Abstract

An article defending Unamuno after his removal from the Salamanca rectorship: the charges of administrative irregularity are pretexts, and Ortega denounces the press for reporting the minister’s accusation while suppressing the rector’s reply. Topical polemic.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

El día 4 de este mes escribí sobre la exoneración de don Miguel de Unamuno una carta al señor Castrovido que El País publicó poco después. Tenía yo entonces sólo la noticia con algunos datos más incompletos y vagos. Mi carta se ajustaba a esta penuria de elementos para el juicio; eran mis palabras, más aun que templadas, precavidas.

¿Nacía esta mesura de temer que la destitución fuera justificada? En modo alguno; en los centros académicos y en las tertulias de escritores es legendaria la preocupación administrativa del señor Unamuno. Todos sabíamos la cantidad de atención, la rigidez a veces excesiva con que el señor Unamuno trataba los menesteres de su rectorado. Se reconocía que era el rector más fieramente rector de todos los claustros españoles. Llegaba con toda franqueza a los extremos del ordenancismo viéndose obligado con este motivo a sostener largas polémicas donde elevaba a teoría su prurito de legalidad.

Ni por un momento, pues, he temido que fuera justificable su destitución. Mas cabía que fuera pretextable. En un país de distraídos como el nuestro es un pretexto o ficticia razón tan temible como la razón misma. Para distinguir lo uno de lo otro hace falta mirar con atención. Y esto es precisamente lo que procuraremos no hacer.

Cabía, digo, que fuera pretextable. Por dos motivos. El primero es éste: los asuntos administrativos, como los financieros, traen fatalmente consigo la calidad de ser confusos, y en lo confuso puede hacer ver la mala voluntad cuanto le viene en gana como los mesmeristas nos hacen ver cuanto gustan en el fondo de un vaso lleno de un líquido oscuro.

El segundo es éste: el ministro de Instrucción pública es de oficio abogado. En ciertos artículos de inspiración industrial que menudean desde hace algunos meses, se insiste en que el señor Bergamín es también catedrático. No decimos que no; puede dar esa casualidad. Pero, hablando en serio, el oficio de ministro de Instrucción pública es la abogacía. Y, ¿cómo pensar que un abogado tomará tan grave resolución sin construir en torno suyo una trinchera de pretextos legales?

Pareció un instante que había algo de esto: todos los periódicos publicaron una advertencia del ministro fundando la destitución en irregularidades observadas en la Facultad de Medicina y en la aceptación de unos títulos de bachiller extranjeros por el rector de Salamanca. Mas al punto quedó bien en claro que esto último era perfectamente legal. Sólo continuaba flotando la acusación de irregularidades.

Esto era enorme. Esto era arrojar sobre una vida compuesta de austeridad y laboriosidad ejemplares una sospecha destructora. Lo que antes decíamos de los pretextos decimos ahora de las sospechas: lo cierto y lo sospechoso tiene confundidas sus fronteras, porque nadie se encarga de deslindarlas.

No podía dejar pasar aquella acusación el señor Unamuno sin requerir una inmediata aclaración. Escribió al señor Dato primero. Luego ha publicado un artículo en Nuevo Mundo y una carta en El País, estrechando al ministro de Instrucción pública para que declare los motivos en cuya virtud le había destituido. Según el señor Unamuno, los motivos por los que el ministro de Instrucción pública le ha destituido al rector de una Universidad que es a la vez una de las más poderosas inteligencias nacionales son inconfesables.

¿Por qué era necesario repetir esa frase? ¡Ah! es un detalle doloroso quien obliga a ello. Todos los periódicos recogieron la acusación del ministro: ningún periódico —que yo sepa— ha recogido la acusación del señor Unamuno. Si la hubiera lanzado el último diputado de la última minoría, ¿habría habido ese silencio? Pero la ha lanzado el rector de una Universidad, uno de los más altos escritores de España, un hombre de quien la firma ha reconquistado en América el respeto a nuestra raza, una figura intelectual que sobre el espectro de la viejísima Salamanca se levanta atrayendo la atención de los extraños que suelen ir allá en un como turismo de cultura…, y ningún periódico la ha tomado en consideración.

Es de esperar que el hecho obedezca simplemente a olvido. Es de esperar que el patriotismo de esos periódicos les haga volver sobre su silencio. Porque, en rigor, es una cuestión de elemental patriotismo. Tal vez de algo mucho más sencillo: de nobleza cordial.

Un hombre honrado no puede ver sin encenderse de indignación que ante su presencia se atropelle a un prójimo que conduce una vida limpia y perfecta, trabajadora y ascética, exento del poder defensivo que el dinero proporciona y sin el ofensivo que las actas de diputado o los fusiles de la guardia civil. Si además de estas cualidades posee el ofendido la de ser Unamuno, abandonarlo equivaldría a revelar una perversión de los instintos. Porque es perversión cordial presenciar, mano sobre mano, sin sentirse movido a enérgica intervención, cómo un valor inferior, un no valor, osa atentar contra un valor superior. Un pueblo donde esto acontezca va próximo a la muerte: triunfará en él una selección inversa y los peores aniquilarán a los buenos y mejores.

Por todo esto, yo estoy seguro de que los periódicos no se hallan dispuestos a consentir que, arropados en la sombra, se lleguen unos hombres de subalterna espiritualidad a tan clara persona y la arranquen del sitio donde más fecunda es para la vida española.

La prensa será lo que tiene que ser y lo que ha sido: una misma cosa con los llamados «intelectuales». Y conviene que no se dude de ello; éstos, es decir, la mayor parte de los catedráticos y todos los escritores de pluma eficaz e independiente se han reunido como a un toque de clarín y están decididos a que caiga una luz de mediodía sobre este acto realizado a oscuras. Con esos «intelectuales» están los obreros, que tanto deben a Unamuno. Y están los productores, están las provincias: Bilbao, Salamanca, Barcelona, escogerán este desliz burocrático y de la política central en apariencia tan pequeño, para mostrar que viven ya a cien leguas del aire mortal que se respira en los Ministerios. Hay almacenado demasiado asco hacia la España oficial, hacía la vieja política, hacia el imperialismo de los diputados y de los abogados para que no explote en una ocasión cualquiera.

No, no es un juego de querellas personales. Personalmente no me unen al señor Unamuno más que polémicas agrias, y a veces, violentas. Se trata de que España tiene muy pocos hombres adecuados en el lugar adecuado. Y no habrá ningún patriota dispuesto a que por un necio capricho, ignoro de quién, le falte uno más.

Post scriptum

Recibo la siguiente auténtica noticia:

El martes convocó el nuevo rector de la Universidad de Salamanca el claustro para la elección de vicerrector. Durante la sesión cortó el rector la palabra al catedrático señor Unamuno y le insultó con las especies de intelectual (¡!) e insolente. Varios profesores se retiraron del salón.

El País, 17 de septiembre de 1914