Ortega y Gasset
Abstract
An open letter to Ramiro de Maeztu on whether ideas or men matter more in politics. Ortega denies believing that ideas «walk alone»: political ideas must be embodied in a man who can turn them into emotions. The real question is one of prius, explicitly likened to the medieval quarrel of nominalists and realists: which comes first for the state’s life, the political idea or the political man?
Connections
Assi: Universali
Posizioni: nominalismo, realismo (universali)
Concetti: idea, Stato
Forme: epistola
Scuole: scolastica
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Para Ramiro de Maeztu, en Londres.
En el último número de Nuevo Mundo pone usted, querido Maeztu, una glosa a un artículo mío sobre el kabilismo, de la que salen muy mal paradas las teorías que defiendo. Claro está que yo, personalmente, no quedo muy lucido; pero esto sería lo de menos. El yo, la terrible cosa del yo, que solía hacer recordar a Renan el agujero cónico de la voraz formica leo, me interesa muy raras veces cuando se trata del yo ajeno, pero nunca cuando se trata del propio yo, y si no resultara de excesiva rimbombancia, en lugar de yo, escribiría siempre nosotros, como hacían los griegos, hombres de ánimo enredado y objetivo, que llevaban la galantería hasta la metafísica.
En esta cuestión de si son más importantes las ideas o los hombres me asigna usted un papel lamentable y además un poco ridículo: según mis opiniones —dice usted—, habría que creer que andan solas las ideas. Leyendo esto me he puesto a recordar los tiempos, no muy lejanos, en que, unidos por estrecha amistad, íbamos a lo largo de estas calles torvas madrileñas, como un hermano mayor y un hermano menor, entretejiendo nuestros puros y ardientes ensueños de acción ideal. Y no acierto a comprender cómo aquella no rota fraternidad ha venido cayendo tanto que hoy me hace usted decir y pensar cosas tan ineptas. No, querido Ramiro; el intelectualismo (?), el idealismo que yo defiendo, no llevan a creer que las ideas andan solas.
Un hábito mental que no he logrado dominar me impele a ver todos los asuntos sistemáticamente. Creo que entre las tres o cuatro cosas inconmoviblemente ciertas que poseen los hombres, está aquella afirmación hegeliana de que la verdad sólo puede existir bajo la figura de un sistema. De aquí la enorme dificultad que encuentra lo verdadero para resplandecer en un artículo o en un discurso parlamentario. En virtud de esta convicción, he procurado exponer, con un poco de rigor sistemático, la doctrina del Idealismo político: tal fue la intención de un artículo que vio la luz en Faro con el título de «La reforma liberal», trabajo que ha leído usted con cariño, pero que ha olvidado al punto. Venía a decir allí que las ideas políticas no se satisfacen viviendo quietas en los libros, como las ideas científicas, sino que habían de incorporarse en un hombre que supiera convertirlas en emociones. La psicología idealista es la primera en afirmar que al hombre sólo le mueven los afectos, las pasiones, que se llaman también emociones precisamente porque incitan, porque mueven los músculos, al paso que idea significa mirar, ver, contemplar, espejar, especular.
La vida grata de Londres ha hecho de usted un hombre de afecciones eclécticas y mediadoras. Ha querido usted resolver de una manera demasiado sencilla la divergencia entre Azorín y el idealismo, y ha hecho como los predicadores que comienzan atribuyendo al maniqueo una opinión absurda para darse el placer en seguida de refutar al maniqueo. «Ni una idea se hace obra sin hombre, ni un hombre deja obra sin idea» —resuelve usted en última instancia. Y eso está bien; pero ocurre que nadie ha podido pensar nunca lo contrario. La cuestión es distinta, y podría antojarse sutileza escolástica: tres siglos vino a durar, en la Edad Media, la querella entre nominalistas y realistas, que tiene suma analogía con ésta. Se trata del prius, del antes: «¿Qué es antes, se preguntaban los escolásticos, la idea por la que se conoce una cosa, o la cosa que es conocida en la idea?» Ahora nos preguntamos nosotros: ¿Qué es antes para la mejor vida del Estado, la idea política, o el hombre político? «Necesitamos al mismo tiempo del hombre y de la idea» —dice usted. Bueno, querido Maeztu; pero eso, repito, que no lo he dudado nunca, y Azorín mismo no lo habría dudado, a no haber perdido en la atmósfera parlamentaria algo de su delicadeza intelectual. Necesitamos de una cosa y de otra; pero, ¿y si no hay ni una ni otra? ¿Por dónde empezar? Éste es el caso de España, y el problema escolástico tiene un aspecto —el que a usted interesa más— genuinamente español y momentáneo.
El otro aspecto, el que a mí me importa por encima de todos, el aspecto europeo, creo que podría, grosso modo, formularse así: ¿Es la historia humana en definitiva producto de individualidades prodigiosas, de héroes —como querían los estoicos, Carlyle, Emerson y Nietzsche—, o son los últimos y decisivos motores de la historia ciertas corrientes ideales en las cuales se pierden, se esfuman, se anegan aun las más claras y estupendas figuras personales? No me diga usted que es esto una logomaquia sin influencia en la vida real: no me lo dirá usted viviendo, como vive, en una raza que cree en la educación como pueda creer en la utilidad de una máquina. De que creamos lo uno o lo otro dependerá que eduquemos de una o de otra manera a nuestros hijos, y nosotros mismos orientaremos nuestros instintos hacia Oriente o hacia Occidente, hacia el bien o hacia el placer.
En otro tiempo —¿recuerda usted?— gustábamos de dejarnos abrasada la fantasía sobre una página de Nietzsche, y como este genial dicharachero tiene la unción que todos los sofistas para halagar y engreír al lector, pudo ocurrírsenos acaso, tras de alguna lectura, la sospecha de si habría en nosotros dos de esos grandes hombres que fabrican historia, señeros y adamantinos, más allá del bien y del mal. Con frecuencia me asalta una remembranza de aquel tiempo, gratísima y devota. Pero al cabo hemos salido de la zona tórrida de Nietzsche, al que, por supuesto, interpretábamos mal entonces: hoy somos dos hombres cualesquiera para quienes el mundo moral existe. Por tanto, creo que en este aspecto de la cuestión no discreparemos: la historia es para ambos la realización progresiva de la moralidad; es decir, de las ideas. Y al actuar políticamente seguiremos al hombre cuyo programa más se aproxime a nuestra idea del bien, sea él quien sea, y con él, llegado el caso, nos hundiríamos prietamente abrazados a nuestra idea. De suerte, que si frente a nuestro modesto jefe se presentara algún grande hombre lleno de energía, algún poderoso dínamo político, enemigo de lo que considerábamos el bien, esto es, la cultura, le combatiríamos ardientemente, confiados, merced a nuestra fe científica, en que a la postre la idea nuestra podría más que el grande hombre hostil. Y si no triunfaba en nosotros, triunfaría en nuestros hijos o en nuestros nietos. No tenemos prisa: se ha dicho muy bien que sólo los vanidosos y los concupiscentes tienen prisa. ¿Es esto creer que las ideas andan solas?
Mas, por otra parte, la historia muestra con toda claridad que las ideas políticas son antes que los hombres políticos; más aún, que suscitan hombres que las sirven, y que una idea fuerte administrada por hombres débiles y modestos —por un partido sin grandes hombres— puede más que un genio sin idealidad en torno al cual se coagula una de esas aglutinaciones humanas que yo llamo kabila y otros partido conservador. El caso de las luchas entre Bismarck y el socialismo es ejemplar. ¿Ha habido en el siglo XIX más recia figura de estadista que la del canciller férreo? ¿Podrá un político nuestro cualquiera —¡pobrecillo!— hombrearse en astucia, dureza, realismo con este bulldog de Bismarck? Pues toda su fiereza, toda su mole enérgica se estrelló contra el lunatismo de unos cuantos soñadores: de Lasalle, de Karl Marx, etc… Lo propio le ocurrió con… ¡los católicos!
Tráeme esto a la memoria lo que cuenta Darwin en su Viaje de unas algas —macrocytis pyrifera— de tallos sutilísimos, pero que alcanzan en ocasiones una longitud de sesenta brazas. «Nada más sorprendente —dice— que ver crecer y desarrollarse una planta tan delicada en medio de estos enormes escollos del Océano occidental, donde ninguna roca, por dura que sea, puede resistir mucho tiempo la acción de las olas. Delgadas capas de esta planta acuática bastan para formar excelentes rompeolas flotantes, y se hace muy curioso advertir cómo súbitamente las olas más grandes que llegan de lejos disminuyen de altura y se transforman en agua tranquila al atravesar esos tallos indecisos».
Permítame usted que vea en esas sutiles algas un símbolo de las ideas puras, y en esos casi místicos rompeolas la imagen de su influencia en la historia.
Junio, 1908
For Ramiro de Maeztu, in London.
In the latest issue of Nuevo Mundo you place, my dear Maeztu, a gloss on an article of mine on kabilism, from which the theories I defend come out very badly. Of course I, personally, do not emerge looking very brilliant; but that would be the least of it. The I, that terrible thing of the I, which used to remind Renan of the conical hole of the voracious ant-lion, interests me very rarely when it is a matter of another’s I, and never when it is a matter of my own I, and if it did not turn out excessively bombastic, instead of I, I would always write we, as the Greeks used to do, men of entangled and objective spirit, who carried gallantry even into metaphysics.
In this question of whether ideas or men are more important, you assign me a lamentable role and furthermore a somewhat ridiculous one: according to my opinions —you say— one would have to believe that ideas walk about by themselves. Reading this I began to recall the times, not very distant, when, united by close friendship, we went along these grim Madrid streets, like an older brother and a younger brother, intertwining our pure and ardent daydreams of ideal action. And I cannot understand how that unbroken fraternity has fallen so far that today you make me say and think such inept things. No, dear Ramiro; the intellectualism (?), the idealism that I defend, do not lead one to believe that ideas walk about by themselves.
A mental habit I have not managed to dominate impels me to see all matters systematically. I believe that among the three or four unshakeably certain things that men possess is that Hegelian affirmation that truth can exist only under the figure of a system. Hence the enormous difficulty that the true encounters in shining forth in an article or a parliamentary speech. By virtue of this conviction, I have endeavored to expound, with a measure of systematic rigor, the doctrine of political Idealism: that was the intention of an article that saw the light in Faro under the title “The Liberal Reform,” a piece you read with affection but forgot at once. I came to say there that political ideas are not satisfied with living quietly in books, like scientific ideas, but must be incorporated in a man who knows how to convert them into emotions. Idealist psychology is the first to affirm that man is moved only by affects, by passions, which are also called emotions precisely because they incite, because they move the muscles, whereas idea means to look, to see, to contemplate, to mirror, to speculate.
The pleasant life of London has made of you a man of eclectic and mediating affections. You have sought to resolve in an overly simple manner the divergence between Azorin and idealism, and have done as preachers do who begin by attributing to the Manichee an absurd opinion so as to give themselves the pleasure straightaway of refuting the Manichee. “Neither does an idea become a work without a man, nor does a man leave a work without an idea” —you resolve in the last instance. And that is well; but it so happens that no one could ever have thought the contrary. The question is different, and could seem a scholastic subtlety: three centuries the quarrel between nominalists and realists came to last, in the Middle Ages, which has great analogy with this one. It is about the prius, the before: “What is first, the scholastics asked themselves, the idea by which a thing is known, or the thing that is known in the idea?” Now we ask ourselves: What is first for the better life of the State, the political idea, or the political man? “We need at the same time the man and the idea” —you say. Fine, dear Maeztu; but that, I repeat, I have never doubted, and Azorin himself would not have doubted it, had he not lost in the parliamentary atmosphere something of his intellectual delicacy. We need one thing and the other; but what if there is neither one nor the other? Where to begin? This is the case of Spain, and the scholastic problem has an aspect —the one that most interests you— genuinely Spanish and momentary.
The other aspect, the one that matters to me above all, the European aspect, I believe could, roughly, be formulated thus: Is human history in the final analysis the product of prodigious individualities, of heroes —as the Stoics, Carlyle, Emerson, and Nietzsche would have it—, or are the ultimate and decisive motors of history certain ideal currents in which even the clearest and most stupendous personal figures are lost, blurred, drowned? Do not tell me that this is a logomachy without influence on real life: you will not tell me so, living as you do among a race that believes in education as it might believe in the usefulness of a machine. On whether we believe one or the other will depend whether we educate our children in one way or another, and we ourselves will orient our instincts toward the East or toward the West, toward the good or toward pleasure.
In another time —do you remember?— we liked to let our fantasy be scorched over a page of Nietzsche, and since this genial chatterbox has the unction that all sophists have to flatter and swell the reader’s pride, it could perhaps occur to us, after some reading, to suspect whether there might be in us two of those great men who fabricate history, solitary and adamantine, beyond good and evil. Frequently a reminiscence of that time comes over me, most pleasing and devoted. But in the end we have left the torrid zone of Nietzsche, whom, to be sure, we interpreted badly then: today we are two men like any others for whom the moral world exists. Therefore, I believe that in this aspect of the question we shall not diverge: history is for both of us the progressive realization of morality; that is, of ideas. And when acting politically we shall follow the man whose program most closely approaches our idea of the good, whoever he may be, and with him, should the case arise, we would go down tightly embracing our idea. So that, if before our modest leader some great man full of energy should appear, some powerful political dynamo, an enemy of what we considered the good, that is, culture, we would combat him ardently, confident, thanks to our scientific faith, that in the end our idea could do more than the hostile great man. And if it did not triumph in us, it would triumph in our children or in our grandchildren. We are in no hurry: it has been very well said that only the vain and the concupiscent are in a hurry. Is this to believe that ideas walk about by themselves?
But, on the other hand, history shows with all clarity that political ideas are prior to political men; more, that they raise up men who serve them, and that a strong idea administered by weak and modest men —by a party without great men— can do more than a genius without ideality around whom one of those human agglutinations coagulates that I call kabila and others a conservative party. The case of the struggles between Bismarck and socialism is exemplary. Has there been in the nineteenth century a stouter figure of statesman than that of the iron chancellor? Could any politician of ours —poor wretch!— rival in cunning, hardness, realism this bulldog Bismarck? Well, all his fierceness, all his energetic bulk shattered against the lunacy of a few dreamers: of Lassalle, of Karl Marx, etc. The same happened to him with… the Catholics!
This brings to my memory what Darwin recounts in his Voyage of certain algae —macrocytis pyrifera— of very slender stalks, but which on occasion reach a length of sixty fathoms. “Nothing is more surprising,” he says, “than to see a plant so delicate grow and develop amid these enormous reefs of the Western Ocean, where no rock, however hard, can long resist the action of the waves. Thin layers of this aquatic plant suffice to form excellent floating breakwaters, and it is very curious to observe how suddenly the largest waves arriving from afar diminish in height and transform into calm water upon crossing those uncertain stalks.”
Permit me to see in those subtle algae a symbol of pure ideas, and in those almost mystical breakwaters the image of their influence upon history.
June 1908
Per Ramiro de Maeztu, a Londra.
Nell’ultimo numero di Nuevo Mundo lei mette, caro Maeztu, una chiosa a un mio articolo sul kabilismo, dalla quale escono molto malconce le teorie che difendo. È chiaro che io, personalmente, non ne esco molto brillante; ma questo sarebbe il meno. L’io, la terribile cosa dell’io, che soleva far ricordare a Renan il buco conico della vorace formica leo, mi interessa molto raramente quando si tratta dell’io altrui, ma mai quando si tratta del proprio io, e se non risultasse di eccessiva ampollosità, al posto di io, scriverei sempre noi, come facevano i greci, uomini di animo intricato e obiettivo, che portavano la galanteria fino alla metafisica.
In questa questione se siano più importanti le idee o gli uomini mi assegna lei un ruolo lamentabile e per di più un po’ ridicolo: secondo le mie opinioni —dice lei—, bisognerebbe credere che le idee camminano da sole. Leggendo questo mi sono messo a ricordare i tempi, non molto lontani, in cui, uniti da stretta amicizia, andavamo lungo queste strade torve madrilene, come un fratello maggiore e un fratello minore, intrecciando i nostri puri e ardenti sogni a occhi aperti di azione ideale. E non riesco a comprendere come quella non infranta fraternità sia venuta cadendo tanto che oggi mi fa dire e pensare cose così inette. No, caro Ramiro; l’intellettualismo (?), l’idealismo che io difendo, non portano a credere che le idee camminano da sole.
Un’abitudine mentale che non sono riuscito a dominare mi spinge a vedere tutte le questioni sistematicamente. Credo che tra le tre o quattro cose inconmovibilmente certe che possiedono gli uomini, ci sia quell’affermazione hegeliana che la verità può esistere solo sotto la figura di un sistema. Di qui l’enorme difficoltà che trova il vero per risplendere in un articolo o in un discorso parlamentare. In virtù di questa convinzione, ho procurato di esporre, con un po’ di rigore sistematico, la dottrina dell’Idealismo politico: tale fu l’intenzione di un articolo che vide la luce in Faro con il titolo di «La riforma liberale», lavoro che lei ha letto con affetto, ma che ha dimenticato subito. Venivo a dire lì che le idee politiche non si accontentano di vivere quiete nei libri, come le idee scientifiche, ma dovevano incorporarsi in un uomo che sapesse convertirle in emozioni. La psicologia idealista è la prima ad affermare che l’uomo è mosso solo dagli affetti, dalle passioni, che si chiamano anche emozioni precisamente perché incitano, perché muovono i muscoli, mentre idea significa guardare, vedere, contemplare, specchiare, speculare.
La vita gradevole di Londra ha fatto di lei un uomo di affezioni eclettiche e mediatrici. Ha voluto lei risolvere in maniera troppo semplice la divergenza tra Azorín e l’idealismo, e ha fatto come i predicatori che cominciano attribuendo al manicheo un’opinione assurda per darsi il piacere subito dopo di confutare il manicheo. «Né un’idea si fa opera senza uomo, né un uomo lascia opera senza idea» —risolve lei in ultima istanza. E questo va bene; ma succede che nessuno ha potuto mai pensare il contrario. La questione è diversa, e potrebbe sembrare sottigliezza scolastica: tre secoli venne a durare, nel Medioevo, la disputa tra nominalisti e realisti, che ha somma analogia con questa. Si tratta del prius, del prima: «Che cos’è prima, si domandavano gli scolastici, l’idea per la quale si conosce una cosa, o la cosa che è conosciuta nell’idea?» Ora ci domandiamo noi: Che cos’è prima per la miglior vita dello Stato, l’idea politica, o l’uomo politico? «Abbiamo bisogno allo stesso tempo dell’uomo e dell’idea» —dice lei. Bene, caro Maeztu; ma questo, ripeto, non l’ho mai dubitato, e Azorín stesso non l’avrebbe dubitato, se non avesse perso nell’atmosfera parlamentare un po’ della sua delicatezza intellettuale. Abbiamo bisogno di una cosa e dell’altra; ma, e se non c’è né l’una né l’altra? Da dove cominciare? Questo è il caso della Spagna, e il problema scolastico ha un aspetto —quello che a lei interessa di più— genuinamente spagnolo e momentaneo.
L’altro aspetto, quello che a me importa al di sopra di tutti, l’aspetto europeo, credo che potrebbe, grosso modo, formularsi così: È la storia umana in definitiva prodotto di individualità prodigiose, di eroi —come volevano gli stoici, Carlyle, Emerson e Nietzsche—, o sono gli ultimi e decisivi motori della storia certe correnti ideali nelle quali si perdono, si sfumano, si annegano anche le più chiare e stupende figure personali? Non mi dica lei che questa è una logomachia senza influenza nella vita reale: non me lo dirà lei vivendo, come vive, in una razza che crede nell’educazione come può credere nell’utilità di una macchina. Dal fatto che crediamo l’una o l’altra cosa dipenderà che educhiamo in un modo o nell’altro i nostri figli, e noi stessi orienteremo i nostri istinti verso Oriente o verso Occidente, verso il bene o verso il piacere.
In altro tempo —ricorda lei?— amavamo lasciarci bruciare la fantasia su una pagina di Nietzsche, e poiché questo geniale chiacchierone ha l’unzione che tutti i sofisti per adulare e insuperbire il lettore, poté venirci in mente forse, dopo qualche lettura, il sospetto se ci fossero in noi due di quei grandi uomini che fabbricano storia, solitari e adamantini, al di là del bene e del male. Con frequenza mi assale una rimembranza di quel tempo, gratissima e devota. Ma alla fine siamo usciti dalla zona torrida di Nietzsche, che, beninteso, interpretavamo male allora: oggi siamo due uomini qualsiasi per i quali il mondo morale esiste. Pertanto, credo che in questo aspetto della questione non divergeremo: la storia è per entrambi la realizzazione progressiva della moralità; cioè, delle idee. E agendo politicamente seguiremo l’uomo il cui programma più si approssimi alla nostra idea del bene, sia egli chi sia, e con lui, arrivato il caso, ci inabisseremmo strettamente abbracciati alla nostra idea. Di modo che, se di fronte al nostro modesto capo si presentasse un qualche grande uomo pieno di energia, un qualche potente dinamo politico, nemico di ciò che consideravamo il bene, cioè la cultura, lo combatteremmo ardentemente, confidando, grazie alla nostra fede scientifica, che alla fine la nostra idea potrebbe più del grande uomo ostile. E se non trionfava in noi, trionferebbe nei nostri figli o nei nostri nipoti. Non abbiamo fretta: si è detto molto bene che solo i vanitosi e i concupiscenti hanno fretta. È questo credere che le idee camminano da sole?
Ma, d’altra parte, la storia mostra con tutta chiarezza che le idee politiche sono prima degli uomini politici; di più, che suscitano uomini che le servono, e che un’idea forte amministrata da uomini deboli e modesti —da un partito senza grandi uomini— può più di un genio senza idealità intorno al quale si coagula una di quelle agglutinazioni umane che io chiamo kabila e altri partito conservatore. Il caso delle lotte tra Bismarck e il socialismo è esemplare. C’è stata nel XIX secolo una più robusta figura di statista di quella del cancelliere ferreo? Potrà un politico nostro qualsiasi —poveretto!— gareggiare in astuzia, durezza, realismo con questo bulldog di Bismarck? Ebbene, tutta la sua fierezza, tutta la sua mole energica si infranse contro il lunatismo di alcuni sognatori: di Lassalle, di Karl Marx, ecc. Lo stesso gli accadde con… i cattolici!
Mi porta questo alla memoria ciò che racconta Darwin nel suo Viaggio di alcune alghe —macrocytis pyrifera— dai fusti sottilissimi, ma che raggiungono a volte una lunghezza di sessanta braccia. «Niente di più sorprendente —dice— che vedere crescere e svilupparsi una pianta così delicata in mezzo a questi enormi scogli dell’Oceano occidentale, dove nessuna roccia, per dura che sia, può resistere a lungo all’azione delle onde. Sottili strati di questa pianta acquatica bastano a formare eccellenti frangiflutti galleggianti, ed è molto curioso notare come subitaneamente le onde più grandi che arrivano da lontano diminuiscono di altezza e si trasformano in acqua tranquilla attraversando quei fusti indecisi».
Mi permetta di vedere in quelle sottili alghe un simbolo delle idee pure, e in quei quasi mistici frangiflutti l’immagine della loro influenza nella storia.
Giugno 1908