Ortega y Gasset

Abstract

An introduction to a series of pages on Renan, prompted by his ‘Nouveaux Cahiers de jeunesse’. Ortega declares he prefers ideas to men and proposes measuring genius not by an author’s subjectivity but by the solidity of the work: only the discovery of an objective truth counts as originality.

Connections

Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Hace poco vinieron a mis manos los Nouveaux Cahiers de jeunesse, publicados recientemente. Son los cuadernos de anotación íntima que llenó Renan durante el año 1846, contando veintitrés de edad. Los libros de Renan me acompañan desde niño; en muchas ocasiones me han servido de abrevadero espiritual, y más de una vez han calmado ciertos dolores metafísicos que acometen a los corazones mozos sensibilizados por la soledad. Como pienso que algunos españoles de mi tiempo le deben asimismo gratitud, he considerado perdonable publicar estas páginas, compuestas sin rigor ni trascendentes intenciones. No quieren ser una crítica ni un retrato ideológico de tan fugaz e inaprensible espíritu: en medio de otros trabajos que requerían alguna mayor severidad, la lectura de los Nouveaux Cahiers, verificada en el rincón florido de una hora de descanso, fue centro de atracción en torno al cual se agruparon libérrimamente los recuerdos de un largo comercio con la obra de Renan. Tómense, pues, estos párrafos como una exudación lírica y espontánea, como una antífona prolongada dirigida a un santo de nuestra particular devoción.


En general, no concibo que puedan interesar más los hombres que las ideas, las personas que las cosas. Un teorema algebraico o una piedra enorme y vieja del Guadarrama suelen tener mayor valor significativo que todos los empleados de un Ministerio. Si apartando nuestra mirada de las obras geniales, buscamos tras ellas la intimidad de sus autores, hallaremos casi siempre unos ánimos paupérrimos, unos harapos de alma sin atractivo alguno, colgados del clavo de un cuerpo. Y es lo normal que así sea. Genio significa la facultad de crear un nuevo pedazo de universo, un linaje de problemas objetivos, un haz de soluciones: sólo cuando tenemos algo de esto entre las manos nos es lícito hablar de genialidad. Los que aplican promiscuamente tal palabra a Newton y a Santa Teresa cometen, a mi modo de ver, un pecado de lesa humanidad, pues diciendo de alguien que fue un genio le atribuimos la potencia suma de energía cultural: la de crear realidades universales. Ahora bien; si para la historia del planeta Tierra valen lo mismo las Moradas que los Philosophiae naturalis principia mathematica, será que el mencionado planeta marcha en pos de lo absurdo, sin norma ni rumbo fijo, y lo único discreto será mudarse de él, hoy mejor que mañana, a fin de no tomar parte en la perpetuación de semejante inepcia.

Para librarnos de este insoluble pesimismo, considero forzoso que se establezca una jerarquía en la admiración. ¿Dónde hallar la medida, el escantillón que distribuya en órdenes las grandes figuras históricas, poniendo unas más arriba y otras más abajo, como la mística teología acomodaba los coros angélicos en el circo máximo del empíreo? ¿Cómo pesar el alma, la subjetividad de Newton, y ver claramente si fue la de Santa Teresa más o menos grávida? Directamente es esto imposible: nos falta por completo un sistema de pesos y medidas espirituales, y nos vemos reducidos para determinar el mérito de un autor a calcular la solidez de su obra: si ésta ha llegado a ser un pedazo real de universo (como acaece a la mecánica de Newton), si representa una verdad científica o ética o bella, a su creador llamaremos genio y original. Otra originalidad que no sea el descubrimiento de una verdad objetiva, la producción de una cosa, no puede admitirse. El prototipo de la originalidad es Dios, origen, padre y manadero de todas las cosas.

¿A qué nos referimos cuando hablamos de lo subjetivo de un autor, de Descartes, por ejemplo? Sus libros han servido de granítica basamenta al mundo moderno: casi todas sus palabras son verdades, no sólo para su espíritu, mas para el resto de los hombres; su geometría analítica, soberano pórtico renacentista que se abre sobre la nueva edad humana, es tan íntimamente mía, si la he estudiado, como de él. No se olvide que la verdad tiene este privilegio eucarístico de vivir a un tiempo e igualmente en cuantos cerebros se lleguen a ella. Los teoremas geométricos cartesianos nada nos comunican peculiar al alma de Descartes: nos hablan de las propiedades que hay en las cosas. Cuantas más verdades, cuantas más cosas se encuentran en el alma de Descartes, menos terreno queda en ella para lo íntimo, para lo genuino suyo. Como se ve, lo verdadero y lo subjetivo son mundos contradictorios.

Dos moi pu sto: haz que me apoye en algo, dice, según la amonestación clásica, la obra al autor. Haz que viva fuera de ti fornidamente, haz que sea yo misma una cosa, un árbol, un edificio, una montaña, un universo. Esto son, en realidad, las obras geniales: partes del mundo. Por el contrario, lo que claudica, lo vacilante e inacabado, no pudiendo mantenerse a plomo sobre sus pies, recostado perdura dentro del hombre o se agarra a las entrañas del individuo para no morir totalmente. Lo subjetivo, en suma, es el error[2].

Un espíritu cuyas operaciones todas crearan verdad objetiva carecería de subjetividad, de morada interior: sería idéntico a la Naturaleza, y por corresponder a Dios esa absoluta veracidad, viose obligado Spinoza a identificarlo con aquélla y exclamar: Natura sive Deus: la Naturaleza o, lo que es lo mismo, Dios… De donde sacamos la grave enseñanza de que Dios es el ser sin intimidad.

Al hombre, en cambio, fue otorgado este don angustioso de mantener frente al universo ilimitado un pequeño recinto secreto, donde sólo él entra plenamente; lo íntimo, el yo. Se trata del que a veces es huertecillo apartado en que cultiva cada cual algunos errores, que le son peculiares, amorosamente, como si fueran lo mejor del mundo, del mismo modo que aquel estoico, al retorno de la batalla, daba caricias a las barbas de una flecha que llevaba hundida en el costado. Otras veces la intimidad es agresiva: es verdaderamente un castillo interior, un bárbaro reducto inexpugnable desde el cual mueve el individuo guerra a los severos ejércitos de las verdades que le andan poniendo cerco apretado. Entre aquel tipo de bucólica intimidad, y este otro almenado y bélico yo, diversifícanse los caracteres individuales hasta el infinito.

Resumiendo: lo objetivo es lo verdadero y ha de interesarnos antes que nada; los hombres que hayan logrado henchir más su espíritu de cosas, habrán de ser puestos en los lugares excelsos de la jerarquía humana. Ellos serán los genios, los clásicos, los modelos que nos empujen a salvarnos en las cosas, como en unas tablas, del naufragio íntimo. La modestia y la calma supremas, la gran paciencia que las cosas tienen nos ofrecen una disciplina incomparable que debemos seguir; hospedémoslas en nuestros aposentos espirituales, cerremos con ellas trato de profundidad amistosa. Abracémonos a las hermanas cosas, nuestras maestras: ellas son las virtuosas, las verdaderas, las eternas. Lo subjetivo e íntimo es, en cambio, perecedero, equívoco y, a la postre, sin valor. Cuando leamos en Maurice Barrès que la única realidad es el yo, volvamos la mirada hacia otro lugar; el personalista nos induce a una soberbia femenina, nos brinda la ley, fácilmente seductora, del capricho, que no es ley, sino barbarie, y nos lleva a descubrir en las aficiones de nuestros nervios la Gaceta oficial del universo: Sic volo, sic jubeo, sit pro ratione voluntas. Goethe, tan propenso a afirmarse a sí mismo, censura, no obstante, con gran acritud el anarquismo espiritual:

Vivir según capricho es de plebeyo;

el noble aspira a ordenación y a ley.

Cuando hablo de las cosas quiero decir ley, orden, prescripción superior a nosotros, que no somos legisladores, sino legislados. Pero entendámonos: esa ley no necesita ser físico-matemática; el gran poeta y el gran pintor son asimismo humildes y fervientes siervos de lo objetivo. Mientras escribió el Quijote mantuvo ciertamente Cervantes encadenado y mudo su yo personal, y en su lugar dejó que hablaran con la voz de su alma las sustancias universales. De manera análoga Velázquez convirtió su corazón en una taberna, para poder pintar aquellos hombres ebrios que, puestos en el lienzo del Museo, perpetúan eternamente su ejemplar borrachera. Así, pues, me atrevo a decir que la escuela fundamental, insuperable y decisiva para nosotros ha de ser la Imitación de las Cosas.

¿Qué haremos en tanto de lo subjetivo, del yo, de este gozquecillo místico, tan inquieto, tan exigente, que nos muerde las entrañas y va aullándonos por dentro a toda hora, como famélico, sin dejarnos paz ni virtud quietas?

En realidad, tiene también sus derechos, siquiera sean transitorios y no muy precisos. La humanidad es el camino que lleva hacia Dios, o lo que es lo mismo, a la absoluta objetividad en que nada hay secreto, sino todo patente, todo cosa. En España solemos decir, cuando algo es muy bueno: esto es una gran cosa. Tal vez en el dicho vulgar vaya incluida una profunda sospecha teológica, según la cual la Gran Cosa por excelencia sería Dios. Pero la absoluta objetividad significa una meta infinitamente remota, a la que sólo podemos aproximarnos, sin toparla nunca.

Recently the Nouveaux Cahiers de jeunesse came into my hands, published not long ago. They are the notebooks of intimate annotation that Renan filled during the year 1846, at twenty-three years of age. Renan’s books have accompanied me since childhood; on many occasions they have served me as a spiritual watering place, and more than once have calmed certain metaphysical pains that assail young hearts sensitized by solitude. As I think that some Spaniards of my time owe him gratitude as well, I have considered it pardonable to publish these pages, composed without rigor nor transcendent intentions. They do not want to be a criticism nor an ideological portrait of so fleeting and unseizable a spirit: amid other works that required some greater severity, the reading of the Nouveaux Cahiers, carried out in the flowered corner of an hour of rest, was a center of attraction around which freely grouped the memories of a long commerce with Renan’s work. Let these paragraphs be taken, then, as a lyrical and spontaneous exudation, as a prolonged antiphon addressed to a saint of our particular devotion.


In general, I cannot conceive that men can interest more than ideas, persons more than things. An algebraic theorem or an enormous old stone of the Guadarrama usually has greater significant value than all the employees of a Ministry. If, turning our gaze away from genial works, we seek behind them the intimacy of their authors, we shall find almost always the poorest of spirits, rags of soul without any attraction, hung from the nail of a body. And it is normal that it should be so. Genius means the faculty of creating a new piece of universe, a lineage of objective problems, a sheaf of solutions: only when we have something of this in our hands is it licit for us to speak of genius. Those who promiscuously apply such a word to Newton and to Saint Teresa commit, in my view, a crime against humanity, for in saying of someone that he was a genius we attribute to him the highest power of cultural energy: that of creating universal realities. Now; if for the history of planet Earth the Moradas and the Philosophiae naturalis principia mathematica are worth the same, it must be that the mentioned planet marches in pursuit of the absurd, without norm nor fixed course, and the only discreet thing will be to move away from it, today better than tomorrow, in order not to take part in the perpetuation of such ineptitude.

To free ourselves from this insoluble pessimism, I consider it necessary that a hierarchy be established in admiration. Where to find the measure, the gauge that distributes into orders the great historical figures, putting some higher and others lower, as mystical theology accommodated the angelic choirs in the great circus of the empyrean? How to weigh the soul, the subjectivity of Newton, and see clearly whether Saint Teresa’s was more or less gravid? Directly this is impossible: we entirely lack a system of spiritual weights and measures, and we find ourselves reduced, in order to determine the merit of an author, to calculating the solidity of his work: if it has come to be a real piece of universe (as happens with Newton’s mechanics), if it represents a scientific or ethical or beautiful truth, its creator we shall call genius and original. An originality other than the discovery of an objective truth, the production of a thing, cannot be admitted. The prototype of originality is God, origin, father, and source of all things.

What do we refer to when we speak of the subjective of an author, of Descartes, for example? His books have served as a granitic foundation to the modern world: almost all his words are truths, not only for his spirit, but for the rest of men; his analytic geometry, sovereign Renaissance portal that opens onto the new human age, is as intimately mine, if I have studied it, as his. Let it not be forgotten that truth has this eucharistic privilege of living at one time and equally in as many brains as arrive at it. The Cartesian geometric theorems communicate to us nothing peculiar to Descartes’s soul: they speak to us of the properties that are in things. The more truths, the more things are found in Descartes’s soul, the less ground remains in it for the intimate, for his genuine. As is seen, the true and the subjective are contradictory worlds.

Dos moi pu sto: make me lean on something, says, according to the classical admonition, the work to the author. Make it live outside you vigorously, make me myself a thing, a tree, a building, a mountain, a universe. This is what genial works really are: parts of the world. On the contrary, what claudicates, the vacillating and unfinished, not being able to stand plumb on its feet, reclined endures within man or clings to the entrails of the individual so as not to die entirely. The subjective, in short, is error[2].

A spirit all of whose operations created objective truth would lack subjectivity, interior dwelling: it would be identical to Nature, and since that absolute veracity corresponds to God, Spinoza found himself obliged to identify him with the former and exclaim: Nature sive Deus: Nature or, what is the same thing, God… From which we draw the grave teaching that God is the being without intimacy.

To man, on the other hand, was granted this anguishing gift of maintaining before the unlimited universe a small secret enclosure, where only he enters fully; the intimate, the self. It is that which at times is a secluded little garden in which each one lovingly cultivates some errors, peculiar to him, as if they were the best thing in the world, in the same way that that Stoic, on returning from battle, gave caresses to the barbs of an arrow he carried sunk in his side. Other times intimacy is aggressive: it is truly an interior castle, a barbarous impregnable redoubt from which the individual wages war on the severe armies of truths that go laying tight siege to him. Between that type of bucolic intimacy, and this other battlemented and warlike self, individual characters diversify to the infinite.

Summing up: the objective is the true and must interest us before anything else; the men who have managed to fill their spirit most with things will have to be placed in the exalted places of the human hierarchy. They will be the geniuses, the classics, the models that push us to save ourselves in things, as on planks, from the intimate shipwreck. The supreme modesty and calm, the great patience that things have, offer us an incomparable discipline that we must follow; let us lodge them in our spiritual chambers, let us close with them a trade of friendly depth. Let us embrace the sister things, our teachers: they are the virtuous, the true, the eternal ones. The subjective and intimate is, on the other hand, perishable, equivocal, and, in the end, without value. When we read in Maurice Barrès that the only reality is the self, let us turn our gaze elsewhere; the personalist induces us to a feminine arrogance, offers us the easily seductive law of caprice, which is not law but barbarism, and leads us to discover in the affections of our nerves the official Gazette of the universe: Sic volo, sic jubeo, sit pro ratione voluntas. Goethe, so prone to assert himself, censures, nevertheless, with great acrimony spiritual anarchism:

To live by caprice is plebeian;

the noble aspires to order and to law.

When I speak of things I mean law, order, prescription superior to us, who are not legislators, but legislated. But let us understand each other: that law does not need to be physico-mathematical; the great poet and the great painter are likewise humble and fervent servants of the objective. While he wrote the Quixote, Cervantes certainly kept his personal self chained and mute, and in its place let the universal substances speak with the voice of his soul. In an analogous way Velázquez turned his heart into a tavern, in order to paint those drunken men who, placed on the canvas of the Museum, eternally perpetuate their exemplary drunkenness. Thus, then, I dare to say that the fundamental, unsurpassable, and decisive school for us must be the Imitation of Things.

What shall we do in the meantime with the subjective, with the self, with this mystical little dog, so restless, so demanding, that bites our entrails and goes howling within us at all hours, like a starving creature, leaving us neither peace nor quiet virtue?

In reality, it too has its rights, though transitory and not very precise. Humanity is the road that leads toward God, or what is the same thing, toward the absolute objectivity in which nothing is secret, but all patent, all thing. In Spain we usually say, when something is very good: this is a great thing. Perhaps in the vulgar saying is included a deep theological suspicion, according to which the great Thing par excellence would be God. But absolute objectivity signifies an infinitely remote goal, which we can only approach, never reaching it.

Poco fa caddero nelle mie mani i Nouveaux Cahiers de jeunesse, pubblicati recentemente. Sono i quaderni di intima annotazione che Renan riempì durante l’anno 1846, a ventitré anni di età. I libri di Renan mi accompagnano dall’infanzia; in molte occasioni mi sono serviti da abbeveratoio spirituale, e più di una volta hanno calmato certi dolori metafisici che assalgono i cuori giovani sensibilizzati dalla solitudine. Poiché penso che alcuni spagnoli del mio tempo gli debbano parimenti gratitudine, ho considerato perdonabile pubblicare queste pagine, composte senza rigore né intenzioni trascendenti. Non vogliono essere una critica né un ritratto ideologico di così fugace e inafferrabile spirito: in mezzo ad altri lavori che richiedevano qualche maggiore severità, la lettura dei Nouveaux Cahiers, compiuta nell’angolo fiorito di un’ora di riposo, fu centro d’attrazione intorno al quale si raggrupparono liberissimamente i ricordi di un lungo commercio con l’opera di Renan. Si prendano, dunque, questi paragrafi come una esudazione lirica e spontanea, come un’antifona prolungata diretta a un santo della nostra particolare devozione.


In generale, non concepisco che possano interessare più gli uomini che le idee, le persone che le cose. Un teorema algebrico o un’enorme e vecchia pietra del Guadarrama sogliono avere maggior valore significativo di tutti gli impiegati di un Ministero. Se, distogliendo il nostro sguardo dalle opere geniali, cerchiamo dietro di esse l’intimità dei loro autori, troveremo quasi sempre degli animi poverissimi, degli stracci d’anima senza attrattiva alcuna, appesi al chiodo di un corpo. Ed è normale che sia così. Genio significa la facoltà di creare un nuovo pezzo di universo, un lignaggio di problemi oggettivi, un fascio di soluzioni: soltanto quando abbiamo qualcosa di questo tra le mani ci è lecito parlare di genialità. Quelli che applicano promiscuamente tale parola a Newton e a Santa Teresa commettono, a mio modo di vedere, un peccato di lesa umanità, perché dicendo di qualcuno che fu un genio gli attribuiamo la somma potenza di energia culturale: quella di creare realtà universali. Ora; se per la storia del pianeta Terra valgono lo stesso le Moradas e i Philosophiae naturalis principia mathematica, sarà che il menzionato pianeta marcia dietro l’assurdo, senza norma né rotta fissa, e l’unica cosa discreta sarà trasferirsi da esso, oggi meglio che domani, al fine di non prender parte alla perpetuazione di simile inezia.

Per liberarci da questo insolubile pessimismo, considero necessario che si stabilisca una gerarchia nell’ammirazione. Dove trovare la misura, lo scantonato che distribuisca in ordini le grandi figure storiche, mettendo alcune più in alto e altre più in basso, come la mistica teologia accomodava i cori angelici nel circo massimo dell’empireo? Come pesare l’anima, la soggettività di Newton, e vedere chiaramente se quella di Santa Teresa fu più o meno gravida? Direttamente questo è impossibile: ci manca del tutto un sistema di pesi e misure spirituali, e ci vediamo ridotti, per determinare il merito di un autore, a calcolare la solidità della sua opera: se questa è giunta a essere un pezzo reale di universo (come accade alla meccanica di Newton), se rappresenta una verità scientifica o etica o bella, il suo creatore lo chiameremo genio e originale. Un’altra originalità che non sia la scoperta di una verità oggettiva, la produzione di una cosa, non può ammettersi. Il prototipo dell’originalità è Dio, origine, padre e sorgente di tutte le cose.

A che cosa ci riferiamo quando parliamo del soggettivo di un autore, di Cartesio, per esempio? I suoi libri sono serviti da granitica base al mondo moderno: quasi tutte le sue parole sono verità, non solo per il suo spirito, ma per il resto degli uomini; la sua geometria analitica, sovrano portico rinascimentale che si apre sulla nuova età umana, è tanto intimamente mia, se l’ho studiata, quanto sua. Non si dimentichi che la verità ha questo privilegio eucaristico di vivere a un tempo e ugualmente in quanti cervelli vi giungano. I teoremi geometrici cartesiani nulla ci comunicano di peculiare all’anima di Cartesio: ci parlano delle proprietà che ci sono nelle cose. Quante più verità, quante più cose si trovano nell’anima di Cartesio, meno terreno resta in essa per l’intimo, per il suo genuino. Come si vede, il vero e il soggettivo sono mondi contraddittori.

Dos moi pu sto: fa’ che mi appoggi su qualcosa, dice, secondo l’ammonizione classica, l’opera all’autore. Fa’ che viva fuori di te gagliardamente, fa’ che io stessa sia una cosa, un albero, un edificio, una montagna, un universo. Questo sono, in realtà, le opere geniali: parti del mondo. Al contrario, ciò che claudica, il vacillante e incompiuto, non potendo mantenersi a piombo sui suoi piedi, reclinato perdura dentro l’uomo o si aggrappa alle viscere dell’individuo per non morire del tutto. Il soggettivo, in somma, è l’errore[2].

Uno spirito le cui operazioni tutte creassero verità oggettiva mancherebbe di soggettività, di dimora interiore: sarebbe identico alla Natura, e per corrispondere a Dio quella assoluta veridicità, si vide obbligato Spinoza a identificarlo con quella ed esclamare: Natura sive Deus: la Natura o, ciò che è lo stesso, Dio… Da dove traiamo il grave insegnamento che Dio è l’essere senza intimità.

All’uomo, invece, fu concesso questo dono angoscioso di mantenere di fronte all’universo illimitato un piccolo recinto segreto, dove soltanto lui entra pienamente; l’intimo, l’io. Si tratta di quello che a volte è orticello appartato in cui ciascuno coltiva alcuni errori, che gli sono peculiari, amorosamente, come se fossero la miglior cosa del mondo, allo stesso modo che quello stoico, al ritorno dalla battaglia, dava carezze alle barbe di una freccia che portava conficcata nel fianco. Altre volte l’intimità è aggressiva: è veramente un castello interiore, un barbaro ridotto inespugnabile dal quale l’individuo muove guerra ai severi eserciti delle verità che gli vanno ponendo stretto assedio. Tra quel tipo di bucolica intimità, e questo altro io merlato e bellicoso, si diversificano i caratteri individuali fino all’infinito.

Riassumendo: l’oggettivo è il vero e deve interessarci prima di ogni cosa; gli uomini che siano riusciti a riempire di più il loro spirito di cose, dovranno essere posti nei luoghi eccelsi della gerarchia umana. Essi saranno i geni, i classici, i modelli che ci spingano a salvarci nelle cose, come in alcune tavole, dal naufragio intimo. La modestia e la calma supreme, la grande pazienza che le cose hanno ci offrono una disciplina incomparabile che dobbiamo seguire; ospitiamole nei nostri alloggi spirituali, stringiamo con esse commercio di profondità amichevole. Abbracciamoci alle sorelle cose, nostre maestre: esse sono le virtuose, le vere, le eterne. Il soggettivo e intimo è, invece, perituro, equivoco e, in ultimo, senza valore. Quando leggeremo in Maurice Barrès che l’unica realtà è l’io, volgiamo lo sguardo verso altro luogo; il personalista ci induce a una superbia femminile, ci offre la legge, facilmente seduttrice, del capriccio, che non è legge, ma barbarie, e ci porta a scoprire nelle inclinazioni dei nostri nervi la Gazzetta ufficiale dell’universo: Sic volo, sic jubeo, sit pro ratione voluntas. Goethe, così propenso ad affermare sé stesso, censura, nondimeno, con grande asprezza l’anarchismo spirituale:

Vivere secondo capriccio è da plebeo;

il nobile aspira a ordinamento e a legge.

Quando parlo delle cose voglio dire legge, ordine, prescrizione superiore a noi, che non siamo legislatori, ma legislati. Ma intendiamoci: quella legge non ha bisogno di essere fisico-matematica; il grande poeta e il grande pittore sono parimenti umili e ferventi servi dell’oggettivo. Mentre scrisse il Chisciotte, tenne certo Cervantes incatenato e muto il suo io personale, e al suo posto lasciò che parlassero con la voce della sua anima le sostanze universali. In maniera analoga Velázquez convertì il suo cuore in una taverna, per poter dipingere quegli uomini ebbri che, posti sulla tela del Museo, perpetrano eternamente la loro esemplare ubriachezza. Così, dunque, mi ardisco dire che la scuola fondamentale, insuperabile e decisiva per noi dev’essere l’Imitazione delle Cose.

Che faremo frattanto del soggettivo, dell’io, di questo cagnolino mistico, tanto inquieto, tanto esigente, che ci morde le viscere e va ululandoci dentro a ogni ora, come famelico, senza lasciarci pace né virtù quiete?

In realtà, ha anche i suoi diritti, sebbene transitori e non molto precisi. L’umanità è il cammino che porta verso Dio, o ciò che è lo stesso, verso l’assoluta oggettività in cui nulla c’è di segreto, ma tutto palese, tutto cosa. In Spagna sogliono dire, quando qualcosa è molto buona: questa è una gran cosa. Forse nel detto volgare va inclusa una profonda sospizione teologica, secondo la quale la Gran Cosa per eccellenza sarebbe Dio. Ma l’assoluta oggettività significa una meta infinitamente remota, alla quale possiamo soltanto avvicinarci, senza mai toccarla.

La humanidad, línea inmensa entre el orangután y Dios, avanza sin titubear, con ruta estricta; sobre su mole enorme no tienen la casualidad ni el error influjo perceptible. Sus grandes movimientos son como gestos de la divinidad. Mas el individuo oscila y se pierde, tropieza y se cansa, adelanta y torna lo andado. Las normas, absolutamente ciertas, que rigen el éxodo humano son demasiado sutiles y precisas para que no se le escapen de la atención; lo más frecuente es que no las divisemos nunca; cuando más, las columbramos en dos o tres ocasiones culminantes de nuestra vida. Por mucho que queramos seguir los consejos que nos dan las cosas, nuestro yo no se satisface, y tenemos que buscar para él otro método de orientación en la perenne marcha. Y como para él no existe el mundo de lo objetivo, como sólo entiende el idioma subjetivo, tenemos que formarnos un mundo provisional de los sujetos, mundo movible, menos exacto, pero que opera fortísimamente sobre el ánimo trashumante del individuo.

En tanto no llegamos a Dios, y diluyéndonos en él perdemos la secreta lepra de la subjetividad[3], del yo individual, vivimos en una atmósfera de error, y hemos de limitarnos a preferir unos errores a otros para orientarnos de la manera menos mala posible.

La vida impone a cada hombre dos preguntas de muy distinto valor: Primera, ¿qué es el mundo? Ésta es la pregunta clásica, objetiva. Segunda: ¿cómo quisiera yo ser en ese mundo, qué género de espíritu quisiera yo tener? Ésta es la pregunta subjetiva, y de aquí que hayamos de situarnos frente a la multitud de los sujetos, y entre ellos elegir modelos pasajeros que, dentro de lo imperfecto, nos parezcan más loables, más gratos, más bellos para mejorar, según su ejemplo, las líneas de nuestra silueta personal. Necesitamos también de la Imitación de los Sujetos.

En general, decía al principio, son más interesantes las obras que los autores y de más valor. Los grandes creadores suelen verterse casi íntegramente en su labor. Nada extraño parecerá, en consecuencia, que los modelos de la orfebrería espiritual, raros de por sí, se hallen a veces en hombres de mediocre facultad productora.

Uno de estos casos raros es Renan. En él atrae, mucho más que sus inventos, los cuales fueron muy pocos y muy discutibles, su forma psicológica, su ecuación interna, la composición armoniosa de su alma. Preferiríamos ser Renan a haber escrito sus libros: lo contrario nos acontece, por ejemplo, con el magister Kant. Será, pues, oportuno que intentemos reconstruir la sensibilidad del deleitable pensador, como primer capítulo para una Imitación de Renan.

Humanity, an immense line between the orangutan and God, advances without hesitating, with a strict route; over its enormous mass chance and error have no perceptible influence. Its great movements are like gestures of the divinity. But the individual oscillates and loses himself, stumbles and grows tired, advances and retraces his steps. The norms, absolutely certain, that govern the human exodus are too subtle and precise not to escape his attention; the most frequent thing is that we never discern them; at most, we glimpse them on two or three culminating occasions of our life. However much we want to follow the counsels that things give us, our self is not satisfied, and we must seek for it another method of orientation in the perennial march. And since for it the world of the objective does not exist, since it understands only the subjective idiom, we must form for ourselves a provisional world of subjects, a movable world, less exact, but one that operates very powerfully upon the wandering spirit of the individual.

Until we arrive at God, and dissolving in him lose the secret leprosy of subjectivity[3], of the individual self, we live in an atmosphere of error, and we must limit ourselves to preferring some errors to others in order to orient ourselves in the least bad manner possible.

Life imposes on each man two questions of very different value: First, what is the world? This is the classical, objective question. Second: how would I like to be in that world, what kind of spirit would I like to have? This is the subjective question, and hence we must place ourselves before the multitude of subjects, and among them choose passing models that, within the imperfect, seem to us more laudable, more pleasing, more beautiful for improving, according to their example, the lines of our personal silhouette. We also need the Imitation of Subjects.

In general, I said at the beginning, works are more interesting than authors and of more value. The great creators usually pour themselves almost integrally into their labor. Nothing strange will it seem, consequently, that the models of spiritual goldsmithing, rare in themselves, are sometimes found in men of mediocre productive faculty.

One of these rare cases is Renan. In him there attracts, much more than his inventions, which were very few and very debatable, his psychological form, his internal equation, the harmonious composition of his soul. We would prefer to be Renan than to have written his books: the contrary happens to us, for example, with the master Kant. It will be opportune, then, that we attempt to reconstruct the sensibility of the delightful thinker, as the first chapter for an Imitation of Renan.

L’umanità, linea immensa tra l’orango e Dio, avanza senza esitare, con rotta stretta; sulla sua enorme mole non hanno la casualità né l’errore influsso percepibile. I suoi grandi movimenti sono come gesti della divinità. Ma l’individuo oscilla e si perde, inciampa e si stanca, avanza e torna l’andato. Le norme, assolutamente certe, che reggono l’esodo umano sono troppo sottili e precise perché non gli sfuggano dall’attenzione; la cosa più frequente è che non le scorgiamo mai; quando più, le intravediamo in due o tre occasioni culminanti della nostra vita. Per quanto vogliamo seguire i consigli che ci danno le cose, il nostro io non si soddisfa, e dobbiamo cercare per esso un altro metodo di orientamento nella perenne marcia. E poiché per esso non esiste il mondo dell’oggettivo, poiché intende soltanto l’idioma soggettivo, dobbiamo formarci un mondo provvisorio dei soggetti, mondo mobile, meno esatto, ma che opera fortissimamente sull’animo trasmigrante dell’individuo.

Finché non giungiamo a Dio, e diluendoci in lui perdiamo la segreta lebbra della soggettività[3], dell’io individuale, viviamo in un’atmosfera di errore, e dobbiamo limitarci a preferire alcuni errori ad altri per orientarci nella maniera meno cattiva possibile.

La vita impone a ogni uomo due domande di valore molto diverso: Prima, che cosa è il mondo? Questa è la domanda classica, oggettiva. Seconda: come vorrei essere io in quel mondo, che genere di spirito vorrei avere? Questa è la domanda soggettiva, e di qui che dobbiamo porci di fronte alla moltitudine dei soggetti, e tra essi eleggere modelli passeggeri che, dentro l’imperfetto, ci sembrino più lodevoli, più grati, più belli per migliorare, secondo il loro esempio, le linee della nostra siluetta personale. Abbiamo bisogno anche dell’Imitazione dei Soggetti.

In generale, dicevo al principio, sono più interessanti le opere che gli autori e di più valore. I grandi creatori sogliono versarsi quasi integralmente nel loro lavoro. Nulla di strano sembrerà, di conseguenza, che i modelli dell’oreficeria spirituale, rari di per sé, si trovino a volte in uomini di mediocre facoltà produttrice.

Uno di questi casi rari è Renan. In lui attira, molto più che le sue invenzioni, le quali furono pochissime e molto discutibili, la sua forma psicologica, la sua equazione interna, la composizione armoniosa della sua anima. Preferiremmo essere Renan ad aver scritto i suoi libri: il contrario ci accade, per esempio, con il magistero di Kant. Sarà, dunque, opportuno che tentiamo di ricostruire la sensibilità del dilettevole pensatore, come primo capitolo per un’Imitazione di Renan.