del suo carattere lo situa piuttosto sulla linea di Cesare, Diocleziano, Gengis Khan e Barbarossa. E non è che fosse uno di questi personaggi oltre a essere un pensatore, ma lo fu precisamente come pensatore. La sua filosofia è imperiale, cesarea, gengiskhanesca. E così avvenne che, alla fine, dominò politicamente lo Stato prussiano, dittatorialmente, dalla sua cattedra universitaria. Come ho detto, è un caso unico nella storia della filosofia. Di solito, quando un filosofo pretende di essere politico gli capita quel che capitò a Platone. Se ne andò ingenuamente a riformare lo Stato di Dionisio, e pochi mesi dopo dovettero comprarlo in un mercato di schiavi, per riscattare la sua divina persona, caduta in così estrema sventura.
Hegel è un imperatore del pensiero in un senso radicalmente distinto e molto più sostanzioso di quanto abbia immaginato d’acchito l’intelligentissimo lettore. In nessuna delle sue opere traspare tanto questo carattere —organizzatore di grandi masse e duro con la carne da cannone— come in questa Filosofia della Storia Universale. Su di essa parlo lungamente nel prologo alla versione spagnola[140]; ma ora vorrei schiumare un tema particolare: come vede questo grande filosofo della storia l’America emergente.
Hegel è stato uno degli ultimi filosofi per i quali l’universo è qualcosa di reale. Dopo di lui venne il diluvio del fenomenalismo in tutte le forme, formati e varianti possibili. Poiché ora sentiamo —e non solo sentiamo— l’urgenza di riscoprire la realtà dietro i meri fenomeni, al di là di ogni relativismo, il contatto con Hegel, se non ci conquista, ci corrobora. La realtà universale che scoprì fu da lui chiamata Spirito. Questo non è altro che ciò che conosce sé stesso. E poiché colui che conosce sé stesso non è altro che questo, non si può differenziare da un altro che possieda la medesima condizione. Il sapersi dell’uno è identico al sapersi dell’altro; pertanto, non c’è che un solo Spirito, un’unica realtà assoluta. Tutto il resto è reale solo come membro ed elemento di questo Spirito, che, consistendo in un conoscersi, consiste in un’attività, in un movimento ed essenziale agilità che lo porta dall’ignorarsi fino al sapersi. Va, dunque, passando di idea in idea fino a giungere all’idea completa di sé, fino a tornare in sé, come un girifalco che torna al pugno, se il pugno fosse un girifalco. Questo volo di idea in idea non è capriccioso, costituisce un itinerario forzoso, rigido —è un processo logico. La Logica di Hegel sviluppa questo processo ideale, che, di tappa in tappa, chiarisce davanti a sé stesso, disvela e rivela lo Spirito. Il concetto con cui cominciamo si perfeziona in un altro; questo, a sua volta, in un altro, e così, successivamente, in catena di diamante, in disciplina dialettica, che ci imprigiona per dotarci infine della somma libertà. Poiché lo Spirito non consiste in altro che in conoscersi, e lo ottiene idealmente in questo processo logico, vuol dire che egli è questo processo stesso, che è, pertanto, evoluzione concettuale; concetto che si va trasformando e arricchendo, come l’albero evolve, per intimo dispiegamento, dall’essere seme fino a essere albero.
Risulta, dunque, che per Hegel l’ultima realtà dell’universo è di per sé evoluzione e progresso; conseguentemente, che il cosmico è, da subito, storico. Solo che l’espressione propria di quell’evoluzione assoluta è la catena della Logica, la quale è una storia senza tempo. La storia effettiva è la proiezione nel tempo di quella pura serie di idee, di quel processo logico. Ciascuno dei suoi stadi acquista, al fissarsi, all’accadere in un istante del tempo, una certa esistenza separata. E la serie temporale di questi avvenimenti evolutivi dello Spirito è la storia universale. Ogni stadio logico è vissuto, rappresentato, eseguito da qualche grande popolo —Egitto, Persia, Grecia, Roma, ecc.—, che in questo modo, come momento necessario nell’autoconoscenza dello Spirito universale, acquista un senso, un valore assoluto.
C’è nella filosofia storica di Hegel l’ambizione di giustificare ogni epoca, ogni tappa umana, evitando l’indiscrezione del volgare progressismo che considera tutto il passato come essenziale barbarie. Così pensavano il secolo XVII e il XVIII, per i quali ragione e storia sono antitetiche —essendo la storia, cioè, ciò che è passato prima dell’avvento della «raison», una pura irrazionalità. Hegel vuole dimostrare, al contrario, che lo storico è emanazione della ragione, che il passato ha buon senso o, detto in altro modo, che la storia universale non è una filastrocca di inepzie, ma che nella sua gigantesca sequenza è passato qualcosa di serio, qualcosa che ha realtà, struttura, ragione. E per questo tenta di mostrare che tutte le epoche hanno avuto ragione, precisamente perché furono differenti e persino contraddittorie.
Ma questa ordinazione delle età e dei popoli come stadi dello Spirito nella sua lunga fatica essenziale di conoscere sé stesso, non può verificarsi se non quando, alla fine, lo Spirito riesce a terminare questa scoperta di sé. Questo —è chiaro— non accadde fino ai nostri giorni, che sono, che furono, quelli di Hegel. Solo dal presente, e in funzione di ciò che è per noi la nostra vita, è possibile, secondo Hegel, giustificare le età passate; solo dallo spirito del nostro popolo è possibile dignificare gli spiriti dei popoli antichi. Come? Mostrando che senza di loro il nostro presente non esisterebbe, che furono i gradini affinché noi potessimo giungere a questa dilettevole somma altezza in cui stiamo e che siamo. (L’ottimismo senza reticenza che quest’atteggiamento di Hegel rivela è un buon punto di contrasto per definire il cambiamento di sensibilità che negli ultimi anni ha sperimentato l’anima «moderna», soprattutto quella europea. Il «moderno» non si crede più tanto ingenuamente l’età definitiva). Nella filosofia hegeliana della storia, tutte le qualificazioni e valutazioni del passato sono calcolate in vista del presente come termine dell’evoluzione. Lo storico è solo il passato. Noi siamo il suo riuscito risultato. «Lo Spirito del mondo attuale è il concetto che lo Spirito è giunto ad avere di sé stesso; egli è colui che possiede e regge il mondo ed è il risultato degli sforzi di seimila anni». Mi opprime la quantità di gratitudine che quest’idea mi impone verso quei seimila anni e quelle migliaia di milioni di uomini che si sono affaticati nel produrmi. Ma questa è la dimensione d’ingenuità che risiede nell’hegelismo —d’ingenuità e di crudeltà imperiale. È un pensiero da faraone che guarda il formicaio dei lavoratori affannati nel costruire la sua piramide. A questo deve il sistema di Hegel il suo carattere di sistema chiuso, senza evoluzione al di là di sé stesso, senza domani. Il presente, per Hegel, non è un tempo qualsiasi; è questo e solo questo. E perciò il nostro presente non cambierà in nulla di essenziale, perdurerà identico, senza mai passare. (Lo stato d’animo di un Traiano quando edifica i suoi edifici eterni). Lo storico che con la sua persona chiude, tappa il corso futuro della storia è trascinato da esso —non lo domina, fa di sé un passato perfetto. E la difesa che della filosofia hegeliana si è fatta, dicendo che in essa stessa è previsto il posto che essa occupa —essere la verità della sua epoca (come il re che lascia nel monumento preparata la sua tomba)— rivela un’accettazione di relativismo che farebbe uscire dai gangheri l’imperiale, l’«assoluto» Hegel. Tale relativismo sarebbe scetticismo. Quella verità per un tempo non è la verità. Ad ogni modo, il tema del nostro tempo —l’unione del temporale e dell’eterno— non è risolto in Hegel.
El caso de Hegel patentiza sonoramente el error que hay en definir lo histórico como el pasado. Una concepción cautelosa de lo real histórico tiene que contar con el futuro, con nuestro futuro, no sólo con nosotros, en cuanto futuro de lo pretérito. Así acaece que esta filosofía de la historia no tiene futuro, no tiene escape. Por eso es de un peculiarísimo interés averiguar cómo se las arregla Hegel con América, que si es algo es algo futuro.
Pero antes conviene añadir unas palabras sobre lo que Hegel considera como pasado histórico. No se vaya a creer que un emperador está dispuesto, sin más ni más, a aceptar todo lo que se le presente. Pasado, en Hegel, son sólo aquellos pueblos que formaron claramente un Estado. La vida pre-estatal es irracional, y Hegel, en su racionalización de la historia, no llega a la generosidad de salvarla y justificarla toda. Es aún demasiado «racionalista». Antes del Estado no hay historia, sino sólo prehistoria, la cual se ocupa del hombre naturaleza, sin auténtico pasado, como no lo tienen los átomos. Los pueblos primitivos, continentes enteros, no entran en la historia. «Son pueblos —dice— de conciencia turbia. Lo único propio y digno de la consideración filosófica es recoger la historia allí donde la racionalidad empieza a manifestarse en su existencia terrestre».
¡Fuera, pues, los pueblos salvajes! Tras ellos comienza la historia propiamente tal; a ésta sigue el presente, que es la plena y estable cultura, que ya no es historia. ¿Cómo se las arreglarán los que vienen detrás? —preguntamos. Hegel se inquieta un momento cuando la realidad le plantea esta pregunta —que es el aldabonazo del futuro. Y esta pregunta se la hace América. Veamos cómo se comporta Hegel.
II
América coloca el pensamiento histórico de Hegel en una situación dramática, mejor aún, paradójica. Cuando una idea sufre de sí misma y lleva en su interior dolorido un drama lógico, adopta la máscara escénica de la paradoja. En este caso es lo paradójico que Hegel no puede instalar a América —por ser un porvenir— en el cuerpo de su Historia universal. Ya hemos visto que para Hegel lo histórico es, en un sentido muy esencial, lo pasado. Termina en el presente, cuya constitución es ya de carácter definitivo, inmutable, y no puede pasar. Prisionero de su propia perfección, hieratizado en ella, se condena el presente a una perdurabilidad que a mí me parecería desesperante. La etapa actual de la historia sería, por fin, la meta lograda, el lugar apetecido, en busca del cual todo el pretérito se afanó, se movió y, por lo mismo, pasó. Si yo estuviera convencido de esta idea hegeliana y me sintiese adscrito a este eterno presente, se me iría con nostalgia el alma hacia el pasado, que era un camino y un andar —no, como el presente, un haber llegado y reposar. Como Cervantes decía, es preferible el camino a la posada.
Pero la paradoja no radica en que Hegel elimine a América —repito, a un futuro— del cuerpo propiamente histórico, sino que, no pudiendo colocarla ni en el presente ni en el pasado propiamente tal, tiene que alojarla… ¿Dónde dirán ustedes? Pues en la prehistoria.
La prehistoria goza en el pensamiento hegeliano de un valor sustantivo. No es, simplemente, la madrugada oscura de la historia, su primer capítulo tenebroso o lívido. Es francamente no-historia, ante-historia. La historia, hemos visto, no comienza mientras no entra en escena el hombre espiritual; por tanto, el Espíritu, consciente de sí mismo, con una conciencia muy tosca de sí, pero atento ya a sí. El síntoma de esto, para Hegel, es la existencia de un Estado. No sorprende este privilegio concedido por Hegel a lo político. Conocerse a sí mismo el Espíritu es caer en la cuenta de que es libre, de que existe una realidad insumisa a mandatos ajenos, dueña y señora de sí misma, autónoma. Libre es el que se determina a sí mismo, el que se da a sí propio leyes. Ahora bien: la existencia en el universo de algo que merezca el nombre de Estado es la existencia de algo que da leyes y que no las recibe; por tanto, que se da a sí mismo sus leyes. En la naturaleza no existe nada parecido: cada cosa en ella está sometida a otra externa a ella; es por esencia esclava. La aparición del Estado es la iniciación de una realidad nueva, sobrenatural; es el anuncio de que nace un orbe cuya sustancia es Libertad. Es el orbe histórico o sobrenatural, cuya vida y evolución no consiste en más que en un «progreso de la conciencia de libertad».
En la naturaleza propiamente no pasa nada, por la sencilla razón de que siempre pasa lo mismo. El cordero que nace mañana es lo mismo que el cordero nacido hoy, o ayer o hace mil años. La vida del árbol desde que fue simiente hasta que él da simiente es un ciclo siempre idéntico. La vida natural termina siempre en un individuo igual al que fue: el padre en el hijo, que es otro ejemplar igual a él. En la naturaleza, la variación es pura repetición. Por eso —dice Hegel— la naturaleza es aburrida. «No pasa nada nuevo bajo el Sol natural»[141]. Sólo hay evolución cuando el Espíritu comienza. Entonces ya no hay más que evolución, y empiezan a pasar cosas siempre nuevas. En el tiempo espiritual de la historia no hay dos días iguales. El ayer es un auténtico ayer, un definitivo pasado que no se repetirá jamás. Basta que haya sido para que el mañana se diferencie de él y lo supere, se libere de él. La historia es el libertarse de la repetición y del aburrimiento. La historia es lo divertido.
En cambio, la prehistoria nos habla del hombre natural (los alemanes llaman al salvaje o primitivo Naturmensch), del hombre que aún no sospecha su latente potencia espiritual y pervive sonámbulo como el animal o la planta.
Antes que Hegel había sugerido Schelling la idea de una esencial Prehistoria. En la Introducción a la filosofía de la Mitología, que recoge ideas suyas más antiguas, dice: «El simple concepto de un tiempo rigorosamente prehistórico excluye todo antes y después que en él se quiera pensar. Porque si en él pudiese pasar algo, no sería rigorosamente prehistórico, sino que pertenecería ya al tiempo histórico… El prehistórico es, por su misma naturaleza, indivisible, idéntico», no admite diferencia de tiempos interiores. En suma: un tiempo es prehistórico no porque ignoremos lo que en él pasó, sino, al revés, porque en él no pasó nunca nada, sino que pasó siempre lo mismo, y el pasado, en vez de pasar, se repitió pertinazmente.
Hay porciones de la Humanidad que hasta nuestros días perduran en esa situación prehistórica. Los pueblos salvajes no tienen historia, como no la tienen las abejas o los termites. Al estudio de estos seres se ha llamado Historia Natural, concepto absurdo. La única Historia Natural es la Prehistoria, en la que estudiamos a un ser que puede ser histórico cuando aún es sólo natural. Prisionero aún de la Naturaleza vive el hombre ignaro de sí mismo, enajenado y fuera de su propio ser. Vive, pues, incubando un futuro ser. Esto es, en general, para Hegel la Naturaleza: aquella realidad que precede y prepara al Espíritu. En ella, mezclado con los animales y con el paisaje, fermenta lo humano. Allí debemos buscarlo; por tanto, la Prehistoria es Geografía. En el capítulo geográfico de sus Lecciones sobre la filosofía de la Historia Universal es donde paradójicamente hallamos instalada a América. Después de todo, no es sorprendente. Si decimos de ella que es un futuro, decimos que aún no es lo que va a ser y puede ser. Ahora bien: esto es precisamente la Naturaleza. Como para Hegel sólo es verdaderamente el Espíritu, la realidad de la Naturaleza consiste en algo que va a ser Espíritu, pero que aún no lo es. Así se explica que hallemos alojado el futuro en el absoluto pretérito que es la Prehistoria natural, la Geografía.
Y, en efecto, Hegel ve en todo lo americano el carácter de inmadurez. Empezando por la tierra misma. Para él, América es el nuevo mundo; incluye, pues, la Oceanía. «El nuevo mundo no es sólo relativamente nuevo, sino en absoluto, incluso en su constitución física y política». «No quiero negar al nuevo mundo el honor de haber salido de las aguas al tiempo de la creación, como suele decirse. Sin embargo, el mar de las Islas, que se extiende entre América del Sur y Asia, revela cierta inmaturidad por lo que toca también a su origen. La mayor parte de las islas se asientan sobre corales y están hechas de modo que más bien parecen cubrimiento de rocas surgidas recientemente de las profundidades marinas, y ostentan el carácter de algo nacido hace poco tiempo».
The case of Hegel sonorously makes patent the error there is in defining the historical as the past. A cautious conception of historical reality must reckon with the future, with our future, not only with us, insofar as we are the future of the past. Thus it happens that this philosophy of history has no future, has no escape. That is why it is of the most peculiar interest to ascertain how Hegel manages with America, which, if it is anything, is something future.
But first it is fitting to add a few words about what Hegel considers as historical past. Let no one think that an emperor is disposed, just like that, to accept anything presented to him. The past, in Hegel, consists only of those peoples that clearly formed a State. Pre-state life is irrational, and Hegel, in his rationalization of history, does not go so far as the generosity of saving and justifying it all. He is still too “rationalist.” Before the State there is no history, but only prehistory, which deals with natural man, without an authentic past, just as atoms have none. Primitive peoples, whole continents, do not enter into history. “They are peoples,” he says, “of turbid consciousness. The only thing proper and worthy of philosophical consideration is to gather history there where rationality begins to manifest itself in its terrestrial existence.”
Out, then, with the savage peoples! After them begins history properly so called; this is followed by the present, which is full and stable culture, which is no longer history. How will those who come afterwards manage? —we ask. Hegel grows uneasy for a moment when reality poses this question to him —which is the knocker of the future. And this question is posed to him by America. Let us see how Hegel behaves.
II
America places Hegel’s historical thought in a dramatic situation, better yet, a paradoxical one. When an idea suffers from itself and carries within its aching interior a logical drama, it adopts the scenic mask of paradox. In this case what is paradoxical is that Hegel cannot install America —being a future— in the body of his Universal History. We have already seen that for Hegel the historical is, in a very essential sense, the past. It ends in the present, whose constitution is already of a definitive, immutable character, and cannot pass. A prisoner of its own perfection, hieratic in it, the present condemns itself to a perpetual endurance that would seem to me despairing. The current stage of history would be, at last, the achieved goal, the longed-for place, in search of which all the past toiled, moved and, for that very reason, passed away. If I were convinced of this Hegelian idea and felt myself assigned to this eternal present, my soul would go nostalgically toward the past, which was a road and a walking —not, like the present, a having-arrived and resting. As Cervantes said, the road is preferable to the inn.
But the paradox does not lie in Hegel eliminating America —I repeat, a future— from the properly historical body, but rather in that, not being able to place it either in the present or in the past properly so called, he has to lodge it… Where, would you say? In prehistory.
Prehistory enjoys in Hegelian thought a substantive value. It is not, simply, the dark dawn of history, its first tenebrous or livid chapter. It is frankly non-history, ante-history. History, we have seen, does not begin until spiritual man enters the scene; therefore, Spirit, conscious of itself, with a very rough consciousness of itself, but attentive now to itself. The symptom of this, for Hegel, is the existence of a State. This privilege granted by Hegel to the political does not surprise. For Spirit to know itself is to realize that it is free, that there exists a reality unsubmissive to alien commands, owner and master of itself, autonomous. Free is he who determines himself, who gives himself laws. Now: the existence in the universe of something deserving the name of State is the existence of something that gives laws and does not receive them; therefore, that gives itself its own laws. In nature nothing similar exists: everything in it is subjected to something external to it; it is by essence slavish. The appearance of the State is the initiation of a new, supernatural reality; it is the announcement that an orb is born whose substance is Freedom. It is the historical or supernatural orb, whose life and evolution consists in nothing more than a “progress of the consciousness of freedom.”
In nature, properly speaking, nothing happens, for the simple reason that the same thing always happens. The lamb born tomorrow is the same as the lamb born today, or yesterday or a thousand years ago. The life of the tree from when it was a seed until it yields seed is a cycle always identical. Natural life always ends in an individual equal to the one that was: the father in the son, who is another specimen equal to him. In nature, variation is pure repetition. That is why —says Hegel— nature is boring. “Nothing new happens under the natural Sun”[141]. There is evolution only when Spirit begins. Then there is nothing but evolution, and things always new begin to happen. In the spiritual time of history there are no two identical days. Yesterday is an authentic yesterday, a definitive past that will never repeat itself. It suffices that it was for tomorrow to differentiate itself from it and surpass it, free itself from it. History is the freeing from repetition and from boredom. History is the amusing.
Prehistory, on the other hand, tells us of natural man (the Germans call the savage or primitive Naturmensch), of man who does not yet suspect his latent spiritual potency and survives sleepwalking like the animal or the plant.
Before Hegel, Schelling had suggested the idea of an essential Prehistory. In the Introduction to the Philosophy of Mythology, which gathers older ideas of his, he says: “The simple concept of a rigorously prehistoric time excludes every before and after that one might want to think in it. For if anything could happen in it, it would not be rigorously prehistoric, but would belong already to historical time… The prehistoric is, by its very nature, indivisible, identical,” it admits no difference of interior times. In sum: a time is prehistoric not because we are ignorant of what happened in it, but, on the contrary, because in it nothing ever happened, but rather the same thing always happened, and the past, instead of passing, repeated itself pertinaciously.
There are portions of Humanity that down to our own days endure in that prehistoric situation. Savage peoples have no history, just as bees or termites have none. To the study of these beings the name of Natural History has been given, an absurd concept. The only Natural History is Prehistory, in which we study a being that can be historical when it is still only natural. Still a prisoner of Nature, man lives unaware of himself, alienated and outside his own being. He lives, then, incubating a future being. This is, in general, for Hegel, Nature: that reality which precedes and prepares Spirit. In it, mixed with the animals and with the landscape, the human ferments. There we must seek it; therefore, Prehistory is Geography. It is in the geographical chapter of his Lectures on the Philosophy of Universal History where we paradoxically find America installed. After all, it is not surprising. If we say of it that it is a future, we say that it is not yet what it is going to be and can be. Now: this is precisely Nature. Since for Hegel only Spirit truly is, the reality of Nature consists in something that is going to be Spirit, but is not yet. Thus it is explained that we find the future lodged in the absolute past that is natural Prehistory, Geography.
And, in effect, Hegel sees in everything American the character of immaturity. Beginning with the land itself. For him, America is the new world; it includes, then, Oceania. “The new world is not only relatively new, but absolutely so, even in its physical and political constitution.” “I do not wish to deny the new world the honor of having emerged from the waters at the time of creation, as is customarily said. Nevertheless, the sea of the Islands, which extends between South America and Asia, reveals a certain immaturity also as regards its origin. The majority of the islands rest upon corals and are made in such a way that they rather seem a covering of rocks recently arisen from the marine depths, and display the character of something born a short time ago.”
Il caso di Hegel rende patentemente sonoro l’errore che c’è nel definire lo storico come il passato. Una concezione cauta del reale storico deve fare i conti con il futuro, con il nostro futuro, non solo con noi, in quanto futuro del passato. Così accade che questa filosofia della storia non ha futuro, non ha via d’uscita. Per questo è di un particolarissimo interesse appurare come se la cava Hegel con l’America, che se è qualcosa, è qualcosa di futuro.
Ma prima conviene aggiungere qualche parola su ciò che Hegel considera come passato storico. Non si vada a credere che un imperatore sia disposto, senza più né meno, ad accettare tutto ciò che gli si presenti. Passato, in Hegel, sono soltanto quei popoli che formarono chiaramente uno Stato. La vita pre-statale è irrazionale, e Hegel, nella sua razionalizzazione della storia, non arriva alla generosità di salvarla e giustificarla tutta. È ancora troppo «razionalista». Prima dello Stato non c’è storia, ma solo preistoria, la quale si occupa dell’uomo natura, senza autentico passato, come non lo hanno gli atomi. I popoli primitivi, continenti interi, non entrano nella storia. «Sono popoli —dice— di coscienza torbida. L’unica cosa propria e degna della considerazione filosofica è raccogliere la storia là dove la razionalità comincia a manifestarsi nella sua esistenza terrestre».
Fuori, dunque, i popoli selvaggi! Dopo di loro comincia la storia propriamente detta; a questa segue il presente, che è la piena e stabile cultura, che ormai non è storia. Come se la caveranno quelli che vengono dopo? —domandiamo. Hegel si inquieta un momento quando la realtà gli pone questa domanda —che è il picchiotto del futuro. E questa domanda gliela fa l’America. Vediamo come si comporta Hegel.
II
L’America colloca il pensiero storico di Hegel in una situazione drammatica, ancor meglio, paradossale. Quando un’idea soffre di sé stessa e porta nel suo interiore dolorante un dramma logico, adotta la maschera scenica del paradosso. In questo caso è paradossale che Hegel non possa installare l’America —per essere un avvenire— nel corpo della sua Storia universale. Abbiamo già visto che per Hegel lo storico è, in un senso molto essenziale, il passato. Termina nel presente, la cui costituzione è già di carattere definitivo, immutabile, e non può passare. Prigioniero della sua propria perfezione, ieratico in essa, il presente si condanna a una perdurabilità che a me sembrerebbe disperante. La tappa attuale della storia sarebbe, infine, la meta raggiunta, il luogo agognato, in cerca del quale tutto il passato si affannò, si mosse e, per ciò stesso, passò. Se io fossi convinto di quest’idea hegeliana e mi sentissi ascritto a questo eterno presente, l’anima se ne andrebbe con nostalgia verso il passato, che era un cammino e un andare —non, come il presente, un essere arrivati e riposare. Come diceva Cervantes, è preferibile il cammino alla posada.
Ma il paradosso non consiste nel fatto che Hegel elimini l’America —ripeto, un futuro— dal corpo propriamente storico, bensì nel fatto che, non potendo collocarla né nel presente né nel passato propriamente detto, deve alloggiarla… Dove diranno? Nella preistoria.
La preistoria gode nel pensiero hegeliano di un valore sostantivo. Non è, semplicemente, l’alba oscura della storia, il suo primo capitolo tenebroso o livido. È francamente non-storia, ante-storia. La storia, abbiamo visto, non comincia finché non entra in scena l’uomo spirituale; pertanto, lo Spirito, cosciente di sé stesso, con una coscienza molto rozza di sé, ma attento ormai a sé. Il sintomo di questo, per Hegel, è l’esistenza di uno Stato. Non sorprende questo privilegio concesso da Hegel al politico. Conoscersi lo Spirito è rendersi conto che è libero, che esiste una realtà non sottomessa a comandi altrui, padrona e signora di sé stessa, autonoma. Libero è colui che determina sé stesso, che dà a sé stesso leggi. Ora: l’esistenza nell’universo di qualcosa che meriti il nome di Stato è l’esistenza di qualcosa che dà leggi e che non le riceve; pertanto, che dà a sé stesso le sue leggi. Nella natura non esiste nulla di simile: ogni cosa in essa è sottomessa a qualcos’altro di esterno a essa; è per essenza schiava. L’apparizione dello Stato è l’iniziazione di una realtà nuova, soprannaturale; è l’annuncio che nasce un orbe la cui sostanza è Libertà. È l’orbe storico o soprannaturale, la cui vita ed evoluzione non consiste in altro che in un «progresso della coscienza di libertà».
Nella natura propriamente non passa nulla, per la semplice ragione che passa sempre lo stesso. L’agnello che nasce domani è lo stesso dell’agnello nato oggi, o ieri o mille anni fa. La vita dell’albero da quando fu seme fino a quando esso dà seme è un ciclo sempre identico. La vita naturale termina sempre in un individuo uguale a quello che fu: il padre nel figlio, che è un altro esemplare uguale a lui. Nella natura, la variazione è pura ripetizione. Per questo —dice Hegel— la natura è noiosa. «Non passa nulla di nuovo sotto il Sole naturale»[141]. C’è evoluzione solo quando lo Spirito comincia. Allora non c’è altro che evoluzione, e cominciano a passare cose sempre nuove. Nel tempo spirituale della storia non ci sono due giorni uguali. L’ieri è un autentico ieri, un definitivo passato che non si ripeterà mai più. Basta che sia stato perché il domani si differenzi da esso e lo superi, si liberi da esso. La storia è il liberarsi della ripetizione e della noia. La storia è il divertente.
Invece, la preistoria ci parla dell’uomo naturale (i tedeschi chiamano il selvaggio o primitivo Naturmensch), dell’uomo che ancora non sospetta la sua latente potenza spirituale e sopravvive sonnambulo come l’animale o la pianta.
Prima di Hegel aveva suggerito Schelling l’idea di un’essenziale Preistoria. Nell’Introduzione alla filosofia della Mitologia, che raccoglie idee sue più antiche, dice: «Il semplice concetto di un tempo rigorosamente preistorico esclude ogni prima e ogni poi che in esso si voglia pensare. Perché se in esso potesse passare qualcosa, non sarebbe rigorosamente preistorico, ma apparterrebbe già al tempo storico… Il preistorico è, per sua stessa natura, indivisibile, identico», non ammette differenza di tempi interiori. Insomma: un tempo è preistorico non perché ignoriamo ciò che in esso passò, ma, al contrario, perché in esso non passò mai nulla, ma passò sempre lo stesso, e il passato, invece di passare, si ripeté pertinacemente.
Ci sono porzioni dell’Umanità che fino ai nostri giorni perdurano in questa situazione preistorica. I popoli selvaggi non hanno storia, come non l’hanno le api o le termiti. Allo studio di questi esseri si è dato il nome di Storia Naturale, concetto assurdo. L’unica Storia Naturale è la Preistoria, nella quale studiamo un essere che può essere storico quando è ancora solo naturale. Prigioniero ancora della Natura vive l’uomo ignaro di sé stesso, alienato e fuori dal suo proprio essere. Vive, dunque, incubando un futuro essere. Questo è, in generale, per Hegel la Natura: quella realtà che precede e prepara lo Spirito. In essa, mescolato con gli animali e con il paesaggio, fermenta l’umano. Lì dobbiamo cercarlo; pertanto, la Preistoria è Geografia. Nel capitolo geografico delle sue Lezioni sulla filosofia della Storia Universale è dove paradossalmente troviamo installata l’America. Dopo tutto, non è sorprendente. Se diciamo di essa che è un futuro, diciamo che ancora non è ciò che sta per essere e può essere. Ora: questo è precisamente la Natura. Poiché per Hegel è veramente solo lo Spirito, la realtà della Natura consiste in qualcosa che sta per essere Spirito, ma che ancora non lo è. Così si spiega che troviamo alloggiato il futuro nell’assoluto passato che è la Preistoria naturale, la Geografia.
E, in effetti, Hegel vede in tutto l’americano il carattere d’immaturazione. A cominciare dalla terra stessa. Per lui, l’America è il nuovo mondo; include, dunque, l’Oceania. «Il nuovo mondo non è solo relativamente nuovo, ma in assoluto, perfino nella sua costituzione fisica e politica». «Non voglio negare al nuovo mondo l’onore di essere uscito dalle acque al momento della creazione, come si suol dire. Tuttavia, il mare delle Isole, che si estende tra l’America del Sud e l’Asia, rivela una certa immaturità anche per quanto riguarda la sua origine. La maggior parte delle isole poggiano su coralli e sono fatte in modo che piuttosto sembrano copertura di rocce sorte recentemente dalle profondità marine, e ostentano il carattere di qualcosa nato poco tempo fa».
Junto a la inmadurez, o como expresión de ella, encuentra Hegel la insuficiencia, la debilidad. «Las tierras del Atlántico que tenían una cultura cuando fueron descubiertas por los europeos, la perdieron al entrar en contacto con éstos. La conquista del país señaló la ruina de su cultura, de la cual conservamos noticias. Se reducen éstas a hacernos saber que se trataba de una cultura natural, que había de perecer tan pronto como el Espíritu se acercara a ella. América se ha revelado siempre y sigue revelándose impotente, en lo físico como en lo espiritual. Los indígenas, desde el desembarco de los europeos, han ido pereciendo al soplo de la actividad europea. En los animales mismos se advierte igual inferioridad que en los hombres. La fauna tiene leones, tigres, cocodrilos, etc.; pero estas fieras, aunque poseen parecido notable con las formas del viejo mundo, son, sin embargo, en todos los sentidos más pequeñas, más débiles, más impotentes. Aseguran que los animales comestibles no son en el nuevo mundo tan nutritivos como los del viejo. Hay en América grandes rebaños de vacuno; pero la carne de vaca europea es considerada allí como un bocado exquisito».
Durante los setenta años que aproximadamente no se ha leído a Hegel, se le acusó de opinar sobre las cosas —históricas y naturales— con soberana arbitrariedad. Y no se insinuaba al decir esto que procediese mediante puras deducciones y abstracto geometrismo de ideas —uso natural en quien no pretendía hacer otra cosa—, sino que hablaba ligeramente, sin previa inmersión en el estudio minucioso de los hechos. Mas cuando se vuelva a leer a Hegel se advertirá con sorpresa que la verdad es todo lo contrario. Maravilla la enormidad de saber detallado que en este hombre se acumuló. Sobre todo en esta Filosofía de la Historia demuestra haber absorbido toda la información asequible de su época. Y vemos que las mayores fallas de su obra no se originan en su método especulativo, sino en la limitación que todo saber empírico padece.
Pero como no se trata de extender a Hegel un certificado escolar de suficiencia, sino, por el contrario, de asomarse conmovidamente a su enorme espíritu para sorprender la refracción momentánea del Universo en aquel medio ejemplar, estas limitaciones nos causan placer porque dan autenticidad histórica y vital al espectáculo. Las gaucheries de las viejas fotografías son, a la par, su encanto mayor. Ellas, y no los elementos correctos y como actuales, nos arrancan del presente y nos trasladan con voluptuosa magia histórica a aquella hora pasada. Así, ahora nos parece ver a Hegel, bajo su gran gorro moscovita, leyendo en su despacho una relación de viajes por América donde se hace notar que allá se prefiere el beefsteak europeo al indígena.
Niña, reciente, coralina y tierna, la tierra del nuevo mundo; débiles sus fieras y sus hombres y sus culturas autóctonas. No se puede desconocer la sutileza con que todo esto está visto en 1820. Porque es el caso que posteriormente no ha hecho sino acentuarse ante la investigación científica ese carácter extraño de la fauna y del indígena americanos. ¿Cómo destaca Hegel, desde luego, sin titubeo y tan certeramente, esa peculiar debilidad y aptitud a volatilizarse o desvanecerse de los indios americanos? Una y otra vez insiste en la facilidad, en la prisa con que, al llegar los fuertes europeos, estas razas de América y del mar del Sur han huido a la nada, se han refugiado en el no-ser. «Las debilidades del carácter americano han sido causa de que se hayan llevado a América negros para los trabajos rudos. Los negros son mucho más sensibles a la cultura europea que los indígenas. Algunas costumbres han adoptado, sin duda, los indígenas al contacto con los europeos; entre otras, la de beber aguardiente, que ha acarreado en ellos consecuencias destructoras. En América del Sur y en Méjico, los habitantes que tienen el sentimiento de la independencia, los criollos, han nacido de la mezcla con los españoles y los portugueses. Sólo éstos han podido encumbrarse al superior sentimiento y deseo de la independencia. (Nótese, de la libertad). Son los que dan el tono. Al parecer, hay pocas tribus indígenas que sientan igual».
En cuanto a la fauna, leo estos días un curioso estudio de cierto biogeógrafo que explica ingeniosamente la procedencia de esas especies extrañísimas características de América del Sur y Oceanía. Su debilidad e inmadurez, tan agudamente vistas por Hegel, proceden de que son las primigenias, como nadie ignora. Lo que conviene explicar es por qué han radicado en esas porciones del globo y son en las demás obsoletas. Otro día hablaré sobre esta reciente explicación. Pero es indudable que Hegel aceptaría como auxiliar de su opinión ese atributo de arcaísmo que la ciencia postdarwiniana dedica a esas especies. La especie más vieja es, como especie y mientras pervive, infantil en relación con las más nuevas y complejas. Sería, pues, un mundo biológico perpetuamente niño, y no es exagerado afirmar que Hegel ve a América —en su geología, en su fauna, en sus indios y, como ahora observaremos, en su retoño colonial— como una niñez perdurable de la Ecumene.
III
Hemos visto que las civilizaciones indianas eran para Hegel formas de vida antehistóricas y pertenecían a la Prehistoria, a la Geografía, como la planta y la fiera. Por esta razón le parece todo el continente un «todavía no», una madrugada de humanidad. Cuando pasa a considerar los nuevos Estados surgidos de la emigración europea, Hegel mantiene este punto de vista. No se deja arrastrar por el dato primario de que esos Estados vivan de un material humano procedente de Europa y, por tanto —habría de pensarse—, plenamente actual.
Distingue ante todo entre Norte y Sudamérica. Hegel padecía una especie de patriotismo protestante y detestaba el catolicismo. Por esta razón dedica a los Estados libres del Norte su mejor benevolencia y describe con poca simpatía las naciones católicas del Sur. Sin embargo, la diferencia del trato no le lleva hasta separar el destino y la significación histórica de uno y otro lóbulo continental. A la postre los califica idénticamente. América del Sur —dice— ha sido conquistada; predominan en ella el poder militar, el clericalismo, la tesaurización y la vanidad de títulos y honores. América del Norte, en cambio, ha sido colonizada, se orienta en el principio de la industria y del protestantismo, sostiene la libertad del individuo.
«Si ahora comparamos la América del Norte con Europa, hallamos allá el ejemplo perenne de una constitución republicana. Existe la unidad subjetiva; pues existe un presidente que está a la cabeza del Estado y que —como prevención contra posibles ambiciones monárquicas— sólo por cuatro años es elegido. Dos hechos de continuo elogiados en la vida pública son: la protección de la propiedad y la casi total ausencia de impuestos. Con esto queda indicado el carácter fundamental; consiste en la orientación de los individuos hacia la ganancia y el provecho, en la preponderancia del interés particular, que si se aplica a lo universal es sólo para mayor provecho del propio goce. No deja de haber Estados jurídicos y una ley jurídica formal; pero esta legalidad es una legalidad sin justicia. Por eso los comerciantes americanos tienen la mala fama de que engañan a los demás bajo la protección del derecho» (182-183).
En cuanto a la política, «Norteamérica no puede considerarse todavía como un Estado constituido y maduro». Esto parecerá absurdo a los americanos que se consideran, apenas nacidos, al cabo de todas las perfecciones constitucionales. Hegel les imputa lo que ellos más estiman: su carácter federativo y republicano. Para el filósofo son ambas formas de pluralidad sin efectiva unidad superior y representan organizaciones políticas inestables. «Es —dice— un Estado federativo que es la peor forma de Estado en el aspecto de las relaciones exteriores. Sólo la peculiar situación de los Estados Unidos ha impedido que esta circunstancia haya causado su ruina total». Y, sobre todo, dice Hegel, esto que hoy nos produce gran sorpresa: «Es un Estado en formación: no está lo bastante adelantado para sentir la necesidad de la realeza». La idea de que Prusia llegase, andando el tiempo, a sacudir su monarquía como se sacude el hombre una pesadilla, no debió pasar nunca por la mente de Hegel. Tocamos aquí en un punto concreto la enorme limitación del pensamiento hegeliano: su ceguera para el futuro. El porvenir le desazonaba porque es lo verdaderamente irracional y, en consecuencia, lo que estima más el filósofo cuando antepone el apetito frenético de verdad al afán imperialista de un sistema. Hegel se hace hermético al mañana, se agita desasosegado cuando roza algún albor, pierde la serenidad y cierra dogmáticamente las ventanas para que con nuevas posibilidades luminosas no entren volando las objeciones.
Sin embargo, sin embargo… Hegel no se va nunca de vacío. En sus errores, como el león en sus mordiscos, se lleva siempre entre los dientes un buen pedazo de verdad palpitante.
Alongside immaturity, or as an expression of it, Hegel finds insufficiency, weakness. “The Atlantic lands that had a culture when they were discovered by the Europeans lost it on entering into contact with them. The conquest of the country marked the ruin of their culture, of which we preserve accounts. These are reduced to letting us know that it was a natural culture, which had to perish as soon as Spirit approached it. America has always shown itself and continues to show itself impotent, in the physical as in the spiritual. The indigenous peoples, since the landing of the Europeans, have gone on perishing at the breath of European activity. In the animals themselves an inferiority equal to that in men is noticeable. The fauna has lions, tigers, crocodiles, etc.; but these wild beasts, although they possess a notable resemblance to the forms of the old world, are, nevertheless, in every sense smaller, weaker, more impotent. They assure us that edible animals in the new world are not as nutritious as those of the old. There are in America great herds of cattle; but European beef is considered there an exquisite delicacy.”
During the seventy years or so in which Hegel was not read, he was accused of opining about things —historical and natural— with sovereign arbitrariness. And it was not insinuated in saying this that he proceeded by pure deductions and abstract geometrism of ideas —a natural use in someone who did not claim to be doing otherwise—, but rather that he spoke lightly, without prior immersion in the meticulous study of facts. But when Hegel is read again, it will be noted with surprise that the truth is quite the opposite. The enormity of detailed knowledge accumulated in this man is astonishing. Above all in this Philosophy of History he demonstrates having absorbed all the accessible information of his time. And we see that the greatest flaws of his work do not originate in his speculative method, but in the limitation that all empirical knowledge suffers.
But since it is not a matter of issuing Hegel a school certificate of sufficiency, but, on the contrary, of peering in, moved, at his enormous spirit in order to surprise the momentary refraction of the Universe in that exemplary medium, these limitations cause us pleasure because they give historical and vital authenticity to the spectacle. The gaucheries of old photographs are, at the same time, their greatest charm. They, and not the correct and quasi-current elements, wrench us from the present and transport us with voluptuous historical magic to that bygone hour. Thus we now seem to see Hegel, under his great Muscovite cap, reading in his study a travel account on America where it is noted that over there European beefsteak is preferred to the indigenous one.
Childlike, recent, coralline and tender, the land of the new world; weak its wild beasts and its men and its autochthonous cultures. One cannot deny the subtlety with which all this is seen in 1820. For the case is that subsequently this strange character of American fauna and indigenous peoples has done nothing but become accentuated before scientific investigation. How does Hegel pick out, from the start, without hesitation and so accurately, that peculiar weakness and aptitude to volatilize or vanish of the American Indians? Time and again he insists on the ease, the haste with which, on the arrival of the strong Europeans, these races of America and the South Seas have fled into nothingness, have taken refuge in non-being. “The weaknesses of the American character have been the cause of blacks having been brought to America for rough labor. Negroes are much more receptive to European culture than the indigenous peoples. Some customs the indigenous have doubtless adopted on contact with the Europeans; among others, that of drinking brandy, which has brought destructive consequences upon them. In South America and in Mexico, the inhabitants who have the sentiment of independence, the Creoles, were born of the mixture with the Spanish and Portuguese. Only these have been able to rise to the superior sentiment and desire for independence. (Note, for freedom). They are the ones who set the tone. There appear to be few indigenous tribes who feel the same.”
As for the fauna, I am reading these days a curious study by a certain biogeographer who ingeniously explains the provenance of those most strange species characteristic of South America and Oceania. Their weakness and immaturity, so acutely seen by Hegel, proceed from their being the primordial ones, as no one is unaware. What must be explained is why they have taken root in those portions of the globe and are obsolete in the others. Another day I shall speak of this recent explanation. But it is indubitable that Hegel would accept as an auxiliary to his opinion that attribute of archaism that post-Darwinian science assigns to those species. The oldest species is, as a species and while it survives, infantile in relation to the newer and more complex ones. It would be, then, a perpetually childlike biological world, and it is not exaggerated to affirm that Hegel sees America —in its geology, in its fauna, in its Indians and, as we shall now observe, in its colonial shoot— as an enduring childhood of the Ecumene.
III
We have seen that the Indian civilizations were for Hegel forms of ante-historical life and belonged to Prehistory, to Geography, like the plant and the wild beast. For this reason the whole continent seems to him a “not yet,” a dawn of humanity. When he passes to considering the new States arisen from European emigration, Hegel maintains this point of view. He does not let himself be carried away by the primary datum that those States live from a human material proceeding from Europe and, therefore —one would have to think—, fully current.
He distinguishes above all between North and South America. Hegel suffered from a kind of Protestant patriotism and detested Catholicism. For this reason he dedicates to the free States of the North his best benevolence and describes with little sympathy the Catholic nations of the South. Nevertheless, the difference in treatment does not lead him so far as to separate the destiny and historical significance of one and the other continental lobe. In the end he characterizes them identically. South America —he says— has been conquered; in it military power, clericalism, hoarding and the vanity of titles and honors predominate. North America, by contrast, has been colonized, is oriented toward the principle of industry and Protestantism, and sustains the freedom of the individual.
“If we now compare North America with Europe, we find there the perennial example of a republican constitution. Subjective unity exists; for there exists a president who is at the head of the State and who —as a precaution against possible monarchical ambitions— is elected for only four years. Two facts continually praised in public life are: the protection of property and the almost total absence of taxes. With this the fundamental character is indicated; it consists in the orientation of individuals toward gain and profit, in the preponderance of private interest, which if it applies itself to the universal is only for the greater profit of one’s own enjoyment. There is no lack of juridical states and a formal juridical law; but this legality is a legality without justice. That is why American merchants have the bad reputation of deceiving others under the protection of the law” (182-183).
As for politics, “North America cannot be considered yet as a constituted and mature State.” This will seem absurd to Americans who consider themselves, scarcely born, at the summit of all constitutional perfections. Hegel imputes to them what they most esteem: their federative and republican character. For the philosopher both are forms of plurality without effective superior unity and represent unstable political organizations. “It is,” he says, “a federative State that is the worst form of State in the aspect of foreign relations. Only the peculiar situation of the United States has prevented this circumstance from causing its total ruin.” And, above all, Hegel says this, which today produces great surprise in us: “It is a State in formation: it is not far enough advanced to feel the necessity of royalty.” The idea that Prussia might, with the passage of time, shake off its monarchy as a man shakes off a nightmare, must never have passed through Hegel’s mind. We touch here on a concrete point the enormous limitation of Hegelian thought: his blindness to the future. The morrow disquieted him because it is the truly irrational and, consequently, what the philosopher esteems most when he places the frenetic appetite for truth before the imperialist zeal for a system. Hegel makes himself hermetic to the morrow, he stirs uneasily when he brushes against any dawning, loses serenity and dogmatically closes the windows so that along with new luminous possibilities objections might not come flying in.
And yet, and yet… Hegel never comes away empty-handed. In his errors, like the lion in its bites, he always carries away between his teeth a good piece of palpitating truth.
Accanto all’immaturazione, o come espressione di essa, Hegel trova l’insufficienza, la debolezza. «Le terre dell’Atlantico che avevano una cultura quando furono scoperte dagli europei, la persero entrando in contatto con questi. La conquista del paese segnò la rovina della loro cultura, della quale conserviamo notizie. Queste si riducono a farci sapere che si trattava di una cultura naturale, che doveva perire non appena lo Spirito le si accostasse. L’America si è rivelata sempre e continua a rivelarsi impotente, nel fisico come nello spirituale. Gli indigeni, dallo sbarco degli europei, sono andati via via perendo al soffio dell’attività europea. Negli animali stessi si nota un’inferiorità uguale che negli uomini. La fauna ha leoni, tigri, coccodrilli, ecc.; ma queste fiere, benché possiedano una somiglianza notevole con le forme del vecchio mondo, sono, tuttavia, in tutti i sensi più piccole, più deboli, più impotenti. Assicurano che gli animali commestibili non sono nel nuovo mondo così nutritivi come quelli del vecchio. Ci sono in America grandi mandrie di bovino; ma la carne di vacca europea è considerata laggiù come un boccone squisito».
Durante i settant’anni circa in cui non si è letto Hegel, lo si accusò di opinare sulle cose —storiche e naturali— con sovrana arbitrarietà. E non si insinuava nel dire questo che procedesse mediante pure deduzioni e astratto geometrismo di idee —uso naturale in chi non pretendeva di fare altra cosa—, ma che parlava con leggerezza, senza previa immersione nello studio minuzioso dei fatti. Ma quando si tornerà a leggere Hegel si noterà con sorpresa che la verità è tutto il contrario. Meraviglia l’enormità del sapere dettagliato che in quest’uomo si accumulò. Soprattutto in questa Filosofia della Storia dimostra di aver assorbito tutta l’informazione accessibile della sua epoca. E vediamo che le maggiori falle della sua opera non hanno origine nel suo metodo speculativo, ma nella limitazione che ogni sapere empirico patisce.
Ma poiché non si tratta di rilasciare a Hegel un certificato scolastico di sufficienza, bensì, al contrario, di affacciarsi commossi al suo enorme spirito per sorprendere la rifrazione momentanea dell’Universo in quell’esemplare mezzo, queste limitazioni ci causano piacere perché danno autenticità storica e vitale allo spettacolo. Le gaucheries delle vecchie fotografie sono, al tempo stesso, il loro maggiore incanto. Esse, e non gli elementi corretti e come attuali, ci strappano al presente e ci trasferiscono con voluttuosa magia storica a quell’ora passata. Così, ora ci sembra di vedere Hegel, sotto il suo gran berretto moscovita, mentre legge nel suo studio una relazione di viaggi per l’America dove si fa notare che laggiù si preferisce il beefsteak europeo a quello indigeno.
Bambina, recente, corallina e tenera, la terra del nuovo mondo; deboli le sue fiere e i suoi uomini e le sue culture autoctone. Non si può disconoscere la sottigliezza con cui tutto questo è visto nel 1820. Perché il caso è che posteriormente non ha fatto che accentuarsi, davanti all’indagine scientifica, questo carattere strano della fauna e dell’indigeno americano. Come fa Hegel a cogliere, da subito, senza titubanza e così esattamente, quella peculiare debolezza e attitudine a volatilizzarsi o svanire degli indios americani? Una volta e un’altra insiste sulla facilità, sulla fretta con cui, all’arrivo dei forti europei, queste razze d’America e del mare del Sud sono fuggite nel nulla, si sono rifugiate nel non-essere. «Le debolezze del carattere americano sono state causa del fatto che siano stati portati in America neri per i lavori pesanti. I neri sono molto più sensibili alla cultura europea degli indigeni. Alcune usanze hanno adottato, senza dubbio, gli indigeni al contatto con gli europei; tra le altre, quella di bere acquavite, che ha prodotto in loro conseguenze distruttrici. Nell’America del Sud e nel Messico, gli abitanti che hanno il sentimento dell’indipendenza, i creoli, sono nati dalla mescolanza con gli spagnoli e i portoghesi. Solo costoro hanno potuto elevarsi al superiore sentimento e desiderio dell’indipendenza. (Si noti, della libertà). Sono loro a dare il tono. A quanto pare, ci sono poche tribù indigene che sentano lo stesso».
Quanto alla fauna, leggo in questi giorni un curioso studio di un certo biogeografo che spiega ingegnosamente la provenienza di quelle specie stranissime caratteristiche dell’America del Sud e dell’Oceania. La loro debolezza e immaturazione, così acutamente viste da Hegel, provengono dal fatto che sono le primigenie, come nessuno ignora. Ciò che conviene spiegare è perché si siano radicate in quelle porzioni del globo e siano nelle altre obsolete. Un altro giorno parlerò di questa recente spiegazione. Ma è indubbio che Hegel accetterebbe come ausiliario della sua opinione quell’attributo di arcaismo che la scienza postdarwiniana dedica a queste specie. La specie più vecchia è, come specie e finché sopravvive, infantile in relazione con le più nuove e complesse. Sarebbe, dunque, un mondo biologico perpetuamente bambino, e non è esagerato affermare che Hegel vede l’America —nella sua geologia, nella sua fauna, nei suoi indios e, come ora osserveremo, nel suo germoglio coloniale— come una fanciullezza perdurabile dell’Ecumene.
III
Abbiamo visto che le civiltà indiane erano per Hegel forme di vita antistoriche e appartenevano alla Preistoria, alla Geografia, come la pianta e la fiera. Per questa ragione gli sembra tutto il continente un «non ancora», un’alba di umanità. Quando passa a considerare i nuovi Stati sorti dall’emigrazione europea, Hegel mantiene questo punto di vista. Non si lascia trascinare dal dato primario che questi Stati vivano di un materiale umano proveniente dall’Europa e, pertanto —si dovrebbe pensare—, pienamente attuale.
Distingue innanzi tutto tra Nord e Sudamerica. Hegel pativa una specie di patriottismo protestante e detestava il cattolicesimo. Per questa ragione dedica agli Stati liberi del Nord la sua migliore benevolenza e descrive con poca simpatia le nazioni cattoliche del Sud. Tuttavia, la differenza del trattamento non lo porta fino a separare il destino e il significato storico dell’uno e dell’altro lobo continentale. Alla fine li qualifica identicamente. L’America del Sud —dice— è stata conquistata; predominano in essa il potere militare, il clericalismo, la tesaurizzazione e la vanità di titoli e onori. L’America del Nord, invece, è stata colonizzata, si orienta sul principio dell’industria e del protestantesimo, sostiene la libertà dell’individuo.
«Se ora confrontiamo l’America del Nord con l’Europa, troviamo laggiù l’esempio perenne di una costituzione repubblicana. Esiste l’unità soggettiva; poiché esiste un presidente che sta a capo dello Stato e che —come prevenzione contro possibili ambizioni monarchiche— solo per quattro anni è eletto. Due fatti continuamente elogiati nella vita pubblica sono: la protezione della proprietà e la quasi totale assenza di imposte. Con questo resta indicato il carattere fondamentale; consiste nell’orientamento degli individui verso il guadagno e il profitto, nella preponderanza dell’interesse particolare, che se si applica all’universale è solo per maggior profitto del proprio godimento. Non mancano Stati giuridici e una legge giuridica formale; ma questa legalità è una legalità senza giustizia. Per questo i commercianti americani hanno la cattiva fama di ingannare gli altri sotto la protezione del diritto» (182-183).
Quanto alla politica, «il Nordamerica non può considerarsi ancora come uno Stato costituito e maturo». Questo sembrerà assurdo agli americani che si considerano, appena nati, al culmine di tutte le perfezioni costituzionali. Hegel imputa loro ciò che essi più stimano: il loro carattere federativo e repubblicano. Per il filosofo sono entrambe forme di pluralità senza effettiva unità superiore e rappresentano organizzazioni politiche instabili. «È —dice— uno Stato federativo che è la peggior forma di Stato nell’aspetto delle relazioni estere. Solo la peculiare situazione degli Stati Uniti ha impedito che questa circostanza abbia causato la sua rovina totale». E, soprattutto, dice Hegel, questo che oggi ci produce grande sorpresa: «È uno Stato in formazione: non è abbastanza avanzato per sentire la necessità della regalità». L’idea che la Prussia potesse, col passare del tempo, scuotere la sua monarchia come l’uomo scuote un incubo, non deve essere mai passata per la mente di Hegel. Tocchiamo qui in un punto concreto l’enorme limitazione del pensiero hegeliano: la sua cecità per il futuro. L’avvenire lo inquietava perché è il veramente irrazionale e, in conseguenza, ciò che stima di più il filosofo quando antepone l’appetito frenetico di verità all’affanno imperialista di un sistema. Hegel si fa ermetico al domani, si agita inquieto quando sfiora qualche albore, perde la serenità e chiude dogmaticamente le finestre affinché con nuove possibilità luminose non entrino volando le obiezioni.
Tuttavia, tuttavia… Hegel non se ne va mai a vuoto. Nei suoi errori, come il leone nei suoi morsi, porta via sempre tra i denti un buon pezzo di verità palpitante.
He aquí cómo expresa —con variadas fórmulas— la razón de que América no haya comenzado aún su plena vida de Estado. «Un verdadero Estado y un verdadero Gobierno sólo se produce cuando ya existen diferencias de clase, cuando son grandes la riqueza y la pobreza y cuando se da una situación tal que la gran masa ya no puede satisfacer sus necesidades de la manera a que estaba acostumbrada. Pero América no está todavía en camino de llegar a semejante tensión, pues le queda siempre abierto el recurso de la colonización y constantemente acude una muchedumbre de personas a las llanuras del Mississippí. Gracias a este medio ha desaparecido la fuente principal de descontento, y queda garantizada la continuación de la situación actual». Y luego: «La clase agricultora no se ha concentrado aún, no se siente apretada, y, cuando experimenta este sentimiento, le pone remedio roturando nuevos terrenos. Anualmente se precipitan olas y olas de nuevos agricultores más allá de las montañas Alleghany para ocupar nuevos territorios. Para que un Estado adquiera las condiciones de existencia de un verdadero Estado es preciso que no se vea sujeto a una emigración constante y que la clase agricultora, imposibilitada de extenderse hacia afuera, tenga que concentrarse en ciudades e industrias urbanas. Sólo así puede producirse un sistema civil y ésta es la condición para que exista un Estado organizado. Norteamérica está todavía en el caso de roturar la tierra. Únicamente cuando, como en Europa, no puedan ya aumentarse a voluntad los agricultores, los habitantes, en vez de extenderse en busca de nuevos terrenos, tendrán que condensarse en la industria y en el tráfico urbano, formando un sistema compacto de sociedad civil, y llegarán a experimentar las necesidades de un Estado orgánico. Es, por tanto, imposible comparar los Estados libres norteamericanos con los países europeos; pues en Europa no existe semejante salida natural para la población. Si hubieran existido aún los bosques de Germania no se habría producido la Revolución francesa. Norteamérica sólo podrá ser comparada con Europa cuando el espacio inmenso que ofrece esté lleno y la sociedad se haya concentrado en sí misma».
He transcripto tan ampliamente estos párrafos de Hegel no sólo por el interés inmediato que tiene siempre oír el son de su palabra —son trozos tomados casi taquigráficamente de su improvisación oral en la cátedra—, sino porque poniéndolos ante los ojos del lector puedo permitirme dar de ellos una interpretación más rigorosa, más hegeliana, a mi juicio, que su propio sonido y letra. Detrás de esa definición concreta de la realidad americana late una teoría general nunca expuesta por Hegel, pero fácilmente destilable del contexto.
No olvidemos que la historia no empieza, según Hegel, sino cuando el Espíritu empieza a descubrirse a sí mismo, a reconocerse como tal Espíritu. La Naturaleza o ante-historia es también Espíritu, pero lo es precisamente en cuanto el Espíritu se ha escapado de sí mismo, se ha enajenado y perdido fuera de sí, en suma, se ha ignorado y desconocido. Dicho grosso modo: el paisaje que vemos no es, en verdad, sino un cuadro que el Espíritu pinta o proyecta ante sí. Si lo tomamos aparte, ingenuamente, según aparece, juzgaremos que existe por sí y que no proviene del Espíritu. Pero todo cuadro es emanación de un pintor que en él ha puesto su intimidad espiritual. Su realidad no es, pues, independiente del creador, sino que es el creador mismo transpuesto y como traducido en un medio que aparentemente no se parece nada a él.
Pues bien: en esa definición de América entrevemos una ley fundamental de la historia que Hegel no ha formulado nunca por separado. Por lo visto, para que el Espíritu se recoja sobre sí mismo y abandone ese aspecto de naturaleza que primero adoptó, es preciso que los hombres no encuentren ante sí grandes espacios libres, sino que, al contrario, vivan apretados. Por tanto, la historia o espiritualización del Universo es función de la densidad de población. La humanidad desparramada no segrega espíritu: es menester que se haga especialmente compacta, que se aprieten unos contra otros los individuos. Sometida a presión, la humanidad comienza a rezumar espiritualidad y la aventura propiamente histórica se inicia. Sólo ante dificultades en la vida «natural», cuya medida hallamos en la holgura de territorio, se dispara el proceso cultural.
Ahora bien: tómese un material humano que, como el europeo, se ha ido haciendo en regiones muy pobladas y por ello ha llegado a la máxima tensión del Espíritu; trasládesele a un territorio amplísimo, donde el coeficiente de libre espacio para cada individuo sea como el que el europeo gozaba hace dos mil años («los bosques de Germania»); ¿qué acontecerá? La idea de Hegel es clara y no deja lugar a dudas respecto a su opinión. Su respuesta sería ésta: esa porción de europeos actuales, viviendo en grandes espacios, retrocederá en su evolución espiritual y se parecerá mucho a un pueblo primitivo. Cuando el espacio sobra se adueña del hombre la naturaleza. El espacio es una categoría geográfica y no histórica.
Véase, pues, cómo Hegel persiste frente a los nuevos Estados americanos en su interpretación del Nuevo Mundo como un mundo esencialmente primitivo. Si hoy reviviera y asistiese a la magnífica escena de la vida «yanqui» con todas las maravillas de su técnica y organización, ¿qué diría?, ¿rectificaría su criterio? Es de sospechar que no. Todo ese aspecto de ultramodernidad americana le parecería simplemente un resultado mecánico de la cultura europea al ser transportada a un medio más fácil, pero bajo él vería en el alma americana un tipo de espiritualidad primitiva, un comienzo de algo original y no-europeo. En suma, lo que estimaría de América sería precisamente sus dotes de nueva y saludable barbarie. De éstas y no de su técnica europea, mera repercusión del Viejo Mundo, dependería, en su opinión, el nuevo estadio de la evolución espiritual que América está llamada a representar. ¿Cuál sería éste? ¿Cuáles sus rasgos distintivos? Hegel aparta con temor su vista de tal problema y dice: «Por consiguiente, América es el país del porvenir. En tiempos futuros se mostrará su importancia histórica, acaso en la lucha entre América del Norte y América del Sur. Es un país de nostalgia para todos los que están hastiados del museo histórico de la vieja Europa. Se asegura que Napoleón dijo: “Cette vieille Europe m’ennuie”. América debe apartarse del suelo en que, hasta hoy, se ha desarrollado la historia universal. Lo que hasta ahora acontece allí no es más que el eco del Viejo Mundo y el reflejo de ajena vida. Mas como país del porvenir, América no nos interesa; pues el filósofo no hace profecías. En el aspecto de la historia tenemos que habérnoslas con lo que ha sido y con lo que es. En la filosofía, empero, con aquello que no sólo ha sido y no sólo será, sino que es, y es eterno: la razón. Y ello basta».
Marzo, 1928
Here is how he expresses —in varied formulas— the reason why America has not yet begun its full life as a State. “A true State and a true Government only arise when class differences already exist, when wealth and poverty are great, and when a situation arises such that the great mass can no longer satisfy its needs in the manner to which it was accustomed. But America is not yet on the way to reaching such a tension, for the recourse of colonization always remains open to it, and a multitude of people constantly flock to the Mississippi plains. Thanks to this means, the main source of discontent has disappeared, and the continuation of the present situation is guaranteed.” And then: “The farming class has not yet concentrated, it does not feel pressed, and, when it experiences this feeling, it remedies it by breaking new ground. Year after year, waves upon waves of new farmers rush beyond the Alleghany mountains to occupy new territories. For a State to acquire the conditions of existence of a true State, it must not be subject to constant emigration, and the farming class, unable to expand outward, must concentrate in cities and urban industries. Only thus can a civil system be produced, and this is the condition for an organized State to exist. North America is still in the case of breaking new ground. Only when, as in Europe, farmers can no longer be increased at will, the inhabitants, instead of spreading out in search of new lands, will have to condense into industry and urban traffic, forming a compact system of civil society, and will come to experience the needs of an organic State. It is, therefore, impossible to compare the free North American States with European countries; for in Europe no such natural outlet for the population exists. If the forests of Germania had still existed, the French Revolution would not have occurred. North America can only be compared with Europe when the immense space it offers is filled and society has concentrated into itself.”
I have transcribed these paragraphs of Hegel at such length not only for the immediate interest one always has in hearing the sound of his word —they are passages taken almost stenographically from his oral improvisation in the lecture hall— but because by placing them before the reader’s eyes I may permit myself to give an interpretation of them that is more rigorous, more Hegelian, in my judgment, than their own sound and letter. Behind that concrete definition of American reality throbs a general theory never set forth by Hegel, but easily distilled from the context.
Let us not forget that history does not begin, according to Hegel, until Spirit begins to discover itself, to recognize itself as Spirit. Nature or pre-history is also Spirit, but it is so precisely insofar as Spirit has escaped from itself, has alienated and lost itself outside of itself, in short, has ignored and misrecognized itself. Stated roughly: the landscape we see is not, in truth, anything but a picture that Spirit paints or projects before itself. If we take it separately, naively, as it appears, we shall judge that it exists by itself and does not come from Spirit. But every picture is an emanation of a painter who has placed his spiritual intimacy within it. Its reality is not, then, independent of the creator, but rather it is the creator himself transposed and as it were translated into a medium that apparently resembles him not at all.
Well then: in that definition of America we glimpse a fundamental law of history that Hegel never formulated separately. Apparently, for Spirit to gather itself upon itself and abandon that aspect of nature which it first adopted, men must not find great free spaces before them, but, on the contrary, must live crowded together. Therefore, history or the spiritualization of the Universe is a function of population density. Scattered humanity does not secrete spirit: it must become especially compact, individuals must press against one another. Subjected to pressure, humanity begins to ooze spirituality and the properly historical adventure begins. Only before difficulties in “natural” life, whose measure we find in the roominess of territory, does the cultural process kick in.
Now: take a human material that, like the European, has been shaped in very populous regions and has thereby reached the maximum tension of Spirit; transfer it to a vast territory, where the coefficient of free space for each individual is like that which the European enjoyed two thousand years ago (“the forests of Germania”); what will happen? Hegel’s idea is clear and leaves no room for doubt regarding his opinion. His answer would be this: that portion of present-day Europeans, living in great spaces, will regress in their spiritual evolution and will closely resemble a primitive people. When space abounds, nature takes hold of man. Space is a geographical and not a historical category.
See, then, how Hegel persists, in the face of the new American States, in his interpretation of the New World as an essentially primitive world. If he were to revive today and witness the magnificent scene of “Yankee” life with all the marvels of its technique and organization, what would he say? Would he rectify his criterion? It is to be suspected not. All that aspect of American ultramodernity would seem to him simply a mechanical result of European culture transported to an easier medium, but beneath it he would see in the American soul a type of primitive spirituality, a beginning of something original and non-European. In sum, what he would esteem about America would be precisely its gifts of new and healthy barbarism. On these, and not on its European technique, a mere repercussion of the Old World, would depend, in his opinion, the new stage of spiritual evolution that America is called to represent. What would this be? What its distinctive features? Hegel averts his gaze with fear from this problem and says: “Consequently, America is the country of the future. In future times its historical importance will show itself, perhaps in the struggle between North America and South America. It is a country of longing for all those who are weary of the historical museum of old Europe. It is said that Napoleon declared: ‘Cette vieille Europe m’ennuie.’ America must depart from the ground on which, until today, world history has developed. What happens there so far is no more than the echo of the Old World and the reflection of another’s life. But as the country of the future, America does not interest us; for the philosopher does not make prophecies. In the aspect of history we must deal with what has been and with what is. In philosophy, however, with that which not only has been and not only will be, but which is, and is eternal: reason. And that suffices.”
March 1928
Ecco come esprime —con formule variate— la ragione per cui l’America non ha ancora iniziato la sua piena vita di Stato. «Un vero Stato e un vero Governo si producono soltanto quando esistono già differenze di classe, quando sono grandi la ricchezza e la povertà e quando si dà una situazione tale che la grande massa non può più soddisfare i suoi bisogni nel modo a cui era abituata. Ma l’America non è ancora sulla via di giungere a una simile tensione, poiché le resta sempre aperta la risorsa della colonizzazione e costantemente accorre una moltitudine di persone nelle pianure del Mississippi. Grazie a questo mezzo è scomparsa la fonte principale del malcontento, e resta garantita la continuazione della situazione attuale». E poi: «La classe agricola non si è ancora concentrata, non si sente pressata, e, quando prova questo sentimento, vi pone rimedio dissodando nuovi terreni. Annualmente si precipitano ondate e ondate di nuovi agricoltori al di là delle montagne Allegany per occupare nuovi territori. Perché uno Stato acquisisca le condizioni di esistenza di un vero Stato è necessario che non sia soggetto a un’emigrazione costante e che la classe agricola, impossibilitata a estendersi verso l’esterno, debba concentrarsi in città e industrie urbane. Solo così può prodursi un sistema civile e questa è la condizione perché esista uno Stato organizzato. Il Nordamerica è ancora nel caso di dissodare la terra. Soltanto quando, come in Europa, non potranno più aumentarsi a volontà gli agricoltori, gli abitanti, invece di estendersi in cerca di nuovi terreni, dovranno condensarsi nell’industria e nel traffico urbano, formando un sistema compatto di società civile, e arriveranno a sperimentare le necessità di uno Stato organico. È, pertanto, impossibile paragonare gli Stati liberi nordamericani con i paesi europei; poiché in Europa non esiste una simile valvola naturale per la popolazione. Se fossero ancora esistite le foreste della Germania non si sarebbe prodotta la Rivoluzione francese. Il Nordamerica potrà essere paragonato all’Europa soltanto quando lo spazio immenso che offre sarà pieno e la società si sarà concentrata in se stessa».
Ho trascritto così ampiamente questi paragrafi di Hegel non solo per l’interesse immediato che ha sempre l’udire il suono della sua parola —sono brani tratti quasi stenograficamente dalla sua improvvisazione orale in cattedra—, ma perché mettendoli sotto gli occhi del lettore posso permettermi di darne un’interpretazione più rigorosa, più hegeliana, a mio giudizio, del loro stesso suono e lettera. Dietro quella definizione concreta della realtà americana pulsa una teoria generale mai esposta da Hegel, ma facilmente distillabile dal contesto.
Non dimentichiamo che la storia non comincia, secondo Hegel, se non quando lo Spirito comincia a scoprire se stesso, a riconoscersi come tale Spirito. La Natura o ante-storia è anch’essa Spirito, ma lo è precisamente in quanto lo Spirito è sfuggito a se stesso, si è alienato e perduto fuori di sé, insomma, si è ignorato e disconosciuto. Detto grosso modo: il paesaggio che vediamo non è, in verità, se non un quadro che lo Spirito dipinge o proietta davanti a sé. Se lo prendiamo a parte, ingenuamente, così come appare, giudicheremo che esista per sé e che non provenga dallo Spirito. Ma ogni quadro è emanazione di un pittore che in esso ha messo la sua intimità spirituale. La sua realtà non è, dunque, indipendente dal creatore, bensì è il creatore stesso trasposto e come tradotto in un mezzo che apparentemente non gli somiglia per nulla.
Ebbene: in quella definizione dell’America intravediamo una legge fondamentale della storia che Hegel non ha mai formulato separatamente. A quanto pare, perché lo Spirito si raccolga su se stesso e abbandoni quell’aspetto di natura che dapprima adottò, è necessario che gli uomini non trovino davanti a sé grandi spazi liberi, ma che, al contrario, vivano pigiati. Pertanto, la storia o spiritualizzazione dell’Universo è funzione della densità di popolazione. L’umanità sparpagliata non secerne spirito: è necessario che si faccia particolarmente compatta, che si stringano gli uni contro gli altri gli individui. Sottomessa a pressione, l’umanità comincia a trasudare spiritualità e l’avventura propriamente storica si inizia. Solo di fronte a difficoltà nella vita «naturale», la cui misura troviamo nell’ampiezza di territorio, si innesca il processo culturale.
Ora: si prenda un materiale umano che, come quello europeo, si è venuto formando in regioni molto popolate e perciò è giunto alla massima tensione dello Spirito; lo si trasferisca in un territorio amplissimo, dove il coefficiente di spazio libero per ciascun individuo sia come quello di cui l’europeo godeva duemila anni fa («le foreste della Germania»); che cosa accadrà? L’idea di Hegel è chiara e non lascia spazio a dubbi sulla sua opinione. La sua risposta sarebbe questa: quella porzione di europei attuali, vivendo in grandi spazi, retrocederà nella sua evoluzione spirituale e somiglierà molto a un popolo primitivo. Quando lo spazio abbonda si impadronisce dell’uomo la natura. Lo spazio è una categoria geografica e non storica.
Si veda, dunque, come Hegel persiste di fronte ai nuovi Stati americani nella sua interpretazione del Nuovo Mondo come un mondo essenzialmente primitivo. Se oggi rivivesse e assistesse alla magnifica scena della vita «yankee» con tutte le meraviglie della sua tecnica e organizzazione, che cosa direbbe? Retttificherebbe il suo criterio? È da sospettare che no. Tutto quell’aspetto di ultramodernità americana gli sembrerebbe semplicemente un risultato meccanico della cultura europea trasportata in un ambiente più facile, ma sotto di esso vedrebbe nell’anima americana un tipo di spiritualità primitiva, un inizio di qualcosa di originale e non-europeo. Insomma, ciò che stimerebbe dell’America sarebbero precisamente le sue doti di nuova e salutare barbarie. Da queste e non dalla sua tecnica europea, mera ripercussione del Vecchio Mondo, dipenderebbe, a suo parere, il nuovo stadio dell’evoluzione spirituale che l’America è chiamata a rappresentare. Quale sarebbe questo? Quali i suoi tratti distintivi? Hegel distoglie con timore lo sguardo da tale problema e dice: «Per conseguenza, l’America è il paese dell’avvenire. In tempi futuri si mostrerà la sua importanza storica, forse nella lotta tra America del Nord e America del Sud. È un paese di nostalgia per tutti coloro che sono infastiditi del museo storico della vecchia Europa. Si assicura che Napoleone disse: “Cette vieille Europe m’ennuie”. L’America deve allontanarsi dal suolo in cui, finora, si è sviluppata la storia universale. Ciò che finora accade lì non è altro che l’eco del Vecchio Mondo e il riflesso di vita altrui. Ma come paese dell’avvenire, l’America non ci interessa; poiché il filosofo non fa profezie. Nell’aspetto della storia dobbiamo occuparci di ciò che è stato e di ciò che è. Nella filosofia, invece, di ciò che non solo è stato e non solo sarà, ma che è, ed è eterno: la ragione. E questo basta».
Marzo 1928