Ortega y Gasset
Abstract
An essay establishing a purely vital hierarchy of functions: cycling is conditioned mechanism, walking is a more fully organic function, and the amoeba’s locomotion — lacking specialized organs — is more primary still. A machine gives much only within strict conditions, outside which it is an encumbrance.
Connections
Concetti: natura
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
No todas las funciones vitales, corporales o psíquicas son de un mismo rango biológico. Aparte del valor preeminente que en virtud de consideraciones ajenas a la biología otorgamos a algunas (desde el punto de vista ético, por ejemplo, es la voluntad desinteresada la función superior del ser humano), cabe disponerlas en una jerarquía puramente vital. En otras palabras: hay funciones vitales que lo son en un sentido más plenario y radical que otras.
Para aclarar esto, comparemos someramente ciertas actividades corporales que tienen evidente afinidad.
Montar en bicicleta es, sin duda, una función vital. Cuando la descomponemos en sus factores hallamos de un lado la actividad motriz de nuestras piernas y manos; de otro, un aparato mecánico, la bicicleta. Este aparato mecánico es una creación de la actividad intelectual del hombre auxiliada por otras máquinas, manejadas a su vez por piernas y brazos. Construimos la bicicleta a fin de obtener, con un mínimum de esfuerzo vital, un máximum de rapidez en la locomoción. Con una pequeña intervención por nuestra parte, el aparato funciona según su régimen propio, extravital, mecánico. En la motocicleta se ve más patente aún la finalidad de todo instrumento o máquina, a saber: que nuestra actividad queda reducida a disparar su funcionamiento. En el uso de una máquina debe ésta ponerlo casi todo, nosotros casi nada.
La ventaja de esta economía en el esfuerzo que la máquina proporciona trae consigo, sin embargo, compensaciones desfavorables. La máquina tiene que ser hecha para un servicio muy determinado, y funciona sólo dentro de rigorosas condiciones. Cuando nuestra necesidad y las condiciones del caso coinciden con la máquina, su utilidad es superlativa. Pero cualquiera leve discrepancia la hace perfectamente inútil, más aún, la convierte en estorbo.
Sobre tierra quebrada o de grandes declives, lejos de depósitos de gasolina, una motocicleta es una desventaja en la lucha por la existencia. Además, el provecho mismo de una máquina es meramente relativo y transitorio; otra máquina más perfecta deja fuera de la concurrencia vital a quien posee aquélla anticuada.
Emparejemos ahora con el montar en bicicleta otra función vital: el andar a pie. También en el andar podemos distinguir dos factores: de un lado, la energía nerviosa y muscular que empleamos; de otro lado, el esqueleto que hacemos moverse.
Es el esqueleto de las piernas con sus pies terminales algo muy semejante a una máquina. Como ella, tiene una forma fija, se compone de piezas determinadas y posee un repertorio de posibles movimientos más amplio que una bicicleta, pero también circunscrito. Su diferencia de la máquina es puramente relativa: adaptación a un círculo mayor de condiciones y de servicios, menor dificultad para su sostenimiento y empleo, independencia de las industrias fabricantes y de los precios en el mercado; en fin, escasa probabilidad de que se inventen modelos de pies más veloces. De todas suertes, una cosa parece bien clara: que salvo en el caso concretísimo en que la bicicleta dé su normal rendimiento, el pie es una máquina de mayor utilidad vital si se suman y se restan sus mayores servicios y sus menores perjuicios.
Sería bastante absurdo que enseñásemos a los niños el uso de la bicicleta y no les enseñásemos a andar. Comparado con esta función orgánica de nuestro cuerpo es la ciclomoción una función mecánica, y, como tal, circunscrita, variable, condicionada por mil detalles, y fuera de ellos, inútil o, lo que en biología es sinónimo de inútil, perjudicial. Además, el montar en bicicleta supone la función motriz primaria del hombre, con sus aparatos óseos, nerviosos y musculares. En fin, implica el ejercicio y buen éxito de nuestras facultades científicas, creadoras del instrumento locomóvil y las facultades jurídicas, políticas, industriales, mercantiles, sin las cuales no habría bicicletas. El progreso, regresión o simple cambio de ruta en estas funciones, anula la bicicleta, sustituyéndola o suprimiéndola.
Mas si el uso de la bicicleta es mero mecanismo y, por tanto, menos vital que el uso del pie, tampoco éste representa la esencial vitalidad, también es mecanismo en comparación con otras funciones biológicamente primarias.
Compárese el andar del hombre con la traslación del ser más elemental: la ameba. La ameba carece casi por completo de estructura; no tiene órganos especializados en funciones determinadas. Cuando quiere desplazarse hace avanzar su protoplasma en la dirección deseada, formando una especie de tentáculo o prolongación. Fabrica, pues, un pie momentáneo y ad hoc, que se tiende hacia el sitio ambicionado. Por contracción elástica, este casi pie o pseudópodo arrastra el resto del cuerpo amíbico. Llegar al lugar apetecido y desaparecer el pseudópodo son una misma cosa. Una vez utilizado, viene aquel órgano transitorio a reintegrarse, a reabsorberse en la masa total del organismo, y puede la ameba entregarse entera a la nutrición, sin tener que preocuparse de pie ni de pierna que, en el hombre, incapaces de alimentarse a sí mismos, constituyen una carga para el estómago. El pseudópodo es, por tanto, un órgano que sólo existe en tanto y mientras es útil, que es útil para la traslación sin las limitaciones y condicionamientos a que está sometido el pie humano, y más que el pie humano, la bicicleta industrial. Ciertamente que éstos, dentro de condiciones muy precisas, sirven la función de andar mucho mejor que el pseudópodo; pero fuera de ellas sirven para poco o para nada, esto es, perjudican. En el balance que la vida hace de sus cuentas milenarias, el pseudópodo lleva fabulosas ventajas al pie y a la bicicleta. Por eso la ameba tiene una existencia mucho más segura que la del hombre caminante, para no hablar del ciclista. En una sociedad de seguros de vida la prima mayor sería otorgada a la humilde ameba, mientras hoy no se concede seguro al aviador.
El andar de la ameba es, a un tiempo, creación del órgano adecuado y empleo de él. No queda resto de mecanismo. En cambio, el andar humano es relativamente mecánico. Todo órgano estable en la medida que es estable, con forma fija y funcionamiento predeterminado, tiene el carácter de una máquina, y su uso, de una función mecánica. Esto quiere decir que toda aquella zona de la vida que consiste en la actuación de estructuras fijas y especializadas representa una vitalidad mecanizada, secundaria. El plasma viviente, al crear el órgano específico, conquista algunas ventajas a cambio de quedar en parte prisionero de su obra, agarrotado por su invención. Si tras el funcionamiento de los órganos no quedase latiendo insumisa la vitalidad primigenia, inmecanizada e inespecializada, el organismo, cuanto más complicado, sería menos apto para subsistir.
Pero la máquina no marcha sin la mano o el pie, ni el pie y la mano se mueven sin una fuerza genérica de motividad previa a toda organización. Lo que en la ameba se presenta a nuestros ojos acontece en todo organismo, bien que en forma menos descubierta. La ciencia de nuestro tiempo, preocupada, en virtud de razones que no son del momento, por el estudio de los órganos y su funcionamiento mecánico, no ha estudiado aún debidamente las actividades primarias de la vida. Se ha hecho mecánica biológica, pero no propiamente biología: ha atendido, con raro exclusivismo, a aquellos fenómenos que, aconteciendo en el ser vivo, son menos vida.
Si el lector me ha seguido hasta aquí, advertirá que se llega a definiciones de la vida radicalmente distintas, según se tome como tipo de las funciones vitales una u otra de las tres bosquejadas.
Not all the vital functions, corporal or psychic, are of the same biological rank. Apart from the preeminent value that by virtue of considerations foreign to biology we grant to some (from the ethical point of view, for example, the disinterested will is the superior function of the human being), it is possible to arrange them in a purely vital hierarchy. In other words: there are vital functions that are so in a more plenary and radical sense than others.
To clarify this, let us compare summarily certain corporal activities that have evident affinity.
Riding a bicycle is, without doubt, a vital function. When we decompose it into its factors we find on the one hand the motor activity of our legs and hands; on the other, a mechanical apparatus, the bicycle. This mechanical apparatus is a creation of the intellectual activity of man aided by other machines, handled in turn by legs and arms. We build the bicycle in order to obtain, with a minimum of vital effort, a maximum of rapidity in locomotion. With a small intervention on our part, the apparatus functions according to its own regime, extravital, mechanical. In the motorcycle the finality of every instrument or machine is seen even more patently, to wit: that our activity is left reduced to triggering its functioning. In the use of a machine, it must put almost everything, we almost nothing.
The advantage of this economy in the effort that the machine provides brings with it, however, unfavourable compensations. The machine has to be made for a very determined service, and functions only within rigorous conditions. When our necessity and the conditions of the case coincide with the machine, its utility is superlative. But any slight discrepancy makes it perfectly useless, more still, turns it into a hindrance.
Over broken ground or of great slopes, far from petrol depots, a motorcycle is a disadvantage in the struggle for existence. Moreover, the very profit of a machine is merely relative and transitory; another more perfect machine leaves out of the vital competition whoever possesses the antiquated one.
Let us now pair with riding a bicycle another vital function: walking on foot. Also in walking we can distinguish two factors: on the one hand, the nervous and muscular energy we employ; on the other, the skeleton that we make move.
The skeleton of the legs with its terminal feet is something very similar to a machine. Like it, it has a fixed form, is composed of determined pieces and possesses a repertoire of possible movements wider than a bicycle, but also circumscribed. Its difference from the machine is purely relative: adaptation to a greater circle of conditions and services, less difficulty for its maintenance and employment, independence from the manufacturing industries and from the prices in the market; in short, scant probability that models of more rapid feet be invented. At all events, one thing seems quite clear: that except in the most concrete case in which the bicycle gives its normal yield, the foot is a machine of greater vital utility if one sums and subtracts its greater services and its lesser harms.
It would be quite absurd that we teach children the use of the bicycle and not teach them to walk. Compared with this organic function of our body is cyclomotion a mechanical function, and, as such, circumscribed, variable, conditioned by a thousand details, and outside of them, useless or, which in biology is synonymous with useless, harmful. Moreover, riding a bicycle supposes the primary motor function of man, with its osseous, nervous and muscular apparatuses. In short, it implies the exercise and good success of our scientific faculties, creators of the locomotory instrument, and the juridical, political, industrial, mercantile faculties, without which there would be no bicycles. The progress, regression or simple change of route in these functions, annuls the bicycle, substituting it or suppressing it.
But if the use of the bicycle is mere mechanism and, therefore, less vital than the use of the foot, neither does this represent the essential vitality, it too is mechanism in comparison with other biologically primary functions.
Let us compare the walking of man with the translation of the most elemental being: the amoeba. The amoeba lacks almost completely structure; it has no organs specialized in determined functions. When it wants to displace itself it advances its protoplasm in the desired direction, forming a species of tentacle or prolongation. It fabricates, then, a momentary and ad hoc foot, which extends toward the coveted place. By elastic contraction, this almost-foot or pseudopod drags the rest of the amoebic body. Arriving at the desired place and the pseudopod disappearing are one and the same thing. Once used, that transitory organ comes to reintegrate itself, to be reabsorbed into the total mass of the organism, and the amoeba can deliver itself whole to nutrition, without having to worry about foot or leg which, in man, incapable of feeding themselves, constitute a load for the stomach. The pseudopod is, therefore, an organ that exists only insofar and so long as it is useful, that is useful for translation without the limitations and conditionings to which the human foot is submitted, and more than the human foot, the industrial bicycle. Certainly that these, within very precise conditions, serve the function of walking much better than the pseudopod; but outside of them they serve for little or for nothing, that is, they harm. In the balance that life makes of its millenary accounts, the pseudopod carries fabulous advantages over the foot and the bicycle. For this the amoeba has an existence much more secure than that of the walking man, not to speak of the cyclist. In a life-insurance society the greatest premium would be granted to the humble amoeba, while today no insurance is conceded to the aviator.
The walking of the amoeba is, at once, creation of the adequate organ and employment of it. There remains no residue of mechanism. On the contrary, human walking is relatively mechanical. Every stable organ in the measure that it is stable, with fixed form and predetermined functioning, has the character of a machine, and its use, of a mechanical function. This means that all that zone of life that consists in the actuation of fixed and specialized structures represents a mechanized, secondary vitality. The living plasma, upon creating the specific organ, conquers some advantages in exchange for remaining in part prisoner of its work, fettered by its invention. If after the functioning of the organs there did not remain beating insubmissive the primigenial vitality, unmechanized and unspecialized, the organism, the more complicated, would be less apt to subsist.
But the machine does not march without the hand or the foot, nor the foot and the hand move without a generic force of motivity previous to all organization. What in the amoeba presents itself to our eyes happens in every organism, although in a less discovered form. The science of our time, preoccupied, by virtue of reasons that are not of the moment, with the study of the organs and their mechanical functioning, has not yet studied duly the primary activities of life. It has made itself biological mechanics, but not properly biology: it has attended, with rare exclusivism, to those phenomena which, happening in the living being, are least life.
If the reader has followed me so far, he will notice that one arrives at radically distinct definitions of life, according as one takes as type of the vital functions one or another of the three sketched.
Non tutte le funzioni vitali, corporali o psichiche, sono di un medesimo rango biologico. A parte il valore preminente che in virtù di considerazioni estranee alla biologia concediamo ad alcune (dal punto di vista etico, per esempio, è la volontà disinteressata la funzione superiore dell’essere umano), è possibile disporle in una gerarchia puramente vitale. In altre parole: ci sono funzioni vitali che lo sono in un senso più pieno e radicale di altre.
Per chiarire questo, confrontiamo sommariamente certe attività corporali che hanno evidente affinità.
Andare in bicicletta è, senza dubbio, una funzione vitale. Quando la scomponiamo nei suoi fattori troviamo da un lato l’attività motrice delle nostre gambe e mani; dall’altro, un apparecchio meccanico, la bicicletta. Questo apparecchio meccanico è una creazione dell’attività intellettuale dell’uomo ausiliata da altre macchine, maneggiate a loro volta da gambe e braccia. Costruiamo la bicicletta al fine di ottenere, con un minimum di sforzo vitale, un maximum di rapidità nella locomozione. Con una piccola intervenzione da parte nostra, l’apparecchio funziona secondo il suo regime proprio, extravitale, meccanico. Nella motocicletta si vede ancora più patente la finalità di ogni strumento o macchina, cioè: che la nostra attività resta ridotta a scoccare il suo funzionamento. Nell’uso di una macchina deve questa metterci quasi tutto, noi quasi nulla.
Il vantaggio di questa economia nello sforzo che la macchina fornisce porta con sé, tuttavia, compensazioni sfavorevoli. La macchina deve essere fatta per un servizio molto determinato, e funziona soltanto dentro rigorose condizioni. Quando la nostra necessità e le condizioni del caso coincidono con la macchina, la sua utilità è superlativa. Ma qualunque lieve discrepanza la rende perfettamente inutile, più ancora, la converte in impaccio.
Su terra rotta o di grandi declivi, lontano dai depositi di benzina, una motocicletta è uno svantaggio nella lotta per l’esistenza. Inoltre, il profitto stesso di una macchina è meramente relativo e transitorio; un’altra macchina più perfetta lascia fuori dalla concorrenza vitale chi possiede quella antiquata.
Accoppiamo ora con l’andare in bicicletta un’altra funzione vitale: l’andare a piedi. Anche nell’andare possiamo distinguere due fattori: da un lato, l’energia nervosa e muscolare che impieghiamo; dall’altro, lo scheletro che facciamo muovere.
È lo scheletro delle gambe con i suoi piedi terminali qualcosa di molto simile a una macchina. Come essa, ha una forma fissa, si compone di pezzi determinati e possiede un repertorio di possibili movimenti più ampio di una bicicletta, ma anche circoscritto. La sua differenza dalla macchina è puramente relativa: adattamento a un circolo maggiore di condizioni e di servizi, minore difficoltà per il suo mantenimento e impiego, indipendenza dalle industrie fabbricanti e dai prezzi nel mercato; infine, scarsa probabilità che si inventino modelli di piedi più veloci. Di ogni maniera, una cosa sembra ben chiara: che salvo nel caso concretissimo in cui la bicicletta dia il suo normale rendimento, il piede è una macchina di maggiore utilità vitale se si sommano e si sottraggono i suoi maggiori servizi e i suoi minori pregiudizi.
Sarebbe abbastanza assurdo che insegnassimo ai bambini l’uso della bicicletta e non insegnassimo loro a camminare. Comparata con questa funzione organica del nostro corpo è la ciclomozione una funzione meccanica, e, come tale, circoscritta, variabile, condizionata da mille dettagli, e fuori di essi, inutile o, ciò che in biologia è sinonimo di inutile, perniciosa. Inoltre, l’andare in bicicletta suppone la funzione motrice primaria dell’uomo, con i suoi apparecchi ossei, nervosi e muscolari. Infine, implica l’esercizio e il buon esito delle nostre facoltà scientifiche, creatrici dello strumento locomotivo e le facoltà giuridiche, politiche, industriali, mercantili, senza le quali non ci sarebbero biciclette. Il progresso, regressione o semplice cambiamento di rotta in queste funzioni, annulla la bicicletta, sostituendola o sopprimendola.
Ma se l’uso della bicicletta è mero meccanismo e, per tanto, meno vitale dell’uso del piede, nemmeno questo rappresenta l’essenziale vitalità, anche esso è meccanismo in comparazione con altre funzioni biologicamente primarie.
Si confronti l’andare dell’uomo con la traslazione dell’essere più elementare: l’ameba. L’ameba manca quasi completamente di struttura; non ha organi specializzati in funzioni determinate. Quando vuole spostarsi fa avanzare il suo protoplasma nella direzione desiderata, formando una specie di tentacolo o prolungamento. Fabbrica, dunque, un piede momentaneo e ad hoc, che si tende verso il luogo ambizionato. Per contrazione elastica, questo quasi piede o pseudopodo trascina il resto del corpo amebico. Giungere al luogo appetito e sparire lo pseudopodo sono una stessa cosa. Una volta utilizzato, viene quel organo transitorio a reintegrarsi, a riassorbirsi nella massa totale dell’organismo, e può l’ameba consegnarsi intera alla nutrizione, senza doversi preoccupare di piede né di gamba che, nell’uomo, incapaci di alimentarsi da sé stessi, costituiscono un carico per lo stomaco. Lo pseudopodo è, per tanto, un organo che esiste soltanto in tanto e in quanto è utile, che è utile per la traslazione senza le limitazioni e i condizionamenti a cui è sottoposto il piede umano, e più che il piede umano, la bicicletta industriale. Certamente che questi, dentro condizioni molto precise, servono la funzione di camminare molto meglio dello pseudopodo; ma fuori di esse servono a poco o a nulla, questo è, pregiudicano. Nel bilancio che la vita fa dei suoi conti millenari, lo pseudopodo porta favolosi vantaggi al piede e alla bicicletta. Per questo l’ameba ha un’esistenza molto più sicura di quella dell’uomo camminante, per non parlare del ciclista. In una società di assicurazioni sulla vita la prima maggiore sarebbe concessa alla umile ameba, mentre oggi non si concede assicurazione all’aviatore.
L’andare dell’ameba è, a un tempo, creazione dell’organo adeguato e impiego di esso. Non resta residuo di meccanismo. Invece, l’andare umano è relativamente meccanico. Ogni organo stabile nella misura in cui è stabile, con forma fissa e funzionamento predeterminato, ha il carattere di una macchina, e il suo uso, di una funzione meccanica. Questo vuol dire che tutta quella zona della vita che consiste nell’attuazione di strutture fisse e specializzate rappresenta una vitalità meccanizzata, secondaria. Il plasma vivente, nel creare l’organo specifico, conquista alcune vantaggi in cambio di restare in parte prigioniero della sua opera, avvinto dalla sua invenzione. Se dopo il funzionamento degli organi non restasse battendo insottomessa la vitalità primigenia, immecanizzata e inespecializzata, l’organismo, quanto più complicato, sarebbe meno atto a sussistere.
Ma la macchina non marcia senza la mano o il piede, né il piede e la mano si muovono senza una forza generica di motività previa a ogni organizzazione. Ciò che nell’ameba si presenta ai nostri occhi accade in ogni organismo, ben che in forma meno scoperta. La scienza del nostro tempo, preoccupata, in virtù di ragioni che non sono del momento, per lo studio degli organi e del loro funzionamento meccanico, non ha studiato ancora debitamente le attività primarie della vita. Si è fatta meccanica biologica, ma non propriamente biologia: ha atteso, con raro esclusivismo, a quei fenomeni che, accadendo nell’essere vivo, sono meno vita.
Se il lettore mi ha seguito fin qui, avvertirà che si giunge a definizioni della vita radicalmente distinte, secondo che si prenda come tipo delle funzioni vitali una o l’altra delle tre abbozzate.