Abstract

The nineteenth-century assemblies “for the progress of the sciences” may have to become assemblies for the defence of the sciences: Einstein, Weyl and Schrödinger driven from their homeland, scientific vocations dwindling, states withdrawing funds. That generation lived by the “religion of science” — and Ortega notes, against the obvious objection, that Buddhism shows there can be a religion without God.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Madrid, noviembre de 1934

Hubo una época muy determinada —el último tercio del siglo XIX y los primeros años del XX—, durante la cual se fundaron en todos los países de Europa asambleas para el progreso de las ciencias. La española es una de las últimas. Fue creada hace unos veinticinco años. Era yo muy mozo cuando el doctor Simarro, Mercet y algunos otros la pusieron en pie. Colaboré, aunque externa y adventiciamente, en su fundación; conocí y traté a sus promotores. Respondían éstos estricta, dócilmente, a las convicciones de la época y no pretendían otra cosa que suscitar en España una institución similar a tantas otras extranjeras. Pues bien: si yo hubiese dicho entonces a los iniciadores de tal sociedad lo que ya entonces sospechaba; si les hubiese dicho: ¡Quién sabe si no vendrá —y relativamente pronto— un tiempo en que esta «asamblea para el progreso de las ciencias» tenga que convertirse en asamblea para la defensa de las ciencias, «o, lo que es igual, quien sabe si no viviremos nosotros mismos una edad en que la cuestión sea no ya excitar el progreso de las ciencias, sino asegurar su simple existencia y conservación»! Si yo hubiese dicho esto entonces al doctor Simarro, representante perfecto del lugar común contemporáneo, ¿cuál habría sido la reacción de aquel hombre? Muy pronto, bien que públicamente y por escrito, había yo de expresar las sospechas que ya entonces brotaban dentro de mí; por eso sé que, en el mejor caso y extremando la benevolencia, habría sido la respuesta del doctor Simarro declarar que no me entendía. Y, sin embargo, no más que veinte años después iban a acontecer hechos como el siguiente: Uno de los grupos más importantes de físicos, tal vez las cabezas más geniales en esta ciencia, florón de la Edad Moderna —Einstein, Weyl, Schrödinger—, han tenido que huir de su patria y parte de ellos recogerse, como los náufragos sobre una roca, en una pequeña academia norteamericana (Princeton). Añádase a esto que, desde hace años, llegan de todas partes noticias pesimistas sobre lo insólitas que van siendo las vocaciones científicas, sobre el descenso de calidad en la producción media. Por otra parte, los estados comienzan a retraer para otros menesteres las cuantías que antes dedicaban al fomento de la investigación.

Nada de esto hubiera parecido posible a los hombres que hacia 1910 —por lo tanto, hace un rato— fundaron la Asamblea española para el progreso de las ciencias. La idea de que la ciencia pudiese volver a estar en peligro histórico, la imagen de que el hombre occidental se desilusionase de su ejercicio y sintiese hacia ella tibieza, no hablemos de hostilidad, eran ingredientes que no podían hallarse en el horizonte de aquella generación. Aquella generación era la última que íntegramente pertenecía al gran ciclo histórico de generaciones iniciado por las de Bacon, Galileo y Descartes. Vivía con fe viva de la ciencia. Para que su existencia tuviese sentido le bastaba con pensar que el hombre era capaz de hacer física o, dicho de otra forma, creía que la ciencia, sea con este nombre o con el más genérico de «cultura», era el valor máximo del Universo y, por lo tanto, le competían todos los derechos. La idea de la ciencia era para aquellos hombres el principio que daba organización y arquitectura a todas las cuestiones humanas, de suerte tal que los problemas morales y políticos quedaban para ellos resueltos sin más que aludir al simple imperativo según el cual la sociedad y el Estado deben organizarse en forma tal que nada en ellos pudiera estorbar el progreso de las ciencias.

No es tan sólo una manera de decir, sino expresión mucho más estricta que cuanto pueda encarecerse, llamar a un estado de espíritu como el que efectivamente reinaba en aquellos hombres, la religión de la ciencia. Pues es falso creer que la realidad humana denominada religión exija inexcusable la fe en Dios y su definición implique esta fe. Sabido es que una de las religiones positivas más extendidas de la humanidad, el budismo, parte de la negación de Dios, es una religión atea. Lo que sí cabe con pleno sentido sostener es que una religión sin Dios, es una religión falsa, equivocada. Yo no entro ni salgo ahora en la cuestión porque el pensamiento que estoy enunciando no roza y menos perturba ninguna convicción religiosa determinada. Lleva otra intención y trayectoria. Es sencillamente esto: cuando se nos dice que no hay religión sin Dios y preguntamos qué condición más esencial, más peculiar, tiene el ente que nombramos Dios, con unas y otras palabras, según sea el credo de quien nos habla, se nos responde esto: «Dios es el complemento de hombre, y religión precisamente aquel modo de nuestra vida en que nos relacionamos con eso que nos complementa y en lo cual, por lo mismo, reposamos. Sin ese complemento el hombre no puede vivir: siente su existencia como una irremediable y desesperada manquedad, vacía de sentido y horra de orientación». Perfectamente —proseguiremos nosotros—, pero entonces será también verdad lo inverso, a saber: todo aquello en que el hombre crea haber encontrado su complemento, si esa creencia es auténtica y no ficción íntima, todo aquello que basta al hombre para sentir su vida integrada y no mutilada o fallida, dará lugar a una religión. Podrá a unos parecer absurdo lo que otros consideran bastante, pero si, en efecto, les basta, si de ello pueden nutrir su existencia y en ello reposar y hacer absolutamente pie, es evidente que constituye su religión. En este sentido me parece acertado que al escribir Croce recientemente una Historia del siglo XIX que interpreta como el desarrollo del principio de libertad, no llame a ésta simplemente idea de la libertad, sino religión de la libertad. En efecto, el hombre de esa época no se ha limitado a pensar la libertad, sino que ha vivido de ella.

He aquí por qué decía antes que los iniciadores de estas asambleas pertenecían a la última generación europea que ha confesado en la religión de la ciencia. A lo que se opondrán por el lector dos inmediatas objeciones. Se dirá, por ejemplo: la cosa es harto obvia que todavía hay no pocos hombres, entre ellos no pocos de los que hoy forman parte de tales asambleas, los cuales siguen fieles a la religión de la ciencia, no obstante pertenecer a una generación posterior. Otros, en cambio, harán la objeción contrapuesta y dirán que en aquella generación iniciadora de esta sociedad y en las que precedieron muchos hombres, incluso muchos hombres de alta categoría en la ciencia, no tenían la religión de la ciencia, sino que, aun estimando a ésta sobremanera, seguían adscritas a la más antigua religión de Dios.

Los hechos que ambas objeciones proyectan contra mi tesis son innegables y, no obstante, resbalan sobre ella sin dañarla, antes bien, contribuyendo a su aclaración.

Porque esto nos obliga a precisar un poco más cuál era el estado de espíritu reinante en los hombres que hacia 1910 tenían de cuarenta a cincuenta años. De paso aprenderemos algunas cosas más generales que importa mucho tener en cuenta a los que ahora estamos sobre el haz de la vida.

La Nación, 23 de diciembre de 1934