Abstract
An article on Spanish politics against governing clichés: after ‘energy’ the talk is now of ‘valour’ and ‘gallantry’. Ortega answers Salillas that gallantry is at best a military virtue with no jurisdiction over a civil question: Maura and La Cierva were not brave, they were legal.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Durante estos últimos años solían resolverse todas las graves diferencias nacionales con la palabra energía. En vano protestábamos algunos moviendo la sospecha de que acaso no fuera la energía una idea política. Fue menester que el ciclo dialéctico que vaticinábamos a ese principio de mal gobierno se cumpliera efectivamente; fue menester que aquella energía —la cual no era sino una pasión con que quisieron cubrir su pobreza unos cuantos cerebros sencillos— levantara en toda España una enorme pasión contradictoria y en aquella materia enemiga, pero homogénea, se disolviera rápidamente. Si algún lector ocioso hubiera, por acaso, seguido con alguna atención mis escritos, recordaría que en un artículo de 12 de agosto de 1908, titulado «Disciplina, jefe, energía», se hallaba prevista la historia de los liberales y conservadores hasta hoy. Valga esto, no como opción a un puesto en el escalafón de los profetas, sino como prueba somerísima de que nuestras andanzas políticas son cosa elemental y de ninguna complicación, cuyo íntimo resorte se hace por sí mismo patente a quien opere con una relativa franqueza.
Mas ahora la energía ha caído en desuso: ya apenas si se habla de ella. Ya no explica nada, ya no es un principio de gobernación. En cambio estos días no se escuchan otras palabras que las de «valor» y «gallardía». Y es forzoso que se vuelva a ejercer la crítica sobre estos nuevos tópicos.
Don Rafael Salillas, mi amigo, dijo en su discurso del día 5 algunas frases que considero un poco inexactas: «El señor Maura aparece al abandonar el Poder, como recordaba don Gumersindo de Azcárate, en una actitud gallarda, por no transigir con la postergación de uno de sus ministros… Luego, otros estimaron que había una actitud gallarda en el señor Maura (gallarda, pero no política) al colocarse airadamente frente a la Prensa… Y todo esto le significó entre cierta clase de gentes como un gallardo, como un vigoroso paladín… Don Antonio Maura tenía únicamente una compañía, una hermandad gallarda…» Luego cita el señor Salillas unas palabras del señor La Cierva: «Y quiero decir también a su señoría, y al Parlamento, y a mi país, que precisamente por esas amenazas tan reiteradas y tan extensas yo considero que es puesto de honor éste, y que no admito, porque sería fórmula de cobardía, el retroceder ante las amenazas».
Y añadía el señor Salillas: «Reparad lo que esto significa. La actitud es verdaderamente gallarda».
Yo pregunto a mi querido amigo don Rafael, ¿qué viene a hacer en esta galera la gallardía? Se discute la discreción, la oportunidad, la mesura, hasta la equidad de unos actos gubernativos: se discute un problema civil. ¿Qué tiene que ver con todo esto la gallardía, la cual es, en el mejor caso, una virtud militar? Para un soldado del siglo XX aún sería motivo de sonrojo que el honor de sus actos hubiera de salvarse en esta navícula de la gallardía; un militar tiene hoy que ser no pocas cosas antes que gallardo. Mas, al cabo, es el arte de perder a tiempo la vida una alta y noble asignatura de la carrera militar. La gallardía, el gesto del valor personal es una virtud adscrita a los ministerios de la Guerra. Pero no es de la jurisdicción del ministerio de la Gobernación ni de la Presidencia del Consejo.
Una autoridad civil —perdóneme el señor Salillas— que se mueva dentro de su ley constitutiva, no puede hallar ocasión de ser valiente. Importa mucho para el futuro nombre de unos ministros civiles la rectificación de estas palabras que fueron grave ironía antropológica del respetable investigador. Conviene que conste en el Diario de las Sesiones que los señores Maura y La Cierva no fueron valientes, puesto que fueron legales.
Es verdaderamente triste y penosamente africano que profundos dolores nacionales, angustias que recorrieron la medula española vengan, a la hora de ser sopesadas en un Parlamento, a reducirse a una querella extraña a la Constitución y a los Códigos, como es ésta de la valentía. El señor Canalejas, que acostumbra estos días introducir entre los principios políticos el del buen gusto, debió ejercitar éste con mayor frecuencia durante las últimas sesiones del Congreso, a no ser que con mucha razón haga constar que este afecto estético corresponde al señor Burell: el buen gusto, con efecto, es la virtud del ministerio de Instrucción pública.
En una república bien ordenada habían de repartirse entre los ministerios, con el presupuesto, las virtudes. A cada resorte, su virtud; de esta manera todo andaría más derecho.
El sobrino de Rameau sostuvo una teoría que, vuelta por pasiva, hace mucho al caso; según él, no existía una inmoralidad común a todos los hombres, sino meramente inmoralidades gremiales. Un lonjista no es inmoral porque pese exiguamente o dé mercancía averiada; ni un médico porque equivoque las medicinas o diagnostique lo que ignora: estas cosas entran para cada uno en el margen de inmoralidad alícuota otorgado a su oficio. Surge, por el contrario, el acto inmoral cuando el tendero receta indebidamente o el médico vende conservas nocivas.
Cabría asimismo decir que en un gobierno perfecto cada ministro había de atenerse a su virtud constitucional: y así, el de la Guerra administraría el valor y la entereza; el de Bellas Artes, ejercería el buen gusto; el de la Gobernación, se limitaría a la legalidad administrativa; quedando para el presidente la legalidad histórica, una virtud difusa e imprecisable; la más difícil, por lo tanto, y, a la vez, la que con mayor vehemencia ha dado en exigir la memoria tenaz de los hombres.
Lo que no puede ser es que se trasvasen de una secretaría a otra las esencias virtuosas, y que, al rendir cuentas un administrador, se nos proponga como un hombre gallardo y valeroso. Esta confusión sólo puede llevar el embrollo adonde conviene mejor el buen orden y la claridad.
Aparte de esto, las palabras del señor La Cierva son perfectamente inadmisibles: «retroceder frente a amenazas» puede no ser —casi nunca es—, y si ellas fueren «tan reiteradas y extensas», jamás ha sido ni será «fórmula de cobardía». Por mi parte, no concibo que en situación parecida ocurra a nadie solicitar del «valor», de la «cobardía» ni del «honor» norma alguna de conducta. Antes bien, revelan estos términos una grave propensión a no mirar los problemas de gobierno desde el punto de vista moderno, el cual se reduce a convertir todo acto de la autoridad en una derivación estricta, científica y razonada de las leyes estatuidas y de las necesidades obvias. Por tanto, en reducir la gobernación a una operación del puro intelecto, apartando de ella toda sugestión afectiva, aun de aquellos afectos nobles, de aquellas pasiones culturales que, como el honor, el valor y la dignidad, son en otros lugares de la vida social tan fecundos.
Y como un libro muy viejo, cuyas páginas son eternamente jóvenes y hoy se nos presentan frescas y rozagantes cual mejillas de moza, nos ofrece algunas frases de suma pertinencia, transcribamos éstas y luego callemos:
Sócrates habla con dos grandes hombres de Estado, Lages y Nikias. Sócrates les dice: Intentemos contestar a esta pregunta: ¿Qué es el valor?
Lages. —Por Júpiter, Sócrates, la pregunta no es difícil, porque si un hombre permanece tenaz en su puesto amenazando a los enemigos y no huye, será, en verdad, valiente.
Sócrates. —Perfectamente; mas ¿y el que combate huyendo al enemigo, sin permanecer en su puesto, como se dice de los escitas, que no peleaban menos huyendo que persiguiendo? Homero alaba a los caballos de Eneas, que iban acá y allá, y sabían tanto de perseguir como de huir: y así, él mismo, loa a Eneas por su ciencia del retroceder, y dice que fue «sabio en huida». La paciencia, unida al razonamiento, es el verdadero valor. El valor es una ciencia, la ciencia de lo que se debe temer y lo que no, en la guerra y en todas las demás cuestiones.
Esto hablaban Sócrates, del barrio de Alopeke, Lages el general y Nikias, «aquel hombre a quien la ciudad juzgó digno de ocupar la presidencia del gobierno».
Así leemos en el diálogo platónico: Lages o del valor. Resulta que hay una ciencia del retroceder, y esta ciencia es el otro valor, el que no es sólo valentía.
El Imparcial, 11 de julio de 1910