Ortega y Gasset

Abstract

The continuation of a discussion of Baroja: nearly all the words of Spanish politics are insults (clerical, liberal, «exalted Kantian» mean nothing but personal hatred), and Spain’s spoken literature lives on interjections. It analyses the interjection as an explosion releasing emotional imbalance, and hypothesizes that the Spaniard uses it rhythmically, with no pain to justify it.

Connections

Concetti: passione
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Supongo que al llegar aquí habrá acudido a la mente del lector un tropel de fenómenos característicos de nuestra vida española, afines a esos datos del arte de Baroja.

Casi todas las palabras que usa la parlería política de nuestros conciudadanos son simplemente improperios. Clerical no quiere decir, en labios de los liberales, hombre que cree en la utilidad de las órdenes religiosas para el buen vivir histórico de un pueblo; quiere decir directamente hombre despreciable. Liberal no equivale a partidario del sufragio universal, sino que en voz de un reaccionario viene a significar hombre de escasa vergüenza.

Cuando en 1909 el digno fiscal del Tribunal Supremo fue a Barcelona realizó en la persona del señor Valenti Camps el descubrimiento de un «kantiano exaltado». Para el sobredicho fiscal, no era kantiano sencillamente una manera peculiar de imaginarse el mundo, sino un ser que le parecía odioso y temible. Este fiscal no fue a Barcelona precisamente a formar la lista razonada de las filosofías catalanas; más bien se trataba de una lista de personas aptas para ir a la cárcel. Y todo el vocabulario quedó reducido a la mínima función de expresar los odios y temores personales de su excelencia.

Mas en todas las tierras del planeta acontece cosa parecida. En cambio, es sabido que no existe pueblo en Europa que posea caudal tan rico de vocablos injuriosos, de juramentos e interjecciones, como el nuestro. Según parece, sólo los napolitanos pueden hacernos alguna concurrencia.

Como en nuestro país se publican tan pocos libros al cabo del año, si queremos averiguar el estado de espíritu nacional tenemos que recurrir a la literatura difusa, a la que vive en las conversaciones de los cafés, en las aglomeraciones de las plazas, en los tranvías, en los pasillos del Congreso.

Esta literatura dicha se caracteriza por un elemento que da a los períodos todo su sabor y todo su ritmo: llámenlo ustedes como quieran, ajo, taco o interjección.

Tal fenómeno, por lo mismo que su frecuencia y extensión parece quitarle importancia, la tiene enorme.

En un momento de dolor dilacerante envía el alma con premura todas sus reservas de energía hacia aquel lugar por donde ha penetrado la impresión dolorosa. Queda por un instante en suspenso el resto de la vida psíquica y aun la fisiológica disminuye de pulso y el corazón se contrae y detiene: necesita el alma movilizar toda su emotividad hacia la brecha que en el flanco le han abierto. Ni se piensa, ni se ve, ni se oye. El alma íntegra es un arco a toda tensión de que va a salir como una flecha contra el enemigo dolor un ¡ay! ¡Cuán breve e insignificante el cuerpecillo sagitario de esta palabra! ¿Qué decimos, qué decimos cuando decimos ¡ay!? Nada decimos sobre las cosas del mundo, pero decimos toda nuestra alma. Esa minúscula ampolluela del ¡ay! lleva a altísima presión, condensada, toda nuestra afectividad, es propiamente una congestión de sentimiento que en ella explota. Esta explosión nos liberta del desequilibrio emocional que el dolor moral o fisiológico sobrevenido nos causara. Para este uso normal ha puesto Dios en la tierra esas cosas llamadas interjecciones.

Pero ¿qué acontece a este hermano español que fue con nosotros ayer en el tranvía de la Cibeles a la Puerta del Sol?

Hablamos de cosas indiferentes para ambos: no obstante, nuestro amigo desparramaba entre sus frases sinnúmero de interjecciones. Eran éstas ya como un compás, como un ritmo que daba cierta arquitectura a sus frases del modo que a un edificio los cantos finos de las esquinas y los vértices agudos de los frontis. Y nuestro amigo, visiblemente sentía, cada vez que soltaba un taco, cierta fruición y descanso; se notaba que los había menester como rítmica purgación de la energía espiritual que a cada instante se le acumulaba dentro, estorbándole. ¿No es esto admirable? ¿Por qué sentía mi amigo tal fruición pronunciando palabras sin sentido o cuyo sentido le era indiferente?

Mi amigo se llama Juan Español. No posee grande entendimiento, administra una moralidad reducidísima, no se conmueve ante una obra de arte, es incapaz de heroísmo, va viviendo hacia la muerte como una piedra hacia el centro de la tierra. ¿Diremos que a este hombre le sobra energía psíquica? ¿No diremos más bien que le falta, que padece astenia espiritual?

¿Será acaso ese abuso de interjecciones, ese alarde de energías frecuente en el español más bien efecto de su debilidad espiritual?

Además de las interjecciones, es curioso el prurito de nuestra raza por expresarse con gestos excesivos.

A lo mejor, un compatriota, para decirnos que acudamos a una cita a las cuatro en punto, acompaña este «punto» con ademán de formidable energía, sacude el brazo como si en la mano llevara un alfanje y bajo el alfanje se hallara el cuello de un gigante y se tratara de degollar a éste. Claro está que después nuestro compatriota no acude a la cita. Nadie ignora que también en lo desaforado de los gestos ocupamos con los napolitanos y los judíos rusos la primera categoría en el globo.

Anda hoy sugestionando a gran número de psiquiatras alemanes y norteamericanos una teoría de las psicosis e histerias, debida a Sigmund Freud, médico y profesor en Viena[39]. Reducida a términos extremos, la teoría es la siguiente:

Toda representación lleva consigo, además de una imagen de la cosa o acción representada, un estado afectivo o energía psíquica concomitante. Un deseo fuerte es una representación lastrada con una ingente aglomeración de energía psíquica. Lo propio ocurre con la imagen de una escena violenta.

Al presentársenos ciertos deseos, nuestras convicciones morales o estéticas nos obligan a dejarlos insatisfechos. Pero un deseo que permanece insatisfecho es, según Freud, una condensación de afectividad que pugna por expandirse, por actualizarse, gastándose en forma de movimientos musculares o inyectándose en el resto de nuestras ideas y quereres. Esa pugna es dolor para el alma y resulta a menudo insoportable. Entonces nuestra conciencia, no contenta con dejar insatisfecho el deseo, lo expulsa fuera de sí misma, lo aherroja en los sótanos del alma y allí queda «inconsciente», sin poder volver, por lo común, al plano de la percatación. Con él va de lansquenete o mozo la energía psíquica, el afecto. Este permanece como un tumor de emotividad presto a estallar, a liberarse de cualquier modo. Mas habiendo sido expulsada la representación en cuyo servicio iba originariamente, se tiene que buscar otra cuyo tránsito a la plena conciencia y al mecanismo motor de los músculos no ofrezca dificultad. ¿Cómo encontrarla?

Las representaciones se hallan asociadas en largas cadenas, que componen la textura de nuestra alma. Gracias a esto, el afecto puede saltar de una representación a otra, de ésta a otra y así hasta llegar a una inocente, cuyo paso a la conciencia esté permitido, porque su enlace con la prohibida es remotísimo. Así penetra la emoción de contrabando, solapada, a una imagen indiferente, con la cual ya apenas si tiene que ver. Arribada a la conciencia, explota, y el espíritu en quien esto acaece se extraña de que ideas mansas que le ocurren le angustien o exalten tan desmesuradamente, y hasta le llevan a movimientos injustificados. Los brincos y gestos absurdos de los histéricos, las manías, obsesiones y tristezas de los neuróticos no son, según Freud, más que esto.

Esas intromisiones súbitas de afectos y de ideas, que no tienen que ver con el curso del pensamiento, producen, claro está, una fragmentación de la vida intelectiva. Entran en la continuidad de una mente normal como cuñas y la hacen estallar en trozos; se interponen, se interyectan entre los miembros de una construcción intelectual y la hacen imposible. Por eso las almas de histéricos y neuróticos viven una vida discontinua, incompatible generalmente con el edificio de un ideario unificado y resistente. Son almas disgregadas en átomos, inconexas; almas dispersas, cuya existencia es un nacer y morir a cada instante, menesterosas, como efímeras, de condensar en esa vida instantánea toda su vitalidad. Almas inarticuladas que se expresan en interjecciones, porque ellas mismas lo son.

No puedo en este lugar detenerme a la consideración más detallada de este tema. Me basta con haber sugerido un punto de vista desde el cual se ve España como un paisaje de histerismo, de ese histerismo étnico que a veces se ha apoderado de todo un pueblo, que es acaso síntoma de un continente entero. Lo que llamamos África, la postura africana ante el universo, quizá no sea, a la postre, sino una postura histérica.

El chulismo, el flamenquismo, la bravuconería, la exageración, el retruécano y otras muchas formas de expresión que se ha creado de una manera predilecta nuestra raza podrían muy verosímilmente reducirse a manifestaciones de histerismo colectivo.

No se me oculta que al proyectar dos tipos clínicos de la patología individual como histeria y neurosis sobre la espiritualidad colectiva, dejan de ser enfermedades, en un sentido médico. Conste así. Pero se transforman en enfermedades, según un sentido histórico. Conste también.

I suppose that by now a throng of phenomena characteristic of our Spanish life, akin to those data of Baroja’s art, will have come to the reader’s mind.

Almost all the words used in the political chatter of our fellow citizens are simply insults. Clerical does not mean, on the lips of liberals, a man who believes in the usefulness of religious orders for the historical well-being of a people; it means directly a despicable man. Liberal is not equivalent to a supporter of universal suffrage, but in the voice of a reactionary comes to signify a man of scant shame.

When in 1909 the worthy prosecutor of the Supreme Court went to Barcelona, he made in the person of Mr. Valenti Camps the discovery of an “exalted Kantian.” For the aforesaid prosecutor, a Kantian was not simply a peculiar way of imagining the world, but a being that seemed to him odious and fearsome. This prosecutor did not go to Barcelona precisely to draw up the reasoned list of Catalan philosophies; it was rather a matter of a list of persons fit to go to prison. And the whole vocabulary was reduced to the minimal function of expressing the personal hatreds and fears of his excellency.

But in all the lands of the planet something similar happens. On the other hand, it is known that there is no people in Europe that possesses so rich a store of injurious words, of oaths and interjections, as ours. It seems that only the Neapolitans can offer us any competition.

Since in our country so few books are published in the course of a year, if we want to ascertain the state of the national spirit we must turn to diffuse literature, to that which lives in the conversations of cafes, in the crowds of the plazas, in the trams, in the corridors of Congress.

This spoken literature is characterized by an element that gives the periods all their flavor and all their rhythm: call it what you will, garlic, swear-word, or interjection.

Such a phenomenon, precisely because its frequency and extent seem to strip it of importance, has enormous importance.

In a moment of lacerating pain, the soul sends with urgency all its reserves of energy toward that place through which the painful impression has penetrated. For an instant the rest of psychic life is suspended, and even physiological life diminishes in pulse and the heart contracts and stops: the soul needs to mobilize all its emotivity toward the breach that has been opened in its flank. One does not think, nor see, nor hear. The entire soul is a bow at full tension from which an ay! is about to fly like an arrow against the enemy pain. How brief and insignificant the sagittary little body of this word! What do we say, what do we say when we say ay!? We say nothing about the things of the world, but we utter our whole soul. That tiny ampoule of the ay! carries at very high pressure, condensed, all our affectivity; it is properly a congestion of feeling that explodes within it. This explosion liberates us from the emotional disequilibrium that the supervening moral or physiological pain had caused us. For this normal use has God placed upon the earth those things called interjections.

But what happens to that Spanish brother who was with us yesterday on the tram from Cibeles to Puerta del Sol?

We were speaking of things indifferent to both: nonetheless, our friend scattered among his phrases innumerable interjections. These were now like a compass, like a rhythm that gave a certain architecture to his phrases, in the mode that the fine edges of corners and the sharp vertexes of pediments give to a building. And our friend visibly felt, each time he let slip a swear-word, a certain delight and relief; one could tell that he needed them as a rhythmic purgation of the spiritual energy that at every instant accumulated inside him, obstructing him. Is this not admirable? Why did my friend feel such delight in uttering words without meaning or whose meaning was indifferent to him?

My friend is called Juan Español. He does not possess great understanding, he administers a very reduced morality, he is not moved before a work of art, he is incapable of heroism, he goes living toward death like a stone toward the center of the earth. Shall we say that this man has surplus psychic energy? Shall we not rather say that he lacks it, that he suffers from spiritual asthenia?

Might that abuse of interjections, that display of energies frequent in the Spaniard, be rather an effect of his spiritual weakness?

In addition to interjections, the itch of our race to express itself with excessive gestures is curious.

At any moment, a compatriot, to tell us to come to an appointment at four o’clock sharp, accompanies this “sharp” with a gesture of formidable energy, shakes his arm as if in his hand he carried a scimitar and under the scimitar lay the neck of a giant and the matter were one of beheading the latter. Of course afterward our compatriot does not show up for the appointment. No one is unaware that in the unruliness of gestures too we occupy, with the Neapolitans and the Russian Jews, the first category on the globe.

A theory of psychoses and hysterias, due to Sigmund Freud, physician and professor in Vienna, is nowadays captivating a great number of German and North American psychiatrists. Reduced to extreme terms, the theory is as follows:

Every representation carries with it, in addition to an image of the thing or action represented, a concomitant affective state or psychic energy. A strong desire is a representation laden with an enormous agglomeration of psychic energy. The same occurs with the image of a violent scene.

When certain desires present themselves to us, our moral or aesthetic convictions oblige us to leave them unsatisfied. But a desire that remains unsatisfied is, according to Freud, a condensation of affectivity that struggles to expand, to actualize itself, expending itself in the form of muscular movements or injecting itself into the rest of our ideas and wills. That struggle is pain for the soul and often proves unbearable. Then our consciousness, not content with leaving the desire unsatisfied, expels it outside itself, shackles it in the cellars of the soul, and there it remains “unconscious,” unable to return, as a rule, to the plane of awareness. With it goes, as lansquenet or servant, the psychic energy, the affect. This remains like a tumor of emotivity ready to burst, to liberate itself in any way. But the representation in whose service it originally went having been expelled, it must seek another whose transit to full consciousness and to the motor mechanism of the muscles offers no difficulty. How to find it?

Representations are associated in long chains that compose the texture of our soul. Thanks to this, the affect can leap from one representation to another, from that one to another, and so on until it reaches an innocent one, whose passage to consciousness is permitted because its link with the prohibited one is very remote. Thus the emotion penetrates as contraband, concealed, into an indifferent image, with which it now barely has anything to do. Arrived at consciousness, it explodes, and the spirit in whom this occurs is astonished that mild ideas that occur to him should anguish or exalt him so disproportionately, and even lead him to unjustified movements. The jumps and absurd gestures of hysterics, the manias, obsessions, and sadnesses of neurotics are, according to Freud, nothing more than this.

These sudden intrusions of affects and ideas, which have nothing to do with the course of thought, produce, clearly, a fragmentation of intellective life. They enter into the continuity of a normal mind like wedges and make it burst into pieces; they interpose themselves, they interject themselves between the members of an intellectual construction and make it impossible. For this reason, the souls of hysterics and neurotics live a discontinuous life, generally incompatible with the edifice of a unified and resistant body of ideas. They are souls disintegrated into atoms, disconnected; dispersed souls, whose existence is a being born and dying at each instant, needy, like ephemeral beings, of condensing all their vitality into that instantaneous life. Inarticulate souls that express themselves in interjections, because they themselves are interjections.

I cannot here pause for a more detailed consideration of this theme. It suffices for me to have suggested a point of view from which Spain is seen as a landscape of hysteria, of that ethnic hysteria that at times has seized hold of an entire people, that is perhaps a symptom of a whole continent. What we call Africa, the African posture before the universe, is perhaps, in the end, nothing but a hysterical posture.

The chulismo, the flamenquismo, the braggadocio, the exaggeration, the punning, and many other forms of expression that our race has created in a preferred manner could very plausibly be reduced to manifestations of collective hysteria.

I am well aware that when one projects two clinical types of individual pathology such as hysteria and neurosis onto collective spirituality, they cease to be illnesses, in a medical sense. Let that be noted. But they are transformed into illnesses, according to a historical sense. Let that also be noted.

Suppongo che giunto qui sarà accorso alla mente del lettore un tumulto di fenomeni caratteristici della nostra vita spagnola, affini a questi dati dell’arte di Baroja.

Quasi tutte le parole che usa la parlantina politica dei nostri concittadini sono semplicemente improperi. Clericale non vuol dire, sulle labbra dei liberali, uomo che crede nell’utilità degli ordini religiosi per il buon vivere storico di un popolo; vuol dire direttamente uomo disprezzabile. Liberale non equivale a partigiano del suffragio universale, bensì in voce di un reazionario viene a significare uomo di scarsa vergogna.

Quando nel 1909 il degno procuratore del Tribunale Supremo andò a Barcellona realizzò nella persona del signor Valenti Camps la scoperta di un «kantiano esaltato». Per il suddetto procuratore, kantiano non era semplicemente un modo peculiare di immaginarsi il mondo, ma un essere che gli pareva odioso e temibile. Questo procuratore non andò a Barcellona precisamente a formare l’elenco ragionato delle filosofie catalane; si trattava piuttosto di un elenco di persone idonee ad andare in carcere. E tutto il vocabolario rimase ridotto alla minima funzione di esprimere gli odi e i timori personali di sua eccellenza.

Ma in tutte le terre del pianeta accade qualcosa di simile. Invece, è noto che non esiste popolo in Europa che possieda un patrimonio così ricco di vocaboli ingiuriosi, di giuramenti e interiezioni, come il nostro. A quanto pare, solo i napoletani possono farci un po’ di concorrenza.

Poiché nel nostro paese si pubblicano così pochi libri alla fine dell’anno, se vogliamo accertare lo stato dello spirito nazionale dobbiamo ricorrere alla letteratura diffusa, a quella che vive nelle conversazioni dei caffè, negli assembramenti delle piazze, nei tram, nei corridoi del Congresso.

Questa letteratura orale si caratterizza per un elemento che dà ai periodi tutto il loro sapore e tutto il loro ritmo: chiamatelo come volete, aglio, parolaccia o interiezione.

Tale fenomeno, per il fatto stesso che la sua frequenza ed estensione sembra togliergli importanza, ne ha di enorme.

In un momento di dolore lacerante l’anima invia con premura tutte le sue riserve di energia verso quel luogo da dove è penetrata l’impressione dolorosa. Resta per un istante in sospeso il resto della vita psichica e anche la fisiologica diminuisce di polso e il cuore si contrae e si arresta: ha bisogno l’anima di mobilitare tutta la sua emotività verso la breccia che le hanno aperto nel fianco. Non si pensa, non si vede, non si ode. L’anima integra è un arco a tutta tensione da cui sta per uscire come una freccia contro il nemico dolore un ahimè! Quanto breve e insignificante il corpicino sagittario di questa parola! Che diciamo, che diciamo quando diciamo ahimè!? Nulla diciamo sulle cose del mondo, ma esprimiamo tutta la nostra anima. Quella minuscola ampollina dell’ahimè! porta ad altissima pressione, condensata, tutta la nostra affettività, è propriamente una congestione di sentimento che in essa esplode. Questa esplosione ci libera dallo squilibrio emozionale che il dolore morale o fisiologico sopravvenuto ci aveva causato. Per questo uso normale ha messo Dio sulla terra quelle cose chiamate interiezioni.

Ma che cosa accade a questo fratello spagnolo che ieri era con noi nel tram dalla Cibeles alla Puerta del Sol?

Parlavamo di cose indifferenti per entrambi: nonostante ciò, il nostro amico spargeva tra le sue frasi innumerevoli interiezioni. Erano queste ormai come un compasso, come un ritmo che dava una certa architettura alle sue frasi, al modo che a un edificio i canti fini degli spigoli e i vertici acuti dei frontoni. E il nostro amico, visibilmente sentiva, ogni volta che lasciava andare una parolaccia, un certo godimento e sollievo; si notava che ne aveva bisogno come di una ritmica purgazione dell’energia spirituale che a ogni istante gli si accumulava dentro, impacciandolo. Non è ammirevole? Perché sentiva il mio amico un tale godimento pronunciando parole senza senso o il cui senso gli era indifferente?

Il mio amico si chiama Juan Spagnolo. Non possiede grande intendimento, amministra una moralità ridottissima, non si commuove davanti a un’opera d’arte, è incapace di eroismo, va vivendo verso la morte come una pietra verso il centro della terra. Diremo che a quest’uomo avanza energia psichica? Non diremo piuttosto che gli manca, che patisce astenia spirituale?

Sarà forse quell’abuso di interiezioni, quella ostentazione di energie frequente nello spagnolo piuttosto effetto della sua debolezza spirituale?

Oltre alle interiezioni, è curioso il prurito della nostra razza di esprimersi con gesti eccessivi.

A volte, un compatriota, per dirci di andare a un appuntamento alle quattro in punto, accompagna questo «in punto» con un gesto di formidabile energia, scuote il braccio come se nella mano portasse una scimitarra e sotto la scimitarra si trovasse il collo di un gigante e si trattasse di sgozzare quest’ultimo. È chiaro che dopo il nostro compatriota non si presenta all’appuntamento. Nessuno ignora che anche nella dismisura dei gesti occupiamo con i napoletani e gli ebrei russi la prima categoria nel globo.

Va oggi suggestionando un gran numero di psichiatri tedeschi e nordamericani una teoria delle psicosi e isterie, dovuta a Sigmund Freud, medico e professore a Vienna. Ridotta a termini estremi, la teoria è la seguente:

Ogni rappresentazione porta con sé, oltre a un’immagine della cosa o azione rappresentata, uno stato affettivo o energia psichica concomitante. Un desiderio forte è una rappresentazione appesantita da un’ingente agglomerazione di energia psichica. Lo stesso accade con l’immagine di una scena violenta.

Quando ci si presentano certi desideri, le nostre convinzioni morali o estetiche ci obbligano a lasciarli insoddisfatti. Ma un desiderio che rimane insoddisfatto è, secondo Freud, una condensazione di affettività che lotta per espandersi, per attualizzarsi, spendendosi in forma di movimenti muscolari o iniettandosi nel resto delle nostre idee e voleri. Questa lotta è dolore per l’anima e risulta spesso insopportabile. Allora la nostra coscienza, non contenta di lasciare insoddisfatto il desiderio, lo espelle fuori di sé stessa, lo incatena nei sotterranei dell’anima e lì rimane «inconscio», senza poter tornare, di solito, al piano della percezione. Con lui va come lanzichenecco o garzone l’energia psichica, l’affetto. Questo permane come un tumore di emotività pronto a esplodere, a liberarsi in qualsiasi modo. Ma essendo stata espulsa la rappresentazione al cui servizio andava originariamente, deve cercarsene un’altra il cui transito alla piena coscienza e al meccanismo motorio dei muscoli non offra difficoltà. Come trovarla?

Le rappresentazioni si trovano associate in lunghe catene, che compongono la tessitura della nostra anima. Grazie a ciò, l’affetto può saltare da una rappresentazione a un’altra, da questa a un’altra ancora e così via fino ad arrivare a una innocente, il cui passaggio alla coscienza sia permesso, perché il suo legame con quella proibita è remotissimo. Così penetra l’emozione di contrabbando, dissimulata, in un’immagine indifferente, con la quale ormai ha appena a che vedere. Arrivata alla coscienza, esplode, e lo spirito in cui ciò accade si stupisce che idee miti che gli occorrono lo angoscino o esaltino così smisuratamente, e lo portino perfino a movimenti ingiustificati. I salti e gesti assurdi degli isterici, le manie, ossessioni e tristezze dei nevrotici non sono, secondo Freud, altro che questo.

Queste intromissioni subitanee di affetti e di idee, che non hanno a che vedere con il corso del pensiero, producono, è chiaro, una frammentazione della vita intellettiva. Entrano nella continuità di una mente normale come cunei e la fanno esplodere in pezzi; si interpongono, si interiettano tra i membri di una costruzione intellettuale e la rendono impossibile. Per questo le anime degli isterici e dei nevrotici vivono una vita discontinua, incompatibile generalmente con l’edificio di un ideario unificato e resistente. Sono anime disgregate in atomi, sconnesse; anime disperse, la cui esistenza è un nascere e morire a ogni istante, bisognose, come effimere, di condensare in quella vita istantanea tutta la loro vitalità. Anime inarticolate che si esprimono in interiezioni, perché esse stesse lo sono.

Non posso in questo luogo trattenermi a una considerazione più dettagliata di questo tema. Mi basta aver suggerito un punto di vista dal quale si vede la Spagna come un paesaggio di isterismo, di quell’isterismo etnico che a volte si è impadronito di tutto un popolo, che è forse sintomo di un continente intero. Ciò che chiamiamo Africa, la postura africana di fronte all’universo, forse non è, in fin dei conti, se non una postura isterica.

Lo «chulismo», il «flamenquismo», la bravuconeria, l’esagerazione, il gioco di parole e altre molte forme di espressione che la nostra razza si è creata in maniera prediletta potrebbero molto verosimilmente ridursi a manifestazioni di isterismo collettivo.

Non mi sfugge che proiettando due tipi clinici della patologia individuale come isteria e nevrosi sulla spiritualità collettiva, cessano di essere malattie, in un senso medico. Sia chiaro così. Ma si trasformano in malattie, secondo un senso storico. Sia chiaro anche questo.

En cierto sentido, encuentro en Baroja una manifestación superior del histerismo nacional. Todos somos un poco como él, pero somos menos sinceros. Lo mejor y lo peor de la España actual se presenta en Baroja a la intemperie, sin pellejo. Y lejos de ser esto una censura, repito que se me aparece como el más fecundo punto de vista desde el cual puede salvarse su obra, tal y como ésta se presenta. Dentro de cincuenta años, los libros de Baroja tendrán principalmente valor de síntomas nacionales.

Como para Baroja, suele ser para nosotros los demás iberos cada palabra un jaulón, donde aprisionamos una fiera, quiero decir un apasionamiento nuestro. En general, el humorismo español, del mismo modo que el de Baroja, comienza por ser malhumorismo.

In a certain sense, I find in Baroja a superior manifestation of the national hysteria. We are all a little like him, but we are less sincere. The best and the worst of present-day Spain appear in Baroja out in the open, without skin. And far from this being a censure, I repeat that it appears to me as the most fruitful point of view from which his work may be saved, just as it presents itself. In fifty years, Baroja’s books will have value mainly as national symptoms.

As with Baroja, so it is for the rest of us Iberians: each word is a cage where we imprison a wild beast, I mean a passion of ours. In general, Spanish humor, in the same mode as Baroja’s, begins by being ill-humor.

In un certo senso, trovo in Baroja una manifestazione superiore dell’isterismo nazionale. Tutti siamo un po’ come lui, ma siamo meno sinceri. Il meglio e il peggio della Spagna attuale si presenta in Baroja allo scoperto, senza pelle. E lungi dall’essere questa una censura, ripeto che mi appare come il più fecondo punto di vista dal quale si può salvare la sua opera, così come essa si presenta. Tra cinquant’anni, i libri di Baroja avranno principalmente valore di sintomi nazionali.

Come per Baroja, suole essere per noi altri iberi ogni parola un gabbione dove imprigioniamo una fiera, voglio dire un nostro appassionamento. In generale, l’umorismo spagnolo, allo stesso modo di quello di Baroja, comincia per essere malumorismo.