Ortega y Gasset
Abstract
A proposed minimum programme for the coming government: national transformation will be either orderly or chaotic, and as much disorder will be avoided as radicalism is anticipated from power — «form is the only bad thing about revolutions». Its chapters: constitutional reform (absolute liberty of conscience and secularization of the state, intangible guarantees for liberties, an action for unconstitutionality, abolition of the Senate), decentralization, social policy.
Connections
Assi: Stato e individuo
Posizioni: libertà di coscienza, rivoluzione
Concetti: Stato, legge, libertà
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Queramos o no, el punto a que ha llegado la situación interior de España coincidiendo con el profundo cambio de la vida mundial, nos obliga a hacer los grandes ensayos, a ejecutar las transmutaciones de alto calibre. La burla, la ficción, el acomodo han concluido. Es decir, puede que perduren dentro de los individuos; pero una ineluctable mecánica más fuerte que todos los individuos, la gigantesca potencia de la necesidad histórica, pasará sobre el burlón, el fingidor y el acomodable, ejerciendo su terrible menester de trituración. Queramos o no, España, nuestra pobre España paralítica, crujirá de Norte a Sur. Más de una vez he afirmado que era cosa fácil librarse de la guerra, pero que es imposible librarse de la paz, sobre todo de esta paz, que, abriendo de par en par el Continente, va a suscitar tremendos vendavales históricos.
Ahora bien, la transformación nacional que sobreviene puede ser de dos maneras: ordenada o caótica. Y es sobrado ya el tiempo para que comience a entreverse quiénes prefieren la una o la otra manera. Son partidarios de la transformación ordenada los que, sin aguardar a más requerimientos, se pongan en marcha hacia ella y comiencen desde donde se hallen una labor enérgica y ejecutiva, organizándose en nueva fuerza social que se niegue a convivir una hora más con la España oficial y oficiosa. Son partidarios del caos los que para moverse esperen a ser arrollados.
Dentro de pocos días, tal vez en la semana que empieza, abandonará el Poder el Gobierno actual. Desde ese momento empieza una nueva era española, aun cuando se obstinasen en lo contrario todos los españoles. Y me parece incomprensible que a estas horas no haya sido removida toda la nación para hacer frente a circunstancias que son a la vez tan graves y tan próximas. Yo he hecho lo que podía desde estas columnas; pero lamento que los que pueden mucho más que yo no hayan hecho todo lo que pueden. De tal suerte, va a llegar el instante de la crisis sin que la sensibilidad pública haya sido orientada hacia nuevas aspiraciones valientes y concretas.
¿Cuáles pueden ser éstas? ¿Cuál debe ser el programa en torno al cual se articule el nuevo Gobierno? Este es el punto a que antes aludía, el punto que va a separar los hombres del orden y los hombres del caos. Aquéllos serán los que adopten desde luego una actitud de contenido revolucionario; éstos, los que se obstinen en no aceptar transformaciones radicales. Si triunfan hoy los últimos, el contenido revolucionario triunfará de todos modos mañana, pero en forma atrozmente revolucionaria. Ahora bien, la forma es lo único malo de las revoluciones.
La tranquilidad de España en los próximos meses depende, a mi juicio, de que exista un número suficiente de ciudadanos capaces de admitir esta proposición: dadas las circunstancias presentes y presumibles, se evitará tanto disturbio, convulsión y caos social, cuanto se anticipe de radicalismo en el programa del nuevo Gobierno. Toda timidez que impida llegar desde luego a un cierto mínimum de reforma interior, será fatal para unos y otros.
Dejando, pues, a un lado las modulaciones que en el detalle imponen las teorías políticas particulares, podrían ya definirse los temas esenciales de una política inminente. Entre esos temas esenciales hay, ante todo, tres capítulos de nueva legislación sustantiva, a saber: reforma constitucional, descentralización, política social.
Reforma constitucional.— Las Cortes Constituyentes habrán de discutir sin limitaciones el código fundamental; pero el programa de Gobierno debería destacar ciertas reformas para solidarizarse con ellas. La primera de todas había de ser la instauración de la absoluta libertad de conciencia, con perfecta secularización del Estado, aunque perduren las cargas de culto y clero.
La segunda sería el establecimiento de garantías eficaces para la invulnerabilidad de las libertades, según el principio siguiente: en una Constitución no existen las libertades cuando en esa Constitución no existen las garantías inequívocas e intangibles para esas libertades.
La tercera —consecuencia de la anterior— sería definir una acción por anticonstitucionalidad, y otra por abusos de autoridad con procedimientos rápidos y ejecutivos.
La cuarta sería la supresión del Senado, instituto anacrónico que es en los Estados contemporáneos la quinta rueda del carro.
Descentralización.— Es preciso adaptar la estructura del Estado español a la realidad nacional. Las distintas regiones de España se hallan en grados muy diversos de evolución histórica: Cataluña, el País Vasco, Aragón, Navarra, Asturias y Galicia poseen una conciencia colectiva diferencial, que aún no ha aparecido, que acaso en la misma forma no aparezca nunca en las Castillas, Extremadura y Andalucía. Por otra parte, Valencia y Murcia se encuentran en un período de transición que tal vez aguarda sólo circunstancias favorables para llegar a concretarse. Promúlguese una organización federativa que permita conceder la autonomía en formas graduales, según la necesidad de las regiones. El uniformismo legislativo, el derecho político, es cómodo, pero suele ser agostador de vitalidad. Si la realidad nacional es multiforme, séalo también la estructura legal.
Política social.— Si son urgentes los progresos significados en los dos capítulos anteriores, lo es mucho más iniciar una política social de carácter completamente nuevo. ¿En qué consiste este nuevo carácter? Hasta ahora, cuanto se ha hecho en materia social fue inspirado por una intención conservadora, en el peor sentido de este adjetivo. Desear que las cosas no se hagan de pronto, que lleguen paulatinas en lenta evolución, puede argüir delicadeza de temperamento y mansedumbre de humor. Pero no es ésta la condición de los conservadores, al menos de los españoles. Las leyes obreras que han otorgado, no significan un previo deseo de ir realizando la socialización de la sociedad: todo lo contrario. Para los conservadores, lejos de ser un ideal el socialismo, es la terrible amenaza que se cierne sobre la historia contemporánea. Hacer una ley social significa para ellos levantar un talud que contenga el socialismo.
Si invertimos los términos, tendremos una política social de signo contrario a la conservadora. Deseamos la socialización de la sociedad: esto supone la equiparación del obrero con las demás clases sociales, no sólo en el orden jurídico, sino en el económico, en el moral y en el intelectual. El llamado «movimiento obrero», con sus cooperativas, con sus propagandas, con sus huelgas, con sus organismos de resistencia, trata de conseguir esa equiparación integral. Pero lo hace con pocos medios y graves dificultades. Pues bien, que el Estado organice esa progresiva elevación de la clase obrera. La imposición más equitativa, la intervención en los conflictos del capital con el trabajo deberán hacerse más audaces. Pero no basta con esto. Es preciso que se cree lo que podríamos llamar un ministerio de Organización Obrera (partiendo, tal vez, de lo que hoy es el Instituto de Reformas Sociales). Su misión consistiría en emplear los medios superiores del Estado —buena parte de los gastos militares deberían transferirse a este ministerio— para lograr una educación intensiva del obrero, para ampliar enormemente su vida cooperativa, el socorro y el retiro. Y todo ello habría, naturalmente, de hacerse entregando el Estado sus medios, en la medida posible, a los obreros mismos, de suerte que este ministerio fuese como un sindicato de sindicatos. Excluyendo de él todos los conflictos atañederos a las huelgas, aparecerá más clara su diferencia de lo que suelen ser los llamados ministerios del Trabajo.
Estos son, en mi entender, los temas sustantivos del programa mínimo que las circunstancias exigen. Junto a ellos es forzoso situar otros dos puntos de carácter más adjetivo, pero que hoy, en España, adquieren importancia suma.
Otro día hablaré de ellos.
El Sol, 4 de noviembre de 1918
Whether we will or not, the point to which the internal situation of Spain has arrived, coinciding with the profound change of world life, obliges us to make the great essays, to execute the high-caliber transmutations. Mockery, fiction, accommodation have ended. That is, they may endure within individuals; but an ineluctable mechanics stronger than all individuals, the gigantic power of historical necessity, will pass over the mocker, the feigner, and the accommodating one, exercising its terrible office of trituration. Whether we will or not, Spain, our poor paralytic Spain, will creak from North to South. More than once I have affirmed that it was an easy thing to free oneself of the war, but that it is impossible to free oneself of peace, above all of this peace, which, opening the Continent from side to side, is going to raise tremendous historical gales.
Now, the national transformation that supervenes may be of two manners: orderly or chaotic. And the time is already more than enough for it to begin to be glimpsed who prefers the one or the other manner. Partisans of the orderly transformation are those who, without awaiting further demands, set themselves in march toward it and begin from wherever they are an energetic and executive labor, organizing themselves as a new social force that refuses to live together one hour more with official and officious Spain. Partisans of chaos are those who, in order to move, wait to be swept away.
Within a few days, perhaps in the week that begins, the present Government will leave Power. From that moment a new Spanish era begins, even though all Spaniards obstinately wished the contrary. And it seems to me incomprehensible that at this hour the whole nation has not been stirred to face circumstances that are at once so grave and so near. I have done what I could from these columns; but I regret that those who can do much more than I have not done all that they can. In such a way, the instant of the crisis is going to arrive without the public sensibility having been oriented toward new courageous and concrete aspirations.
What can these be? What must be the program around which the new Government articulates itself? This is the point to which I alluded before, the point that is going to separate the men of order from the men of chaos. The former will be those who from the outset adopt an attitude of revolutionary content; the latter, those who obstinately refuse to accept radical transformations. If the latter triumph today, the revolutionary content will triumph all the same tomorrow, but in an atrociously revolutionary form. Now, form is the only bad thing about revolutions.
The tranquillity of Spain in the coming months depends, in my judgment, on there existing a sufficient number of citizens capable of admitting this proposition: given the present and presumable circumstances, so much disturbance, convulsion, and social chaos will be avoided as radicalism is anticipated in the program of the new Government. Every timidity that prevents arriving at once at a certain minimum of internal reform will be fatal for one and for the other.
Leaving, then, to one side the modulations that particular political theories impose in detail, the essential themes of an imminent politics could already be defined. Among those essential themes there are, above all, three chapters of new substantive legislation, to wit: constitutional reform, decentralization, social policy.
Constitutional reform.— The Constituent Cortes will have to discuss without limitations the fundamental code; but the Government’s program should highlight certain reforms in order to stand in solidarity with them. The first of all should be the establishment of the absolute freedom of conscience, with perfect secularization of the State, even though the burdens of cult and clergy should endure.
The second would be the establishment of effective guarantees for the invulnerability of liberties, according to the following principle: in a Constitution liberties do not exist when in that Constitution there do not exist the unequivocal and intangible guarantees for those liberties.
The third — a consequence of the previous one — would be to define an action for unconstitutionality, and another for abuses of authority, with rapid and executive procedures.
The fourth would be the suppression of the Senate, an anachronistic institute that is in the contemporary States the fifth wheel of the cart.
Decentralization.— It is necessary to adapt the structure of the Spanish State to the national reality. The different regions of Spain are found at very diverse degrees of historical evolution: Catalonia, the Basque Country, Aragon, Navarre, Asturias, and Galicia possess a differential collective consciousness, which has not yet appeared, which perhaps in the same form will never appear in the Castiles, Extremadura, and Andalusia. On the other hand, Valencia and Murcia find themselves in a period of transition that perhaps awaits only favorable circumstances in order to become concrete. Let a federative organization be promulgated that permits granting autonomy in gradual forms, according to the need of the regions. Legislative uniformism, political law, is comfortable, but is usually withering of vitality. If the national reality is multiform, let the legal structure be so too.
Social policy.— If the advances signified in the two preceding chapters are urgent, it is much more urgent to initiate a social policy of a completely new character. In what does this new character consist? Until now, whatever has been done in social matter was inspired by a conservative intention, in the worst sense of that adjective. To desire that things not be done suddenly, that they arrive gradually in slow evolution, may argue delicacy of temperament and gentleness of humor. But this is not the condition of the conservatives, at least of the Spanish. The labor laws they have granted do not signify a prior desire to go on realizing the socialization of society: quite the contrary. For the conservatives, far from being an ideal, socialism is the terrible threat that looms over contemporary history. To make a social law means for them to raise an embankment that contains socialism.
If we invert the terms, we shall have a social policy of a sign contrary to the conservative. We desire the socialization of society: this supposes the equalization of the worker with the other social classes, not only in the juridical order, but in the economic, the moral, and the intellectual. The so-called ‘labor movement,’ with its cooperatives, with its propagandas, with its strikes, with its organs of resistance, tries to attain that integral equalization. But it does so with few means and grave difficulties. Well then, let the State organize that progressive elevation of the working class. The most equitable taxation, intervention in the conflicts of capital with labor, must be made bolder. But this is not enough. It is necessary that there be created what we might call a ministry of Workers’ Organization (starting, perhaps, from what today is the Institute of Social Reforms). Its mission would consist in employing the superior means of the State — a good part of the military expenditures should be transferred to this ministry — to achieve an intensive education of the worker, to enlarge enormously his cooperative life, the relief, and the pension. And all this would naturally have to be done by the State delivering its means, in the measure possible, to the workers themselves, in such a way that this ministry should be like a union of unions. Excluding from it all the conflicts pertaining to strikes, its difference from what are usually called ministries of Labor will appear clearer.
These are, in my understanding, the substantive themes of the minimum program that the circumstances demand. Beside them it is compulsory to place two other points of a more adjectival character, but which today, in Spain, acquire supreme importance.
Another day I shall speak of them.
El Sol, 4 de noviembre de 1918
Vogliamo o no, il punto a cui è giunta la situazione interiore della Spagna, coincidendo con il profondo cambiamento della vita mondiale, ci obbliga a fare i grandi esperimenti, a eseguire le trasmutazioni di alto calibro. La burla, la finzione, l’accomodo sono finiti. Cioè, può darsi che perdurino dentro gli individui; ma una ineluttabile meccanica più forte di tutti gli individui, la gigantesca potenza della necessità storica, passerà sopra il burlone, il fingitore e l’accomodabile, esercitando il suo terribile mestiere di triturazione. Vogliamo o no, la Spagna, la nostra povera Spagna paralitica, scricchiolerà da Nord a Sud. Più di una volta ho affermato che era cosa facile liberarsi della guerra, ma che è impossibile liberarsi della pace, soprattutto di questa pace, che, aprendo da parte a parte il Continente, andrà a suscitare tremendi uragani storici.
Ora, la trasformazione nazionale che sopravviene può essere di due maniere: ordinata o caotica. Ed è già fin troppo il tempo perché cominci a intravedersi chi preferisce l’una o l’altra maniera. Sono partigiani della trasformazione ordinata quelli che, senza attendere ulteriori richiami, si mettano in marcia verso di essa e comincino da dove si trovano un lavoro energico ed esecutivo, organizzandosi in nuova forza sociale che si neghi a convivere un’ora di più con la Spagna ufficiale e ufficiosa. Sono partigiani del caos quelli che per muoversi aspettino a essere travolti.
Dentro pochi giorni, forse nella settimana che comincia, abbandonerà il Potere il Governo attuale. Da quel momento comincia una nuova era spagnola, anche se si ostinassero in contrario tutti gli spagnoli. E mi sembra incomprensibile che a quest’ora non sia stata rimossa tutta la nazione per far fronte a circostanze che sono a un tempo tanto gravi e tanto prossime. Io ho fatto ciò che potevo da queste colonne; ma rincresco che quelli che possono molto più di me non abbiano fatto tutto ciò che possono. Di tal guisa, arriverà l’istante della crisi senza che la sensibilità pubblica sia stata orientata verso nuove aspirazioni coraggiose e concrete.
Quali possono essere queste? Quale deve essere il programma intorno al quale si articoli il nuovo Governo? Questo è il punto a cui prima alludevo, il punto che andrà a separare gli uomini dell’ordine dagli uomini del caos. Quelli saranno quelli che adottino subito un’atteggiamento di contenuto rivoluzionario; questi, quelli che si ostinino a non accettare trasformazioni radicali. Se trionfano oggi gli ultimi, il contenuto rivoluzionario trionferà in ogni modo domani, ma in forma atrocemente rivoluzionaria. Ora, la forma è l’unica cosa cattiva delle rivoluzioni.
La tranquillità della Spagna nei prossimi mesi dipende, a mio giudizio, da che esista un numero sufficiente di cittadini capaci di ammettere questa proposizione: date le circostanze presenti e presumibili, si eviterà tanto disturbo, convulsione e caos sociale, quanto si anticipi di radicalismo nel programma del nuovo Governo. Ogni timidezza che impedisca di arrivare subito a un certo minimum di riforma interiore, sarà fatale per uni e per altri.
Lasciando, dunque, da parte le modulazioni che nel dettaglio impongono le teorie politiche particolari, potrebbero già definirsi i temi essenziali di una politica imminente. Tra quei temi essenziali ci sono, prima di tutto, tre capitoli di nuova legislazione sostantiva, vale a dire: riforma costituzionale, decentramento, politica sociale.
Riforma costituzionale.— Le Cortes Costituenti dovranno discutere senza limitazioni il codice fondamentale; ma il programma di Governo dovrebbe evidenziare certe riforme per solidarizzare con esse. La prima di tutte doveva essere l’instaurazione dell’assoluta libertà di coscienza, con perfetta secolarizzazione dello Stato, anche se perdurino i carichi di culto e clero.
La seconda sarebbe lo stabilimento di garanzie efficaci per l’invulnerabilità delle libertà, secondo il principio seguente: in una Costituzione non esistono le libertà quando in quella Costituzione non esistono le garanzie inequivoche e intangibili per quelle libertà.
La terza — conseguenza della precedente — sarebbe definire un’azione per anticostituzionalità, e un’altra per abusi di autorità con procedimenti rapidi ed esecutivi.
La quarta sarebbe la soppressione del Senato, istituto anacronistico che è negli Stati contemporanei la quinta ruota del carro.
Decentramento.— È necessario adattare la struttura dello Stato spagnolo alla realtà nazionale. Le diverse regioni di Spagna si trovano in gradi molto diversi di evoluzione storica: la Catalogna, il Paese Basco, l’Aragona, la Navarra, le Asturie e la Galizia possiedono una coscienza collettiva differenziale, che ancora non è apparsa, che forse nella stessa forma non apparirà mai nelle Castiglie, nell’Estremadura e nell’Andalusia. D’altra parte, Valencia e Murcia si trovano in un periodo di transizione che forse attende soltanto circostanze favorevoli per giungere a concretizzarsi. Si promulghi un’organizzazione federativa che permetta di concedere l’autonomia in forme graduali, secondo la necessità delle regioni. L’uniformismo legislativo, il diritto politico, è comodo, ma suole essere inaridente di vitalità. Se la realtà nazionale è multiforme, lo sia anche la struttura legale.
Politica sociale.— Se sono urgenti i progressi significati nei due capitoli precedenti, lo è molto di più iniziare una politica sociale di carattere completamente nuovo. In che consiste questo nuovo carattere? Finora, quanto si è fatto in materia sociale fu ispirato da un’intenzione conservatrice, nel peggior senso di questo aggettivo. Desiderare che le cose non si facciano di colpo, che arrivino graduali in lenta evoluzione, può arguire delicatezza di temperamento e mansuetudine d’umore. Ma non è questa la condizione dei conservatori, almeno degli spagnoli. Le leggi operaie che hanno concesso, non significano un previo desiderio di andare realizzando la socializzazione della società: tutto il contrario. Per i conservatori, lungi dall’essere un ideale il socialismo, è la terribile minaccia che si addensa sulla storia contemporanea. Fare una legge sociale significa per loro alzare un argine che contenga il socialismo.
Se invertiamo i termini, avremo una politica sociale di segno contrario alla conservatrice. Desideriamo la socializzazione della società: questo suppone l’equiparazione dell’operaio con le altre classi sociali, non soltanto nell’ordine giuridico, ma nell’economico, nel morale e nell’intellettuale. Il cosiddetto «movimento operaio», con le sue cooperative, con le sue propagande, con i suoi scioperi, con i suoi organismi di resistenza, cerca di conseguire quella equiparazione integrale. Ma lo fa con pochi mezzi e gravi difficoltà. Orbene, che lo Stato organizzi quella progressiva elevazione della classe operaia. L’imposizione più equa, l’intervento nei conflitti del capitale con il lavoro dovranno farsi più audaci. Ma non basta questo. È necessario che si crei ciò che potremmo chiamare un ministero di Organizzazione Operaia (partendo, forse, da ciò che oggi è l’Istituto di Riforme Sociali). La sua missione consisterebbe nell’impiegare i mezzi superiori dello Stato — buona parte delle spese militari dovrebbero trasferirsi a questo ministero — per conseguire un’educazione intensiva dell’operaio, per ampliare enormemente la sua vita cooperativa, il soccorso e il ritiro. E tutto ciò dovrebbe, naturalmente, farsi consegnando lo Stato i suoi mezzi, nella misura possibile, agli operai stessi, di guisa che questo ministero fosse come un sindacato di sindacati. Escludendo da esso tutti i conflitti attinenti agli scioperi, apparirà più chiara la sua differenza da ciò che sogliono essere i cosiddetti ministeri del Lavoro.
Questi sono, a mio intendere, i temi sostantivi del programma minimo che le circostanze esigono. Accanto a essi è forzoso situare altri due punti di carattere più aggettivo, ma che oggi, in Spagna, acquistano importanza somma.
Un altro giorno parlerò di essi.
El Sol, 4 de noviembre de 1918