Ortega y Gasset
Abstract
A reply to a polemical challenge from Maura y Gamazo. Ortega opens by praising polemic as the sole form of intellectual work — the history of the sciences is a history of disputes, and the Critique of Pure Reason is intelligible only as a two-front polemic against Leibniz and Hume — then laments the disputants’ heterogeneity and his uncertainty about what is being disputed.
Connections
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
El señor Maura y Gamazo me invita galantemente a una polémica. No me faltan fe ni amor hacia este procedimiento dual de exponer un asunto. La polémica es, después de todo, la forma única de la labor intelectual: la república de gérmenes racionales que constituye nuestra alma no es más que un fermento peculiar de lo que ya hay en otras almas. El contenido de nuestro cerebro se organiza en la lucha con los idearios ajenos. La historia de las ciencias es íntegramente la relación de las polémicas entre grandes pensadores. Y es este valor de la polémica, como hogar ardiente donde se va forjando el acero de humanidad, tan hondo, tan decisivo, que las obras clásicas de la filosofía sólo tienen una interpretación plausible cuando se las coloca en la perspectiva polémica en que fueron escritas. Las audaces deducciones de la Crítica de la razón pura, que son los últimos fundamentos del mundo contemporáneo y serán eternamente verdaderas, no adquirieron, sin embargo, un sentido estricto mientras no se intentó explicarlas como una polémica contra un enemigo de dos frentes: Leibniz y Hume. La creación, en fin, el hecho más ilustre que se conoce, no es fácilmente inteligible si no se le considera como resultado de una divina polémica anterior a los tiempos, entre el principio del bien y algún otro principio oscuro de avieso y contradictorio natural. Dondequiera que la germinación de ideas fue activa y enérgica, viviose en perpetua polémica, llegando en ocasiones de incomparable exquisitez cultural a verificarse ésta dentro de un solo espíritu, tan rico que no necesitaba de ir a buscar fuera motivos antagónicos. Así el deleitoso Renan gustaba dejar que disputaran entre sí los lóbulos de su cerebro.
Pero aquí, donde tan enervada tenemos la ideación, son precisas todas estas razones para reivindicar el uso de la polémica y aun más precisas para mostrar que no me faltan amor ni fe en los resultados cuando acudo a ella.
Si dijera, empero, que es el señor Maura el enemigo que yo hubiera preferido hallar, no diría la verdad. En los ritos festivales de la vida parlamentaria se ha visto al señor Maura y Gamazo conducir los coros de la mocedad conservadora, y ha de reconocerse que este claro oficio de corega le corresponde más por conquista que por herencia. Yo no conduzco coro alguno: mi pensamiento va solo y campo atraviesa: ni siquiera los liberales —dice el señor Maura— coinciden conmigo, y me falta por tanto, la esperanza de que mis fórmulas puedan hallar resonadores en derredor que les ofrezcan crecimiento y expansión. Sus afirmaciones, en cambio, nacen con un seguro porvenir. Luchamos con armas desiguales.
Además, la polémica no puede ser muy fecunda cuando los disputadores son excesivamente heterogéneos, como ahora ocurre. Al leer el artículo referido he notado que el método espiritual predominante en el señor Maura es el método parlamentario. Mi vida, por el contrario, me ha ido llevando por lugares donde se adquieren otros hábitos de la mente. La afición y el convencimiento me han acostumbrado a manejarme fuera de lo que el señor Maura llama la realidad: es más, esa realidad me interesa muy mediocremente y sólo en segundo lugar, como materia para la idealidad. Es el señor Maura, en una palabra, un político y de los más inteligentes en el sentido actual, corriente de la palabra, al paso que yo me he conformado tiempo hace con ocupar en la república española uno de los puestos vacantes de coleccionista de filosofemas, de abstraedor de quintaesencias.
Con todas esas desventajas por mi parte, que conviene hacer constar, me apresuro a acudir donde el señor Maura me cita. Y llego a la polémica, y el primer lance que me ocurre me pone en perplejidad, porque, a hablar sinceramente, yo no sé sobre qué versa la disputa. Discutieron una vez dos amigos de pintura y en todos los juicios convinieron, salvo en la música de Wagner. Cosa análoga nos ocurre ahora a nosotros: el señor Maura está de acuerdo conmigo en todos los puntos esenciales, salvo en uno, del cual yo no he hablado nunca: que el partido conservador debe continuar en el poder.
Partiendo del hecho de estar embotada en España la emoción liberal, intentaba yo en mi ensayo una reconstrucción del liberalismo, que es una idea científica, pura y simplemente filosófica, dejando a los políticos la labor de definir el programa que conforme a esa visión del mundo corresponde a un partido liberal, y señalando una orientación en la idea socialista.
Luego de haber leído el señor Maura mis divagaciones sobre este asunto con toda la atención exigible, aunque no con toda la deseable, se ha entretenido en componerles un contrapunto parlamentario. Lamento que no haya seguido el plano en que yo colocaba los problemas, y, dando a mis palabras un significado popular, haya convertido una cuestión de Historia universal y de Filosofía práctica en un tema momentáneo, análogo a los que ocupan hoy las discusiones del Congreso; pero en esta raza española formada por una distraída muchedumbre de solitarios, donde nadie mira con interés la obra del prójimo, es muy de agradecer —y yo lo agradezco— el ímpetu con que el señor Maura ha entrado por mis párrafos, glosándolos y asimilándoselos.
La tesis principal de mi ensayo era que los partidos liberales en la historia universal, son partidos fronterizos de la revolución, o no son nada, tomando la palabra revolución en el sentido de variación constitucional de un Estado. Con esta tesis, con las consecuencias que de ella saco y las pruebas en que la fundo, se muestra hasta ahora conforme el señor Maura. La divergencia entre ambos no me parece, pues, oriunda de ninguna cuestión dogmática, de ninguna afirmación determinada; es acaso más honda y más compleja. Tal vez, la divergencia provenga, como antes decía, de un antagonismo entre dos métodos espirituales. Veámoslo.
Proponía yo una definición de liberalismo, a fin de que el lector no se indujera a error y no creyera que por tal entendía el corazón sentimental del señor Moret ni el más arduo del señor Canalejas. Le mot libéralisme représente assez bien pour moi la formule du plus haut développement de l’humanité, decía Renan, a quien tantas veces conviene recordar. Podría también haber dicho yo «progresismo»; pero este vocablo, que indica perenne avance, no expresa bastantemente la norma según la cual ha de avanzarse. No hay más que un progreso, el progreso en libertad; todos los demás cambios y sucesos que ocurren en el universo son adelantos únicamente cuando favorecen la expansión de la libertad. Si sólo hubiera naturaleza, el hecho más ilustre sería, en realidad, baladí y podría permutarse por cualquier otro. Pero de la vibración bruta del éter transciende como un aroma el mundo más sutil de la cultura. Hay en la Cambria una laguna de aguas muertas, que da en las tardes de verano vapores melancólicos, entre los cuales, según la leyenda, llegan sones de arpa y voces de bardos, que cantan a los héroes virtuosos.
No hay sólo naturaleza, hechos, ley de causalidad; hay también cultura, ideas, ley de libertad. Pero, ¿qué es libertad?
Hay una Libertad, con mayúscula, venía yo a decir, una libertad genérica, la idea de libertad; y, luego, un sinnúmero de libertades con minúscula, de libertades específicas, que se subsumen en aquélla. No valen lo mismo idea y concepto. El concepto es el conjunto de notas características, que se abstrae y se destila de los casos naturales análogos, para formar un tipo. La idea, por el contrario, no se abstrae, no se obtiene de una realidad, de algo existente, sino que es el hilo de Ariadna que nos guía por las tierras irreales de la moralidad o del arte. Nos formamos conceptos de lo que existe; nos hacemos una idea de lo que no existe. Ni el deber ni la belleza existen en la realidad; no son piedras ni animales; sólo existen en la idea. Más claro: el mundo donde habitan las ideas, nacen, se fecundan y se suceden, es el Ideal. El Ideal y la realidad son dos mundos adyacentes, resultado ambos de leyes científicas.
Por esto me ha parecido peregrino que el señor Maura diga: «¿Qué es ideal moral? ¿Quién lo define? La mayoría, sin duda». Lamento una vez más el prurito parlamentario de este hombre joven e inteligente, que quiere hacer pasar todas las tragedias metafísicas de la Historia universal por el estrecho cauce del Diario de Sesiones. ¿Pues no llega a preferir los nombres de izquierdas y derechas, que tienen en el idioma un origen periférico, contingente, debido a un capricho semántico, a los de liberales y conservadores, palabras perfectas, que siguen fieles a la significación de su raíz?
Señor Maura y Gamazo gallantly invites me to a polemic. Neither faith nor love is lacking to me toward this dual procedure of exposing a subject. The polemic is, after all, the unique form of intellectual labor: the republic of rational germs that constitutes our soul is nothing more than a peculiar ferment of what already exists in other souls. The content of our brain organizes itself in the struggle with the ideologies of others. The history of the sciences is integrally the relation of the polemics between great thinkers. And it is this value of the polemic, as an ardent hearth where the steel of humanity is being forged, so deep, so decisive, that the classical works of philosophy have only one plausible interpretation when they are placed in the polemical perspective in which they were written. The audacious deductions of the Critique of Pure Reason, which are the last foundations of the contemporary world and will be eternally true, did not acquire, however, a strict sense until one attempted to explain them as a polemic against an enemy of two fronts: Leibniz and Hume. Creation, in short, the most illustrious fact that is known, is not easily intelligible if it is not considered as the result of a divine polemic anterior to the times, between the principle of good and some other obscure principle of sinister and contradictory nature. Wherever the germination of ideas was active and energetic, one lived in perpetual polemic, arriving on occasions of incomparable cultural exquisiteness to this being verified within a single spirit, so rich that it did not need to go seeking outside antagonistic motives. Thus the delightful Renan liked to let the lobes of his brain dispute among themselves.
But here, where we have ideation so enervated, all these reasons are necessary to vindicate the use of the polemic, and even more necessary to show that neither love nor faith in the results is lacking to me when I have recourse to it.
If I said, however, that señor Maura is the enemy I should have preferred to find, I would not speak the truth. In the festal rites of parliamentary life one has seen señor Maura y Gamazo lead the choruses of conservative youth, and it must be recognized that this clear office of chorus-leader belongs to him more by conquest than by inheritance. I lead no chorus: my thought goes alone and crosses fields: not even the liberals —says señor Maura— coincide with me, and I lack, therefore, the hope that my formulas may find resonators around that offer them growth and expansion. His affirmations, on the other hand, are born with a sure future. We fight with unequal arms.
Moreover, the polemic cannot be very fecund when the disputants are excessively heterogeneous, as now occurs. Reading the referred article I have noted that the predominant spiritual method in señor Maura is the parliamentary method. My life, on the contrary, has been carrying me through places where other habits of the mind are acquired. Inclination and conviction have accustomed me to manage myself outside what señor Maura calls reality: what is more, that reality interests me very mediocrely and only in second place, as matter for ideality. Señor Maura is, in a word, a politician and one of the most intelligent in the current, ordinary sense of the word, while I have long ago conformed myself to occupy in the Spanish republic one of the vacant posts of collector of philosophèmes, of extractor of quintessences.
With all these disadvantages on my part, which it is fitting to make known, I hasten to go where señor Maura cites me. And I arrive at the polemic, and the first lance that occurs to me puts me in perplexity, because, to speak sincerely, I do not know what the dispute is about. Once two friends discussed painting and in all the judgments they agreed, except on the music of Wagner. Something analogous occurs now to us: señor Maura agrees with me on all the essential points, except one, of which I have never spoken: that the conservative party should continue in power.
Proceeding from the fact that in Spain the liberal emotion is blunted, I attempted in my essay a reconstruction of liberalism, which is a scientific idea, purely and simply philosophical, leaving to the politicians the labor of defining the program that in conformity with that vision of the world corresponds to a liberal party, and pointing out an orientation in the socialist idea.
After señor Maura has read my divagations on this subject with all the exigible attention, though not all the desirable, he has amused himself in composing them a parliamentary counterpoint. I regret that he has not followed the plane on which I placed the problems, and, giving to my words a popular meaning, has converted a question of Universal History and practical Philosophy into a momentary theme, analogous to those that occupy today the discussions of the Congress; but in this Spanish race formed by a distracted multitude of solitaries, where no one looks with interest at the work of his neighbor, very much to be thanked —and I thank it— is the impetuosity with which señor Maura has entered into my paragraphs, glossing them and assimilating them.
The principal thesis of my essay was that the liberal parties in universal history are frontier parties of revolution, or they are nothing, taking the word revolution in the sense of constitutional variation of a State. With this thesis, with the consequences that I draw from it and the proofs on which I found it, señor Maura shows himself so far in agreement. The divergence between the two does not seem to me, then, native of any dogmatic question, of any determinate affirmation; it is perhaps deeper and more complex. Perhaps the divergence comes, as I said before, from an antagonism between two spiritual methods. Let us see it.
I proposed a definition of liberalism, so that the reader would not be led into error and would not believe that by such I meant the sentimental heart of señor Moret nor the more arduous one of señor Canalejas. “Le mot libéralisme représente assez bien pour moi la formule du plus haut développement de l’humanité,” said Renan, whom it is fitting so many times to recall. I could also have said “progressivism”; but this vocable, which indicates perennial advance, does not sufficiently express the norm according to which one must advance. There is no more than one progress, progress in liberty; all the other changes and events that occur in the universe are advances only when they favor the expansion of liberty. If there were only nature, the most illustrious fact would be, in reality, trivial and could be exchanged for any other. But from the brute vibration of the ether there transcends like an aroma the more subtle world of culture. There is in Cambria a lagoon of dead waters, which on summer afternoons gives melancholy vapors, among which, according to legend, arrive sounds of harp and voices of bards, who sing the virtuous heroes.
There is not only nature, facts, law of causality; there is also culture, ideas, law of liberty. But what is liberty?
There is a Liberty, with a capital letter, I was coming to say, a generic liberty, the idea of liberty; and, then, a countless number of liberties with a small letter, of specific liberties, which are subsumed in that one. Idea and concept are not worth the same. The concept is the set of characteristic notes, which is abstracted and distilled from the analogous natural cases, to form a type. The idea, on the contrary, is not abstracted, is not obtained from a reality, from something existing, but is the thread of Ariadne that guides us through the unreal lands of morality or of art. We form concepts of what exists; we make ourselves an idea of what does not exist. Neither duty nor beauty exists in reality; they are not stones nor animals; they exist only in the idea. More clearly: the world where ideas dwell, are born, are fecundated and succeed one another, is the Ideal. The Ideal and reality are two adjacent worlds, both result of scientific laws.
For this reason it has seemed to me strange that señor Maura says: “What is moral ideal? Who defines it? The majority, no doubt.” I regret once more the parliamentary itch of this young and intelligent man, who wants to make all the metaphysical tragedies of Universal History pass through the narrow channel of the Diary of Sessions. Does he not even come to prefer the names of left and right, which have in the language a peripheral, contingent origin, due to a semantic caprice, to those of liberals and conservatives, perfect words, which remain faithful to the signification of their root?
Il signor Maura y Gamazo mi invita galantemente a una polemica. Non mi mancano fede né amore verso questo procedimento duale di esporre un argomento. La polemica è, dopo tutto, la forma unica del lavoro intellettuale: la repubblica di germi razionali che costituisce la nostra anima non è più che un fermento peculiare di ciò che già c’è in altre anime. Il contenuto del nostro cervello si organizza nella lotta con gli ideari altrui. La storia delle scienze è integralmente la relazione delle polemiche tra grandi pensatori. Ed è questo valore della polemica, come focolare ardente dove si va forgiando l’acciaio di umanità, così profondo, così decisivo, che le opere classiche della filosofia hanno una sola interpretazione plausibile quando le si colloca nella prospettiva polemica in cui furono scritte. Le ardite deduzioni della Critica della ragion pura, che sono gli ultimi fondamenti del mondo contemporaneo e saranno eternamente vere, non acquistarono, nondimeno, un senso stretto finché non si tentò di spiegarle come una polemica contro un nemico di due fronti: Leibniz e Hume. La creazione, in fine, il fatto più illustre che si conosca, non è facilmente intelligibile se non la si considera come risultato di una divina polemica anteriore ai tempi, tra il principio del bene e qualche altro principio oscuro di sinistro e contraddittorio naturale. Dovunque la germinazione di idee fu attiva ed energica, si visse in perpetua polemica, giungendo in occasioni di incomparabile squisitezza culturale a verificarsi questa dentro un solo spirito, così ricco che non aveva bisogno di andare a cercare fuori motivi antagonisti. Così il dilettevole Renan amava lasciare che disputassero tra sé i lobi del suo cervello.
Ma qui, dove tanto snervata abbiamo l’ideazione, sono necessarie tutte queste ragioni per rivendicare l’uso della polemica e ancor più necessarie per mostrare che non mi mancano amore né fede nei risultati quando vi ricorro.
Se dicessi, però, che è il signor Maura il nemico che io avrei preferito trovare, non direi la verità. Nei riti festivi della vita parlamentare si è visto il signor Maura y Gamazo condurre i cori della gioventù conservatrice, e bisogna riconoscere che questo chiaro ufficio di corego gli corrisponde più per conquista che per eredità. Io non conduco coro alcuno: il mio pensiero va solo e per campi attraversa: nemmeno i liberali —dice il signor Maura— coincidono con me, e mi manca pertanto, la speranza che le mie formule possano trovare risonatori in giro che offrano loro crescita ed espansione. Le sue affermazioni, in cambio, nascono con un sicuro avvenire. Lottiamo con armi ineguali.
Inoltre, la polemica non può essere molto feconda quando i disputanti sono eccessivamente eterogenei, come ora accade. Leggendo l’articolo riferito ho notato che il metodo spirituale predominante nel signor Maura è il metodo parlamentare. La mia vita, al contrario, mi è andata portando per luoghi dove si acquistano altri abiti della mente. L’affezione e il convincimento mi hanno abituato a manovrare fuori di ciò che il signor Maura chiama la realtà: è più, quella realtà mi interessa molto mediocremente e solo in secondo luogo, come materia per l’idealità. È il signor Maura, in una parola, un politico e dei più intelligenti nel senso attuale, corrente della parola, mentre io mi sono conformato tempo fa a occupare nella repubblica spagnola uno dei posti vacanti di collezionista di filosofemi, di estraente di quintessenze.
Con tutti questi svantaggi da parte mia, che conviene far constare, mi affretto a accorrere dove il signor Maura mi cita. E giungo alla polemica, e il primo lance che mi accade mi mette in perplessità, perché, a parlare sinceramente, io non so su che cosa verta la disputa. Discutevano una volta due amici di pittura e in tutti i giudizi convennero, salvo nella musica di Wagner. Cosa analoga ci accade ora a noi: il signor Maura è d’accordo con me in tutti i punti essenziali, salvo in uno, del quale io non ho mai parlato: che il partito conservatore deve continuare nel potere.
Partendo dal fatto di essere ottusa in Spagna l’emozione liberale, tentavo io nel mio saggio una ricostruzione del liberalismo, che è un’idea scientifica, pura e semplicemente filosofica, lasciando ai politici la fatica di definire il programma che conforme a quella visione del mondo corrisponde a un partito liberale, e segnando un orientamento nell’idea socialista.
Dopo che il signor Maura ha letto le mie divagazioni su questo argomento con tutta l’attenzione esigibile, sebbene non con tutta la desiderabile, si è divertito a comporre loro un contrappunto parlamentare. Mi rincresce che non abbia seguito il piano in cui io collocavo i problemi, e, dando alle mie parole un significato popolare, abbia convertito una questione di Storia universale e di Filosofia pratica in un tema momentaneo, analogo a quelli che occupano oggi le discussioni del Congresso; ma in questa razza spagnola formata da una distratta moltitudine di solitari, dove nessuno guarda con interesse l’opera del prossimo, è molto da ringraziare —e io lo ringrazio— l’impeto con cui il signor Maura è entrato nei miei paragrafi, glossandoli e assimilandoseli.
La tesi principale del mio saggio era che i partiti liberali nella storia universale, sono partiti di frontiera della rivoluzione, o non sono nulla, prendendo la parola rivoluzione nel senso di variazione costituzionale di uno Stato. Con questa tesi, con le conseguenze che da essa traggo e le prove in cui la fondo, si mostra finora conforme il signor Maura. La divergenza tra entrambi non mi sembra, dunque, oriunda di nessuna questione dogmatica, di nessuna affermazione determinata; è forse più profonda e più complessa. Forse, la divergenza proviene, come prima dicevo, da un antagonismo tra due metodi spirituali. Vediamolo.
Proponevo io una definizione di liberalismo, affinché il lettore non si inducesse in errore e non credesse che per tale intendessi il cuore sentimentale del signor Moret né il più ardue del signor Canalejas. Le mot libéralisme représente assez bien pour moi la formule du plus haut développement de l’humanité, diceva Renan, a cui tante volte conviene ricordare. Avrei potuto anche dire io «progressismo»; ma questo vocabolo, che indica perenne avanzamento, non esprime bastantemente la norma secondo la quale si deve avanzare. Non c’è più che un progresso, il progresso in libertà; tutti gli altri cambiamenti e successi che accadono nell’universo sono avanzamenti soltanto quando favoriscono l’espansione della libertà. Se ci fosse solo natura, il fatto più illustre sarebbe, in realtà, futile e potrebbe permutarsi con qualsiasi altro. Ma dalla vibrazione bruta dell’etere trascende come un aroma il mondo più sottile della cultura. C’è nella Cambria una laguna di acque morte, che dà nei pomeriggi d’estate vapori malinconici, tra i quali, secondo la leggenda, giungono suoni d’arpa e voci di bardi, che cantano gli eroi virtuosi.
Non c’è solo natura, fatti, legge di causalità; c’è anche cultura, idee, legge di libertà. Ma, che cos’è libertà?
C’è una Libertà, con maiuscola, venivo a dire, una libertà generica, l’idea di libertà; e, poi, un’infinità di libertà con minuscola, di libertà specifiche, che si sussumono in quella. Non valgono lo stesso idea e concetto. Il concetto è l’insieme di note caratteristiche, che si astrae e si distilla dai casi naturali analoghi, per formare un tipo. L’idea, al contrario, non si astrae, non si ottiene da una realtà, da qualcosa di esistente, ma è il filo di Arianna che ci guida per le terre irreali della moralità o dell’arte. Ci formiamo concetti di ciò che esiste; ci facciamo un’idea di ciò che non esiste. Né il dovere né la bellezza esistono nella realtà; non sono pietre né animali; esistono solo nell’idea. Più chiaro: il mondo dove abitano le idee, nascono, si fecondano e si succedono, è l’Ideale. L’Ideale e la realtà sono due mondi adiacenti, risultato entrambi di leggi scientifiche.
Per questo mi è sembrato peregrino che il signor Maura dica: «Che cos’è ideale morale? Chi lo definisce? La maggioranza, senza dubbio». Mi rincresce una volta di più il prurito parlamentare di questo uomo giovane e intelligente, che vuole far passare tutte le tragedie metafisiche della Storia universale per lo stretto canale del Diario delle Sedute. Ebbene, non arriva a preferire i nomi di sinistre e destre, che hanno nella lingua un’origine periferica, contingente, dovuta a un capriccio semantico, a quelli di liberali e conservatori, parole perfette, che restano fedeli alla significazione della loro radice?
¿Qué es eso de que la mayoría define el ideal moral? Si hubiera el señor Maura contestado a su propia pregunta primera, habría advertido que ideal moral no es más que ley moral y ley es el resultado de la ciencia. El ideal moral es, pues, definido por la ciencia moral. La intervención de la mayoría, sea parlamentaria, sea popular, en esa definición, téngola por funesta y no poco absurda.
Lo que ha inducido al señor Maura a cometer esta indelicadeza filosófica ha sido el anhelo de pisar pronto la realidad, que para el diputado conservador se confunde con el salón de conferencias. La seguridad que siente cuando llega a esa realidad le ha ofuscado un tanto, y le ha hecho tergiversar mis pensamientos. Decía yo que el teorizador del liberalismo tiene que estar fuera de la realidad actual, ya que se pone en una futura y en su nombre demanda la reforma de la presente. El teorizador del liberalismo es, pues, confesadamente, un teorizador: no pretende ser otra cosa. Pero el señor Maura se ha asustado: le ha parecido ver ya un tropel de teorizadores de este jaez, irrumpiendo la ociosidad ocupada del Gobierno conservador. Ese teorizador, escribe, «no puede ser un gobernante, será un pedagogo». Naturalmente, «La Reforma liberal» no era sino un ensayo de pedagogía política, en el sentido moral de esta palabra.
No he de seguir una a una las inexactitudes de interpretación: al cabo el señor Maura declara acertada mi teoría del liberalismo, y muy agudamente quiere completarla con una teoría de la reforma conservadora. Creo que puede concretarse su razonamiento de esta manera: los partidos en cuanto entidades parlamentarias no tienen otro papel que recoger el contenido espiritual de aspiraciones populares —esto es lo que confunde con mi ideal moral— y procurar satisfacerlo. Es así que, como reconoce el señor Ortega y Gasset, no hay en el pueblo aún aspiraciones de nuevo liberalismo, luego hoy no es posible otra labor gubernativa que la conservadora. ¿Cuál es esta labor? Muy sencilla: las libertades del antiguo liberalismo no son aún realidad: son letra escrita, pero no viva. Es preciso que encarnen la realidad: tal es la reforma conservadora.
Parece curiosa esta afición que han mostrado los conservadores en los últimos tiempos a referirse al pueblo. El motivo es claro: se encuentran —como hacía yo constar en mi primer artículo— con que el pueblo español no existe políticamente: el número de intelectuales es tan escaso que no puede formar una masa bastante para que se le llame pueblo. Así puede afirmarse de él lo que cada cual guste, seguro de no ser contradicho: «Coméis —clamaba Oseas a los sacerdotes— de los sacrificios que me ofrece mi pueblo y estáis ansiosos de sus pecados». El otro, el verdadero pueblo, es aquella porción nacional que no sabe lo que quiere, porque si lo supiera holgaba la otra porción nacional, cuya virtud es pura, sencilla y exclusivamente hacer que el pueblo quiera una cosa racional, provechosa y de fecundo porvenir. De aquí que la función central de la Política deba ser la educación. Lo grande, lo único, lo que de sacratísimo hay en el pueblo es esa inconsciencia, esa indiferencia sobrehistórica: pueblo es lo instintivo en la vida de cada nación, lo indeterminado histórico a determinar por la cultura. Ahora bien, un instinto es lo opuesto a una voluntad y mucho más a una voluntad racional, científica. Ideal moral es la ley científica de la voluntad, no nada indeciso y utópico. No hay, por tanto, derecho a hablar de ideales morales del pueblo. El pueblo que tiene moral es el señor Maura, soy yo, son una porción de gentes intelectualmente responsables y que estén dispuestas a discutir la solidez apodíctica de sus afirmaciones políticas. Al cabo de los siglos la Humanidad va logrando completar, afirmar esta disciplina de discusiones que llamamos ciencia, gracias a la cual se consigue un mínimum de pérdida en lo que atañe a la precisión y a las garantías de certidumbre. Sacar la cuestión de ese terreno y llevarla a otros más vagos, donde no hay asidero ni rectificación, es éticamente ilícito.
¿No he partido yo mismo de que en España faltan por completo ideas políticas? Precisamente porque no tiene nuestra raza un ideal moral, me siento dolorido y clamo a los que tengan corazón limpio para que vengan a inyectárselo en los nervios. Precisamente porque España es inculta necesita un ideal de cultura. ¿Por qué no es realidad la libertad del voto? El sufragio universal es el vehículo de la cultura popular, es el derecho a que se puede recurrir cuando se quiere fomentar una idea política: mientras no exista esa idea el vehículo irá vacío, será cauce de un río muerto, será el puente de Coria bajo el cual no fluye agua, pero será lo único que le corresponde ser: un derecho de recurrir a un principio legal que garantice una acción política. Para que una reforma efectiva de la Constitución sea posible, basta con que las reformas constitucionales estén escritas. Reclamar otra realidad para un derecho será malicioso empirismo; pero no tiene sentido. Hoy hay en España realmente libertades políticas, puesto que yo puedo hacerlas valer. Si el pueblo no usa del sufragio universal es porque no tiene ideas políticas. Y el papel del liberalismo en renacimiento había de ser justamente dárselas.
En España no hay sino conservadores, he dicho y repito; pero esto no quiere decir que nuestro pueblo sea conservador. España no es nada; es una antigua raza berberisca, donde hubo algunas mujeres hermosas, algunos hombres bravos y algunos pintores de retina genial. Mas por su alma no han pasado ni Platón, ni Newton, ni Kant, y con una terquedad incomprensible viene cometiendo, desde hace tres siglos, el gran pecado contra el Espíritu Santo: la incultura, el horror a las ideas y a las teorías. No me importa el ideal que hoy tenga nuestro pueblo; sólo me importa el que debe tener. ¿Que España está aún adherida al liberalismo del siglo XIX? Razón de sobra para que sea necesario aquí, más que en otro lugar, el nuevo y más completo. Advierte el Corán, con cernidísima sapiencia histórica, que sólo se salvarán los buenos judíos y cristianos anteriores a Mahoma; pero no los que luego de la venida de éste vivan sin confesarse mahometanos.
El nuevo liberalismo es un deber; no es una comodidad. Y anticipar ideales y educar según ellos los corazones, constituye la misión impersonal, que sin ensoberbecer, obliga, impuesta por el Demiurgo que ordena la Historia a los pensadores de cada pueblo. Por eso no queremos reformar las costumbres sino cultivar las ideas.
Como mis intenciones no son de política, sino de Política, no oculto la irrealidad de ellas. Esa realidad tan buscada por los hombres que aspiran a las subsecretarías y a los ministerios, me interesa mediocremente; la misma realidad española me sería indiferente si no creyera que nos han puesto en ella para que la idealicemos y moralicemos. No sé si mi generación es patriota; pero no es acertado caracterizar mis pensamientos como de tal. ¿Es patriota el que antepone la patria a todo lo demás? Entonces yo no lo soy: si tuviera alguna vez que elegir entre la patria y la discreción, no habría de dudar y seguiría las solicitaciones de ésta. Mi liberalismo lo exige: me importa más Europa que España, y España sólo me importa si integra espiritualmente Europa. Soy, en cambio, patriota, porque mis nervios españoles, con toda su herencia sentimental, son el único medio que me ha sido dado para llegar a europeo. Ni tristeza, ni melancolía me produce ser español: es más, creo que España tiene una misión europea, de cultura, que cumplir; veo en ella un campo donde hay más faena por acabar que en otros dentro de esta grande obra del progreso moral.
No preguntes por qué puerta
a la ciudad de Dios entras,
dice una amonestación de Goethe, en el Diván. Es también un deber ser español; a golpes seculares de cincel va Europa labrando la icona varia de la humanidad futura, y esa imagen tiene que tener alguna facción celtíbera.
De aquí parte mi convicción de que España no tendrá vida íntima, no será consciente de sus propias entrañas, no asegurará su existencia mientras no se preocupe de lo universalmente justo, verdadero y bello.
El estigma de nuestra historia ha sido la carencia de preocupaciones universales. Hemos realizado hechos universalmente conocidos, pero no hemos cumplido acciones de fecundidad universal. No hemos iniciado reformas, ni renacimientos ni revoluciones. Hemos sido más españoles que hombres. Y es preciso que al cabo deje de colgar España, en el mapa moral del mismo modo que en el geográfico, como una piltrafa de Europa. Si con este sobrepatriotismo puedo ser llamado patriota, lo soy.
What is this that the majority defines the moral ideal? If señor Maura had answered his own first question, he would have noticed that moral ideal is nothing more than moral law and law is the result of science. The moral ideal is, then, defined by moral science. The intervention of the majority, whether parliamentary, whether popular, in that definition, I hold it to be baneful and not a little absurd.
What has induced señor Maura to commit this philosophical indelicacy has been the longing to soon tread reality, which for the conservative deputy is confounded with the lecture hall. The security he feels when he arrives at that reality has somewhat blinded him, and has made him twist my thoughts. I was saying that the theorist of liberalism has to be outside the actual reality, since he places himself in a future one and in its name demands the reform of the present. The theorist of liberalism is, then, confessedly, a theorist: he does not pretend to be anything else. But señor Maura has taken fright: it has seemed to him to see already a troop of theorists of this stamp, breaking into the occupied leisure of the conservative Government. That theorist, he writes, “cannot be a governor, he will be a pedagogue.” Naturally, “The Liberal Reform” was nothing but an essay of political pedagogy, in the moral sense of this word.
I shall not follow one by one the inexactitudes of interpretation: in the end señor Maura declares my theory of liberalism correct, and very acutely wants to complete it with a theory of the conservative reform. I believe his reasoning can be made concrete in this manner: the parties as parliamentary entities have no other role than to gather the spiritual content of popular aspirations —this is what he confounds with my moral ideal— and procure to satisfy it. Thus, as señor Ortega y Gasset recognizes, there are not yet in the people aspirations of new liberalism, hence today no other governmental labor is possible than the conservative. What is this labor? Very simple: the liberties of the old liberalism are not yet reality: they are written letter, but not living. It is necessary that they incarnate reality: such is the conservative reform.
Curious seems this fondness that the conservatives have shown in recent times for referring to the people. The motive is clear: they find themselves —as I was noting in my first article— with the fact that the Spanish people does not exist politically: the number of intellectuals is so scarce that it cannot form a mass sufficient for it to be called people. Thus one can affirm of it whatever each one pleases, sure of not being contradicted: “You eat —cried Hosea to the priests— of the sacrifices that my people offers me and you are eager for its sins.” The other, the true people, is that national portion which does not know what it wants, because if it knew, the other national portion would be superfluous, whose virtue is pure, simple and exclusively to make the people want a rational thing, profitable and of fecund future. From here that the central function of Politics should be education. The great, the unique, the most sacred thing there is in the people is that unconsciousness, that suprahistorical indifference: people is the instinctive in the life of each nation, the historically indeterminate to be determined by culture. Now, an instinct is the opposite of a will and much more of a rational, scientific will. Moral ideal is the scientific law of the will, not something indecisive and utopian. There is, therefore, no right to speak of moral ideals of the people. The people that has morality is señor Maura, am I, are a portion of intellectually responsible people who are willing to discuss the apodictic solidity of their political affirmations. At the end of the centuries Humanity is managing to complete, to affirm this discipline of discussions that we call science, thanks to which a minimum of loss is achieved in what pertains to precision and to the guarantees of certainty. To take the question out of that ground and carry it to other vager ones, where there is no hold nor rectification, is ethically illicit.
Have I not myself set out from the fact that in Spain political ideas are completely lacking? Precisely because our race has no moral ideal, I feel pained and I cry out to those who have a clean heart to come and inject it into their nerves. Precisely because Spain is uncultured it needs an ideal of culture. Why is the freedom of the vote not a reality? Universal suffrage is the vehicle of popular culture, it is the right to which one can have recourse when one wants to foster a political idea: while that idea does not exist the vehicle will go empty, it will be the bed of a dead river, it will be the bridge of Coria under which no water flows, but it will be the only thing that it befits it to be: a right of recourse to a legal principle that guarantees a political action. For an effective reform of the Constitution to be possible, it suffices that the constitutional reforms be written. To claim another reality for a right will be malicious empiricism; but it has no sense. Today there really are in Spain political liberties, since I can make them prevail. If the people does not use universal suffrage it is because it has no political ideas. And the role of liberalism in renaissance had to be precisely to give them to it.
In Spain there are only conservatives, I have said and I repeat; but this does not mean that our people is conservative. Spain is nothing; it is an ancient Berber race, where there were some beautiful women, some brave men and some painters of genial retina. But through its soul there have passed neither Plato, nor Newton, nor Kant, and with an incomprehensible stubbornness it has been committing, for three centuries, the great sin against the Holy Spirit: unculture, the horror of ideas and theories. I do not care the ideal our people has today; I only care the one it should have. That Spain is still adhered to the liberalism of the nineteenth century? All the more reason for it to be necessary here, more than in another place, the new and more complete one. The Koran warns, with the most sieved historical wisdom, that only the good Jews and Christians anterior to Mahomet will be saved; but not those who after his coming live without confessing themselves Mahometans.
The new liberalism is a duty; it is not a comfort. And to anticipate ideals and educate hearts according to them constitutes the impersonal mission, which without making proud, obliges, imposed by the Demiurge that orders History upon the thinkers of each people. For that reason we do not want to reform customs but to cultivate ideas.
As my intentions are not of politics, but of Politics, I do not hide their unreality. That reality so much sought by the men who aspire to the undersecretarieships and the ministries interests me mediocrely; the Spanish reality itself would be indifferent to me if I did not believe that they have placed us in it so that we idealize and moralize it. I do not know if my generation is patriotic; but it is not right to characterize my thoughts as such. Is he a patriot who places the fatherland above everything else? Then I am not: if I ever had to choose between the fatherland and discretion, I would not have to doubt and would follow the solicitations of the latter. My liberalism demands it: Europe matters to me more than Spain, and Spain matters to me only if it spiritually integrates Europe. I am, on the other hand, a patriot, because my Spanish nerves, with all their sentimental inheritance, are the only means that has been given me to arrive at being European. Neither sadness, nor melancholy does being Spanish produce in me: what is more, I believe that Spain has a European mission, of culture, to fulfill; I see in it a field where there is more work to finish than in others within this great work of moral progress.
Ask not through which door
into the city of God you enter,
says an admonition of Goethe, in the Divan. It is also a duty to be Spanish; with secular blows of chisel Europe is carving the various icon of future humanity, and that image has to have some Celtiberian feature.
From here comes my conviction that Spain will have no intimate life, will not be conscious of its own entrails, will not secure its existence as long as it does not concern itself with the universally just, true and beautiful.
The stigma of our history has been the lack of universal concerns. We have carried out universally known deeds, but we have not fulfilled actions of universal fecundity. We have not initiated reforms, nor renaissances nor revolutions. We have been more Spanish than men. And it is necessary that at length Spain cease to hang, on the moral map just as on the geographical, like a shred of Europe. If with this over-patriotism I can be called a patriot, I am.
Che cos’è codesto che la maggioranza definisce l’ideale morale? Se il signor Maura avesse risposto alla sua propria prima domanda, avrebbe notato che ideale morale non è più che legge morale e legge è il risultato della scienza. L’ideale morale è, dunque, definito dalla scienza morale. L’intervento della maggioranza, sia parlamentare, sia popolare, in quella definizione, la tengo per funesta e non poco assurda.
Ciò che ha indotto il signor Maura a commettere questa indelicatezza filosofica è stato l’anelito di calcare presto la realtà, che per il deputato conservatore si confonde con il salone di conferenze. La sicurezza che sente quando arriva a quella realtà lo ha offuscato alquanto, e lo ha fatto travisare i miei pensieri. Dicevo io che il teorizzatore del liberalismo deve stare fuori dalla realtà attuale, giacché si mette in una futura e in suo nome domanda la riforma della presente. Il teorizzatore del liberalismo è, dunque, confessatamente, un teorizzatore: non pretende essere altra cosa. Ma il signor Maura si è spaventato: gli è sembrato di vedere già una frotta di teorizzatori di questa risma, irrompere l’oziosità occupata del Governo conservatore. Quel teorizzatore, scrive, «non può essere un governante, sarà un pedagogo». Naturalmente, «La Riforma liberale» non era che un saggio di pedagogia politica, nel senso morale di questa parola.
Non ho da seguire una a una le inesattezze di interpretazione: alla fine il signor Maura dichiara azzeccata la mia teoria del liberalismo, e molto acutamente vuole completarla con una teoria della riforma conservatrice. Credo che si possa concretare il suo ragionamento in questa maniera: i partiti in quanto entità parlamentari non hanno altro ruolo che raccogliere il contenuto spirituale di aspirazioni popolari —questo è ciò che confonde con il mio ideale morale— e procurare di soddisfarlo. È così che, come riconosce il signor Ortega y Gasset, non ci sono ancora nel popolo aspirazioni di nuovo liberalismo, quindi oggi non è possibile altra fatica governativa che la conservatrice. Qual è questa fatica? Molto semplice: le libertà del vecchio liberalismo non sono ancora realtà: sono lettera scritta, ma non viva. È necessario che incarnino la realtà: tale è la riforma conservatrice.
Sembra curiosa questa affezione che hanno mostrato i conservatori negli ultimi tempi a riferirsi al popolo. Il motivo è chiaro: si trovano —come facevo constare nel mio primo articolo— con che il popolo spagnolo non esiste politicamente: il numero degli intellettuali è così scarso che non può formare una massa bastante perché la si chiami popolo. Così si può affermare di esso ciò che ciascuno voglia, sicuri di non essere contraddetti: «Voi mangiate —gridava Osea ai sacerdoti— dei sacrifici che mi offre il mio popolo e siete avidi dei suoi peccati». L’altro, il vero popolo, è quella porzione nazionale che non sa ciò che vuole, perché se lo sapesse sarebbe superflua l’altra porzione nazionale, la cui virtù è pura, semplice ed esclusivamente far sì che il popolo voglia una cosa razionale, proficua e di fecondo avvenire. Di qui che la funzione centrale della Politica debba essere l’educazione. Il grande, l’unico, ciò che di sacratissimo c’è nel popolo è quella incoscienza, quella indifferenza sovrastorica: popolo è ciò di istintivo nella vita di ogni nazione, l’indeterminato storico da determinare per la cultura. Ora, un istinto è l’opposto di una volontà e molto più di una volontà razionale, scientifica. Ideale morale è la legge scientifica della volontà, non nulla di indeciso e utopico. Non c’è, quindi, diritto a parlare di ideali morali del popolo. Il popolo che ha morale è il signor Maura, sono io, sono una porzione di genti intellettualmente responsabili e che siano disposte a discutere la solidità apodittica delle loro affermazioni politiche. Al cabo dei secoli l’Umanità va riuscendo a completare, affermare questa disciplina di discussioni che chiamiamo scienza, grazie alla quale si consegue un minimum di perdita in ciò che attiene alla precisione e alle garanzie di certezza. Portare la questione fuori di quel terreno e portarla ad altri più vaghi, dove non c’è appiglio né rettificazione, è eticamente illecito.
Non sono partito io stesso dal fatto che in Spagna mancano completamente idee politiche? Precisamente perché la nostra razza non ha un ideale morale, mi sento dolorante e clamo a quelli che abbiano cuore pulito perché vengano a iniettarglielo nei nervi. Precisamente perché la Spagna è incolta ha bisogno di un ideale di cultura. Perché non è realtà la libertà del voto? Il suffragio universale è il veicolo della cultura popolare, è il diritto a cui si può ricorrere quando si vuole fomentare un’idea politica: finché non esista quell’idea il veicolo andrà vuoto, sarà letto di un fiume morto, sarà il ponte di Coria sotto il quale non scorre acqua, ma sarà l’unica cosa che gli corrisponde di essere: un diritto di ricorrere a un principio legale che garantisca un’azione politica. Perché una riforma effettiva della Costituzione sia possibile, basta con che le riforme costituzionali siano scritte. Reclamare un’altra realtà per un diritto sarà malizioso empirismo; ma non ha senso. Oggi c’è in Spagna realmente libertà politiche, poiché io posso farle valere. Se il popolo non usa del suffragio universale è perché non ha idee politiche. E il ruolo del liberalismo in rinascimento doveva essere appunto dargliele.
In Spagna non ci sono che conservatori, ho detto e ripeto; ma questo non vuol dire che il nostro popolo sia conservatore. La Spagna non è nulla; è un’antica razza berbera, dove ci furono alcune donne belle, alcuni uomini coraggiosi e alcuni pittori di retina geniale. Ma per la sua anima non sono passati né Platone, né Newton, né Kant, e con una testardaggine incomprensibile viene commettendo, da tre secoli, il gran peccato contro lo Spirito Santo: l’incultura, l’orrore alle idee e alle teorie. Non mi importa l’ideale che oggi abbia il nostro popolo; mi importa solo quello che deve avere. Che la Spagna sia ancora aderita al liberalismo del XIX secolo? Ragione di soverchio perché sia necessario qui, più che in altro luogo, il nuovo e più completo. Avverte il Corano, con crivellatissima sapienza storica, che si salveranno solo i buoni ebrei e cristiani anteriori a Maometto; ma non quelli che dopo la venuta di questo vivano senza confessarsi maomettani.
Il nuovo liberalismo è un dovere; non è una comodità. E anticipare ideali ed educare secondo essi i cuori, costituisce la missione impersonale, che senza inorgoglire, obbliga, imposta dal Demiurgo che ordina la Storia ai pensatori di ogni popolo. Per questo non vogliamo riformare i costumi ma coltivare le idee.
Poiché le mie intenzioni non sono di politica, ma di Politica, non nascondo l’irrealtà di esse. Quella realtà tanto cercata dagli uomini che aspirano alle sottosegreterie e ai ministeri, mi interessa mediocremente; la stessa realtà spagnola mi sarebbe indifferente se non credessi che ci hanno messo in essa perché la idealizziamo e moralizziamo. Non so se la mia generazione è patriota; ma non è azzeccato caratterizzare i miei pensieri come di tale. È patriota colui che antepone la patria a tutto il resto? Allora io non lo sono: se dovessi qualche volta scegliere tra la patria e la discrezione, non avrei da dubitare e seguirei le sollecitazioni di questa. Il mio liberalismo lo esige: mi importa più Europa che Spagna, e la Spagna mi importa solo se integra spiritualmente l’Europa. Sono, in cambio, patriota, perché i miei nervi spagnoli, con tutta la loro eredità sentimentale, sono l’unico mezzo che mi è stato dato per giungere a europeo. Né tristezza, né malinconia mi produce essere spagnolo: è più, credo che la Spagna ha una missione europea, di cultura, da compiere; vedo in essa un campo dove c’è più lavoro da finire che in altri dentro questa grande opera del progresso morale.
Non chiedere per quale porta
nella città di Dio entri,
dice un’ammonizione di Goethe, nel Divano. È anche un dovere essere spagnolo; a colpi secolari di scalpello va l’Europa scolpendo l’icona varia dell’umanità futura, e quella immagine deve avere qualche fattezza celtibera.
Di qui parte la mia convinzione che la Spagna non avrà vita intima, non sarà cosciente delle proprie viscere, non assicurerà la sua esistenza finché non si preoccupi dell’universalmente giusto, vero e bello.
Lo stigma della nostra storia è stata la carenza di preoccupazioni universali. Abbiamo realizzato fatti universalmente conosciuti, ma non abbiamo compiuto azioni di fecondità universale. Non abbiamo iniziato riforme, né rinascimenti né rivoluzioni. Siamo stati più spagnoli che uomini. Ed è necessario che alla fine la Spagna cessi di pendere, nella mappa morale così come nella geografica, come un brandello d’Europa. Se con questo sovrapatriottismo posso essere chiamato patriota, lo sono.
¿Hay algún partido político que traiga a la raza española esas emociones universales, cosmopolitas? No, ciertamente. Para mí, en consecuencia, todos los partidos actuales son conservadores. Si, como indica el señor Maura, su partido se contenta con ir componiendo reglamentos que presten yo no sé qué burocrática realidad a lo que por definición es irreal: la cultura, el progreso, el ánimo libre, la historia universal se olvidará de él en sus índices. Y sólo le quedará una historia a que recurrir: la historia natural, donde se estudia al hombre en sus instintos y se clasifican las degeneraciones físicas de las razas.
Y en tanto continúa ese partido instintivo en el Gobierno, y luego que caiga, seguiré creyendo que cuando unas libertades logradas no se practican es porque hacen falta otras, y que para hallar éstas hay que buscar guion en el ideal moral de la Libertad, de la justicia progresiva de los códigos. Los derechos son el esqueleto de la organización social, a lo sumo el cuerpo, y conviene tener un alma que mueva los antiguos huesos, y creando las fibras de nuestra carne, nos sirva al menos —como decía Crisipo el estoico— de sal que impida su corrupción.
Para concluir, permítame el señor Maura que niegue una afirmación suya, según la cual la libertad en toda Europa se ha hecho conservadora. En Alemania, en Francia, en Italia, en Inglaterra los liberales se han vuelto conservadores, pero la libertad se ha hecho socialista. Los que se atuvieron a la libertad con minúscula, a las libertades específicas consignadas ya en los códigos, se han encontrado sin nada que hacer, y la lógica les ha obligado a ser conservadores. Los partidarios de la Libertad inexhausta, de la Atenea democrática, han hallado sus graneros espirituales henchidos con nuevas espigas de ideal. La Libertad es la ley de la cultura; cultura es lo que no cabe dentro de la Naturaleza, en la cual reina el principio de la conservación de la energía, de la igualdad entre los trabajos latentes y patentes. Ley de cultura no puede ser la conservación de la igualdad; eso será y es materialismo conservador e ingenuamente maquiavélico. El progreso exige que hoy intentemos rebosar la moralidad jurídica de ayer, y mañana la de hoy. Conservar la Libertad es pedir más Libertad, es conservar el progreso de la Libertad. Tal suena el principio analógico, de la conservación de la cultura.
Faro, 8 de marzo de 1908
Is there any political party that brings to the Spanish race these universal, cosmopolitan emotions? No, certainly. For me, consequently, all the present parties are conservative. If, as señor Maura indicates, his party contents itself with going composing regulations that lend I know not what bureaucratic reality to what by definition is unreal: culture, progress, the free spirit, universal history will forget it in its indexes. And only one history will remain to it to have recourse: natural history, where man is studied in his instincts and the physical degenerations of the races are classified.
And while that instinctive party continues in the Government, and after it falls, I shall go on believing that when some liberties achieved are not practiced it is because others are lacking, and that to find them one must seek a guide in the moral ideal of Liberty, of the progressive justice of the codes. The rights are the skeleton of the social organization, at most the body, and it is fitting to have a soul that moves the ancient bones, and creating the fibres of our flesh, serve us at least —as Chrysippus the Stoic said— as salt that impedes its corruption.
To conclude, may señor Maura permit me to deny an affirmation of his, according to which liberty in all Europe has become conservative. In Germany, in France, in Italy, in England the liberals have turned conservatives, but liberty has become socialist. Those who held to liberty with a small letter, to the specific liberties already recorded in the codes, have found themselves with nothing to do, and logic has obliged them to be conservatives. The partisans of the inexhausted Liberty, of the democratic Athena, have found their spiritual granaries filled with new ears of ideal. Liberty is the law of culture; culture is what does not fit within Nature, in which reigns the principle of the conservation of energy, of the equality between latent and patent labors. Law of culture cannot be the conservation of equality; that will be and is materialism conservative and naively Machiavellian. Progress demands that today we attempt to overflow the juridical morality of yesterday, and tomorrow that of today. To conserve Liberty is to ask more Liberty, is to conserve the progress of Liberty. Such sounds the analogical principle, of the conservation of culture.
Faro, 8 March 1908
C’è qualche partito politico che porti alla razza spagnola queste emozioni universali, cosmopolite? No, certamente. Per me, in conseguenza, tutti i partiti attuali sono conservatori. Se, come indica il signor Maura, il suo partito si contenta di andare componendo regolamenti che prestino io non so quale burocratica realtà a ciò che per definizione è irreale: la cultura, il progresso, l’animo libero, la storia universale si dimenticherà di lui nei suoi indici. E gli resterà solo una storia a cui ricorrere: la storia naturale, dove si studia l’uomo nei suoi istinti e si classificano le degenerazioni fisiche delle razze.
E in tanto che continui quel partito istintivo nel Governo, e dopo che cada, seguirò credendo che quando alcune libertà conseguite non si praticano è perché mancano delle altre, e che per trovarle bisogna cercare guida nell’ideale morale della Libertà, della giustizia progressiva dei codici. I diritti sono lo scheletro dell’organizzazione sociale, al massimo il corpo, e conviene avere un’anima che muova le antiche ossa, e creando le fibre della nostra carne, ci serva almeno —come diceva Crisippo lo stoico— di sale che impedisca la sua corruzione.
Per concludere, mi permetta il signor Maura di negare una sua affermazione, secondo la quale la libertà in tutta Europa si è fatta conservatrice. In Germania, in Francia, in Italia, in Inghilterra i liberali si sono volti conservatori, ma la libertà si è fatta socialista. Quelli che si attennero alla libertà con minuscola, alle libertà specifiche già consignate nei codici, si sono trovati senza nulla da fare, e la logica li ha obbligati a essere conservatori. I partigiani della Libertà inesausta, dell’Atena democratica, hanno trovato i loro granai spirituali pieni di nuove spighe d’ideale. La Libertà è la legge della cultura; cultura è ciò che non entra dentro la Natura, nella quale regna il principio della conservazione dell’energia, dell’uguaglianza tra i lavori latenti e patenti. Legge di cultura non può essere la conservazione dell’uguaglianza; quello sarà ed è materialismo conservatore e ingenuamente machiavellico. Il progresso esige che oggi tentiamo di traboccare la moralità giuridica di ieri, e domani quella di oggi. Conservare la Libertà è chiedere più Libertà, è conservare il progresso della Libertà. Tale suona il principio analogico, della conservazione della cultura.
Faro, 8 marzo 1908