Abstract
A parliamentary speech: the minority backs the Government as the only one possible at that date, while wishing it would change its policy; Ortega complains that debate turns on administrative detail instead of the overall ‘tonality’, which he holds to be decisive. An occasional political address.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Y vamos al asunto de hoy. Esta minoría está convencida, como todos los demás grupos de la Cámara, declárenlo o no, que es ese Gobierno el único posible en esta fecha que transcurre. Entendemos por ese Gobierno, no tanto las personas como la combinación de fuerzas políticas que lo forman. Si esto es así, ¿urge decir algo más? La cosa está resuelta. Sólo, tal vez, tendríamos que añadir que esa adhesión nuestra al Gobierno no implica entusiasmo suficiente por la figura general de su política; al contrario, significa el deseo de que, continuando ese Gobierno, modifique su política. Ya tiene aquí unas Cortes que autorizan y cimentan el ejercicio de su función. Ya tiene aquí unos hombres resueltos a constituir la ley del país. Puede, pues, vacar plenamente a gobernar. El renacimiento de su poder, que ahora dentro de poco va a recibir, ungido por nuestro sufragio soberano, se le ofrece como una ocasión magnífica para corregir su política.
Con esto insinúo que tengo no poco que decir sobre lo que ha hecho ese Gobierno y bastante más sobre lo que no ha hecho, y en que deposito gran fe; pero el desarrollo de estos pensamientos no es oportuno ahora. Precisamente porque necesitamos acentuar esa distinción entre el apoyo leal, aunque sin peso, que ofrecemos a ese Gobierno, y nuestra creencia de que debe cambiar notablemente el modo de su gobernación, necesitamos que esté ahí exaltado de nuevo ese Gobierno a la plenitud de esos atributos ejecutivos, para decir entonces, con calma, con precisión —y entonces, sí, con tiempo, porque se trata de cosas que estimamos fundamentales—, lo que pensamos sobre esa política.
Hay otro motivo que me incita a demorar el enunciado de mis pensamientos, y es haber notado, francamente, que son éstos muy diferentes de lo que hasta aquí he escuchado en la Cámara. No es fértil, pues, una inmediata contraposición.
Creía yo que se iba a discutir la política del Gobierno, y he visto que la política del Gobierno —de un Gobierno que iniciaba un nuevo régimen nada menos, que se hallaba puesto al frente de todo un pueblo, a la sazón en que éste practica un radical viraje histórico— era una disposicioncilla del Ministerio de Trabajo o la conducta de unos policías en un barrio; y yo, señores diputados, que no desdeño nada en el mundo, menos desestimo estas cuestiones menores; pero pienso que, si no las personas, las cosas, inexorablemente, tienen una jerarquía y un rango. Y aquella disposición y esas anécdotas de orden público no son la política que un Gobierno tiene o que a un Gobierno le falta. (Muy bien).
Ha habido un momento en que se me alegraron las pajarillas, cuando oía al señor Companys —y siento su ausencia—, eficacísimo orador, que de manera tan simpática acentúa su dicción descoyuntando la palabra en sus sílabas y tratando cada una de ellas de hombre a hombre. Pues bien, oyéndole anunciar que no iba a censurar al Gobierno por ninguno de sus actos concretos, sino que iba a proponerle un cambio de tonalidad, «he aquí mi hombre», me dije, y me sentí automáticamente arrastrado por la simpatía.
Porque, en efecto, la tonalidad, el módulo genérico, el estilo, es en todo lo viviente el factor decisivo: una política que acierte en su estilo general, puede digerir sin riesgo muchos errores particulares; y, en cambio, un acierto singular, por grande que sea, no sirve para nada o produce nocivos inesperados efectos cuando le falta el fondo y como paisaje sustentador, que es la gran línea serrana de una elevada política.