Abstract
Moral polemic against Spanish-American clandestine editions (Chilean above all): less an economic matter than a symptom of a moral rot to be corrected; the only fitting jurisdiction is disgust. Moral essay-op-ed.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Por fin, se ha dado en América la embestida generosa y brava contra esta gran bellaquería de las ediciones clandestinas. Desde hace hartos años la perduración —digámoslo, la consolidación— del hecho bochornoso deshonraba a las dos Américas, del Centro y del Sur. Porque si bien carga la máxima responsabilidad sobre Chile, casi todo el resto de la América hispana participaba en ella. En Chile se hacen las ediciones criminales; pero en casi toda América se venden y donde no se venden, o se venden menos, como creo que pasa en la Argentina, no se protestaba del delito y en esta medida se colaboraba en él. Esto último no es una exigencia exorbitante. Pues nadie honestamente puede dudar de que sólo un movimiento de protesta surgido en América misma prometía con alguna vaga probabilidad ser eficaz. Ésta es una de las razones que me hicieron no hablar ni escribir una sola palabra pública sobre el asunto hasta el día presente —cosa que me interesa hacer constar. Sabía que era inútil, y hacer en el orden práctico de la vida cosas inútiles me parece una gruesa inmoralidad. Porque lo inútil no se contenta con serlo. Lo inútil resulta contraproducente.
Nótese que lo más grave de la cuestión no está en su vertiente económica sino en lo que tiene de síntoma para poder apreciar la excesiva solidez de los estómagos. Porque el hecho es, ante todo y sobre todo, asqueroso. Es un crimen a mansalva. Un crimen sin exposición del criminal. Un crimen abrigado por una complicidad ilimitada. ¿Cómo es que no ha producido inmediatamente sus efectos… eméticos? No es ya cuestión de justicia: es cuestión de reflejo estomacal. La única jurisdicción que le es cabal es el asco. La prueba está en el artículo de Victoria Ocampo. ¿A qué género literario pertenece ese artículo? Bien claro está: no es una octava real, es una náusea, la náusea como género literario. La imagen, sobre todo referida a una señora, es poco galante pero se reconocerá su exactitud. Véase cómo el estilo del artículo es espasmódico y véase cómo salen en él, devueltas y juntas, diferentes especies de fauna repugnante: langostas y editores clandestinos de Chile.
Repito que las aristas morales del hecho me interesan más que la crematística. Es de sobra notorio en la Argentina que la plata no me emociona. Más aún: me ha aburrido siempre el dinero, como todo lo que se cuenta, salvo los cuentos. ¿Hay nada más idiota que un número, como no sea otro número mayor? Por tanto, los araucanos foragidos que me han sustraído mi haber no han logrado ocasionarme un minuto de mal humor. Como auténtico hidalgo he vivido siempre sin blanca y estoy perfectamente adaptado a la ausencia de metales preciosos. La impecuniosidad me es como el agua al pez; me es connatural y mi elemento. Yo no había jamás aludido a esto ni en mis escritos ni en mis conversaciones hasta que en el prólogo a mis Obras completas hice sobre ello una vaga insinuación. Pero un prólogo a las obras completas es, sin duda, el comienzo del fin de una vida. Yo he esperado a tener casi toda la mía a la espalda para revelar ese secreto. Hecha en hora tan tardía esa revelación no puede significar ni queja ni apetito y queda ahí ostentando su pura intención legendaria. La verdad es que un lema de toda mi vida ha sido aquel decir de Michelet: ¡El que sabe ser pobre lo sabe todo!
Lo que me importaría más del caso es que los países americanos lo aprovechasen como un pretexto para dar un ejemplo de rectificación moral. Perdóneseme que no oculte en este punto mi pensamiento. Los pueblos de la América hispana arrastran en el seno profundo de sus almas colectivas un fondo de inmoralidad. No discutamos ahora cómo se ha formado ese fondo. El hecho es que está ahí y que mientras no lo arrojen y lo sustituyan por un enérgico repertorio de reacciones morales que funcione automáticamente en toda ocasión decisiva, no pueden hacerse ilusiones de ascender al rango de pueblos preclaros, a pesar de que alguno, como la Argentina, posee no pocas de las dotes más raras para pretenderlo.
Este hecho de las ediciones clandestinas, acontecido en esta altura de los tiempos, es un buen ejemplo de inmoralidad básica. Tanto que lo que más me interesa en él es su lado teórico. ¿No sería de gran interés escribir un ensayo donde se analizasen minuciosamente las implicaciones que condensa ese hecho, los supuestos que han tenido que darse para que se produzca? ¿Cómo ha podido Chile hacerse solidario, activa o pasivamente, de esa fechoría? ¿Qué fuerzas y qué grupos han paralizado la protesta indignada que seguramente germinó cien veces en muchas almas chilenas? ¿Cómo están hechos los intelectuales chilenos para hacerse cómplices de faena semejante? Hay quien cree que los escritores chilenos asisten al despojo de sus colegas extranjeros con mal disimulada complacencia. ¿Qué quiere decir esto? ¿Resentimiento? ¿Y por qué serían resentidos?
He ahí un nuevo lado del tema. Pero ahora venga otro.
Argentino de afición, me inquieta un poco que sea Victoria Ocampo quien, una vez más, no pudiendo aguantar una santa indignación, sale furiosa al campo, la lanza en ristre, walkyrizando. Me explicaré. Una de las pocas cosas verdaderamente claras que dice Platón en su República es que no puede andar bien un pueblo si en él no hace cada cual lo suyo. Porque es evidente que en un pueblo hay, mayores o menores, muchas cosas que es inexcusable hacer. Si no hace cada una aquél a quien le corresponde, será otro, a quien no le corresponde, quien tendrá que salir a hacerla. Y, si esto acontece a menudo, el que subsana las omisiones de los demás, acabará por desdibujar su fisonomía y por deformar su propio quehacer. ¿No hay en la Argentina doscientas personas que podían y debían haber iniciado esta campaña antes que Victoria Ocampo? Todos saben ahí que, a la postre, cuando haya que dar una tremenda arremetida contra una injusticia, una indecencia o un desmán, la impetuosidad, el coraje y el vendaval generoso que hay en el alma de Victoria Ocampo, la llevarán a no poder contenerse y a arriesgar sin reparos su gesto y su persona. Pero yo creo que interesa a los argentinos ahorrar estas intervenciones. Victoria Ocampo es, por la concurrencia de muchos dones, una realidad de primera magnitud en la historia argentina. Ahora bien, un pueblo sólo lo es en la medida en que posee un tesoro de solidaridades tácitas e inquebrantables respecto a ciertas cosas esenciales. Los partidos más hostiles tienen, sin parpadeo, que coincidir en ellas. Mírese Inglaterra: su inmenso poder, su ejemplar solidez se nutren sólo de eso. Inglaterra que, apenas si es un Estado, es un nudo de solidaridades tácitas, pero formidables entre los ingleses. Pues bien, yo pienso que importa a todos los argentinos —a sus enemigos igual que a sus amigos— procurar que la figura de Victoria Ocampo no se malogre en faenas supletorias que otros muchos deberían hacer. Debe reservarse para lo más grave, lo más nacional, lo más peligroso y no para ensartar en el alfiler de su sombrero editores chilenos. No pido, conste, que se constituya en torno a Victoria Ocampo una especie de beatería que halague su persona con acatamientos y remilgos vanos. Es una criatura cuya existencia necesita absolutamente de la resistencia. Mejor que yo conocen ahí todos su espléndida condición y saben que es lo bastante feroz y lo bastante puma para no vivir sin saltos de combate. Pero yo quiero suponer que los argentinos están resueltos a no dilapidar sus mayores riquezas humanas, a conseguir que sus figuras excelentes den el máximo de su rendimiento nacional y por eso, con impertinencia bien intencionada, me he permitido esta observación.
Y ahora a ti, Victoria, va el estribillo de toda la balada. Te va a divertir:
Hablas en tu artículo de la propiedad intelectual como de la más respetable, de la más sagrada. Yo quiero agregar una cosa poco conocida, a saber: que es, acaso, la más antigua. ¿Sabes cuál fue el derecho de propiedad individual que primero y más rigorosamente reconocieron los hombres? No fue el suelo ni el ganado ni siquiera los pequeños bienes muebles, las armas y trebejos de uso personal. Estos últimos, al fin y al cabo, se podían heredar, lo cual indica que su propiedad no era tan superlativamente adscrita a la persona. No: los pueblos más primitivos reconocían como la propiedad más individual la de los sueños y la de las canciones —una propiedad intelectual. El primitivo que tenía una visión donde se le revelaban secretos de la caza o de otro orden sabía que nadie osaría aprovecharse ni tampoco cantar la canción afortunada, que enardecía el festival y a él se le había ocurrido.
El etnógrafo para mi gusto más inteligente es el americano Lowie. Su saber es inmenso y no menor su agudeza crítica y su escepticismo hacia generalizaciones audaces. No obstante, puede leerse en su Primitive Sociology, de que hay una excelente traducción francesa: Traité de Sociologie Primitive, (Payot), página 235: «Contrariamente a lo que podría suponerse, la noción de patente o de derecho de autor está muy desarrollada en las capas más profundas de la civilización y su fuerza, entre ciertos pueblos, hace manifiestamente absurdo el dogma de un comunismo primitivo universal… Aun en un medio tan humilde como el de las Islas Andaman, encontramos derechos de disposición exclusiva referentes a objetos inmateriales. Es el hecho tanto más notable cuanto que en lo que respecta a los utensilios de cocina, por ejemplo, muestran estos insulares, por el contrario, una amplitud de espíritu que roza en el comunismo… Pero esta generosidad no se extiende a los cantos compuestos con ocasión de una reunión pública. Un canto que ha tenido buen éxito puede ser repetido en reuniones de menor importancia, pero, cualquiera que sea su popularidad, nadie tiene el derecho de cantarlo más que su compositor. Entre los Cay como entre los Andaman el poeta es dueño absoluto de su composición. Nadie puede cantarlo sin su consentimiento y en modo alguno concede este favor gratuitamente… El eje de la religión en los Indios de las Praderas está constituido por los conceptos y prácticas referentes a las visiones… Nadie osaría disputarles el derecho de propiedad de estas visiones y quien desea adquirir en parte uno de estos derechos o comprarlo íntegramente sacrifica a este fin bienes que representan un valor el cual nosotros consideraríamos absurdamente exagerado. La transferencia por donación no es posible, aun cuando las dos partes estén unidas por los lazos de parentesco más estrechos… Los “paquetes sagrados” de los Hidatsa que derivan siempre de visiones ancestrales, hereditarias en ciertas familias, necesitan, no obstante, ser objeto de una transacción entre padres e hijos».
Los Andaman son uno de los cuatro o cinco pueblos más primitivos que se conocen. Los Indios de las Praderas son indios americanos. De donde resulta que ahora los chilenos se las han arreglado para retroceder no ya a la edad precolombina sino a una edad preindiana. Pero, ¿qué había en Chile cuando todavía no había indios? Evidentemente, nadie capaz de ensueño y canción. Por lo visto no había más que ictiosauros y editores clandestinos.
París, noviembre de 1937
Sur, noviembre de 1937
1939