Ortega y Gasset

Abstract

A 1,897-word entry that the digest records with zero atoms and no sample: the text is unavailable and its content cannot be judged. The title announces a polemic about clandestine publishers and a «moral rectification».

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Por fin, se ha dado en América la embestida generosa y brava contra esta gran bellaquería de las ediciones clandestinas. Desde hace hartos años la perduración —digámoslo, la consolidación— del hecho bochornoso deshonraba a las dos Américas, del Centro y del Sur. Porque si bien carga la máxima responsabilidad sobre Chile, casi todo el resto de la América hispana participaba en ella. En Chile se hacen las ediciones criminales; pero en casi toda América se venden y donde no se venden, o se venden menos, como creo que pasa en la Argentina, no se protestaba del delito y en esta medida se colaboraba en él. Esto último no es una exigencia exorbitante. Pues nadie honestamente puede dudar de que sólo un movimiento de protesta surgido en América misma prometía con alguna vaga probabilidad ser eficaz. Ésta es una de las razones que me hicieron no hablar ni escribir una sola palabra pública sobre el asunto hasta el día presente —cosa que me interesa hacer constar. Sabía que era inútil, y hacer en el orden práctico de la vida cosas inútiles me parece una gruesa inmoralidad. Porque lo inútil no se contenta con serlo. Lo inútil resulta contraproducente.

Nótese que lo más grave de la cuestión no está en su vertiente económica sino en lo que tiene de síntoma para poder apreciar la excesiva solidez de los estómagos. Porque el hecho es, ante todo y sobre todo, asqueroso. Es un crimen a mansalva. Un crimen sin exposición del criminal. Un crimen abrigado por una complicidad ilimitada. ¿Cómo es que no ha producido inmediatamente sus efectos… eméticos? No es ya cuestión de justicia: es cuestión de reflejo estomacal. La única jurisdicción que le es cabal es el asco. La prueba está en el artículo de Victoria Ocampo. ¿A qué género literario pertenece ese artículo? Bien claro está: no es una octava real, es una náusea, la náusea como género literario. La imagen, sobre todo referida a una señora, es poco galante pero se reconocerá su exactitud. Véase cómo el estilo del artículo es espasmódico y véase cómo salen en él, devueltas y juntas, diferentes especies de fauna repugnante: langostas y editores clandestinos de Chile.

Repito que las aristas morales del hecho me interesan más que la crematística. Es de sobra notorio en la Argentina que la plata no me emociona. Más aún: me ha aburrido siempre el dinero, como todo lo que se cuenta, salvo los cuentos. ¿Hay nada más idiota que un número, como no sea otro número mayor? Por tanto, los araucanos foragidos que me han sustraído mi haber no han logrado ocasionarme un minuto de mal humor. Como auténtico hidalgo he vivido siempre sin blanca y estoy perfectamente adaptado a la ausencia de metales preciosos. La impecuniosidad me es como el agua al pez; me es connatural y mi elemento. Yo no había jamás aludido a esto ni en mis escritos ni en mis conversaciones hasta que en el prólogo a mis Obras completas hice sobre ello una vaga insinuación. Pero un prólogo a las obras completas es, sin duda, el comienzo del fin de una vida. Yo he esperado a tener casi toda la mía a la espalda para revelar ese secreto. Hecha en hora tan tardía esa revelación no puede significar ni queja ni apetito y queda ahí ostentando su pura intención legendaria. La verdad es que un lema de toda mi vida ha sido aquel decir de Michelet: ¡El que sabe ser pobre lo sabe todo!

Lo que me importaría más del caso es que los países americanos lo aprovechasen como un pretexto para dar un ejemplo de rectificación moral. Perdóneseme que no oculte en este punto mi pensamiento. Los pueblos de la América hispana arrastran en el seno profundo de sus almas colectivas un fondo de inmoralidad. No discutamos ahora cómo se ha formado ese fondo. El hecho es que está ahí y que mientras no lo arrojen y lo sustituyan por un enérgico repertorio de reacciones morales que funcione automáticamente en toda ocasión decisiva, no pueden hacerse ilusiones de ascender al rango de pueblos preclaros, a pesar de que alguno, como la Argentina, posee no pocas de las dotes más raras para pretenderlo.

Este hecho de las ediciones clandestinas, acontecido en esta altura de los tiempos, es un buen ejemplo de inmoralidad básica. Tanto que lo que más me interesa en él es su lado teórico. ¿No sería de gran interés escribir un ensayo donde se analizasen minuciosamente las implicaciones que condensa ese hecho, los supuestos que han tenido que darse para que se produzca? ¿Cómo ha podido Chile hacerse solidario, activa o pasivamente, de esa fechoría? ¿Qué fuerzas y qué grupos han paralizado la protesta indignada que seguramente germinó cien veces en muchas almas chilenas? ¿Cómo están hechos los intelectuales chilenos para hacerse cómplices de faena semejante? Hay quien cree que los escritores chilenos asisten al despojo de sus colegas extranjeros con mal disimulada complacencia. ¿Qué quiere decir esto? ¿Resentimiento? ¿Y por qué serían resentidos?

He ahí un nuevo lado del tema. Pero ahora venga otro.

Argentino de afición, me inquieta un poco que sea Victoria Ocampo quien, una vez más, no pudiendo aguantar una santa indignación, sale furiosa al campo, la lanza en ristre, walkyrizando. Me explicaré. Una de las pocas cosas verdaderamente claras que dice Platón en su República es que no puede andar bien un pueblo si en él no hace cada cual lo suyo. Porque es evidente que en un pueblo hay, mayores o menores, muchas cosas que es inexcusable hacer. Si no hace cada una aquél a quien le corresponde, será otro, a quien no le corresponde, quien tendrá que salir a hacerla. Y, si esto acontece a menudo, el que subsana las omisiones de los demás, acabará por desdibujar su fisonomía y por deformar su propio quehacer. ¿No hay en la Argentina doscientas personas que podían y debían haber iniciado esta campaña antes que Victoria Ocampo? Todos saben ahí que, a la postre, cuando haya que dar una tremenda arremetida contra una injusticia, una indecencia o un desmán, la impetuosidad, el coraje y el vendaval generoso que hay en el alma de Victoria Ocampo, la llevarán a no poder contenerse y a arriesgar sin reparos su gesto y su persona. Pero yo creo que interesa a los argentinos ahorrar estas intervenciones. Victoria Ocampo es, por la concurrencia de muchos dones, una realidad de primera magnitud en la historia argentina. Ahora bien, un pueblo sólo lo es en la medida en que posee un tesoro de solidaridades tácitas e inquebrantables respecto a ciertas cosas esenciales. Los partidos más hostiles tienen, sin parpadeo, que coincidir en ellas. Mírese Inglaterra: su inmenso poder, su ejemplar solidez se nutren sólo de eso. Inglaterra que, apenas si es un Estado, es un nudo de solidaridades tácitas, pero formidables entre los ingleses. Pues bien, yo pienso que importa a todos los argentinos —a sus enemigos igual que a sus amigos— procurar que la figura de Victoria Ocampo no se malogre en faenas supletorias que otros muchos deberían hacer. Debe reservarse para lo más grave, lo más nacional, lo más peligroso y no para ensartar en el alfiler de su sombrero editores chilenos. No pido, conste, que se constituya en torno a Victoria Ocampo una especie de beatería que halague su persona con acatamientos y remilgos vanos. Es una criatura cuya existencia necesita absolutamente de la resistencia. Mejor que yo conocen ahí todos su espléndida condición y saben que es lo bastante feroz y lo bastante puma para no vivir sin saltos de combate. Pero yo quiero suponer que los argentinos están resueltos a no dilapidar sus mayores riquezas humanas, a conseguir que sus figuras excelentes den el máximo de su rendimiento nacional y por eso, con impertinencia bien intencionada, me he permitido esta observación.

Y ahora a ti, Victoria, va el estribillo de toda la balada. Te va a divertir:

Hablas en tu artículo de la propiedad intelectual como de la más respetable, de la más sagrada. Yo quiero agregar una cosa poco conocida, a saber: que es, acaso, la más antigua. ¿Sabes cuál fue el derecho de propiedad individual que primero y más rigorosamente reconocieron los hombres? No fue el suelo ni el ganado ni siquiera los pequeños bienes muebles, las armas y trebejos de uso personal. Estos últimos, al fin y al cabo, se podían heredar, lo cual indica que su propiedad no era tan superlativamente adscrita a la persona. No: los pueblos más primitivos reconocían como la propiedad más individual la de los sueños y la de las canciones —una propiedad intelectual. El primitivo que tenía una visión donde se le revelaban secretos de la caza o de otro orden sabía que nadie osaría aprovecharse ni tampoco cantar la canción afortunada, que enardecía el festival y a él se le había ocurrido.

At last, there has been launched in America the generous and brave assault against this great knavery of clandestine editions. For many years now the perduration —let us say it, the consolidation— of this shameful fact has dishonored both Americas, Central and South. For although the greatest responsibility falls on Chile, almost all the rest of Hispanic America participated in it. In Chile the criminal editions are made; but in almost all of America they are sold, and where they are not sold, or are sold less, as I believe happens in Argentina, the crime was not protested against, and to that extent one collaborated in it. This last is not an exorbitant demand. For no one can honestly doubt that only a movement of protest arising in America itself promised with any vague probability of being effective. This is one of the reasons that made me neither speak nor write a single public word on the matter until the present day —a thing I am interested in putting on record. I knew it was useless, and doing useless things in the practical order of life seems to me a gross immorality. For the useless is not content with being so. The useless proves counterproductive.

Note that the gravest part of the question is not in its economic aspect but in what it has as a symptom by which to assess the excessive solidity of stomachs. For the fact is, first of all and above all, revolting. It is a crime in cold blood. A crime without exposure of the criminal. A crime sheltered by unlimited complicity. How is it that it has not immediately produced its… emetic effects? It is no longer a question of justice: it is a question of stomachic reflex. The only jurisdiction that befits it is disgust. The proof is in the article by Victoria Ocampo. To what literary genre does that article belong? It is quite clear: it is not an octava real, it is a nausea, nausea as a literary genre. The image, especially when referred to a lady, is not very gallant but its accuracy will be recognized. See how the style of the article is spasmodic and see how there emerge in it, vomited up and together, different species of repugnant fauna: locusts and clandestine editors of Chile.

I repeat that the moral edges of the fact interest me more than the chrematistic. It is all too well known in Argentina that money does not excite me. Even more: money has always bored me, like everything that is counted, except for stories. Is there anything more idiotic than a number, unless it be a larger number? Therefore, the Araucanian outlaws who have stolen my earnings have not managed to cause me a minute of ill humor. As an authentic hidalgo I have always lived penniless and am perfectly adapted to the absence of precious metals. Impecuniosity is to me as water to the fish; it is connatural to me and my element. I had never alluded to this either in my writings or in my conversations until in the prologue to my Obras completas I made a vague insinuation about it. But a prologue to the complete works is, without doubt, the beginning of the end of a life. I have waited to have almost all of mine behind me to reveal that secret. Made at so late an hour, that revelation can signify neither complaint nor appetite and remains there displaying its pure legendary intention. The truth is that a motto of my whole life has been that saying of Michelet: He who knows how to be poor knows everything!

What would matter more to me about the case is that the American countries should take advantage of it as a pretext to give an example of moral rectification. May I be forgiven for not concealing my thought on this point. The peoples of Hispanic America drag in the deep bosom of their collective souls a substratum of immorality. Let us not now discuss how that substratum was formed. The fact is that it is there and that so long as they do not cast it out and replace it with an energetic repertoire of moral reactions that functions automatically on every decisive occasion, they cannot delude themselves of ascending to the rank of illustrious peoples, even though some, like Argentina, possess not a few of the rarest gifts to aspire to it.

This fact of the clandestine editions, occurring at this height of the times, is a good example of basic immorality. So much so that what most interests me in it is its theoretical side. Would it not be of great interest to write an essay minutely analyzing the implications that this fact condenses, the assumptions that must have been in place for it to occur? How has Chile been able to make itself complicit, actively or passively, in that misdeed? What forces and what groups have paralyzed the indignant protest that surely germinated a hundred times in many Chilean souls? How are Chilean intellectuals made that they can become accomplices in such an affair? There are those who believe that Chilean writers attend the despoilment of their foreign colleagues with ill-dissimulated complacence. What does this mean? Resentment? And why should they be resentful?

Here is a new side of the theme. But now let another come.

Argentine by affection, it disturbs me somewhat that it is Victoria Ocampo who, once more, unable to bear a holy indignation, rides forth furiously onto the field, lance at the ready, Walkyrie-ing. I shall explain myself. One of the few truly clear things that Plato says in his Republic is that a people cannot fare well if in it each one does not do his own task. For it is evident that in a people there are, greater or lesser, many things that it is inexcusable to do. If the one to whom each corresponds does not do it, it will be another, to whom it does not correspond, who will have to go forth and do it. And, if this happens often, the one who makes up for the omissions of others will end by blurring his physiognomy and deforming his own proper task. Are there not in Argentina two hundred persons who could and should have initiated this campaign before Victoria Ocampo? Everyone knows there that, in the end, whenever a tremendous charge must be made against an injustice, an indecency, or an outrage, the impetuosity, the courage, and the generous gale that there is in the soul of Victoria Ocampo will carry her not to be able to contain herself and to risk without reserve her person and her gesture. But I believe it is in the interest of Argentines to spare her these interventions. Victoria Ocampo is, by the concurrence of many gifts, a reality of the first magnitude in Argentine history. Now, a people is a people only to the extent that it possesses a treasure of tacit and unbreakable solidarities with respect to certain essential things. The most hostile parties must, without blinking, coincide in them. Look at England: its immense power, its exemplary solidity are nourished only by this. England, which is barely a State, is a knot of tacit but formidable solidarities among the English. Well then, I think it matters to all Argentines —to her enemies as well as to her friends— to ensure that the figure of Victoria Ocampo not be wasted on supplementary tasks that many others ought to do. She must be reserved for the gravest, the most national, the most dangerous things, and not for skewering Chilean editors on the pin of her hat. I do not ask, let it be clear, that there be constituted around Victoria Ocampo a kind of sanctimony that flatters her person with vain obeisances and simperings. She is a creature whose existence absolutely needs resistance. Better than I, everyone there knows her splendid condition and knows that she is sufficiently fierce and sufficiently puma not to live without combat leaps. But I wish to suppose that Argentines are resolved not to squander their greatest human riches, to ensure that their excellent figures give the maximum of their national yield, and for that reason, with well-intentioned impertinence, I have permitted myself this observation.

And now to you, Victoria, goes the refrain of the whole ballad. It will amuse you:

You speak in your article of intellectual property as the most respectable, the most sacred. I wish to add a little-known thing, namely: that it is, perhaps, the most ancient. Do you know what was the right of individual property that men first and most rigorously recognized? It was neither the soil nor the cattle nor even small movable goods, weapons and implements of personal use. These at the end of the day could be inherited, which indicates that their property was not so superlatively ascribed to the person. No: the most primitive peoples recognized as the most individual property that of dreams and that of songs —an intellectual property. The primitive who had a vision in which secrets of the hunt or of another order were revealed to him knew that no one would dare to take advantage of it nor even sing the fortunate song that enlivened the festival and that had occurred to him.

Infine, si è data in America l’investita generosa e coraggiosa contro questa grande bricconata delle edizioni clandestine. Da molti anni la perdurazione —diciamolo, il consolidamento— del fatto vergognoso disonorava le due Americhe, del Centro e del Sud. Perché sebbene gravi la massima responsabilità sul Cile, quasi tutto il resto dell’America ispanica partecipava in essa. In Cile si fanno le edizioni criminali; ma in quasi tutta l’America si vendono e dove non si vendono, o si vendono meno, come credo accada in Argentina, non si protestava del delitto e in questa misura vi si collaborava. Quest’ultima non è un’esigenza esorbitante. Poiché nessuno onestamente può dubitare che solo un movimento di protesta sorto in America stessa prometteva con qualche vaga probabilità di essere efficace. Questa è una delle ragioni che mi fecero non parlare né scrivere una sola parola pubblica sulla questione fino al giorno presente —cosa che mi interessa far constare. Sapevo che era inutile, e fare nell’ordine pratico della vita cose inutili mi sembra una grossa immoralità. Perché l’inutile non si accontenta di esserlo. L’inutile risulta controproducente.

Si noti che il più grave della questione non sta nel suo versante economico ma in ciò che ha di sintomo per poter apprezzare l’eccessiva solidità degli stomachi. Perché il fatto è, innanzi tutto e sopra tutto, schifoso. È un crimine a man salva. Un crimine senza esposizione del criminale. Un crimine riparato da una complicità illimitata. Com’è che non ha prodotto immediatamente i suoi effetti… emetici? Non è più questione di giustizia: è questione di riflesso stomacale. L’unica giurisdizione che gli compete è lo schifo. La prova sta nell’articolo di Victoria Ocampo. A quale genere letterario appartiene quell’articolo? È ben chiaro: non è un’ottava reale, è una nausea, la nausea come genere letterario. L’immagine, soprattutto riferita a una signora, è poco galante ma se ne riconoscerà l’esattezza. Si veda come lo stile dell’articolo è spasmodico e si veda come escono in esso, vomitate e congiunte, differenti specie di fauna ripugnante: locuste e editori clandestini del Cile.

Ripeto che gli spigoli morali del fatto mi interessano più della crematistica. È fin troppo noto in Argentina che il denaro non mi emoziona. Ancor di più: mi ha sempre annoiato il denaro, come tutto ciò che si conta, salvo i racconti. C’è nulla di più idiota di un numero, se non un altro numero maggiore? Pertanto, gli araucani fuorilegge che mi hanno sottratto il mio avere non sono riusciti a causarmi un minuto di malumore. Da autentico hidalgo ho vissuto sempre senza un soldo e sono perfettamente adattato all’assenza di metalli preziosi. L’impecuniosità mi è come l’acqua al pesce; mi è connaturale e mio elemento. Io non avevo mai alluso a questo né nei miei scritti né nelle mie conversazioni fino a che nel prologo alle mie Obras completas feci al riguardo una vaga insinuazione. Ma un prologo alle opere complete è, senza dubbio, il cominciamento della fine di una vita. Io ho aspettato di averne quasi tutta la mia alle spalle per rivelare questo segreto. Fatta in ora così tarda questa rivelazione non può significare né lamento né appetito e rimane lì ostentando la sua pura intenzione leggendaria. La verità è che un motto di tutta la mia vita è stato quel detto di Michelet: Chi sa essere povero sa tutto!

Ciò che mi importerebbe di più del caso è che i paesi americani lo approfittassero come un pretesto per dare un esempio di rettificazione morale. Mi si perdoni se non nascondo in questo punto il mio pensiero. I popoli dell’America ispanica trascinano nel seno profondo delle loro anime collettive un fondo di immoralità. Non discutiamo ora come si sia formato questo fondo. Il fatto è che sta lì e che finché non lo gettino via e lo sostituiscano con un energico repertorio di reazioni morali che funzioni automaticamente in ogni occasione decisiva, non possono farsi illusioni di ascendere al rango di popoli preclari, malgrado che qualcuno, come l’Argentina, possieda non poche delle doti più rare per pretenderlo.

Questo fatto delle edizioni clandestine, accaduto a quest’altezza dei tempi, è un buon esempio di immoralità basica. Tanto che ciò che più mi interessa in esso è il suo lato teorico. Non sarebbe di grande interesse scrivere un saggio dove si analizzassero minuziosamente le implicazioni che condensa questo fatto, i presupposti che hanno dovuto darsi perché si producesse? Come ha potuto il Cile rendersi solidale, attivamente o passivamente, di questa fellonia? Quali forze e quali gruppi hanno paralizzato la protesta indignata che sicuramente germinò cento volte in molte anime cilene? Come sono fatti gli intellettuali cileni per rendersi complici di una tale faccenda? C’è chi crede che gli scrittori cileni assistano alla spoliazione dei loro colleghi stranieri con mal dissimulata compiacenza. Che cosa vuol dire questo? Risentimento? E perché sarebbero risentiti?

Ecco un nuovo lato del tema. Ma ora ne venga un altro.

Argentino di affezione, mi inquieta un poco che sia Victoria Ocampo colei che, una volta ancora, non potendo sopportare una santa indignazione, esce furiosa in campo, la lancia in resta, walkyrizzando. Mi spiegherò. Una delle poche cose veramente chiare che dice Platone nella sua Repubblica è che non può andare bene un popolo se in esso non fa ciascuno il suo. Perché è evidente che in un popolo ci sono, maggiori o minori, molte cose che è inscusabile fare. Se non fa ciascuna colui al quale corrisponde, sarà un altro, al quale non corrisponde, che dovrà uscire a farla. E, se questo accade di frequente, colui che rimedia alle omissioni degli altri, finirà per sfigurare la sua fisionomia e per deformare il suo proprio compito. Non ci sono in Argentina duecento persone che potevano e dovevano aver iniziato questa campagna prima di Victoria Ocampo? Tutti sanno lì che, alla fine, quando si deve dare un tremendo attacco contro un’ingiustizia, un’indecenza o un sopruso, l’impetuosità, il coraggio e la tempesta generosa che c’è nell’anima di Victoria Ocampo, la porteranno a non potersi contenere e a rischiare senza riserve il suo gesto e la sua persona. Ma io credo che interessi agli argentini risparmiare questi interventi. Victoria Ocampo è, per la concorrenza di molti doni, una realtà di prima grandezza nella storia argentina. Ora, un popolo lo è solo nella misura in cui possiede un tesoro di solidarietà tacite e infrangibili rispetto a certe cose essenziali. I partiti più ostili devono, senza batter ciglio, coincidere in esse. Si guardi l’Inghilterra: il suo immenso potere, la sua esemplare solidità si nutrono solo di questo. L’Inghilterra che, appena se è uno Stato, è un nodo di solidarietà tacite, ma formidabili tra gli inglesi. Ebbene, io penso che importi a tutti gli argentini —ai suoi nemici come ai suoi amici— procurare che la figura di Victoria Ocampo non venga dissipata in fatiche suppletorie che molti altri dovrebbero fare. Deve riservarsi per la cosa più grave, la più nazionale, la più pericolosa e non per infilzare nello spillo del suo cappello editori cileni. Non chiedo, sia chiaro, che si costituisca intorno a Victoria Ocampo una specie di bigottismo che lusinghi la sua persona con ossequi e smancerie vane. È una creatura la cui esistenza ha bisogno assolutamente della resistenza. Meglio di me conoscono lì tutti la sua splendida condizione e sanno che è abbastanza feroce e abbastanza puma per non vivere senza salti di combattimento. Ma io voglio supporre che gli argentini siano decisi a non dilapidare le loro maggiori ricchezze umane, a far sì che le loro figure eccellenti diano il massimo del loro rendimento nazionale e per questo, con impertinenza ben intenzionata, mi sono permesso questa osservazione.

E ora a te, Victoria, va il ritornello di tutta la ballata. Ti divertirà:

Parli nel tuo articolo della proprietà intellettuale come della più rispettabile, della più sacra. Io voglio aggiungere una cosa poco conosciuta, e cioè: che è, forse, la più antica. Sai qual fu il diritto di proprietà individuale che per primo e più rigorosamente riconobbero gli uomini? Non fu il suolo né il bestiame e neppure i piccoli beni mobili, le armi e gli arnesi di uso personale. Questi ultimi, alla fin fine, si potevano ereditare, il che indica che la loro proprietà non era così superlativamente ascritta alla persona. No: i popoli più primitivi riconoscevano come la proprietà più individuale quella dei sogni e delle canzoni —una proprietà intellettuale. Il primitivo che aveva una visione dove gli si rivelavano segreti della caccia o di altro ordine sapeva che nessuno oserebbe approfittarsene né tantomeno cantare la canzone fortunata, che infiammava il festival e a lui era venuta in mente.

El etnógrafo para mi gusto más inteligente es el americano Lowie. Su saber es inmenso y no menor su agudeza crítica y su escepticismo hacia generalizaciones audaces. No obstante, puede leerse en su Primitive Sociology, de que hay una excelente traducción francesa: Traité de Sociologie Primitive, (Payot), página 235: «Contrariamente a lo que podría suponerse, la noción de patente o de derecho de autor está muy desarrollada en las capas más profundas de la civilización y su fuerza, entre ciertos pueblos, hace manifiestamente absurdo el dogma de un comunismo primitivo universal… Aun en un medio tan humilde como el de las Islas Andaman, encontramos derechos de disposición exclusiva referentes a objetos inmateriales. Es el hecho tanto más notable cuanto que en lo que respecta a los utensilios de cocina, por ejemplo, muestran estos insulares, por el contrario, una amplitud de espíritu que roza en el comunismo… Pero esta generosidad no se extiende a los cantos compuestos con ocasión de una reunión pública. Un canto que ha tenido buen éxito puede ser repetido en reuniones de menor importancia, pero, cualquiera que sea su popularidad, nadie tiene el derecho de cantarlo más que su compositor. Entre los Cay como entre los Andaman el poeta es dueño absoluto de su composición. Nadie puede cantarlo sin su consentimiento y en modo alguno concede este favor gratuitamente… El eje de la religión en los Indios de las Praderas está constituido por los conceptos y prácticas referentes a las visiones… Nadie osaría disputarles el derecho de propiedad de estas visiones y quien desea adquirir en parte uno de estos derechos o comprarlo íntegramente sacrifica a este fin bienes que representan un valor el cual nosotros consideraríamos absurdamente exagerado. La transferencia por donación no es posible, aun cuando las dos partes estén unidas por los lazos de parentesco más estrechos… Los “paquetes sagrados” de los Hidatsa que derivan siempre de visiones ancestrales, hereditarias en ciertas familias, necesitan, no obstante, ser objeto de una transacción entre padres e hijos».

Los Andaman son uno de los cuatro o cinco pueblos más primitivos que se conocen. Los Indios de las Praderas son indios americanos. De donde resulta que ahora los chilenos se las han arreglado para retroceder no ya a la edad precolombina sino a una edad preindiana. Pero, ¿qué había en Chile cuando todavía no había indios? Evidentemente, nadie capaz de ensueño y canción. Por lo visto no había más que ictiosauros y editores clandestinos.

París, noviembre de 1937

Sur, noviembre de 1937

1939

The ethnographer, for my taste, the most intelligent is the American Lowie. His knowledge is immense and no less his critical acumen and his scepticism towards audacious generalizations. Nevertheless, one can read in his Primitive Sociology, of which there is an excellent French translation: Traité de Sociologie Primitive, (Payot), page 235: «Contrary to what might be supposed, the notion of patent or of copyright is very developed in the deepest layers of civilization and its force, among certain peoples, makes manifestly absurd the dogma of a universal primitive communism… Even in a milieu as humble as that of the Andaman Islands, we find exclusive disposal rights concerning immaterial objects. It is a fact all the more notable in that as regards kitchen utensils, for example, these islanders show, on the contrary, a breadth of spirit that borders on communism… But this generosity does not extend to the songs composed on the occasion of a public gathering. A song that has been successful may be repeated in gatherings of lesser importance, but, whatever its popularity, no one has the right to sing it except its composer. Among the Cay as among the Andaman the poet is absolute master of his composition. No one can sing it without his consent and in no way whatsoever does he grant this favour gratuitously… The axis of religion in the Indians of the Prairies is constituted by the concepts and practices concerning visions… No one would dare to dispute their property right over these visions and whoever wishes to acquire in part one of these rights or buy it entirely sacrifices to this end goods that represent a value which we would consider absurdly exaggerated. Transfer by donation is not possible, even when the two parties are united by the closest kinship ties… The “sacred bundles” of the Hidatsa, which always derive from ancestral visions, hereditary in certain families, nevertheless need to be the object of a transaction between fathers and sons».

The Andaman are one of the four or five most primitive peoples known. The Indians of the Prairies are American Indians. From which it results that now the Chileans have managed to go back not merely to the pre-Columbian age but to a pre-Indian age. But, what was there in Chile when there were still no Indians? Evidently, no one capable of dream and song. Apparently there were nothing but ichthyosaurs and clandestine publishers.

Paris, November 1937

Sur, November 1937

1939

L’etnografo per il mio gusto più intelligente è l’americano Lowie. Il suo sapere è immenso e non minore la sua acutezza critica e il suo scetticismo verso le generalizzazioni audaci. Nondimeno, si può leggere nella sua Primitive Sociology, di cui esiste un’eccellente traduzione francese: Traité de Sociologie Primitive, (Payot), pagina 235: «Contrariamente a ciò che si potrebbe supporre, la nozione di brevetto o di diritto d’autore è molto sviluppata negli strati più profondi della civiltà e la sua forza, presso certi popoli, rende manifestamente assurdo il dogma di un comunismo primitivo universale… Anche in un ambiente umile come quello delle Isole Andamane, troviamo diritti di disposizione esclusiva riguardanti oggetti immateriali. È il fatto tanto più notevole in quanto per ciò che riguarda gli utensili da cucina, per esempio, questi isolani mostrano, al contrario, un’ampiezza di spirito che rasenta il comunismo… Ma questa generosità non si estende ai canti composti in occasione di una riunione pubblica. Un canto che ha avuto buon esito può essere ripetuto in riunioni di minore importanza, ma, qualunque sia la sua popolarità, nessuno ha il diritto di cantarlo se non il suo compositore. Presso i Cay come presso gli Andamani il poeta è padrone assoluto della sua composizione. Nessuno può cantarla senza il suo consenso e in modo alcuno concede questo favore gratuitamente… L’asse della religione negli Indiani delle Praterie è costituito dai concetti e dalle pratiche riguardanti le visioni… Nessuno oserebbe contestare loro il diritto di proprietà di queste visioni e chi desidera acquistare in parte uno di questi diritti o comprarlo integralmente sacrifica a questo fine beni che rappresentano un valore che noi considereremmo assurdamente esagerato. Il trasferimento per donazione non è possibile, anche quando le due parti siano unite dai vincoli di parentela più stretti… I “pacchetti sacri” degli Hidatsa che derivano sempre da visioni ancestrali, ereditarie in certe famiglie, necessitano, nondimeno, di essere oggetto di una transazione tra padri e figli».

Gli Andamani sono uno dei quattro o cinque popoli più primitivi che si conoscano. Gli Indiani delle Praterie sono indiani americani. Da cui risulta che ora i cileni sono riusciti a retrocedere non già all’età precolombiana ma a un’età preindiana. Ma, che cosa c’era in Cile quando ancora non c’erano indiani? Evidentemente, nessuno capace di sogno e di canzone. A quanto pare non c’erano che ittiosauri ed editori clandestini.

Parigi, novembre 1937

Sur, novembre 1937

1939