Ortega y Gasset
Abstract
Historical variation does not come from causes outside the organism: living is an operation from the inside out. Ortega argues that the elementary biological categories — male/female, youth/old age — are the first social institutions and shaping powers of history, and that every age must be read by asking which of them prevails.
Connections
Assi: Senso della storia
Posizioni: teoria delle generazioni
Concetti: natura
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
Las variaciones históricas no proceden nunca de causas externas al organismo humano, al menos dentro de un mismo período zoológico. Si ha habido catástrofes telúricas —diluvios, sumersión de continentes, cambios súbitos y extremos de clima—, como en los mitos más arcaicos parece recordarse confusamente, el efecto por ellas producido trascendió los límites de lo histórico y trastornó la especie como tal. Lo más probable es que el hombre no ha asistido nunca a semejantes catástrofes. La existencia ha sido, por lo visto, siempre muy cotidiana. Los cambios más violentos que nuestra especie ha conocido, los períodos glaciales, no tuvieron carácter de gran espectáculo. Basta que durante algún tiempo la temperatura media del año descienda cinco o seis grados para que la glacialización se produzca. En definitiva, que los veranos sean un poco más frescos. La lentitud y suavidad de este proceso da tiempo a que el organismo reaccione, y esta reacción desde dentro del organismo al cambio físico del contorno es la verdadera variación histórica. Conviene abandonar la idea de que el medio mecánicamente modela la vida, por tanto, de que la vida sea un proceso de fuera adentro. Las modificaciones externas actúan sólo como excitantes de modificaciones intraorgánicas; son, más bien, preguntas a que el ser vivo responde con un amplio margen de originalidad imprevisible. Cada especie y aun cada variedad y aun cada individuo aprontará una respuesta más o menos diferente, nunca idéntica. Vivir, en suma, es una operación que se hace de dentro afuera, y por eso las causas o principios de sus variaciones hay que buscarlas en el interior del organismo.
Pensando así, había de parecerme sobremanera verosímil que en los más profundos y amplios fenómenos históricos aparezca más o menos claro el decisivo influjo de las diferencias biológicas más elementales. La vida es masculina o femenina, es joven o es vieja. ¿Cómo se puede pensar que estos módulos elementalísimos y divergentes de la vitalidad no sean gigantescos poderes plásticos de la historia? Fue, a mi juicio, uno de los descubrimientos sociológicos más importantes el que se hizo, va para treinta años, cuando se advirtió que la organización social más primitiva no es sino la impronta en la masa colectiva de esas grandes categorías vitales: sexos y edades. La estructura más primitiva de la sociedad se reduce a dividir los individuos que la integran en hombres y mujeres y cada una de estas clases sexuales[2] en niños, jóvenes y viejos, en clases de edad. Las formas biológicas mismas fueron, por decirlo así, las primeras instituciones.
Masculinidad y feminidad, juventud y senectud son dos parejas de potencias antagónicas. Cada una de esas potencias significa la movilización de la vida toda en un sentido divergente del que lleva su contraria. Vienen a ser como estilos diversos del vivir. Y como todos coexisten en cualquier instante de la historia, se produce entre ellos una colisión, un forcejeo en que intenta cada cual arrastrar en su sentido, íntegra, la existencia humana. Para comprender bien una época es preciso determinar la ecuación dinámica que en ella dan esas cuatro potencias y preguntar: ¿Quién puede más? ¿Los jóvenes o los viejos, es decir, los hombres maduros? ¿Lo varonil o lo femenino? Es sobremanera interesante perseguir en los siglos los desplazamientos del poder hacia una u otra de esas potencias. Entonces se advierte lo que de antemano debía presumirse: que, siendo rítmica toda vida, lo es también la histórica, y que los ritmos fundamentales son precisamente los biológicos, es decir, que hay épocas en que predomina lo masculino y otras señoreadas por los instintos de la feminidad, que hay tiempos de jóvenes y tiempos de viejos.
En el ser humano la vida se duplica, porque al intervenir la conciencia la vida primaria se refleja en ella: es interpretada por ella en forma de idea, imagen, sentimiento. Y como la historia es, ante todo, historia de la mente, del alma, lo interesante será describir la proyección en la conciencia de esos predominios rítmicos. La lucha misteriosa que mantienen en las secretas oficinas del organismo la juventud y la senectud, la masculinidad y la feminidad, se refleja en la conciencia bajo la especie de preferencias y desdenes. Llega una época que prefiere, que estima más las calidades de la vida joven y pospone, desestima las de la vida madura o bien halla la gracia máxima en los modos femeninos frente a los masculinos. ¿Por qué acontecen estas variaciones de la preferencia, a veces súbitas? He aquí una cuestión sobre la cual no podemos aún decir una sola palabra clara[3].
Lo que sí me parece evidente es que nuestro tiempo se caracteriza por el extremo predominio de los jóvenes. Es sorprendente que en pueblos tan viejos como los nuestros y después de una guerra más triste que heroica, tome la vida de pronto un cariz de triunfante juventud. En realidad, como tantas otras cosas, este imperio de los jóvenes venía preparándose desde 1890, desde el fin de siècle. Hoy de un sitio, mañana de otro, fueron desalojados la madurez y la ancianidad: en su puesto se instalaba el hombre joven con sus peculiares atributos.
Yo no sé si este triunfo de la juventud será un fenómeno pasajero o una actitud profunda que la vida humana ha tomado y que llegará a calificar toda una época. Es preciso que pase algún tiempo para poder aventurar este pronóstico. El fenómeno es demasiado reciente y aún no se ha podido ver si esta nueva vida in modo juventutis será capaz de lo que luego diré, sin lo cual no es posible la perduración de su triunfo. Pero si fuésemos a atender sólo el aspecto del momento actual, nos veremos forzados a decir: ha habido en la historia otras épocas en que han predominado los jóvenes, pero nunca entre las bien conocidas[4] el predominio ha sido tan extremado y exclusivo. En los siglos clásicos de Grecia la vida toda se organiza en torno al efebo, pero junto a él, y como potencia compensatoria, está el hombre maduro que le educa y dirige. La pareja Sócrates-Alcibíades simboliza muy bien la ecuación dinámica de juventud y madurez desde el siglo V al tiempo de Alejandro. El joven Alcibíades triunfa sobre la sociedad, pero es a condición de servir al espíritu que Sócrates representa. De este modo la gracia y el vigor juveniles son puestos al servicio de algo más allá de ellos que les sirve de norma, de incitación y de freno. Roma, en cambio, prefiere el viejo al joven y se somete a la figura del senador, del padre de familia. El «hijo», sin embargo, el joven actúa siempre frente al senador en forma de oposición. Los dos nombres que enuncian los partidos de la lucha multisecular aluden a esta dualidad de potencias: patricios y proletarios. Ambos significan «hijos», pero los unos son hijos de padre ciudadano, casado según ley de Estado y por ello herederos de bienes, al paso que el proletario es hijo en el sentido de la carne, no es hijo de «alguien» reconocido, es mero descendiente y no heredero, prole. (Como se ve, la traducción exacta de patricio sería hidalgo).
Para hallar otra época de juventud como la nuestra, fuera preciso descender hasta el Renacimiento. Repase el lector raudamente la serie de sazones europeas. El romanticismo que, con una u otra intensidad, impregna todo el siglo XIX, puede parecer en su iniciación un tiempo de jóvenes. Hay en él, efectivamente, una subversión contra el pasado y es un ensayo de afirmarse a sí misma la juventud. La Revolución había hecho tabla rasa de la generación precedente y permitió durante quince años que ocupasen todas las eminencias sociales hombres muy mozos. El jacobino y el general de Bonaparte son muchachos. Sin embargo, ofrece este tiempo el ejemplo de un falso triunfo juvenil y el romanticismo pondrá de manifiesto su carencia de autenticidad. El joven revolucionario es sólo el ejecutor de las viejas ideas confeccionadas en los dos siglos anteriores. Lo que el joven afirma entonces no es su juventud, sino principios recibidos: nada tan representativo como el Robespierre, el viejo de nacimiento. Cuando en el romanticismo se reacciona contra el siglo XVIII es para volver a un pasado más antiguo, y los jóvenes al mirar dentro de sí sólo hallan desgana vital. Es la época de los blasés, de los suicidios, del aire prematuramente caduco en el andar y en el sentir. El joven imita en sí al viejo, prefiere sus actitudes fatigadas y se apresura a abandonar su mocedad. Todas las generaciones del siglo XIX han aspirado a ser maduras lo antes posible y sentían una extraña vergüenza de su propia juventud. Compárese con los jóvenes actuales —varones y hembras— que tienden a prolongar ilimitadamente su muchachez y se instalan en ella como definitivamente.
I
Historical variations never proceed from causes external to the human organism, at least within the same zoological period. If there have been telluric catastrophes—deluges, submergence of continents, sudden and extreme changes of climate—as the most archaic myths seem confusedly to recall, the effect they produced transcended the limits of the historical and threw the species itself into disorder. Most probably man has never witnessed such catastrophes. Existence has evidently always been very quotidian. The most violent changes our species has known, the glacial periods, did not have the character of a great spectacle. It is enough that for some time the mean annual temperature falls five or six degrees for glaciation to be produced. In short, that the summers be a little cooler. The slowness and gentleness of this process gives the organism time to react, and this reaction, from within the organism, to the physical change of the surroundings is the true historical variation. One should abandon the idea that the environment mechanically shapes life, and therefore that life is a process from outside in. External modifications act only as stimuli of intra-organic modifications; they are, rather, questions to which the living being responds with a wide margin of unforeseeable originality. Each species, and even each variety and even each individual, will furnish a response more or less different, never identical. To live, in sum, is an operation performed from within outward, and for that reason the causes or principles of its variations are to be sought in the interior of the organism.
Thinking thus, it could not but seem to me exceedingly plausible that in the deepest and broadest historical phenomena there should appear, more or less clearly, the decisive influence of the most elementary biological differences. Life is masculine or feminine; it is young or it is old. How can one think that these most elementary and divergent modules of vitality are not gigantic plastic powers of history? It was, in my judgment, one of the most important sociological discoveries that was made, nigh on thirty years ago, when it was noticed that the most primitive social organization is nothing but the stamp, upon the collective mass, of those great vital categories: sexes and ages. The most primitive structure of society reduces itself to dividing the individuals that compose it into men and women, and each one of these sexual classes[2] into children, youths and old men, into age classes. The biological forms themselves were, so to speak, the first institutions.
Masculinity and femininity, youth and senectitude are two pairs of antagonistic powers. Each of these powers signifies the mobilization of all of life in a direction divergent from that which its contrary takes. They come to be like diverse styles of living. And since all of them coexist at any instant of history, there is produced among them a collision, a struggle in which each one attempts to drag, whole, human existence in its direction. To understand an epoch well it is necessary to determine the dynamic equation that these four powers give in it, and to ask: Who prevails? The young or the old, that is, mature men? The masculine or the feminine? It is exceedingly interesting to pursue, across the centuries, the displacements of power toward one or another of these powers. Then one notices what should have been presumed beforehand: that, all life being rhythmic, historical life is so as well, and that the fundamental rhythms are precisely the biological ones; that is, that there are epochs in which the masculine predominates and others ruled over by the instincts of femininity, that there are times of the young and times of the old.
In the human being life is doubled, because when consciousness intervenes the primary life is reflected in it: it is interpreted by it in the form of idea, image, feeling. And since history is, above all, history of the mind, of the soul, the interesting thing will be to describe the projection in consciousness of these rhythmic predominances. The mysterious struggle that youth and senectitude, masculinity and femininity maintain in the secret workshops of the organism is reflected in consciousness in the form of preferences and disdains. An epoch arrives that prefers, that esteems more, the qualities of young life and postpones, disesteems those of mature life, or else finds maximum grace in feminine modes as against masculine ones. Why do these variations of preference occur, sometimes sudden? Here is a question on which we cannot yet say a single clear word[3].
What does seem evident to me is that our time is characterized by the extreme predominance of the young. It is surprising that in peoples as old as ours, and after a war more sad than heroic, life should suddenly take on a countenance of triumphant youth. In reality, like so many other things, this empire of the young had been preparing since 1890, since the fin de siècle. Today from one place, tomorrow from another, maturity and old age were dislodged: in their place the young man installed himself with his peculiar attributes.
I do not know whether this triumph of youth will be a passing phenomenon or a profound attitude that human life has adopted and that will come to characterize an entire epoch. Some time must pass before this prognosis can be hazarded. The phenomenon is too recent, and it has not yet been possible to see whether this new life, in modo juventutis, will be capable of what I shall presently say, without which the perdurance of its triumph is not possible. But if we were to attend only to the aspect of the present moment, we should find ourselves forced to say: there have been other epochs in history in which the young have predominated, but never among the well-known ones[4] has the predominance been so extreme and exclusive. In the classical centuries of Greece all of life organizes itself around the ephebe, but beside him, and as a compensatory power, is the mature man who educates and directs him. The pair Socrates-Alcibiades very well symbolizes the dynamic equation of youth and maturity from the fifth century to the time of Alexander. The young Alcibiades triumphs over society, but on condition of serving the spirit that Socrates represents. In this way youthful grace and vigor are placed at the service of something beyond them that serves them as norm, as incitement and as rein. Rome, on the other hand, prefers the old man to the young one and submits to the figure of the senator, the father of the family. The “son,” however, the young man, always acts before the senator in the form of opposition. The two names that designate the parties of the age-old struggle allude to this duality of powers: patricians and proletarians. Both signify “sons,” but the former are sons of a citizen father, married according to the law of the State and therefore heirs of goods, whereas the proletarian is a son in the sense of the flesh, is not the son of a recognized “someone,” is a mere descendant and not an heir, prole. (As is seen, the exact translation of patrician would be hidalgo).
To find another epoch of youth like ours, one would have to descend to the Renaissance. Let the reader rapidly run through the series of European seasons. Romanticism, which with one intensity or another permeates the whole nineteenth century, may seem in its inception a time of the young. There is in it, indeed, a subversion against the past, and it is an essay of youth affirming itself. The Revolution had made a clean slate of the preceding generation and, for fifteen years, allowed very young men to occupy all social eminences. The Jacobin and Bonaparte’s general are boys. Nevertheless, this time offers the example of a false youthful triumph, and Romanticism will make manifest its lack of authenticity. The young revolutionary is only the executor of the old ideas fabricated in the two preceding centuries. What the young man affirms then is not his youth, but received principles: nothing so representative as Robespierre, the old man by birth. When, in Romanticism, one reacts against the eighteenth century, it is in order to return to a more ancient past, and the young, looking within themselves, find only vital disaffection. It is the epoch of the blasés, of suicides, of the prematurely decayed air in gait and in feeling. The young man imitates in himself the old man, prefers his weary attitudes, and hastens to abandon his youth. All the generations of the nineteenth century aspired to be mature as soon as possible and felt a strange shame of their own youth. Compare them with the young people of today—males and females—who tend to prolong their boyhood boundlessly and settle into it as though definitively.
I
Le variazioni storiche non procedono mai da cause esterne all’organismo umano, almeno all’interno di uno stesso periodo zoologico. Se vi sono state catastrofi telluriche —diluvi, sommersione di continenti, mutamenti subitanei ed estremi di clima—, come nei miti più arcaici sembra ricordarsi confusamente, l’effetto da esse prodotto trascese i limiti dello storico e sconvolse la specie in quanto tale. La cosa più probabile è che l’uomo non abbia mai assistito a siffatte catastrofi. L’esistenza è stata, a quanto pare, sempre molto quotidiana. I mutamenti più violenti che la nostra specie ha conosciuto, i periodi glaciali, non ebbero carattere di grande spettacolo. Basta che per qualche tempo la temperatura media dell’anno discenda di cinque o sei gradi perché la glacializzazione si produca. In definitiva, che le estati siano un poco più fresche. La lentezza e la dolcezza di questo processo dà tempo all’organismo di reagire, e questa reazione dall’interno dell’organismo al mutamento fisico del contorno è la vera variazione storica. Conviene abbandonare l’idea che il mezzo modelli meccanicamente la vita, perciò, che la vita sia un processo dal di fuori al di dentro. Le modificazioni esterne agiscono solo come eccitanti di modificazioni intraorganiche; sono, piuttosto, domande a cui l’essere vivente risponde con un ampio margine di originalità imprevedibile. Ogni specie e anche ogni varietà e anche ogni individuo appronterà una risposta più o meno diversa, mai identica. Vivere, in somma, è un’operazione che si fa dal di dentro al di fuori, e perciò le cause o principi delle sue variazioni vanno cercate nell’interno dell’organismo.
Pensando così, doveva sembrarmi sommamente verosimile che nei più profondi e ampi fenomeni storici appaia più o meno chiaro il decisivo influsso delle differenze biologiche più elementari. La vita è maschile o femminile, è giovane o è vecchia. Come si può pensare che questi moduli elementarissimi e divergenti della vitalità non siano giganteschi poteri plastici della storia? Fu, a mio giudizio, una delle scoperte sociologiche più importanti quella che si fece, saranno ormai trent’anni, quando ci si avvide che l’organizzazione sociale più primitiva non è altro che l’impronta nella massa collettiva di quelle grandi categorie vitali: sessi ed età. La struttura più primitiva della società si riduce a dividere gli individui che la compongono in uomini e donne e ciascuna di queste classi sessuali[2] in bambini, giovani e vecchi, in classi di età. Le forme biologiche stesse furono, per così dire, le prime istituzioni.
Mascolinità e femminilità, gioventù e senettudine sono due coppie di potenze antagoniste. Ciascuna di queste potenze significa la mobilitazione di tutta la vita in un senso divergente da quello che porta la sua contraria. Vengono a essere come stili diversi del vivere. E poiché tutti coesistono in qualsiasi istante della storia, tra loro si produce una collisione, un corpo a corpo in cui ciascuno tenta di trascinare nel suo senso, integra, l’esistenza umana. Per comprendere bene un’epoca è necessario determinare l’equazione dinamica che in essa danno queste quattro potenze e domandare: Chi può di più? I giovani o i vecchi, cioè gli uomini maturi? Il virile o il femminile? È sommamente interessante inseguire attraverso i secoli gli spostamenti del potere verso l’una o l’altra di queste potenze. Allora ci si avvede di ciò che da antemano doveva presumersi: che, essendo ritmica ogni vita, lo è anche la storica, e che i ritmi fondamentali sono precisamente quelli biologici, cioè che vi sono epoche in cui predomina il maschile e altre signoreggiate dagli istinti della femminilità, che vi sono tempi di giovani e tempi di vecchi.
Nell’essere umano la vita si duplica, perché interviene la coscienza e la vita primaria si riflette in essa: è da essa interpretata in forma di idea, immagine, sentimento. E poiché la storia è, innanzi tutto, storia della mente, dell’anima, l’interessante sarà descrivere la proiezione nella coscienza di questi predominii ritmici. La lotta misteriosa che mantengono nelle segrete officine dell’organismo la gioventù e la senettudine, la mascolinità e la femminilità, si riflette nella coscienza sotto specie di preferenze e disdegni. Giunge un’epoca che preferisce, che stima di più le qualità della vita giovane e pospone, dispregia quelle della vita matura, oppure trova la grazia massima nei modi femminili di contro a quelli maschili. Perché accadono queste variazioni della preferenza, a volte subitanee? Ecco una questione sulla quale non possiamo ancora dire una sola parola chiara[3].
Quel che sì mi sembra evidente è che il nostro tempo si caratterizza per l’estremo predominio dei giovani. È sorprendente che in popoli così vecchi come i nostri e dopo una guerra più triste che eroica, la vita prenda a un tratto un aspetto di trionfante gioventù. In realtà, come tante altre cose, questo impero dei giovani veniva preparandosi dal 1890, dal fin de siècle. Oggi da un luogo, domani da un altro, furono sgomberati la maturità e la vecchiaia: al loro posto si installava l’uomo giovane con i suoi peculiari attributi.
Io non so se questo trionfo della gioventù sarà un fenomeno passeggero o un atteggiamento profondo che la vita umana ha preso e che giungerà a qualificare tutta un’epoca. È necessario che passi un po’ di tempo per poter azzardare questo pronostico. Il fenomeno è troppo recente e non si è ancora potuto vedere se questa nuova vita in modo juventutis sarà capace di ciò che poi dirò, senza il quale non è possibile la perdurazione del suo trionfo. Ma se volessimo badare soltanto all’aspetto del momento attuale, ci vedremo costretti a dire: vi sono state nella storia altre epoche in cui hanno predominato i giovani, ma mai tra quelle ben note[4] il predominio è stato così estremo ed esclusivo. Nei secoli classici della Grecia tutta la vita si organizza intorno all’efebo, ma accanto a lui, e come potenza compensatoria, c’è l’uomo maturo che lo educa e lo dirige. La coppia Socrate-Alcibiade simboleggia molto bene l’equazione dinamica di gioventù e maturità dal secolo V al tempo di Alessandro. Il giovane Alcibiade trionfa sulla società, ma a condizione di servire lo spirito che Socrate rappresenta. In questo modo la grazia e il vigore giovanili sono messi al servizio di qualcosa d’oltre loro che serve loro da norma, da incitamento e da freno. Roma, invece, preferisce il vecchio al giovane e si sottomette alla figura del senatore, del padre di famiglia. Il «figlio», tuttavia, il giovane agisce sempre dinanzi al senatore in forma di opposizione. I due nomi che enunciano i partiti della lotta multisecolare alludono a questa dualità di potenze: patrizi e proletari. Entrambi significano «figli», ma gli uni sono figli di padre cittadino, sposato secondo la legge di Stato e perciò eredi di beni, mentre il proletario è figlio nel senso della carne, non è figlio di «qualcuno» riconosciuto, è mero discendente e non erede, prole. (Come si vede, la traduzione esatta di patrizio sarebbe hidalgo).
Per trovare un’altra epoca di gioventù come la nostra, bisognerebbe scendere fino al Rinascimento. Ripassi il lettore rapidamente la serie delle stagioni europee. Il romanticismo che, con una o l’altra intensità, impregna tutto il secolo XIX, può sembrare nella sua iniziazione un tempo di giovani. C’è in esso, effettivamente, una sovversione contro il passato ed è un saggio di affermazione di sé della gioventù. La Rivoluzione aveva fatto tabula rasa della generazione precedente e permise per quindici anni che occupassero tutte le eminenze sociali uomini assai giovani. Il giacobino e il generale di Bonaparte sono ragazzi. Tuttavia, offre questo tempo l’esempio di un falso trionfo giovanile e il romanticismo metterà in evidenza la sua mancanza di autenticità. Il giovane rivoluzionario è soltanto l’esecutore delle vecchie idee confezionate nei due secoli anteriori. Ciò che il giovane afferma allora non è la sua gioventù, ma principii ricevuti: nulla di così rappresentativo come il Robespierre, il vecchio di nascita. Quando nel romanticismo si reagisce contro il secolo XVIII è per tornare a un passato più antico, e i giovani, guardando dentro di sé, trovano soltanto svogliatezza vitale. È l’epoca dei blasé, dei suicidi, dell’aria prematuramente caduca nell’andare e nel sentire. Il giovane imita in sé il vecchio, preferisce le sue attitudini stanche e si affretta ad abbandonare la sua giovinezza. Tutte le generazioni del secolo XIX hanno aspirato a essere mature il più presto possibile e sentivano una strana vergogna della propria gioventù. Si confrontino con i giovani attuali —maschi e femmine— che tendono a prolungare illimitatamente la loro fanciullaggine e vi si installano come definitivamente.
Si damos un paso atrás caemos en el siglo vieillot por excelencia, el XVIII, que abomina de toda calidad juvenil, detesta el sentimiento y la pasión, el cuerpo elástico y nudo. Es el siglo de entusiasmo por los decrépitos, que se estremece al paso de Voltaire, cadáver viviente que pasa sonriendo a sí mismo en la sonrisa innumerable de sus arrugas. Para extremar tal estilo de vida se finge en la cabeza la nieve de la edad y la peluca empolvada cubre toda frente primaveral —hombre o mujer— con una suposición de sesenta años.
Al llegar al siglo XVII en este virtual retroceso, tenemos que preguntarnos, ingenuamente sorprendidos: ¿Dónde se han marchado los jóvenes? Cuanto vale en esta edad parece tener cuarenta años: el traje, el uso, los modales son sólo adecuados a gentes de esta edad. De Ninón se estima la madurez, no la confusa juventud. Domina la centuria Descartes, vestido a la española, de negro. Se busca doquiera la raison e interesa más que nada la teología: jesuitas contra Jansenio. Pascal, el niño genial, es genial porque anticipa la ancianidad de los geómetras.
El Sol, 9 de junio de 1927
II
Todo gesto vital, o es un gesto de dominio o un gesto de servidumbre. Tertium non datur. El gesto de combate que parece interpolarse entre ambos pertenece, en rigor, a uno u otro estilo. La guerra ofensiva va inspirada por la seguridad en la victoria y anticipa el dominio. La guerra defensiva suele emplear tácticas viles, porque en el fondo de su alma el atacado estima más que a sí mismo al ofensor. Ésta es la causa que decide uno u otro estilo de actitud.
El gesto servil lo es porque el ser no gravita sobre sí mismo, no está seguro de su propio valer y en todo instante vive comparándose con otros. Necesita de ellos en una u otra forma; necesita de su aprobación para tranquilizarse, cuando no de su benevolencia y su perdón. Por eso el gesto lleva siempre una referencia al prójimo. Servir es llenar nuestra vida de actos que tienen valor sólo porque otro ser los aprueba o aprovecha. Tienen sentido mirados desde la vida de este otro ser, no desde la vida nuestra. Y ésta es, en principio, la servidumbre: vivir desde otro, no desde sí mismo.
El estilo de dominio, en cambio, no implica la victoria. Por eso aparece con más pureza que nunca en ciertos casos de guerra defensiva que concluyeron con la completa derrota del defensor. El caso de Numancia es ejemplar. Los numantinos poseen una fe inquebrantable en sí mismos. Su larga campaña frente a Roma comenzó por ser de ofensiva. Despreciaban al enemigo y, en efecto, lo derrotaban una vez y otra[5]. Cuando más tarde, recogiendo y organizando mejor sus fuerzas superiores, Roma aprieta a Numancia, ésta, se dirá, toma la defensiva, pero, propiamente, no se defiende, sino que más bien se aniquila, se suprime. El hecho material de la superioridad de fuerzas en el enemigo invita al pueblo de alma dominante a preferir su propia anulación. Porque sólo sabe vivir desde sí mismo, y la nueva forma de existencia que el destino le propone —servidumbre— le es inconcebible, le sabe a negación del vivir mismo; por tanto, es la muerte.
En las generaciones anteriores la juventud vivía preocupada de la madurez. Admiraba a los mayores, recibía de ellos las normas —en arte, ciencia, política, usos y régimen de vida—, esperaba su aprobación y temía su enojo. Sólo se entregaba a sí misma, a lo que es peculiar de tal edad, subrepticiamente y como al margen. Los jóvenes sentían su propia juventud como una transgresión de lo que es debido. Objetivamente se manifestaba esto en el hecho de que la vida social no estaba organizada en vista de ellos. Las costumbres, los placeres públicos habían sido ajustados al tipo de vida propio para las personas maduras, y ellos tenían que contentarse con las zurrapas que éstas les dejaban o lanzarse a la calaverada. Hasta en el vestir se veían forzados a imitar a los viejos: las modas estaban inspiradas en la conveniencia de la gente mayor. Las muchachas soñaban con el momento en que se pondrían «de largo», es decir, en que adoptarían el traje de sus madres. En suma, la juventud vivía en servidumbre de la madurez.
El cambio acaecido en este punto es fantástico. Hoy la juventud parece dueña indiscutible de la situación, y todos sus movimientos van saturados de dominio. En su gesto trasparece bien claramente que no se preocupa lo más mínimo de la otra edad. El joven actual habita hoy su juventud con tal resolución y denuedo, con tal abandono y seguridad, que parece existir sólo en ella. Le trae perfectamente sin cuidado lo que piense de ella la madurez; es más: ésta tiene a sus ojos un valor próximo a lo cómico.
Se han mudado las tornas. Hoy el hombre y la mujer maduros viven casi azorados, con la vaga impresión de que casi no tienen derecho a existir. Advierten la invasión del mundo por la mocedad como tal y comienzan a hacer gestos serviles. Por lo pronto, la imitan en el vestir. (Muchas veces he sostenido que las modas no eran un hecho frívolo, sino un fenómeno de gran trascendencia histórica, obediente a causas profundas. El ejemplo presente aclara con sobrada evidencia esa afirmación).
Las modas actuales están pensadas para cuerpos juveniles, y es tragicómica la situación de padres y madres que se ven obligados a imitar a sus hijos e hijas en lo indumentario. Los que ya estamos muy en la cima de la vida nos encontramos con la inaudita necesidad de tener que desandar un poco del camino de la vida, como si lo hubiésemos errado, y hacernos —de grado o no— más jóvenes de lo que somos. No se trata de fingir una mocedad que se ausenta de nuestra persona, sino que el módulo adoptado por la vida objetiva es el juvenil y nos fuerza a su adopción. Como con el vestir acontece con todo lo demás. Los usos, placeres, costumbres, modales, están cortados a la medida de los efebos.
Es curioso, formidable, el fenómeno e invita a esa humildad y devoción ante el poder, a la vez creador e irracional, de la vida que yo fervorosamente he recomendado durante toda la mía. Nótese que en toda Europa la existencia social está hoy organizada para que puedan vivir a gusto sólo los jóvenes de las clases medias. Los mayores y las aristocracias se han quedado fuera de la circulación vital, síntoma en que se anudan dos factores distintos —juventud y masa— dominantes en la dinámica de este tiempo. El régimen de vida media se ha perfeccionado —por ejemplo, los placeres—, y, en cambio, las aristocracias no han sabido crearse nuevos refinamientos que las distancien de la masa. Sólo queda para ellas la compra de objetos más caros, pero del mismo tipo general que los usados por el hombre medio. Las aristocracias, desde 1800 en lo político y desde 1900 en lo social, han sido arrolladas, y es ley de la historia que las aristocracias no pueden ser arrolladas sino cuando previamente han caído en irremediable degeneración.
Pero hay un hecho que subraya más que otro alguno este triunfo de la juventud y revela hasta qué punto es profundo el trastorno de valores en Europa. Me refiero al entusiasmo por el cuerpo. Cuando se piensa en la juventud, se piensa ante todo en el cuerpo. Por varias razones; en primer lugar, el alma tiene un frescor más prolongado, que a veces llega a ornar la vejez de la persona; en segundo lugar, el alma es más perfecta en cierto momento de la madurez que en la juventud. Sobre todo, el espíritu —inteligencia y voluntad— es, sin duda, más vigoroso en la plena cima de la vida que en su etapa ascensional. En cambio, el cuerpo tiene su flor —su akmé, decían los griegos— en la estricta juventud, y, viceversa, decae infaliblemente cuando ésta se traspone. Por eso, desde un punto de vista superior a las oscilaciones históricas, por decirlo así, sub specie aeternitatis, es indiscutible que la juventud rinde la mayor delicia al ser mirada, y la madurez, al ser escuchada. Lo admirable del mozo es su exterior; lo admirable del hombre hecho es su intimidad.
Pues bien: hoy se prefiere el cuerpo al espíritu. No creo que haya síntoma más importante en la existencia europea actual. Tal vez las generaciones anteriores han rendido demasiado culto al espíritu y —salvo Inglaterra— han desdeñado excesivamente a la carne. Era conveniente que el ser humano fuese amonestado y se le recordase que no es sólo alma, sino unión mágica de espíritu y cuerpo.
If we take a step backward we fall into the vieillot century par excellence, the eighteenth, which abhors every youthful quality, detests feeling and passion, the elastic and naked body. It is the century of enthusiasm for the decrepit, which shudders at the passing of Voltaire, a living corpse that passes smiling at itself in the innumerable smile of its wrinkles. To carry such a style of life to its extreme, the snow of age is feigned upon the head, and the powdered wig covers every springtime brow—man or woman—with an assumption of sixty years.
On arriving at the seventeenth century in this virtual regression, we have to ask ourselves, naively surprised: Where have the young gone? Whatever is of value in this age seems to be forty years old: the costume, the custom, the manners are suitable only to people of this age. Of Ninon it is her maturity that is esteemed, not her confused youth. The century is dominated by Descartes, dressed in the Spanish fashion, in black. The raison is sought everywhere, and what interests more than anything is theology: Jesuits against Jansenius. Pascal, the child of genius, is a genius because he anticipates the old age of geometers.
El Sol, 9 June 1927
II
Every vital gesture is either a gesture of domination or a gesture of servitude. Tertium non datur. The gesture of combat that seems to interpolate itself between the two belongs, strictly, to one or the other style. Offensive war is inspired by security in victory and anticipates domination. Defensive war is wont to employ base tactics, because in the depth of his soul the attacked man esteems the offender more than himself. This is the cause that decides one or the other style of attitude.
The servile gesture is servile because the being does not gravitate upon itself, is not sure of its own worth, and at every instant lives comparing itself with others. It needs them in one form or another; it needs their approval to reassure itself, if not their benevolence and their pardon. That is why the gesture always carries a reference to one’s neighbor. To serve is to fill our life with acts that have value only because another being approves or profits by them. They have meaning seen from the life of this other being, not from our own life. And this is, in principle, servitude: to live from another, not from oneself.
The style of domination, on the other hand, does not imply victory. That is why it appears with more purity than ever in certain cases of defensive war that concluded with the complete defeat of the defender. The case of Numantia is exemplary. The Numantines possess an unshakable faith in themselves. Their long campaign against Rome began by being offensive. They despised the enemy and, in effect, defeated him again and again[5]. When later, gathering and better organizing its superior forces, Rome tightens around Numantia, this, it will be said, takes the defensive; but, properly, it does not defend itself, but rather annihilates itself, suppresses itself. The material fact of the enemy’s superiority of forces invites the people of dominant soul to prefer its own annihilation. Because it knows how to live only from itself, and the new form of existence that destiny proposes to it—servitude—is inconceivable to it, tastes to it of the negation of living itself; therefore, it is death.
In earlier generations youth lived preoccupied with maturity. It admired its elders, received from them the norms—in art, science, politics, customs and regimen of life—awaited their approval and feared their displeasure. It gave itself over to itself, to what is peculiar to that age, only surreptitiously and as if on the margin. The young felt their own youth as a transgression of what is due. Objectively this was manifested in the fact that social life was not organized with a view to them. The customs, the public pleasures had been adjusted to the type of life proper to mature persons, and they had to content themselves with the dregs that these left them, or fling themselves into wild dissipation. Even in dress they found themselves forced to imitate the old: the fashions were inspired by the convenience of older people. The girls dreamed of the moment when they would put on “long dresses,” that is, when they would adopt the dress of their mothers. In sum, youth lived in servitude to maturity.
The change that has come about on this point is fantastic. Today youth seems the indisputable mistress of the situation, and all its movements are saturated with domination. In its gesture it shows very clearly that it does not concern itself in the least with the other age. The young man of today inhabits his youth with such resolution and boldness, with such abandonment and assurance, that he seems to exist only in it. He cares not a whit what maturity thinks of it; more: this has in his eyes a value close to the comic.
The tables have turned. Today the mature man and woman live almost bewildered, with the vague impression that they almost have no right to exist. They notice the invasion of the world by youth as such, and begin to make servile gestures. For the moment, they imitate it in dress. (Many times I have maintained that fashions were not a frivolous fact, but a phenomenon of great historical significance, obedient to profound causes. The present example clarifies that assertion with more than enough evidence).
Today’s fashions are designed for youthful bodies, and tragicomic is the situation of fathers and mothers who find themselves obliged to imitate their sons and daughters in attire. We who are already high up at the summit of life find ourselves faced with the unheard-of necessity of having to retrace a little of the road of life, as if we had gone astray on it, and make ourselves—willingly or not—younger than we are. It is not a question of feigning a youth that absents itself from our person; rather, the module adopted by objective life is the youthful one and it forces us to its adoption. As with dress, so with everything else. The usages, pleasures, customs, manners are cut to the measure of the ephebes.
Curious and formidable is the phenomenon, and it invites that humility and devotion before the power, at once creative and irrational, of life which I have fervently recommended throughout all my own. Note that in all of Europe social existence is today organized so that only the young of the middle classes can live at ease. The elders and the aristocracies have been left out of the vital circulation, a symptom in which two distinct factors—youth and mass—dominant in the dynamics of this time are knotted together. The regime of average life has been perfected—for example, the pleasures—and, on the other hand, the aristocracies have not known how to create for themselves new refinements that would distance them from the mass. Only the purchase of more expensive objects remains for them, but of the same general type as those used by the average man. The aristocracies, since 1800 in the political order and since 1900 in the social order, have been swept away, and it is a law of history that aristocracies cannot be swept away except when they have previously fallen into irremediable degeneration.
But there is a fact that underscores this triumph of youth more than any other and reveals how profound is the overturning of values in Europe. I refer to the enthusiasm for the body. When one thinks of youth, one thinks above all of the body. For several reasons; in the first place, the soul has a more prolonged freshness, which sometimes comes to ornament the old age of the person; in the second place, the soul is more perfect at a certain moment of maturity than in youth. Above all, the spirit—intelligence and will—is, without doubt, more vigorous at the full summit of life than in its ascending stage. On the other hand, the body has its flower—its akmé, the Greeks said—in strict youth, and, vice versa, infallibly declines when this is passed. That is why, from a point of view superior to historical oscillations, so to speak, sub specie aeternitatis, it is indisputable that youth yields the greatest delight in being looked upon, and maturity in being listened to. What is admirable in the young man is his exterior; what is admirable in the grown man is his intimacy.
Well, then: today the body is preferred to the spirit. I do not believe there is a more important symptom in present-day European existence. Perhaps the earlier generations rendered too much worship to the spirit and—save England—excessively disdained the flesh. It was fitting that the human being be admonished and reminded that he is not only soul, but a magical union of spirit and body.
Se facciamo un passo indietro cadiamo nel secolo vieillot per eccellenza, il XVIII, che abomina di ogni qualità giovanile, detesta il sentimento e la passione, il corpo elastico e ignudo. È il secolo dell’entusiasmo per i decrepiti, che freme al passaggio di Voltaire, cadavere vivente che passa sorridendo a sé stesso nel sorriso innumerevole delle sue rughe. Per estremizzare tale stile di vita si finge nella testa la neve dell’età e la parrucca incipriata copre ogni fronte primaverile —uomo o donna— con una supposizione di sessant’anni.
Giungendo al secolo XVII in questo virtuale regresso, dobbiamo domandarci, ingenuamente sorpresi: Dove sono andati i giovani? Tutto ciò che vale in questa età sembra avere quarant’anni: il vestito, l’uso, i modi sono adeguati soltanto a gente di questa età. Di Ninon si stima la maturità, non la confusa gioventù. Domina la centuria Cartesio, vestito alla spagnola, di nero. Si cerca dovunque la raison e interessa più di ogni altra cosa la teologia: gesuiti contro Giansenio. Pascal, il bambino geniale, è geniale perché anticipa la vecchiaia dei geometri.
El Sol, 9 de junio de 1927
II
Ogni gesto vitale, o è un gesto di dominio o un gesto di servitù. Tertium non datur. Il gesto di combattimento che sembra interpolarsi tra entrambi appartiene, in rigore, all’uno o all’altro stile. La guerra offensiva va ispirata dalla sicurezza nella vittoria e anticipa il dominio. La guerra difensiva suole impiegare tattiche vili, perché in fondo all’anima l’attaccato stima più di sé stesso l’offensore. Questa è la causa che decide l’uno o l’altro stile di atteggiamento.
Il gesto servile lo è perché l’essere non gravita su sé stesso, non è sicuro del proprio valore e in ogni istante vive confrontandosi con gli altri. Ha bisogno di loro in una o l’altra forma; ha bisogno della loro approvazione per tranquillizzarsi, se non della loro benevolenza e del loro perdono. Perciò il gesto porta sempre un riferimento al prossimo. Servire è riempire la nostra vita di atti che hanno valore soltanto perché un altro essere li approva o ne approfitta. Hanno senso guardati dalla vita di quest’altro essere, non dalla vita nostra. E questa è, in principio, la servitù: vivere da un altro, non da sé stesso.
Lo stile di dominio, invece, non implica la vittoria. Perciò appare con più purezza che mai in certi casi di guerra difensiva che conclusero con la completa sconfitta del difensore. Il caso di Numanzia è esemplare. I numantini possiedono una fede incrollabile in sé stessi. La loro lunga campagna contro Roma cominciò con l’essere offensiva. Disprezzavano il nemico e, in effetti, lo sconfiggevano una volta e l’altra[5]. Quando più tardi, raccogliendo e organizzando meglio le sue forze superiori, Roma stringe Numanzia, questa, si dirà, prende la difensiva, ma, propriamente, non si difende, bensì piuttosto si annienta, si sopprime. Il fatto materiale della superiorità di forze nel nemico invita il popolo d’anima dominante a preferire la propria annullazione. Perché sa vivere soltanto da sé stesso, e la nuova forma di esistenza che il destino gli propone —servitù— gli è inconcepibile, gli sa di negazione del vivere stesso; quindi, è la morte.
Nelle generazioni anteriori la gioventù viveva preoccupata della maturità. Ammirava i maggiori, riceveva da loro le norme —nell’arte, nella scienza, nella politica, negli usi e nel regime di vita—, attendeva la loro approvazione e temeva il loro cruccio. Si abbandonava a sé stessa, a ciò che è peculiare di tale età, solo subdolamente e come ai margini. I giovani sentivano la propria gioventù come una trasgressione di ciò che è dovuto. Oggettivamente ciò si manifestava nel fatto che la vita sociale non era organizzata in vista di loro. I costumi, i piaceri pubblici erano stati adattati al tipo di vita proprio delle persone mature, ed essi dovevano accontentarsi delle fecce che queste lasciavano loro o lanciarsi alla scapestrataggine. Persino nel vestire si vedevano costretti a imitare i vecchi: le mode erano ispirate alla convenienza della gente maggiore. Le ragazze sognavano il momento in cui si sarebbero messe «in lungo», cioè in cui avrebbero adottato il vestito delle loro madri. In somma, la gioventù viveva in servitù della maturità.
Il mutamento accaduto in questo punto è fantastico. Oggi la gioventù sembra padrona indiscutibile della situazione, e tutti i suoi movimenti vanno saturi di dominio. Nel suo gesto traspare ben chiaramente che non si preoccupa minimamente dell’altra età. Il giovane attuale abita oggi la sua gioventù con tale risoluzione e ardimento, con tale abbandono e sicurezza, che sembra esistere soltanto in essa. Gli importa perfettamente nulla di ciò che la maturità pensi di lei; di più: questa ha ai suoi occhi un valore prossimo al comico.
Le sorti si sono invertite. Oggi l’uomo e la donna maturi vivono quasi sgomenti, con la vaga impressione di non avere quasi diritto di esistere. Avvertono l’invasione del mondo da parte della giovinezza come tale e cominciano a fare gesti servili. Per il momento, la imitano nel vestire. (Molte volte ho sostenuto che le mode non erano un fatto frivolo, ma un fenomeno di grande trascendenza storica, obbediente a cause profonde. L’esempio presente chiarisce con sovrabbondante evidenza questa affermazione).
Le mode attuali sono pensate per corpi giovanili, ed è tragicomica la situazione dei padri e delle madri che si vedono obbligati a imitare i loro figli e le loro figlie nell’indumentario. Noi che siamo già molto in cima alla vita ci troviamo con l’inaudita necessità di dover disfare un po’ del cammino della vita, come se lo avessimo sbagliato, e farci —di grado o no— più giovani di quanto siamo. Non si tratta di fingere una giovinezza che si assenta dalla nostra persona, ma il modulo adottato dalla vita oggettiva è quello giovanile e ci forza alla sua adozione. Come col vestire accade con tutto il resto. Gli usi, i piaceri, i costumi, i modi sono tagliati a misura degli efebi.
È curioso, formidabile, il fenomeno e invita a quella umiltà e devozione dinanzi al potere, a un tempo creatore e irrazionale, della vita che io ho fervorosamente raccomandato durante tutta la mia. Si noti che in tutta Europa l’esistenza sociale è oggi organizzata perché possano vivere a loro agio soltanto i giovani delle classi medie. I maggiori e le aristocrazie sono rimasti fuori della circolazione vitale, sintomo in cui si annodano due fattori distinti —gioventù e massa— dominanti nella dinamica di questo tempo. Il regime della vita media si è perfezionato —per esempio, i piaceri—, e, invece, le aristocrazie non hanno saputo crearsi nuovi raffinamenti che le distanziassero dalla massa. Resta loro soltanto l’acquisto di oggetti più cari, ma dello stesso tipo generale di quelli usati dall’uomo medio. Le aristocrazie, dal 1800 nel politico e dal 1900 nel sociale, sono state travolte, ed è legge della storia che le aristocrazie non possono essere travolte se non quando sono cadute prima in irremediabile degenerazione.
Ma c’è un fatto che sottolinea più di ogni altro questo trionfo della gioventù e rivela fino a che punto sia profondo lo sconvolgimento dei valori in Europa. Mi riferisco all’entusiasmo per il corpo. Quando si pensa alla gioventù, si pensa innanzi tutto al corpo. Per varie ragioni; in primo luogo, l’anima ha un frescore più prolungato, che a volte giunge a ornare la vecchiaia della persona; in secondo luogo, l’anima è più perfetta in un certo momento della maturità che nella gioventù. Soprattutto, lo spirito —intelligenza e volontà— è, senza dubbio, più vigoroso nella piena cima della vita che nella sua tappa ascensionale. Invece, il corpo ha il suo fiore —la sua akmé, dicevano i greci— nella stretta gioventù, e, viceversa, decade infallibilmente quando questa si è oltrepassata. Perciò, da un punto di vista superiore alle oscillazioni storiche, per così dire, sub specie aeternitatis, è indiscutibile che la gioventù rende la maggior delizia nell’essere guardata, e la maturità, nell’essere ascoltata. L’ammirevole del giovane è il suo esteriore; l’ammirevole dell’uomo fatto è la sua intimità.
Ebbene: oggi si preferisce il corpo allo spirito. Non credo che vi sia sintomo più importante nell’esistenza europea attuale. Forse le generazioni anteriori hanno reso troppo culto allo spirito e —salvo l’Inghilterra— hanno disdegnato eccessivamente la carne. Era conveniente che l’essere umano fosse ammonito e gli si ricordasse che non è soltanto anima, ma unione magica di spirito e corpo.
El cuerpo es por sí puerilidad. El entusiasmo que hoy despierta ha inundado de infantilismo la vida continental, ha aflojado la tensión de intelecto y voluntad en que se retorció el siglo XIX, arco demasiado tirante hacia metas demasiado problemáticas. Vamos a descansar un rato en el cuerpo. Europa —cuando tiene ante sí los problemas más pavorosos— se entrega a unas vacaciones. Brinca elástico el músculo del cuerpo desnudo detrás de un balón que declara francamente su desdén a toda trascendencia volando por el aire con aire en su interior.
Las Asociaciones de estudiantes alemanes han solicitado enérgicamente que se reduzca el plan de estudios universitarios. La razón que daban no era hipócrita: urgía disminuir las horas de estudio porque ellos necesitaban el tiempo para sus juegos y diversiones, para «vivir la vida».
Este gesto dominante que hoy hace la juventud me parece magnífico. Sólo me ocurre una reserva mental. Entrega tan completa a su propio momento es justa en cuanto afirma el derecho de la mocedad como tal, frente a su antigua servidumbre. Pero ¿no es exorbitante? La juventud, estadio de la vida, tiene derecho a sí misma; pero a fuer de estadio va afectada inexorablemente de un carácter transitorio. Encerrándose en sí misma, cortando los puentes y quemando las naves que conducen a los estadios subsecuentes, parece declararse en rebeldía y separatismo del resto de la vida. Si es falso que el joven no debe hacer otra cosa que prepararse a ser viejo, tampoco es parvo error eludir por completo esta cautela. Pues es el caso que la vida, objetivamente, necesita de la madurez; por tanto, que la juventud también la necesita. Es preciso organizar la existencia: ciencia, técnica, riqueza, saber vital, creaciones de todo orden, son requeridas para que la juventud pueda alojarse y divertirse. La juventud de ahora, tan gloriosa, corre el riesgo de arribar a una madurez inepta. Hoy goza el ocio floreciente que le han creado generaciones sin juventud[6].
Mi entusiasmo por el cariz juvenil que la vida ha adoptado no se detiene más que ante este temor. ¿Qué van a hacer a los cuarenta años los europeos futbolistas? Porque el mundo es ciertamente un balón, pero con algo más que aire dentro.
El Sol, 18 de junio de 1927
The body is in itself puerility. The enthusiasm it arouses today has flooded continental life with infantilism, has loosened the tension of intellect and will in which the nineteenth century writhed, a bow too taut toward goals too problematic. We are going to rest a while in the body. Europe—when it has before it the most frightful problems—gives itself over to a holiday. The muscle of the naked body leaps elastically behind a ball that frankly declares its disdain for all transcendence, flying through the air with air inside it.
The German student associations have energetically requested that the university curriculum be reduced. The reason they gave was not hypocritical: it was urgent to diminish the hours of study because they needed the time for their games and diversions, to “live life.”
This dominant gesture that youth makes today seems to me magnificent. Only one mental reservation occurs to me. So complete a surrender to one’s own moment is just insofar as it affirms the right of youth as such, against its ancient servitude. But is it not exorbitant? Youth, a stage of life, has a right to itself; but by force of being a stage it is inexorably affected by a transitory character. By enclosing itself in itself, cutting the bridges and burning the ships that lead to the subsequent stages, it seems to declare itself in rebellion and separatism from the rest of life. If it is false that the young man should do nothing other than prepare himself to be old, neither is it a slight error to elude this caution completely. For it is the case that life, objectively, needs maturity; therefore, youth also needs it. It is necessary to organize existence: science, technique, wealth, vital knowledge, creations of every order, are required so that youth may lodge itself and amuse itself. The youth of now, so glorious, runs the risk of arriving at an inept maturity. Today it enjoys the flourishing leisure that generations without youth[6] have created for it.
My enthusiasm for the youthful countenance that life has adopted stops before nothing but this fear. What are the footballer Europeans going to do at forty? For the world is certainly a ball, but with something more than air inside.
El Sol, 18 June 1927
Il corpo è per sé puerilità. L’entusiasmo che oggi desta ha inondato di infantilismo la vita continentale, ha allentato la tensione di intelletto e volontà in cui si torse il secolo XIX, arco troppo teso verso mete troppo problematiche. Andiamo a riposare un poco nel corpo. L’Europa —quando ha dinanzi a sé i problemi più spaventosi— si abbandona a delle vacanze. Balza elastico il muscolo del corpo ignudo dietro un pallone che dichiara francamente il suo disdegno a ogni trascendenza volando per l’aria con aria nel suo interno.
Le Associazioni degli studenti tedeschi hanno richiesto energicamente che si riduca il piano di studi universitari. La ragione che adducevano non era ipocrita: urgeva diminuire le ore di studio perché essi avevano bisogno del tempo per i loro giochi e divertimenti, per «vivere la vita».
Questo gesto dominante che oggi fa la gioventù mi sembra magnifico. Mi viene in mente soltanto una riserva mentale. Consegna così completa al proprio momento è giusta in quanto afferma il diritto della giovinezza come tale, di contro alla sua antica servitù. Ma non è esorbitante? La gioventù, stadio della vita, ha diritto a sé stessa; ma in forza di essere stadio è affetta inesorabilmente da un carattere transitorio. Rinchiudendosi in sé stessa, tagliando i ponti e bruciando le navi che conducono agli stadi susseguenti, sembra dichiararsi in rivolta e separatismo dal resto della vita. Se è falso che il giovane non deve far altro che prepararsi a essere vecchio, neppure è parvo errore eludere completamente questa cautela. Poiché è il caso che la vita, oggettivamente, ha bisogno della maturità; quindi, che anche la gioventù ne ha bisogno. È necessario organizzare l’esistenza: scienza, tecnica, ricchezza, sapere vitale, creazioni d’ogni ordine, sono richieste perché la gioventù possa alloggiare e divertirsi. La gioventù di ora, così gloriosa, corre il rischio di arrivare a una maturità inetta. Oggi gode l’ozio fiorente che le hanno creato generazioni senza gioventù[6].
Il mio entusiasmo per l’aspetto giovanile che la vita ha adottato non si arresta se non dinanzi a questo timore. Che cosa faranno a quarant’anni gli europei calciatori? Perché il mondo è certamente un pallone, ma con qualcosa di più che aria dentro.
El Sol, 18 de junio de 1927