Abstract

A New Year’s balance-sheet: Spain’s only asset is the growing respect its intellectual production wins abroad; in that class lies, vaguely, the sole chance of forming a select minority able to shape the nation’s destiny. The condition, though, is that the intellectual not aim at it: intelligence cannot be put at the service of anything, and mobilizing intellectuals during the war annihilated them.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Al hacer balance en este friso del año nuevo nos encontramos con que el haber de valores nacionales españoles padece un déficit superlativo. Industria, política, organización…, todo va en grave derrota. Pero no es mi propósito insistir sobre el tenebroso panorama que ofrece nuestra vida colectiva. Quisiera, por el contrario, hacer notar que hay una cosa, una sola cosa donde podemos prender la esperanza. Me refiero al progresivo interés y al creciente respeto que van mostrando las gentes extrañas —Alemania, Inglaterra, Francia, América del Sur— por la producción intelectual española. El hecho irritará, sin duda, a los que creen justificar su inepcia y su inmoralidad maldiciendo de los «intelectuales», pero el hecho es evidente. Puede reducirse a claras e inequívocas cifras. Una estadística de las demandas de derechos de traducción o publicación dirigidas a los escritores españoles en los últimos dos años aleccionaría suficientemente a los que no quieren de otro modo reconocer que mientras el resto de las clases españolas no ha podido obtener victoria alguna, los «intelectuales» han conquistado en la estimación de los demás pueblos un puesto para España que desde hace siglos no ocupaba. Con esto no quiero decir que la labor de los que hoy producen obra científica y literaria sea de calidades sublimes y de genial naturaleza. Valga más o menos, es lo único que tiene hoy en España un valor positivo y lo único —si se exceptúa la obra de algún músico y de algún pintor— que suscita fuera de nuestro país curiosidad, atención y respeto.

Esta situación favorable no debe, en modo alguno, envanecernos, sino, por el contrario, obligarnos. Ella indica que en la clase intelectual reside vagamente —¡muy vagamente, es cierto!— la única posibilidad de constituir una minoría selecta capaz de influir hondamente en los destinos étnicos y dar un comienzo de nueva organización a este pueblo nuestro que se deshace y atomiza día por día. Creo, pues, que ha llegado para el intelectual español, no la hora del triunfo, sino la hora de la gran tarea. ¿Y no es ésta la previsión más optimista que cabe presentar a espíritus activos? La escena triunfal hace bostezar al verdadero triunfador. Lo importante en la vida es tener quehacer, una misión, una empresa, una tarea. Como Cervantes sugiere, es más sabroso el camino que la posada.

Mas para que el intelectual llegue a ejercer ese influjo sobre los destinos de España es la primera condición que no se lo proponga. Habríase logrado a estas fechas mucho más si en los últimos años, sobre todo durante la sazón guerrera, no hubieran deformado muchos intelectuales su intelectualidad poniendo ésta al servicio de propósitos políticos. Aludo ahora exclusivamente a aquellos casos en que estos propósitos fueron nobles y hasta heroicos. La intelectualidad, por su propia esencia, no tolera ser puesta al servicio de nada, así sea la más alta cosa del mundo. Por esta razón ha sido fatal en los pueblos beligerantes la movilización de la inteligencia. La depresión científica y literaria que hoy padecen esas naciones próceres se debe, más que a pretextos económicos, a haber sido cegadas las fuentes de creación espiritual por haber querido mover con ellas las muelas de los molinos políticos. Es curioso advertir cómo los intelectuales europeos han quedado aniquilados exactamente en la medida en que se dejaron movilizar.

La inteligencia no es una cosa que se tiene, sino una cosa que se es. No consiste en un instrumento externo que se maneja a voluntad, sino en una delicadísima actividad localizada en el más radical centro de la persona. Cuando el hombre clásico habla de la Musa y el romántico de la inspiración, expresa bellamente esta misteriosa realidad de la creación ideológica y poética que emana de la persona, no se sabe cómo, insumisa al albedrío y ante la cual sólo cabe por parte del mismo creador una humilde actitud pasiva. No es el poeta quien hace el verso sino el verso quien se hace en el poeta, como la espiga de oro en la gleba estriada. Goethe decía que

En lo cierto está el que piensa

no saber cómo se piensa.

Cuando se piensa

todo es como regalado.

La inteligencia creadora es estimada porque descubre verdades o inventa bellas imágenes. Cuando se pretende utilizar su autoridad para otras cosas, así sean las más santas, se anula su propia eficacia y cae inevitablemente en desprestigio. El intelectual sólo puede ser útil como intelectual, esto es, buscando sin premeditación la verdad o dando cara a la arisca belleza.

Esperaría lo más alto de la clase intelectual española si viera en ella la resolución de aceptar enérgicamente el rigoroso imperativo de intelectualidad. El intelectual no puede ser en ninguna acepción hombre de partido y, a la larga, el público sólo respeta y cultiva al escritor de quien no sabe a priori cómo va a pensar o sentir de una cosa.

Pero no basta con que el intelectual se resuelva a ser intelectual y sólo intelectual en su labor literaria o ideológica. Es preciso que se someta a una esforzada disciplina interior, que se exija creciente perfección, amplitud, precisión. Si los intelectuales españoles se impusiesen esta fuerte disciplina pronto contaría nuestro pueblo con una minoría apta para dirigirle. La disciplina es la fuerza y el síntoma de las aristocracias. Porque disciplina es norma y meta de la aspiración; por tanto lleva al entrenamiento, a la emulación, a la selección, al más y menos de proximidad con el modelo. Si «pueblo» es espontaneidad y abandono, aristocracia es disciplina y régimen.

Ahora bien, una nación es un pueblo organizado por una aristocracia.

España, 14 de enero de 1922