Abstract
A satirical newspaper column (1904) on the Madrid governor’s ban on ladies wearing hats in theatres, digressing ironically on feminine tactics, gallantry, and coarseness as a road to sincerity. An occasional piece, not philosophical.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
El gobernador de Madrid prohibiendo a las señoras el uso del sombrero en los teatros, ha realizado algo que es de la mayor importancia. Hasta ahora se había respetado la indumentaria de la mujer y se la había considerado como materia ilegislable. La política perduraba galante. Hoy rompe la verja del jardín de Citerea y destoca a las damas. ¡Qué irreverencia! ¡Qué grosería! Ellas habían sabido permanecer inexpugnables bajo ciertos puntos de vista, y esta primera grosería legal amenaza consecuencias y progresos en el faltar a las tablas galantes.
Es curioso observar que estas sabias de la vida, que tienen atiborradas sus delicadas cabezas de todo el sentido común que nos falta a los hombres, se las han compuesto para defender y sustentar las instituciones creadas por ellas: esa conseja anciana de la debilidad femenina, por ejemplo, como si la fortaleza radicara sólo en la fuerza y no en la astucia. Ellas y los jesuitas son los seres que han adquirido mayor fuerza estratégica, porque han logrado mayores confidencias.
La mujer ha erigido sus defectos en cualidades, como en pintura hizo Pubis de Chavannes y fundó escuela: tenía éste un pincel simplicísimo y divinizó su simplicidad. En Eva el intelecto, que según el viejo sátiro de la Filosofía, se estanca a los diez y ocho años, es holgazán y poco elástico. Eva supo llamar a su imposibilidad de saber, inocencia, y el hombre le ocultó muchas cosas desagradables de conocer. Era frágil su naturaleza e inventó el pudor —se ha dicho—, y el hombre la respetó.
Sentía un terror fisiológico hacia las espinas y callosidades que la vida social ofrece en los pueblos nuevos, francos y fuertes, e ideó esa vasta y complicada escuela de la galantería que las rodea, las libera y las guarda mejor que «cien negros con sus cien alabardas». Los hombres de temperamento rudo, los primitivos de alma, no osaron acercarse: los otros limaban sus asperezas para llegar hasta ellas. Y ellas premiaban a los más aventajados en ese enrevesado arte.
¿Habrá nada tan maravilloso como esta táctica femenina que los hombres sufrimos encantados y hasta placenteros? La mujer tiene el secreto de la paradoja. Su grande enemiga es la verdad. Nietzsche pone en boca de una de ellas: «¿La verdad? ¡Oh!, no la conocéis. Es un atentado contra nuestro pudor». Tan cierto es esto, que creo muy difícil que ante mujeres españolas se pueda decir sencillamente una verdad de orden general. En toda ocultación de la verdad parece como que ha intervenido una mano de mujer, una de esas manos blancas, suaves…
El señor Lacierva ha abierto un portillo a la grosería. El señor Lacierva es murciano, es decir, casi un moro que tiene fama del menos galante de los hombres; tan poco galante, que encierra a varias hembras en un mismo aposento y las ama sin súplicas.
Acaso este reinado de la grosería que hoy comienza sea abundante en sanos frutos.
De todos modos, la grosería, especie de foot ball moral en la lucha por la vida, es uno de los siete caminos para la sinceridad…
Nota. Si nuestro idioma fuera menos cortesano y más preciso, diría el sinceridad.
Firmado Rubín de Cendoya, Helios, diciembre de 1903
1904