Ortega y Gasset

Abstract

Articles on Spanish neutrality: more important than getting the international decision right is understanding the state of mind that produced it. True political realism consists in seeing that the supreme reality is the spiritual state of the people. Central claim: public opinion is nearly always larval or disguised, like dreams according to Freud, and must be deciphered like a hieroglyph.

Connections

Concetti: Stato, minoranza selecta
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

DESCONFIEMOS DE LA OPINIÓN PÚBLICA

Urge, entre otras cosas, que algún espíritu bien dotado para las delicadezas de la psicología social se ensaye en hacer la anatomía y la fisiología de este fenómeno: la neutralidad española. Bien está que se discuta si la resolución de neutralidad conviene o no a nuestro pueblo. Pero tan importante para el porvenir de España como acertar en esta actitud internacional, sería acertar en el análisis de por qué ha adoptado la que ha adoptado.

¿No es ésta una cuestión de interés puramente teórico? —se me dirá. Lo que importa es la oportunidad en las decisiones y no el conocimiento del estado de espíritu que impulsa al pueblo para adoptarlas. Tal es, en efecto, el modo de razonar usado entre nuestros políticos: esto es lo que entre ellos —claro está que sólo entre ellos— suele llamarse «realismo». A mí, en cambio, me parece un síntoma de la perversión intelectual que ha traído sobre los políticos españoles su condición de abogados u hombres de negocios —dos oficios en los que no se aprende nunca a buscar la realidad viva y que operan siempre sobre la superficie de la existencia colectiva. Por esto repetía Laboulaye: «Unos cuantos abogados son la sal de una asamblea; pero que se componga de ellos en sus tres cuartas partes, francamente, es demasiado».

Segregar de un acto o decisión los motivos íntimos, el clima espiritual que lo ha producido, es cometer el mayor delito de abstraccionismo, es —nunca mejor aplicada la frase vulgar— tomar el rábano por las hojas. Un mismo acto repetido por varios individuos, puede tener las significaciones más distintas en cada uno de ellos. Y aviado está quien, fundándose en aquella coincidencia sobre lo extremo de una acción, espera que seguirán coincidiendo en lo sucesivo.

El verdadero realismo político consiste, pues, en hacerse cargo de que la realidad máxima, la que lleva, soporta y da un sentido a todos los hechos públicos —sea una postura internacional, sea un motín callejero, sea la hostilidad contra un impuesto— es el estado espiritual de las gentes que integran la sociedad. De aquí que me parezca más importante que el acierto en este minuto suelto de nuestra política internacional, el acierto con que la minoría encargada de conducir la nación llegue a entender el estado íntimo de los españoles. Ese elemento tan sutil y tan difícil de determinar es la fuerza definitiva de que todo depende. Con el alma de los españoles es con quien tenemos que hacer o dejar de hacer. Técnica administrativa, economía, pedagogía, táctica política, aun poseídas en un grado de extrema perfección, serían inútiles si no aprendemos a ver claramente en el oscuro corazón español.

Y, sin embargo, nada más difícil. Toda una cordillera de tópicos falsos o insuficientes intercepta nuestra comprensión del sentir y querer colectivos. Tenemos de qué sea la opinión pública una opinión burda y elemental que pudo ser disculpable en los comienzos del régimen popular, ingenuos y simples como toda iniciación. Es preciso que nos libertemos resueltamente tanto de la jerga democrática como de la jerga tradicionalista. Porque yo supongo que, en el fondo de su conciencia, ningún hombre honesto, decidido a vivir su vida pública con limpieza, cohesión y transparencia, se contentará hoy con ninguna de estas dos fórmulas confusas: la política tiene que seguir a la opinión pública o la política tiene que seguir a la tradición.

Entre todas las observaciones que, en contra de las ideas recibidas, cabe hacer sobre la psicología de la opinión pública, hay una de evidente oportunidad y que podríamos expresar así: la opinión pública es casi siempre una opinión larvada o disfrazada. Dicho de otro modo: la opinión real de los círculos sociales no suele ser la que directamente parecen indicar sus palabras o sus actos. Acontece con el pensamiento público lo que, según el psiquiatra Freud con los sueños. Las cosas soñadas, dice, son símbolos de ideas y deseos que quedan ocultos. Un ensueño viene a ser como un jeroglífico que es preciso descifrar. Mas, en lugar de buscar a esta observación pruebas dialécticas, prefiero reducirme a un ejemplo, que acaso aproveche al futuro psicológico de la neutralidad de España.

La neutralidad de España es el resultado de numerosos círculos de opinión sumamente diversos entre sí. Actuando cada cual con su intención y sus motivos han venido a producir esa consecuencia común del modo que, según Lucrecio, moviéndose los átomos al azar vinieron a formar esta cosa que llamamos mundo, tan fortuita como amena.

¿Habrá quien crea que esos círculos, en apariencia partidarios de la neutralidad, es neutralidad lo que en verdad desean?

Por lo pronto, el círculo de los germanófilos que tan bravamente pugna por la no intervención, a nadie logra engañar. En su idioma espiritual neutralidad significa no alianza con los anglo-franceses. Quien no lo interprete así y tome aisladamente su demanda de neutralidad, queda obligado para lo sucesivo a contar con el círculo de los germanófilos como factor de pacifismo. Pero esta estimación sería paladinamente absurda. Sorprendemos, pues, un trozo de opinión pública que se dice neutralista precisamente porque no es neutral.

Más delicado es el caso en otro círculo de opinión ambiente que es, en mi entender, el más importante y el que en forma más grave influye sobre el país.

Me refiero al amplio círculo de opinión que, en realidad, y, aparte la ficción parlamentaria, coincide con los mayores jefes políticos. A ese círculo pertenece la mayor parte de las clases nacionales que se creen cultivadas y reflexivas, las que dominan en el Parlamento y en el periódico, en los centros consultivos o universitarios y en el senado de los casinos provinciales. ¿Qué valor de sinceridad tiene el neutralismo de esta masa de opinión? ¿Hasta qué punto coincide con su estado real de ánimo su actitud de no intervención? El jeroglífico queda descifrado en cuanto hagamos la siguiente consideración: este círculo, el más elevado de la conciencia española, pretende ser razonador. Opina en virtud de razones: no es impulsivo ni apasionado. Atribuiremos, pues, tanto de sinceridad a su conclusión cuanto creamos lícito suponerle sincero ante sus razones. Ahora bien, el esquema de su razonamiento es éste: la neutralidad es obligada porque España no tiene su Hacienda dispuesta a una guerra ni su Ejército, ni su Marina. El esfuerzo de dinero y de sangre exigido por la contienda bélica está aún más exigido por la reconstitución interior.

Este razonamiento adquiere todo su sentido hipócrita cuando recordamos que proviene de los directores titulados de la vida española. Ellos son los que no han hecho la Hacienda nacional, los que no han hecho el Ejército. ¿Podremos, en serio, creer que no quieren intervenir porque quieren, en cambio, reconstituir? ¿Dónde están las sombras siquiera de los ánimos para ello? ¿Dónde están ni siquiera los vagos propósitos? ¿Quién juzga capaz al señor Dato ni al señor Romanones, no ya de reconstituir, pero ni aun de querer con algún coraje la reforma de la más modesta institución? No hay un español que presienta por quién ni por dónde va a intentarse movimiento alguno de reconstitución. Es falso, es hipócrita decir que se quiere por eso la neutralidad. Se quiere, por lo contrario; para no tener que hacer eso ni nada. En este círculo, el más amplio, el más elevado, el más influyente, neutralidad quiere decir deseo de que la nación siga muerta. Lo mismo se viene diciendo desde hace cuarenta años: ninguna intervención fuera porque hace falta todo para el interior. Y durante cuarenta años no se ha hecho nada fuera y nada dentro.

Sólo una aparente excepción: Marruecos. Mas también contra nuestra acción en Marruecos se han esgrimido las dos razones que desde hace cuarenta años orientan nuestra política y hacen de ella una labor profundamente inmoral, la de ir destruyendo el alma española por cobardía, por inercia y por ineptitud. El caso de Marruecos requiere otro capítulo: en él veremos cómo no sólo la opinión de los círculos nacionales superiores es insincera, sino también la del círculo popular. Se nos dijo que el pueblo no quería ir a Marruecos. ¿Es esto verdad?

España, 25 de junio de 1915

II

MARRUECOS, ¿SÍ O NO?

Muy rara vez, decía yo, es la opinión pública lo que ella dice. Sólo en raros, fugitivos instantes de plenitud social, coincide lo que se dice con lo que se siente. Y no me refiero ahora a las falsificaciones premeditadas de la opinión que este político o aquel periódico intenten cometer. No; ella misma es insincera, reservada, jeroglífica. Dice siempre otra cosa, si no contraria, por lo menos distinta de la que siente.

I

Let us distrust public opinion.

It is urgent, among other things, that some spirit well endowed for the refinements of social psychology should attempt the anatomy and physiology of this phenomenon: Spanish neutrality. It is well that it be discussed whether the resolution of neutrality suits our people or not. But as important for the future of Spain as succeeding in this international attitude would be succeeding in the analysis of why she has adopted the one she has adopted.

Is not this a question of purely theoretical interest? —it will be said to me. What matters is the timeliness of decisions and not the knowledge of the state of mind which impels the people to adopt them. Such, in effect, is the manner of reasoning used among our politicians: this is what among them —of course, only among them— is wont to be called “realism.” I, on the other hand, consider it a symptom of that intellectual perversion which their condition as lawyers or businessmen has brought upon Spanish politicians —two callings in which one never learns to seek living reality and which always operate upon the surface of collective existence. For this reason Laboulaye used to repeat: “A few lawyers are the salt of an assembly; but that it should be composed of them to the extent of three-fourths, frankly, is too much.”

To separate out from an act or decision the intimate motives, the spiritual climate that has produced it, is to commit the greatest crime of abstractionism, it is—never better applied the vulgar phrase—to take the radish by the leaves. The same act repeated by several individuals may have the most different significations in each of them. And he is in a fine fix who, founding himself upon that coincidence as to the extreme of an action, expects that they will continue to coincide in the future.

The true political realism consists, then, in taking charge of the fact that the ultimate reality —the one that bears, sustains, and gives meaning to all public facts, be it an international stance, a street riot, or hostility toward a tax— is the spiritual state of the people who make up society. Hence it seems to me more important than success in this isolated moment of our international policy the success with which the minority entrusted with leading the nation comes to understand the intimate state of the Spaniards. That element so subtle and so difficult to determine is the definitive force on which everything depends. It is with the soul of the Spaniards that we have to do or not to do. Administrative technique, economics, pedagogy, political tactics, even possessed to a degree of extreme perfection, would be useless if we do not learn to see clearly into the dark Spanish heart.

And yet, nothing more difficult. A whole cordillera of false or insufficient commonplaces intercepts our understanding of the collective feeling and willing. We have a crude and elementary opinion of what public opinion is, which could be excusable in the beginnings of the popular regime, as ingenuous and simple as any initiation. It is necessary that we free ourselves resolutely from both the democratic jargon and the traditionalist jargon. Because I suppose that, at the bottom of his conscience, no honest man, determined to live his public life with cleanliness, cohesion and transparency, will content himself today with either of these two confused formulas: politics must follow public opinion or politics must follow tradition.

Among all the observations that, in opposition to received ideas, may be made concerning the psychology of public opinion, there is one of evident opportuneness, and we might express it thus: public opinion is almost always a latent or disguised opinion. In other words, the real opinion of social circles is not usually that which their words or acts directly seem to indicate. It happens with public thought as, according to the psychiatrist Freud, it happens with dreams. The things dreamt, he says, are symbols of ideas and desires which remain hidden. A dream comes to be like a hieroglyphic that must be deciphered. But, instead of seeking for this observation dialectical proofs, I prefer to confine myself to an example, which may perhaps profit the psychological future of the neutrality of Spain.

The neutrality of Spain is the result of numerous circles of opinion, extremely diverse among themselves. Each acting with its own intention and its own motives, they have come to produce that common consequence in the manner in which, according to Lucretius, the atoms moving at random came to form this thing which we call the world, as fortuitous as it is agreeable.

Will there be anyone who believes that those circles, apparently partisans of neutrality, it is neutrality that they in truth desire?

For the time being, the circle of the Germanophiles, which so bravely contends for non-intervention, succeeds in deceiving no one. In their spiritual language neutrality means no alliance with the Anglo-French. Whoever does not interpret it thus and takes in isolation their demand for neutrality is obliged henceforth to count the circle of the Germanophiles as a factor of pacifism. But this estimation would be palpably absurd. We thus surprise a fragment of public opinion that calls itself neutral precisely because it is not neutral.

More delicate is the case in another circle of ambient opinion which is, in my understanding, the most important and the one that in the most grave manner influences upon the country.

I refer to the broad circle of opinion which, in reality, and apart from parliamentary fiction, coincides with the principal political chiefs. To that circle belongs the greater part of the national classes that believe themselves cultivated and reflective, those which dominate in Parliament and in the newspaper, in consultative or university centres, and in the senate of the provincial casinos. What value of sincerity does the neutralism of this mass of opinion possess? To what extent does its attitude of non-intervention coincide with its true state of mind? The hieroglyph is deciphered as soon as we make the following consideration: this circle, the most elevated of Spanish consciousness, claims to be rational. It opines by virtue of reasons: it is neither impulsive nor passionate. We shall, therefore, attribute as much sincerity to its conclusion as we deem it licit to suppose it sincere before its reasons. Now, the scheme of its reasoning is this: neutrality is obligatory because Spain has not its Treasury disposed for war, nor its Army, nor its Navy. The effort of money and blood demanded by the warlike contest is even more demanded by the interior reconstitution.

This reasoning takes on all its hypocritical meaning when we remember that it comes from the titled directors of Spanish life. They are the ones who have not made the national Treasury, who have not made the Army. Can we, seriously, believe that they do not want to intervene because they want, instead, to reconstitute? Where are even the shadows of the dispositions to that end? Where are even the vague purposes? Who judges Mr. Dato or Mr. Romanones capable, not indeed of reconstituting, but not even of desiring with some courage the reform of the most modest institution? There is not a Spaniard who has a presentiment of by whom or in what direction any movement of reconstitution is going to be attempted. It is false, it is hypocritical to say that neutrality is wanted for that reason. It is wanted, on the contrary; so as not to have to do that or anything. In this circle, the widest, the highest, the most influential, neutrality means the desire that the nation remain dead. The same thing has been said for forty years: no intervention outside because everything is needed for the interior. And for forty years nothing has been done outside and nothing inside.

Only an apparent exception: Morocco. But also against our action in Morocco there have been wielded the two reasons that for forty years have guided our policy and made of it a profoundly immoral labour, that of destroying the Spanish soul little by little through cowardice, through inertia, and through ineptitude. The case of Morocco requires another chapter: in it we shall see how not only the opinion of the higher national circles is insincere, but also that of the popular circle. We were told that the people did not wish to go to Morocco. Is this true?

Spain, 25 June 1915

II

MOROCCO, YES OR NO?

Very rarely, I would say, is public opinion what it says. Only in rare, fugitive instants of social fullness does what is said coincide with what is felt. And I do not now refer to the premeditated falsifications of opinion that this politician or that newspaper may attempt to commit. No; it itself is insincere, reserved, hieroglyphic. It always says something else, if not contrary, at least different from what it feels.

I

Diffidiamo dell’opinione pubblica.

Urge, fra le altre cose, che qualche spirito ben dotato per le delicatezze della psicologia sociale si cimenti nel fare l’anatomia e la fisiologia di questo fenomeno: la neutralità spagnola. Bene sta che si discuta se la risoluzione di neutralità convenga o no al nostro popolo. Ma tanto importante per l’avvenire della Spagna quanto non sbagliare in questo atteggiamento internazionale, sarebbe non sbagliare nell’analisi del perché abbia adottato quello che ha adottato.

Non è questa una questione di interesse puramente teorico? —mi si dirà. Quel che importa è l’opportunità nelle decisioni e non la conoscenza dello stato d’animo che spinge il popolo ad adottarle. Tale è, in effetti, il modo di ragionare usato tra i nostri politici: questo è ciò che tra loro —s’intende, solo tra loro— si suole chiamare «realismo». A me, invece, sembra un sintomo della perversione intellettuale che la loro condizione di avvocati o uomini d’affari ha riversato sui politici spagnoli —due mestieri nei quali non si impara mai a cercare la realtà viva e che operano sempre sulla superficie dell’esistenza collettiva. Per questo ripeteva Laboulaye: «Alcuni avvocati sono il sale di un’assemblea; ma che essa si componga di essi per tre quarti, francamente, è troppo».

Segregare da un atto o decisione i motivi intimi, il clima spirituale che lo ha prodotto, è commettere il più grande delitto di astrattismo, è — mai meglio applicata la frase volgare — prendere il ravanello per le foglie. Un medesimo atto ripetuto da più individui può avere le significazioni più diverse in ciascuno di essi. E in un bell’impiccio è chi, fondandosi su quella coincidenza circa l’estremità di un’azione, spera che seguiranno a coincidere in avvenire.

Il vero realismo politico consiste, quindi, nel rendersi conto che la realtà suprema, quella che porta, sopporta e dà un senso a tutti i fatti pubblici —sia una posizione internazionale, sia una rivolta di strada, sia l’ostilità contro un’imposta— è lo stato spirituale delle genti che compongono la società. Di qui mi sembra più importante che la giustezza in questo minuto isolato della nostra politica internazionale, la giustezza con cui la minoranza incaricata di condurre la nazione giunga a comprendere lo stato intimo degli spagnoli. Questo elemento così sottile e così difficile da determinare è la forza definitiva da cui tutto dipende. È con l’anima degli spagnoli che dobbiamo fare o non fare. Tecnica amministrativa, economia, pedagogia, tattica politica, pur possedute in un grado di estrema perfezione, sarebbero inutili se non impariamo a vedere chiaramente nell’oscuro cuore spagnolo.

E, tuttavia, nulla di più difficile. Tutta una cordigliera di luoghi comuni falsi o insufficienti intercetta la nostra comprensione del sentire e volere collettivi. Abbiamo di che cosa sia l’opinione pubblica un’opinione grossolana ed elementare, che poté essere scusabile agli inizi del regime popolare, ingenui e semplici come ogni cominciamento. È necessario che ci liberiamo risolutamente tanto dal gergo democratico quanto dal gergo tradizionalista. Perché io suppongo che, in fondo alla sua coscienza, nessun uomo onesto, deciso a vivere la sua vita pubblica con pulizia, coesione e trasparenza, si contenterà oggi di nessuna di queste due formule confuse: la politica deve seguire l’opinione pubblica o la politica deve seguire la tradizione.

Fra tutte le osservazioni che, contro le idee ricevute, si possono fare sulla psicologia dell’opinione pubblica, ve n’è una di evidente opportunità, che potremmo esprimere così: l’opinione pubblica è quasi sempre un’opinione larvata o mascherata. Detto in altro modo: l’opinione reale dei circoli sociali non suole essere quella che direttamente sembrano indicare le loro parole o i loro atti. Avviene col pensiero pubblico ciò che, secondo lo psichiatra Freud, avviene coi sogni. Le cose sognate, dice, sono simboli di idee e desideri che restano occulti. Un sogno viene a essere come un geroglifico che è necessario decifrare. Ma, invece di cercare per questa osservazione prove dialettiche, preferisco ridurmi a un esempio, che forse gioverà al futuro psicologico della neutralità della Spagna.

La neutralità della Spagna è il risultato di numerosi circoli d’opinione estremamente diversi tra loro. Agendo ciascuno con la propria intenzione e i propri motivi, sono venuti a produrre quella conseguenza comune nel modo che, secondo Lucrezio, muovendosi gli atomi a caso, vennero a formare questa cosa che chiamiamo mondo, tanto fortuita quanto amena.

Vi sarà chi creda che quei circoli, in apparenza fautori della neutralità, sia neutralità ciò che in verità desiderano?

Per il momento, il circolo dei germanofili che così bravamente lotta per il non intervento, non riesce a ingannare nessuno. Nel suo idioma spirituale neutralità significa non alleanza con gli anglo-francesi. Chi non lo interpreti così e prenda isolatamente la sua richiesta di neutralità, resta obbligato per l’avvenire a contare con il circolo dei germanofili come fattore di pacifismo. Ma questa stima sarebbe palesemente assurda. Cogliamo, dunque, un pezzo di opinione pubblica che si dice neutralista proprio perché non è neutrale.

Più delicato è il caso in un altro circolo di opinione ambiente che è, a mio avviso, il più importante e quello che in forma più grave influisce sul paese.

Mi riferisco all’ampio circolo di opinione che, in realtà, e, a parte la finzione parlamentare, coincide con i maggiori capi politici. A quel circolo appartiene la maggior parte delle classi nazionali che si credono colte e riflessive, quelle che dominano nel Parlamento e nel giornale, nei centri consultivi o universitari e nel senato dei circoli provinciali. Che valore di sincerità ha il neutralismo di questa massa di opinione? Fino a che punto coincide con il suo stato reale d’animo il suo atteggiamento di non intervento? Il geroglifico resta decifrato appena facciamo la seguente considerazione: questo circolo, il più elevato della coscienza spagnola, pretende di essere ragionatore. Opina in virtù di ragioni: non è impulsivo né appassionato. Attribuiremo, dunque, alla sua conclusione tanta sincerità quanto crediamo lecito supporlo sincero dinanzi alle sue ragioni. Orbene, lo schema del suo ragionamento è questo: la neutralità è obbligata perché la Spagna non ha la sua Finanza disposta a una guerra, né il suo Esercito, né la sua Marina. Lo sforzo di denaro e di sangue richiesto dalla contesa bellica è ancor più richiesto dalla ricostituzione interiore.

Questo ragionamento acquista tutto il suo senso ipocrita quando ricordiamo che proviene dai direttori titolati della vita spagnola. Essi sono coloro che non hanno fatto l’Erario nazionale, coloro che non hanno fatto l’Esercito. Potremo, sul serio, credere che non vogliono intervenire perché vogliono, invece, ricostituire? Dove sono almeno le ombre degli animi per ciò? Dove sono, nemmeno, i vaghi propositi? Chi giudica capace il signor Dato o il signor Romanones, non già di ricostituire, ma neppure di volere con qualche coraggio la riforma della più modesta istituzione? Non c’è uno spagnolo che presagisca da chi né da dove si tenterà alcun movimento di ricostituzione. È falso, è ipocrita dire che si vuole per questo la neutralità. Si vuole, al contrario; per non dover fare né questo né nulla. In questo circolo, il più ampio, il più elevato, il più influente, neutralità vuol dire desiderio che la nazione rimanga morta. Lo stesso si va dicendo da quarant’anni: nessun intervento fuori perché occorre tutto per l’interno. E durante quarant’anni non si è fatto nulla fuori e nulla dentro.

Solo un’eccezione apparente: il Marocco. Ma anche contro la nostra azione in Marocco sono state addotte le due ragioni che da quarant’anni orientano la nostra politica e ne fanno un’opera profondamente immorale, quella di andare distruggendo l’anima spagnola per viltà, per inerzia e per inettitudine. Il caso del Marocco richiede un altro capitolo: in esso vedremo come non solo l’opinione dei circoli nazionali superiori sia insincera, ma anche quella del circolo popolare. Ci è stato detto che il popolo non voleva andare in Marocco. È vero?

Spagna, 25 giugno 1915

II

MAROCCO, SÌ O NO?

Molto di rado, dicevo io, l’opinione pubblica è ciò che essa dice. Solo in rari, fuggitivi istanti di pienezza sociale, coincide ciò che si dice con ciò che si sente. E non mi riferisco ora alle falsificazioni premeditate dell’opinione che questo politico o quel giornale tentino di commettere. No; essa stessa è insincera, riservata, geroglifica. Dice sempre un’altra cosa, se non contraria, per lo meno diversa da quella che sente.

Prueba de la insinceridad radical de la opinión pública es que no se ha dado el caso jamás de que en ella se eche la culpa el público a sí mismo. Siempre es otro el causante del mal. ¿Quién duda de que frecuentemente lleva razón? Pero si el mal de un pueblo llega a consistir ni más ni menos que en ser barrido del haz de la Historia, ¿quién duda que es él el culpable? No obstante, cuando ese caso ominoso llega, el pueblo tiene siempre a mano algún conde Don Julián o algún Don Opas sobre quién descargar la responsabilidad.

Todo nuevo liberalismo que aspire a la honestidad y a la eficacia —¡y esto es política en alto sentido, honesta eficacia, eficaz honestidad!— tiene que comenzar ajustando bien sus cuentas con la opinión pública.

Quede para mejor ocasión este punto y continuemos ahora fijando nuestra atención en otros casos concretos de pública insinceridad.

¡Marruecos! Historia sobremanera curiosa. ¿Debimos ir? ¿Debimos no ir? No me interesa en esta hora esa cuestión evidentemente capital. Me interesa sólo recordar el comportamiento de nuestro pueblo ante ella.

Cuando en 1909 se inicia la expansión, dispárase en Cataluña un movimiento revolucionario. Se intenta una huelga general: en Madrid acuden masas a los cuarteles y acompañan a las tropas hasta las estaciones con gritos y actos de protesta. Una tarde entra el pueblo en un andén y consigue que los soldados vuelvan a salir de algunos vagones. Los hechos son, pues, de la mayor gravedad. ¿Quién puede dudar ante ellos de que el pueblo no quiere ir a Marruecos?

Cierto que ya entonces las personas perspicaces no se explicaron la incongruencia entre la decisión que estos actos revelaban y el fracaso de la huelga en Madrid, que —no se olvide— fue, desde el punto de vista de las organizaciones populares, bochornoso por lo completo.

Ello es que los soldados y los dineros fueron a Marruecos. Más aún: fueron cada año en mayor cuantía. Sin embargo, de 1909 hasta hoy no se ha registrado ni un mínimo movimiento popular en que con alguna energía se demande el abandono de Marruecos.

Como esto parece indicar un estado de la opinión pública contradictorio del de 1909, buscamos una leal explicación. Tal vez nos ocurre pensar: ¡Pobre pueblo! Las minorías dueñas del capital y de la gobernación impiden que se manifiesten los sentimientos populares, y, movidas por un apetito imperialista, imponen la continuación de la campaña de Marruecos. He aquí una buena idea para un mitin; es decir, para un lugar donde se va a dar grandes voces y se piensa con la laringe.

Pero fuera del mitin esa explicación es falsa. Todo lo contrario es la verdad. De 1909 hasta hoy son las minorías nacionales quienes, unas tras otras, han ido declarando su oposición a la campaña de Marruecos. Esta oposición no ha sido radical, yo diría que ha sido confusa y aun equívoca. Desde hace algún tiempo se observa que ante todos los problemas nacionales no existen más que actitudes equívocas. En las sesiones parlamentarias que al de Marruecos se dedicaron no se oyó otra política que la política del «sí, pero no». De todas suertes, no hubo un solo discurso en favor de la guerra, y no faltó en ninguno, como un contrapunto, el quejido con que se recibe la fatalidad. ¿Qué círculo de españoles, relativamente amplio, quiere de una manera inequívoca, sin reservas —no hablemos de entusiasmo— la colonización de Marruecos? Considero muy difícil la demostración de que ese círculo existe.

Si el pueblo —que es lo que suele llamarse opinión pública— sintiera realmente enojo hacia la política marroquí, no hallaría oposición. ¿O es que también él ve en la acción africana una fatalidad histórica?

En suma, venimos a este absurdo: España no desea estar en Marruecos; pero ello es que está. Y el pueblo, que parecía no querer ir, parece también no querer dejar de ir.

Ante esta duplicidad de la opinión, no podemos menos de buscar una tercera, latente bajo ese vergonzoso equívoco, una opinión oculta de quien aquellas dos actitudes opuestas son el jeroglífico y el torpe, balbuciente símbolo.

Aterra pensar cuál pueda ser esa tercera opinión. Los datos para hallarla son estos dos: el pueblo español no tiene coraje, ímpetu de vitalidad para ir a Marruecos, para realizar lo que, por lo visto, es una fatalidad histórica —y en historia la fatalidad es la obligación. ¿Sería esto grave? En sí mismo, no. Pero he aquí el otro dato: el pueblo español no tiene el coraje para dejar de ir a Marruecos. ¿Cuál es la opinión pública?

Este caso de Marruecos ilumina con su propia claridad la actitud colectiva ante casi todas las demás cuestiones nacionales. No se tiene la menor confianza en la organización del Ejército e irrita comparar lo que cuesta con lo que vale. Pero a la vez no se tiene la entereza de volverlo al crisol, fundirlo, purificarlo, consolidarlo o disminuirlo. Se desprecia y se odia al político, pero a la vez se le deja plena libertad y se le teme. Toda la España que no es ultramontana estima la neutralidad forzosa como una fatal actitud que nos es impuesta en virtud de nuestra incapacidad de beligerancia, mas no se apresura a remediar el defecto, y mañana, a la hora de la paz, si es la paz benéfica, o al menos inocua para nosotros, esa España volverá a hablar de militarismo, etcétera, etcétera.

III

¿NO HAY OPINIÓN PÚBLICA?

El conjunto de fenómenos nacionales a que en lo anterior me he referido suele ser interpretado con estas palabras: no hay opinión pública. A todas horas oímos decirlo. Con ello se justifica cuanto se hace o se deja de hacer.

Cuando Descartes —si el lector recuerda mi oficio tolerará esta cita— inicia la nueva psicología definiendo el alma como una cosa que piensa, se vio en grandes aprietos para explicar qué pasa a nuestra alma en tanto que duerme y no sueña. Una cosa que no es sino pensamiento tiene que estar siempre pensando o desaparecer.

Dejemos al gran filósofo que se resuelva su cuestión y apliquémosla sólo como ejemplo a nuestro tema. ¿Tiene sentido afirmar que no hay opinión pública alguna vez? En mi entender, no: el público es una cosa que opina y opina siempre, constantemente, y ni siquiera toma, como el alma individual, su reposo en el vacío suave del sueño, tan amado por Sancho Panza.

Pero acontece que el político se presenta ante él exigiéndole que a su pregunta responda sí o no. Y, a veces, la opinión pública no piensa ni lo uno ni lo otro, no atiende ni le interesa la pregunta esa y anda preocupado con otras cosas muy distintas.

Así el caso Marruecos nos revela un estado evidente de opinión. ¿Sí o no?, preguntamos. Y España responde: ni sí, ni no; esto es, no queremos esforzarnos por nada, no tenemos fe en nosotros mismos ni dónde apoyar la esperanza. No tenemos afán de vivir, de gozar, ni de imperar. Nuestra raza se ha tumbado al borde del camino como un can apaleado.

Ésta, ésta es la opinión pública profunda: nadie pretenderá que sea la manifiesta. ¿Cuándo un pueblo —decíamos al principio— ha proclamado la honda desestima que de sí propio a veces tiene?

Los que amen nuestros destinos mediten bien sobre este hecho básico de nuestra realidad presente. Y no digan que hay vacío de opinión pública. La hay y bien llena, la hay rebosando desprecio de sí misma.

Nuestra opinión pública es hoy una opinión inmoral, de abandono y abyección.

En la historia de la campaña marroquí hallamos su indirecta manifestación. Un pueblo sensible a la propia dignidad histórica, menos aún, al instinto de conservación, debió, o ir con entusiasmo a Marruecos, o tener el coraje de no ir.

Lo que ha hecho, lo que hemos hecho, el resultado a que todos hemos venido a colaborar, es profundamente inmoral.

Los españoles de corazón noble piensen si no es hora de cambiar íntegramente nuestra actitud ante lo que se llama opinión pública. Y sobre todo, los que aspiren a renovar el liberalismo para evitar que muera con sus viejas fórmulas, tienen que meditar un poco sobre este problema: ¿Cómo puede hacerse una política moral sobre una opinión pública inmoral?

España, 2 de julio de 1915

Proof of the radical insincerity of public opinion is that never has the case occurred in which the public casts the blame upon itself. It is always another who is the cause of the evil. Who doubts that it is frequently right? But if the evil of a people comes to consist, neither more nor less, in being swept from the face of History, who doubts that it is the culprit? Nevertheless, when that ominous case arrives, the people always has at hand some Count Don Julián or some Don Opas upon whom to unload the responsibility.

Any new liberalism that aspires to honesty and efficacy —and this is politics in a high sense, honest efficacy, efficacious honesty!— must begin by settling its accounts well with public opinion.

Let this point be left for a better occasion, and let us now continue fixing our attention upon other concrete cases of public insincerity.

Morocco! A story exceedingly curious. Should we have gone? Should we not have gone? I am not interested at this hour in that evidently capital question. I am interested only in recalling the behavior of our people before it.

When in 1909 the expansion begins, a revolutionary movement is unleashed in Catalonia. A general strike is attempted: in Madrid masses flock to the barracks and accompany the troops to the stations with shouts and acts of protest. One afternoon the people enter upon a platform and succeed in making the soldiers come back out of some carriages. The events are, then, of the greatest gravity. Who can doubt before them that the people do not want to go to Morocco?

True that even then perceptive people could not explain the incongruity between the decision that these acts revealed and the failure of the strike in Madrid, which —let it not be forgotten— was, from the point of view of the popular organizations, shameful in its completeness.

The fact is that the soldiers and the monies went to Morocco. More than that: they went each year in greater amount. However, from 1909 to this day there has not been recorded even the slightest popular movement in which with some energy the abandonment of Morocco is demanded.

As this seems to indicate a state of public opinion contradictory to that of 1909, we seek a loyal explanation. Perhaps it occurs to us to think: Poor people! The minorities, owners of capital and government, prevent popular sentiments from manifesting themselves, and, moved by an imperialist appetite, impose the continuation of the campaign in Morocco. Here is a good idea for a rally; that is, for a place where one goes to shout loudly and thinks with the larynx.

But outside the meeting that explanation is false. The very opposite is the truth. From 1909 until today it is the national minorities who, one after another, have been declaring their opposition to the Moroccan campaign. This opposition has not been radical; I would say that it has been confused and even equivocal. For some time past it has been observed that before all national problems there exist no more than equivocal attitudes. In the parliamentary sessions devoted to that of Morocco no other policy was heard than the policy of «yes, but no». In any case, there was not a single speech in favor of the war, and in none of them did there fail, as a counterpoint, the moan with which fatality is received. What circle of Spaniards, relatively broad, wants in an unequivocal manner, without reservations—not to speak of enthusiasm—the colonization of Morocco? I consider the demonstration that this circle exists very difficult.

If the people —which is what is commonly called public opinion— truly felt anger toward Moroccan policy, it would meet with no opposition. Or is it that it, too, sees in the African action a historical fatality?

In sum, we come to this absurdity: Spain does not desire to be in Morocco; but the fact is that she is. And the people, who seemed not to want to go, seem also not to want to stop going.

Faced with this duplicity of opinion, we cannot but seek a third, latent beneath that shameful equivocation, a hidden opinion of which those two opposite attitudes are the hieroglyph and the clumsy, stammering symbol.

It is terrifying to think what that third opinion might be. The data for finding it are these two: the Spanish people have no courage, no vital impetus to go to Morocco, to carry out what, evidently, is a historical fatality—and in history, fatality is obligation. Would this be grave? In itself, no. But here is the other datum: the Spanish people have no courage to stop going to Morocco. What is public opinion?

This case of Morocco illuminates with its own clarity the collective attitude towards almost all other national questions. There is not the least confidence in the organization of the Army, and it irritates to compare what it costs with what it is worth. But at the same time there is not the fortitude to return it to the crucible, melt it down, purify it, consolidate it or diminish it. The politician is despised and hated, but at the same time he is left full liberty and is feared. All that Spain which is not ultramontane regards forced neutrality as a fatal attitude imposed upon us by virtue of our incapacity for belligerency, but it does not hasten to remedy the defect, and tomorrow, at the hour of peace, if the peace is beneficial, or at least innocuous for us, that Spain will speak again of militarism, etcetera, etcetera.

III

IS THERE NO PUBLIC OPINION?

The set of national phenomena to which I have referred above is usually interpreted in these words: there is no public opinion. At all hours we hear it said. With it is justified whatever is done or left undone.

When Descartes —if the reader recalls my trade he will tolerate this quotation— initiates the new psychology by defining the soul as a thing that thinks, he found himself hard put to explain what happens to our soul while it sleeps and does not dream. A thing that is nothing but thought must always be thinking or cease to exist.

Let the great philosopher resolve his question, and let us apply it only as an example to our subject. Does it make sense to affirm that there is no public opinion at any time? In my understanding, no: the public is a thing that opines, and opines always, constantly, and does not even take, like the individual soul, its repose in the soft void of sleep, so beloved by Sancho Panza.

But it happens that the politician presents himself before him demanding that he answer yes or no to his question. And, sometimes, public opinion thinks neither one nor the other, neither heeds nor cares for that question, and goes about concerned with other very different things.

Thus the Morocco affair reveals to us an evident state of opinion. Yes or no? we ask. And Spain answers: neither yes nor no; that is, we wish to strive for nothing, we have no faith in ourselves nor any ground on which to rest our hope. We have no desire to live, to enjoy, nor to rule. Our race has lain down at the roadside like a beaten dog.

This, this is the deep public opinion: no one will pretend that it is the manifest one. When has a people—we said at the beginning—proclaimed the profound disdain that it sometimes has for itself?

Let those who love our destinies meditate well on this basic fact of our present reality. And let them not say that there is a void of public opinion; there is, and well filled, there is overflowing with contempt for itself.

Our public opinion is today an immoral opinion, of abandonment and abjection.

In the history of the Moroccan campaign we find its indirect manifestation. A people sensitive to its own historical dignity, still less to the instinct of self-preservation, ought to have either gone to Morocco with enthusiasm or had the courage not to go.

What he has done, what we have done, the result to which we have all come to contribute, is profoundly immoral.

Let Spaniards of noble heart consider whether it is not time to change entirely our attitude toward what is called public opinion. And above all, those who aspire to renew liberalism to prevent it from dying with its old formulas, must reflect a little upon this problem: How can a moral politics be made upon an immoral public opinion?

Spain, July 2, 1915

Prova dell’insincerità radicale dell’opinione pubblica è che non si è mai dato il caso che in essa il pubblico dia la colpa a sé stesso. Sempre è un altro il causante del male. Chi dubita che frequentemente abbia ragione? Ma se il male di un popolo arriva a consistere né più né meno che nell’essere spazzato via dalla faccia della Storia, chi dubita che sia lui il colpevole? Nondimeno, quando quel caso ominoso arriva, il popolo ha sempre a portata di mano qualche conte Don Julián o qualche Don Opas su cui scaricare la responsabilità.

Ogni nuovo liberalismo che aspiri all’onestà e all’efficacia —e questo è politica in alto senso, onesta efficacia, efficace onestà!— deve cominciare col regolare bene i suoi conti con l’opinione pubblica.

Rimanga per miglior occasione questo punto e continuiamo ora fissando la nostra attenzione su altri casi concreti di pubblica insincerità.

Marocco! Storia oltremodo curiosa. Dovevamo andare? Dovevamo non andare? Non mi interessa in quest’ora quella questione evidentemente capitale. Mi interessa solo ricordare il comportamento del nostro popolo dinanzi ad essa.

Quando nel 1909 ha inizio l’espansione, si scatena in Catalogna un movimento rivoluzionario. Si tenta uno sciopero generale: a Madrid le masse accorrono alle caserme e accompagnano le truppe fino alle stazioni con grida e atti di protesta. Un pomeriggio il popolo irrompe su un marciapiede e riesce a far uscire di nuovo i soldati da alcuni vagoni. I fatti sono, dunque, della massima gravità. Chi può dubitare, dinanzi ad essi, che il popolo non voglia andare in Marocco?

Certo che già allora le persone perspicaci non si spiegarono l’incongruenza tra la decisione che questi atti rivelavano e il fallimento dello sciopero a Madrid, che — non si dimentichi — fu, dal punto di vista delle organizzazioni popolari, vergognoso per quanto completo.

Sta di fatto che i soldati e i denari andarono in Marocco. Più ancora: ogni anno andarono in maggior quantità. Tuttavia, dal 1909 a oggi non si è registrato nemmeno un minimo movimento popolare in cui con qualche energia si esiga l’abbandono del Marocco.

Poiché questo sembra indicare uno stato dell’opinione pubblica contraddittorio rispetto a quello del 1909, cerchiamo una leale spiegazione. Forse ci viene da pensare: Povero popolo! Le minoranze padrone del capitale e del governo impediscono che si manifestino i sentimenti popolari, e, mosse da un appetito imperialista, impongono la continuazione della campagna del Marocco. Ecco una buona idea per un comizio; cioè, per un luogo dove si va a dare grandi voci e si pensa con la laringe.

Ma fuori dal comizio questa spiegazione è falsa. Tutto il contrario è la verità. Dal 1909 a oggi sono le minoranze nazionali che, una dopo l’altra, sono andate dichiarando la loro opposizione alla campagna del Marocco. Questa opposizione non è stata radicale, direi che è stata confusa e persino equivoca. Da qualche tempo si osserva che di fronte a tutti i problemi nazionali non esistono che atteggiamenti equivoci. Nelle sedute parlamentari che a quello del Marocco si dedicarono non si udì altra politica che la politica del «sì, ma no». Ad ogni modo, non vi fu un solo discorso in favore della guerra, e non mancò in nessuno, come contrappunto, il lamento con cui si accoglie la fatalità. Quale cerchia di spagnoli, relativamente ampia, vuole in modo inequivocabile, senza riserve —non parliamo di entusiasmo— la colonizzazione del Marocco? Considero molto difficile la dimostrazione che quella cerchia esista.

Se il popolo —che è ciò che suole chiamarsi opinione pubblica— sentisse realmente risentimento verso la politica marocchina, non troverebbe opposizione. O è che anche esso vede nell’azione africana una fatalità storica?

In somma, veniamo a questo assurdo: la Spagna non desidera essere in Marocco; ma il fatto è che vi è. E il popolo, che sembrava non voler andare, sembra anche non voler smettere di andare.

Dinanzi a questa duplicità dell’opinione, non possiamo fare a meno di cercare una terza, latente sotto quel vergognoso equivoco, un’opinione nascosta di cui quelle due opposte attitudini sono il geroglifico e il goffo, balbettante simbolo.

Atterrisce pensare quale possa essere questa terza opinione. I dati per trovarla sono questi due: il popolo spagnolo non ha coraggio, impeto di vitalità per andare in Marocco, per realizzare ciò che, a quanto pare, è una fatalità storica — e nella storia la fatalità è l’obbligo. Sarebbe grave? In sé stesso, no. Ma ecco l’altro dato: il popolo spagnolo non ha il coraggio di smettere di andare in Marocco. Qual è l’opinione pubblica?

Questo caso del Marocco illumina con la propria chiarezza l’atteggiamento collettivo di fronte a quasi tutte le altre questioni nazionali. Non si ha la minima fiducia nell’organizzazione dell’Esercito e irrita confrontare ciò che costa con ciò che vale. Ma allo stesso tempo non si ha la fermezza di rimetterlo nel crogiolo, fonderlo, purificarlo, consolidarlo o diminuirlo. Si disprezza e si odia il politico, ma al tempo stesso gli si lascia piena libertà e lo si teme. Tutta la Spagna che non è ultramontana considera la neutralità forzosa come un fatale atteggiamento che ci è imposto in virtù della nostra incapacità di belligeranza, ma non si affretta a rimediare al difetto, e domani, nell’ora della pace, se è la pace benefica, o almeno innocua per noi, quella Spagna tornerà a parlare di militarismo, eccetera, eccetera.

III

NON C’È OPINIONE PUBBLICA?

L’insieme dei fenomeni nazionali a cui sopra ho fatto riferimento suole essere interpretato con queste parole: non c’è opinione pubblica. A ogni ora lo sentiamo dire. Con ciò si giustifica tutto ciò che si fa o che si lascia di fare.

Quando Cartesio —se il lettore ricorda il mio mestiere tollererà questa citazione— inizia la nuova psicologia definendo l’anima come una cosa che pensa, si trovò in grandi difficoltà per spiegare che cosa accade alla nostra anima mentre dorme e non sogna. Una cosa che non è se non pensiero deve stare sempre pensando o scomparire.

Lasciamo il gran filosofo che si risolva la sua questione e applichiamola solo come esempio al nostro tema. Ha senso affermare che non vi è mai opinione pubblica? Nel mio intendere, no: il pubblico è una cosa che opina e opina sempre, costantemente, e non prende nemmeno, come l’anima individuale, il suo riposo nel vuoto soave del sonno, tanto amato da Sancho Panza.

Ma accade che il politico si presenta dinanzi a lui esigendo da lui che alla sua domanda risponda sì o no. E, a volte, l’opinione pubblica non pensa né l’uno né l’altro, non bada, né le interessa quella domanda, e va in giro preoccupata per altre cose molto diverse.

Così il caso Marocco ci rivela un evidente stato d’opinione. Sì o no?, domandiamo. E la Spagna risponde: né sì, né no; cioè, non vogliamo sforzarci per nulla, non abbiamo fede in noi stessi né dove appoggiare la speranza. Non abbiamo desiderio di vivere, di godere, né di imperare. La nostra razza si è sdraiata sull’orlo del cammino come un cane bastonato.

Questa, questa è l’opinione pubblica profonda: nessuno pretenderà che sia la manifesta. Quando un popolo —dicevamo al principio— ha proclamato la profonda disistima che a volte ha di sé stesso?

Chi ami i nostri destini mediti bene su questo fatto basilare della nostra realtà presente. E non dicano che c’è vuoto di opinione pubblica. C’è, e ben colma, c’è traboccante di disprezzo di sé stessa.

La nostra opinione pubblica è oggi un’opinione immorale, di abbandono e abiezione.

Nella storia della campagna marocchina troviamo la sua indiretta manifestazione. Un popolo sensibile alla propria dignità storica, meno ancora, all’istinto di conservazione, dovette, o andare con entusiasmo in Marocco, o avere il coraggio di non andare.

Ciò che ha fatto, ciò che abbiamo fatto, il risultato al quale tutti siamo venuti a collaborare, è profondamente immorale.

Gli spagnoli di cuore nobile pensino se non è ora di cambiare integralmente il nostro atteggiamento verso ciò che si chiama opinione pubblica. E soprattutto, coloro che aspirino a rinnovare il liberalismo per evitare che muoia con le sue vecchie formule, devono meditare un po’ su questo problema: Come può farsi una politica morale su un’opinione pubblica immorale?

Spagna, 2 luglio 1915