Abstract
A journalistic invective against prime minister Allendesalazar, accused of disrespecting Parliament and reducing the art of government to the crudest popular ditties. Topical politics, not philosophy.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
¡Triste espectáculo el que ayer ofreció el Gobierno! Se diría que hasta en los gestos, lastimosos gestos de pelele, con que el pleno del Ministerio iba subrayando las palabras de los oradores amigos, revelaban la deplorable condición a que su propia insensatez política le va reduciendo.
Nosotros, ajenos a todas las tribus políticas, veníamos asistiendo con un silencio benévolo a los traspiés que el Gobierno daba en el pedregoso camino que va recorriendo desde hace más de dos meses. Constantemente hemos apoyado a todos los Gobiernos que se formaban para resolver el difícil problema de la situación económica inmediata. Perdonábamos pecados veniales de los que gobernaban modestamente a España, y a veces llegábamos a perdonar también algunos pecados mortales. Nuestra paciencia, como la de millones de ciudadanos españoles, se iba agotando en este constante sacrificio de compasión hacia el Gobierno.
A tal punto habían llegado las cosas, que todo nos parecía tolerable con tal de que los ministros, incapaces de obras serias y nacionales, diesen cima a la humilde tarea de arreglar unos presupuestos humildísimos o arbitrasen siquiera una fórmula económica para sacar al Parlamento del atolladero en que las torpezas de todos le habían encerrado.
Ésa era nuestra situación de ánimo, hasta que, ayer, la actitud del Gobierno, resumida en la de su presidente, llegó a irritarnos. ¡A nosotros, tan poco dados a la irritación por lo mismo que asistimos al perpetuo fracaso de las mejores ilusiones del país, y hemos habituado el corazón a no sufrir demasiados sobresaltos!
La actitud observada durante la tarde de ayer por el señor Allendesalazar constituye, sencillamente, una falta de respeto al Parlamento y a las más serias funciones políticas. Aun en los momentos menos interesantes de la historia del Parlamento español, se ha exigido a los gobernantes un mínimum de pulcritud y de decoro público, siquiera un poco de buen gusto, de buenas maneras y otro poco de sentido de la responsabilidad. Hombres que parecían Himalayas si se les compara con el «buen señor» que es nuestro veterano señor Allendesalazar, sentían ante las violencias de la oposición y aun ante las injusticias, la necesidad de dar a la polémica y a la defensa del Gobierno un tono de ejemplar seriedad y de respeto hacia el país y hacia el Parlamento. El señor Allendesalazar ha creído que le es posible acolchonarse en su gigantesca despreocupación, y embotar, a fuerza de ampararse en galimatías de la más absurda y grotesca especie, las flechas más afiladas que le puedan lanzar desde los escaños enemigos.
El Parlamento, frente al presidente del Consejo de ministros, nos da una impresión tan extraña como la que nos daría un filósofo alemán si quisiera esclarecer un problema de filosofía discutiendo en alemán con un campesino de Burgos. El filósofo y el Parlamento están condenados a perder el tiempo. Pero, además, el Parlamento, que no tiene aptitud para la sonrisa tranquila como el filósofo, corre el riesgo de desesperarse.
No creemos que el país quiera tolerar tan poca seriedad al frente de los destinos públicos. Presupuestos, fórmula, proyectos económicos, todo nos parece inferior a la necesidad de exigir al Gobierno, y uno a uno a todos los hombres que lo forman, el mínimum de corrección y de respeto público para todas las actitudes parlamentarias, para todos los temas, y para todas las interpretaciones. La socarronería, la burla aldeana, la pirueta bufa ante las realidades políticas, nos parece intolerable en cualquier Corporación municipal de nuestras aldeas, pero en un Gobierno, nos parece sencillamente abominable.
Y del mismo modo, nos parece detestable, condenable, abominable (¿por qué ocultar un solo matiz de nuestro pensamiento?) que hombres inscriptos, aunque caprichosamente por lo visto, en las filas del viejo ejército liberal (muy derrotado y disperso anda ya ese ejército) apoyen esa falta de buen gusto y se adhieran, como la más absurda de las comparserías, a las risas provocadas por el presidente, que ha llegado a cifrar todo su arte de Gobierno en las coplas más plebeyas.
Y estas palabras son —no lo ocultaremos— para los jefes liberales que suponen lícita cualquier posición equívoca con tal de que se salve un rencor personal. Nos parecen necias, insensatas todas las maniobras romanonistas, albistas, prietistas… Pero cuando se lleva en el alma entusiasmo liberal, y llegan momentos de proclamar ese entusiasmo y de lanzarlo como un redoble al país, subordinar el entusiasmo por la libertad a la comedia caricaturesca que se viene representando, es de absoluta ilicitud.
Éste es nuestro juicio acerca del triste espectáculo que ayer dieron en el Parlamento el Gobierno y sus acólitos. Todo se salvó menos la dignidad liberal del país, atropellada a espolazos con la aprobación de este Gobierno que preside el hombre más despreocupado de España.
…En siendo de Zaragoza,
que me llamen lo que quieran
dijo ayer el presidente. Muy bien: pero nosotros le recordaremos los dos primeros versos de la copla.
Porque soy del Arrabal,
me llaman la rabalera…
Y, francamente, para presidir un Ministerio…
Publicado sin firma, El Sol, 18 de febrero de 1920