Abstract
Articles on Spanish neutrality: more important than getting the international decision right is understanding the state of mind that produced it. True political realism consists in seeing that the supreme reality is the spiritual state of the people. Central claim: public opinion is nearly always larval or disguised, like dreams according to Freud, and must be deciphered like a hieroglyph.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
DESCONFIEMOS DE LA OPINIÓN PÚBLICA
Urge, entre otras cosas, que algún espíritu bien dotado para las delicadezas de la psicología social se ensaye en hacer la anatomía y la fisiología de este fenómeno: la neutralidad española. Bien está que se discuta si la resolución de neutralidad conviene o no a nuestro pueblo. Pero tan importante para el porvenir de España como acertar en esta actitud internacional, sería acertar en el análisis de por qué ha adoptado la que ha adoptado.
¿No es ésta una cuestión de interés puramente teórico? —se me dirá. Lo que importa es la oportunidad en las decisiones y no el conocimiento del estado de espíritu que impulsa al pueblo para adoptarlas. Tal es, en efecto, el modo de razonar usado entre nuestros políticos: esto es lo que entre ellos —claro está que sólo entre ellos— suele llamarse «realismo». A mí, en cambio, me parece un síntoma de la perversión intelectual que ha traído sobre los políticos españoles su condición de abogados u hombres de negocios —dos oficios en los que no se aprende nunca a buscar la realidad viva y que operan siempre sobre la superficie de la existencia colectiva. Por esto repetía Laboulaye: «Unos cuantos abogados son la sal de una asamblea; pero que se componga de ellos en sus tres cuartas partes, francamente, es demasiado».
Segregar de un acto o decisión los motivos íntimos, el clima espiritual que lo ha producido, es cometer el mayor delito de abstraccionismo, es —nunca mejor aplicada la frase vulgar— tomar el rábano por las hojas. Un mismo acto repetido por varios individuos, puede tener las significaciones más distintas en cada uno de ellos. Y aviado está quien, fundándose en aquella coincidencia sobre lo extremo de una acción, espera que seguirán coincidiendo en lo sucesivo.
El verdadero realismo político consiste, pues, en hacerse cargo de que la realidad máxima, la que lleva, soporta y da un sentido a todos los hechos públicos —sea una postura internacional, sea un motín callejero, sea la hostilidad contra un impuesto— es el estado espiritual de las gentes que integran la sociedad. De aquí que me parezca más importante que el acierto en este minuto suelto de nuestra política internacional, el acierto con que la minoría encargada de conducir la nación llegue a entender el estado íntimo de los españoles. Ese elemento tan sutil y tan difícil de determinar es la fuerza definitiva de que todo depende. Con el alma de los españoles es con quien tenemos que hacer o dejar de hacer. Técnica administrativa, economía, pedagogía, táctica política, aun poseídas en un grado de extrema perfección, serían inútiles si no aprendemos a ver claramente en el oscuro corazón español.
Y, sin embargo, nada más difícil. Toda una cordillera de tópicos falsos o insuficientes intercepta nuestra comprensión del sentir y querer colectivos. Tenemos de qué sea la opinión pública una opinión burda y elemental que pudo ser disculpable en los comienzos del régimen popular, ingenuos y simples como toda iniciación. Es preciso que nos libertemos resueltamente tanto de la jerga democrática como de la jerga tradicionalista. Porque yo supongo que, en el fondo de su conciencia, ningún hombre honesto, decidido a vivir su vida pública con limpieza, cohesión y transparencia, se contentará hoy con ninguna de estas dos fórmulas confusas: la política tiene que seguir a la opinión pública o la política tiene que seguir a la tradición.
Entre todas las observaciones que, en contra de las ideas recibidas, cabe hacer sobre la psicología de la opinión pública, hay una de evidente oportunidad y que podríamos expresar así: la opinión pública es casi siempre una opinión larvada o disfrazada. Dicho de otro modo: la opinión real de los círculos sociales no suele ser la que directamente parecen indicar sus palabras o sus actos. Acontece con el pensamiento público lo que, según el psiquiatra Freud con los sueños. Las cosas soñadas, dice, son símbolos de ideas y deseos que quedan ocultos. Un ensueño viene a ser como un jeroglífico que es preciso descifrar. Mas, en lugar de buscar a esta observación pruebas dialécticas, prefiero reducirme a un ejemplo, que acaso aproveche al futuro psicológico de la neutralidad de España.
La neutralidad de España es el resultado de numerosos círculos de opinión sumamente diversos entre sí. Actuando cada cual con su intención y sus motivos han venido a producir esa consecuencia común del modo que, según Lucrecio, moviéndose los átomos al azar vinieron a formar esta cosa que llamamos mundo, tan fortuita como amena.
¿Habrá quien crea que esos círculos, en apariencia partidarios de la neutralidad, es neutralidad lo que en verdad desean?
Por lo pronto, el círculo de los germanófilos que tan bravamente pugna por la no intervención, a nadie logra engañar. En su idioma espiritual neutralidad significa no alianza con los anglo-franceses. Quien no lo interprete así y tome aisladamente su demanda de neutralidad, queda obligado para lo sucesivo a contar con el círculo de los germanófilos como factor de pacifismo. Pero esta estimación sería paladinamente absurda. Sorprendemos, pues, un trozo de opinión pública que se dice neutralista precisamente porque no es neutral.
Más delicado es el caso en otro círculo de opinión ambiente que es, en mi entender, el más importante y el que en forma más grave influye sobre el país.
Me refiero al amplio círculo de opinión que, en realidad, y, aparte la ficción parlamentaria, coincide con los mayores jefes políticos. A ese círculo pertenece la mayor parte de las clases nacionales que se creen cultivadas y reflexivas, las que dominan en el Parlamento y en el periódico, en los centros consultivos o universitarios y en el senado de los casinos provinciales. ¿Qué valor de sinceridad tiene el neutralismo de esta masa de opinión? ¿Hasta qué punto coincide con su estado real de ánimo su actitud de no intervención? El jeroglífico queda descifrado en cuanto hagamos la siguiente consideración: este círculo, el más elevado de la conciencia española, pretende ser razonador. Opina en virtud de razones: no es impulsivo ni apasionado. Atribuiremos, pues, tanto de sinceridad a su conclusión cuanto creamos lícito suponerle sincero ante sus razones. Ahora bien, el esquema de su razonamiento es éste: la neutralidad es obligada porque España no tiene su Hacienda dispuesta a una guerra ni su Ejército, ni su Marina. El esfuerzo de dinero y de sangre exigido por la contienda bélica está aún más exigido por la reconstitución interior.
Este razonamiento adquiere todo su sentido hipócrita cuando recordamos que proviene de los directores titulados de la vida española. Ellos son los que no han hecho la Hacienda nacional, los que no han hecho el Ejército. ¿Podremos, en serio, creer que no quieren intervenir porque quieren, en cambio, reconstituir? ¿Dónde están las sombras siquiera de los ánimos para ello? ¿Dónde están ni siquiera los vagos propósitos? ¿Quién juzga capaz al señor Dato ni al señor Romanones, no ya de reconstituir, pero ni aun de querer con algún coraje la reforma de la más modesta institución? No hay un español que presienta por quién ni por dónde va a intentarse movimiento alguno de reconstitución. Es falso, es hipócrita decir que se quiere por eso la neutralidad. Se quiere, por lo contrario; para no tener que hacer eso ni nada. En este círculo, el más amplio, el más elevado, el más influyente, neutralidad quiere decir deseo de que la nación siga muerta. Lo mismo se viene diciendo desde hace cuarenta años: ninguna intervención fuera porque hace falta todo para el interior. Y durante cuarenta años no se ha hecho nada fuera y nada dentro.
Sólo una aparente excepción: Marruecos. Mas también contra nuestra acción en Marruecos se han esgrimido las dos razones que desde hace cuarenta años orientan nuestra política y hacen de ella una labor profundamente inmoral, la de ir destruyendo el alma española por cobardía, por inercia y por ineptitud. El caso de Marruecos requiere otro capítulo: en él veremos cómo no sólo la opinión de los círculos nacionales superiores es insincera, sino también la del círculo popular. Se nos dijo que el pueblo no quería ir a Marruecos. ¿Es esto verdad?
España, 25 de junio de 1915
II
MARRUECOS, ¿SÍ O NO?
Muy rara vez, decía yo, es la opinión pública lo que ella dice. Sólo en raros, fugitivos instantes de plenitud social, coincide lo que se dice con lo que se siente. Y no me refiero ahora a las falsificaciones premeditadas de la opinión que este político o aquel periódico intenten cometer. No; ella misma es insincera, reservada, jeroglífica. Dice siempre otra cosa, si no contraria, por lo menos distinta de la que siente.
Prueba de la insinceridad radical de la opinión pública es que no se ha dado el caso jamás de que en ella se eche la culpa el público a sí mismo. Siempre es otro el causante del mal. ¿Quién duda de que frecuentemente lleva razón? Pero si el mal de un pueblo llega a consistir ni más ni menos que en ser barrido del haz de la Historia, ¿quién duda que es él el culpable? No obstante, cuando ese caso ominoso llega, el pueblo tiene siempre a mano algún conde Don Julián o algún Don Opas sobre quién descargar la responsabilidad.
Todo nuevo liberalismo que aspire a la honestidad y a la eficacia —¡y esto es política en alto sentido, honesta eficacia, eficaz honestidad!— tiene que comenzar ajustando bien sus cuentas con la opinión pública.
Quede para mejor ocasión este punto y continuemos ahora fijando nuestra atención en otros casos concretos de pública insinceridad.
¡Marruecos! Historia sobremanera curiosa. ¿Debimos ir? ¿Debimos no ir? No me interesa en esta hora esa cuestión evidentemente capital. Me interesa sólo recordar el comportamiento de nuestro pueblo ante ella.
Cuando en 1909 se inicia la expansión, dispárase en Cataluña un movimiento revolucionario. Se intenta una huelga general: en Madrid acuden masas a los cuarteles y acompañan a las tropas hasta las estaciones con gritos y actos de protesta. Una tarde entra el pueblo en un andén y consigue que los soldados vuelvan a salir de algunos vagones. Los hechos son, pues, de la mayor gravedad. ¿Quién puede dudar ante ellos de que el pueblo no quiere ir a Marruecos?
Cierto que ya entonces las personas perspicaces no se explicaron la incongruencia entre la decisión que estos actos revelaban y el fracaso de la huelga en Madrid, que —no se olvide— fue, desde el punto de vista de las organizaciones populares, bochornoso por lo completo.
Ello es que los soldados y los dineros fueron a Marruecos. Más aún: fueron cada año en mayor cuantía. Sin embargo, de 1909 hasta hoy no se ha registrado ni un mínimo movimiento popular en que con alguna energía se demande el abandono de Marruecos.
Como esto parece indicar un estado de la opinión pública contradictorio del de 1909, buscamos una leal explicación. Tal vez nos ocurre pensar: ¡Pobre pueblo! Las minorías dueñas del capital y de la gobernación impiden que se manifiesten los sentimientos populares, y, movidas por un apetito imperialista, imponen la continuación de la campaña de Marruecos. He aquí una buena idea para un mitin; es decir, para un lugar donde se va a dar grandes voces y se piensa con la laringe.
Pero fuera del mitin esa explicación es falsa. Todo lo contrario es la verdad. De 1909 hasta hoy son las minorías nacionales quienes, unas tras otras, han ido declarando su oposición a la campaña de Marruecos. Esta oposición no ha sido radical, yo diría que ha sido confusa y aun equívoca. Desde hace algún tiempo se observa que ante todos los problemas nacionales no existen más que actitudes equívocas. En las sesiones parlamentarias que al de Marruecos se dedicaron no se oyó otra política que la política del «sí, pero no». De todas suertes, no hubo un solo discurso en favor de la guerra, y no faltó en ninguno, como un contrapunto, el quejido con que se recibe la fatalidad. ¿Qué círculo de españoles, relativamente amplio, quiere de una manera inequívoca, sin reservas —no hablemos de entusiasmo— la colonización de Marruecos? Considero muy difícil la demostración de que ese círculo existe.
Si el pueblo —que es lo que suele llamarse opinión pública— sintiera realmente enojo hacia la política marroquí, no hallaría oposición. ¿O es que también él ve en la acción africana una fatalidad histórica?
En suma, venimos a este absurdo: España no desea estar en Marruecos; pero ello es que está. Y el pueblo, que parecía no querer ir, parece también no querer dejar de ir.
Ante esta duplicidad de la opinión, no podemos menos de buscar una tercera, latente bajo ese vergonzoso equívoco, una opinión oculta de quien aquellas dos actitudes opuestas son el jeroglífico y el torpe, balbuciente símbolo.
Aterra pensar cuál pueda ser esa tercera opinión. Los datos para hallarla son estos dos: el pueblo español no tiene coraje, ímpetu de vitalidad para ir a Marruecos, para realizar lo que, por lo visto, es una fatalidad histórica —y en historia la fatalidad es la obligación. ¿Sería esto grave? En sí mismo, no. Pero he aquí el otro dato: el pueblo español no tiene el coraje para dejar de ir a Marruecos. ¿Cuál es la opinión pública?
Este caso de Marruecos ilumina con su propia claridad la actitud colectiva ante casi todas las demás cuestiones nacionales. No se tiene la menor confianza en la organización del Ejército e irrita comparar lo que cuesta con lo que vale. Pero a la vez no se tiene la entereza de volverlo al crisol, fundirlo, purificarlo, consolidarlo o disminuirlo. Se desprecia y se odia al político, pero a la vez se le deja plena libertad y se le teme. Toda la España que no es ultramontana estima la neutralidad forzosa como una fatal actitud que nos es impuesta en virtud de nuestra incapacidad de beligerancia, mas no se apresura a remediar el defecto, y mañana, a la hora de la paz, si es la paz benéfica, o al menos inocua para nosotros, esa España volverá a hablar de militarismo, etcétera, etcétera.
III
¿NO HAY OPINIÓN PÚBLICA?
El conjunto de fenómenos nacionales a que en lo anterior me he referido suele ser interpretado con estas palabras: no hay opinión pública. A todas horas oímos decirlo. Con ello se justifica cuanto se hace o se deja de hacer.
Cuando Descartes —si el lector recuerda mi oficio tolerará esta cita— inicia la nueva psicología definiendo el alma como una cosa que piensa, se vio en grandes aprietos para explicar qué pasa a nuestra alma en tanto que duerme y no sueña. Una cosa que no es sino pensamiento tiene que estar siempre pensando o desaparecer.
Dejemos al gran filósofo que se resuelva su cuestión y apliquémosla sólo como ejemplo a nuestro tema. ¿Tiene sentido afirmar que no hay opinión pública alguna vez? En mi entender, no: el público es una cosa que opina y opina siempre, constantemente, y ni siquiera toma, como el alma individual, su reposo en el vacío suave del sueño, tan amado por Sancho Panza.
Pero acontece que el político se presenta ante él exigiéndole que a su pregunta responda sí o no. Y, a veces, la opinión pública no piensa ni lo uno ni lo otro, no atiende ni le interesa la pregunta esa y anda preocupado con otras cosas muy distintas.
Así el caso Marruecos nos revela un estado evidente de opinión. ¿Sí o no?, preguntamos. Y España responde: ni sí, ni no; esto es, no queremos esforzarnos por nada, no tenemos fe en nosotros mismos ni dónde apoyar la esperanza. No tenemos afán de vivir, de gozar, ni de imperar. Nuestra raza se ha tumbado al borde del camino como un can apaleado.
Ésta, ésta es la opinión pública profunda: nadie pretenderá que sea la manifiesta. ¿Cuándo un pueblo —decíamos al principio— ha proclamado la honda desestima que de sí propio a veces tiene?
Los que amen nuestros destinos mediten bien sobre este hecho básico de nuestra realidad presente. Y no digan que hay vacío de opinión pública. La hay y bien llena, la hay rebosando desprecio de sí misma.
Nuestra opinión pública es hoy una opinión inmoral, de abandono y abyección.
En la historia de la campaña marroquí hallamos su indirecta manifestación. Un pueblo sensible a la propia dignidad histórica, menos aún, al instinto de conservación, debió, o ir con entusiasmo a Marruecos, o tener el coraje de no ir.
Lo que ha hecho, lo que hemos hecho, el resultado a que todos hemos venido a colaborar, es profundamente inmoral.
Los españoles de corazón noble piensen si no es hora de cambiar íntegramente nuestra actitud ante lo que se llama opinión pública. Y sobre todo, los que aspiren a renovar el liberalismo para evitar que muera con sus viejas fórmulas, tienen que meditar un poco sobre este problema: ¿Cómo puede hacerse una política moral sobre una opinión pública inmoral?
España, 2 de julio de 1915