Abstract
A foreign-policy article (1915) on Italy’s imminent entry into the war against Austria, the Dardanelles, and the calculations of the man at the Foreign Office. Political commentary, not philosophy.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Por fin, este domingo ha hablado el presidente del Consejo sobre Italia. Lo que ha dicho carece de importancia. En general, las cosas que dicen los presidentes del Consejo no son muy interesantes. Mas, al cabo, tienen una ventaja: ponen en movimiento al salón de conferencias y a los grandes paquebotes periodísticos. Y como es forzoso, al parecer, que toda esta impedimenta se ponga en marcha para que camine detrás entera la nación española, bienvenidas sean las palabras de los presidentes, aunque vengan vacías.
Ello es que, por fin, los periódicos hablan de Italia. Desde nuestro primer número hemos sustentado la opinión de que Italia entraría en la contienda frente a Austria. Negándose a secundar la guerra que los imperios centrales habían declarado a la periferia de Europa, Italia no tenía otra política segura que la de irse al otro extremo. Por lo común, las alianzas entre dos pueblos se forman para defenderse de un tercero. Mas Italia, al unirse con Austria, se proponía principalmente defenderse de Austria. Es la táctica inmemorial, que consiste en defenderse del enemigo abrazándose a él estrechamente. Entre particulares suele tomar esta táctica la forma jurídica del casamiento.
En el caso presente la neutralidad de Italia era una y misma cosa con la renovación de su contraria pendencia con el viejo Imperio central. Por otra parte, quedaba el Mediterráneo en manos de los aliados, es decir, en manos de quienes tienen en este mar nuestro intereses los más encontrados con los italianos. No era, pues, verosímil que Inglaterra y Francia pagasen en moneda mediterránea la mediana ventaja de una simple neutralidad.
Mas podía acontecer —hoy lo inverosímil no existe— que Austria, prisionera su voluntad en Alemania, llegara a enormes concesiones. La imagen de Bülow con Trento, la pequeña ciudad conciliar, en la palma de una mano —como esos santos góticos que llevan en la mano una catedral—, era para los aliados una imagen peligrosa.
Pero allá, en la ribera del Támesis, hay un hombre a quien desde hace ocho meses no se le mueve un músculo de la cara. Es un hombre fingido como un mal pensamiento, como un pensamiento acertado. Es un hombre que no sabe una palabra de estrategia ni de artillería, de aviación ni de marina. Es un hombre que sólo sabe del hombre. Pues bien; este hombre terrible del Foreign Office, que hace de diabolus ex machina en la tragedia actual, inicia un ademán hacia los Dardanelos.
Las escuadras aliadas enderezan sus proas al Estrecho. Unas gentes se dicen: «Van a abrir un portillo a las trojes rusas. Van por el áureo trigo de Odesa, como hace milenios tomaron la misma ruta y con el mismo propósito cereal los famosos argonautas». Otras gentes se dicen: «Van a tomar Constantinopla, a limpiar de turcos Europa; van a concluir lo que empezó Don Juan de Austria». Un español erudito acaso piense que van a celebrar el Centenario de Cervantes vengando su muñón.
Lo cierto es que para el hombre impasible del Foreign Office, no menos que Cervantes, son los fuertes de Estambul y el trigo ruso cosas de poca importancia.
Para él la realidad está, ante todo, constituida por enjambres de corazones. No ciudades de cal y canto le importa conquistar, sino los sentimientos de los hombres. La prueba de ello es que aún no han logrado las escuadras ventajas de consideración en los Dardanelos, y ya en Grecia se ha venido al rompimiento entre el Rey y Venizelos; en Rumania se centuplica el enardecimiento y en Italia… Italia debe estar pasando por unos momentos tan decisivos, tan agudos, que nuestro presidente del Consejo no ha tenido más remedio que hablar de ella.
A Italia le interesa el Trentino desinteresadamente, por puro sentimiento de étnica fraternidad; pero el Asia Menor, África y los Balcanes le interesan con interés material. Si deja que los aliados destruyan por sí solos Turquía, pierde Italia su derecho a influir en los Balcanes y en África, que son para ella el único horizonte histórico. De esta manera, el hombre de la faz quieta que está en el Foreign Office, príncipe y superlativo de los detectives, ha proporcionado a Italia la respuesta que ésta ha de dar a von Bülow: «Si aceptamos en amistad de vuestra mano el Trentino, perdemos todo lo demás. Si perdemos vuestra amistad, tal vez lo ganemos todo».
Y recordarán que en tiempo de Napoleón se dijo de un papa: Pío, per conservar la fede, perde la sede, y del siguiente: Pío, per conservar la sede, perde la fede. A estas horas no hay duda de que han resuelto seguir esta última política.
Mes y medio hace que anunciamos la beligerancia de Italia para los comienzos de la primavera. Ahora la esperamos de un día a otro. La expedición a los Dardanelos producirá en breve el efecto que se proponía el hombre inconmovible del Foreign Office: empujar a la guerra unos millones más de hombres.
Ese hombre sólo sabe de lo humano, de los corazones humanos. Y le basta. De la guerra del 70 se dijo que había sido ganada por el maestro de escuela. Si ahora triunfan los aliados habrá de decirse que el vencedor es este hombre del Foreign Office, o lo que es lo mismo, la psicología.
Conviene acordarse de que más aún que el carbón, y la máquina, y el navío, caracteriza a Inglaterra desde hace cuatro siglos la producción de psicología. Se obstina en creer —y no le va mal— que todo, a la postre, depende de las pasiones humanas, que ellas son la última sustancia del universo. Amor y odio, interés, temor y esperanza van empujando al orbe sobre su órbita. El hombre gris, junto al Támesis, es en lo esencial discípulo de aquel Adán Smith que, para dar sólidas bases a su economía política, escribe antes su Teoría de los sentimientos.