Abstract

The last of a series of articles on a new politics: the ethnic shame of 1898, the refusal to explain Spain’s ills by money or hunger — Ortega says the materialist conception of history is proved false precisely in Spain’s case — and a polemic against Maura’s vague use of the word ‘the people’, which must be defined scientifically since it is the matter of politics.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Quisiera terminar con el presente esta serie de artículos sobre una nueva política. Mantengo la plenaria esperanza de que muchos españoles nacidos en la misma época que yo, y abiertos a la curiosidad en sazón que eran puestos los sellos de la justicia histórica sobre nuestra casa solariega, declarada insolvente, sentirán como yo siento, a toda hora, en cada minuto, una vergüenza étnica que les quema las entrañas y les tortura la fantasía. Jamás abandonó a Dickens la visión infantil de los muebles familiares sellados, del hogar intervenido, de su padre alejándose hacia la Mariscalía, prisionero por deudas. Ésta fue la primera emoción política que recibimos, y obrará sobre nuestras vidas como una aviesa constelación: aviesa para nosotros, espero, sin orgullo, que favorable para nuestra raza. La historia nos bautizó con fuego de deshonor, y aquel terrible sufrimiento inicial hará probablemente más densas nuestras almas, porque en el dolor nos hacemos, ya que en el placer nos gastamos.

Los mozos de mi tiempo que han viajado fuera de la patria han aprendido una horrible enseñanza, ominosa, desesperante, que es menester revelar sin miedo y sin equívocos: fuera de España, ser español es ser algo ridículo.

Lo que nos acaeció en 1898 es mucho más doloroso que hubiera sido una invasión del territorio maternal. Toda irrupción es injusta y es bestial: el sufrimiento que proporciona tiene cierta suavidad tranquila y melancólica, que falta cuando nos sentimos culpables y la fuerza que nos oprime nos parece justiciera. No creo que haya habido raza más favorecida materialmente por el Demiurgo rector de las variaciones históricas. Si nuestra tierra no es muy extensa ni muy feraz —cosa esta última discutible—, púsonos solícito a la vera del continente africano, que ha debido ser español en una tercera parte cuando menos. Mas por si no bastaba, vino Cristóbal Colón, después de rodar por la ruleta de Europa, a regalarnos reinos y provincias inesperados que tenían intestinos de oro. Si en algún caso es falsa la concepción materialista de la historia, que atribuye los sucesos humanos al capricho fatal de las riquezas, lo es con respecto a España. Decir que el problema nacional sólo puede resolverse con dinero, es una opinión de miope. Hemos gastado dinero bastante para dejar de ser una estantigua de nación: no hace mucho ajustaba las cuentas don Joaquín Costa.

Tampoco es cierto atribuir la hostilidad, inquietud y estrechez de la vida española a la carencia de pan para el pueblo. Desde mis primeros artículos sobre el deber político, vengo insistiendo en que no hay derecho a hablar del pueblo sin precisar antes qué se entiende por tal. Sabía que en ese vago concepto del pueblo iban a hallar los teorizantes conservadores el mito que necesitan para justificar su política dictatorial e imperialista. Recuerdo que hace dos años, hallándome muy lejos de España, leí un discurso de don Antonio Maura en que el ilustre abogado contestaba a otro de don Gumersindo Azcárate. A las demandas idealistas de este nobilísimo español, cuyo corazón vale mucho más que su sociología, respondía el señor Maura, con esa oratoria ardiente y bella a veces, como la de un místico, propia en otros casos para ser escuchada en una ciudad menor de veinte mil habitantes: «El pueblo sólo quiere peatones». Esto es una indelicadeza y un error. El pueblo no quiere, necesita, y lo que necesita no lo sabe él; hay que descubrirlo científicamente, como se descubre la ley de la caída de los cuerpos u otra cualquiera necesidad de la materia. El pueblo es al cabo la materia política.

Si lo enojoso de la vida española proviene de la falta de pan, ¿cómo son también hostiles, inquietos y estrechos los ánimos de los que viven en hartura? No conozco los pueblos de España tan bien como cierto escritor imperialista que, en un avatar anterior y más noble que el actual, compuso un libro sobre ellos que será clásico algún día. Pero sí sé que el labriego alemán come tan mal como el castellano y que en las clases medias existe una concurrencia de que no hay ni sospecha en España. El escritor conservador susodicho tendría que trabajar triplemente en Alemania para vivir como vive y componer sus artículos con mayor discreción y estudio para que no se le rieran las gentes.

Esta manera de pensar, que en apariencia pospone la cuestión económica, suele ser tachada de unilateral. No me parece justa la imputación. Sería ridículo dudar de que somos pobres y de que tenemos que ser ricos para ser felices. Éstas son cuestiones de hecho, sobre las cuales no cabe discutir. El problema político comienza cuando nos preguntamos: ¿por qué somos pobres?, ¿cómo seremos ricos? Tales preguntas trascienden de la economía política. Decir que hay que dar pan al pueblo no es decir nada, aunque a los oídos de los hombres del siglo XX suenen inarmónicamente esas palabras: «dar pan al pueblo». ¡Eh!, señorito, ¿es que estamos en tiempo de Bossuet, o de Federico el Grande? ¿Es que vivimos aún en el ambiente jurídico del gobierno patriarcal? Si ésa fuera la cuestión, pronto se resolvería: el pueblo se tomaría su pan sin que se lo dieran y probablemente de postre brioches. Desde 1789 toda política limosnera es una invitación a las barricadas.

Cuando los conservadores comienzan a enternecerse por el pueblo, debe desconfiar el liberalismo y hacer una revisión de sus afirmaciones. El pan no puede ser nunca una idea política y por eso el liberalismo tiene que precisar el problema del pan en los términos más exactos del problema del derecho a la propiedad, que no es un problema alimenticio sino de cultura.

Como se advertirá, en esta manera de ver el problema español hay dos series de preocupaciones. La primera, la que tiene que decidir en toda duda y vacilación, es la de nuestra insolvencia cultural ante Europa. Podrá ser que las gentes triviales carezcan de sensibilidad para sonrojarse ante ella, pero no tenemos obligación de trasvasarnos dentro de la piel de las gentes triviales. Es preciso que nuestra raza se salve como cultura, aun cuando para ello tuviera que desaparecer como nación. Así debiera formularse el imperativo regulador de las afirmaciones liberales. «La ya famosa prolijidad —exclama una vez Kant— con que escribimos la historia de nuestro tiempo, ha de hacernos meditar naturalmente sobre cómo se las habrán nuestros remotos descendientes con el peso de la historia que dentro de algunos siglos les hayamos legado. Sin duda alguna estimarán la de los tiempos más antiguos, cuyos documentos se habrán borrado, sólo desde el punto de vista que ha de interesarles, a saber: de lo que pueblos y gobiernos hayan hecho en pro o en contra de los asuntos cosmopolitas». Esto dejará también perplejos a algunos compatriotas; parecerá metafísica y vaguedad, como han parecido siempre en España las preocupaciones universalistas.

La segunda serie tranquilizará un poco a los que vean en la primera una doctrina disolvente. Para alcanzar esa plenitud de cultura que nos permita tomar un puesto en el anfictionado espiritual de la raza aria, necesitamos precisamente ser una nación. Hoy no lo somos, en el sentido pregnante de la palabra: hoy se nos tomaría más bien por una manada de antropoides recluida en un extremo de Europa, tiritando de puro frío moral bajo un sol ancho y recio, últimos ejemplares de una fauna humana incapaz de perdurar en el clima moderno, como la de los fueguinos o los bosquimanos. Para elevarnos a nación tenemos que unirnos en un ideal moderno. Las tenaces y difíciles labores cuyo ejercicio se supone en este concepto de nación moderna, requieren una polarización tan perfecta del alma popular, un automatismo tan exacto en sus movimientos, que no cabe pensar en ellas mientras no se haga del ideal de cultura una religión nacional. No sólo han de opinar así los que gocen de susceptibilidad nerviosa bastante para sentir el ansia de cultura como un deber humano, como un asunto de dignidad histórica, sino también los que se contentan con el bienestar económico. La riqueza es un producto de la cultura, repitamos una vez y otra. Cuando para hacer tolerable la política meramente económica se nos trae un ejemplo de lo que Francia hizo el setenta con la agricultura, con el comercio o con la Administración pública, se olvida que en ese mismo año vivían Renouvier, Renan, Berthelot, Thiers, Sabatier, etcétera, etcétera. Es decir, la mengua francesa fue una decadencia política, no una decadencia histórica. Donde vivan hombres como los citados no puede hablarse más que de un desmedramiento periférico. Las entrañas, las fuentes de porvenir para la raza siguen manando su fecundidad inagotable. Nuestro caso es radicalmente heterogéneo: nos falta precisamente lo que Francia, Inglaterra, Alemania y hasta Italia han tenido siempre: la continuidad cultural. He aquí el factor específico de nuestro problema. Y este defecto no es de hoy, no es de los últimos cincuenta años, sino que nos acompaña desde hace tres siglos.

Para nosotros los que tenemos el alma enferma, incurable tal vez, con la lepra de la historia de España, es la cultura un ideal. Para los más contentadizos y exentos de esa sensibilidad metafísica ha de ser la cultura el instrumento forzoso que establezca sobre nuestra vida un bienestar físico. Ya que no por fuerza de la dialéctica, han de proclamar la cultura por maquiavelismo.

Mas si esperara de la ciencia solamente algunos inventos mecánicos o teoréticos, todavía me parecería admisible que se renuncie a ella y aun pudiera haber razón en el economismo conservador. Pero yo espero de la ciencia el descubrimiento de la virtud. ¿Creéis que una horda o un salpicón de cabilas puede organizarse en nación si no disciplina interiormente a los individuos la idea de virtud? ¿Creéis que la nueva Ley de administración local —puesto que fuera divinamente perfecta— mejorará la vida nacional si no ligáis los españoles a su articulado con lazos místicos de virtud? Si no se acrece el peso moral de nuestra raza, bien seguros podemos estar de que se nos irá de entre las manos como un ingrávido milano de viento. Desde su noble orgullo de teutón virtuoso miraba Fichte a los pueblos románicos ir perdiendo las energías morales y le parecían razas muertas, incapaces de resurgimiento y fecundidad, como cisternas evaporadas en un inmenso desierto arenisco. La cultura es un acto de bondad más que de genio, y sólo hay riqueza en los países donde tres cuartas partes de los ciudadanos cumplen con su obligación.

El poder educador de las religiones, su energía socializadora ha cumplido su tiempo: no puede esperarse de ellas una renovación del hombre. Por otro lado, la edad moderna ha traído sus nuevas virtudes, los deberes públicos y sociales. Son virtudes terrenas, virtudes municipales, virtudes laicas. Aquí se nos ofrece la cuestión moral española: hay que hacer laica la virtud y hay que inyectar en nuestra raza la moralidad social.

La grande esperanza que pongo en la ciencia consiste en ese descubrimiento del mundo moral. Un pueblo chabacano, ebrio de erotismo senil, sin alegría ni respetuosidad, no puede elevarse espontáneamente, por empuje cordial, a la conciencia de la virtud. Las nuevas virtudes son letra muerta, tanto para la fe del carbonero como para el escepticismo del carbonero. La justicia política es la matemática de la caridad; la veracidad es la lógica imponiéndose a la sinceridad. Son virtudes de origen especulativo y empolladas en el cerebro labran lentamente su nido en el corazón. La ciencia ha obtenido la nueva moral destilando en su alquitara las viejas morales instintivas.

No me lleva un prurito intelectualista a simbolizar en el ejercicio de la ciencia la solución de todos nuestros problemas. En el proceso dinámico de la humanidad son igualmente originarias la acción intelectual, la acción volitiva y la sentimental. Pero nuestro problema es, hoy por hoy, estático: rota la continuidad histórica, ¿cómo se restaura? Es forzoso un artificio, un engeño, que decían nuestros antepasados. En un poema indio se habla de un solitario a quien los dioses arrojaron del cielo de Indra y por la fuerza de su pensamiento y el vigor de su concentración espiritual llegó a crearse un mundo nuevo y un nuevo cielo. No creo que al pueblo español le quede asimismo otro remedio.

Resumiendo: no nos han faltado los elementos físicos para ser felices, sino los elementos espirituales. Nuestra reforma no ha de ser económica sino que primero necesitamos la reforma intelectual y moral.

No han flotado sobre el haz de la historia, movible como un mar, sino las razas que vivían realizando valores universales. No veamos en nuestra decadencia una cuestión de administración española, sino una cuestión de cultura europea. Tenemos que proponernos tareas y afanes humanos, tenemos que restaurar nuestras facciones arias, que son las que han de prestar dignidad a nuestra fisonomía: la caricatura consiste en suprimir las líneas de la especie, dejando sólo las del individuo. No nos obstinemos, por tanto, en destacar nuestros rasgos celtíberos.

No se tachen estas opiniones de doctrinarias y se repita contra ellas lo de «perezca la nación con tal que se salven los principios». Porque pediría que se me contestara a esta pregunta: ¿Qué es una nación si no es un principio? Tal vez un interés… capitalista.

Esta política purificadora de todos los cabilismos sólo podrá intentarla un partido liberal socialista. En sus predicaciones y en el vigor de su organización hallaríamos la disciplina automática e interna del individuo, el entusiasmo y la constancia necesarios para intentar labores tan tenaces y sutiles.

¿Haremos algunas de estas cosas? No sé; la inmoralidad de una raza se mide más que por lo que hace o pueda hacer, por lo que no sea capaz de hacer. Pero si estamos decididos a no intentarlo, más vale que desde luego, como el sobreterreno brahmín, ahondemos bien en la tierra, nos tendamos en el hueco, cerremos los ojos y preparemos nuestra postura para la eternidad.

El Imparcial, 27 de agosto de 1908