Abstract

A parliamentary intervention demanding homage for Azaña’s army reform, carried through without friction and gone unnoticed. It digresses on applause as a specific mark of the human species: the gesture of opening one’s arms before a perfection that is not and will not be one’s own. An occasional speech.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Una prueba de ello, bien próxima, está en que ni siquiera algo glorioso que habéis hecho lo habéis aprovechado suficientemente. Ésta es la hora en que, por no ejercer la labor complementaria a que aludía, habéis hecho una maravillosa e increíble, fabulosa, legendaria reforma radical del Ejército, sin que a esta hora se haya enterado bien de ello el pueblo español. Y es grave, es desmoralizador para un pueblo que se acostumbre a recibir lo más difícil como cosa llana y natural, dejando en vacación su fantasía para que apetezca lo imposible. (Aplausos). Esa reforma del Ejército a cuyo conjunto me refiero, de cuyo detalle no hablo, para discutir el cual queda en plena franquía nuestro grupo; esa reforma de Guerra, sueño hoy de todos los pueblos del mundo, sólo ha sido realizada por la República española, y se ha logrado sin rozamiento grave, con corrección por parte del ministro de la Guerra y por parte de los militares, que han facilitado el logro de este magnífico proyecto. Pues, sin embargo, ésta es la hora en que ese proyecto no ha hecho otra cosa que rodar confundido en la multitud de proyectos liliputienses. Al pueblo español no se le ha enseñado a entusiasmarse y encarecer esta gran acción y por eso no se le ha tributado el debido aplauso. Y es grave, señores, que no se enseñe a los hombres a aplaudir. Un hombre que, cuando una perfección pasa ante él, no siente la necesidad del aplauso, es un hombre del cual poco se puede esperar; notad que es ese fenómeno del aplauso uno de los caracteres más extraños, profundos y raros de la especie humana: que las cualidades de un objeto que no es ni va a ser de uno, por sí mismas, provoquen en nosotros ese instinto de abrir los brazos al horizonte, como queriendo abarcar el mundo, de juntarlos enérgicamente, de disparar el extraño pájaro del aplauso, de la ovación, signo específico del hombre que anima la Historia. El aplauso abre el corazón; por eso el gesto primero del que aplaude es abrir los brazos. Y es preciso que esa reforma no quede así, desamparada de homenaje. De un pueblo que no aplaude se puede esperar poco; pero no se puede esperar mucho tampoco de una Cámara que a estas horas no ha tributado tal homenaje del aplauso a ese ministro de la Guerra, al Ejército que se ha ido y al que se ha quedado. (Grandes aplausos. La Cámara tributa una larga ovación al señor ministro de la Guerra).