Abstract
An editorial on the Madrid bread conflict: a trivial dispute paralyses a city of a million. Ortega criticizes both the absurdity of the workers’ violence and the right’s demand to abolish the right to strike, calling for an active, impartial state that organizes internal dissent through law.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
EL ABSURDO
¿Cuántas veces habremos escrito en estas columnas que mantener en situación paralítica al Estado es en los tiempos que corren la mayor demencia? Esto, que es cierto respecto a todos los grandes problemas nacionales, lo es mucho más atendiendo a la cuestión social. Cada quincena, al pasar, vuelca a la vista de todos un nuevo hecho que confirma con rebosante evidencia nuestro aserto.
El actual conflicto del pan, que gravita estos días como una pesadilla sobre la vida madrileña, ofrece un caso ejemplar de esto que decimos.
La minúscula peripecia de si doce obreros artistas de la galleta han de ser o no readmitidos en una fábrica que usa el nombre romántico de «La Fortuna», trae consigo nada menos que el paro total de la panificación en una ciudad de un millón de habitantes. Las clases populares más agudamente dañadas por la carencia de pan promueven, como es natural, algaradas, asaltan tahonas y rompen escaparates. La urbe entera se inquieta y amohína. Los seres felices, vagamente perturbados por la inquietud callejera en la hora sacrosanta de su digestión, piden una vez más la declaración del estado de guerra. Sólo faltaba que los astros, participando de tanta conmoción, alabeasen las líneas intactas de sus órbitas.
Cuando dentro de algunos decenios se cuente que semejantes perturbaciones podían emanar de unas cuantas galletas que han dejado de hacerse y de unos cuantos galleteros que querían volver a serlo, las gentes se divertirán como hoy nosotros al oír la historia de aquella gran guerra de Oriente provocada por el estornudo de un chambelán. Al menos cuando al iniciarse la Revolución francesa el pueblo pedía pan en la plaza de las Tullerías, María Antonieta proponía al primer ministro que se le diese galleta. En el caso presente la galleta ha sido la catástrofe.
La desproporción entre el origen del conflicto y su desarrollo no puede ocultarse a nadie, ni siquiera a los obreros. Podrán predicarles algunas gentes atropelladas que cuanto más violenta y absurda sea su acción más cerca están del triunfo. Pero el alma obrera, que guarda en su fondo un fuerte lastre de buen sentido, acabará por comprender que el absurdo no es nunca fecundo, que, como la mula, no pare y da coces.
Pero si es irracional producir con una huelga de tan nimio origen tanta perturbación, lo es mucho más sacar la consecuencia que sacan nuestros feudales, a saber: que en vista de ello se anule el derecho a la huelga y se destruya la organización obrera. Es digna de leerse la prosa frenética que, ahora como tantas otras veces, derrama la Prensa de la extrema derecha por el cauce beatífico de sus columnas. Siempre hemos hecho notar el carácter insociable, más aún, antisocial de ciertas clases conservadoras. Piden a gritos la intervención del Estado para perseguir, castigar, aniquilar todos los demás grupos sociales que no son ellas, y a esto llaman orden y gubernamentalismo. En cambio, no quieren que el Estado sea lo que debe ser: un organizador de las disidencias interiores, un poder imparcial, pero activo, que crea entre los bandos hostiles el recurso de la ley.
Cualquier temperamento moderado y discreto echa de ver en conflictos como el presente la urgencia de instituciones, de leyes que hagan imposible la generación de tamañas dislocaciones públicas en mínimas desavenencias. Ayer presentó el alcalde una fórmula de arreglo, que parece sumamente discreta, y que fue aceptada por los obreros. Sin embargo, basta que la gerencia de «La Fortuna» se niegue al acuerdo para que Madrid, castillo famoso, siga sin pan. No existe un tribunal ni una legislación a quienes pase automáticamente un asunto llegado a tales términos. Habrán de ser violentamente vencidos los unos o los otros, en lugar de buscarse la solución en normas de ley, cuyo carácter impersonal elimina la toxicidad del amor propio y del fanatismo político.