Ortega y Gasset

Abstract

An article (1918) against the commonplace that Spain’s parliament does not represent public opinion: the fiction is not the Cortes but our idea of our public opinion, which matches them exactly. The two alternating parties differed not in ideas but in persons; now opinion has voted for the highest bidder, and the national Cunegonde has walked spontaneously towards her ravishment.

Connections

Concetti: Stato
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

CUNEGUNDA O LA OPINIÓN PÚBLICA ESPAÑOLA

Siempre he oído decir que en España el Parlamento no representa la opinión pública. Mas, a pesar de haberlo oído decir siempre, no he conseguido creerlo nunca. Es más, no he conseguido ni siquiera entender bien lo que se quiere decir con esas palabras. Si en vez de resbalar sobre ellas, las oprimimos un poco con la atención, obligándolas a verter su sentido preciso, nos encontramos con una idea contradictoria. Por un lado, en efecto, parecen indicar que las relaciones entre el Parlamento y la opinión pública son en España anormales, que las Cortes son una ficción; por otro, reconocen que esas relaciones han adquirido en nuestro país un carácter inveterado y se perpetúan tranquilamente.

Ahora bien, no creo que para calificar de normal un hecho histórico, un fenómeno social, encontremos otro síntoma que el de ser reiteradamente tolerado por la sociedad sin adecuada protesta. ¿En qué quedamos, pues? ¿Son normales o anómalas las relaciones entre el Parlamento y la opinión pública española?

Cabe admitir que un día la opinión pública de una nación sea suplantada por medio de la sorpresa y de la violencia. Pero no cabe admitir que, sin sorpresa y sin violencia, un día y otro, y todos, la opinión pública se deje cínicamente suplantar. Si viéramos llegar a nosotros una mujer, convulso el aliento, las greñas al aire y clamando que ha sido en el vecino monte violada, propenderíamos a creerla; pero si la escena se repite metódicamente, comenzaremos a sospechar de su virtud. Pues bien la opinión pública española viene a ser, como en el Cándido de Voltaire, la gentil Cunegunda, que cuantas veces la ocasión se presenta queda indefectiblemente violada.

Como toda contradicción, la del susodicho tópico proviene de que con una misma palabra nos referimos a cosas diversas. Se parte de un supuesto erróneo: el de creer que la opinión pública española es, poco más o menos, la misma cosa que la opinión pública francesa o inglesa o alemana. Como nuestro Parlamento es, evidentemente, cosa muy distinta del inglés o del francés, al enfrontarlo con aquella opinión pública de tipo europeo, nos da en rostro la desproporción. Pero si corregimos el erróneo supuesto y comparamos nuestro Parlamento con nuestra real y verdadera opinión pública, veremos que coinciden exactamente. Nuestras Cortes no son una ficción; la ficción es la idea que de nuestra opinión pública tenemos.

¿Cómo? —se me dirá. ¿Cree usted que la mayoría nacional ha ardido realmente en fe conservadora o en fe liberal, al compás del turno de los partidos que desplegaban en el Parlamento sus alternativas mayorías? No; yo no creo eso. El pueblo español no era hoy conservador y mañana liberal, o viceversa. Hasta en esto se parecían los dos partidos turnantes, de los cuales ni el conservador era, en efecto, conservador, ni el liberal, liberal. No eran ni son dos partidos de ideas distintas, sino dos grupos de personas diferentes. La opinión pública se hartaba periódicamente de unas personas y cambiaba de postura tolerando a las otras. Ahora parece haberse cansado de estos cambios personales y aspira a mutaciones más sustanciosas. Se anuncia en las gentes un anhelo de bienestar material, y como éste nace del dinero, la opinión pública ha opinado por el mejor postor. El alma española no tiene todavía fuertes ideales históricos, pero ya comienza a poseer claras nociones económicas. Así estas elecciones han tomado una acentuada fisonomía bursátil.

El patriotismo nos obliga a sentir vergüenza, pero a la par a sentirla con calma, fijando bien la pupila sobre los hechos. No es patriota el que se lamenta ni quien disfraza el perfil de la realidad patria, sino el que procura valientemente ver las cosas claras, y en vista de ellas medita la curación.

Noticias innumerables que nos llegan de dondequiera, pero, sobre todo, hechos como los declarados paladinamente por don Gabriel Maura, prueban, sin margen a la duda, haber sido mayor que el afán de los candidatos en comprar al pueblo, la urgencia del pueblo en venderse a los candidatos.

Una vez más, y con nuevo pretexto, nuestra Cunegunda nacional ha avanzado espontáneamente hacia la violación.

El Sol, 2 de marzo de 1918

II

LA MORAL DE UN CARTEL

El sufragio universal se ha vestido esta vez de oro y de plata como un torero. El carácter pecuniario de las elecciones últimas constituye su rasgo más saliente. Por tal razón, al intentar en esta serie de notas una anatomía moral de ellas, he comenzado por subrayar su perfil financiero. El hecho ofrece un primer aspecto tan repugnante, que ningún alma medianamente honesta podrá reprimir un gesto de asco y de desdén.

Con ese gesto hemos satisfecho cierta propensión al patético aspaviento que, más o menos, sentimos todos. La sociedad se complace fomentando en nosotros, aun en los más sinceros y resueltos, una costra o coraza de tartufería, un repertorio de hipócritas ademanes convenidos, con los cuales salimos al encuentro de los sucesos. Así, al hablar de la intervención del dinero en las elecciones, aparentamos sentir todas las náuseas que un fervoroso luterano, ebrio de mística exaltación, experimentaba ante la Roma simoníaca.

Porque, en efecto, la democracia ha recabado para sí todo el patetismo supersticioso que quiere rehusar a la religión. Para un demócrata, es el voto cosa tan santa como para el católico la comunión, y dispara en él análogos sentimientos.

Contra este misticismo democrático deben combatir todos los hombres verdaderamente liberales y liberados. La aspiración de la democracia es el imperio del buen sentido y del aniquilamiento de toda superstición y pasión turbia en las relaciones políticas de los hombres. La democracia renuncia, como al milagro, al éxtasis.

No exageremos, pues, nuestra tartufería. Es doloroso y es repugnante que el dinero manipule en los comicios; pero si atendemos a las circunstancias concretas de la vida pública española, mengua mucho el cariz de depravación que, en abstracto, tendría este hecho.

Todo el que haya andado por las calles de Madrid en los días precedentes a la elección, ha podido medir, con un fondo de sinceridad y discreción que a nadie debe faltar, dónde acaba la efectiva inmoralidad existente en la simonía del sufragio, y dónde empieza la retórica hipócrita de una falsa democracia. Nos bastaba con leer uno de los carteles educativos que estaban pegados, como apéndices doctrinales, a las listas de candidatos. En él se decía: «Vendiste tu voto, venderás a tu hija». Yo no sé qué habrán sentido los demás; pero yo declaro que si no me pareció irritante ese cartel, fue porque me pareció demasiado necio y brutal.

Aquí hallamos un ejemplo monstruoso de la ridícula hipertrofia a que el siglo pasado ha traído la función política. ¿Hay más absurda pretensión que invitarnos a que situemos en el mismo rango de valoración un voto y una hija, la resolución en materia política —que es, cuanto más honrada, en mayor grado aleatoria y problemática— junto al nexo más claro y delicado que acaso existe: el de un padre con su hijo? Un obrero a quien suelo ocupar, me decía el lunes: «Yo he vendido mi voto en cinco duros para que mis hijos comieran esta semana». Al oírle esto pasábamos bajo el cartel aludido, y yo sentí hacia su anónimo autor un desprecio sin riberas.

La compra de votos no merece atenuaciones, pero la venta sí. Siempre me ha repugnado más el que compra que el que se vende.

Reconozcamos, ante todo, que en la mayor parte de los distritos españoles esta vez, menos que nunca, han combatido ideas. No se trata, pues, de que el proletario español haya entregado al dinero el voto que debió dar a su idea. El único sitio donde se ha levantado en vaga silueta un ideal político, es Cataluña, y no obstante ser la región más rica de España, ha cometido menos ampliamente simonía. Pero vivimos en una tierra donde cualquier audaz que se ponga a dar rugidos y a expectorar necedades en un mitin pretende representar una idea, y le extraña que el pueblo no se deje agujerear a balazos el pecho para exaltar a la diputación su ruin persona. Entre una moneda y una idea, sólo puede dudar un necio.

Conviene en estas experiencias que va haciendo el alma patria acudir al comentario con leal entereza, y que cada cual exhume, clara y razonadamente, su juicio íntimo.

I

CUNEGUNDE, OR THE SPANISH PUBLIC OPINION

I have always heard it said that in Spain Parliament does not represent public opinion. But, despite having always heard it said, I have never managed to believe it. What is more, I have not even managed to understand well what is meant by those words. If, instead of sliding over them, we press them a little with our attention, forcing them to pour out their precise sense, we find ourselves faced with a contradictory idea. On the one hand, indeed, they seem to indicate that the relations between Parliament and public opinion are in Spain abnormal, that the Cortes are a fiction; on the other, they recognize that those relations have acquired in our country an inveterate character and perpetuate themselves tranquilly.

Now, I do not believe that to qualify a historical fact, a social phenomenon, as normal we find any other symptom than that of being repeatedly tolerated by society without adequate protest. Where, then, do we stand? Are the relations between Parliament and Spanish public opinion normal or anomalous?

One may admit that one day the public opinion of a nation may be supplanted by means of surprise and violence. But one cannot admit that, without surprise and without violence, day after day, and all days, public opinion should let itself be cynically supplanted. If we saw a woman coming to us, her breath convulsed, her hair flying, and clamoring that she had been violated on the neighboring mountain, we would tend to believe her; but if the scene repeats itself methodically, we shall begin to suspect her virtue. Well then, Spanish public opinion comes to be, as in Voltaire’s Candide, the gentle Cunegunde, who as often as the occasion presents itself is unfailingly violated.

Like every contradiction, that of the aforesaid commonplace comes from the fact that with one and the same word we refer to diverse things. One starts from an erroneous supposition: that of believing that Spanish public opinion is, more or less, the same thing as French or English or German public opinion. Since our Parliament is, evidently, a very different thing from the English or the French, when we set it face to face with that European-type public opinion, the disproportion hits us in the face. But if we correct the erroneous supposition and compare our Parliament with our real and true public opinion, we shall see that they coincide exactly. Our Cortes are not a fiction; the fiction is the idea we have of our public opinion.

What? — I shall be told. Do you believe that the national majority has really burned with conservative faith or with liberal faith, to the beat of the turn of the parties that displayed in Parliament their alternating majorities? No; I do not believe that. The Spanish people was not conservative today and liberal tomorrow, or vice versa. Even in this the two alternating parties resembled each other, of which neither the conservative was, in effect, conservative, nor the liberal, liberal. They were not and are not two parties of different ideas, but two groups of different persons. Public opinion periodically glutted itself with some persons and changed its posture by tolerating the others. Now it seems to have tired of these personal changes and aspires to more substantial mutations. There is announced in the people a longing for material well-being, and since this is born of money, public opinion has opined for the highest bidder. The Spanish soul does not yet have strong historical ideals, but it is already beginning to possess clear economic notions. Thus these elections have taken on an accentuated stock-exchange physiognomy.

Patriotism obliges us to feel shame, but at the same time to feel it calmly, fixing the pupil well upon the facts. He is not a patriot who laments, nor he who disguises the profile of the paternal reality, but he who bravely tries to see things clearly, and in view of them meditates the cure.

Innumerable pieces of news that reach us from everywhere, but, above all, facts like those openly declared by Don Gabriel Maura, prove, without room for doubt, that the eagerness of the candidates to buy the people has been greater than the urgency of the people to sell itself to the candidates.

Once more, and with a new pretext, our national Cunegunde has advanced spontaneously toward violation.

El Sol, 2 de marzo de 1918

II

THE MORAL OF A POSTER

Universal suffrage has this time dressed itself in gold and silver like a bullfighter. The pecuniary character of the recent elections constitutes its most salient trait. For that reason, in attempting in this series of notes a moral anatomy of them, I have begun by underscoring their financial profile. The fact offers a first aspect so repugnant that no moderately honest soul will be able to repress a gesture of disgust and disdain.

With that gesture we have satisfied a certain propensity to pathetic histrionics which, more or less, we all feel. Society delights in fostering in us, even in the most sincere and resolute, a crust or armor of Tartufferie, a repertory of hypocritical conventional gestures, with which we go out to meet events. Thus, in speaking of the intervention of money in elections, we pretend to feel all the nausea that a fervent Lutheran, drunk with mystical exaltation, experienced before simoniacal Rome.

Because, in effect, democracy has claimed for itself all the superstitious pathos that it wishes to refuse to religion. For a democrat, the vote is as holy a thing as communion is for the Catholic, and fires in him analogous sentiments.

Against this democratic mysticism all truly liberal and liberated men must fight. The aspiration of democracy is the empire of good sense and the annihilation of every superstition and turbid passion in the political relations of men. Democracy renounces, as it does the miracle, ecstasy.

Let us not, then, exaggerate our Tartufferie. It is painful and it is repugnant that money should manipulate the elections; but if we attend to the concrete circumstances of Spanish public life, the aspect of depravation that, in the abstract, this fact would have, diminishes greatly.

Anyone who has walked the streets of Madrid in the days preceding the election has been able to measure, with a foundation of sincerity and discretion that no one should lack, where the effective immorality existing in the simony of suffrage ends, and where the hypocritical rhetoric of a false democracy begins. It was enough for us to read one of the educational posters that were pasted, as doctrinal appendices, to the lists of candidates. In it was said: ‘You sold your vote, you will sell your daughter.’ I do not know what the others will have felt; but I declare that if that poster did not seem irritating to me, it was because it seemed too stupid and brutal to me.

Here we find a monstrous example of the ridiculous hypertrophy to which the past century has brought the political function. Is there a more absurd pretension than inviting us to place in the same rank of valuation a vote and a daughter, the resolution in matter of politics — which is, the more honorable, the more aleatory and problematic — alongside the clearest and most delicate bond that perhaps exists: that of a father with his son? A worker whom I usually employ told me on Monday: ‘I have sold my vote for twenty-five pesetas so that my children might eat this week.’ On hearing him we were passing beneath the aforementioned poster, and I felt toward its anonymous author a boundless contempt.

The buying of votes deserves no attenuations, but the selling does. He who buys has always repelled me more than he who sells himself.

Let us recognize, above all, that in the greater part of the Spanish districts this time, less than ever, ideas have fought. It is not, then, a question of the Spanish proletarian having delivered to money the vote that he should have given to his idea. The only place where a political ideal has risen in vague silhouette is Catalonia, and despite being the richest region of Spain, it has committed simony less extensively. But we live in a land where any audacious fellow who sets himself to roaring and to spitting stupidities at a meeting pretends to represent an idea, and is surprised that the people does not let its breast be riddled with bullets to exalt his wretched person to the deputation. Between a coin and an idea, only a fool can hesitate.

It behooves us, in these experiences that the paternal soul is undergoing, to resort to commentary with loyal integrity, and that each one exhume, clear and reasoned, his intimate judgment.

I

CUNEGONDA O L’OPINIONE PUBBLICA SPAGNOLA

Ho sempre sentito dire che in Spagna il Parlamento non rappresenta l’opinione pubblica. Ma, malgrado averlo sentito dire sempre, non sono mai riuscito a crederlo. È di più, non sono riuscito nemmeno a capire bene che cosa si voglia dire con quelle parole. Se invece di scivolare sopra di esse, le stringiamo un poco con l’attenzione, obbligandole a versare il loro senso preciso, ci troviamo con un’idea contraddittoria. Da un lato, in effetto, sembrano indicare che le relazioni tra il Parlamento e l’opinione pubblica sono in Spagna anormali, che le Cortes sono una finzione; dall’altro, riconoscono che quelle relazioni hanno acquistato nel nostro paese un carattere inveterato e si perpetuano tranquillamente.

Ora, non credo che per qualificare di normale un fatto storico, un fenomeno sociale, troviamo altro sintomo che quello di essere reiteratamente tollerato dalla società senza adeguata protesta. In che restiamo, dunque? Sono normali o anomale le relazioni tra il Parlamento e l’opinione pubblica spagnola?

C’è da ammettere che un giorno l’opinione pubblica di una nazione sia soppiantata per mezzo della sorpresa e della violenza. Ma non c’è da ammettere che, senza sorpresa e senza violenza, un giorno e un altro, e tutti, l’opinione pubblica si lasci cinicamente soppiantare. Se vedessimo giungere a noi una donna, convulso il respiro, le chiome al vento e gridando che è stata nel vicino monte violata, tenderemmo a crederle; ma se la scena si ripete metodicamente, cominceremo a sospettare della sua virtù. Orbene, l’opinione pubblica spagnola viene a essere, come nel Candido di Voltaire, la gentile Cunegonda, che quante volte l’occasione si presenta resta indefettibilmente violata.

Come ogni contraddizione, quella del sopraddetto luogo comune proviene dal fatto che con una stessa parola ci riferiamo a cose diverse. Si parte da un supposto erroneo: quello di credere che l’opinione pubblica spagnola sia, poco più o poco meno, la stessa cosa che l’opinione pubblica francese o inglese o tedesca. Siccome il nostro Parlamento è, evidentemente, cosa molto diversa dall’inglese o dal francese, nell’enfrontarlo con quella opinione pubblica di tipo europeo, ci dà in faccia la sproporzione. Ma se correggiamo l’erroneo supposto e confrontiamo il nostro Parlamento con la nostra reale e vera opinione pubblica, vedremo che coincidono esattamente. Le nostre Cortes non sono una finzione; la finzione è l’idea che della nostra opinione pubblica abbiamo.

Come? — mi si dirà. Crede Lei che la maggioranza nazionale sia arsa realmente in fede conservatrice o in fede liberale, al ritmo del turno dei partiti che spiegavano nel Parlamento le loro alternative maggioranze? No; io non credo questo. Il popolo spagnolo non era oggi conservatore e domani liberale, o viceversa. Anche in questo si somigliavano i due partiti turnanti, dei quali né il conservatore era, in effetto, conservatore, né il liberale, liberale. Non erano né sono due partiti di idee diverse, ma due gruppi di persone diverse. L’opinione pubblica si saziava periodicamente di alcune persone e cambiava postura tollerando le altre. Ora sembra essersi stancata di questi cambiamenti personali e aspira a mutazioni più sostanziose. Si annuncia nelle genti un anelito di benessere materiale, e siccome questo nasce dal denaro, l’opinione pubblica ha opinato per il migliore offerente. L’anima spagnola non ha ancora forti ideali storici, ma comincia già a possedere chiare nozioni economiche. Così queste elezioni hanno preso un’accentuata fisionomia borsistica.

Il patriottismo ci obbliga a sentire vergogna, ma a un tempo a sentirla con calma, fissando bene la pupilla sui fatti. Non è patriota chi si lamenta né chi maschera il profilo della realtà patria, ma chi procura valorosamente di vedere le cose chiare, e in vista di esse medita la cura.

Notizie innumerevoli che ci giungono da dovunque, ma, soprattutto, fatti come quelli dichiarati paladinamente da don Gabriel Maura, provano, senza margine al dubbio, essere stato maggiore l’ansia dei candidati di comprare il popolo, l’urgenza del popolo di vendersi ai candidati.

Una volta di più, e con nuovo pretesto, la nostra Cunegonda nazionale è avanzata spontaneamente verso la violazione.

El Sol, 2 de marzo de 1918

II

LA MORALE DI UN MANIFESTO

Il suffragio universale si è vestito questa volta d’oro e d’argento come un torero. Il carattere pecuniario delle ultime elezioni costituisce il suo tratto più saliente. Per tale ragione, nel tentare in questa serie di note un’anatomia morale di esse, ho cominciato per sottolineare il suo profilo finanziario. Il fatto offre un primo aspetto tanto ripugnante, che nessun’anima mediamente onesta potrà reprimere un gesto di schifo e di disdegno.

Con quel gesto abbiamo soddisfatto una certa propensione al patetico sbraccio che, più o meno, sentiamo tutti. La società si compiace fomentando in noi, anche nei più sinceri e risoluti, una crosta o corazza di tartuferia, un repertorio di ipocriti gesti convenuti, con i quali usciamo all’incontro dei successi. Così, nel parlare dell’intervento del denaro nelle elezioni, facciamo mostra di sentire tutte le nausee che un fervoroso luterano, ebbro di mistica esaltazione, esperimentava dinanzi alla Roma simoniaca.

Perché, in effetto, la democrazia ha ricavato per sé tutto il patetismo superstizioso che vuole rifiutare alla religione. Per un democratico, il voto è cosa tanto santa quanto per il cattolico la comunione, e spara in lui analoghi sentimenti.

Contro questo misticismo democratico devono combattere tutti gli uomini veramente liberali e liberati. L’aspirazione della democrazia è l’impero del buon senso e dell’annientamento di ogni superstizione e passione torbida nelle relazioni politiche degli uomini. La democrazia rinuncia, come al miracolo, all’estasi.

Non esageriamo, dunque, la nostra tartuferia. È doloroso ed è ripugnante che il denaro manipoli nei comizi; ma se badiamo alle circostanze concrete della vita pubblica spagnola, scema molto il cariz di depravazione che, in astratto, avrebbe questo fatto.

Tutto colui che sia andato per le strade di Madrid nei giorni precedenti all’elezione, ha potuto misurare, con un fondo di sincerità e discrezione che a nessuno deve mancare, dove finisce l’effettiva immoralità esistente nella simonia del suffragio, e dove comincia la retorica ipocrita di una falsa democrazia. Ci bastava leggere uno dei cartelli educativi che stavano incollati, come appendici dottrinali, alle liste dei candidati. In esso si diceva: «Hai venduto il tuo voto, venderai tua figlia». Io non so che cosa avranno sentito gli altri; ma io dichiaro che se non mi parve irritante quel cartello, fu perché mi parve troppo sciocco e brutale.

Qui troviamo un esempio mostruoso della ridicola ipertrofia a cui il secolo passato ha portato la funzione politica. C’è più assurda pretesa che invitarci a situare nello stesso rango di valorizzazione un voto e una figlia, la risoluzione in materia politica — che è, quanto più onesta, in maggior grado aleatoria e problematica — accanto al nesso più chiaro e delicato che forse esiste: quello di un padre con il suo figlio? Un operaio a cui soglio dare lavoro, mi diceva il lunedì: «Io ho venduto il mio voto in venticinque pesetas perché i miei figli mangiassero questa settimana». Nell’udirlo passavamo sotto il cartello alluso, e io sentii verso il suo anonimo autore un disprezzo senza rive.

La compra di voti non merita attenuazioni, ma la vendita sì. Mi ha sempre ripugnato di più chi compra che chi si vende.

Riconosciamo, prima di tutto, che nella maggior parte dei distretti spagnoli questa volta, meno che mai, hanno combattuto idee. Non si tratta, dunque, che il proletario spagnolo abbia consegnato al denaro il voto che doveva dare alla sua idea. L’unico luogo dove si è levata in vaga silhouette un ideale politico, è la Catalogna, e malgrado essere la regione più ricca di Spagna, ha commesso meno ampiamente simonia. Ma viviamo in una terra dove qualsiasi audace che si metta a dare ruggiti e a sputare stupidaggini in un comizio pretende rappresentare un’idea, e gli sembra strano che il popolo non si lasci forare a colpi di proiettili il petto per esaltare a deputato la sua misera persona. Tra una moneta e un’idea, soltanto può dubitare uno sciocco.

Conviene in queste esperienze che va facendo l’anima patria ricorrere al commentario con leale interezza, e che ciascuno esuma, chiara e ragionata, la sua intimità di giudizio.

Prefiero mil veces que el censo se venda a que el censo se regale. Siquiera por aquel triste medio aprenderán los españoles a dar valor a su voto, y descubrirán que ese derecho soberano a elegir constituye una propiedad real y eficiente, patrimonio de cada ciudadano. Sesenta años de discursos no han servido, al parecer, para que se enteren de que ese pequeño tesoro existía. Esperemos que en unos años de finanza electoral hagan mejor aprendizaje. Tal vez así, cuando vuelvan a inyectarse en el aire social fuertes ideas políticas, encuentren un pueblo que tiene de su soberanía una noción más clara y hasta métricodecimal. Ahora, como siempre, será la economía el mejor pedagogo del derecho.

Modérese, pues, en lo posible el aspaviento. Es vergonzosa, es lamentable la moral política de nuestro pueblo; mas para corregirla será preciso que se ocupen en educarlo otros hombres muy distintos de los que representan imágenes tan torpes como ésta de confundir los votos con los hijos. A poco buen sentido que tenga, se dirá, como me decía mi amigo el obrero: «Este hombre cree que su elección puede ser para mí cosa tan grave como la suerte de mi hija. Este hombre debe de ser muy vanidoso; pero, desde luego, es un farsante».

El Sol, 3 de marzo de 1918

I prefer a thousand times that the electoral roll be sold than that the electoral roll be given away. If only by that sad means the Spaniards will learn to set value on their vote, and they will discover that that sovereign right to elect constitutes a real and effective property, patrimony of every citizen. Sixty years of discourses have not served, it seems, to make them realize that this little treasure existed. Let us hope that in a few years of electoral finance they may learn better. Perhaps thus, when strong political ideas are again injected into the social air, they will find a people that has a clearer and even metric-decimal notion of its sovereignty. Now, as always, the economy will be the best pedagogue of the law.

Let the fuss, then, be moderated as far as possible. It is shameful, it is lamentable, the political morality of our people; but to correct it, it will be necessary that other men, very different from those who represent such clumsy images as this of confounding votes with children, should occupy themselves in educating it. However little common sense he may have, one will say, as my friend the workman used to say to me: “This man believes that his election can be for me a thing as grave as the fate of my daughter. This man must be very vain; but, assuredly, he is a charlatan.”

The Sun, 3 March 1918

Preferisco mille volte che il censo si venda piuttosto che il censo si regali. Se non altro per quel triste mezzo impareranno gli spagnoli a dare valore al loro voto, e scopriranno che quel diritto sovrano di eleggere costituisce una proprietà reale ed efficiente, patrimonio di ogni cittadino. Sessant’anni di discorsi non sono serviti, a quanto pare, perché si rendano conto che quel piccolo tesoro esisteva. Speriamo che in alcuni anni di finanza elettorale facciano un miglior apprendimento. Forse così, quando torneranno a iniettarsi nell’aria sociale forti idee politiche, troveranno un popolo che ha della propria sovranità una nozione più chiara e persino metricodecimale. Ora, come sempre, sarà l’economia il miglior pedagogo del diritto.

Si moderi, quindi, per quanto possibile, la smanceria. È vergognosa, è lamentabile la morale politica del nostro popolo; ma per correggerla sarà necessario che si occupino di educarlo altri uomini molto diversi da quelli che rappresentano immagini così goffe come questa di confondere i voti con i figli. Per poco buon senso che abbia, si dirà, come mi diceva il mio amico operaio: «Quest’uomo crede che la sua elezione possa essere per me cosa tanto grave quanto la sorte di mia figlia. Quest’uomo dev’essere molto vanitoso; ma, senza dubbio, è un farsante».

Il Sole, 3 marzo 1918