Ortega y Gasset
Abstract
Starting from Cejador’s ‘Diccionario del Quijote’, Ortega deplores the guild-like closure of Spanish life and claims every act has a national dimension: the individual is an abstraction, humanity an ideal, and the only present reality is the nation. He then praises travel books and etymological dictionaries as ‘volcanic’ views of humanity.
Connections
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Somos desatentos para nuestro prójimo porque nuestro prójimo hace zapatos y nosotros tejemos esteras. Como para los egipcios primeros el mundo terminaba en el valle del Nilo, solemos encerrar el mundo en nuestro gremio: no hay que salir de él. Estereros somos y sólo nos importan los hombres estereros, sin que cuidemos para nada de mirar a nuestro vecino el zapatero, cuyos zapatos han de pisar nuestras esteras. Un libro nuevo que aparece fue escrito para unos cuantos aficionados a la ciencia o al arte de que se ocupa. Y si esa ciencia y ese arte, por su dificultad o su novedad o su alejamiento de las preocupaciones políticas momentáneas, tiene pocos aficionados, el libro y la labor de hombre en él condensada desaparecen por los siglos de los siglos, y aquella fuerza de fecundación que a lo mejor poseía queda seca y estéril como la higuera del Evangelio. El literato no es otra cosa que el encargado en la república de despertar la atención de los desatentos, hostigar la modorra de la conciencia popular con palabras agudas e imágenes tomadas a ese mismo pueblo para que ninguna simiente quede sana. Pero el literato tiene también su gremio y dentro de él su universo, y por eso no habla casi nunca de los hombres de ciencia, para quienes a su vez los literatos no existen sino vagamente. De esta suerte está salpicada y esparcida el alma española en sinnúmero de círculos discretos y es la vida española un montón de avemarías desglosadas que jamás se enhilan en rosario.
¡Cuánto más fructífero sería pensar que todas nuestras acciones tienen una dimensión común: lo nacional; que todos los libros además de ser problemas científicos, son problemas nacionales! El individuo no ha existido nunca: es una abstracción. La humanidad no existe todavía: es un ideal. En tanto que vamos y venimos, la única realidad es la nación, nuestra nación; lo que hoy constituye nuestros quehaceres diarios, es la flor de lo que soñaron nuestros abuelos. Por esto, acaso, afirma Shakespeare que somos de la misma urdimbre que nuestros sueños y de su misma sustancia. Los padres sueñan a los hijos y un siglo al que sobreviene.
Tenemos, pues, un terrible deber con el porvenir, que da a nuestras acciones todas un valor religioso, porque si algo de suculento ha de cocerse en los pucheros de nuestros nietos, habremos de comenzar a guisarlo ahora. La noción de que el más leve de nuestros gestos se perpetuará, ya idéntico, ya como germen creciente, en las generaciones venideras, me parece que bastaría, más que muchos libros sociológicos, a encendernos el ánimo y hacernos el paso firme.
Si, como decimos, todas las acciones nuestras tienen una cara nacional que mira a Oriente, habrá también una manera nacional de mirar todas las cosas. Desde este punto de vista quisiera hablar de algo que me ha ocurrido leyendo el Diccionario del Quijote, publicado pocos días antes por don Julio Cejador. Como se trata de una obra de lingüística, y yo, por mis pecados, no soy lingüista, ha sido forzoso cuanto precede para justificar mi intromisión.
Creo que habrá multitud de lectores voraces que coincidan conmigo en tener por los libros de más sabrosa lectura los que narran simplemente viajes a tierras nuevas y los diccionarios etimológicos.
Unos y otros tienen esto de común: que nos presentan una visión volcánica de la humanidad. En los terrenos formados por los volcanes, aparecen anacrónicamente revueltos los estratos geológicos, y a veces pisamos una capa de tierra viejísima por donde trotaron en los buenos tiempos de la fauna animales tremendos, y donde los hombres dejaron huella ingenua de sus primeros razonamientos, de sus instintos aún encabritados y de sus cruentas filosofías.
Así, un viajero que corre las cuatro partidas y arriba al cabo a las islas Salomón o de los Arsácidas, tráenos una imagen de tal vieja capa o estrato humano, donde con la rudeza de todas las iniciaciones vemos los comienzos de nuestros pensamientos, quereres y odios. Así, un etimologista, al seguir el idioma a redrotiempo y hacer la historia de cada palabra, nos ofrece, como una galería de retratos genealógicos, la estirpe de estas mismas ideas, que ahora andan por los caminejos de nuestro cerebro y que, a despecho de algunos ideófobos, son la fórmula y el resorte de nuestras vidas.
El Diccionario del Quijote, compuesto por don Julio Cejador, es una de estas novelas regresivas, y acaso sea el trabajo etimológico más importante que ha visto la luz en España.
Don Julio Cejador traslada el centro de gravedad en el romanismo del latín al vascuence; para él, antes que viniera pueblo alguno histórico a nuestra península, hablaban los naturales, nuestros padres, vascuence y más vascuence. Ese fantasma de la etnología que se llama pueblo ibero, charlaba euskera, y en España no se habló jamás latín, sino que desde un principio de la invasión romana comenzose a guisar por mutua fusión o confusión esta recia hosquedad de nuestro lenguaje.
Y ¿sabe el lector lo que significan las conclusiones a que el señor Cejador llega luego de muchos años de estudio y después de haber gustado todas las fuentes de la sabiduría europea? Pues significa una grave indisciplina cometida dentro del batallón sagrado de la ciencia. En Alemania, en Francia, persiste de hace tres o cuatro siglos una muchedumbre de ciudadanos que se dedican exclusivamente a trabajar ciencia: en su historia no hay claros ni soluciones de continuidad: como los corredores nocturnos de la edad clásica, la edad de mármol, pasábanse a la carrera los unos a los otros la antorcha festival, sin que se apagara nunca, pásanse las generaciones de sabios, unas a otras, esta luz sagrada de la ciencia, sin que jamás se consuma. Por tal razón, puede decirse que en estos países la ciencia existe fuera de los científicos y en tanto que ella perdura y se desenvuelve van mudándose los que la sustentaban y llegan siempre otros nuevos ya adiestrados y regimentados por los sabios caporales. Es la sabiduría república que lleva una vida legal y reglamentada, siendo útiles y aun forzosos la ley y el reglamento como en toda fábrica, donde sin una acertada división del trabajo nada llegaría a su completamiento, quedando todo en esbozo y en rudo proyecto. La ciencia disciplinada, he aquí el tipo de la ciencia alemana y de la francesa.
Hoy por hoy, ignórase la filiación del idioma euskaro: para Giacomino tiene grandes semejanzas con el egipcio, para el conde Gabelentz con el bereber. Para nuestros sabios de otros siglos fue uno de los setenta y dos en que se desperdigó el volapuk inicial humano cuando el vano intento de Babel. Para don Julio Cejador es el euskera ese primer idioma, el de Adán y Eva, o como quiera nombrarse a los primeros «hombres álalos», que dejaron su mudez y fueron parlantes.
Como hay tal discrepancia y tan poca claridad en el asunto, el «romanismo» reglamentado de Alemania y Francia ha dado la pragmática de que no se considere como serio trabajo científico el que trate de buscar en el castellano un fondo de iberismo o de euskarismo; hartos problemas de momento tiene ante sí la lingüística —se dicen los sabios— para que nos andemos a buscarle tres pies al gato. Y como en tiempos felices publicaban los monarcas leyes suntuarias, decreta la ciencia del día el apartamiento de ciertos problemas como de ejercicios vanos, suntuarios e indisciplinadores, portillos que aprovecha la fantasía para entrar a trastornar los severos cachivaches del erudito.
Todos debemos suspirar porque andando el tiempo den los espíritus españoles una buena cosecha de sabiduría, y a más de suspirar, debemos tejer nuestra vida propia de suerte que logremos ser sabios en algo. Necesitamos ciencia a torrentes, a diluvios para que se nos enmollezcan, como tierras regadas, las resecas testas, duras y hasta berroqueñas. Pero los que más predican la buena nueva de la ciencia, no han advertido que quieren que tengamos ciencia alemana o ciencia francesa, pero no ciencia española.
Menéndez Pelayo, cuando juvenil y hazañero, rompió aquellas famosas lanzas en pro de la ciencia española; antes de su libro entreveíase ya que en España no había habido ciencia; luego de publicado se vio paladinamente que jamás la había habido. Ciencia, no; hombres de ciencia, sí. Y esto quisiera hacer notar. Nuestra raza extrema, nuestro clima extremo, nuestras almas extremosas no son las llamadas a dejar sobre la historia el recuerdo de una forma de vida continua y razonable.
We are inattentive to our neighbor because our neighbor makes shoes and we weave mats. As for the first Egyptians the world ended in the valley of the Nile, we are wont to enclose the world in our guild: there is no need to leave it. Mat-makers we are and only mat-maker men matter to us, without caring at all to look at our neighbor the cobbler, whose shoes must tread our mats. A new book that appears was written for a few amateurs of the science or the art with which it deals. And if that science and that art, by their difficulty or their novelty or their remoteness from momentary political preoccupations, has few amateurs, the book and the man’s labor condensed in it disappear for ages of ages, and that power of fecundation which it may well have possessed remains dry and sterile like the fig tree of the Gospel. The man of letters is nothing else than the one charged in the republic with awakening the attention of the inattentive, harassing the drowsiness of the popular consciousness with sharp words and images taken from that same people so that no seed remains whole. But the man of letters too has his guild and within it his universe, and for that reason he almost never speaks of men of science, for whom in turn men of letters exist only vaguely. In this way the Spanish soul is spattered and scattered in countless discreet circles, and Spanish life is a heap of unstrung Hail Marys that are never threaded into a rosary.
How much more fruitful it would be to think that all our actions have a common dimension: the national; that all books, besides being scientific problems, are national problems! The individual has never existed: it is an abstraction. Humanity does not yet exist: it is an ideal. While we come and go, the only reality is the nation, our nation; what today constitutes our daily tasks is the flower of what our grandfathers dreamed. For this, perhaps, Shakespeare affirms that we are of the same warp as our dreams and of their same substance. Fathers dream the sons and a century that comes upon them.
We have, then, a terrible duty toward the future, which gives to all our actions a religious value, because if something succulent is to be cooked in the pots of our grandchildren, we shall have to begin stewing it now. The notion that the lightest of our gestures will be perpetuated, whether identical, whether as a growing germ, in the coming generations, seems to me it would suffice, more than many sociological books, to set our spirit on fire and make our step firm.
If, as we say, all our actions have a national face that looks to the East, there will also be a national manner of looking at all things. From this point of view I should like to speak of something that happened to me while reading the Dictionary of the Quixote, published a few days before by don Julio Cejador. Since it is a work of linguistics, and I, for my sins, am not a linguist, all the foregoing has been necessary to justify my intrusion.
I believe there will be a multitude of voracious readers who agree with me in holding as the books of most savory reading those that narrate simply travels to new lands and the etymological dictionaries.
Both the one and the other have this in common: that they present us a volcanic vision of humanity. In the terrains formed by volcanoes, the geological strata appear anachronically stirred together, and sometimes we step on a layer of very ancient earth where in the good times of the fauna trotted tremendous animals, and where men left naive trace of their first reasonings, of their instincts still rearing and of their bloody philosophies.
Thus, a traveler who runs the four quarters and at length arrives at the Solomon Islands or those of the Arsacids, brings us an image of such an old layer or human stratum, where with the rudeness of all initiations we see the beginnings of our thoughts, desires and hates. Thus, an etymologist, following the language backwards and making the history of each word, offers us, like a gallery of genealogical portraits, the lineage of these same ideas, which now walk along the little paths of our brain and which, in spite of some ideophobes, are the formula and the spring of our lives.
The Dictionary of the Quixote, composed by don Julio Cejador, is one of these regressive novels, and perhaps it is the most important etymological work that has seen the light in Spain.
Don Julio Cejador shifts the center of gravity in Romanism from Latin to Basque; for him, before any historical people came to our peninsula, the natives, our fathers, spoke Basque and more Basque. That ghost of ethnology called the Iberian people chattered Euskara, and in Spain Latin was never spoken, but from the very beginning of the Roman invasion they began to cook, by mutual fusion or confusion, this sturdy harshness of our language.
And does the reader know what the conclusions signify at which señor Cejador arrives after many years of study and after having tasted all the sources of European wisdom? Well, they signify a grave indiscipline committed within the sacred battalion of science. In Germany, in France, there persists from three or four centuries a multitude of citizens who dedicate themselves exclusively to working science: in their history there are no gaps nor solutions of continuity: like the nocturnal runners of the classical age, the age of marble, they passed at a run one to another the festal torch, without its ever going out, the generations of the learned pass one to another, this sacred light of science, without ever being consumed. For that reason, it may be said that in these countries science exists outside the scientists, and in so far as it endures and unfolds, those who sustained it change and there always arrive others new, already trained and regimented by the learned corporals. It is wisdom a republic that leads a legal and regulated life, being useful and even compulsory the law and the regulation as in every factory, where without an apt division of labor nothing would reach its completion, everything remaining in sketch and rough project. Disciplined science, here is the type of German and French science.
Today, for the present, the filiation of the Euskaran language is ignored: for Giacomino it has great similarities with the Egyptian, for Count Gabelentz with the Berber. For our sages of other centuries it was one of the seventy-two into which the initial human Volapük was scattered at the vain attempt of Babel. For don Julio Cejador the Euskera is that first language, that of Adam and Eve, or whatever the first “alalos men” be named, who left their muteness and became speakers.
As there is such discrepancy and so little clarity in the matter, the regulated “Romanism” of Germany and France has issued the pragmatic that he who seeks in Castilian a substratum of Iberism or of Euskarism not be considered serious scientific work; the linguistics has before it enough problems of the moment —the sages say to themselves— for us to go looking for a fifth leg to the cat. And as in happy times the monarchs published sumptuary laws, so the science of the day decrees the setting apart of certain problems as vain, sumptuary and undisciplining exercises, gaps that fantasy takes advantage of to enter and disturb the severe paraphernalia of the scholar.
We all must sigh that with time the Spanish spirits give a good harvest of wisdom, and besides sighing, we must weave our own life so that we manage to be wise in something. We need science in torrents, in floods, so that our dry heads, hard and even granitic, soften like watered lands. But those who most preach the good news of science have not noticed that they want us to have German science or French science, but not Spanish science.
Menéndez Pelayo, when youthful and enterprising, broke those famous lances in favor of Spanish science; before his book one already glimpsed that in Spain there had been no science; after its publication it was seen openly that there never had been. Science, no; men of science, yes. And this I should like to point out. Our extreme race, our extreme climate, our extreme souls are not called to leave upon history the memory of a continuous and reasonable form of life.
Siamo disattenti verso il nostro prossimo perché il nostro prossimo fa scarpe e noi tessiamo stuoie. Come per i primi egizi il mondo finiva nella valle del Nilo, solevamo rinchiudere il mondo nella nostra corporazione: non c’è bisogno di uscirne. Stuoiai siamo e ci importano solo gli uomini stuoiai, senza curarci affatto di guardare al nostro vicino il ciabattino, le cui scarpe dovranno calpestare le nostre stuoie. Un libro nuovo che appare fu scritto per un certo numero di appassionati della scienza o dell’arte di cui si occupa. E se quella scienza e quell’arte, per la loro difficoltà o novità o il loro allontanarsi dalle preoccupazioni politiche momentanee, ha pochi appassionati, il libro e la fatica d’uomo in esso condensata scompaiono per i secoli dei secoli, e quella forza di fecondazione che magari possedeva resta secca e sterile come il fico del Vangelo. Il letterato non è altro che l’incaricato nella repubblica di svegliare l’attenzione dei disattenti, assalire la sonnolenza della coscienza popolare con parole acute e immagini prese a quel medesimo popolo perché nessun seme resti sano. Ma anche il letterato ha la sua corporazione e dentro di essa il suo universo, e per questo non parla quasi mai degli uomini di scienza, per i quali a loro volta i letterati non esistono se non vagamente. In questa guisa è cosparsa e sparsa l’anima spagnola in innumerevoli circoli discreti ed è la vita spagnola un mucchio di avemarie slegate che non si infilano mai in rosario.
Quanto più fruttifero sarebbe pensare che tutte le nostre azioni hanno una dimensione comune: la nazionale; che tutti i libri oltre a essere problemi scientifici, sono problemi nazionali! L’individuo non è mai esistito: è un’astrazione. L’umanità non esiste ancora: è un ideale. Finché andiamo e veniamo, l’unica realtà è la nazione, la nostra nazione; ciò che oggi costituisce i nostri affari quotidiani, è il fiore di ciò che sognarono i nostri avi. Per questo, forse, afferma Shakespeare che siamo della stessa trama dei nostri sogni e della loro medesima sostanza. I padri sognano i figli e un secolo che sopraggiunge.
Abbiamo, dunque, un terribile dovere verso l’avvenire, che dà a tutte le nostre azioni un valore religioso, perché se qualcosa di succoso dovrà cuocersi nelle pentole dei nostri nipoti, dovremo cominciare a cucinarlo ora. La nozione che il più lieve dei nostri gesti si perpetuerà, già identico, già come germe crescente, nelle generazioni venture, mi sembra che basterebbe, più di molti libri sociologici, ad accenderci l’animo e renderci il passo fermo.
Se, come diciamo, tutte le nostre azioni hanno una faccia nazionale che guarda a Oriente, ci sarà anche una maniera nazionale di guardare tutte le cose. Da questo punto di vista vorrei parlare di qualcosa che mi è accaduto leggendo il Dizionario del Chisciotte, pubblicato pochi giorni prima da don Julio Cejador. Trattandosi di un’opera di linguistica, e io, per i miei peccati, non sono linguista, è stato necessario quanto precede per giustificare la mia intromissione.
Credo che ci sarà una moltitudine di lettori voraci che concorderanno con me nel tenere per i libri di più saporosa lettura quelli che narrano semplicemente viaggi verso terre nuove e i dizionari etimologici.
Gli uni e gli altri hanno questo di comune: che ci presentano una visione vulcanica dell’umanità. Nei terreni formati dai vulcani appaiono anacronicamente rimescolati gli strati geologici, e a volte pestiamo uno strato di terra vecchissima dove trottarono nei buoni tempi della fauna animali tremendi, e dove gli uomini lasciarono orma ingenua dei loro primi ragionamenti, dei loro istinti ancora impennati e delle loro cruente filosofie.
Così, un viaggiatore che percorre le quattro partite e arriva al cabo alle isole Salomone o degli Arsacidi, ci porta un’immagine di tal vecchio strato o strato umano, dove con la rudezza di tutte le iniziazioni vediamo i cominciamenti dei nostri pensieri, voleri e odii. Così, un etimologista, seguendo la lingua a ritroso e facendo la storia di ogni parola, ci offre, come una galleria di ritratti genealogici, la stirpe di queste medesime idee, che ora camminano per i viottoli del nostro cervello e che, a dispetto di alcuni ideofobi, sono la formula e la molla delle nostre vite.
Il Dizionario del Chisciotte, composto da don Julio Cejador, è uno di questi romanzi regressivi, e forse è il lavoro etimologico più importante che ha visto la luce in Spagna.
Don Julio Cejador traslada il centro di gravità nel romanismo dal latino al basco; per lui, prima che venisse popolo storico alcuno alla nostra penisola, parlavano i naturali, i nostri padri, basco e più basco. Quel fantasma dell’etnologia che si chiama popolo ibero, cianciava euskera, e in Spagna non si parlò mai latino, ma fin da un principio dell’invasione romana cominciossi a cucinare per mutua fusione o confusione questa ruvida cupezza del nostro linguaggio.
E sa il lettore che cosa significano le conclusioni a cui il signor Cejador giunge dopo molti anni di studio e dopo aver gustato tutte le fonti della sapienza europea? Ebbene, significano una grave indisciplina commessa dentro il battaglione sacro della scienza. In Germania, in Francia, persiste da tre o quattro secoli una moltitudine di cittadini che si dedicano esclusivamente a lavorare scienza: nella loro storia non ci sono vuoti né soluzioni di continuità: come i corridori notturni dell’età classica, l’età del marmo, si passavano di corsa gli uni agli altri la fiaccola festiva, senza che si spegnesse mai, si passano le generazioni di sapienti, le une alle altre, questa luce sacra della scienza, senza che mai si consumi. Per tale ragione, si può dire che in questi paesi la scienza esiste fuori dagli scienziati e in tanto che essa perdura e si sviluppa vanno mutandosi quelli che la sostenevano e giungono sempre altri nuovi già addestrati e inquadrati dai sapienti caporali. È la sapienza repubblica che porta una vita legale e regolamentata, essendo utili e anzi forzosi la legge e il regolamento come in ogni fabbrica, dove senza una accorta divisione del lavoro nulla arriverebbe al suo compimento, restando tutto in abbozzo e in rozzo progetto. La scienza disciplinata, ecco il tipo della scienza tedesca e della francese.
Oggi per oggi, si ignora la filiazione della lingua euskara: per Giacomino ha grandi somiglianze con l’egiziano, per il conte Gabelentz con il berbero. Per i nostri sapienti di altri secoli fu una delle settantadue in cui si disperse il volapuk iniziale umano quando il vano tentativo di Babele. Per don Julio Cejador è l’euskera quella prima lingua, quella di Adamo ed Eva, o come si voglia nominare i primi «uomini àlalos», che lasciarono la loro mutezza e furono parlanti.
Come c’è tale discrepanza e così poca chiarezza nell’argomento, il «romanismo» regolamentato di Germania e Francia ha dato la pragmatica che non si consideri come serio lavoro scientifico quello che tratti di cercare nel castigliano un fondo di iberismo o di euskarismo; abbastanza problemi del momento ha davanti a sé la linguistica —si dicono i sapienti— perché ce ne andiamo a cercare il pelo nell’uovo. E come nei tempi felici pubblicavano i monarchi leggi suntuarie, decreta la scienza del giorno l’allontanamento di certi problemi come di esercizi vani, suntuarî e indisciplinatori, portelli che la fantasia approfitta per entrare a sconvolgere i severi arnesi dell’erudito.
Tutti dobbiamo sospirare perché andando il tempo diano gli spiriti spagnoli un buon raccolto di sapienza, e oltre a sospirare, dobbiamo tessere la nostra vita propria di modo che riusciamo a essere sapienti in qualcosa. Abbiamo bisogno di scienza a torrenti, a diluvi perché si ammorbidiscano, come terre innaffiate, le aride teste, dure e finanche granitiche. Ma quelli che più predicano la buona novella della scienza, non hanno avvertito che vogliono che abbiamo scienza tedesca o scienza francese, ma non scienza spagnola.
Menéndez Pelayo, quando giovanile e baldanzoso, ruppe quelle famose lance in favore della scienza spagnola; prima del suo libro intravedevasi già che in Spagna non c’era stata scienza; poi di pubblicato si vide palesemente che mai c’era stata. Scienza, no; uomini di scienza, sì. E questo vorrei far notare. La nostra razza estrema, il nostro clima estremo, le nostre anime estremose non sono chiamate a lasciare sulla storia il ricordo di una forma di vita continua e ragionevole.
Como hemos hecho historia a la manera que un terremoto, hemos hecho y haremos todo lo demás. «No mañanamos, no mañanamos», se complacía en repetir Navarro Ledesma. Y ¿queremos tener ciencia disciplinada? Al tiempo que supone ésta una continuidad en el esfuerzo, la ciencia y los sabios españoles son monolíticos, como sus pintores y sus poetas: seres de una pieza que nacen sin precursores, por generación espontánea, de las madres bravas, aunque bastante cenagosas de nuestra raza, y mueren muerte de su cuerpo y de su obra, sin dejar discípulos. Al contrario de Alemania, nuestra ciencia ha vivido sólo en los entresijos de los que la crearon y se la han comido los gusanos también. Es en nosotros la ciencia un hecho personalísimo y no una acción social, o como quiera decirse, lo que se ha llamado sinergia.
Un ejemplo curioso, por referirse al género de las labores eruditas que han motivado estas líneas, es el abate Hervás y Panduro. Crea la filología comparada en su «Catálogo de las lenguas» y la crea para sí mismo, monolíticamente. ¿Puede decirse que haya habido en España de entonces acá filología comparada?
Nuestra ciencia será, pues, siempre indisciplinada y como tal fanfarrona, atrevida, irá ganando la certidumbre a brincos y no paso a paso, acordará en un momento sus andares con la ciencia universal y luego quedará rezagada siglos. Ciencia bárbara, mística y errabunda ha sido siempre, y presumo que lo será, la ciencia española.
En el primer año del siglo pasado hicieron buena amistad Guillermo de Humboldt y don Pedro Pablo de Astarloa, cura de Durango. Andaba Humboldt sobre los treinta de edad; tenía aquella serenidad de griego nuevo que se repite en más de un germano de su tiempo; serenidad aquella, tan fecunda como la de los grandes ríos que padrean las tierras asiáticas, y de la cual nació esta máquina terrible de la Alemania imperial. El cura de Durango no sé cómo sería de rostro; hallábase entonces ocupado en componer su Apología del vascuence donde se ponía a este idioma como dechado de la perfección. Es esta obra un modelo de ciencia indisciplinada, de ciencia sentimental, donde el resultado no surge al fin de la labor raciocinante, sino que es anterior a ella, y puesto por lo instintivo. Humboldt y Astarloa pasearon juntos muchas veces. Humboldt miraba con resignación continente la existencia, vivía a fuerza de sistema y de filosofía. Astarloa sistematizaba a fuerza de vida y no veía en las cosas sino un motivo para la exaltación desaforada del propio ánimo. Así, el buen cura de Durango tuvo una contienda formidable con el buen cura de Montuenga, que contestó a su «Apología», y don Juan Antonio Moguel escribía de él a Vargas Ponce: «No quiero ocultar a Vmd. que no gustarán los críticos de buenas narices su genio sistemático y su «pasión acalorada» que hará olvidar a Larramendi». No, por buena ventura y en santa hora, no hizo el cura de Durango olvidar a Larramendi, como no hará don Julio Cejador olvidar al cura de Durango. La obra de Astarloa y sus palabras y su «pasión acalorada» pusieron en el espíritu de Humboldt el germen de su estudio clásico sobre la toponimia ibérica. ¿Que la ciencia alemana es una ciencia clásica? Convenido: la ciencia española será una ciencia romántica.
Dios vaya con la hacienda de estos nuevos hombres de la sociología, que no aciertan a mejorarnos si no es trastrocándonos la enjundia, ni a volvernos en salud si no es haciéndonos otros.
El Imparcial, 4 de junio de 1906
Just as we have made history in the manner of an earthquake, so we have made and shall make everything else. “We do not dawn, we do not dawn,” Navarro Ledesma was wont to repeat with pleasure. And do we want to have disciplined science? At the same time that this supposes a continuity in effort, Spanish science and Spanish sages are monolithic, like their painters and their poets: beings of one piece who are born without precursors, by spontaneous generation, from the fierce mothers, albeit quite muddy, of our race, and die the death of their body and their work, without leaving disciples. Contrary to Germany, our science has lived only in the entrails of those who created it, and the worms have eaten it too. In us science is a most personal fact and not a social action, or however one might say, what has been called synergy.
A curious example, because it refers to the kind of erudite labors that have motivated these lines, is the abbé Hervás y Panduro. He creates comparative philology in his “Catalogue of languages” and he creates it for himself, monolithically. Can it be said that there has been in Spain from then to now comparative philology?
Our science will, then, always be undisciplined and as such boastful, daring; it will go gaining certainty by leaps and not step by step; at one moment it will accord its gait with universal science and then it will lag behind for centuries. Barbarous, mystical and wandering science has always been, and I presume it will be, Spanish science.
In the first year of the last century, William of Humboldt and don Pedro Pablo de Astarloa, curate of Durango, struck a good friendship. Humboldt was around thirty years of age; he had that serenity of a new Greek that is repeated in more than one German of his time; a serenity, that one, as fecund as that of the great rivers that father the Asian lands, and from which was born this terrible machine of imperial Germany. The curate of Durango I know not how he was of face; he found himself then occupied in composing his Apology for Basque, where this language was set up as a pattern of perfection. This work is a model of undisciplined science, of sentimental science, where the result does not arise at the end of the reasoning labor, but is anterior to it, and placed by the instinctive. Humboldt and Astarloa walked together many times. Humboldt looked upon existence with continental resignation, lived by dint of system and philosophy. Astarloa systematized by dint of life and saw in things nothing but a motive for the unbridled exaltation of his own spirit. Thus, the good curate of Durango had a formidable contest with the good curate of Montuenga, who answered his “Apology,” and don Juan Antonio Moguel wrote of him to Vargas Ponce: “I do not wish to hide from Your Grace that the critics of good nose will not like his systematic genius and his ‘heated passion’ that will make Larramendi be forgotten.” No, by good fortune and in a blessed hour, the curate of Durango did not make Larramendi forgotten, just as don Julio Cejador will not make the curate of Durango forgotten. The work of Astarloa and his words and his “heated passion” placed in the spirit of Humboldt the germ of his classical study on Iberian toponymy. That German science is a classical science? Agreed: Spanish science will be a romantic science.
May God go with the estate of these new men of sociology, who do not manage to improve us except by turning upside down our marrow, nor to restore us to health except by making us others.
El Imparcial, 4 June 1906
Come abbiamo fatto storia alla maniera di un terremoto, abbiamo fatto e faremo tutto il resto. «Noi non albeggiamo, noi non albeggiamo», si compiaceva di ripetere Navarro Ledesma. E vogliamo avere scienza disciplinata? Nel tempo in cui questa suppone una continuità nello sforzo, la scienza e i sapienti spagnoli sono monolitici, come i loro pittori e i loro poeti: esseri di un sol pezzo che nascono senza precursori, per generazione spontanea, dalle madri selvagge, benché abbastanza fangose, della nostra razza, e muoiono morte del loro corpo e della loro opera, senza lasciare discepoli. Al contrario della Germania, la nostra scienza è vissuta solo nelle viscere di quelli che la crearono e se la sono mangiata anche i vermi. È in noi la scienza un fatto personalissimo e non un’azione sociale, o come si voglia dire, ciò che si è chiamato sinergia.
Un esempio curioso, perché si riferisce al genere dei lavori eruditi che hanno motivato queste righe, è l’abate Hervás y Panduro. Crea la filologia comparata nel suo «Catalogo delle lingue» e la crea per se stesso, monoliticamente. Si può dire che ci sia stata in Spagna da allora filologia comparata?
La nostra scienza sarà, dunque, sempre indisciplinata e come tale sbruffona, ardita; andrà guadagnando la certezza a balzi e non passo a passo; accorderà in un momento i suoi andari con la scienza universale e poi resterà indietro secoli. Scienza barbara, mistica ed errante è stata sempre, e presumo che lo sarà, la scienza spagnola.
Nel primo anno del secolo passato strinsero buona amicizia Guglielmo di Humboldt e don Pedro Pablo de Astarloa, curato di Durango. Humboldt girava intorno ai trent’anni; aveva quella serenità di greco nuovo che si ripete in più di un tedesco del suo tempo; serenità quella, tanto feconda quanto quella dei grandi fiumi che fecondano le terre asiatiche, e dalla quale nacque questa terribile macchina della Germania imperiale. Il curato di Durango non so come sarebbe stato di viso; trovavasi allora occupato a comporre la sua Apologia del basco dove si metteva questa lingua come modello di perfezione. È quest’opera un modello di scienza indisciplinata, di scienza sentimentale, dove il risultato non sorge al fine del lavoro raziocinante, ma è anteriore ad esso, e posto dall’istintivo. Humboldt e Astarloa passeggiarono insieme molte volte. Humboldt guardava con rassegnazione continente l’esistenza, viveva a forza di sistema e di filosofia. Astarloa sistematizzava a forza di vita e non vedeva nelle cose se non un motivo per l’esaltazione sfrenata del proprio animo. Così, il buon curato di Durango ebbe una contesa formidabile col buon curato di Montuenga, che rispose alla sua «Apologia», e don Juan Antonio Moguel scriveva di lui a Vargas Ponce: «Non voglio nascondere a Vostra Signoria che non piaceranno ai critici di buon fiuto il suo genio sistematico e la sua “passione accalorata” che farà dimenticare Larramendi». No, per buona ventura e in santa ora, non fece il curato di Durango dimenticare Larramendi, come non farà don Julio Cejador dimenticare il curato di Durango. L’opera di Astarloa e le sue parole e la sua «passione accalorata» posero nello spirito di Humboldt il germe del suo studio classico sulla toponimia iberica. Che la scienza tedesca è una scienza classica? Convenuto: la scienza spagnola sarà una scienza romantica.
Dio vada con la roba di questi nuovi uomini della sociologia, che non riescono a migliorarci se non sconvolgendoci la midolla, né a renderci in salute se non facendoci altri.
El Imparcial, 4 giugno 1906