Ortega y Gasset

Abstract

A second letter to Maeztu on the «men or ideas» dispute: the recent elections are an experimental confirmation of his thesis, since the people grouped around a pure idea while believing in none of the men carrying it. But the people — the many without the cultured minority — accomplish no historical work: culture is the continuity of sensitivity to ideas. A conservative party can live without ideas because it represents real interests; democracy cannot, because it is only an idea.

Connections

Concetti: idea, minoranza selecta, Stato
Forme: epistola

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Para Ramiro de Maeztu

Va para dos años, amigo Maeztu, que discutía yo con usted, desde la revista Faro, sobre si hombres o ideas. Un escritor, diputado de la mayoría conservadora, quiso pensar que en política las ideas no son nada y los hombres todo. En realidad, no se trataba de una opinión seria: se trataba más bien de un pío deseo alimentado en el corazón de un diputado de una mayoría. El fraile Goudman del diálogo volteriano afirmaba que, si un pavo real pudiera hablar, diría que tenía alma y que ese alma estaba en su cola. Ahora bien; el partido conservador español no tenía ideas: poseía, empero, un hombre. En la política española se llama hoy hombre a unos gestos de unas manos y un tono de una voz. Había, pues, un hombre, había una disciplina, un jefe, una energía: nada de cuanto compone lo formal y adjetivo de la política faltaba. ¿Cómo pudo extrañarnos que al diputado de la mayoría le pareciera que el partido conservador tenía un alma y que ese alma era el gesto de su jefe?

Mas he aquí que frente al Hombre conservador la idea liberal se movía sobre las aguas: torpemente, oscuramente, como conviene al primer capítulo de toda génesis, de toda iniciación o comienzo, así cósmicos como españoles. Era sólo la gran idea difusa y confusa yendo y viniendo de la manera que un vaho sobre la informe masa caótica del pueblo, de los muchos. Aún no había Hombres liberales; aún estamos, no se olvide, circunscritos al segundo versículo: los hombres se crearán después, los creará la Idea, el Logos, lo mismo que en aquella primera sazón genesiaca.

Ello es que en las últimas elecciones, amigo Maeztu, se nos ha ofrecido una comprobación empírica ejemplar de nuestra opinión, un experimento maravilloso, tan claro y preciso que no tiene nada que envidiar a una observación de laboratorio.

El pueblo español se ha agrupado espontáneamente en torno a una idea pura, sin mezcla de hombre alguno. ¿No es esto admirable? La democracia se ha impuesto precisamente en ocasión que no espera nada de sus hombres, que no cree en ellos. Menores garantías que las que ofrecen los actuales conductores del liberalismo, a los liberales españoles, no son fáciles de imaginar. Y, sin embargo, se han agrupado en derredor con unanimidad inesperada. A nadie puede honestamente caber duda de que en las últimas elecciones sólo se ha votado una idea.

Nuestro pueblo se ha elevado súbitamente, hasta hacerse consciente de una idea: en los oscurecidos ámbitos de su instinto se ha abierto un relámpago y ha gozado un punto de clarividencia. Pero ¿qué graves dolores no ha exigido ese fugaz estado de espiritual actividad?

No olvidemos que el pueblo es carne, es materia: su comercio normal con las ideas exige un mediador plástico, como aquél que imaginó Cudworth para explicar la unión del alma con el cuerpo. El pueblo, los muchos sin los pocos, sin la minoría cultural, no puede cumplir ninguna labor histórica que merezca la pena. Una sociedad necesita que la sensibilidad para las ideas sea en ella un hecho normal y constante: no otra cosa que esa continuidad ideológica es la cultura, y, en mi opinión, hombre culto es aquél para quien en todo momento el mundo interior existe. El inculto, el abyecto, sólo alcanza la visión de las sustancias ideales en dos o tres instantes de su vida: cuando el placer sumo o el extremo dolor sutilizan tanto sus nervios, que las vibraciones de éstos valen momentáneamente como una ficción de espiritualidad. La bestia doliente es casi humana, y la masa popular, acosada por la amargura, o furiosa de indignación, toma, a las veces, resoluciones académicas. Pero esto no basta.

Serían para benditos los dolores de estos últimos meses si habiendo excitado en el pueblo la sensibilidad liberal, su atención y su entusiasmo fueran aprovechados para revisar el sistema de las afirmaciones democráticas. Un partido conservador aún puede vivir sin ideas, porque representa intereses reales, porque es realismo. La democracia no, porque es idealismo, es destrucción de lo mal construido y construcción de lo bien ideado. La democracia es sólo una idea, un ideal, y, por consiguiente, hay que tomarse el trabajo de pensarla.

La conservación es un instinto, el instinto más radical: por eso hay siempre conservadores, porque es natural. Liberalismo es, por el contrario, superación de todos los instintos sociales, domesticación de la naturaleza: por eso, en el pleno sentido de la palabra, hay tan pocos liberales en España, porque es cultural.

A decir verdad, si analizamos la idea en torno a la cual se ha coagulado la voluntad difusa de España, no hallaremos en ella de liberalismo más que la forma y el oriente. Desde 1898 fermenta políticamente nuestro país bajo el efecto reactivo de una palabra: regeneración. Sordamente, como todo cambio histórico profundo y radical, la fermentación ha ido infeccionando de fértil desasosiego los miembros nacionales. La expansión de la sagrada enfermedad, de la divina inquietud —el descontento es la emoción idealista—, tenía que ser despaciosa en una raza como la nuestra,

Che suoi guai no par che senta,

Vecchia, oziosa e lenta,

(Petrarca)

en un pueblo como el nuestro que gasta en los toros y otros excesos su nerviosidad y carece de sistema nervioso para la política. Mas a la par que el ansia nueva se extendía por las partes más muertas, las partes más vivas e intelectuales iban ensayando, una tras otra, fórmulas regenerativas, arbitrios bien intencionados que, unos tras otros, iban fracasando.

Sería instructivo hacer la historia de estos ensayos, que comenzaron con el industrialismo de 1900 y, pasando por el regionalismo de 1906 y el administrativismo de 1908, han fincado en el energismo —¡Disciplina, jefe, Energía!— de 1909. Esta sucesión, en efecto, no es fortuita: nótese que, como siempre ocurre, se comenzó por la corteza y, poco a poco, se ha llegado a la medula. Primero la cuestión española fue meramente externa y momentánea: nuestro desnivel industrial y comercial; luego pareció que el problema era más sustancial, que era una cuestión de organización nacional y local; más tarde se da un paso hacia dentro y se habla de la reforma administrativa que había de llegar hasta los últimos rincones del país; en fin, el problema administrativo queda en segundo término y aparece claro y patente que lo importante es la manera de gobernar, que hasta ahora se había gobernado sin energía, y que desde ahora podríamos contar con la máxima fortaleza gubernativa.

Si se mira bien, ninguna de estas formas por que ha pasado el ansia de regeneración suprime y niega las anteriores; por el contrario, lleva dócilmente la una a la otra, en virtud de interna necesidad y espontánea dialéctica. El regionalismo fue pensado para lograr el crecimiento industrial de algunas ciudades. Los daños que para otras pudiera acarrear aquello que, en fin de cuentas, significaba una protección nominativa y una predilección del estado central, pareció posible subsanarlos con una reforma general administrativa. Pero la ley administrativa, ¿cómo puede ser impuesta si no es imponiéndola a fuerza de fuerzas? La cuestión española queda así reducida a una cuestión política, que es una cuestión de fuerza.

Ya sabe usted, amigo Maeztu, que los hombres primeros, cuando observaban un fenómeno natural en que se manifestara una energía, habían de imaginar siempre un ser personal invisible como portador de aquella fuerza: los ríos y las enfermedades, el rayo y el calor solar fueron de este modo considerados como divinidades, númenes o demonios. En la mitología escandinava el fuego es un dios personal que come yerbas secas y muerde si le tocan. Cuando el diputado conservador pensaba que la política es fuerza y que la fuerza era un Hombre, no hacía, pues, sino restaurar los hábitos mentales de los indigetes e ilercavones. La historia de los tres últimos años en España habrá de agregarse a la historia general de la formación de los mitos.

Mas para la dinámica moderna, en física como en política, la fuerza es siempre una de dos fuerzas: fuerza de acción o fuerza de reacción. No hay fuerza absoluta mítica: podríamos decir que para Newton lo que da a una fuerza la fuerza es su dirección, es ir hacia la izquierda o ir hacia la derecha.

Sacudida por los recientes magnos dolores la masa popular —no los pocos, no los sabios— ha acabado de ver claro en el problema nacional: la mengua española no es mengua industrial y agrícola, como sostuvo la Unión Nacional de Productores; ni es violenta organización de los tipos étnicos peninsulares, como quiere el catalanismo; ni es caciquismo y relapsa administración como pretendía el partido conservador, sino meramente la ausencia de las izquierdas en nuestra vida secular. Pues donde no hay izquierdas, claro está que no hay derechas; y donde ni izquierdas ni derechas hay, falta la fuerza política. Y sin fuerza política es imposible aquel sumo poder plasmante sólo capaz de suscitar una legislación positiva y sistemática que pedagogice y cree a un pueblo.

For Ramiro de Maeztu

Going on two years now, my friend Maeztu, since I was arguing with you, from the review Faro, over men or ideas. A writer, deputy of the conservative majority, wished to think that in politics ideas are nothing and men everything. In reality, it was not a serious opinion: it was rather a pious wish nourished in the heart of a deputy of a majority. Friar Goudman of the Voltairean dialogue affirmed that, if a peacock could speak, it would say it had a soul and that that soul was in its tail. Now then; the Spanish conservative party had no ideas: it possessed, however, a man. In Spanish politics one calls today a man certain gestures of hands and a tone of voice. There was, then, a man, there was a discipline, a chief, an energy: nothing of what composes the formal and adjectival part of politics was lacking. How could it surprise us that to the deputy of the majority it seemed that the conservative party had a soul and that that soul was the gesture of his chief?

But behold, confronting the conservative Man, the liberal idea moved over the waters: clumsily, obscurely, as befits the first chapter of every genesis, of every initiation or beginning, both cosmic and Spanish. It was only the great diffuse and confused idea going and coming in the manner of a vapor over the formless chaotic mass of the people, of the many. There were not yet liberal Men; we are still, let it not be forgotten, confined to the second verse: the men will be created afterwards, the Idea will create them, the Logos, just as in that first genesiac season.

The fact is that in the last elections, friend Maeztu, we have been offered an exemplary empirical confirmation of our opinion, a marvelous experiment, so clear and precise that it has nothing to envy in a laboratory observation.

The Spanish people has grouped itself spontaneously around a pure idea, without the admixture of any man. Is this not admirable? Democracy has imposed itself precisely on an occasion when it expects nothing of its men, when it does not believe in them. Lesser guarantees than those offered by the present conductors of liberalism, to the Spanish liberals, are not easy to imagine. And, nevertheless, they have grouped themselves round about with unexpected unanimity. No one can honestly doubt that in the last elections only an idea was voted.

Our people has suddenly risen, until it has become conscious of an idea: in the darkened realms of its instinct a lightning flash has opened and it has enjoyed a point of clairvoyance. But what grave pains has not that fugitive state of spiritual activity exacted?

Let us not forget that the people is flesh, is matter: its normal commerce with ideas requires a plastic mediator, like that which Cudworth imagined to explain the union of the soul with the body. The people, the many without the few, without the cultural minority, cannot accomplish any historical work that is worthwhile. A society needs that the sensibility for ideas be in it a normal and constant fact: nothing other than that ideological continuity is culture, and, in my opinion, a cultured man is he for whom at every moment the inner world exists. The uncultured man, the abject man, reaches the vision of ideal substances only in two or three instants of his life: when supreme pleasure or extreme pain so subtilizes his nerves that their vibrations momentarily count as a fiction of spirituality. The suffering beast is almost human, and the popular mass, harried by bitterness, or furious with indignation, sometimes takes academic resolutions. But this does not suffice.

The pains of these last months would be blessed if, having excited in the people the liberal sensibility, its attention and its enthusiasm were turned to profit in order to revise the system of democratic affirmations. A conservative party can still live without ideas, because it represents real interests, because it is realism. Democracy cannot, because it is idealism, it is destruction of what is badly built and construction of what is well conceived. Democracy is only an idea, an ideal, and, consequently, one must take the trouble to think it.

Conservation is an instinct, the most radical instinct: that is why there are always conservatives, because it is natural. Liberalism is, on the contrary, the surmounting of all social instincts, the domestication of nature: that is why, in the full sense of the word, there are so few liberals in Spain, because it is cultural.

To tell the truth, if we analyze the idea around which the diffuse will of Spain has coagulated, we shall find in it of liberalism nothing more than the form and the orient. Since 1898 our country has been fermenting politically under the reactive effect of a word: regeneration. Dully, like every deep and radical historical change, the fermentation has gone on infecting the national members with fertile unrest. The spread of the sacred disease, of the divine disquiet —discontent is the idealist emotion— had to be slow in a race like ours,

Che suoi guai no par che senta,

Vecchia, oziosa e lenta,

(Petrarca)

in a people like ours, which spends its nervousness in bullfights and other excesses and lacks a nervous system for politics. But in the measure that the new longing spread through the most dead parts, the most living and intellectual parts were trying out, one after another, regenerative formulas, well-intentioned expedients which, one after another, were failing.

It would be instructive to write the history of these essays, which began with the industrialism of 1900 and, passing through the regionalism of 1906 and the administrativism of 1908, have ended in the energism —Discipline, chief, Energy!— of 1909. This succession, indeed, is not fortuitous: note that, as always happens, one began with the bark and, little by little, one has reached the marrow. First the Spanish question was merely external and momentary: our industrial and commercial inequality; then it seemed that the problem was more substantial, that it was a question of national and local organization; later a step is taken inward and one speaks of the administrative reform that had to reach into the last corners of the country; finally, the administrative problem recedes to second place and it appears clear and patent that the important thing is the manner of governing, that until now one had governed without energy, and that from now on we could count upon the maximum governmental strength.

If one looks well, none of these forms through which the longing for regeneration has passed suppresses and denies the previous ones; on the contrary, one leads docilely to the other, by virtue of internal necessity and spontaneous dialectic. Regionalism was conceived in order to achieve the industrial growth of some cities. The damages that what, in the last resort, signified a nominal protection and a predilection of the central state might bring to others, seemed possible to repair with a general administrative reform. But the administrative law, how can it be imposed if not by imposing it by dint of force? The Spanish question is thus reduced to a political question, which is a question of force.

You know well, friend Maeztu, that the first men, when they observed a natural phenomenon in which an energy manifested itself, had always to imagine an invisible personal being as the bearer of that force: rivers and diseases, the lightning and solar heat were in this way considered as divinities, numina or demons. In Scandinavian mythology fire is a personal god that eats dry herbs and bites if one touches it. When the conservative deputy thought that politics is force and that force was a Man, he was doing nothing but restoring the mental habits of the Indigetes and Ilergetes. The history of the last three years in Spain will have to be added to the general history of the formation of myths.

But for modern dynamics, in physics as in politics, force is always one of two forces: force of action or force of reaction. There is no mythical absolute force: we could say that for Newton what gives a force its force is its direction, is going toward the left or going toward the right.

Shaken by the recent great sorrows, the popular mass —not the few, not the wise— has ended by seeing clearly in the national problem: Spain’s decline is not an industrial and agricultural decline, as the National Union of Producers maintained; nor is it a violent organization of the peninsular ethnic types, as Catalanism wants; nor is it caciquismo and lax administration, as the conservative party claimed, but merely the absence of the Left in our secular life. For where there are no Lefts, it is clear that there are no Rights; and where there are neither Lefts nor Rights, political force is lacking. And without political force that supreme plastic power is impossible, the only one capable of arousing a positive and systematic legislation that pedagogizes and creates a people.

Per Ramiro de Maeztu

Sono quasi due anni, amico Maeztu, che discutevo con voi, dalle pagine della rivista Faro, se uomini o idee. Uno scrittore, deputato della maggioranza conservatrice, volle pensare che in politica le idee non sono nulla e gli uomini tutto. In realtà, non si trattava di un’opinione seria: si trattava piuttosto di un pio desiderio alimentato nel cuore di un deputato di una maggioranza. Il frate Goudman del dialogo voltairiano affermava che, se un pavone potesse parlare, direbbe di avere un’anima e che quell’anima stava nella sua coda. Orbene; il partito conservatore spagnolo non aveva idee: possedeva, però, un uomo. Nella politica spagnola si chiama oggi uomo certi gesti di mani e un tono di voce. C’era, dunque, un uomo, c’era una disciplina, un capo, un’energia: nulla di quanto compone il formale e l’aggettivo della politica mancava. Come poteva stupirci che al deputato della maggioranza sembrasse che il partito conservatore avesse un’anima e che quell’anima fosse il gesto del suo capo?

Ma ecco che di fronte all’Uomo conservatore l’idea liberale si muoveva sulle acque: goffamente, oscuramente, come conviene al primo capitolo di ogni genesi, di ogni iniziazione o cominciamento, così cosmico come spagnolo. Era soltanto la grande idea diffusa e confusa che andava e veniva alla maniera di un vapore sulla informe massa caotica del popolo, dei molti. Ancora non c’erano Uomini liberali; siamo ancora, non si dimentichi, circoscritti al secondo versetto: gli uomini si creeranno dopo, li creerà l’Idea, il Logos, come in quella prima stagione genesiaca.

Sta di fatto che nelle ultime elezioni, amico Maeztu, ci è stata offerta una comprovazione empirica esemplare della nostra opinione, un esperimento meraviglioso, tanto chiaro e preciso da non avere nulla da invidiare a un’osservazione di laboratorio.

Il popolo spagnolo si è raggruppato spontaneamente intorno a un’idea pura, senza mescolanza di uomo alcuno. Non è ammirevole? La democrazia si è imposta proprio nell’occasione in cui non aspetta nulla dai suoi uomini, in cui non crede in loro. Garanzie minori di quelle che offrono gli attuali conduttori del liberalismo, ai liberali spagnoli, non sono facili da immaginare. E, tuttavia, si sono raggruppati intorno con unanimità inaspettata. Nessuno può onestamente dubitare che nelle ultime elezioni si sia votata soltanto un’idea.

Il nostro popolo si è elevato improvvisamente, fino a farsi cosciente di un’idea: negli oscurati ambiti del suo istinto si è aperto un lampo e ha goduto di un punto di chiaroveggenza. Ma quali gravi dolori non ha esatto quel fugace stato di attività spirituale?

Non dimentichiamo che il popolo è carne, è materia: il suo commercio normale con le idee esige un mediatore plastico, come quello che immaginò Cudworth per spiegare l’unione dell’anima col corpo. Il popolo, i molti senza i pochi, senza la minoranza culturale, non può compiere alcuna opera storica che valga la pena. Una società ha bisogno che la sensibilità per le idee sia in essa un fatto normale e costante: non altro che quella continuità ideologica è la cultura, e, a mio parere, uomo colto è colui per il quale in ogni momento il mondo interiore esiste. L’incolto, l’abietto, raggiunge la visione delle sostanze ideali soltanto in due o tre istanti della sua vita: quando il piacere sommo o l’estremo dolore assottigliano tanto i suoi nervi, che le vibrazioni di questi valgono momentaneamente come una finzione di spiritualità. La bestia dolente è quasi umana, e la massa popolare, incalzata dall’amarezza, o furiosa d’indignazione, prende, talvolta, risoluzioni accademiche. Ma questo non basta.

Sarebbero da benedire i dolori di questi ultimi mesi se, avendo eccitato nel popolo la sensibilità liberale, la sua attenzione e il suo entusiasmo fossero sfruttati per rivedere il sistema delle affermazioni democratiche. Un partito conservatore può ancora vivere senza idee, perché rappresenta interessi reali, perché è realismo. La democrazia no, perché è idealismo, è distruzione di ciò che è mal costruito e costruzione di ciò che è ben ideato. La democrazia è soltanto un’idea, un ideale, e, per conseguenza, bisogna prendersi la briga di pensarla.

La conservazione è un istinto, l’istinto più radicale: per questo ci sono sempre conservatori, perché è naturale. Il liberalismo è, al contrario, superamento di tutti gli istinti sociali, addomesticamento della natura: per questo, nel pieno senso della parola, ci sono così pochi liberali in Spagna, perché è culturale.

A dir vero, se analizziamo l’idea intorno alla quale si è coagulata la volontà diffusa della Spagna, non troveremo in essa del liberalismo più che la forma e l’oriente. Dal 1898 fermenta politicamente il nostro paese sotto l’effetto reattivo di una parola: rigenerazione. Sordamente, come ogni mutamento storico profondo e radicale, la fermentazione è andata infettando di fertile inquietudine le membra nazionali. L’espansione della sacra malattia, della divina inquietudine —il dispiacere è l’emozione idealista—, doveva essere lenta in una razza come la nostra,

Che suoi guai no par che senta,

Vecchia, oziosa e lenta,

(Petrarca)

in un popolo come il nostro, che spende nei tori e in altri eccessi la sua nervosità e manca di sistema nervoso per la politica. Ma a pari passo che la nuova ansia si estendeva per le parti più morte, le parti più vive e intellettuali andavano sperimentando, una dopo l’altra, formule rigeneratrici, espedienti ben intenzionati che, uno dopo l’altro, andavano fallendo.

Sarebbe istruttivo fare la storia di questi tentativi, che cominciarono con l’industrialismo del 1900 e, passando per il regionalismo del 1906 e l’amministrativismo del 1908, sono finiti nell’energismo —Disciplina, capo, Energia!— del 1909. Questa successione, in effetti, non è fortuita: si noti che, come accade sempre, si cominciò dalla corteccia e, a poco a poco, si è giunti alla midolla. Prima la questione spagnola fu meramente esterna e momentanea: il nostro dislivello industriale e commerciale; poi parve che il problema fosse più sostanziale, che fosse una questione di organizzazione nazionale e locale; più tardi si fa un passo verso l’interno e si parla della riforma amministrativa che doveva arrivare fino agli ultimi angoli del paese; infine, il problema amministrativo passa in secondo piano e appare chiaro e patente che l’importante è il modo di governare, che finora si era governato senza energia, e che d’ora in poi potremmo contare sulla massima fortezza governativa.

Se si guarda bene, nessuna di queste forme per cui è passata l’ansia di rigenerazione sopprime e nega le precedenti; al contrario, l’una porta docilmente all’altra, in virtù di interna necessità e spontanea dialettica. Il regionalismo fu pensato per conseguire la crescita industriale di alcune città. I danni che per altre potesse arrecare ciò che, in fin dei conti, significava una protezione nominale e una predilezione dello stato centrale, parve possibile ripararli con una riforma generale amministrativa. Ma la legge amministrativa, come può essere imposta se non imponendola a forza di forze? La questione spagnola resta così ridotta a una questione politica, che è una questione di forza.

Voi sapete bene, amico Maeztu, che gli uomini primitivi, quando osservavano un fenomeno naturale in cui si manifestasse un’energia, dovevano immaginare sempre un essere personale invisibile come portatore di quella forza: i fiumi e le malattie, il fulmine e il calore solare furono in questo modo considerati come divinità, numi o demoni. Nella mitologia scandinava il fuoco è un dio personale che mangia erbe secche e morde se lo toccano. Quando il deputato conservatore pensava che la politica è forza e che la forza era un Uomo, non faceva, dunque, che restaurare le abitudini mentali degli indigeti e degli ilercavoni. La storia degli ultimi tre anni in Spagna dovrà essere aggiunta alla storia generale della formazione dei miti.

Ma per la dinamica moderna, in fisica come in politica, la forza è sempre una di due forze: forza di azione o forza di reazione. Non c’è forza assoluta mitica: potremmo dire che per Newton ciò che dà a una forza la forza è la sua direzione, è andare verso sinistra o andare verso destra.

Scossa dai recenti magni dolori, la massa popolare —non i pochi, non i sapienti— ha finito di vedere chiaro nel problema nazionale: la menomazione spagnola non è menomazione industriale e agricola, come sostenne l’Unione Nazionale dei Produttori; né è violenta organizzazione dei tipi etnici peninsulari, come vuole il catalanismo; né è caciquismo e rilassata amministrazione, come pretendeva il partito conservatore, ma meramente l’assenza delle sinistre nella nostra vita secolare. Poiché dove non ci sono sinistre, è chiaro che non ci sono destre; e dove non ci sono né sinistre né destre, manca la forza politica. E senza forza politica è impossibile quel sommo potere plasmatore, il solo capace di suscitare una legislazione positiva e sistematica che pedagogizzi e crei un popolo.

Nuestra ansia de regeneración, amigo Maeztu, ha necesitado doce años para llegar a esta viejísima verdad de que sin política no hay pueblo, y que la sustancia de la política es la «guerra ilustre» entre gentes de la izquierda y gentes de la derecha, entre imperialismo y democracia. Así, hace veinticuatro siglos, Platón en la República: «¿A qué hablamos de “la” ciudad? ¿No es, por ventura, cada ciudad muchas ciudades? ¿No es, por lo menos, cada ciudad dos ciudades que viven juntas en perpetua lucha, la ciudad de los pobres y la ciudad de los ricos?»

El Imparcial, 12 de enero de 1910

Our longing for regeneration, friend Maeztu, has needed twelve years to reach this very old truth that without politics there is no people, and that the substance of politics is the «illustrious war» between the people of the Left and the people of the Right, between imperialism and democracy. Thus, twenty-four centuries ago, Plato in the Republic: «Why do we speak of “the” city? Is not, perchance, every city many cities? Is not, at least, every city two cities that live together in perpetual struggle, the city of the poor and the city of the rich?»

El Imparcial, January 12, 1910

La nostra ansia di rigenerazione, amico Maeztu, ha avuto bisogno di dodici anni per giungere a questa antichissima verità che senza politica non c’è popolo, e che la sostanza della politica è la «guerra illustre» tra genti di sinistra e genti di destra, tra imperialismo e democrazia. Così, ventiquattro secoli fa, Platone nella Repubblica: «A che parliamo de “la” città? Non è, per ventura, ogni città molte città? Non è, almeno, ogni città due città che vivono insieme in perpetua lotta, la città dei poveri e la città dei ricchi?»

El Imparcial, 12 gennaio 1910