Ortega y Gasset

Abstract

An article on the fall of the Maura-La Cierva government and the Crown’s error in backing a cabinet with no popular support, discussing the 2 May note on the dissolution decree. Political chronicle.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

El Gobierno, que iba ya malherido con un plomo en el ala, ha venido a caer en el acta de Coria. La elección de este sitio para aterrizar y fenecer tiene un sentido simbólico. Y conste que no lo decimos por el bobo, sino por la puente. Coronada por la mole adusta de su catedral, es nuestra Coria una ciudad bruna y arcaica, puesta sobre una costanilla cuyos pies lame la vena clara de un río. A notable distancia de éste, se eleva en lo seco una puente real; nadie la transita y bajo las grandes curvas de sus ojos fructifican unas huertas de privado beneficio. Así este Gobierno de ahora fue erigido, merced a un error de óptica palatino, lejos de la opinión pública, que, en su vario curso, busca otros cauces y torrenteras.

Hace unas semanas analizábamos el caso estrambótico de que la Corona entregase todo su haber a un Ministerio bajo el cual no pasaba río alguno de popularidad. ¿Quién quiere este Gobierno?, nos preguntábamos. En Palacio se ha creído que media España, cuando menos. El fracaso de los malos consejeros que, por lo visto, tiene el Trono, es manifiesto. A este Gobierno le querían tan sólo algunos rentistas, los jugadores de golf, un tercio de los cuartos de bandera y todas las sacristías. Esto es algo, ciertamente; pero no es un río. Sumando, resulta una mínima parte de los ciudadanos españoles. Las elecciones han facilitado algunas pruebas de ello. Las demás están en el aire y se respiran.

Véase el nocivo resultado que la caprichosa exaltación de este Gabinete ha proporcionado a la Monarquía: una gravísima infracción constitucional, una opresión atroz de las organizaciones obreras, una sembradura de rencillas entre las fuerzas de la derecha, y unas Cortes con que nadie podrá buenamente gobernar. Si no ha sido esto una equivocación garrafal, no sabemos para cuándo se reserva el término.

Pero hay más. Intentando crear usos nuevos, el señor Maura dio en 2 de mayo una nota oficiosa donde, por vez primera, hacía un Gobierno el extracto oficial de un discurso pronunciado por el Rey en el privatissime de un Consejo. Con discutible modestia nos hacía saber el Gabinete que el Rey entregaba sin previas consultas el decreto de disolución por considerar a sus personas la más alta garantía de imparcialidad electoral. Cuando hoy el monarca relea el documento, verá entre esas líneas surgir al señor Goicoechea rodeado magníficamente por la pululación de dos mil delegados. Y cuando anteayer recibiera noticias de la crisis y su ocasión —el acta de un pariente del señor Maura—, es de suponer que en su delicada intimidad, allí donde viene a gravitar la responsabilidad sublime de la historia de un pueblo, habrá resuelto allegar para el futuro consejos más veraces, más serenos, más nacionales, y sobre todo, impedir que vuelva a pasar nunca el camino real por la perínclita puente de Coria.


Y dos palabras sobre un error.

Se ha dicho ayer que el Gobierno había sido derribado por la abstención de los conservadores. Esto es gana de decir. Claro está que si los amigos del señor Dato hubiesen votado en todo caso como un solo Maura, no había medio parlamentario de derruir al Gabinete. Pero el partido conservador no se ha fundido con el ex-Gobierno, y aunque lo hiciera mañana, siempre tendríamos que, dada la actual mecánica del Congreso, la mera ausencia de unos pocos conservadores entregaba atado de pies y manos el Ministerio a las izquierdas. Los abstemios de anteayer indicaron con su actitud que se sumaban en alguna parte a la campaña formalmente abierta contra Maura-La Cierva por liberales, regionalistas, reformistas, republicanos y socialistas. No vemos en qué pueda consistir que un grupo parlamentario derribe a un Ministerio si no es en que logre un día arrastrar consigo a otros elementos de la Cámara.

No se hagan, pues, ilusiones los ministeriales. Son las izquierdas quienes han puesto en derrota al Gobierno, si bien nosotros hubiéramos preferido que más que en un acta hubiesen logrado la victoria en algún otro tema de noble cuantía: por ejemplo, la infracción constitucional cometida con la despótica prórroga del presupuesto.

Todo hace pensar que el Gabinete se sentía ahogado antes de la votación que le ha servido de pretexto para retirarse. Una vez constituidas las Cortes, empezaban las mayores dificultades. Había de discutirse el decreto anticonstitucional susodicho, la crisis de abril, las truculencias de la autoridad contra los obreros de Cataluña y Andalucía, las senadurías vitalicias, etcétera, etcétera. Todos estos asuntos eran de tal gravedad para el Gobierno, que no podía soñar en abordarlos sin una mayoría compacta, aguerrida y formidable.

Suponemos que nadie será lo bastante inocente para aceptar la opinión de los periódicos domésticos del Gobierno dimisionario, donde se atribuye a un azar la caída de éste. Tanto valdría decir que un cuerpo cae por casualidad hacia el centro de la tierra. Desde que vino al mundo este Ministerio, estaba condenado a sucumbir brevemente por ley inexorable de la física política. En rigor, su nacimiento era ya un suicidio.


La solución de la crisis está en las manos que la Constitución determina. No se nos oculta que es difícil el momento. Por culpa de quien sea, los instrumentos de gobernación con que la Corona contaba se han ido inutilizando. La conciencia pública rehúsa su entusiasmo y escatima su fe a conservadores y liberales. Las extremas izquierdas, ayer exhaustas, van hoy henchidas por masas crecientes de ciudadanos. En tales circunstancias, cualquiera desviación en la voluntad de la Corona puede llevar a enormes conflictos. La reciente infracción constitucional fermenta en muchos corazones que hasta ahora prestaban su adhesión a la Monarquía; no se olvide este factor.

Parece, pues, claro que el Trono debe inmediatamente detenerse en la pendiente de anticonstitucionalidad donde le ha puesto el último Gabinete. No vemos que en estas fechas de la Historia pueda la institución monárquica defenderse de los hostiles con otra arma que su propia escrupulosidad.

En suma, la solución tendrá que ser, por el pronto, puramente transitoria. Cuanto más se le vea en la cara esta humilde condición, mejor llenará su fin. Estamos como en diciembre, y si esto es así, no se pretenda, por una ficción violenta, suponer que estamos de otra manera. Con estas Cortes sólo se podrá, en una hora de benevolencia, resolver sumariamente la cuestión económica. Luego…

Luego, ¿por qué no otras Cortes? Las gentes hipócritas han dado en espantarse siempre que se habla de hacer frecuentes los grandes plebiscitos nacionales. Y sin embargo, allí donde el régimen parlamentario ha llegado al clasicismo y ha rendido mejores cosechas, en Inglaterra, es donde encontramos con más frecuencia disoluciones de Parlamentos que se suceden vertiginosamente unas a otras. No se diga, pues, que es imposible una pronta renovación de las Cámaras. No hay otro medio de llegar a aquéllas con que se podrá gobernar sino dando ocasión a que el cuerpo electoral se regule a sí mismo. Esto sería, a la vez, lo liberal, lo moderno y lo serio. Ahora, un Gobierno de cortesía, y en octubre, disolución.

¿No? Pues hablemos claro. Cuanto no sean soluciones de carácter parlamentario sólo servirán para enfrontar a la Monarquía con las fuerzas ascendentes de la política española, que son, en definitiva, y con uno u otro rodeo, las mismas fuerzas sociales que toman la dirección de la Historia.

Es posible que gentes irreflexivas aconsejen a la Corona algún desvío del Parlamento. Pues bien, nosotros, que hemos hecho y hacemos, por razones muy otras de las que ahora importan, la crítica de la institución parlamentaria, nos permitimos decir que hoy los tronos no tienen otro reducto que los ampare fuera del Parlamento. Todo lo demás en torno no es sino revolución.

Y esta idea, que podría ser expresada en forma tonitruante, preferimos que vaya dicha a la sordina. Porque el tiempo, que es tan galantuomo, se encargará con sus hechos de ahorrarnos hoy voces patéticas.

Publicado sin firma, El Sol, 17 de julio de 1919

The Government, which was going already badly wounded with a lead in its wing, has come to fall on the acta of Coria. The election of this site to land and perish has a symbolic sense. And let it be recorded that we do not say it for the fool, but for the bridge. Crowned by the austere bulk of its cathedral, our Coria is a brown and archaic city, set upon a little slope whose feet lick the clear vein of a river. At a notable distance from it, there rises in the dry a royal bridge; no one crosses it and under the great curves of its eyes there fructify some vegetable gardens of private benefit. Thus this present Government was erected, thanks to a palace error of optics, far from public opinion, which, in its varied course, seeks other channels and torrents.

Some weeks ago we analyzed the outlandish case of the Crown delivering all its estate to a Ministry under which no river of popularity passed. Who wants this Government?, we asked ourselves. At the Palace they have believed that half Spain, at the least. The failure of the bad counselors that, to all appearances, the Throne has, is manifest. This Government was wanted only by some rentiers, the golf players, a third of the ensign quarters and all the sacristies. This is something, certainly; but it is not a river. Summing up, it amounts to a minimal part of the Spanish citizens. The elections have provided some proofs of it. The rest are in the air and are breathed.

See the noxious result that the capricious exaltation of this Cabinet has procured to the Monarchy: a most grave constitutional infringement, an atrocious oppression of the workers’ organizations, a sowing of quarrels among the forces of the right, and a Cortes with which no one will be able well to govern. If this has not been a colossal blunder, we do not know for when the term is reserved.

But there is more. Attempting to create new usages, señor Maura gave on 2 May an officious note where, for the first time, a Government made the official extract of a speech pronounced by the King in the privatissimum of a Council. With questionable modesty the Cabinet let us know that the King delivered without previous consultations the decree of dissolution for considering in his persons the highest guarantee of electoral impartiality. When today the monarch rereads the document, he will see among those lines arise señor Goicoechea magnificently surrounded by the swarming of two thousand delegates. And when the day before yesterday he received news of the crisis and its occasion —the acta of a relative of señor Maura—, it is to be supposed that in his delicate intimacy, there where the responsibility sublime of the history of a people comes to gravitate, he will have resolved to gather for the future more truthful, more serene, more national counsels, and, above all, prevent that the royal road ever pass again over the most renowned bridge of Coria.


And two words about an error.

It was said yesterday that the Government had been brought down by the abstention of the conservatives. This is a will to say. Clearly, if the friends of señor Dato had voted in every case as a single Maura, there was no parliamentary means of demolishing the Cabinet. But the conservative party has not fused with the ex-Government, and even if it did tomorrow, we would always have that, given the present mechanics of the Congress, the mere absence of a few conservatives delivered the Ministry bound hand and foot to the left. The abstainers of the day before yesterday indicated with their attitude that they were joining somewhere the campaign formally opened against Maura-La Cierva by liberals, regionalists, reformists, republicans and socialists. We do not see in what it may consist that a parliamentary group brings down a Ministry if not in that it manages one day to drag with it other elements of the Chamber.

Let the ministerialists, then, make no illusions. It is the left that has put the Government to flight, though we should have preferred that more than in an acta they had achieved the victory on some other theme of noble magnitude: for example, the constitutional infringement committed with the despotic prorogation of the budget.

Everything makes one think that the Cabinet felt suffocated before the vote that has served it as pretext to withdraw. Once the Cortes were constituted, the greater difficulties began. The above-mentioned unconstitutional decree had to be discussed, the April crisis, the truculences of the authority against the workers of Catalonia and Andalusia, the life senatorships, etcetera, etcetera. All these affairs were of such gravity for the Government, that it could not dream of approaching them without a compact, battle-hardened and formidable majority.

We suppose that no one will be innocent enough to accept the opinion of the domestic newspapers of the resigning Government, where the fall of the latter is attributed to chance. As much would it be worth to say that a body falls by casualty toward the center of the earth. From the moment this Ministry came into the world, it was condemned to succumb briefly by inexorable law of political physics. In strictness, its birth was already a suicide.


The solution of the crisis is in the hands that the Constitution determines. It is not hidden from us that the moment is difficult. By whose fault it be, the instruments of governance with which the Crown counted have been rendering themselves useless. The public consciousness refuses its enthusiasm and grudges its faith to conservatives and liberals. The extreme left, yesterday exhausted, goes today filled with growing masses of citizens. In such circumstances, any deviation in the will of the Crown can lead to enormous conflicts. The recent constitutional infringement ferments in many hearts that until now lent their adhesion to the Monarchy; let this factor not be forgotten.

It seems, then, clear that the Throne must immediately stop on the slope of unconstitutionality where the last Cabinet has placed it. We do not see that in these dates of History the monarchical institution can defend itself from the hostile with any other weapon than its own scrupulousness.

In sum, the solution will have to be, for the present, purely transitory. The more this humble condition is seen in the face, the better it will fulfill its end. We are as in December, and if this is so, let one not pretend, by a violent fiction, to suppose that we are in another manner. With these Cortes one will only be able, in an hour of benevolence, to resolve summarily the economic question. Then…

Then, why not other Cortes? The hypocritical people have taken to being frightened whenever one speaks of making the great national plebiscites frequent. And nevertheless, where the parliamentary regime has reached classicism and has rendered better harvests, in England, is where we find most frequently dissolutions of Parliaments that succeed one another vertiginously. Let it not be said, then, that a prompt renewal of the Chambers is impossible. There is no other means of arriving at those with which one will be able to govern than by giving occasion for the electoral body to regulate itself. This would be, at once, the liberal, the modern and the serious. Now, a courtesy Government, and in October, dissolution.

No? Well, let us speak clearly. Whatever are not solutions of a parliamentary character will only serve to confront the Monarchy with the ascending forces of Spanish politics, which are, in the end, and by one or another detour, the same social forces that take the direction of History.

It is possible that thoughtless people counsel the Crown some deviation from the Parliament. Well then, we, who have made and make, for reasons very other than those that now matter, the critique of the parliamentary institution, permit ourselves to say that today the thrones have no other redoubt that shelters them outside the Parliament. All the rest around is nothing but revolution.

And this idea, which could be expressed in a thunderous form, we prefer that it go said in a low voice. Because time, which is such a gentleman, will take charge with its deeds of sparing us today pathetic voices.

Published without signature, El Sol, 17 July 1919

Il Governo, che andava già malferito con un piombo nell’ala, è venuto a cadere nell’atto di Coria. L’elezione di questo sito per atterrare e perire ha un senso simbolico. E consti che non lo diciamo per lo sciocco, ma per il ponte. Coronata dalla mole austera della sua cattedrale, è la nostra Coria una città bruna e arcaica, posta sopra una costanilla i cui piedi lambisce la vena chiara di un fiume. A notevole distanza da questo, si eleva nell’asciutto un ponte reale; nessuno lo transita e sotto le grandi curve dei suoi occhi fruttificano degli orti di privato beneficio. Così questo Governo di ora fu eretto, mercé un errore di ottica palatina, lontano dall’opinione pubblica, che, nel suo vario corso, cerca altri letti e torrenti.

Alcune settimane fa analizzavamo lo caso strambottoso che la Corona consegnasse tutto il suo avere a un Ministero sotto il quale non passava fiume alcuno di popolarità. Chi vuole questo Governo?, ci domandavamo. A Palazzo si è creduto che mezza Spagna, quando meno. Il fallimento dei cattivi consiglieri che, a quanto pare, ha il Trono, è manifesto. Questo Governo lo volevano soltanto alcuni rentier, i giocatori di golf, un terzo dei quarti di bandiera e tutte le sacrestie. Questo è qualcosa, certamente; ma non è un fiume. Sommando, risulta una minima parte dei cittadini spagnoli. Le elezioni hanno facilitato alcune prove di ciò. Le altre stanno nell’aria e si respirano.

Si veda il nocivo risultato che la capricciosa esaltazione di questo Gabinetto ha procurato alla Monarchia: una gravissima infrazione costituzionale, un’oppressione atroce delle organizzazioni operaie, una semina di rancori tra le forze della destra, e delle Cortes con cui nessuno potrà benamente governare. Se questo non è stato un errore madornale, non sappiamo per quando si riservi il termine.

Ma c’è di più. Tentando di creare usi nuovi, il signor Maura diede il 2 maggio una nota officiosa dove, per la prima volta, faceva un Governo l’estratto ufficiale di un discorso pronunciato dal Re nel privatissime di un Consiglio. Con discutibile modestia ci faceva sapere il Gabinetto che il Re consegnava senza previe consultazioni il decreto di dissoluzione per considerare nelle sue persone la più alta garanzia di imparzialità elettorale. Quando oggi il monarca rilegga il documento, vedrà tra quelle righe sorgere il signor Goicoechea circondato magnificamente dal pullulare di duemila delegati. E quando ieri l’altro ricevesse notizie della crisi e della sua occasione —l’atto di un parente del signor Maura—, è da supporre che nella sua delicata intimità, là dove viene a gravitare la responsabilità sublime della storia di un popolo, avrà risolto di allegare per il futuro consigli più veritieri, più sereni, più nazionali, e, soprattutto, impedire che torni mai a passare il cammino reale per il perinclito ponte di Coria.


E due parole su un errore.

Si è detto ieri che il Governo era stato abbattuto dall’astensione dei conservatori. Questo è voglia di dire. Chiaro sta che se gli amici del signor Dato avessero votato in ogni caso come un solo Maura, non c’era mezzo parlamentare di demolire il Gabinetto. Ma il partito conservatore non si è fuso con l’ex-Governo, e sebbene lo facesse domani, avremmo sempre che, data l’attuale meccanica del Congresso, la mera assenza di pochi conservatori consegnava legato mani e piedi il Ministero alle sinistre. Gli astenuti di ieri l’altro indicarono con la loro attitudine che si sommavano in qualche parte alla campagna formalmente aperta contro Maura-La Cierva da liberali, regionalisti, riformisti, repubblicani e socialisti. Non vediamo in che cosa possa consistere che un gruppo parlamentare abbatta un Ministero se non è che riesca un giorno a trascinare con sé altri elementi della Camera.

Non si facciano, dunque, illusioni i ministeriali. Sono le sinistre quelle che hanno messo in rotta il Governo, sebbene noi avremmo preferito che più che in un atto avessero conseguito la vittoria in qualche altro tema di nobile entità: per esempio, l’infrazione costituzionale commessa con la dispotica proroga del bilancio.

Tutto fa pensare che il Gabinetto si sentisse soffocato prima della votazione che gli è servita di pretesto per ritirarsi. Una volta costituite le Cortes, cominciavano le maggiori difficoltà. Doveva discutersi il decreto anticostituzionale sopraddetto, la crisi d’aprile, le truculenze dell’autorità contro gli operai di Catalogna e Andalusia, le senatorie vitalizie, eccetera, eccetera. Tutti questi affari erano di tale gravità per il Governo, che non poteva sognare di affrontarli senza una maggioranza compatta, agguerrita e formidabile.

Supponiamo che nessuno sarà abbastanza innocente da accettare l’opinione dei giornali domestici del Governo dimissionario, dove si attribuisce a un caso la caduta di questo. Tanto varrebbe dire che un corpo cade per casualità verso il centro della terra. Da quando venne al mondo questo Ministero, era condannato a soccombere brevemente per legge inesorabile della fisica politica. In rigore, la sua nascita era già un suicidio.


La soluzione della crisi è nelle mani che la Costituzione determina. Non ci si nasconde che è difficile il momento. Per colpa di chi sia, gli strumenti di governazione con cui la Corona contava si sono andati inutilizzando. La coscienza pubblica rifiuta il suo entusiasmo e lesina la sua fede a conservatori e liberali. Le estreme sinistre, ieri esauste, vanno oggi piene di masse crescenti di cittadini. In tali circostanze, qualsiasi deviazione nella volontà della Corona può portare a enormi conflitti. La recente infrazione costituzionale fermenta in molti cuori che finora prestavano la loro adesione alla Monarchia; non si dimentichi questo fattore.

Sembra, dunque, chiaro che il Trono deve immediatamente fermarsi nella china di anticostituzionalità dove l’ha messo l’ultimo Gabinetto. Non vediamo che in queste date della Storia possa l’istituzione monarchica difendersi dagli ostili con altra arma che la sua propria scrupolosità.

In somma, la soluzione dovrà essere, per il momento, puramente transitoria. Quanto più se le veda in faccia questa umile condizione, meglio adempirà il suo fine. Stiamo come a dicembre, e se è così, non si pretenda, per una finzione violenta, supporre che stiamo in altra maniera. Con queste Cortes si potrà solo, in un’ora di benevolenza, risolvere sommariamente la questione economica. Poi…

Poi, perché non altre Cortes? Le genti ipocrite hanno preso a spaventarsi sempre che si parli di rendere frequenti i grandi plebisciti nazionali. E nondimeno, là dove il regime parlamentare è giunto al classicismo e ha reso migliori raccolti, in Inghilterra, è dove troviamo con più frequenza dissoluzioni di Parlamenti che si succedono vertiginosamente le une alle altre. Non si dica, dunque, che è impossibile una pronta rinnovazione delle Camere. Non c’è altro mezzo di giungere a quelle con cui si potrà governare se non dando occasione a che il corpo elettorale si regoli da sé stesso. Questo sarebbe, a un tempo, il liberale, il moderno e il serio. Ora, un Governo di cortesia, e in ottobre, dissoluzione.

No? Ebbene, parliamo chiaro. Quanto non siano soluzioni di carattere parlamentare serviranno solo a mettere di fronte la Monarchia alle forze ascendenti della politica spagnola, che sono, in definitiva, e con l’uno o l’altro giro, le medesime forze sociali che prendono la direzione della Storia.

È possibile che genti irriflessive consiglino alla Corona qualche deviazione dal Parlamento. Ebbene, noi, che abbiamo fatto e facciamo, per ragioni molto altre di quelle che ora importano, la critica dell’istituzione parlamentare, ci permettiamo dire che oggi i troni non hanno altro ridotto che li ampare fuori del Parlamento. Tutto il resto in giro non è che rivoluzione.

E questa idea, che potrebbe essere espressa in forma tonante, preferiamo che vada detta alla sordina. Perché il tempo, che è così galantuomo, si incaricherà con i suoi fatti di risparmiarci oggi voci patetiche.

Pubblicato senza firma, El Sol, 17 luglio 1919