Abstract

A second letter to Maeztu on the «men or ideas» dispute: the recent elections are an experimental confirmation of his thesis, since the people grouped around a pure idea while believing in none of the men carrying it. But the people — the many without the cultured minority — accomplish no historical work: culture is the continuity of sensitivity to ideas. A conservative party can live without ideas because it represents real interests; democracy cannot, because it is only an idea.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Para Ramiro de Maeztu

Va para dos años, amigo Maeztu, que discutía yo con usted, desde la revista Faro, sobre si hombres o ideas. Un escritor, diputado de la mayoría conservadora, quiso pensar que en política las ideas no son nada y los hombres todo. En realidad, no se trataba de una opinión seria: se trataba más bien de un pío deseo alimentado en el corazón de un diputado de una mayoría. El fraile Goudman del diálogo volteriano afirmaba que, si un pavo real pudiera hablar, diría que tenía alma y que ese alma estaba en su cola. Ahora bien; el partido conservador español no tenía ideas: poseía, empero, un hombre. En la política española se llama hoy hombre a unos gestos de unas manos y un tono de una voz. Había, pues, un hombre, había una disciplina, un jefe, una energía: nada de cuanto compone lo formal y adjetivo de la política faltaba. ¿Cómo pudo extrañarnos que al diputado de la mayoría le pareciera que el partido conservador tenía un alma y que ese alma era el gesto de su jefe?

Mas he aquí que frente al Hombre conservador la idea liberal se movía sobre las aguas: torpemente, oscuramente, como conviene al primer capítulo de toda génesis, de toda iniciación o comienzo, así cósmicos como españoles. Era sólo la gran idea difusa y confusa yendo y viniendo de la manera que un vaho sobre la informe masa caótica del pueblo, de los muchos. Aún no había Hombres liberales; aún estamos, no se olvide, circunscritos al segundo versículo: los hombres se crearán después, los creará la Idea, el Logos, lo mismo que en aquella primera sazón genesiaca.

Ello es que en las últimas elecciones, amigo Maeztu, se nos ha ofrecido una comprobación empírica ejemplar de nuestra opinión, un experimento maravilloso, tan claro y preciso que no tiene nada que envidiar a una observación de laboratorio.

El pueblo español se ha agrupado espontáneamente en torno a una idea pura, sin mezcla de hombre alguno. ¿No es esto admirable? La democracia se ha impuesto precisamente en ocasión que no espera nada de sus hombres, que no cree en ellos. Menores garantías que las que ofrecen los actuales conductores del liberalismo, a los liberales españoles, no son fáciles de imaginar. Y, sin embargo, se han agrupado en derredor con unanimidad inesperada. A nadie puede honestamente caber duda de que en las últimas elecciones sólo se ha votado una idea.

Nuestro pueblo se ha elevado súbitamente, hasta hacerse consciente de una idea: en los oscurecidos ámbitos de su instinto se ha abierto un relámpago y ha gozado un punto de clarividencia. Pero ¿qué graves dolores no ha exigido ese fugaz estado de espiritual actividad?

No olvidemos que el pueblo es carne, es materia: su comercio normal con las ideas exige un mediador plástico, como aquél que imaginó Cudworth para explicar la unión del alma con el cuerpo. El pueblo, los muchos sin los pocos, sin la minoría cultural, no puede cumplir ninguna labor histórica que merezca la pena. Una sociedad necesita que la sensibilidad para las ideas sea en ella un hecho normal y constante: no otra cosa que esa continuidad ideológica es la cultura, y, en mi opinión, hombre culto es aquél para quien en todo momento el mundo interior existe. El inculto, el abyecto, sólo alcanza la visión de las sustancias ideales en dos o tres instantes de su vida: cuando el placer sumo o el extremo dolor sutilizan tanto sus nervios, que las vibraciones de éstos valen momentáneamente como una ficción de espiritualidad. La bestia doliente es casi humana, y la masa popular, acosada por la amargura, o furiosa de indignación, toma, a las veces, resoluciones académicas. Pero esto no basta.

Serían para benditos los dolores de estos últimos meses si habiendo excitado en el pueblo la sensibilidad liberal, su atención y su entusiasmo fueran aprovechados para revisar el sistema de las afirmaciones democráticas. Un partido conservador aún puede vivir sin ideas, porque representa intereses reales, porque es realismo. La democracia no, porque es idealismo, es destrucción de lo mal construido y construcción de lo bien ideado. La democracia es sólo una idea, un ideal, y, por consiguiente, hay que tomarse el trabajo de pensarla.

La conservación es un instinto, el instinto más radical: por eso hay siempre conservadores, porque es natural. Liberalismo es, por el contrario, superación de todos los instintos sociales, domesticación de la naturaleza: por eso, en el pleno sentido de la palabra, hay tan pocos liberales en España, porque es cultural.

A decir verdad, si analizamos la idea en torno a la cual se ha coagulado la voluntad difusa de España, no hallaremos en ella de liberalismo más que la forma y el oriente. Desde 1898 fermenta políticamente nuestro país bajo el efecto reactivo de una palabra: regeneración. Sordamente, como todo cambio histórico profundo y radical, la fermentación ha ido infeccionando de fértil desasosiego los miembros nacionales. La expansión de la sagrada enfermedad, de la divina inquietud —el descontento es la emoción idealista—, tenía que ser despaciosa en una raza como la nuestra,

Che suoi guai no par che senta,

Vecchia, oziosa e lenta,

(Petrarca)

en un pueblo como el nuestro que gasta en los toros y otros excesos su nerviosidad y carece de sistema nervioso para la política. Mas a la par que el ansia nueva se extendía por las partes más muertas, las partes más vivas e intelectuales iban ensayando, una tras otra, fórmulas regenerativas, arbitrios bien intencionados que, unos tras otros, iban fracasando.

Sería instructivo hacer la historia de estos ensayos, que comenzaron con el industrialismo de 1900 y, pasando por el regionalismo de 1906 y el administrativismo de 1908, han fincado en el energismo —¡Disciplina, jefe, Energía!— de 1909. Esta sucesión, en efecto, no es fortuita: nótese que, como siempre ocurre, se comenzó por la corteza y, poco a poco, se ha llegado a la medula. Primero la cuestión española fue meramente externa y momentánea: nuestro desnivel industrial y comercial; luego pareció que el problema era más sustancial, que era una cuestión de organización nacional y local; más tarde se da un paso hacia dentro y se habla de la reforma administrativa que había de llegar hasta los últimos rincones del país; en fin, el problema administrativo queda en segundo término y aparece claro y patente que lo importante es la manera de gobernar, que hasta ahora se había gobernado sin energía, y que desde ahora podríamos contar con la máxima fortaleza gubernativa.

Si se mira bien, ninguna de estas formas por que ha pasado el ansia de regeneración suprime y niega las anteriores; por el contrario, lleva dócilmente la una a la otra, en virtud de interna necesidad y espontánea dialéctica. El regionalismo fue pensado para lograr el crecimiento industrial de algunas ciudades. Los daños que para otras pudiera acarrear aquello que, en fin de cuentas, significaba una protección nominativa y una predilección del estado central, pareció posible subsanarlos con una reforma general administrativa. Pero la ley administrativa, ¿cómo puede ser impuesta si no es imponiéndola a fuerza de fuerzas? La cuestión española queda así reducida a una cuestión política, que es una cuestión de fuerza.

Ya sabe usted, amigo Maeztu, que los hombres primeros, cuando observaban un fenómeno natural en que se manifestara una energía, habían de imaginar siempre un ser personal invisible como portador de aquella fuerza: los ríos y las enfermedades, el rayo y el calor solar fueron de este modo considerados como divinidades, númenes o demonios. En la mitología escandinava el fuego es un dios personal que come yerbas secas y muerde si le tocan. Cuando el diputado conservador pensaba que la política es fuerza y que la fuerza era un Hombre, no hacía, pues, sino restaurar los hábitos mentales de los indigetes e ilercavones. La historia de los tres últimos años en España habrá de agregarse a la historia general de la formación de los mitos.

Mas para la dinámica moderna, en física como en política, la fuerza es siempre una de dos fuerzas: fuerza de acción o fuerza de reacción. No hay fuerza absoluta mítica: podríamos decir que para Newton lo que da a una fuerza la fuerza es su dirección, es ir hacia la izquierda o ir hacia la derecha.

Sacudida por los recientes magnos dolores la masa popular —no los pocos, no los sabios— ha acabado de ver claro en el problema nacional: la mengua española no es mengua industrial y agrícola, como sostuvo la Unión Nacional de Productores; ni es violenta organización de los tipos étnicos peninsulares, como quiere el catalanismo; ni es caciquismo y relapsa administración como pretendía el partido conservador, sino meramente la ausencia de las izquierdas en nuestra vida secular. Pues donde no hay izquierdas, claro está que no hay derechas; y donde ni izquierdas ni derechas hay, falta la fuerza política. Y sin fuerza política es imposible aquel sumo poder plasmante sólo capaz de suscitar una legislación positiva y sistemática que pedagogice y cree a un pueblo.

Nuestra ansia de regeneración, amigo Maeztu, ha necesitado doce años para llegar a esta viejísima verdad de que sin política no hay pueblo, y que la sustancia de la política es la «guerra ilustre» entre gentes de la izquierda y gentes de la derecha, entre imperialismo y democracia. Así, hace veinticuatro siglos, Platón en la República: «¿A qué hablamos de “la” ciudad? ¿No es, por ventura, cada ciudad muchas ciudades? ¿No es, por lo menos, cada ciudad dos ciudades que viven juntas en perpetua lucha, la ciudad de los pobres y la ciudad de los ricos?»

El Imparcial, 12 de enero de 1910