Abstract

An article (1918) against the commonplace that Spain’s parliament does not represent public opinion: the fiction is not the Cortes but our idea of our public opinion, which matches them exactly. The two alternating parties differed not in ideas but in persons; now opinion has voted for the highest bidder, and the national Cunegonde has walked spontaneously towards her ravishment.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

CUNEGUNDA O LA OPINIÓN PÚBLICA ESPAÑOLA

Siempre he oído decir que en España el Parlamento no representa la opinión pública. Mas, a pesar de haberlo oído decir siempre, no he conseguido creerlo nunca. Es más, no he conseguido ni siquiera entender bien lo que se quiere decir con esas palabras. Si en vez de resbalar sobre ellas, las oprimimos un poco con la atención, obligándolas a verter su sentido preciso, nos encontramos con una idea contradictoria. Por un lado, en efecto, parecen indicar que las relaciones entre el Parlamento y la opinión pública son en España anormales, que las Cortes son una ficción; por otro, reconocen que esas relaciones han adquirido en nuestro país un carácter inveterado y se perpetúan tranquilamente.

Ahora bien, no creo que para calificar de normal un hecho histórico, un fenómeno social, encontremos otro síntoma que el de ser reiteradamente tolerado por la sociedad sin adecuada protesta. ¿En qué quedamos, pues? ¿Son normales o anómalas las relaciones entre el Parlamento y la opinión pública española?

Cabe admitir que un día la opinión pública de una nación sea suplantada por medio de la sorpresa y de la violencia. Pero no cabe admitir que, sin sorpresa y sin violencia, un día y otro, y todos, la opinión pública se deje cínicamente suplantar. Si viéramos llegar a nosotros una mujer, convulso el aliento, las greñas al aire y clamando que ha sido en el vecino monte violada, propenderíamos a creerla; pero si la escena se repite metódicamente, comenzaremos a sospechar de su virtud. Pues bien la opinión pública española viene a ser, como en el Cándido de Voltaire, la gentil Cunegunda, que cuantas veces la ocasión se presenta queda indefectiblemente violada.

Como toda contradicción, la del susodicho tópico proviene de que con una misma palabra nos referimos a cosas diversas. Se parte de un supuesto erróneo: el de creer que la opinión pública española es, poco más o menos, la misma cosa que la opinión pública francesa o inglesa o alemana. Como nuestro Parlamento es, evidentemente, cosa muy distinta del inglés o del francés, al enfrontarlo con aquella opinión pública de tipo europeo, nos da en rostro la desproporción. Pero si corregimos el erróneo supuesto y comparamos nuestro Parlamento con nuestra real y verdadera opinión pública, veremos que coinciden exactamente. Nuestras Cortes no son una ficción; la ficción es la idea que de nuestra opinión pública tenemos.

¿Cómo? —se me dirá. ¿Cree usted que la mayoría nacional ha ardido realmente en fe conservadora o en fe liberal, al compás del turno de los partidos que desplegaban en el Parlamento sus alternativas mayorías? No; yo no creo eso. El pueblo español no era hoy conservador y mañana liberal, o viceversa. Hasta en esto se parecían los dos partidos turnantes, de los cuales ni el conservador era, en efecto, conservador, ni el liberal, liberal. No eran ni son dos partidos de ideas distintas, sino dos grupos de personas diferentes. La opinión pública se hartaba periódicamente de unas personas y cambiaba de postura tolerando a las otras. Ahora parece haberse cansado de estos cambios personales y aspira a mutaciones más sustanciosas. Se anuncia en las gentes un anhelo de bienestar material, y como éste nace del dinero, la opinión pública ha opinado por el mejor postor. El alma española no tiene todavía fuertes ideales históricos, pero ya comienza a poseer claras nociones económicas. Así estas elecciones han tomado una acentuada fisonomía bursátil.

El patriotismo nos obliga a sentir vergüenza, pero a la par a sentirla con calma, fijando bien la pupila sobre los hechos. No es patriota el que se lamenta ni quien disfraza el perfil de la realidad patria, sino el que procura valientemente ver las cosas claras, y en vista de ellas medita la curación.

Noticias innumerables que nos llegan de dondequiera, pero, sobre todo, hechos como los declarados paladinamente por don Gabriel Maura, prueban, sin margen a la duda, haber sido mayor que el afán de los candidatos en comprar al pueblo, la urgencia del pueblo en venderse a los candidatos.

Una vez más, y con nuevo pretexto, nuestra Cunegunda nacional ha avanzado espontáneamente hacia la violación.

El Sol, 2 de marzo de 1918

II

LA MORAL DE UN CARTEL

El sufragio universal se ha vestido esta vez de oro y de plata como un torero. El carácter pecuniario de las elecciones últimas constituye su rasgo más saliente. Por tal razón, al intentar en esta serie de notas una anatomía moral de ellas, he comenzado por subrayar su perfil financiero. El hecho ofrece un primer aspecto tan repugnante, que ningún alma medianamente honesta podrá reprimir un gesto de asco y de desdén.

Con ese gesto hemos satisfecho cierta propensión al patético aspaviento que, más o menos, sentimos todos. La sociedad se complace fomentando en nosotros, aun en los más sinceros y resueltos, una costra o coraza de tartufería, un repertorio de hipócritas ademanes convenidos, con los cuales salimos al encuentro de los sucesos. Así, al hablar de la intervención del dinero en las elecciones, aparentamos sentir todas las náuseas que un fervoroso luterano, ebrio de mística exaltación, experimentaba ante la Roma simoníaca.

Porque, en efecto, la democracia ha recabado para sí todo el patetismo supersticioso que quiere rehusar a la religión. Para un demócrata, es el voto cosa tan santa como para el católico la comunión, y dispara en él análogos sentimientos.

Contra este misticismo democrático deben combatir todos los hombres verdaderamente liberales y liberados. La aspiración de la democracia es el imperio del buen sentido y del aniquilamiento de toda superstición y pasión turbia en las relaciones políticas de los hombres. La democracia renuncia, como al milagro, al éxtasis.

No exageremos, pues, nuestra tartufería. Es doloroso y es repugnante que el dinero manipule en los comicios; pero si atendemos a las circunstancias concretas de la vida pública española, mengua mucho el cariz de depravación que, en abstracto, tendría este hecho.

Todo el que haya andado por las calles de Madrid en los días precedentes a la elección, ha podido medir, con un fondo de sinceridad y discreción que a nadie debe faltar, dónde acaba la efectiva inmoralidad existente en la simonía del sufragio, y dónde empieza la retórica hipócrita de una falsa democracia. Nos bastaba con leer uno de los carteles educativos que estaban pegados, como apéndices doctrinales, a las listas de candidatos. En él se decía: «Vendiste tu voto, venderás a tu hija». Yo no sé qué habrán sentido los demás; pero yo declaro que si no me pareció irritante ese cartel, fue porque me pareció demasiado necio y brutal.

Aquí hallamos un ejemplo monstruoso de la ridícula hipertrofia a que el siglo pasado ha traído la función política. ¿Hay más absurda pretensión que invitarnos a que situemos en el mismo rango de valoración un voto y una hija, la resolución en materia política —que es, cuanto más honrada, en mayor grado aleatoria y problemática— junto al nexo más claro y delicado que acaso existe: el de un padre con su hijo? Un obrero a quien suelo ocupar, me decía el lunes: «Yo he vendido mi voto en cinco duros para que mis hijos comieran esta semana». Al oírle esto pasábamos bajo el cartel aludido, y yo sentí hacia su anónimo autor un desprecio sin riberas.

La compra de votos no merece atenuaciones, pero la venta sí. Siempre me ha repugnado más el que compra que el que se vende.

Reconozcamos, ante todo, que en la mayor parte de los distritos españoles esta vez, menos que nunca, han combatido ideas. No se trata, pues, de que el proletario español haya entregado al dinero el voto que debió dar a su idea. El único sitio donde se ha levantado en vaga silueta un ideal político, es Cataluña, y no obstante ser la región más rica de España, ha cometido menos ampliamente simonía. Pero vivimos en una tierra donde cualquier audaz que se ponga a dar rugidos y a expectorar necedades en un mitin pretende representar una idea, y le extraña que el pueblo no se deje agujerear a balazos el pecho para exaltar a la diputación su ruin persona. Entre una moneda y una idea, sólo puede dudar un necio.

Conviene en estas experiencias que va haciendo el alma patria acudir al comentario con leal entereza, y que cada cual exhume, clara y razonadamente, su juicio íntimo.

Prefiero mil veces que el censo se venda a que el censo se regale. Siquiera por aquel triste medio aprenderán los españoles a dar valor a su voto, y descubrirán que ese derecho soberano a elegir constituye una propiedad real y eficiente, patrimonio de cada ciudadano. Sesenta años de discursos no han servido, al parecer, para que se enteren de que ese pequeño tesoro existía. Esperemos que en unos años de finanza electoral hagan mejor aprendizaje. Tal vez así, cuando vuelvan a inyectarse en el aire social fuertes ideas políticas, encuentren un pueblo que tiene de su soberanía una noción más clara y hasta métricodecimal. Ahora, como siempre, será la economía el mejor pedagogo del derecho.

Modérese, pues, en lo posible el aspaviento. Es vergonzosa, es lamentable la moral política de nuestro pueblo; mas para corregirla será preciso que se ocupen en educarlo otros hombres muy distintos de los que representan imágenes tan torpes como ésta de confundir los votos con los hijos. A poco buen sentido que tenga, se dirá, como me decía mi amigo el obrero: «Este hombre cree que su elección puede ser para mí cosa tan grave como la suerte de mi hija. Este hombre debe de ser muy vanidoso; pero, desde luego, es un farsante».

El Sol, 3 de marzo de 1918