Abstract

A reply to a polemical challenge from Maura y Gamazo. Ortega opens by praising polemic as the sole form of intellectual work — the history of the sciences is a history of disputes, and the Critique of Pure Reason is intelligible only as a two-front polemic against Leibniz and Hume — then laments the disputants’ heterogeneity and his uncertainty about what is being disputed.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

El señor Maura y Gamazo me invita galantemente a una polémica. No me faltan fe ni amor hacia este procedimiento dual de exponer un asunto. La polémica es, después de todo, la forma única de la labor intelectual: la república de gérmenes racionales que constituye nuestra alma no es más que un fermento peculiar de lo que ya hay en otras almas. El contenido de nuestro cerebro se organiza en la lucha con los idearios ajenos. La historia de las ciencias es íntegramente la relación de las polémicas entre grandes pensadores. Y es este valor de la polémica, como hogar ardiente donde se va forjando el acero de humanidad, tan hondo, tan decisivo, que las obras clásicas de la filosofía sólo tienen una interpretación plausible cuando se las coloca en la perspectiva polémica en que fueron escritas. Las audaces deducciones de la Crítica de la razón pura, que son los últimos fundamentos del mundo contemporáneo y serán eternamente verdaderas, no adquirieron, sin embargo, un sentido estricto mientras no se intentó explicarlas como una polémica contra un enemigo de dos frentes: Leibniz y Hume. La creación, en fin, el hecho más ilustre que se conoce, no es fácilmente inteligible si no se le considera como resultado de una divina polémica anterior a los tiempos, entre el principio del bien y algún otro principio oscuro de avieso y contradictorio natural. Dondequiera que la germinación de ideas fue activa y enérgica, viviose en perpetua polémica, llegando en ocasiones de incomparable exquisitez cultural a verificarse ésta dentro de un solo espíritu, tan rico que no necesitaba de ir a buscar fuera motivos antagónicos. Así el deleitoso Renan gustaba dejar que disputaran entre sí los lóbulos de su cerebro.

Pero aquí, donde tan enervada tenemos la ideación, son precisas todas estas razones para reivindicar el uso de la polémica y aun más precisas para mostrar que no me faltan amor ni fe en los resultados cuando acudo a ella.

Si dijera, empero, que es el señor Maura el enemigo que yo hubiera preferido hallar, no diría la verdad. En los ritos festivales de la vida parlamentaria se ha visto al señor Maura y Gamazo conducir los coros de la mocedad conservadora, y ha de reconocerse que este claro oficio de corega le corresponde más por conquista que por herencia. Yo no conduzco coro alguno: mi pensamiento va solo y campo atraviesa: ni siquiera los liberales —dice el señor Maura— coinciden conmigo, y me falta por tanto, la esperanza de que mis fórmulas puedan hallar resonadores en derredor que les ofrezcan crecimiento y expansión. Sus afirmaciones, en cambio, nacen con un seguro porvenir. Luchamos con armas desiguales.

Además, la polémica no puede ser muy fecunda cuando los disputadores son excesivamente heterogéneos, como ahora ocurre. Al leer el artículo referido he notado que el método espiritual predominante en el señor Maura es el método parlamentario. Mi vida, por el contrario, me ha ido llevando por lugares donde se adquieren otros hábitos de la mente. La afición y el convencimiento me han acostumbrado a manejarme fuera de lo que el señor Maura llama la realidad: es más, esa realidad me interesa muy mediocremente y sólo en segundo lugar, como materia para la idealidad. Es el señor Maura, en una palabra, un político y de los más inteligentes en el sentido actual, corriente de la palabra, al paso que yo me he conformado tiempo hace con ocupar en la república española uno de los puestos vacantes de coleccionista de filosofemas, de abstraedor de quintaesencias.

Con todas esas desventajas por mi parte, que conviene hacer constar, me apresuro a acudir donde el señor Maura me cita. Y llego a la polémica, y el primer lance que me ocurre me pone en perplejidad, porque, a hablar sinceramente, yo no sé sobre qué versa la disputa. Discutieron una vez dos amigos de pintura y en todos los juicios convinieron, salvo en la música de Wagner. Cosa análoga nos ocurre ahora a nosotros: el señor Maura está de acuerdo conmigo en todos los puntos esenciales, salvo en uno, del cual yo no he hablado nunca: que el partido conservador debe continuar en el poder.

Partiendo del hecho de estar embotada en España la emoción liberal, intentaba yo en mi ensayo una reconstrucción del liberalismo, que es una idea científica, pura y simplemente filosófica, dejando a los políticos la labor de definir el programa que conforme a esa visión del mundo corresponde a un partido liberal, y señalando una orientación en la idea socialista.

Luego de haber leído el señor Maura mis divagaciones sobre este asunto con toda la atención exigible, aunque no con toda la deseable, se ha entretenido en componerles un contrapunto parlamentario. Lamento que no haya seguido el plano en que yo colocaba los problemas, y, dando a mis palabras un significado popular, haya convertido una cuestión de Historia universal y de Filosofía práctica en un tema momentáneo, análogo a los que ocupan hoy las discusiones del Congreso; pero en esta raza española formada por una distraída muchedumbre de solitarios, donde nadie mira con interés la obra del prójimo, es muy de agradecer —y yo lo agradezco— el ímpetu con que el señor Maura ha entrado por mis párrafos, glosándolos y asimilándoselos.

La tesis principal de mi ensayo era que los partidos liberales en la historia universal, son partidos fronterizos de la revolución, o no son nada, tomando la palabra revolución en el sentido de variación constitucional de un Estado. Con esta tesis, con las consecuencias que de ella saco y las pruebas en que la fundo, se muestra hasta ahora conforme el señor Maura. La divergencia entre ambos no me parece, pues, oriunda de ninguna cuestión dogmática, de ninguna afirmación determinada; es acaso más honda y más compleja. Tal vez, la divergencia provenga, como antes decía, de un antagonismo entre dos métodos espirituales. Veámoslo.

Proponía yo una definición de liberalismo, a fin de que el lector no se indujera a error y no creyera que por tal entendía el corazón sentimental del señor Moret ni el más arduo del señor Canalejas. Le mot libéralisme représente assez bien pour moi la formule du plus haut développement de l’humanité, decía Renan, a quien tantas veces conviene recordar. Podría también haber dicho yo «progresismo»; pero este vocablo, que indica perenne avance, no expresa bastantemente la norma según la cual ha de avanzarse. No hay más que un progreso, el progreso en libertad; todos los demás cambios y sucesos que ocurren en el universo son adelantos únicamente cuando favorecen la expansión de la libertad. Si sólo hubiera naturaleza, el hecho más ilustre sería, en realidad, baladí y podría permutarse por cualquier otro. Pero de la vibración bruta del éter transciende como un aroma el mundo más sutil de la cultura. Hay en la Cambria una laguna de aguas muertas, que da en las tardes de verano vapores melancólicos, entre los cuales, según la leyenda, llegan sones de arpa y voces de bardos, que cantan a los héroes virtuosos.

No hay sólo naturaleza, hechos, ley de causalidad; hay también cultura, ideas, ley de libertad. Pero, ¿qué es libertad?

Hay una Libertad, con mayúscula, venía yo a decir, una libertad genérica, la idea de libertad; y, luego, un sinnúmero de libertades con minúscula, de libertades específicas, que se subsumen en aquélla. No valen lo mismo idea y concepto. El concepto es el conjunto de notas características, que se abstrae y se destila de los casos naturales análogos, para formar un tipo. La idea, por el contrario, no se abstrae, no se obtiene de una realidad, de algo existente, sino que es el hilo de Ariadna que nos guía por las tierras irreales de la moralidad o del arte. Nos formamos conceptos de lo que existe; nos hacemos una idea de lo que no existe. Ni el deber ni la belleza existen en la realidad; no son piedras ni animales; sólo existen en la idea. Más claro: el mundo donde habitan las ideas, nacen, se fecundan y se suceden, es el Ideal. El Ideal y la realidad son dos mundos adyacentes, resultado ambos de leyes científicas.

Por esto me ha parecido peregrino que el señor Maura diga: «¿Qué es ideal moral? ¿Quién lo define? La mayoría, sin duda». Lamento una vez más el prurito parlamentario de este hombre joven e inteligente, que quiere hacer pasar todas las tragedias metafísicas de la Historia universal por el estrecho cauce del Diario de Sesiones. ¿Pues no llega a preferir los nombres de izquierdas y derechas, que tienen en el idioma un origen periférico, contingente, debido a un capricho semántico, a los de liberales y conservadores, palabras perfectas, que siguen fieles a la significación de su raíz?

¿Qué es eso de que la mayoría define el ideal moral? Si hubiera el señor Maura contestado a su propia pregunta primera, habría advertido que ideal moral no es más que ley moral y ley es el resultado de la ciencia. El ideal moral es, pues, definido por la ciencia moral. La intervención de la mayoría, sea parlamentaria, sea popular, en esa definición, téngola por funesta y no poco absurda.

Lo que ha inducido al señor Maura a cometer esta indelicadeza filosófica ha sido el anhelo de pisar pronto la realidad, que para el diputado conservador se confunde con el salón de conferencias. La seguridad que siente cuando llega a esa realidad le ha ofuscado un tanto, y le ha hecho tergiversar mis pensamientos. Decía yo que el teorizador del liberalismo tiene que estar fuera de la realidad actual, ya que se pone en una futura y en su nombre demanda la reforma de la presente. El teorizador del liberalismo es, pues, confesadamente, un teorizador: no pretende ser otra cosa. Pero el señor Maura se ha asustado: le ha parecido ver ya un tropel de teorizadores de este jaez, irrumpiendo la ociosidad ocupada del Gobierno conservador. Ese teorizador, escribe, «no puede ser un gobernante, será un pedagogo». Naturalmente, «La Reforma liberal» no era sino un ensayo de pedagogía política, en el sentido moral de esta palabra.

No he de seguir una a una las inexactitudes de interpretación: al cabo el señor Maura declara acertada mi teoría del liberalismo, y muy agudamente quiere completarla con una teoría de la reforma conservadora. Creo que puede concretarse su razonamiento de esta manera: los partidos en cuanto entidades parlamentarias no tienen otro papel que recoger el contenido espiritual de aspiraciones populares —esto es lo que confunde con mi ideal moral— y procurar satisfacerlo. Es así que, como reconoce el señor Ortega y Gasset, no hay en el pueblo aún aspiraciones de nuevo liberalismo, luego hoy no es posible otra labor gubernativa que la conservadora. ¿Cuál es esta labor? Muy sencilla: las libertades del antiguo liberalismo no son aún realidad: son letra escrita, pero no viva. Es preciso que encarnen la realidad: tal es la reforma conservadora.

Parece curiosa esta afición que han mostrado los conservadores en los últimos tiempos a referirse al pueblo. El motivo es claro: se encuentran —como hacía yo constar en mi primer artículo— con que el pueblo español no existe políticamente: el número de intelectuales es tan escaso que no puede formar una masa bastante para que se le llame pueblo. Así puede afirmarse de él lo que cada cual guste, seguro de no ser contradicho: «Coméis —clamaba Oseas a los sacerdotes— de los sacrificios que me ofrece mi pueblo y estáis ansiosos de sus pecados». El otro, el verdadero pueblo, es aquella porción nacional que no sabe lo que quiere, porque si lo supiera holgaba la otra porción nacional, cuya virtud es pura, sencilla y exclusivamente hacer que el pueblo quiera una cosa racional, provechosa y de fecundo porvenir. De aquí que la función central de la Política deba ser la educación. Lo grande, lo único, lo que de sacratísimo hay en el pueblo es esa inconsciencia, esa indiferencia sobrehistórica: pueblo es lo instintivo en la vida de cada nación, lo indeterminado histórico a determinar por la cultura. Ahora bien, un instinto es lo opuesto a una voluntad y mucho más a una voluntad racional, científica. Ideal moral es la ley científica de la voluntad, no nada indeciso y utópico. No hay, por tanto, derecho a hablar de ideales morales del pueblo. El pueblo que tiene moral es el señor Maura, soy yo, son una porción de gentes intelectualmente responsables y que estén dispuestas a discutir la solidez apodíctica de sus afirmaciones políticas. Al cabo de los siglos la Humanidad va logrando completar, afirmar esta disciplina de discusiones que llamamos ciencia, gracias a la cual se consigue un mínimum de pérdida en lo que atañe a la precisión y a las garantías de certidumbre. Sacar la cuestión de ese terreno y llevarla a otros más vagos, donde no hay asidero ni rectificación, es éticamente ilícito.

¿No he partido yo mismo de que en España faltan por completo ideas políticas? Precisamente porque no tiene nuestra raza un ideal moral, me siento dolorido y clamo a los que tengan corazón limpio para que vengan a inyectárselo en los nervios. Precisamente porque España es inculta necesita un ideal de cultura. ¿Por qué no es realidad la libertad del voto? El sufragio universal es el vehículo de la cultura popular, es el derecho a que se puede recurrir cuando se quiere fomentar una idea política: mientras no exista esa idea el vehículo irá vacío, será cauce de un río muerto, será el puente de Coria bajo el cual no fluye agua, pero será lo único que le corresponde ser: un derecho de recurrir a un principio legal que garantice una acción política. Para que una reforma efectiva de la Constitución sea posible, basta con que las reformas constitucionales estén escritas. Reclamar otra realidad para un derecho será malicioso empirismo; pero no tiene sentido. Hoy hay en España realmente libertades políticas, puesto que yo puedo hacerlas valer. Si el pueblo no usa del sufragio universal es porque no tiene ideas políticas. Y el papel del liberalismo en renacimiento había de ser justamente dárselas.

En España no hay sino conservadores, he dicho y repito; pero esto no quiere decir que nuestro pueblo sea conservador. España no es nada; es una antigua raza berberisca, donde hubo algunas mujeres hermosas, algunos hombres bravos y algunos pintores de retina genial. Mas por su alma no han pasado ni Platón, ni Newton, ni Kant, y con una terquedad incomprensible viene cometiendo, desde hace tres siglos, el gran pecado contra el Espíritu Santo: la incultura, el horror a las ideas y a las teorías. No me importa el ideal que hoy tenga nuestro pueblo; sólo me importa el que debe tener. ¿Que España está aún adherida al liberalismo del siglo XIX? Razón de sobra para que sea necesario aquí, más que en otro lugar, el nuevo y más completo. Advierte el Corán, con cernidísima sapiencia histórica, que sólo se salvarán los buenos judíos y cristianos anteriores a Mahoma; pero no los que luego de la venida de éste vivan sin confesarse mahometanos.

El nuevo liberalismo es un deber; no es una comodidad. Y anticipar ideales y educar según ellos los corazones, constituye la misión impersonal, que sin ensoberbecer, obliga, impuesta por el Demiurgo que ordena la Historia a los pensadores de cada pueblo. Por eso no queremos reformar las costumbres sino cultivar las ideas.

Como mis intenciones no son de política, sino de Política, no oculto la irrealidad de ellas. Esa realidad tan buscada por los hombres que aspiran a las subsecretarías y a los ministerios, me interesa mediocremente; la misma realidad española me sería indiferente si no creyera que nos han puesto en ella para que la idealicemos y moralicemos. No sé si mi generación es patriota; pero no es acertado caracterizar mis pensamientos como de tal. ¿Es patriota el que antepone la patria a todo lo demás? Entonces yo no lo soy: si tuviera alguna vez que elegir entre la patria y la discreción, no habría de dudar y seguiría las solicitaciones de ésta. Mi liberalismo lo exige: me importa más Europa que España, y España sólo me importa si integra espiritualmente Europa. Soy, en cambio, patriota, porque mis nervios españoles, con toda su herencia sentimental, son el único medio que me ha sido dado para llegar a europeo. Ni tristeza, ni melancolía me produce ser español: es más, creo que España tiene una misión europea, de cultura, que cumplir; veo en ella un campo donde hay más faena por acabar que en otros dentro de esta grande obra del progreso moral.

No preguntes por qué puerta

a la ciudad de Dios entras,

dice una amonestación de Goethe, en el Diván. Es también un deber ser español; a golpes seculares de cincel va Europa labrando la icona varia de la humanidad futura, y esa imagen tiene que tener alguna facción celtíbera.

De aquí parte mi convicción de que España no tendrá vida íntima, no será consciente de sus propias entrañas, no asegurará su existencia mientras no se preocupe de lo universalmente justo, verdadero y bello.

El estigma de nuestra historia ha sido la carencia de preocupaciones universales. Hemos realizado hechos universalmente conocidos, pero no hemos cumplido acciones de fecundidad universal. No hemos iniciado reformas, ni renacimientos ni revoluciones. Hemos sido más españoles que hombres. Y es preciso que al cabo deje de colgar España, en el mapa moral del mismo modo que en el geográfico, como una piltrafa de Europa. Si con este sobrepatriotismo puedo ser llamado patriota, lo soy.

¿Hay algún partido político que traiga a la raza española esas emociones universales, cosmopolitas? No, ciertamente. Para mí, en consecuencia, todos los partidos actuales son conservadores. Si, como indica el señor Maura, su partido se contenta con ir componiendo reglamentos que presten yo no sé qué burocrática realidad a lo que por definición es irreal: la cultura, el progreso, el ánimo libre, la historia universal se olvidará de él en sus índices. Y sólo le quedará una historia a que recurrir: la historia natural, donde se estudia al hombre en sus instintos y se clasifican las degeneraciones físicas de las razas.

Y en tanto continúa ese partido instintivo en el Gobierno, y luego que caiga, seguiré creyendo que cuando unas libertades logradas no se practican es porque hacen falta otras, y que para hallar éstas hay que buscar guion en el ideal moral de la Libertad, de la justicia progresiva de los códigos. Los derechos son el esqueleto de la organización social, a lo sumo el cuerpo, y conviene tener un alma que mueva los antiguos huesos, y creando las fibras de nuestra carne, nos sirva al menos —como decía Crisipo el estoico— de sal que impida su corrupción.

Para concluir, permítame el señor Maura que niegue una afirmación suya, según la cual la libertad en toda Europa se ha hecho conservadora. En Alemania, en Francia, en Italia, en Inglaterra los liberales se han vuelto conservadores, pero la libertad se ha hecho socialista. Los que se atuvieron a la libertad con minúscula, a las libertades específicas consignadas ya en los códigos, se han encontrado sin nada que hacer, y la lógica les ha obligado a ser conservadores. Los partidarios de la Libertad inexhausta, de la Atenea democrática, han hallado sus graneros espirituales henchidos con nuevas espigas de ideal. La Libertad es la ley de la cultura; cultura es lo que no cabe dentro de la Naturaleza, en la cual reina el principio de la conservación de la energía, de la igualdad entre los trabajos latentes y patentes. Ley de cultura no puede ser la conservación de la igualdad; eso será y es materialismo conservador e ingenuamente maquiavélico. El progreso exige que hoy intentemos rebosar la moralidad jurídica de ayer, y mañana la de hoy. Conservar la Libertad es pedir más Libertad, es conservar el progreso de la Libertad. Tal suena el principio analógico, de la conservación de la cultura.

Faro, 8 de marzo de 1908