Abstract
A dispatch for La Prensa (1913) on the crisis after Canalejas’s death: the king reappoints the liberals without consultation, the conservatives are dismayed, and Maura withdraws from politics. Ortega reads Maura’s letter as a document representative of an era. Political chronicle.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
La muerte de Canalejas antes de terminarse la discusión de los presupuestos obligaba a mantener un gobierno liberal hasta que concluyera ésta. El conde de Romanones trepó ágilmente a la presidencia, y España comenzó a sentir curiosidad por lo que acontecería en los últimos días de diciembre cuando se planteara a la corona la cuestión de confianza.
Los conservadores entraron en actividad: hicieron en el Senado y luego en el Congreso una ficción de ataque al presupuesto, enviaron su vanguardia a palacio y afirmaron con rotunda certeza que en 1.º de enero serían poder. Así lo creíamos todos. Desde hace cuarenta años gobiernan los conservadores, son los conservadores la Biblia política, la realidad gubernativa, el alfa y el omega de cuanto acaece de parlamento arriba. Los liberales bajo Sagasta han servido sólo de reverso a la medalla, han ejercido una función puramente simétrica. Así creíamos todos lo que los conservadores decían.
La sorpresa fue omnímoda. El rey volvió a encargar del gobierno a los llamados liberales sin creer oportuno realizar las previas consultas a los expresidentes. Algo nuevo comenzaba; parecía como si en la dinámica política se presentara una nueva fuerza insospechada que rompía el sistema tradicional. Cuando menos teníamos delante un hecho: don Alfonso no necesitaba consultar a los políticos y acomodaba dentro del ámbito constitucional sus ideas propias.
La consternación se hizo conservadora como, según el señor Maura había expresado antes, se hiciera conservadora la libertad.
En las filas del partido cundió el enojo aliado del espanto.
No se olvide que la virtud superior de los conservadores era el orgullo y que, en cambio, les ha faltado por completo la duda metódica de sí mismo. Se consideraban de antiguo omnipotentes. De un golpe se les relegaba al extrarradio de la política. Pesaba sobre ellos el mismo destino que sobre Nabucodonosor y como Nabucodonosor perdieron el equilibrio y la continencia.
Al día siguiente, apareció en los periódicos una carta del señor Maura manifestando que se retiraba de la política.
Renunciaba el acta de diputado. Un buen número de amigos próximos renunciaron, asimismo, su representación.
El partido conservador, como tal, como Bastilla poderosa enquistada en la historia española cuarenta años hace, sucumbía.
La consecuencia inmediata era el trastorno de todas las situaciones políticas. Hasta ahora, cada español había adoptado una postura, en vista de cierta realidad misteriosa, de cierto mito central en torno al cual giraba la vida entera de nuestra patria: la voluntad reaccionaria de palacio. Éste era el hito en relación con el cual marcábamos nuestros gestos. Merced a él vivían unos hombres ejerciendo el papel de republicanos, es decir, de gentes que se consideran desligadas de pensamientos sociales concretos, porque, en su opinión, lo primero que había que hacer era derribar la monarquía. Merced a ella había otros hombres llamados liberales, es decir, gentes de pensamiento también vago, pero que hablaban de progresos para no intentarlos y sin firme empeño de intentarlos.
Súbitamente quedaban en cesantía ambos oficios de republicano y de lo hasta aquí llamado liberal. ¿Qué hacer?
Pero antes de responder a esta pregunta es forzoso que comentemos la carta en que el señor Maura se despedía de la vida pública y se reintegraba en su domesticidad. Es un documento representativo, uno de aquellos hechos sugestivos que Taine buscaba por los archivos para con unos pocos de ellos reconstruir toda una época.
La Prensa, 9 de marzo de 1913