Ortega y Gasset
Abstract
An article on the coalition of the Spanish right: Ortega, who says he is scarcely conservative, judges it useful because without a serious policy bearing down from above even transforming forces gain no muscle; but he suspects the union springs only from fear of the labour question. Topical politics.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Estos días parece abonanzar el horizonte del Gobierno. Confirmado el apoyo del señor La Cierva, sin otra excepción que el punto de las tarifas ferroviarias, conocida la nota del señor Maura, donde entre deliciosos giros apocalípticos ofrece al partido liberal-conservador un armisticio, diríase que la situación del señor Dato es envidiable. Un poco excesivo nos parece hablar de unión de derechas; tal vez mañana sea ésta posible, hoy sólo cabe una coincidencia y una coligación. Por otra parte, frente al desbarajuste que se ha avecindado en el pueblo liberal basta con ese concurso adventicio. Nosotros, que hemos considerado siempre un utópico deseo del señor Dato la reconstrucción de un único partido conservador, encontramos muy beneficiosa esta mancomunidad de derechas.
¿Por qué decimos esto nosotros, que somos tan escasamente conservadores? La razón es muy sencilla.
Desde hace varios años corre a la deriva la vida pública española. Se suceden los Gobiernos sin que haya podido intentarse una política cohesiva, continuada, dueña de todos los factores del Poder y orientada en un sentido fijo. Trae esto como consecuencia no sólo que no se haya ensayado nada constructivo en nuestro país, sino que, falta de presión, se ha ido evaporando la impulsividad pública sin llegar a concretarse en un vigoroso germen de futura política. Ni se hace ni se deja hacer. Hay gentes liberales, y, sobre todo, socialistas, que consideran preferible la sucesión de Gobiernos frívolos en cuyas manos desnervadas se deshaga el Poder público. Nosotros creemos que, aun desde su punto de vista, yerran. Sin una política seria —aunque pensemos nosotros que equivocada— gravitando desde arriba no cobrará músculo ni estructura la fuerza transformadora de abajo. Sólo habrá gritos desaforados y estériles, que además suelen ser tontos, grescas de barrio o villorrio, súbitos crecimientos de la marea obrera que el reflujo de las emociones deshace a las pocas semanas. La presión de una política seria es la condición de que hasta los revolucionarios lo serán en serio.
He aquí por qué nos parece desde un elevado punto de vista, a la vez humano y nacional, que la mancomunión de derechas sería de no escaso beneficio, si ensayan formalmente su política conservadora. Ciertamente que la nuestra es próximamente la inversa, porque es una política transformadora. Pero ésta no se halla aún suficientemente representada en las filas parlamentarias. Nuestra política —no nos hacemos ilusiones— apenas si ha llegado aún al Parlamento. ¿O se prefiere que combatamos en pro de una política de izquierdas, presidida por el marqués de Alhucemas? Con no ser malo, no es tan bueno nuestro humor. Mejor que una farsa de izquierdismo querríamos un leal cesarismo. Mejor que ninguna política deseamos una política antípoda de la nuestra.
Sin embargo, dos sospechas graves nos acometen desde luego ante esa política conservadora que se quiere iniciar.
Una es ésta. La coligación de derechas, como hemos dicho, no es una unión orgánica, sino una tregua de Dios. Y no del Dios cristiano, sino del pagano Pan capriforme, una tregua del Dios del miedo. Ante el problema obrero las derechas sólo sienten en su fondo más sincero, miedo. Les falta la íntima fe de que puedan ellas resolver el conflicto histórico del capital y el trabajo en un sentido positivo. Aunque habla el señor Maura y como él los demás, de «innovación ineludible», barruntamos que no tienen las derechas ideas claras según las cuales innovar y que sólo se ejecutará el otro haz del programa: la contención, la represión, franco o torcido un intento de aplastar las fuerzas obreras. Transmigrando por un instante al corazón conservador nosotros comprenderíamos muy bien una política defensiva, pero entendiendo que en este caso la defensiva no puede ser el embotamiento en el statu quo, el tópico del orden, la incisión de la bayoneta y la exhibición del tricornio. Ante el problema obrero no hay más defensa que la reforma continua y, aunque mesurada, hecha en grande escala. ¿Podemos esperar de las derechas peninsulares tal manera de entender la defensiva?
La otra suspicacia nuestra se refiere más concretamente al Gobierno del señor Dato. No creemos que sea ninguna avilantez decir que este señor Dato y su hueste representan los más viejos y deplorables usos de la vida interior política. Precisamente por ello el señor Maura y su rugiente coro los han combatido con tanta crudeza. Es, pues, de temer que la mancomunión de derechas, sobre traer en el conflicto obrero la represión y el statu quo, puesta en manos del señor Dato signifique un espléndido retoñar del caciquismo y el abandono de toda renovación en las personas y en las maneras. ¿Cabe aguardar grandes modificaciones en este punto? Veremos, veremos. En el Gabinete hay dos hombres infinitamente inteligentes e infinitamente temibles: uno es el señor Bergamín, un malagueño frío. Otro es el conde de Bugallal, un melifluo celta. Y como dos puntos bastan para determinar una línea, tirando una raya del uno al otro, de Galicia a Málaga, resulta la diagonal del caciquismo español. Sería una pena que a la postre esta elegante política conservadora se redujese a que Romero Robledo resucita de entre los vivos.
Publicado sin firma, El Sol, 12 de mayo de 1920
These days the horizon of the Government seems to clear up. Confirmed the support of señor La Cierva, with no other exception than the point of the railway tariffs, known the note of señor Maura, where between delicious apocalyptic turns he offers the liberal-conservative party an armistice, one would say that the situation of señor Dato is enviable. A little excessive it seems to us to speak of union of the right; perhaps tomorrow it will be possible, today there is room only for a coincidence and a coalition. On the other hand, before the disorder that has taken up residence in the liberal camp, that adventitious concurrence suffices. We, who have always considered a utopian desire of señor Dato the reconstruction of a single conservative party, find very beneficial this commonwealth of the right.
Why do we say this, we who are so scarcely conservative? The reason is very simple.
For several years Spanish public life has been running adrift. Governments succeed one another without a cohesive, continued policy having been able to be attempted, master of all the factors of Power and oriented in a fixed sense. This brings as consequence not only that nothing constructive has been tried in our country, but that, lacking pressure, the public impulsivity has been evaporating without coming to crystallize in a vigorous germ of future politics. Neither is one doing nor letting be done. There are liberal people, and, above all, socialist, who consider preferable the succession of frivolous Governments in whose unnerved hands the public Power comes undone. We believe that, even from their point of view, they err. Without a serious politics —though we think it mistaken— gravitating from above, the transformative force from below will take neither muscle nor structure. There will only be unbridled and sterile shouts, which moreover usually are stupid, neighborhood or village brawls, sudden growths of the workers’ tide that the ebb of emotions undoes within a few weeks. The pressure of a serious politics is the condition for even the revolutionaries to be seriously such.
Here is why it seems to us from an elevated point of view, at once human and national, that the commonwealth of the right would be of no small benefit, if they formally try their conservative politics. Certainly ours is approximately the inverse, because it is a transformative politics. But this one is not yet sufficiently represented in the parliamentary ranks. Our politics —we make no illusions— has barely reached Parliament. Or is it preferred that we fight in favor of a politics of the left, presided over by the marquis of Alhucemas? Being not bad, our humor is not so good. Better than a farce of leftism we should want a loyal caesarism. Better than no politics we desire a politics antipodal to ours.
However, two grave suspicions assail us at once before that conservative politics that one wants to initiate.
One is this. The coalition of the right, as we have said, is not an organic union, but a truce of God. And not of the Christian God, but of the pagan capriform Pan, a truce of the God of fear. Before the workers’ problem the right feels only in its most sincere depth, fear. They lack the intimate faith that they can resolve the historical conflict of capital and labor in a positive sense. Although señor Maura speaks, and like him the others, of “unavoidable innovation,” we suspect that the right has no clear ideas according to which to innovate and that only the other bundle of the program will be executed: the containment, the repression, frank or crooked an attempt to crush the workers’ forces. Migrating for an instant to the conservative heart, we would understand very well a defensive politics, but understanding that in this case the defensive cannot be the blunting in the status quo, the topic of order, the incision of the bayonet and the exhibition of the tricorn. Before the workers’ problem there is no other defense than continuous reform and, though measured, made on a large scale. Can we expect from the peninsular right such a manner of understanding the defensive?
Our other suspicion refers more concretely to the Government of señor Dato. We do not believe it is any insolence to say that this señor Dato and his host represent the oldest and most deplorable usages of internal political life. Precisely for that reason señor Maura and his roaring chorus have combated them with so much crudeness. It is, then, to be feared that the commonwealth of the right, besides bringing in the workers’ conflict the repression and the status quo, placed in the hands of señor Dato means a splendid resprouting of caciquismo and the abandonment of all renovation in persons and in manners. Can great modifications be awaited on this point? We shall see, we shall see. In the Cabinet there are two infinitely intelligent and infinitely fearsome men: one is señor Bergamín, a cold man from Málaga. The other is the count of Bugallal, a mellifluous Celt. And as two points suffice to determine a line, drawing a stroke from one to the other, from Galicia to Málaga, results the diagonal of Spanish caciquismo. It would be a pity that in the end this elegant conservative politics reduced itself to Romero Robledo resurrecting from among the living.
Published without signature, El Sol, 12 May 1920
In questi giorni sembra rasserenarsi l’orizzonte del Governo. Confermato l’appoggio del signor La Cierva, senza altra eccezione che il punto delle tariffe ferroviarie, conosciuta la nota del signor Maura, dove tra deliziosi giri apocalittici offre al partito liberale-conservatore un armistizio, si direbbe che la situazione del signor Dato è invidiabile. Un po’ eccessivo ci sembra parlare di unione delle destre; forse domani sarà possibile, oggi solo c’è posto per una coincidenza e una coligazione. D’altra parte, davanti allo sbaraglio che si è accasato nel popolo liberale basta con quel concorso avventizio. Noi, che abbiamo sempre considerato un desiderio utopico del signor Dato la ricostruzione di un unico partito conservatore, troviamo molto benefica questa mancomunanza di destre.
Perché diciamo questo noi, che siamo così scarsamente conservatori? La ragione è molto semplice.
Da parecchi anni corre alla deriva la vita pubblica spagnola. Si succedono i Governi senza che abbia potuto tentarsi una politica coesiva, continuata, padrona di tutti i fattori del Potere e orientata in un senso fisso. Porta questo come conseguenza non solo che non si sia sperimentato nulla di costruttivo nel nostro paese, ma che, mancata la pressione, si è andata evaporando l’impulsività pubblica senza giungere a concretarsi in un vigoroso germe di futura politica. Né si fa né si lascia fare. C’è gente liberale, e, soprattutto, socialista, che considera preferibile la successione di Governi frivoli nelle cui mani snervate si disfaccia il Potere pubblico. Noi crediamo che, anche dal loro punto di vista, errano. Senza una politica seria —sebbene pensiamo noi che sbagliata— gravitando dall’alto non prenderà muscolo né struttura la forza trasformatrice di sotto. Ci saranno solo grida sfrenate e sterili, che inoltre sogliono essere stupide, risse di quartiere o di borgata, subitanei crescimenti della marea operaia che il riflusso delle emozioni disfa a poche settimane. La pressione di una politica seria è la condizione perché anche i rivoluzionari lo siano sul serio.
Ecco perché ci sembra da un elevato punto di vista, a un tempo umano e nazionale, che la mancomunione di destre sarebbe di non scarso beneficio, se sperimentano formalmente la loro politica conservatrice. Certamente che la nostra è pressappoco l’inversa, perché è una politica trasformatrice. Ma questa non si trova ancora sufficientemente rappresentata nelle file parlamentari. La nostra politica —non ci facciamo illusioni— è appena giunta al Parlamento. O si preferisce che combattiamo in pro di una politica di sinistre, presieduta dal marchese di Alhucemas? Con non essere cattivo, non è così buono il nostro umore. Meglio che una farsa di sinistrismo vorremmo un leale cesarismo. Meglio che nessuna politica desideriamo una politica antipode della nostra.
Tuttavia, due sospetti gravi ci assalgono subito davanti a quella politica conservatrice che si vuole iniziare.
Uno è questo. La coligazione di destre, come abbiamo detto, non è un’unione organica, ma una tregua di Dio. E non del Dio cristiano, ma del pagano Pan capriforme, una tregua del Dio della paura. Davanti al problema operaio le destre sentono solo nel loro fondo più sincero, paura. Manca loro l’intima fede che possano esse risolvere il conflitto storico del capitale e del lavoro in un senso positivo. Sebbene parli il signor Maura e come lui gli altri, di «innovazione ineludibile», intuiamo che le destre non hanno idee chiare secondo le quali innovare e che si eseguirà soltanto l’altra faccia del programma: la contenzione, la repressione, franco o storto un tentativo di schiacciare le forze operaie. Trasmigrando per un istante al cuore conservatore noi comprenderemmo molto bene una politica difensiva, ma intendendo che in questo caso la difensiva non può essere l’ottundimento nello statu quo, il topos dell’ordine, l’incisione della baionetta e l’esibizione del tricorno. Davanti al problema operaio non c’è altra difesa che la riforma continua e, sebbene misurata, fatta in grande scala. Possiamo aspettarci dalle destre peninsulari tale maniera di intendere la difensiva?
L’altra nostra suscettibilità si riferisce più concretamente al Governo del signor Dato. Non crediamo che sia nessuna arroganza dire che questo signor Dato e la sua oste rappresentano i più vecchi e deplorevoli usi della vita interiore politica. Proprio per questo il signor Maura e il suo ruggente coro li hanno combattuti con tanta crudezza. È, dunque, da temere che la mancomunione di destre, oltre a portare nel conflitto operaio la repressione e lo statu quo, messa in mano del signor Dato significhi uno splendido rigermogliare del caciquismo e l’abbandono di ogni rinnovamento nelle persone e nelle maniere. È possibile attendere grandi modificazioni in questo punto? Vedremo, vedremo. Nel Gabinetto ci sono due uomini infinitamente intelligenti e infinitamente temibili: uno è il signor Bergamín, un malagueño freddo. L’altro è il conte di Bugallal, un mellifluo celta. E come due punti bastano per determinare una linea, tirando un tratto dall’uno all’altro, dalla Galizia a Malaga, risulta la diagonale del caciquismo spagnolo. Sarebbe un peccato che alla fine questa elegante politica conservatrice si riducesse a che Romero Robledo resusciti di tra i vivi.
Pubblicato senza firma, El Sol, 12 maggio 1920