Abstract

An exposition of ethnological method and Frobenius’s innovation: classifying tools by resemblance kills them; a bow is a vital and expressive fact revealing an «idea» of bow, and posing the question whether identical forms in distant places imply migration or independent invention. It presents Bastian’s distinction between «elementary ideas» and «ethnic or national ideas», made topical again by Spengler and Frobenius.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

He dicho que León Frobenius es un innovador de la etnología. Lo es por muchas razones; pero entre ellas por una eminente. Frobenius ha creado un nuevo método para la investigación etnológica. Como esta ciencia es muy poco conocida en España, convendrá dibujar previamente la situación en que se hallaba antes de intervenir aquél.

Imagínese el enorme montón de observaciones singulares que se han recogido sobre utensilios, costumbres, creencias, instituciones de los pueblos primitivos. ¿Qué hacer con todo ello? Lo primero que nos ocurre es clasificarlo según la semejanza de sus formas. De esta manera hallaremos, por ejemplo, las distintas clases de arcos y flechas. Pero al dar cima a nuestra clasificación nos encontramos con que no hemos hecho nada suficiente. El arco que, por caso, tenemos ante nuestros ojos, una vez clasificado, continúa exento de significación histórica, no nos «dice» nada. Esto indica que al clasificarlo lo hemos matado, o cuando menos, lo hemos tomado por su dimensión inerte y exánime. El arco de caza o de guerra es un producto vital, y todo hecho vital es un hecho expresivo. El arco significa una intención defensiva u ofensiva y es la huella de una inteligencia que ha buscado el medio de satisfacer esa intención. Como el arco, por su forma peculiar, pertenece a una clase o a otra, nos revela una índole intelectual determinada —una peculiar «idea» de arco. Ahora bien; esta idea ¿es autóctona del lugar donde el arco se ha hallado? ¿Ha nacido originalmente en aquella tribu y en aquel sitio? En el otro extremo de la tierra han sido encontrados otros arcos iguales. ¿Será que esta idea de arco ha venido de tan remoto lugar? ¿O al revés, de aquél a éste? Como el arco no anda solo, esa importación supone movimiento, emigración de masas humanas, cuando menos, contacto, trato, intercambio entre ellas —supone en suma, un proceso histórico. Ahora, al haber inyectado en el arco todas esas preguntas, recobra éste su vitalidad y nos habla con su forma, calladamente, como un alfabeto. La historia es un cuento verídico y los hechos sólo empiezan a ser históricos cuando se les suelta la lengua y comienzan a contarnos de humanas andanzas.

Sin embargo, este cuento que los objetos narran, es, a veces, muy complicado y lleno de problemas. Insistamos en nuestro ejemplo: en dos pueblos sumamente distantes se emplea un arco de la misma contextura. En todo el resto de sus utensilios, costumbres, instituciones, idioma, ambos pueblos son distintos. La coincidencia en la sola idea del arco ¿basta para que admitamos un parentesco o contacto entre dos pueblos tan distantes y tan distintos?

En la contestación a una pregunta como ésta han influido dos tendencias, dos temperamentos científicos. Hay etnólogos que propenden, con mayor o menor radicalismo, a atribuir toda identidad de forma a una comunidad de origen. La expresión eterna de esa tendencia lleva a afirmar que cada tipo de utensilio ha sido inventado sólo una vez, en un lugar determinado; su aparición en otros lugares implica un proceso migratorio. La otra tendencia rehusa admitir con tanta facilidad ese desplazamiento de los productos culturales y no halla inconveniente en suponer que un mismo objeto puede haber sido originalmente creado en sitios diferentes. Se trata, pues, de dos propensiones intelectuales de la que una se complace en subrayar la emigración o movimiento de las formas y la otra su autoctonía o indigenismo, su estática.

Adolfo Bastian dio un gran impulso a los trabajos etnológicos desde esta segunda propensión. Entre los productos de cultura distingue los que las dotes genéricas del hombre, sin más cualificación ni influencias, pueden en todo caso inventar; a esto llamó «ideas elementales» (Elementargedanken). Otros objetos, usos, etcétera, sólo son explicables partiendo del carácter peculiar de un pueblo que, incitado por las condiciones del medio circundante —«provincia geográfica»—, engendra productos peculiares. A esto llamó «ideas étnicas o nacionales» (Völkergedanken).

La importancia que este concepto de las «ideas nacionales» ha adquirido recientemente —con Spengler y Frobenius— nos invita a releer unas líneas del venerable Bastian que hoy nos parecen saturadas de evidencia. «Todo grupo humano —dice— posee su propio estilo y su expresión predilecta, sobre todo en el arte decorativo. Un trozo cualquiera de talla, sin dato alguno sobre la época y lugar de su confección, puede ser filiado siempre que se conozca aproximadamente el tipo de arte a que pertenece. No hay propiedad corporal que se conserve tan tenazmente como el estilo artístico. Cuando vemos que las mismas formas en los trabajos célticos del período de La Tène o de tallas irlandesas reaparecen en los herrajes medievales y en el estilo flamboyant de Francia, nos percatamos de la solidez con que está arraigada la tendencia a un cierto estilo y de la constancia con que formas expresivas semejantes brotan una y otra vez del mismo pueblo. Aún posteriormente hallamos que las horripilantes curvas en C, que ni son geometría ni ornamento vegetal, se presentan lo mismo en bronces célticos tardíos y en las tallas Luis XIV, de donde, por imitación, se han transmitido hasta los trebejos domésticos de nuestros días. Esta larga permanencia de los estilos al través de ingentes cambios históricos no es característica del arte céltico, sino que tiene lugar parejamente en Italia. Los rostros tiesos, rígidos, pesados, de cabellos lasos, característicos de la época de Constantino, suelen ser interpretados como meras degeneraciones del arte griego importado. Pero, en realidad, son reviviscencias de motivos indígenas: los ideales de la Italia arcaica recobran su predominio apenas desaparece el influjo helénico. Hay en el Vaticano un joven Hércules de tipo constantiniano que lleva una inscripción etrusca, testimonio de su remota antigüedad. Más al Oeste, los estilos longevos de Egipto, Babilonia, India, China, atestiguan con su supervivencia más allá de todos los cambios de gobiernos y todas las catástrofes históricas, igual vivacidad de la expresión artística. Es, pues, forzoso reconocer un principio del «gusto étnico», que pertenece a cada pueblo no menos que su lenguaje, que como el lenguaje puede ser prestado por un pueblo a otro; pero que resiste mejor que el idioma peripecias y períodos de desuso. Este medio de investigación merece un estudio más profundo del que hasta ahora se le ha dedicado».