Ortega y Gasset

Abstract

A defence of parliament against the unanimous contempt for it: reactionaries exploited disinterested criticism to discredit it, and to negate an institution without replacing it is the height of anarchism. A historical thesis follows: since 1789 Europe’s right has done anarchic work, and the West’s task is to purge its national bodies of the chronic rancour the French Revolution left in them — invoking Nietzsche on Russian ressentiment.

Connections

Concetti: Stato, risentimento
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

Durante los últimos diez o doce años se ha extendido por todas las masas nacionales una opinión despectiva sobre el Parlamento, que no por ser casi unánime es acertada y salutífera. Claro es que del Parlamento en general, y del español en particular, pueden decirse muchas cosas desfavorables. En tiempos más a propósito para ello que los actuales, hemos hecho muchos, en España y fuera de España, la crítica de los Parlamentos al uso, y con la mejor intención anunciábamos a liberales y demócratas que si no perfeccionaban el aparato de la representación nacional, sus principios políticos perderían toda eficacia sobre la conciencia pública. Liberales y demócratas no han hecho caso porque el liberalismo y la democracia habían empezado a morirse por dentro, y, como todo organismo decrépito, carecían ya de fina sensibilidad para los cambios del ambiente, y eran incapaces de corregirse a sí mismos, o como suelen decir los biólogos, de regularse.

Las potencias reaccionarias, por su parte, con menos reflexión de lo que fuera deseable, han aprovechado las críticas desinteresadas que del Parlamento se hacían para propagar su descrédito. Y, en efecto, han conseguido que las Cortes pierdan todos sus prestigios y, con ellos, toda su autoridad. Una vez más han hecho obra anárquica (desde 1789, los reaccionarios no hacen en toda Europa —salvo en Inglaterra— más que labor anárquica. Haber dado lugar a este anarquismo de las derechas es, si se medita bien, una de las grandes objeciones contra la Revolución francesa). Porque nada es mayor anarquismo que dislocar una institución o arkhé, sin sustituirla por otra. El modesto anarquista de bomba y pistola se contenta con destruir al representante de tal o cual institución; el reaccionario dispara contra la institución misma. Si el aire social estuviese un poco más cargado de moralidad parecería intolerable que alguien combatiese el Parlamento sin mostrar a la vez, de un modo claro, la posibilidad de otra institución mejor, sustitutiva de aquél. Ningún reaccionario que no sea, además de ello, demente, espera en serio que podamos volver a una Constitución de forma absolutista. ¿Qué sentido aceptable tiene, pues, su hostilidad al Parlamento? Suelen ellos denostar a los hombres de extrema izquierda, calificándolos de «espíritus negativos»; pero, ¿cabe mayor negativismo que negar una institución a sabiendas de que es la única posible? Sería bueno que un día comenzasen los reaccionarios a avergonzarse del sentimiento rencoroso con que asisten a todo lo presente. Acaso la gran faena histórica que hoy tienen ante sí los pueblos de Occidente es purgar sus cuerpos nacionales del rencor crónico con que los dejó infeccionados la Revolución francesa, hecho acaso el más funesto e inútil de la época moderna. (Es probable que la Revolución rusa, de tipo completamente opuesto a la francesa, produzca también efectos inversos: la vida rusa se hallaba atestada de resentimiento, como hace cuarenta años notaba ya el genio clarividente de Nietzsche, con motivo de la novela rusa. No es inverosímil que las angustias y sufrimientos revolucionarios sirvan de derivativo al torrente de hiel acumulada).

En vez de maldecir del Parlamento, sin sustituirlo, convendría que nos preocupásemos todos un poco de mejorarlo. Porque ha llegado España al punto de no funcionar como Estado. No es que funcione mal, es que, en absoluto, no funciona. Y resulta verdaderamente peregrino que se haga responsable de ello al Parlamento.

Se ha prescindido de éste, dejándole sólo una apariencia de realidad. Como la Sociedad de Amigos del Arte reúne alguna vez retratos de otro tiempo en una exposición retrospectiva, la Corona congrega, de cuando en cuando, las fisonomías de los representantes y los invita a que hagan unos cuantos gestos en el hemiciclo. Pero no se les deja discutir sobre nada esencial, y si, por caso, arrebatados por la vaga ilusión de que existen, entran de lleno en alguna cuestión, las gentes protestan inmediatamente contra la verbosidad parlamentaria, obstáculo a todo mejoramiento nacional. Porque estaba reservado a la perspicacia española descubrir que es intolerable que el Parlamento parle. Por lo visto, la misión de los parlamentarios es más bien hacer gimnasia sueca o cualquier otro mudo menester.

Ni siquiera se ha respetado a las Cortes el derecho de legalizar el Presupuesto. Cuando ha parecido oportuno fue prorrogado por simple decreto. Y esto que se hizo una vez, ha podido hacerse más. Bastaría para ello con echar nuevamente mano del señor La Cierva, que con su política de búfalo, está siempre dispuesto a cerrar los ojos y dar de testuz la embestida.

Mas ni esto hizo falta. El Parlamento mismo se prestó —conviene hacerlo constar de nuevo— a anular su propia condición sometiéndose a una serie de Gobiernos ómnibus que impedían toda oposición. Sería oportuno preguntar qué otra clase o grupo nacionales ha mostrado pareja docilidad, facilitando, con la renuncia de sí mismo, un ensayo que otras clases y grupos pedían. Para otorgarnos el honor de gobernarnos, exigía el señor Maura previamente que se suprimiese toda oposición, lo cual viene a ser como si un Hércules de feria, antes de levantar la pesa grande, pidiese la supresión de la ley de gravedad. Más afortunado que este personaje, el señor Maura ha podido gobernar dos veces sin oposición, y, no obstante, con poquísima fortuna. Ha habido gran ostentación de músculos retóricos, pero la pesa grande ha quedado en el suelo.

No se diga, pues, que el estorbo mayor para que la vida pública española, el Estado español, entre en normalidad, es el Parlamento. Tan evidente resulta lo contrario, que no puede uno menos de sospechar alguna insinceridad en los que tal piensan. Ignoro cuál será la experiencia de los demás; pero la mía es, en este punto, uniforme: siempre que he oído vocalizar los tópicos habituales contra nuestro Parlamento, ocultaban en el que hablaba una irritación particularista. Lo que, en contraposición con sus palabras, le irritaba del Parlamento era precisamente lo que tiene de bueno, a saber: que es la única institución donde no tenemos más remedio que contar los unos con los otros. Esto es lo que pone hoy fuera de sí a casi todo español: que el prójimo exista y haya que contar con él. El militar se exaspera ante la sola idea de que el resto de la sociedad, que paga los gastos del Ejército, se permita la menor intervención en su vida gremial. El palatino siente como un insulto personal que los periódicos y las Cortes aspiren a colaborar en la dirección política de la nación. Al obrero le parece la más inaceptable vejación que los guardias de Orden público intervengan cuando apalea a un amarillo, y, en tanto, el gobernador de la provincia considera que no debía haber obreros en el mundo, puesto que no sirven más que para plantear conflictos a los gobernadores civiles. Más o menos reprimida, esta repugnancia a contar con los demás es la reacción espontánea y primera que encuentra hoy dentro de sí todo español. Le enfurece sentirse parte de un todo que es la nación. A esta enfermedad social que hoy padece España en forma aguda he llamado particularismo en un libro reciente, donde intento su análisis; y, en definitiva, a ella debe atribuirse la fobia contra el Parlamento y los políticos.

Las Cortes son la institución nacional por excelencia, ya que en ellas se ven obligados los innumerables particularismos a enfrontarse unos con otros, a limitarse, domesticarse y nacionalizarse. Tan lejos está de la verdad atribuir al Parlamento el estado de disolución política a que ha venido España, que la verdad es estrictamente lo contrario. El Estado se ha deshecho porque se ha prescindido del Parlamento y se le ha desautorizado sin tener a mano otra institución capaz de condensar en sí la autoridad que de aquél se desalojaba.

Porque, al cabo, la causa de la parálisis política, de la desorganización del Estado, que hoy padece España, no es otra que la inexistencia del Poder público. El Poder público es una función orgánica sin la cual no puede vivir una sociedad nacional. No consiste en una concentración de fuerza, sino en una concentración de autoridad. La prueba de que el Poder no es Fuerza se ofrece hoy bien clara a la mente de los españoles. Por faltar autoridad al Poder público resulta que no puede éste mandar ni siquiera a la Fuerza pública.

Es vano querer eludir la cuestión. El problema más inmediatamente urgente en nuestra existencia colectiva consiste en dotar de autoridad bastante a alguna institución. Mientras no tengamos ese mínimum de Poder público, no podremos públicamente hacer nada de provecho.

Ahora bien, ¿qué institución es hoy la más apta o la menos inepta para cargarse de suficiente autoridad, como se carga de electricidad un acumulador? El símil no es ocioso porque nos recuerda que el Poder público sólo existe cuando es capaz de producir fulminaciones invencibles.

El Sol, 28 de junio de 1922

II

I

During the last ten or twelve years a contemptuous opinion about Parliament has spread through all the national masses, which for being almost unanimous is not on that account correct and salutary. It is clear that of Parliament in general, and of the Spanish in particular, many unfavourable things can be said. In times more suitable for it than the present ones, we have made many, in Spain and outside Spain, the critique of the Parliaments in use, and with the best intention we announced to liberals and democrats that if they did not perfect the apparatus of national representation, their political principles would lose all efficacy on the public conscience. Liberals and democrats have not paid heed because liberalism and democracy had begun to die inside, and, like every decrepit organism, already lacked fine sensitivity for the changes of the environment, and were incapable of correcting themselves, or as the biologists are wont to say, of regulating themselves.

The reactionary powers, for their part, with less reflection than would be desirable, have taken advantage of the disinterested critiques that were made of Parliament to propagate its discredit. And, in effect, they have managed that the Cortes lose all their prestige and, with them, all their authority. Once more they have done anarchic work (since 1789, the reactionaries do not do in all Europe —except in England— anything but anarchic work. Having given rise to this anarchism of the right is, if one meditates well, one of the great objections against the French Revolution). Because nothing is greater anarchism than dislocating an institution or arkhé, without substituting it with another. The modest anarchist of bomb and pistol is content with destroying the representative of such or such an institution; the reactionary shoots against the institution itself. If the social air were a little more charged with morality it would seem intolerable that someone combated Parliament without showing at the same time, in a clear manner, the possibility of another better institution, substitutive of it. No reactionary who is not, besides that, insane, seriously expects that we can return to a Constitution of absolutist form. What acceptable sense has, then, his hostility to Parliament? They usually denigrate the men of the extreme left, calling them «negative spirits»; but, can there be greater negativism than denying an institution knowing that it is the only possible one? It would be good that one day the reactionaries began to be ashamed of the rancorous feeling with which they attend to everything present. Perhaps the great historical task that the peoples of the West have before them today is to purge their national bodies of the chronic rancour with which the French Revolution left them infected, a fact perhaps the most baneful and useless of the modern age. (It is probable that the Russian Revolution, of a completely opposite type to the French, will also produce inverse effects: Russian life was found crammed with resentment, as already forty years ago the clairvoyant genius of Nietzsche noted, on the occasion of the Russian novel. It is not unlikely that the revolutionary anguish and sufferings serve as a derivative for the torrent of accumulated bile).

Instead of cursing Parliament, without substituting it, it would be fitting that we all worried a little about improving it. Because Spain has arrived at the point of not functioning as a State. It is not that it functions badly, it is that, absolutely, it does not function. And it turns out truly strange that Parliament is made responsible for it.

It has been dispensed with, leaving it only an appearance of reality. As the Society of Friends of Art sometimes gathers portraits of another time in a retrospective exhibition, the Crown convokes, from time to time, the physiognomies of the representatives and invites them to make a few gestures in the hemicycle. But they are not allowed to discuss anything essential, and if, by chance, carried away by the vague illusion that they exist, they enter fully into some question, people immediately protest against the parliamentary verbosity, obstacle to every national improvement. Because it was reserved to Spanish perspicacity to discover that it is intolerable that Parliament talk. Apparently, the mission of the parliamentarians is rather to do Swedish gymnastics or some other mute task.

Not even the right of the Cortes to legalize the Budget has been respected. When it seemed opportune it was prorogued by simple decree. And this that was done once, could have been done more. It would suffice for this to once again have recourse to Señor La Cierva, who with his buffalo politics, is always disposed to close his eyes and charge head-first.

But not even this was necessary. Parliament itself lent itself —it is fitting to record it again— to annul its own condition by submitting itself to a series of omnibus Governments that prevented all opposition. It would be opportune to ask what other national class or group has shown similar docility, facilitating, with the renunciation of itself, an experiment that other classes and groups asked for. To grant us the honour of governing us, Señor Maura demanded beforehand that all opposition be suppressed, which comes to be like a fairground Hercules, before lifting the great weight, asking for the suppression of the law of gravity. More fortunate than this character, Señor Maura has been able to govern twice without opposition, and, nevertheless, with very little fortune. There has been great ostentation of rhetorical muscles, but the great weight has remained on the ground.

Let it not be said, then, that the greatest obstacle for Spanish public life, the Spanish State, to enter normality is Parliament. So evident does the contrary result, that one cannot but suspect some insincerity in those who so think. I do not know what the experience of others will be; but mine is, on this point, uniform: whenever I have heard the habitual clichés against our Parliament vocalized, they concealed in the speaker a particularist irritation. What, in contraposition to his words, irritated him about Parliament was precisely what it has that is good, namely: that it is the only institution where we have no remedy but to count on one another. This is what today puts almost every Spaniard beside himself: that the neighbour exists and one has to count on him. The soldier is exasperated before the mere idea that the rest of society, which pays the expenses of the Army, allows itself the least intervention in his guild life. The courtier feels as a personal insult that the newspapers and the Cortes aspire to collaborate in the political direction of the nation. To the worker it seems the most unacceptable vexation that the public Order guards intervene when he beats up a scab, and, meanwhile, the provincial governor considers that there should be no workers in the world, since they serve only to pose conflicts to the civil governors. More or less repressed, this repugnance to count on others is the spontaneous and first reaction that today every Spaniard finds within himself. It infuriates him to feel himself part of a whole that is the nation. To this social illness that Spain today suffers in acute form I have called particularism in a recent book, where I attempt its analysis; and, definitively, to it must be attributed the phobia against Parliament and the politicians.

The Cortes are the national institution par excellence, since in them the innumerable particularisms are forced to face one another, to limit themselves, domesticate themselves and nationalize themselves. So far is it from the truth to attribute to Parliament the state of political dissolution to which Spain has come, that the truth is strictly the contrary. The State has come undone because Parliament has been dispensed with and disauthorized without having at hand another institution capable of condensing in itself the authority that was dislodged from it.

Because, in the end, the cause of the political paralysis, of the disorganization of the State, that Spain today suffers, is none other than the inexistence of public Power. Public Power is an organic function without which a national society cannot live. It does not consist in a concentration of force, but in a concentration of authority. The proof that Power is not Force is offered today quite clearly to the mind of the Spaniards. Because authority is lacking to public Power, it results that this cannot command even the public Force.

It is vain to want to elude the question. The most immediately urgent problem in our collective existence consists in endowing some institution with sufficient authority. As long as we do not have that minimum of public Power, we shall not be able publicly to do anything of profit.

Now then, what institution is today the most apt or the least inept to load itself with sufficient authority, as an accumulator loads itself with electricity? The simile is not idle because it reminds us that public Power exists only when it is capable of producing invincible fulminations.

El Sol, 28 June 1922

II

I

Durante gli ultimi dieci o dodici anni si è estesa per tutte le masse nazionali un’opinione spregiativa sul Parlamento, che non per essere quasi unanime è giusta e salutare. Chiaro è che del Parlamento in generale, e dello spagnolo in particolare, possono dirsi molte cose sfavorevoli. In tempi più adatti allo scopo che non i presenti, abbiamo fatto in molti, in Spagna e fuori di Spagna, la critica dei Parlamenti in uso, e con la migliore intenzione annunciavamo a liberali e democratici che se non perfezionavano l’apparato della rappresentanza nazionale, i loro principi politici avrebbero perduto ogni efficacia sulla coscienza pubblica. Liberali e democratici non hanno fatto caso perché il liberalismo e la democrazia avevano cominciato a morire dentro, e, come ogni organismo decrepito, mancavano ormai di fine sensibilità per i cambiamenti dell’ambiente, ed erano incapaci di correggersi da sé, o come sogliono dire i biologi, di regolarsi.

Le potenze reazionarie, da parte loro, con meno riflessione di quanto sarebbe desiderabile, hanno approfittato delle critiche disinteressate che del Parlamento si facevano per propagarne il discredito. E, in effetti, sono riuscite a far sì che le Cortes perdessero tutti i loro prestigi e, con essi, tutta la loro autorità. Ancora una volta hanno fatto opera anarchica (dal 1789, i reazionari non fanno in tutta Europa —salvo in Inghilterra— altro che lavoro anarchico. Aver dato luogo a questo anarchismo delle destre è, se si medita bene, una delle grandi obiezioni contro la Rivoluzione francese). Perché nulla è anarchismo maggiore che dislocare un’istituzione o arkhé, senza sostituirla con un’altra. Il modesto anarchico da bomba e pistola si accontenta di distruggere il rappresentante di questa o quella istituzione; il reazionario spara contro l’istituzione stessa. Se l’aria sociale fosse un po’ più carica di moralità, parrebbe intollerabile che qualcuno combattesse il Parlamento senza mostrare al contempo, in modo chiaro, la possibilità di un’altra istituzione migliore, sostitutiva di quello. Nessun reazionario che non sia, oltre a ciò, demente, spera sul serio che possiamo tornare a una Costituzione di forma assolutistica. Quale senso accettabile ha, dunque, la sua ostilità al Parlamento? Essi sogliono denigrare gli uomini di estrema sinistra, qualificandoli come «spiriti negativi»; ma, c’è maggior negativismo che negare un’istituzione sapendo che è l’unica possibile? Sarebbe bene che un giorno i reazionari cominciassero a vergognarsi del sentimento rancoroso con cui assistono a tutto il presente. Forse la grande impresa storica che oggi i popoli d’Occidente hanno dinanzi a sé è purgare i loro corpi nazionali dal rancore cronico con cui la Rivoluzione francese li lasciò infetti, fatto forse il più funesto e inutile dell’epoca moderna. (È probabile che la Rivoluzione russa, di tipo completamente opposto alla francese, produca anche effetti inversi: la vita russa era stracolma di risentimento, come già quarant’anni fa notava il genio chiaroveggente di Nietzsche, in occasione del romanzo russo. Non è inverosimile che le angosce e le sofferenze rivoluzionarie servano da sfogo al torrente di fiele accumulato).

Invece di maledire il Parlamento, senza sostituirlo, converrebbe che ci preoccupassimo tutti un po’ di migliorarlo. Perché la Spagna è arrivata al punto di non funzionare come Stato. Non è che funzioni male, è che non funziona affatto. E risulta veramente peregrino che si ritenga il Parlamento responsabile di ciò.

Si è fatto a meno di esso, lasciandogli solo un’apparenza di realtà. Come la Società degli Amici dell’Arte riunisce talvolta ritratti di altri tempi in un’esposizione retrospettiva, la Corona raduna, di quando in quando, le fisionomie dei rappresentanti e li invita a fare alcuni gesti nell’emiciclo. Ma non si lascia loro discutere di nulla d’essenziale, e se, per caso, trascinati dalla vaga illusione di esistere, entrano a fondo in qualche questione, la gente protesta immediatamente contro la verbosità parlamentare, ostacolo a ogni miglioramento nazionale. Perché era riservato alla perspicacia spagnola scoprire che è intollerabile che il Parlamento parli. A quanto pare, la missione dei parlamentari è piuttosto fare ginnastica svedese o qualunque altro muto compito.

Neppure alle Cortes è stato rispettato il diritto di legalizzare il Bilancio. Quando è parso opportuno, è stato prorogato per semplice decreto. E questo, che si fece una volta, ha potuto farsi più. Basterebbe per ciò ricorrere nuovamente al signor La Cierva, che con la sua politica da bufalo, è sempre pronto a chiudere gli occhi e a dare l’assalto a testa bassa.

Ma non fu necessario nemmeno questo. Il Parlamento stesso si prestò —conviene constatarlo di nuovo— ad annullare la propria condizione sottomettendosi a una serie di governi omnibus che impedivano ogni opposizione. Sarebbe opportuno chiedere quale altra classe o gruppo nazionali abbia mostrato pari docilità, facilitando, con la rinuncia di sé, un esperimento che altre classi e gruppi chiedevano. Per accordarci l’onore di governarci, il signor Maura esigeva preventivamente che si sopprimesse ogni opposizione, il che viene a essere come se un Ercole da fiera, prima di sollevare il grande peso, chiedesse la soppressione della legge di gravità. Più fortunato di questo personaggio, il signor Maura ha potuto governare due volte senza opposizione, e, nondimeno, con pochissima fortuna. Vi è stata grande ostentazione di muscoli retorici, ma il grande peso è rimasto al suolo.

Non si dica, dunque, che il maggior ostacolo perché la vita pubblica spagnola, lo Stato spagnolo, entri in normalità sia il Parlamento. Tanto evidente risulta il contrario, che non si può fare a meno di sospettare una certa insincerità in coloro che così pensano. Ignoro quale sarà l’esperienza degli altri; ma la mia, su questo punto, è uniforme: ogni volta che ho udito vocalizzare i luoghi comuni abituali contro il nostro Parlamento, essi nascondevano in chi parlava un’irritazione particolaristica. Ciò che, in contrapposizione alle sue parole, lo irritava del Parlamento era precisamente ciò che ha di buono, vale a dire: che è l’unica istituzione dove non abbiamo altra scelta che fare i conti gli uni con gli altri. Questo è ciò che oggi fa uscire fuori di sé quasi ogni spagnolo: che il prossimo esista e che si debba fare i conti con lui. Il militare si esaspera al solo pensiero che il resto della società, che paga le spese dell’Esercito, si permetta il minimo intervento nella sua vita corporativa. Il cortigiano sente come un insulto personale che i giornali e le Cortes aspirino a collaborare alla direzione politica della nazione. All’operaio pare la più inaccettabile vessazione che i guardiani dell’Ordine pubblico intervengano mentre lui picchia un crumiro; e, intanto, il governatore della provincia ritiene che non ci dovrebbero essere operai al mondo, poiché non servono ad altro che a sollevare conflitti ai governatori civili. Più o meno repressa, questa ripugnanza a fare i conti con gli altri è la reazione spontanea e prima che oggi ogni spagnolo trova dentro di sé. Lo fa infuriare sentirsi parte di un tutto che è la nazione. A questa malattia sociale che oggi la Spagna patisce in forma acuta ho dato il nome di particolarismo in un libro recente, dove ne tento l’analisi; e, in definitiva, ad essa si deve attribuire la fobia contro il Parlamento e i politici.

Le Cortes sono l’istituzione nazionale per eccellenza, poiché in esse gli innumerevoli particolarismi si vedono costretti a confrontarsi gli uni con gli altri, a limitarsi, ad addomesticarsi e a nazionalizzarsi. Tanto è lontano dal vero attribuire al Parlamento lo stato di dissoluzione politica a cui è pervenuta la Spagna, che la verità è strettamente il contrario. Lo Stato si è disfatto perché si è fatto a meno del Parlamento e lo si è disautorato senza avere a portata di mano un’altra istituzione capace di condensare in sé l’autorità che da quello veniva rimossa.

Perché, in fin dei conti, la causa della paralisi politica, della disorganizzazione dello Stato, che oggi soffre la Spagna, non è altra che l’inesistenza del Potere pubblico. Il Potere pubblico è una funzione organica senza la quale non può vivere una società nazionale. Non consiste in una concentrazione di forza, ma in una concentrazione di autorità. La prova che il Potere non è Forza si offre oggi ben chiara alla mente degli spagnoli. Per mancare autorità al Potere pubblico risulta che non può esso comandare nemmeno alla Forza pubblica.

È vano voler eludere la questione. Il problema più immediatamente urgente nella nostra esistenza collettiva consiste nel dotare di autorità bastante alcuna istituzione. Finché non avremo quel minimum di Potere pubblico, non potremo pubblicamente far nulla di utile.

Orbene, quale istituzione è oggi la più adatta o la meno inetta a caricarsi di sufficiente autorità, come si carica di elettricità un accumulatore? La similitudine non è oziosa perché ci ricorda che il Potere pubblico esiste soltanto quando è capace di produrre fulminazioni invincibili.

El Sol, 28 giugno 1922

II

He empezado por decir que la opinión despectiva sobre nuestro Parlamento es casi unánime. No me extrañaría, pues, que esta defensa de él se juzgue, al primer pronto, extravagante. Pero es el caso que aquella opinión me parece errónea. Las razones en que se funda son, a mi juicio, falsas, o, cuando menos, inexactas. El hecho de que casi todo el mundo las acepte como buenas no es sino un motivo más para que me sienta obligado a pedir la revisión.

Así, considero que es un deber oponerse a la idea, avecindada en casi todas las cabezas españolas, de que los gobernados somos mejores que los gobernantes; los electores, que los elegidos; la nación, que el Parlamento. No se trata, claro está, de esta o la otra individualidad señera, sino que más bien habría de compararse la clase en junto de los políticos con las demás clases o gremios nacionales. Dígase cuál de ellas es superior en dotes y virtudes a la de los políticos. Difícil será encontrarla. Y es natural. Si existiese, hace mucho tiempo que ella sería la directora de los destinos públicos. No nos hagamos ilusiones: ni el noble, ni el militar, ni el industrial, ni el propietario, ni el obrero tienen nada que echar en cara al político. Ni son más inteligentes ni más generosos que él.

Por este motivo, debiéramos acostumbrarnos, cuando se trata de la vida política española, esto es, de España como Estado, a restar cuanto se refiere a los defectos de España como sociedad, como pueblo, como raza. Aún en el caso mejor, la política tendrá que mantenerse dentro del límite marcado a las capacidades morales e intelectuales de nuestra sociedad. ¡Bueno fuera que siendo lo que somos los españoles, nuestros representantes fuesen genios y santos! Equivale, pues, a desviar perniciosamente la atención de las masas nacionales ponerse ante ellas a maldecir de los políticos, dando a entender que hay otra casta de hombres maravillosos a quienes la perversidad de los parlamentarios no deja conquistar el Poder.

Algunas veces ha acontecido, en efecto, que una nación dotada de una excelente minoría caía presa de unos forajidos. En tales casos la tarea fue muy sencilla: bastó con levantar al pueblo contra el grupo de malvados y necios e imponer el grupo de los honestos y perspicaces. Pero es preciso reiterar que el caso de España no es ése, sino precisamente el contrario. Aquí no es la cuestión imponer una minoría mejor, sino crearla, porque no existe. Y esa creación de hombres mejores no es principalmente faena política, sino social.

Cuando yo pido que la institución parlamentaria sea restaurada en la plenitud de su ejercicio, no se me ocurre pensar que con ello vamos a salvar a España. La enfermedad española es histórica, y, por tanto, no basta a curarla una medicina política. Pero ahora se trata exclusivamente de corregir la extrema anormalidad que padece nuestro organismo político, nuestro Estado, y que es debida al desprestigio del Poder público.

No es cierto que los parlamentarios sean, en ningún sentido, de peor condición que el resto de los ciudadanos. Habrá entre ellos un tanto por ciento de seres completamente ridículos, y, desde luego, no faltan algunos salteadores de caminos. Pero, no obstante, el ambiente de las Cortes es más bien un poco superior al del resto de la nación, si se exceptúan pequeños grupos selectos que llevan una existencia marginal, apenas tangente a las modalidades del país. El único lugar público de España donde una palabra o emoción discreta tiene alguna vaga probabilidad de ser percibida es el Parlamento.

Por lo tanto, es un perfecto error suponer que para mejorar el Parlamento sea preciso modificar ampliamente su personal. Poco más o menos, está en él la gente que debe estar. Si por arte mágico fuesen reunidos en unas Cortes los cien hombres verdaderamente superiores que pueda haber en España, las consecuencias serían fatales. Apenas comenzasen a actuar, la protesta de las masas castizas sería tal que no sé si se contentarían con la decapitación de esos cien hombres superiores.

Con mejor voluntad que perspicacia piensan algunos que el Parlamento mejoraría si tomasen parte en su vida interna algunos catedráticos y escritores de respetada fisonomía. Ciertamente que hoy, las únicas figuras ungidas con algunas milésimas de prestigio pertenecen al gremio científico, literario y artístico. Es justo que así sea, porque desde 1900 las únicas batallas, grandes o pequeñas, por España ganadas las han ganado los «intelectuales» o los «sentimentales», quiero decir, hombres de ciencias y letras o pintores y músicos. El hecho es difícil de negar aunque se ha trabajado lo imposible para ocultarlo. (Ahora empieza también a obtener victorias el deportismo español; la cosa tiene más importancia de la que se le ha dado; pero, de todas maneras, se trata sólo de un comienzo). Sin embargo, dudo mucho que la intervención directa del intelectual aprovechase a la política. La historia arroja más bien la enseñanza de que los intelectuales sólo una cosa han solido hacer en política: estorbar. Ciencia y gobierno son, acaso, las dos más opuestas actividades humanas. El intelectual un poco consciente de sus destinos, en lugar de pedir al político un acta, debe pedirle que le lea con mediana atención. Si logra esto habrá influido en la política cuanto debe influir.

Pero, sobre todo, la cuestión no tiene nada que ver con la calidad de las personas. Aquí está el nudo del error. La autoridad que el Parlamento ha perdido no la ha perdido, en definitiva, por la falta de talento, saber y moralidad de sus miembros, sino por otra causa aún más sencilla: porque no ha funcionado. Y no ha funcionado porque no se le ha dejado funcionar. Ni más ni menos. No se hable vagamente y sobre el vacío. Los hechos son claros y concretos. Repase quien quiera las crónicas y se verá que desde hace muchos años, sobre todo desde 1913 inclusive, no se ha dejado al Parlamento vivir su vida propia; se le ha interrumpido, perturbado, dislocado; se le ha impedido moverse, según su necesidad orgánica; apenas se iniciaba en él un higiénico e inevitable encrespamiento de olas, se acudía a derramar aceite, y si la tormenta persistía, se le evacuaba como se vacía una presa. Y cuando a manos de tal tratamiento sucumbe el artefacto parlamentario, oímos que se nos dice: «¿Lo ven ustedes? ¡El Parlamento no sirve! ¡Es incapaz de aprobar una sola ley!»

La política de la Corona no ha sido, en este punto, muy afortunada. Con la mejor voluntad ha ido descoyuntando el organismo parlamentario por medio de intervenciones, perfectamente constitucionales, pero algo desacertadas. Al Poder moderador se le ha ido un poco la mano en el menester de moderar, y, si no se quiere ver en ello una fácil impertinencia, yo diría que ha moderado inmoderadamente. El Parlamento es un cuerpo orgánico que necesita cierto margen de libertad para poder moverse e incubar sus saludables evoluciones. Intervenir demasiado es detener los íntimos procesos de transformación.

No creo que decir esto sea disparar ningún terrible dardo contra la Monarquía. Ajeno a la actuación política y hostil a toda demagogia, ni siquiera ideológicamente participo de la confesión antimonárquica. Además, no veo claro que, como suele oírse por ahí, Europa evolucione hacia la República; antes bien vislumbro que, bajo opuestas apariencias, se dirige hacia nuevas formas de Monarquía. Pero ésta es materia complicada, y ahora sólo me interesa subrayar la intención monárquica con que me atrevo a deslizar un reparo a la política de la Corona.

I have begun by saying that the contemptuous opinion about our Parliament is almost unanimous. I would not be surprised, then, that this defence of it be judged, at first sight, extravagant. But it is the case that that opinion seems to me erroneous. The reasons on which it is founded are, in my judgement, false, or, at least, inexact. The fact that almost everyone accepts them as good is but one more motive for me to feel obliged to ask for the revision.

Thus, I consider that it is a duty to oppose the idea, settled in almost all Spanish heads, that the governed are better than the governors; the electors, than the elected; the nation, than Parliament. It is not a question, it is clear, of this or that other leading individual, but rather one would have to compare the class as a whole of the politicians with the other national classes or guilds. Let one say which of them is superior in gifts and virtues to that of the politicians. Difficult will it be to find it. And it is natural. If it existed, long ago it would be the director of public destinies. Let us not make illusions: neither the noble, nor the soldier, nor the industrialist, nor the proprietor, nor the worker has anything to reproach the politician with. They are neither more intelligent nor more generous than him.

For this reason, we should accustom ourselves, when it is a question of Spanish political life, that is, of Spain as a State, to subtract whatever refers to the defects of Spain as society, as people, as race. Even in the best case, politics will have to keep itself within the limit marked by the moral and intellectual capacities of our society. It would be fine that, being what we Spaniards are, our representatives were geniuses and saints! It is equivalent, then, to perniciously diverting the attention of the national masses to place oneself before them cursing the politicians, giving to understand that there is another caste of marvellous men whom the perversity of the parliamentarians does not let conquer Power.

Sometimes it has happened, in effect, that a nation endowed with an excellent minority fell prey to some outlaws. In such cases the task was very simple: it sufficed to raise the people against the group of the wicked and foolish and impose the group of the honest and perspicacious. But it is necessary to reiterate that the case of Spain is not that one, but precisely the contrary. Here it is not a question of imposing a better minority, but of creating it, because it does not exist. And that creation of better men is not principally a political task, but a social one.

When I ask that the parliamentary institution be restored to the fullness of its exercise, it does not occur to me to think that with this we are going to save Spain. The Spanish illness is historical, and, therefore, a political medicine does not suffice to cure it. But now it is exclusively a question of correcting the extreme abnormality that our political organism, our State, suffers, and which is due to the discredit of public Power.

It is not true that the parliamentarians are, in any sense, of worse condition than the rest of the citizens. Among them there will be a percentage of completely ridiculous beings, and, of course, some highway robbers are not lacking. But, nevertheless, the atmosphere of the Cortes is rather a little superior to that of the rest of the nation, if small select groups that lead a marginal existence, barely tangent to the modalities of the country, are excepted. The only public place in Spain where a discreet word or emotion has some vague probability of being perceived is Parliament.

Therefore, it is a perfect error to suppose that to improve Parliament it is necessary to modify broadly its personnel. More or less, in it is the people that should be there. If by magic art the hundred truly superior men that there may be in Spain were gathered in a Cortes, the consequences would be fatal. As soon as they began to act, the protest of the castizo masses would be such that I do not know if they would content themselves with the decapitation of those hundred superior men.

With better will than perspicacity some think that Parliament would improve if some professors and writers of respected physiognomy took part in its internal life. Certainly today, the only figures anointed with some thousandths of prestige belong to the scientific, literary and artistic guild. It is just that it be so, because since 1900 the only battles, great or small, won for Spain have been won by the «intellectuals» or the «sentimentals», I mean, men of sciences and letters or painters and musicians. The fact is difficult to deny although the impossible has been worked to hide it. (Now Spanish sportism is also beginning to obtain victories; the thing has more importance than has been given to it; but, in any case, it is only a beginning). However, I doubt very much that the direct intervention of the intellectual would be of use to politics. History throws rather the teaching that the intellectuals have only been wont to do one thing in politics: obstruct. Science and government are, perhaps, the two most opposed human activities. The intellectual a little conscious of his destinies, instead of asking the politician for a seat, must ask him to read him with middling attention. If he achieves this he will have influenced politics as much as he must influence.

But, above all, the question has nothing to do with the quality of the persons. Here is the knot of the error. The authority that Parliament has lost has not been lost, definitively, for the lack of talent, knowledge and morality of its members, but for another cause even simpler: because it has not functioned. And it has not functioned because it has not been allowed to function. Neither more nor less. Let one not speak vaguely and over the void. The facts are clear and concrete. Let whoever wishes review the chronicles and it will be seen that for many years, above all since 1913 inclusive, Parliament has not been allowed to live its own life; it has been interrupted, perturbed, dislocated; it has been prevented from moving, according to its organic necessity; hardly a hygienic and inevitable swelling of waves began in it, one hurried to pour oil, and if the storm persisted, it was evacuated as a dam is emptied. And when at the hands of such treatment the parliamentary artifact succumbs, we hear it said to us: «Do you see? Parliament is useless! It is incapable of approving a single law!»

The policy of the Crown has not been, on this point, very fortunate. With the best will it has gone dislocating the parliamentary organism by means of interventions, perfectly constitutional, but somewhat unskillful. To the moderating Power the hand has gone a little too far in the task of moderating, and, if one does not want to see in it an easy impertinence, I would say that it has moderated immoderately. Parliament is an organic body that needs a certain margin of freedom to be able to move and incubate its healthy evolutions. Intervening too much is to stop the intimate processes of transformation.

I do not believe that saying this is to shoot any terrible dart against the Monarchy. Alien to political action and hostile to all demagogy, I do not even ideologically share the antimonarchical confession. Moreover, I do not see clearly that, as is wont to be heard around, Europe evolves towards the Republic; rather I glimpse that, under opposed appearances, it is directed towards new forms of Monarchy. But this is complicated matter, and now I am only interested in underlining the monarchical intention with which I dare to slip a reproach to the policy of the Crown.

Ho cominciato col dire che l’opinione spregiativa sul nostro Parlamento è quasi unanime. Non mi stupirei, dunque, che questa difesa di esso sia giudicata, a prima vista, stravagante. Ma il caso è che quell’opinione mi sembra erronea. Le ragioni su cui si fonda sono, a mio giudizio, false, o, quanto meno, inesatte. Il fatto che quasi tutto il mondo le accetti come buone non è che un motivo di più perché mi senta obbligato a chiedere la revisione.

Così, considero che sia un dovere opporsi all’idea, dimorante in quasi tutte le menti spagnole, che i governati siamo migliori dei governanti; gli elettori, degli eletti; la nazione, del Parlamento. Non si tratta, beninteso, di questa o quella individualità insigne, ma piuttosto andrebbe confrontata l’intera classe dei politici con le altre classi o corporazioni nazionali. Si dica quale di esse sia superiore per doti e virtù a quella dei politici. Difficile sarà trovarla. Ed è naturale. Se esistesse, da molto tempo sarebbe la direttrice dei destini pubblici. Non facciamoci illusioni: né il nobile, né il militare, né l’industriale, né il proprietario, né l’operaio hanno nulla da rimproverare al politico. Non sono né più intelligenti né più generosi di lui.

Per questo motivo, dovremmo abituarci, quando si tratta della vita politica spagnola, cioè della Spagna come Stato, a sottrarre quanto si riferisce ai difetti della Spagna come società, come popolo, come razza. Anche nel caso migliore, la politica dovrà mantenersi entro il limite segnato alle capacità morali e intellettuali della nostra società. Bene sarebbe che, essendo quel che siamo noi spagnoli, i nostri rappresentanti fossero geni e santi! Equivale, dunque, a deviare perniciosamente l’attenzione delle masse nazionali il porsi davanti ad esse a maledire i politici, dando a intendere che vi è un’altra casta di uomini meravigliosi ai quali la perversità dei parlamentari non lascia conquistare il Potere.

Alcune volte è accaduto, in effetti, che una nazione dotata di un’eccellente minoranza cadesse preda di alcuni fuorilegge. In tali casi il compito fu molto semplice: bastò sollevare il popolo contro il gruppo dei malvagi e degli stolti e imporre il gruppo degli onesti e dei perspicaci. Ma è preciso reiterare che il caso della Spagna non è questo, ma precisamente il contrario. Qui non è questione di imporre una minoranza migliore, ma di crearla, perché non esiste. E questa creazione di uomini migliori non è principalmente opera politica, ma sociale.

Quando io chiedo che l’istituzione parlamentare sia restaurata nella pienezza del suo esercizio, non mi viene in mente di pensare che con ciò salveremo la Spagna. La malattia spagnola è storica, e pertanto non basta a curarla una medicina politica. Ma ora si tratta esclusivamente di correggere l’estrema anormalità che patisce il nostro organismo politico, il nostro Stato, e che è dovuta al discredito del Potere pubblico.

Non è vero che i parlamentari siano, in nessun senso, di condizione peggiore del resto dei cittadini. Vi sarà tra loro un tanto per cento di esseri completamente ridicoli, e, naturalmente, non mancano alcuni grassatori. Ma, nondimeno, l’ambiente delle Cortes è piuttosto un po’ superiore a quello del resto della nazione, se si eccettuano piccoli gruppi scelti che conducono un’esistenza marginale, appena tangente alle modalità del paese. L’unico luogo pubblico della Spagna dove una parola o un’emozione discreta ha qualche vaga probabilità di essere percepita è il Parlamento.

Perciò, è un perfetto errore supporre che per migliorare il Parlamento sia necessario modificare ampiamente il suo personale. Poco più o meno, in esso c’è la gente che deve esserci. Se per arte magica fossero riuniti in alcune Cortes i cento uomini veramente superiori che possano esserci in Spagna, le conseguenze sarebbero fatali. Appena cominciassero ad agire, la protesta delle masse popolaresche sarebbe tale che non so se si accontenterebbero della decapitazione di quei cento uomini superiori.

Con miglior volontà che perspicacia pensano alcuni che il Parlamento migliorerebbe se prendessero parte alla sua vita interna alcuni cattedratici e scrittori dalla rispettata fisionomia. Certamente oggi le uniche figure unte con alcuni millesimi di prestigio appartengono al gremio scientifico, letterario e artistico. È giusto che sia così, perché dal 1900 le uniche battaglie, grandi o piccole, vinte per la Spagna le hanno vinte gli «intellettuali» o i «sentimentali», voglio dire, uomini di scienze e lettere o pittori e musicisti. Il fatto è difficile da negare anche se si è fatto l’impossibile per nasconderlo. (Ora comincia anche a ottenere vittorie lo sportivismo spagnolo; la cosa ha più importanza di quella che le è stata data; ma, ad ogni modo, si tratta soltanto di un inizio). Tuttavia, dubito molto che l’intervento diretto dell’intellettuale giovasse alla politica. La storia offre piuttosto l’insegnamento che gli intellettuali hanno solitamente fatto una sola cosa in politica: intralciare. Scienza e governo sono, forse, le due più opposte attività umane. L’intellettuale un poco consapevole dei suoi destini, invece di chiedere al politico un seggio, deve chiedergli di leggerlo con moderata attenzione. Se ottiene questo, avrà influenzato la politica quanto deve influire.

Ma, soprattutto, la questione non ha nulla a che vedere con la qualità delle persone. Qui sta il nodo dell’errore. L’autorità che il Parlamento ha perduto non l’ha perduta, in definitiva, per la mancanza di talento, sapere e moralità dei suoi membri, ma per un’altra causa ancora più semplice: perché non ha funzionato. E non ha funzionato perché non lo si è lasciato funzionare. Né più né meno. Non si parli vagamente e sul vuoto. I fatti sono chiari e concreti. Rilegga chi vuole le cronache e si vedrà che da molti anni, soprattutto dal 1913 compreso, non si è lasciato al Parlamento vivere la propria vita; lo si è interrotto, perturbato, dislocato; gli si è impedito di muoversi, secondo la sua necessità organica; appena aveva inizio in esso un igienico e inevitabile increspamento di onde, si ricorreva a versare olio, e se la tempesta persisteva, lo si evacuava come si svuota una diga. E quando per mano di tale trattamento soccombe il congegno parlamentare, sentiamo che ci si dice: «Lo vedete? Il Parlamento non serve! È incapace di approvare una sola legge!»

La politica della Corona non è stata, su questo punto, molto fortunata. Con la migliore volontà è andata disarticolando l’organismo parlamentare per mezzo di interventi, perfettamente costituzionali, ma alquanto malaccorti. Al potere moderatore è sfuggita un po’ la mano nell’ufficio di moderare, e, se non si vuole vedere in ciò una facile impertinenza, direi che ha moderato inmoderatamente. Il Parlamento è un corpo organico che ha bisogno di un certo margine di libertà per poter muoversi e incubare le sue salutari evoluzioni. Intervenire troppo è arrestare gli intimi processi di trasformazione.

Non credo che dire questo sia scoccare nessun terribile dardo contro la Monarchia. Estraneo all’azione politica e ostile a ogni demagogia, neppure ideologicamente partecipo della confessione antimonarchica. Inoltre, non vedo con chiarezza che, come suole udirsi in giro, l’Europa evolva verso la Repubblica; anzi intravedo che, sotto opposte apparenze, si diriga verso nuove forme di Monarchia. Ma questa è materia complicata, e ora mi interessa soltanto sottolineare l’intenzione monarchica con cui oso lasciar cadere un’obiezione alla politica della Corona.

¿En qué ha consistido el error? Reduciendo la respuesta al menor número de palabras, yo partiría de la objeción más repetida, y que se juzga decisiva contra el Parlamento, a saber: que en las Cortes no se puede aprobar una simple ley. Está bien; pero, ¿por qué pasa esto? Porque el Parlamento se compone de grupos inorgánicamente hacinados. ¿Y esto por qué? En todas partes murieron hacia 1900 los grandes partidos. En su lugar se han formado en todas las naciones grandes articulaciones de grupos. En España, no. ¿Por qué? Porque esas articulaciones no se forman en la luna y mediante un ukase, sino en los Parlamentos y merced al ejercicio libre de la vida parlamentaria, pasando por épocas de grandes luchas, apasionamientos y conflictos. La vida es así, y sólo se pare con dolor y entre convulsiones. En España no ha habido nada de esto. ¿Por qué? Fuera del Parlamento, la opinión política es sumamente débil. Más que en parte alguna, el Poder necesita aquí nutrirse del escorzo de opinión pública que forma el Parlamento. La Corona, que cambió de sienes cuando morían en España los viejos partidos, ha creído ver en la crisis fisiológica que atravesaban las Cortes españolas para poder organizar las grandes articulaciones parlamentarias un síntoma patológico. Con excelente deseo e insuficiente paciencia ha querido evitar a la nación los efectos de esas crisis, y ha intervenido instigada por el noble afán de curar lo que juzgaba una enfermedad. Ha disuelto Cortes que no debieron ser disueltas; ha ensayado jefes de Gobierno sin dar tiempo a que madurasen sus poderes parlamentarios; con ello ha contribuido a atomizar las fuerzas políticas y las ha habituado a buscar el Poder exclusivamente en Palacio. Cuando se iniciaba algún debate enérgico, capaz de llegar a alguna conclusión clara, y, por tanto, a una estructuración orgánica de los grupos, ha llamado a sus ministros en uso constitucional y ha elegido otros para que apagasen el germen de incendio. De aquí que en el Parlamento no se haya podido llevar nada a sus naturales y fecundas consecuencias. ¿No es excesivo pedir que un instrumento sometido a tal régimen resulte hoy usadero? La máquina yace desvencijada por error de conducción. Déjesela funcionar dos años seguidos, sin intervenciones forasteras, y se verá cómo, automáticamente, el aparato, volviendo a sus goznes y engranajes, se pone en movimiento. No hará cosas excelsas, pero marchará regularmente. Con los mismos hombres, con los mismos vicios individuales, la institución representativa puede recobrar aquel mínimum de autoridad que el Poder público necesita. Entonces será ocasión para pensar en mayores finuras.

Es un error, una miopía, dar demasiada importancia a las intrigas de los políticos. Sus idas y venidas fraudulentas no trascienden de un primer plano, tras del cual corre imperturbado el verdadero proceso histórico. Los políticos, como gremio, han sido eternamente intrigantes, y, sin embargo, se han hecho sobre el planeta algunas grandes cosas. La intriga es tan natural al político como la coquetería a la mujer, y ambas son, a la postre, inoperantes, pura mise en scène.

Como el lugar donde los políticos intrigan más es en Palacio, suele engendrarse en las cámaras regias una generosa indignación contra ellos, y se llega a presumir que si el pueblo los tolera es porque vive engañado. No, no vive engañado; conoce perfectamente aquellas intrigas; lo que ocurre es que, allá en su viejo corazón anónimo, echa el pueblo sus sumas y sus restas, y acaba por convencerse de que, intrigantes y todo, son lo mejor que tiene a mano. La maldad del uno queda anulada por la del otro, y el viento que sobra empuja la nave hacia el bien público.

El Sol, 1 de julio de 1922

III

El razonamiento que en estos artículos va desarrollado es, tal vez erróneo, pero sumamente sencillo. En España se ha volatilizado el Poder público, función social sin la que no puede vivir una nación. La causa de esa invalidez del Poder público está en haber perdido su esencia, que es la autoridad, imponderable energía que reside en las instituciones o se ausenta de ellas, como la electricidad se condensa en un cuerpo o lo abandona. Nuestra Constitución reparte el ejercicio del Poder público entre el Parlamento y la Corona. Habiendo aquél perdido sus prestigios ha quedado el Poder público sin la mitad de su autoridad cuando menos. La terapéutica de la situación se presenta, pues, en un claro dilema: o la Corona duplica su autoridad o es preciso restituir la suya al Parlamento.

Ahora bien, la estructura actual de la vida colectiva impide que la Corona pueda duplicar su autoridad. Intentarlo sería cargar sobre ella todas las responsabilidades —me refiero a las históricas, no a las jurídicas—, sin que tenga los medios para afrontarlas. En última instancia, el principio monárquico nutrió sus prestigios merced a bélicas empresas, ampliando el territorio nacional (España, Francia, Inglaterra) o afirmándolo contra algún peligro constante (Imperio romano). Sin una política de guerras, que hoy fuera inconcebible, la Monarquía no puede pensar en acrecer considerablemente su autoridad: harto hace con mantenerla.

No hay, por tanto, otro remedio que restaurar la autoridad del Parlamento. Con unas u otras modificaciones, es él una institución inevitable y la más adecuada a nuestros tiempos. No sólo por razones de ética o derecho —que deben ser siempre secundarias—, sino por razones biológicas, de forzosidad natural. En otras edades tenía la vida social un carácter privado. La sociedad era predominantemente un tejido de individualidades, familias, gremios, municipios. Hoy es la vida social eminentemente pública. Como el moderno impresionismo pinta más que el contorno que cierra la figura el aire que la envuelve, así el carácter de las sociedades actuales se ha hecho atmosférico, difuso. Ni la persona, ni el gremio, ni el cuerpo colegial pueden representarla. Hace falta una institución menos rigorosa de líneas que las pretéritas, y, en cambio, más porosa. El Parlamento es la institución impresionista y atmosférica, gracias a ello, la institución contemporánea por excelencia. De ella tiene que partir y en ella tiene que apoyarse toda otra autoridad. Es muy posible —más de lo que suponen los abstraccionistas de la democracia— que se imponga en alguna hora la necesidad de una dictadura, no sólo en España, sino igualmente en Francia, Italia, Alemania. Que se entrevea esa posibilidad es acaso el rasgo más significativo de la época que ahora comienza en Europa. Pues bien, las dictaduras sólo han podido nacer en los Parlamentos. De ellos han recibido la carga eléctrica que requiere su autoridad transitoria y omnímoda.

El temple reaccionario, menos dado a meditar sobre la realidad positiva que a buscar objeciones, aunque sean sólo aparentes, opondrá a esta demanda de que se restaure la autoridad del Parlamento, y para ello se le deje libremente funcionar, observaciones como la siguiente: hablar en serio del Parlamento es una inocencia, porque el Parlamento es una ficción en España, donde el sufragio no se ejerce.

Con esto llegamos a otro de los tópicos antiparlamentarios. Yo niego rotundamente que el Parlamento español sea una ficción. La ficción auténtica es, por el contrario, la idea de que es una ficción. Resulta que unos cuantos hombres definen, por sí y ante sí, una institución, esto es, construyen una arquitectura de conceptos y en vista de que la institución real y viva no coincide con esos conceptos, la declaran ficción. Más discreto parece lo contrario: declarar ficticia nuestra idea cuando es incongruente con la realidad. En ninguna parte del mundo realizan íntegramente las instituciones el perfil de su definición. Queda éste siempre —y esta es su única misión— como un ideal orientador y una norma de perfeccionamiento. En cada nación se ha realizado de una manera distinta y en una proporción diversa el concepto del sufragio. La manera española no es ciertamente la mejor, pero es la nuestra, y sólo cabe pensar en corregirla lenta y paulatinamente. Pero el que exista en cada momento una distancia entre nuestro régimen de sufragio y su forma ideal, no implica que el Parlamento sea una ficción. Por el contrario, serían ficticias unas Cortes españolas en que súbitamente se hubiese ejercido con toda pureza el sufragio. Tal y como puede ser nuestro Parlamento, vuelto a su normalidad, será como ha sido un tiempo, la representación más exacta posible de la realidad política nacional. No confundamos las cosas. El sentido del ideal consiste en orientar nuestra voluntad, no en suplantar las realidades. Pedir para una nación como la nuestra el sufragio perfecto es pedir una ficción.

La concentración liberal-reformista, reunida hace poco en el Palace, hacía al país la misma demanda que yo ahora hago para que se asegure el funcionamiento de las Cortes. El propósito parece digno de todo aplauso. Pero, tal vez, no ha sido certero el giro que se ha dado a su expresión. Porque aquella demanda viene inclusa en un programa donde se solicita la instauración de ciertas formas jurídicas, simplemente porque como formas jurídicas, les parecen preciosas a los concentrados.

Wherein has the error consisted? Reducing the answer to the fewest words, I would set out from the most repeated objection, and the one judged decisive against Parliament, namely: that in the Cortes a simple law cannot be passed. Very well; but why does this happen? Because Parliament is composed of groups inorganically crowded together. And why this? Everywhere the great parties died around 1900. In their place there have formed in all nations great articulations of groups. In Spain, no. Why? Because those articulations do not form on the moon and by means of an ukase, but in Parliaments and thanks to the free exercise of parliamentary life, passing through times of great struggles, passions, and conflicts. Life is like that, and only gives birth with pain and amid convulsions. In Spain there has been none of this. Why? Outside Parliament, political opinion is extremely weak. More than anywhere else, Power here needs to nourish itself on that foreshortening of public opinion which Parliament forms. The Crown, which changed temples when the old parties were dying in Spain, has believed it saw in the physiological crisis that the Spanish Cortes were undergoing, in order to organize the great parliamentary articulations, a pathological symptom. With excellent desire and insufficient patience it has wanted to spare the nation the effects of those crises, and has intervened instigated by the noble zeal to cure what it judged a disease. It has dissolved Cortes that should not have been dissolved; it has tried out heads of Government without giving their parliamentary powers time to mature; thereby it has contributed to atomizing the political forces and has accustomed them to seek Power exclusively at the Palace. When some energetic debate was beginning, capable of reaching some clear conclusion and, therefore, an organic structuring of the groups, it has called back its ministers in constitutional usage and has chosen others to extinguish the germ of fire. Hence in Parliament nothing could be brought to its natural and fruitful consequences. Is it not excessive to ask that an instrument subjected to such a regime should today prove usable? The machine lies broken down through error of handling. Let it function two years in a row, without foreign interventions, and it will be seen how, automatically, the apparatus, returning to its hinges and gears, sets itself in motion. It will do nothing excellent, but it will run regularly. With the same men, with the same individual vices, the representative institution can recover that minimum of authority which public Power needs. Then will be the occasion to think of greater refinements.

It is an error, a myopia, to give too much importance to the intrigues of politicians. Their fraudulent comings and goings do not transcend a foreground, behind which the true historical process runs undisturbed. Politicians, as a guild, have eternally been intriguers, and yet some great things have been done on the planet. Intrigue is as natural to the politician as coquetry to woman, and both are, in the end, inoperative, pure mise en scène.

As the place where politicians intrigue most is the Palace, there is usually generated in the royal chambers a generous indignation against them, and one comes to presume that if the people tolerate them it is because they live deceived. No, they do not live deceived; they know those intrigues perfectly; what happens is that, there in their old anonymous heart, the people do their sums and their subtractions, and end by convincing themselves that, intriguers and all, they are the best thing they have at hand. The wickedness of the one is annulled by that of the other, and the surplus wind pushes the ship toward the public good.

El Sol, 1 de julio de 1922

III

The reasoning that has been developing in these articles is, perhaps, erroneous, but extremely simple. In Spain public Power has volatilized, the social function without which a nation cannot live. The cause of this invalidity of public Power lies in its having lost its essence, which is authority, an imponderable energy that resides in institutions or absents itself from them, as electricity condenses in a body or abandons it. Our Constitution distributes the exercise of public Power between Parliament and the Crown. The former having lost its prestige, public Power has remained without half its authority at the very least. The therapeutics of the situation presents itself, then, in a clear dilemma: either the Crown doubles its authority, or Parliament’s own must be restored to it.

Now, the present structure of collective life prevents the Crown from being able to double its authority. To attempt it would be to load upon it all the responsibilities — I refer to the historical ones, not the juridical — without its having the means to face them. In the last instance, the monarchical principle nourished its prestige thanks to warlike enterprises, enlarging the national territory (Spain, France, England) or affirming it against some constant danger (the Roman Empire). Without a policy of wars, which today would be inconceivable, the Monarchy cannot think of considerably increasing its authority: it does enough by maintaining it.

There is, therefore, no other remedy than to restore the authority of Parliament. With one modification or another, it is an inevitable institution and the most suited to our times. Not only for reasons of ethics or law — which must always be secondary — but for biological reasons, of natural necessity. In other ages social life had a private character. Society was predominantly a tissue of individualities, families, guilds, municipalities. Today social life is eminently public. As modern impressionism paints not so much the contour that closes the figure as the air that envelops it, so the character of present-day societies has become atmospheric, diffuse. Neither the person, nor the guild, nor the collegiate body can represent it. There is need of an institution less rigorous of line than those of the past and, instead, more porous. Parliament is the impressionist and atmospheric institution; thanks to that, the contemporary institution par excellence. From it every other authority must start, and on it must lean. It is very possible — more than the abstractionsists of democracy suppose — that at some hour the necessity of a dictatorship should impose itself, not only in Spain, but equally in France, Italy, Germany. That that possibility should be glimpsed is perhaps the most significant feature of the epoch that is now beginning in Europe. Well then, dictatorships have only been able to be born in Parliaments. From them they have received the electric charge that their transitory and all-embracing authority requires.

The reactionary temper, less given to meditating on positive reality than to seeking objections, even if only apparent ones, will oppose to this demand that the authority of Parliament be restored, and that to that end it be left to function freely, observations like the following: speaking seriously of Parliament is an innocence, because Parliament is a fiction in Spain, where suffrage is not exercised.

With this we come to another of the anti-parliamentary commonplaces. I deny outright that the Spanish Parliament is a fiction. The authentic fiction is, on the contrary, the idea that it is a fiction. It turns out that a few men define, by themselves and for themselves, an institution, that is, they build an architecture of concepts and, in view of the fact that the real and living institution does not coincide with those concepts, they declare it a fiction. The contrary seems more discreet: to declare our idea fictitious when it is incongruent with reality. Nowhere in the world do institutions fully realize the outline of their definition. It always remains — and this is its only mission — as a guiding ideal and a norm of perfecting. In each nation the concept of suffrage has been realized in a different manner and in a different proportion. The Spanish manner is certainly not the best, but it is ours, and one can only think of correcting it slowly and gradually. But that at every moment there exists a distance between our suffrage regime and its ideal form does not imply that Parliament is a fiction. On the contrary, fictitious would be Spanish Cortes in which suffrage had suddenly been exercised in all purity. Such as our Parliament can be, restored to its normality, it will be, as it was for a time, the most exact possible representation of the national political reality. Let us not confuse things. The sense of the ideal consists in orienting our will, not in supplanting realities. To ask for a nation like ours perfect suffrage is to ask for a fiction.

The liberal-reformist concentration, gathered a short while ago at the Palace, made to the country the same demand that I now make so that the functioning of the Cortes be assured. The purpose seems worthy of all applause. But, perhaps, the turn given to its expression has not been sure. Because that demand comes included in a program where the establishment of certain juridical forms is solicited, simply because, as juridical forms, they seem precious to the gathered ones.

In che cosa è consistito l’errore? Riducendo la risposta al minor numero di parole, io partirei dall’obiezione più ripetuta, e che si giudica decisiva contro il Parlamento, vale a dire: che nelle Cortes non si può approvare una semplice legge. Va bene; ma perché accade questo? Perché il Parlamento si compone di gruppi ammassati inorganicamente. E questo perché? In ogni luogo i grandi partiti morirono verso il 1900. Al loro posto si sono formate in tutte le nazioni grandi articolazioni di gruppi. In Spagna, no. Perché? Perché quelle articolazioni non si formano sulla luna e per mezzo di un ukase, ma nei Parlamenti e grazie al libero esercizio della vita parlamentare, passando attraverso epoche di grandi lotte, appassionamenti e conflitti. La vita è così, e partorisce soltanto con dolore e tra convulsioni. In Spagna non c’è stato nulla di tutto ciò. Perché? Fuori dal Parlamento, l’opinione politica è sommamente debole. Più che in qualunque altro luogo, il Potere ha bisogno qui di nutrirsi di quello scorcio di opinione pubblica che forma il Parlamento. La Corona, che cambiò tempie quando morivano in Spagna i vecchi partiti, ha creduto di vedere nella crisi fisiologica che attraversavano le Cortes spagnole, per poter organizzare le grandi articolazioni parlamentari, un sintomo patologico. Con eccellente desiderio e insufficiente pazienza ha voluto evitare alla nazione gli effetti di quelle crisi, ed è intervenuta istigata dal nobile zelo di curare ciò che giudicava una malattia. Ha sciolto Cortes che non dovevano essere sciolte; ha sperimentato capi di Governo senza dare tempo ai loro poteri parlamentari di maturare; con ciò ha contribuito ad atomizzare le forze politiche e le ha abituate a cercare il Potere esclusivamente a Palazzo. Quando si iniziava qualche dibattito energico, capace di giungere a qualche conclusione chiara e, quindi, a una strutturazione organica dei gruppi, ha richiamato i suoi ministri nell’uso costituzionale e ne ha scelti altri perché spegnessero il germe d’incendio. Di qui che nel Parlamento non si sia potuto portare nulla alle sue naturali e feconde conseguenze. Non è forse eccessivo chiedere che uno strumento sottoposto a tale regime risulti oggi usabile? La macchina giace sgangherata per errore di conduzione. La si lasci funzionare due anni di seguito, senza interventi forestieri, e si vedrà come, automaticamente, l’apparato, tornando ai suoi cardini e ingranaggi, si metta in movimento. Non farà cose eccelse, ma marcerà regolarmente. Con gli stessi uomini, con gli stessi vizi individuali, l’istituzione rappresentativa può recuperare quel minimum di autorità di cui il Potere pubblico ha bisogno. Allora sarà occasione per pensare a finezze maggiori.

È un errore, una miopia, dare troppa importanza agli intrighi dei politici. I loro andirivieni fraudolenti non trascendono un primo piano, dietro il quale corre imperturbato il vero processo storico. I politici, come ceto, sono stati eternamente intriganti, e, tuttavia, si sono fatte sul pianeta alcune grandi cose. L’intrigo è tanto naturale al politico quanto la civetteria alla donna, ed entrambi sono, in fin dei conti, inoperanti, pura mise en scène.

Poiché il luogo dove i politici intrigano di più è il Palazzo, suole generarsi nelle camere regie una generosa indignazione contro di loro, e si arriva a presumere che se il popolo li tollera è perché vive ingannato. No, non vive ingannato; conosce perfettamente quegli intrighi; ciò che accade è che, lì nel suo vecchio cuore anonimo, il popolo fa le sue somme e le sue sottrazioni, e finisce per convincersi che, intriganti e tutto, sono il meglio che ha a portata di mano. La malizia dell’uno resta annullata da quella dell’altro, e il vento che avanza spinge la nave verso il bene pubblico.

El Sol, 1 de julio de 1922

III

Il ragionamento che in questi articoli va sviluppandosi è, forse, erroneo, ma sommamente semplice. In Spagna si è volatilizzato il Potere pubblico, funzione sociale senza la quale non può vivere una nazione. La causa di questa invalidità del Potere pubblico sta nell’aver perduto la sua essenza, che è l’autorità, imponderabile energia che risiede nelle istituzioni o se ne assenta, come l’elettricità si condensa in un corpo o lo abbandona. La nostra Costituzione ripartisce l’esercizio del Potere pubblico tra il Parlamento e la Corona. Avendo quello perduto i suoi prestigi, il Potere pubblico è rimasto senza la metà della sua autorità, per lo meno. La terapeutica della situazione si presenta, dunque, in un chiaro dilemma: o la Corona raddoppia la sua autorità, oppure è necessario restituire la sua al Parlamento.

Ora, la struttura attuale della vita collettiva impedisce che la Corona possa raddoppiare la sua autorità. Tentarlo significherebbe caricare su di essa tutte le responsabilità — mi riferisco a quelle storiche, non a quelle giuridiche —, senza che abbia i mezzi per affrontarle. In ultima istanza, il principio monarchico nutrì i suoi prestigi grazie a imprese belliche, ampliando il territorio nazionale (Spagna, Francia, Inghilterra) o affermandolo contro qualche pericolo costante (Impero romano). Senza una politica di guerre, che oggi sarebbe inconcepibile, la Monarchia non può pensare ad accrescere considerevolmente la sua autorità: ha già abbastanza da fare a mantenerla.

Non c’è, quindi, altro rimedio che restaurare l’autorità del Parlamento. Con l’una o l’altra modifica, esso è un’istituzione inevitabile e la più adatta ai nostri tempi. Non soltanto per ragioni di etica o di diritto — che devono essere sempre secondarie —, ma per ragioni biologiche, di forzosità naturale. In altre età la vita sociale aveva un carattere privato. La società era prevalentemente un tessuto di individualità, famiglie, corporazioni, municipi. Oggi la vita sociale è eminentemente pubblica. Come il moderno impressionismo dipinge più l’aria che avvolge la figura che il contorno che la chiude, così il carattere delle società attuali si è fatto atmosferico, diffuso. Né la persona, né la corporazione, né il corpo collegiale possono rappresentarla. Occorre un’istituzione meno rigorosa di linee delle passate e, invece, più porosa. Il Parlamento è l’istituzione impressionista e atmosferica; grazie a ciò, l’istituzione contemporanea per eccellenza. Da esso deve partire e su di esso deve appoggiarsi ogni altra autorità. È molto possibile — più di quanto suppongano gli astrazionisti della democrazia — che in qualche ora si imponga la necessità di una dittatura, non solo in Spagna, ma ugualmente in Francia, Italia, Germania. Che si intraveda questa possibilità è forse il tratto più significativo dell’epoca che ora comincia in Europa. Orbene, le dittature hanno potuto nascere soltanto nei Parlamenti. Da essi hanno ricevuto la carica elettrica che richiede la loro autorità transitoria e onnivora.

Il temperamento reazionario, meno disposto a meditare sulla realtà positiva che a cercare obiezioni, anche se soltanto apparenti, opporrà a questa richiesta che si restauri l’autorità del Parlamento, e che a tal fine lo si lasci funzionare liberamente, osservazioni come la seguente: parlare seriamente del Parlamento è un’ingenuità, perché il Parlamento è una finzione in Spagna, dove il suffragio non si esercita.

Con questo arriviamo a un altro dei luoghi comuni antiparlamentari. Io nego recisamente che il Parlamento spagnolo sia una finzione. La finzione autentica è, al contrario, l’idea che sia una finzione. Risulta che alcuni uomini definiscono, da sé e per sé, un’istituzione, cioè costruiscono un’architettura di concetti e, in vista del fatto che l’istituzione reale e viva non coincide con quei concetti, la dichiarano finzione. Più discreto sembra il contrario: dichiarare fittizia la nostra idea quando è incongruente con la realtà. In nessuna parte del mondo le istituzioni realizzano integralmente il profilo della loro definizione. Esso resta sempre — e questa è la sua unica missione — come un ideale orientatore e una norma di perfezionamento. In ogni nazione si è realizzato in maniera diversa e in proporzione diversa il concetto del suffragio. La maniera spagnola non è certamente la migliore, ma è la nostra, e si può pensare soltanto a correggerla lentamente e gradualmente. Ma che esista in ogni momento una distanza tra il nostro regime di suffragio e la sua forma ideale non implica che il Parlamento sia una finzione. Al contrario, sarebbero fittizie delle Cortes spagnole in cui si fosse improvvisamente esercitato con tutta purezza il suffragio. Quale può essere il nostro Parlamento, ritornato alla sua normalità, sarà come è stato un tempo, la rappresentazione più esatta possibile della realtà politica nazionale. Non confondiamo le cose. Il senso dell’ideale consiste nell’orientare la nostra volontà, non nel soppiantare le realtà. Chiedere per una nazione come la nostra il suffragio perfetto è chiedere una finzione.

La concentrazione liberale-riformista, riunitasi poco fa al Palace, faceva al paese la stessa richiesta che io ora faccio perché si assicuri il funzionamento delle Cortes. Il proposito sembra degno di ogni applauso. Ma, forse, non è stata azzeccata la svolta che è stata data alla sua espressione. Perché quella richiesta viene inclusa in un programma dove si sollecita l’instaurazione di certe forme giuridiche, semplicemente perché, come forme giuridiche, sembrano preziose ai concentrati.

Poseen éstos una hipersensibilidad para las formas de Derecho que es muy estimable, pero evidentemente anacrónica. En tiempo de Hegel y más aún en el de Edgard Quinet, comulgaban amplias masas sociales en la fe de que hemos venido al mundo para realizar ciertas formas jurídicas. Se componían filosofías de la historia mostrando la larga y ondulante línea de las aventuras humanas como un proceso progresivo de realización del Derecho. Había entonces en el aire público una voluptuosidad para los formalismos del Corpus Juris, que hoy falta por completo. Estamos en otra edad, y no sobraría que gentes de avance como los concentrados lo advirtiesen. Ya no sienten fruición por las puras formas jurídicas más que los jurisperitos. Es la huella y el hábito de su oficio. ¿No convendría ampliar un poco más el estilo de la concentración a fin de que no lo fuese sólo de abogados?

Nada se adelanta hoy con sacudir en el viento los dogmas de la libertad y de la soberanía popular. Y no porque hayan dejado de ser verdad. Siguen siéndolo, sin duda, pero de otra manera que antes, matizados de nuevo cromatismo, dispuestos en otra perspectiva. Cuando las izquierdas arribadas al Poder en Rusia y Alemania, dictan leyes rigorosas de represión contra la propaganda política, es ingenuo que aquí, desde la oposición, se engolen las voces para cantar románticas arias de liberalismo y democracia. No convencerán a nadie. Han aprendido los hombres de las últimas generaciones que no es su destino en la tierra servir a ciertas abstracciones formales de ética o derecho, sino que, al revés, son derecho y ética instrumentos al servicio de las necesidades reales. Por sí mismas aquéllas carecen de valor: su valor es su oportunidad, y su oportunidad, su urgencia.

Siguiendo otro método que el usado por la concentración, yo he hecho ahora el ensayo de mostrar que el ejercicio normal de Parlamento es absolutamente necesario para que funcione el Estado español. Para ello no he necesitado suponer que el lector sea liberal, ni siquiera partidario de la soberanía popular. Ha dañado sobremanera a la política nacional el que los propagandistas renuncian de antemano a convencer a los disidentes y, prisioneros de su parroquia, hablan sólo a los convencidos.

El Sol, 2 de julio de 1922

These men possess a hypersensitivity for the forms of Law which is very estimable, but evidently anachronistic. In the time of Hegel, and still more in that of Edgar Quinet, broad social masses communed in the faith that we have come into the world to realize certain juridical forms. Philosophies of history were composed showing the long and undulating line of human adventures as a progressive process of the realization of Law. There was then in the public air a voluptuousness for the formalisms of the Corpus Juris, which today is wholly lacking. We are in another age, and it would not be superfluous for people of progress like the gathered ones to notice it. No one any longer feels relish for pure juridical forms save the jurisconsults. It is the mark and the habit of their craft. Would it not be well to broaden the style of the concentration a little more, so that it might not be one of lawyers only?

Nothing is gained today by shaking in the wind the dogmas of liberty and of popular sovereignty. And not because they have ceased to be true. They continue to be so, no doubt, but in another manner than before, tinged with a new chromatism, arranged in another perspective. When the Lefts that have come to Power in Russia and Germany dictate rigorous laws of repression against political propaganda, it is naive that here, from the opposition, voices should swell to sing romantic arias of liberalism and democracy. They will convince no one. The men of the last generations have learned that it is not their destiny on earth to serve certain formal abstractions of ethics or law, but that, on the contrary, law and ethics are instruments at the service of real needs. By themselves those lack value: their value is their opportuneness, and their opportuneness, their urgency.

Following a method other than the one used by the concentration, I have now made the attempt to show that the normal exercise of Parliament is absolutely necessary for the Spanish State to function. For this I have not needed to suppose that the reader is a liberal, nor even a partisan of popular sovereignty. It has damaged national politics exceedingly that propagandists renounce in advance the task of convincing dissenters and, prisoners of their parish, speak only to the convinced.

El Sol, 2 de julio de 1922

Costoro possiedono un’ipersensibilità per le forme del Diritto che è molto stimabile, ma evidentemente anacronistica. Al tempo di Hegel e più ancora in quello di Edgar Quinet, ampie masse sociali comunicavano nella fede che siamo venuti al mondo per realizzare certe forme giuridiche. Si componevano filosofie della storia che mostravano la lunga e ondulante linea delle avventure umane come un processo progressivo di realizzazione del Diritto. C’era allora nell’aria pubblica una voluttuosità per i formalismi del Corpus Juris, che oggi manca del tutto. Siamo in un’altra età, e non sarebbe superfluo che gente d’avanguardia come i concentrati se ne accorgesse. Non sentono più fruizione per le pure forme giuridiche se non i giurisperiti. È l’impronta e l’abitudine del loro mestiere. Non converrebbe forse ampliare un po’ di più lo stile della concentrazione, affinché non fosse soltanto di avvocati?

Nulla si guadagna oggi a scuotere al vento i dogmi della libertà e della sovranità popolare. E non perché abbiano cessato di essere veri. Continuano a esserlo, senza dubbio, ma in altra maniera che prima, sfumati di nuovo cromatismo, disposti in un’altra prospettiva. Quando le sinistre giunte al Potere in Russia e in Germania dettano leggi rigorose di repressione contro la propaganda politica, è ingenuo che qui, dall’opposizione, si gonfino le voci per cantare romantiche arie di liberalismo e democrazia. Non convinceranno nessuno. Gli uomini delle ultime generazioni hanno imparato che non è il loro destino sulla terra servire a certe astrazioni formali di etica o diritto, ma che, al contrario, diritto ed etica sono strumenti al servizio dei bisogni reali. Per sé stesse quelle mancano di valore: il loro valore è la loro opportunità, e la loro opportunità, la loro urgenza.

Seguendo un altro metodo di quello usato dalla concentrazione, io ho fatto ora il saggio di mostrare che l’esercizio normale del Parlamento è assolutamente necessario perché funzioni lo Stato spagnolo. Per questo non ho avuto bisogno di supporre che il lettore sia liberale, né anche partigiano della sovranità popolare. Ha danneggiato oltremodo la politica nazionale il fatto che i propagandisti rinuncino in anticipo a convincere i dissidenti e, prigionieri della loro parrocchia, parlino soltanto ai convinti.

El Sol, 2 de julio de 1922