Ortega y Gasset
Abstract
An article (1915) on Bruno Garibaldi’s red shirt waved in a Roman square: Italy made itself with courage and talent while Spain’s leaders unmade Spain, which faced with war will find itself a ‘shirtless nation’. Patriotic journalism.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Hace pocos días, congregada en una plaza de Roma inmensa muchedumbre, se levantó un brazo y agitó ante las innumerables pupilas italianas un lienzo rojo, desgarrado y sangriento. Sintió primero la muchedumbre un escalofrío y luego un frenesí. Aquel lienzo rojo era la camisa roja de Bruno Garibaldi, muerto al frente de los legionarios italianos en la línea francesa. Aquella camisa, aunque es roja, simboliza la esperanza del pueblo italiano, la esperanza de crecimiento y de progreso nacional. La camisa roja alude al Trentino recuperado y Trieste vuelto a Italia, es el imperio sobre el Adriático, el influjo sobre Albania y la segura expansión en África. La camisa roja del garibaldino es todavía más: es la conciencia que tienen los italianos de una tradición alentadora. Garibaldi, el nombre Garibaldi, dondequiera que sonó en Europa desde hace sesenta años arrancó aplausos, entusiasmo y gratitud de las masas populares. Ha sido un hecho universal, un testimonio de la capacidad de Italia para intervenir en la historia general del mundo contemporáneo. Ahora, en la línea donde se va a decidir la nueva postura secular que va a tomar la humanidad, allí donde están representados todos los poderes futuros, hay también camisas rojas.
Italia puede mirar con serena arrogancia lo que ha vivido durante un siglo. Era la nación más desdichada: era una larga ruina, un montón de escombros refulgentes, gloriosos. Hoy es un pueblo fuerte y edificado que interviene en el gobierno del mundo. Y no es que en los Apeninos se haya descubierto una profunda vena de oro. En la Edad Antigua dicen que solía la Providencia favorecer inopinadamente a un pueblo con donaciones prodigiosas. Pero hace ya mucho tiempo que la Providencia se retiró malhumorada a un profundo gabinete celestial, resuelta a no meter baza en los afanes humanos. Hoy sólo se hace un pueblo como se ha hecho Italia: con un poco de coraje y otro poco de talento.
Nosotros no podemos mirar a los últimos sesenta años de nuestra vida sin sonrojo y sin ira. Los directores de nuestra patria han hecho de ella lo contrario de lo que hicieron con la suya los directores de la raza italiana: éstos han hecho a Italia, aquéllos han deshecho a España. Y hoy, cuando llega la hora, ya inminente, de entrar Italia en la guerra absoluta, en la guerra definitiva, vamos a sentir con evidencia aterradora que somos una nación descamisada.
Lo que va a hacer Italia dentro de unas semanas —si no se interponen acontecimientos imprevistos— es para España el suceso más grave de toda esta cruelísima etapa. Italia, siguiendo una trayectoria sutil, se presenta con su millón de soldados a la hora justa en que ese millón —poco apreciable como cantidad en este increíble combate multimillonario— puede ser decisivo. Va a vengar, al cabo de tantos siglos, el gesto rudo del germano Breno, que decidió con el peso de su espada, sobre el plato de la balanza, la suerte de Roma vencida. Va con Italia enlazada Rumania, y Rumania lleva consigo a Bulgaria. Sabido es que el pueblo rumano ha cuidado antes que nada de guardar sus espaldas y ha llegado a un acuerdo con Bulgaria que le asegura hoy la neutralidad de ésta como asegura mañana a ésta la presión de Rumania en su favor para que Serbia, aumentada por Occidente, le ceda su Oriente búlgaro. Y siendo esto así, ¿cómo ha de faltar Grecia a la cita?
Y cuando la base entera del Mediterráneo haya entrado en la liza, ¿qué sentiremos los españoles? ¿Cómo interpretaremos la emoción de soledad que ha de sobrecogernos? La cómoda, grata, dulce neutralidad ¿seguirá pareciéndonos la mejor de las políticas? ¿Nos parecerá siquiera una política?
Desde el momento en que Italia apareció desintegrada de la Triple Alianza debimos fijar en ella los ojos. Toda una nueva política española comenzó entonces a ser posible. Acaso la única posible.
Por su parte, los políticos italianos, hombres de esperanza y de genio, no han podido dejar de ver esto. No sabemos nada; pero el tiempo, que es un galant’uomo, dirá si hubo alguna ocasión en que esa política pudo iniciarse y cerebros excesivamente sencillos no supieron aprovecharla.
¡Bienaventurados los italianos, ante cuyas miradas una camisa o veste roja que se agita anuncia una esperanza ilimitada que se abre!
España, 29 de enero de 1915
A few days ago, as an immense crowd gathered in a square in Rome, an arm rose and waved before the countless Italian eyes a red cloth, torn and bloody. The crowd felt first a shiver and then a frenzy. That red cloth was the red shirt of Bruno Garibaldi, dead at the head of the Italian legionaries on the French line. That shirt, though red, symbolizes the hope of the Italian people, the hope of growth and national progress. The red shirt alludes to the recovered Trentino and Trieste returned to Italy; it is the empire over the Adriatic, the influence over Albania and the sure expansion in Africa. The red shirt of the Garibaldian is even more: it is the consciousness the Italians have of an encouraging tradition. Garibaldi, the name Garibaldi, wherever it sounded in Europe for sixty years drew applause, enthusiasm and gratitude from the popular masses. It has been a universal fact, a testimony of Italy’s capacity to intervene in the general history of the contemporary world. Now, on the line where the new secular posture that humanity is about to take will be decided, there where all the future powers are represented, there are red shirts too.
Italy can look with serene arrogance at what it has lived through during a century. It was the most unfortunate of nations: it was a long ruin, a heap of gleaming, glorious rubble. Today it is a strong and built people that intervenes in the government of the world. And it is not that in the Apennines a deep vein of gold has been discovered. In antiquity they say Providence used to favor a people unexpectedly with prodigious gifts. But it has been a long time now since Providence withdrew, ill-tempered, into a deep celestial cabinet, resolved to have no hand in human cares. Today a people is made only as Italy has been made: with a little courage and a little more talent.
We cannot look at the last sixty years of our life without blushing and without anger. The directors of our fatherland have made of it the opposite of what the directors of the Italian race made of theirs: these have made Italy, those have undone Spain. And today, when the hour approaches, already imminent, for Italy to enter the absolute war, the definitive war, we shall feel with terrifying evidence that we are a nation without a shirt.
What Italy is going to do within a few weeks — unless unforeseen events intervene — is for Spain the most grave event of this whole cruelest phase. Italy, following a subtle trajectory, presents itself with its million soldiers at the very hour when that million — little appreciable as quantity in this incredible multimillion combat — can be decisive. It will avenge, after so many centuries, the rude gesture of the German Brennus, who decided with the weight of his sword, on the pan of the balance, the fate of conquered Rome. With Italy is linked Rumania, and Rumania carries with it Bulgaria. It is well known that the Rumanian people has taken care above all to guard its back and has reached an agreement with Bulgaria that assures it today the neutrality of the latter, just as it assures tomorrow the pressure of Rumania in its favor so that Serbia, enlarged by the West, cedes to it its Bulgarian East. And this being so, how can Greece fail to keep the appointment?
And when the whole base of the Mediterranean has entered the fray, what shall we Spaniards feel? How shall we interpret the emotion of solitude that must overcome us? The comfortable, pleasant, sweet neutrality, will it still seem to us the best of policies? Will it even seem to us a policy?
From the moment Italy appeared disintegrated from the Triple Alliance we should have fixed our eyes upon it. A whole new Spanish policy then began to be possible. Perhaps the only possible one.
For their part, the Italian politicians, men of hope and of genius, have not been able to fail to see this. We know nothing; but time, which is a gallant man, will tell whether there was any occasion on which that policy could have been initiated and excessively simple minds did not know how to avail themselves of it.
Blessed are the Italians, before whose gaze a red shirt or vest that waves announces an unlimited hope that opens!
Spain, 29 January 1915
Pochi giorni fa, raccolta in una piazza di Roma un’immensa folla, si levò un braccio e agitò davanti alle innumerevoli pupille italiane un drappo rosso, lacerato e sanguinante. La folla sentì prima un brivido, poi un frenesì. Quel drappo rosso era la camicia rossa di Bruno Garibaldi, morto alla testa dei legionari italiani sulla linea francese. Quella camicia, sebbene sia rossa, simboleggia la speranza del popolo italiano, la speranza di crescita e di progresso nazionale. La camicia rossa allude al Trentino recuperato e a Trieste tornata all’Italia, è l’impero sull’Adriatico, l’influsso sull’Albania e la sicura espansione in Africa. La camicia rossa del garibaldino è ancora di più: è la coscienza che gli italiani hanno di una tradizione incoraggiante. Garibaldi, il nome Garibaldi, dovunque risuonò in Europa da sessant’anni a questa parte strappò applausi, entusiasmo e gratitudine dalle masse popolari. È stato un fatto universale, una testimonianza della capacità dell’Italia di intervenire nella storia generale del mondo contemporaneo. Ora, sulla linea dove si deciderà il nuovo atteggiamento secolare che l’umanità sta per assumere, là dove sono rappresentati tutti i poteri futuri, ci sono anche camicie rosse.
L’Italia può guardare con serena arroganza ciò che ha vissuto durante un secolo. Era la nazione più sventurata: era una lunga rovina, un mucchio di macerie rilucenti, gloriose. Oggi è un popolo forte ed edificato che interviene nel governo del mondo. E non è che negli Appennini si sia scoperta una vena profonda d’oro. Nell’Età antica si dice che la Provvidenza soleva favorire inaspettatamente un popolo con donazioni prodigiose. Ma è già molto tempo che la Provvidenza si è ritirata, di malumore, in un profondo gabinetto celeste, risoluta a non metter più bocca nelle faccende umane. Oggi si fa un popolo soltanto come si è fatta l’Italia: con un po’ di coraggio e un altro po’ di talento.
Noi non possiamo guardare agli ultimi sessant’anni della nostra vita senza rossore e senza ira. I direttori della nostra patria hanno fatto di essa il contrario di ciò che fecero della loro i direttori della razza italiana: questi hanno fatto l’Italia, quelli hanno disfatto la Spagna. E oggi, quando giunge l’ora, ormai imminente, che l’Italia entri nella guerra assoluta, nella guerra definitiva, sentiremo con evidenza terrificante che siamo una nazione scamicata.
Quel che l’Italia farà fra poche settimane — se non si frappongono avvenimenti imprevisti — è per la Spagna l’avvenimento più grave di tutta questa crudelissima fase. L’Italia, seguendo una traiettoria sottile, si presenta con il suo milione di soldati nell’ora giusta in cui quel milione — poco apprezzabile come quantità in questo incredibile combattimento multimilionario — può essere decisivo. Verrà a vendicare, dopo tanti secoli, il gesto rude del germano Brenno, che decise col peso della sua spada, sul piatto della bilancia, la sorte di Roma vinta. Con l’Italia è legata la Romania, e la Romania porta con sé la Bulgaria. È noto che il popolo rumeno ha curato prima di ogni cosa di guardarsi le spalle ed è giunto a un accordo con la Bulgaria che assicura oggi a questa la neutralità come assicura domani a quella la pressione della Romania in suo favore perché la Serbia, ingrandita dall’Occidente, le ceda il suo Oriente bulgaro. E stando così le cose, come potrebbe mancare la Grecia all’appuntamento?
E quando tutta la base del Mediterraneo sarà entrata nella lizza, che sentiremo noi spagnoli? Come interpreteremo l’emozione di solitudine che dovrà sopraffarci? La comoda, grata, dolce neutralità continuerà a sembrarci la migliore delle politiche? Ci sembrerà almeno una politica?
Dal momento in cui l’Italia apparve disgregata dalla Triplice Alleanza dovemmo fissare su di essa gli occhi. Tutta una nuova politica spagnola cominciò allora a essere possibile. Forse l’unica possibile.
Dal canto loro, i politici italiani, uomini di speranza e di genio, non hanno potuto fare a meno di vedere questo. Non sappiamo nulla; ma il tempo, che è un galantuomo, dirà se vi fu qualche occasione in cui quella politica poté iniziarsi e cervelli eccessivamente semplici non seppero approfittarne.
Beati gli italiani, davanti ai cui sguardi una camicia o veste rossa che si agita annuncia una speranza illimitata che si apre!
Spagna, 29 gennaio 1915