Ortega y Gasset
Abstract
An essay: the core of individuality is neither opinion nor temperament but an innate system of preferences and disdains; the heart, a machine for preferring, upholds the person, and the historian must fix any age’s table of dominant values. The choice of a beloved is the situation in which that secret core confesses itself.
Connections
Concetti: passione
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
En una conferencia reciente me ha ocurrido insinuar, entre otras, dos ideas, de las cuales la segunda va articulada en la primera. Ésta suena así: el fondo decisivo de nuestra individualidad no está tejido con nuestras opiniones y experiencias de la vida; no consiste en nuestro temperamento, sino en algo más sutil, más etéreo y previo a todo esto. Somos, antes que otra cosa, un sistema nato de preferencias y desdenes. Más o menos coincidente con el del prójimo, cada cual lleva dentro el suyo, armado y pronto a dispararnos en pro o en contra, como una batería de simpatías y repulsiones. El corazón, máquina de preferir y desdeñar, es el soporte de nuestra personalidad. Antes de que conozcamos lo que nos rodea vamos lanzados por él en una u otra dirección, hacia unos u otros valores. Somos, merced a esto, muy perspicaces para las cosas en que están realizados los valores que preferimos, y ciegos para aquéllas en que residen otros valores iguales o superiores, pero extraños a nuestra sensibilidad.
A esta idea, sustentada hoy con vigorosas razones por todo un grupo de filósofos, agrego una segunda, que no he visto hasta ahora apuntada.
Se comprende que en nuestra convivencia con el prójimo nada nos interesa tanto como averiguar su paisaje de valores, su sistema de preferir, que es raíz última de su persona y cimiento de su carácter. Asimismo, el historiador que quiera entender una época necesita, ante todo, fijar la tabla de valores dominantes en los hombres de aquel tiempo. De otro modo, los hechos y dichos de aquella edad que los documentos le notifican serán letra muerta, enigma y charada, como lo son los actos y palabras de nuestro prójimo mientras no hemos penetrado más allá de ellos y hemos entrevisto a qué valores en su secreto fondo sirven. Ese fondo, ese núcleo del corazón, es, en efecto, secreto; lo es en buena parte para nosotros mismos, que lo llevamos dentro —mejor dicho, que somos llevados por él. Actúa en la penumbra subterránea, en los sótanos de la personalidad, y nos es tan difícil percibirlo como nos es difícil ver el palmo de tierra sobre que pisan nuestros pies. Tampoco la pupila se puede contemplar a sí misma. Pero, además, una buena porción de nuestra vida consiste en la mejor intencionada comedia que a nosotros mismos nos hacemos. Fingimos modos de ser que no son el nuestro, y los fingimos sinceramente, no para engañar a los demás, sino para maquillarnos ante nuestra propia mirada. Actores de nosotros mismos, hablamos y operamos movidos por influencias superficiales que el contorno social o nuestra voluntad ejercen sobre nuestro organismo y momentáneamente suplantan nuestra vida auténtica. Si el lector dedica un rato a analizarse, descubrirá con sorpresa —tal vez con espanto— que gran parte de «sus» opiniones y sentimientos no son suyos, no han brotado espontáneamente de su propio fondo personal, sino que son bien mostrenco, caído del contorno social dentro de su cuenca íntima, como cae sobre el transeúnte el polvo del camino.
No son, pues, actos y palabras el dato mejor para sorprender el secreto cordial del prójimo. Unos y otros se hallan en nuestra mano y podemos fingirlos. El malvado que a fuerza de crímenes ha henchido su fortuna puede un buen día ejecutar un acto benéfico, sin dejar por eso de ser un malvado. Más que en actos y en palabras, conviene fijarse en lo que parece menos importante: el gesto y la fisonomía. Por lo mismo que son impremeditados, dejan escapar noticias del secreto profundo y normalmente lo reflejan con exactitud[74].
Pero hay situaciones, instantes de la vida, en que, sin advertirlo, confiesa el ser humano grandes porciones de su decisiva intimidad, de lo que auténticamente es. Una de estas situaciones es el amor. En la elección de amada revela su fondo esencial el varón; en la elección de amado, la mujer. El tipo de humanidad que en el otro ser preferimos dibuja el perfil de nuestro corazón. Es el amor un ímpetu que emerge de lo más subterráneo de nuestra persona, y al llegar al haz visible de la vida arrastra en aluvión algas y conchas del abismo interior. Un buen naturalista, filiando estos materiales, puede reconstruir el fondo pelágico de que han sido arrancados.
Se querrá oponer a esto la presunta experiencia de que a menudo una mujer que consideramos de egregio carácter fija su entusiasmo en un hombre torpe y vulgar. Pero yo sospecho que los que así juzgan padecen casi siempre una ilusión óptica: hablan un poco desde lejos, y el amor es un cendal de finísima trama que sólo se ve bien desde muy cerca. En muchos casos, el tal entusiasmo es sólo aparente: en realidad no existe. El amor auténtico y el falso se comportan —vistos desde lejos— con ademanes semejantes. Pero supongamos un caso en que el entusiasmo sea efectivo: ¿qué debemos pensar? Una de dos: o que el hombre no es tan menospreciable como creemos, o que la mujer no era, efectivamente, de tan selecta condición como la imaginábamos.
En conversaciones y en cursos universitarios (con ocasión de determinar qué es lo que llamamos «carácter») he expuesto reiteradamente este pensamiento, y he podido observar que provoca con cierto automatismo un primer movimiento de protesta y resistencia. Como en sí misma la idea no contiene ingrediente alguno irritante o ácido —¿por qué, en tesis general, no había de halagarnos que nuestros amores sean la manifestación de nuestro ser recóndito?—, esa automática resistencia equivale a una comprobación de su verdad. El individuo se siente cogido de sorpresa y en descubierto por una brecha que no había resguardado. Siempre nos enoja que alguien nos juzgue por aquella faceta de nuestra persona que presentamos al descuido. Nos toman desprevenidos, y esto nos irrita. Quisiéramos ser juzgados previo aviso y por las actitudes que dependen de nuestra voluntad, a fin de poder componerlas como ante el fotógrafo. (Terror de la «instantánea»). Pero claro es que, desde el punto de vista del investigador del corazón humano, lo interesante es entrar en el prójimo por donde menos presuma y sorprenderlo in fraganti.
Si la voluntad del hombre pudiese suplantar por completo su espontaneidad, no habría para qué bucear en los fondos arcanos de su persona. Pero la voluntad sólo puede suspender algunos momentos el vigor de lo espontáneo. A lo largo de toda una vida, la intervención del albedrío contra el carácter es prácticamente nula. Nuestro ser tolera cierta dosis de falsificación por medio de la voluntad: dentro de esa medida, mejor que de falsificación, es lícito hablar de que nos completamos y perfeccionamos. Es el golpe de pulgar que el espíritu —inteligencia y voluntad— da a nuestro barro primigenio. Sea mantenida en todo honor esta divina intervención de la potencia espiritual. Mas para ello es preciso moderar ilusiones y no creer que este influjo maravilloso puede pasar de aquella dosis. Más allá de ella empieza la efectiva falsificación. Un hombre que toda su vida marcha en contra de su nativa inclinación es que nativamente está inclinado a la falsedad. Hay quien es sinceramente hipócrita o naturalmente afectado.
Cuanto más va penetrando la actual psicología en el mecanismo del ser humano, más evidente aparece que el oficio de la voluntad, y en general el del espíritu, no es creador, sino meramente corrector. La voluntad no mueve, sino que suspende, este o el otro ímpetu prevoluntario que asciende vegetativamente de nuestro subsuelo anímico. Su intervención es, pues, negativa. Si a veces parece lo contrario, es por la razón siguiente: constantemente acaece que en el intrincamiento de nuestras inclinaciones, apetitos, deseos, uno de ellos actúa como un freno sobre otro. La voluntad, al suspender ese refrenamiento, permite a la inclinación, antes trabada, que fluya y se estire plenamente. Entonces parece que nuestro «querer» tiene un poder activo, cuando, en rigor, lo único que ha hecho es levantar las esclusas que contenían aquel ímpetu preexistente.
I
In a recent lecture it has happened to me to insinuate, among others, two ideas, of which the second is articulated upon the first. It sounds thus: the decisive depth of our individuality is not woven with our opinions and experiences of life; it does not consist in our temperament, but in something more subtle, more ethereal and prior to all this. We are, before anything else, a born system of preferences and disdains. More or less coinciding with that of our neighbor, each one carries his own within himself, armed and ready to fire us for or against, like a battery of sympathies and repulsions. The heart, machine of preferring and disdaining, is the support of our personality. Before we know what surrounds us, we are launched by it in one direction or another, toward some values or others. Thanks to this, we are very perspicacious for the things in which the values we prefer are realized, and blind for those in which other values, equal or superior but foreign to our sensibility, reside.
To this idea, sustained today with vigorous reasons by a whole group of philosophers, I add a second one, which I have not seen hinted at until now.
It is understandable that in our cohabitation with our neighbor nothing interests us so much as to ascertain his landscape of values, his system of preferring, which is the ultimate root of his person and the foundation of his character. Likewise, the historian who wants to understand an epoch needs, above all, to fix the table of values dominant in the men of that time. Otherwise, the facts and sayings of that age that the documents notify to him will be dead letter, enigma and charade, as are the acts and words of our neighbor while we have not penetrated beyond them and have caught a glimpse of what values, in their secret depth, they serve. That depth, that nucleus of the heart, is, in effect, secret; it is so in good part for ourselves, who carry it within —or rather, who are carried by it. It acts in the subterranean penumbra, in the cellars of the personality, and it is as difficult for us to perceive it as it is difficult to see the span of earth on which our feet tread. Nor can the pupil contemplate itself. But, moreover, a good portion of our life consists in the best-intentioned comedy that we play for ourselves. We feign modes of being that are not ours, and we feign them sincerely, not to deceive others, but to make ourselves up before our own gaze. Actors of ourselves, we speak and operate moved by superficial influences that the social surroundings or our will exert upon our organism and momentarily supplant our authentic life. If the reader devotes a while to analyzing himself, he will discover with surprise —perhaps with terror— that a great part of ‘his’ opinions and sentiments are not his, have not sprung spontaneously from his own personal depth, but are unclaimed goods, fallen from the social surroundings into his intimate basin, as the dust of the road falls upon the passerby.
Acts and words are not, then, the best datum for surprising the cordial secret of our neighbor. Both are in our hands and we can feign them. The wicked man who, by dint of crimes, has filled his fortune can one fine day perform a beneficent act, without ceasing for that to be a wicked man. More than in acts and in words, it is well to fix on what seems least important: the gesture and the physiognomy. For the very reason that they are unpremeditated, they let escape news of the deep secret and normally reflect it exactly[74].
But there are situations, instants of life, in which, without noticing it, the human being confesses great portions of his decisive intimacy, of what he authentically is. One of these situations is love. In the choice of the beloved the male reveals his essential depth; in the choice of the lover, the woman. The type of humanity that we prefer in the other being draws the profile of our heart. Love is an impulse that emerges from the most subterranean part of our person, and upon reaching the visible surface of life it drags along in a landslide the algae and shells of the inner abyss. A good naturalist, filing and classifying these materials, can reconstruct the pelagic depth from which they have been torn.
It will be wanted to oppose to this the presumed experience that often a woman whom we consider of egregious character fixes her enthusiasm on a clumsy and vulgar man. But I suspect that those who judge thus suffer almost always from an optical illusion: they speak a little from afar, and love is a gauze of the finest weave that is seen well only from very close. In many cases, such enthusiasm is only apparent: in reality it does not exist. Authentic love and false love behave —seen from afar— with similar gestures. But let us suppose a case in which the enthusiasm is effective: what must we think? One of two things: either that the man is not so contemptible as we believe, or that the woman was not, in effect, of so select a condition as we imagined.
In conversations and in university courses (on the occasion of determining what it is that we call ‘character’) I have repeatedly expounded this thought, and I have been able to observe that it provokes with a certain automatism a first movement of protest and resistance. Since in itself the idea contains no irritating or acidic ingredient —why, in the general thesis, should it not flatter us that our loves are the manifestation of our hidden being?—, that automatic resistance is equivalent to a verification of its truth. The individual feels himself caught by surprise and exposed through a breach he had not guarded. It always vexes us that someone judges us by that facet of our person that we present carelessly. They take us off guard, and this irritates us. We should like to be judged with prior notice and by the attitudes that depend on our will, in order to be able to compose them as before the photographer. (Terror of the ‘snapshot’.) But it is clear that, from the point of view of the investigator of the human heart, the interesting thing is to enter the neighbor by where he least suspects and catch him in flagrante.
If man’s will could completely supplant his spontaneity, there would be no reason to dive into the arcane depths of his person. But the will can only suspend, for some moments, the vigor of the spontaneous. Throughout a whole life, the intervention of free will against character is practically null. Our being tolerates a certain dose of falsification by means of the will: within that measure, better than of falsification, it is licit to speak of our completing and perfecting ourselves. It is the blow of the thumb that the spirit —intelligence and will— gives to our primigenial clay. Let this divine intervention of the spiritual power be maintained in all honor. But for this it is necessary to moderate illusions and not to believe that this marvelous influence can go beyond that dose. Beyond it the effective falsification begins. A man who all his life marches against his native inclination is because natively he is inclined to falsity. There are those who are sincerely hypocritical or naturally affected.
The more present-day psychology penetrates into the mechanism of the human being, the more evident it appears that the office of the will, and in general that of the spirit, is not creative but merely corrective. The will does not move, but suspends, this or that pre-volitional impulse that ascends vegetatively from our psychic subsoil. Its intervention is, then, negative. If at times it seems the contrary, it is for the following reason: constantly it happens that in the entanglement of our inclinations, appetites, desires, one of them acts as a brake upon another. The will, by suspending that braking, allows the inclination, before checked, to flow and stretch itself fully. Then it seems that our ‘wanting’ has an active power, when, strictly speaking, the only thing it has done is to raise the sluices that contained that preexisting impulse.
I
In una conferenza recente mi è accaduto di insinuare, tra le altre, due idee, delle quali la seconda va articolata nella prima. Questa suona così: il fondo decisivo della nostra individualità non è tessuto con le nostre opinioni ed esperienze della vita; non consiste nel nostro temperamento, ma in qualcosa di più sottile, più etereo e precedente a tutto questo. Siamo, prima di ogni altra cosa, un sistema nato di preferenze e disdegni. Più o meno coincidente con quello del prossimo, ciascuno porta dentro il suo, armato e pronto a scaricarci in pro o in contro, come una batteria di simpatie e repulsioni. Il cuore, macchina di preferire e disdegnare, è il supporto della nostra personalità. Prima che conosciamo ciò che ci circonda andiamo lanciati da esso in una o in un’altra direzione, verso gli uni o gli altri valori. Siamo, grazie a ciò, molto perspicaci per le cose in cui sono realizzati i valori che preferiamo, e ciechi per quelle in cui risiedono altri valori uguali o superiori, ma estranei alla nostra sensibilità.
A questa idea, sostenuta oggi con vigorose ragioni da tutto un gruppo di filosofi, aggiungo una seconda, che non ho visto finora accennata.
Si comprende che nella nostra convivenza con il prossimo nulla ci interessa tanto quanto scoprire il suo paesaggio di valori, il suo sistema di preferire, che è radice ultima della sua persona e fondamento del suo carattere. Ugualmente, lo storico che voglia intendere un’epoca ha bisogno, innanzitutto, di fissare la tavola dei valori dominanti negli uomini di quel tempo. Altrimenti, i fatti e i detti di quell’età che i documenti gli notificano saranno lettera morta, enigma e sciarada, come lo sono gli atti e le parole del nostro prossimo finché non siamo penetrati oltre di essi e non abbiamo intraveduto a quali valori nel loro segreto fondo servano. Quel fondo, quel nucleo del cuore, è, in effetti, segreto; lo è in buona parte per noi stessi, che lo portiamo dentro —anzi, che siamo portati da esso. Agisce nella penombra sotterranea, nei sotterranei della personalità, e ci è tanto difficile percepirlo quanto ci è difficile vedere il palmo di terra su cui poggiano i nostri piedi. Nemmeno la pupilla può contemplare sé stessa. Ma, inoltre, una buona porzione della nostra vita consiste nella commedia meglio intenzionata che facciamo a noi stessi. Fingiamo modi di essere che non sono il nostro, e li fingiamo sinceramente, non per ingannare gli altri, ma per truccarci dinanzi al nostro proprio sguardo. Attori di noi stessi, parliamo e operiamo mossi da influenze superficiali che il contorno sociale o la nostra volontà esercitano sul nostro organismo e che momentaneamente soppiantano la nostra vita autentica. Se il lettore dedica un po’ di tempo ad analizzarsi, scoprirà con sorpresa —forse con spavento— che gran parte delle «sue» opinioni e dei suoi sentimenti non sono suoi, non sono germogliati spontaneamente dal suo proprio fondo personale, ma sono bene di nessuno, caduto dal contorno sociale dentro la sua conca intima, come cade sul passante la polvere del cammino.
Non sono, quindi, atti e parole il dato migliore per sorprendere il segreto cordiale del prossimo. Gli uni e gli altri si trovano nella nostra mano e possiamo fingerli. Il malvagio che a forza di delitti ha ricolmato la sua fortuna può un bel giorno eseguire un atto benefico, senza smettere per questo di essere un malvagio. Più che in atti e in parole, conviene fissarsi su ciò che sembra meno importante: il gesto e la fisionomia. Per il fatto stesso che sono impremeditati, lasciano sfuggire notizie del segreto profondo e normalmente lo riflettono con esattezza[74].
Ma ci sono situazioni, istanti della vita, in cui, senza avvertirlo, l’essere umano confessa grandi porzioni della sua intima decisione, di ciò che autenticamente è. Una di queste situazioni è l’amore. Nella scelta dell’amata rivela il suo fondo essenziale il maschio; nella scelta dell’amato, la donna. Il tipo di umanità che nell’altro essere preferiamo disegna il profilo del nostro cuore. È l’amore un impeto che emerge da ciò che c’è di più sotterraneo nella nostra persona, e giungendo alla superficie visibile della vita trascina in alluvione alghe e conchiglie dell’abisso interiore. Un buon naturalista, classificando questi materiali, può ricostruire il fondo pelagico da cui sono stati strappati.
Si vorrà opporre a questo la presunta esperienza che spesso una donna che consideriamo di egregio carattere fissa il suo entusiasmo in un uomo goffo e volgare. Ma io sospetto che quelli che così giudicano soffrano quasi sempre di un’illusione ottica: parlano un po’ da lontano, e l’amore è un velo di finissima trama che si vede bene soltanto da molto vicino. In molti casi, tale entusiasmo è soltanto apparente: in realtà non esiste. L’amore autentico e quello falso si comportano —visti da lontano— con atteggiamenti simili. Ma supponiamo un caso in cui l’entusiasmo sia effettivo: che cosa dobbiamo pensare? Una di due: o che l’uomo non è così spregevole come crediamo, o che la donna non era, in effetti, di così eletta condizione come immaginavamo.
In conversazioni e in corsi universitari (in occasione di determinare che cos’è ciò che chiamiamo «carattere») ho esposto ripetutamente questo pensiero, e ho potuto osservare che provoca con un certo automatismo un primo movimento di protesta e resistenza. Poiché in sé stessa l’idea non contiene alcun ingrediente irritante o acido —perché, in tesi generale, non dovrebbe lusingarci che i nostri amori siano la manifestazione del nostro essere recondito?—, quella automatica resistenza equivale a una constatazione della sua verità. L’individuo si sente colto di sorpresa e scoperto da una breccia che non aveva difeso. Ci irrita sempre che qualcuno ci giudichi da quella faccia della nostra persona che presentiamo alla distratta. Ci prendono alla sprovvista, e questo ci irrita. Vorremmo essere giudicati con preavviso e dalle attitudini che dipendono dalla nostra volontà, per poterle comporre come davanti al fotografo. (Terrore dell’«istantanea»). Ma chiaro è che, dal punto di vista dell’investigatore del cuore umano, l’interessante è entrare nel prossimo da dove meno se lo aspetta e sorprenderlo in flagrante.
Se la volontà dell’uomo potesse soppiantare completamente la sua spontaneità, non ci sarebbe motivo di immergersi nei fondi arcaici della sua persona. Ma la volontà può soltanto sospendere per alcuni momenti il vigore dello spontaneo. Nel corso di tutta una vita, l’intervento dell’arbitrio contro il carattere è praticamente nullo. Il nostro essere tollera una certa dose di falsificazione per mezzo della volontà: entro quella misura, meglio che di falsificazione, è lecito parlare del fatto che ci completiamo e perfezioniamo. È il colpo di pollice che lo spirito —intelligenza e volontà— dà al nostro fango primigenio. Sia mantenuto in ogni onore questo divino intervento della potenza spirituale. Ma per ciò è necessario moderare le illusioni e non credere che questo influsso meraviglioso possa superare quella dose. Oltre di essa comincia l’effettiva falsificazione. Un uomo che per tutta la vita marcia contro la sua nativa inclinazione è perché nativamente è inclinato alla falsità. C’è chi è sinceramente ipocrita o naturalmente affettato.
Quanto più l’attuale psicologia va penetrando nel meccanismo dell’essere umano, tanto più evidente appare che il mestiere della volontà, e in generale quello dello spirito, non è creatore, ma meramente correttore. La volontà non muove, ma sospende, questo o quell’impeto prevolontario che ascende vegetativamente dal nostro sottosuolo animico. Il suo intervento è, quindi, negativo. Se a volte sembra il contrario, è per la seguente ragione: costantemente accade che nell’intrico delle nostre inclinazioni, appetiti, desideri, uno di essi agisca come un freno sopra un altro. La volontà, sospendendo quel frenamento, permette all’inclinazione, prima trattenuta, di fluire e stendersi pienamente. Allora sembra che il nostro «volere» abbia un potere attivo, quando, in rigor di termini, l’unica cosa che ha fatto è stata alzare le cateratte che contenevano quell’impeto preesistente.
El sumo error, desde el Renacimiento hasta nuestros días, fue creer —con Descartes— que vivimos de nuestra conciencia, de aquella breve porción de nuestro ser que vemos claramente y en que nuestra voluntad opera. Decir que el hombre es racional y libre me parece una expresión muy próxima a ser falsa. Porque, en efecto, poseemos razón y libertad; pero ambas potencias forman sólo una tenue película que envuelve el volumen de nuestro ser, cuyo interior ni es racional ni es libre. Las ideas mismas de que la razón se compone nos llegan hechas y listas de un fondo oscuro, enorme, que está situado debajo de nuestra conciencia. Parejamente, los deseos se presentan en el escenario de nuestra mente clara como actores que vienen ya vestidos y recitando su papel de entre los misteriosos, tenebrosos bastidores. Y como sería falso decir que un teatro es la pieza que se representa en su iluminado escenario, me parece, por lo menos, inexacto decir que el hombre vive de su conciencia, de su espíritu. La verdad es que, salvo esa somera intervención de nuestra voluntad, vivimos de una vida irracional que desemboca en la conciencia, oriunda de la cuenca latente, del fondo invisible que en rigor somos. Por eso el psicólogo tiene que transformarse en buzo y sumergirse bajo la superficie de las palabras, de los actos, de los pensamientos del prójimo, que son mero escenario. Lo importante está detrás de todo eso. Al espectador le basta con ver a Hamlet que arrastra su neurastenia por el jardín ficticio. El psicólogo le espera cuando sale por el foro, y quiere conocer, en la penumbra de telones y cordajes, quién es el actor que hace de Hamlet.
Es natural, pues, que busque los escotillones y rendijas por donde deslizarse a lo profundo de la persona. Uno de estos escotillones es el amor. Vanamente la dama que pretende ser tenida por exquisita se esfuerza en engañarnos. Hemos visto que amaba a Fulano. Fulano es torpe, indelicado, sólo atento a la perfección de su corbata y al lustre de su «Rolls».
II
Contra esta idea de que en la elección amorosa revelamos nuestro más auténtico fondo, caben innumerables objeciones. Es posible que entre ellas existan algunas suficientes para dar al traste con la verosimilitud del aserto. Sin embargo, las que de hecho suelen salir al paso me parecen inoperantes, poco rigorosas, improvisadas por un juicio sin cautelas. Se olvida que la psicología del erotismo sólo puede proceder microscópicamente. Cuanto más íntimo sea el tema psicológico de que se trate, mayor será la influencia del detalle. Ahora bien: el menester amoroso es uno de los más íntimos. Probablemente, no hay más que otra cosa aún más íntima que el amor: la que pudiera llamarse «sentimiento metafísico», o sea, la impresión radical, última, básica, que tenemos del Universo.
Sirve ésta de fondo y soporte al resto de nuestras actividades, cualesquiera que ellas sean. Nadie vive sin ella, aunque no todos la tienen dentro de sí subrayada con la misma claridad. Contiene nuestra actitud primaria y decisiva ante la realidad total, el sabor que el mundo y la vida tienen para nosotros. El resto de nuestros sentires, pensares, quereres, se mueve ya sobre esa actitud primaria y va montado en ella, coloreado por ella. Precisamente, el cariz de nuestros amores es uno de los síntomas más próximos de esa primigenia sensación. Por medio de él nos es dado sospechar a qué o en qué tiene puesta su vida el prójimo. Y esto es lo que interesa más averiguar: no anécdotas de su existencia, sino la carta a que juega su vida. Todos nos damos alguna cuenta de que en zonas de nuestro ser más profundas que aquéllas donde la voluntad actúa está ya decidido a qué tipo de vida quedamos adscritos. Vano es el ir y venir de experiencias y razonamientos: nuestro corazón, con terquedad de astro, se siente adscrito a una órbita predeterminada y girará por su propia gravitación hacia el arte o la ambición política o el placer sexual o el dinero. Muchas veces, la existencia aparente del individuo va al redropelo de su destino íntimo, dando ocasión a sorprendentes disfraces: el hombre de negocios que oculta a un sensual, o el escritor que es en verdad sólo un ambicioso de poder político.
Al hombre normal le «gustan» casi todas las mujeres que pasan cerca de él. Esto permite destacar más el carácter de profunda elección que posee el amor. Basta para ello con no confundir el gusto y el amor. La buena moza transeúnte produce una irritación en la periferia de la sensibilidad varonil, mucho más impresionable —sea dicho en su honor— que la de la mujer. Esta irritación provoca automáticamente un primer movimiento de ir hacia ella. Tan automática, tan mecánica es esta reacción, que ni siquiera la Iglesia se atreve a considerarla como figura de pecado. La Iglesia ha sido en otro tiempo excelente psicóloga, y es una pena que se haya quedado retrasada en los dos últimos siglos. Ello es que, clarividente, reconocía la inocencia de todos los «primeros movimientos». Así, éste de sentirse el varón atraído, arrastrado hacia la mujer que taconea delante de él. Sin ello no habría nada de lo demás —ni lo malo ni lo bueno, ni el vicio ni la virtud. Sin embargo, la expresión «primer movimiento» no dice todo lo que debiera. Es «primero» porque parte de la periferia misma donde se ha recibido la incitación, sin que en él tome parte lo interno de la persona.
Y, en efecto, a esa atracción que casi toda mujer ejerce sobre el hombre, y que viene a ser como la llamada que el instinto hace al centro profundo de nuestra personalidad, no suele seguir respuesta o sigue sólo respuesta negativa. La habría positiva cuando de ese centro personalísimo brotase un sentimiento de adscripción a lo que acaba de atraer nuestra periferia. Tal sentimiento, cuando surge, liga el centro o eje de nuestra alma a aquella sensación externa; o dicho de otro modo: no sólo somos atraídos en nuestra periferia, sino que vamos por nuestro pie hacia esa atracción, ponemos en ella nuestro ser todo. En suma: no sólo somos atraídos, sino que nos interesamos. Lo uno se diferencia de lo otro como el ser arrastrado del ir uno por sí mismo.
Este interés es el amor, que actúa sobre las innumerables atracciones sentidas, eliminando la mayor parte y fijándose sólo en alguna. Produce, pues, una selección sobre el área amplísima del instinto, cuyo papel queda así reconocido y a la vez limitado[75]. Nada es más necesario, para esclarecer un poco los hechos del amor, que definir con algún rigor la intervención en ellos del instinto sexual. Si es una tontería decir que el verdadero amor del hombre a la mujer, y viceversa, no tiene nada de sexual, es otra tontería creer que amor es sexualidad. Entre otros muchos rasgos que los diferencian, hay éste, fundamental, de que el instinto tiende a ampliar indefinidamente el número de objetos que lo satisfacen, al paso que el amor tiende al exclusivismo. Esta oposición de tendencias se manifiesta claramente en el hecho de que nada inmunice tanto al varón para otras atracciones sexuales como el amoroso entusiasmo por una determinada mujer.
Es, pues, el amor, por su misma esencia, elección. Y como brota del centro personal, de la profundidad anímica, los principios selectivos que la deciden son a la vez las preferencias más íntimas y arcanas que forman nuestro carácter individual.
He indicado que el amor vive del detalle y procede microscópicamente. El instinto, en cambio, es macroscópico, se dispara ante los conjuntos. Diríase que actúan ambos desde dos distancias diferentes. La belleza que atrae rara vez coincide con la belleza que enamora. Si el indiferente y el enamorado pudiesen comparar lo que para ambos constituye la belleza, el encanto de una y misma mujer, se sorprenderían de la incongruencia. El indiferente encontrará la belleza en las grandes líneas del rostro y de la figura —lo que, en efecto, suele llamarse belleza. Para el enamorado no existen, se han borrado ya esas grandes líneas, arquitectura de la persona amada que se percibe desde lejos. Si es sincero, llamará belleza a menudos rasgos sueltos, distantes entre sí: el color de la pupila, la comisura de los labios, el timbre de su voz…
The supreme error, from the Renaissance to our days, was to believe —with Descartes— that we live from our consciousness, from that brief portion of our being that we see clearly and in which our will operates. To say that man is rational and free seems to me an expression very close to being false. Because, in effect, we possess reason and liberty; but both powers form only a tenuous film that wraps the volume of our being, whose interior is neither rational nor free. The very ideas of which reason is composed come to us made and ready from a dark, enormous depth that is situated below our consciousness. Likewise, desires present themselves on the stage of our clear mind like actors who come already dressed and reciting their part from among the mysterious, dark wings. And as it would be false to say that a theater is the play that is performed on its illuminated stage, it seems to me, at least, inexact to say that man lives from his consciousness, from his spirit. The truth is that, except for that shallow intervention of our will, we live from an irrational life that empties into consciousness, native of the latent basin, of the invisible depth that we strictly are. That is why the psychologist must transform himself into a diver and submerge beneath the surface of the words, the acts, the thoughts of the neighbor, which are mere scenery. What is important is behind all that. The spectator is satisfied to see Hamlet dragging his neurasthenia through the fictitious garden. The psychologist waits for him when he comes out through the back of the stage, and wants to know, in the penumbra of curtains and ropes, who the actor is who plays Hamlet.
It is natural, then, that he seeks the trapdoors and cracks through which to slip into the depth of the person. One of these trapdoors is love. In vain the lady who pretends to be held as exquisite strives to deceive us. We have seen that she loved So-and-so. So-and-so is clumsy, indelicate, attentive only to the perfection of his tie and the luster of his ‘Rolls’.
II
Against this idea that in the amorous choice we reveal our most authentic depth, innumerable objections are possible. It is possible that among them there exist some sufficient to undo the verisimilitude of the assertion. Nevertheless, those that in fact usually come forward seem to me inoperative, little rigorous, improvised by a judgment without cautions. It is forgotten that the psychology of eroticism can proceed only microscopically. The more intimate the psychological theme in question, the greater will be the influence of detail. Now: the amorous need is one of the most intimate. Probably there is no other thing still more intimate than love: that which could be called ‘metaphysical feeling’, that is, the radical, ultimate, basic impression that we have of the Universe.
This serves as depth and support to the rest of our activities, whatever they may be. No one lives without it, although not all carry it within themselves underlined with the same clarity. It contains our primary and decisive attitude before total reality, the flavor that the world and life have for us. The rest of our feelings, thoughts, wills already moves upon that primary attitude and goes mounted on it, colored by it. Precisely, the complexion of our loves is one of the most proximate symptoms of that primigenial sensation. By means of it we are given to suspect at what, or in what, our neighbor has placed his life. And this is what most interests us to ascertain: not anecdotes of his existence, but the card that his life plays. We all become somewhat aware that in zones of our being deeper than those where the will acts, it is already decided to what type of life we remain assigned. Vain is the coming and going of experiences and reasonings: our heart, with the stubbornness of a star, feels itself assigned to a predetermined orbit and will turn by its own gravitation toward art or political ambition or sexual pleasure or money. Many times, the apparent existence of the individual goes against the grain of his intimate destiny, giving occasion to surprising disguises: the businessman who hides a sensualist, or the writer who in truth is only an aspirant to political power.
To the normal man almost all the women who pass near him ‘please’ him. This allows the character of deep choice that love possesses to stand out all the more. It suffices for that not to confuse taste and love. The good-looking girl passing by produces an irritation on the periphery of the masculine sensibility, much more impressionable —be it said to its honor— than that of the woman. This irritation automatically provokes a first movement of going toward her. So automatic, so mechanical is this reaction, that not even the Church dares to consider it as a figure of sin. The Church was in another time an excellent psychologist, and it is a pity that it has fallen behind in the last two centuries. The fact is that, clear-sighted, it recognized the innocence of all ‘first movements’. Thus, this one of the male feeling himself attracted, dragged toward the woman who taps her heels before him. Without it there would be nothing of the rest —neither the bad nor the good, neither vice nor virtue. Nevertheless, the expression ‘first movement’ does not say all that it should. It is ‘first’ because it starts from the very periphery where the incitement has been received, without the inner part of the person taking part in it.
And, in effect, to that attraction that almost every woman exerts upon man, and which comes to be like the call that instinct makes to the deep center of our personality, there usually follows no response or only a negative response. There would be a positive one when from that most personal center there sprang a sentiment of adscription to what has just attracted our periphery. Such a sentiment, when it arises, binds the center or axis of our soul to that external sensation; or, said in another mode: not only are we attracted in our periphery, but we go on our own feet toward that attraction, we put our whole being into it. In sum: we are not only attracted, but we take an interest. The one differs from the other as being dragged differs from going oneself by oneself.
This interest is love, which acts upon the innumerable attractions felt, eliminating most of them and fixing only on some one. It produces, then, a selection over the vastest area of the instinct, whose role is thus recognized and at the same time limited[75]. Nothing is more necessary, to clarify a little the facts of love, than to define with some rigor the intervention in them of the sexual instinct. If it is foolishness to say that the true love of man for woman, and vice versa, has nothing sexual in it, it is another foolishness to believe that love is sexuality. Among many other traits that differentiate them, there is this fundamental one: that the instinct tends to enlarge indefinitely the number of objects that satisfy it, while love tends to exclusivism. This opposition of tendencies manifests itself clearly in the fact that nothing immunizes the male so much against other sexual attractions as the amorous enthusiasm for a determinate woman.
Love is, then, by its very essence, choice. And as it springs from the personal center, from the psychic depth, the selective principles that decide it are at the same time the most intimate and arcane preferences that form our individual character.
I have indicated that love lives from detail and proceeds microscopically. The instinct, in contrast, is macroscopic, it is fired before ensembles. One would say that both act from two different distances. The beauty that attracts rarely coincides with the beauty that enamors. If the indifferent man and the enamored man could compare what for both constitutes the beauty, the charm, of one and the same woman, they would be surprised at the incongruity. The indifferent man will find beauty in the great lines of the face and of the figure —what, in effect, is usually called beauty. For the enamored man they do not exist, those great lines have already been erased, that architecture of the beloved person perceived from afar. If he is sincere, he will call beauty the minute loose features, distant from one another: the color of the pupil, the corner of the lips, the timbre of her voice…
L’errore supremo, dal Rinascimento ai nostri giorni, fu credere —con Cartesio— che viviamo della nostra coscienza, di quella breve porzione del nostro essere che vediamo chiaramente e in cui la nostra volontà opera. Dire che l’uomo è razionale e libero mi sembra un’espressione molto prossima a essere falsa. Perché, in effetti, possediamo ragione e libertà; ma entrambe le potenze formano soltanto una tenue pellicola che avvolge il volume del nostro essere, il cui interno né è razionale né è libero. Le idee stesse di cui la ragione si compone ci arrivano fatte e pronte da un fondo oscuro, enorme, situato sotto la nostra coscienza. Parimenti, i desideri si presentano sulla scena della nostra mente chiara come attori che vengono già vestiti e recitando la loro parte di tra le misteriose, tenebrose quinte. E come sarebbe falso dire che un teatro è la pièce che si rappresenta nel suo illuminato palcoscenico, mi sembra, per lo meno, inesatto dire che l’uomo vive della sua coscienza, del suo spirito. La verità è che, salvo quel sommario intervento della nostra volontà, viviamo di una vita irrazionale che sbocca nella coscienza, oriunda della conca latente, del fondo invisibile che in rigor di termini siamo. Perciò lo psicologo deve trasformarsi in palombaro e immergersi sotto la superficie delle parole, degli atti, dei pensieri del prossimo, che sono mero scenario. L’importante sta dietro a tutto questo. Allo spettatore basta vedere Amleto che trascina la sua nevrastenia per il giardino fittizio. Lo psicologo lo aspetta quando esce dal fondo della scena, e vuol conoscere, nella penombra di sipari e cordami, chi è l’attore che fa Amleto.
È naturale, quindi, che cerchi le botole e le fessure per cui scivolare in profondità della persona. Una di queste botole è l’amore. Vanamente la dama che pretende di essere tenuta per squisita si sforza di ingannarci. Abbiamo visto che amava Tizio. Tizio è goffo, indelicato, attento soltanto alla perfezione della sua cravatta e al lustro della sua «Rolls».
II
Contro questa idea che nella scelta amorosa riveliamo il nostro più autentico fondo, valgono innumerevoli obiezioni. È possibile che tra esse ce ne siano alcune sufficienti a mandare a monte la verosimiglianza dell’asserto. Nondimeno, quelle che di fatto sogliono farsi avanti mi sembrano inoperanti, poco rigorose, improvvisate da un giudizio senza cautele. Si dimentica che la psicologia dell’erotismo può procedere soltanto microscopicamente. Quanto più intimo sia il tema psicologico di cui si tratta, tanto maggiore sarà l’influenza del dettaglio. Ora: la bisogna amorosa è una delle più intime. Probabilmente non c’è altra cosa ancora più intima dell’amore: quella che potrebbe chiamarsi «sentimento metafisico», cioè l’impressione radicale, ultima, basilare, che abbiamo dell’Universo.
Questa serve da fondo e supporto al resto delle nostre attività, quali che esse siano. Nessuno vive senza di essa, sebbene non tutti la portino dentro di sé sottolineata con la stessa chiarezza. Contiene il nostro atteggiamento primario e decisivo dinanzi alla realtà totale, il sapore che il mondo e la vita hanno per noi. Il resto dei nostri sentire, pensare, volere si muove già sopra quell’atteggiamento primario e va montato su di esso, colorato da esso. Precisamente, l’indole dei nostri amori è uno dei sintomi più prossimi di quella primigenia sensazione. Per mezzo di esso ci è dato sospettare a che cosa o in che cosa ha posta la sua vita il prossimo. E questo è ciò che più interessa scoprire: non aneddoti della sua esistenza, ma la carta a cui gioca la sua vita. Tutti ci rendiamo conto che in zone del nostro essere più profonde di quelle dove la volontà agisce è già deciso a quale tipo di vita restiamo ascritti. Vano è l’andirivieni di esperienze e ragionamenti: il nostro cuore, con ostinazione di astro, si sente ascritto a un’orbita predeterminata e girerà per la sua propria gravitazione verso l’arte o l’ambizione politica o il piacere sessuale o il denaro. Molte volte, l’esistenza apparente dell’individuo va contro il suo destino intimo, dando occasione a sorprendenti travestimenti: l’uomo d’affari che nasconde un sensuale, o lo scrittore che in verità è soltanto un ambizioso di potere politico.
All’uomo normale «piacciono» quasi tutte le donne che passano vicino a lui. Questo permette di far risaltare meglio il carattere di profonda elezione che possiede l’amore. Basta per questo non confondere il gusto e l’amore. La bella ragazza di passaggio produce un’irritazione nella periferia della sensibilità virile, molto più impressionabile —sia detto a suo onore— di quella della donna. Questa irritazione provoca automaticamente un primo movimento di andare verso di lei. Tanto automatica, tanto meccanica è questa reazione, che nemmeno la Chiesa osa considerarla come figura di peccato. La Chiesa è stata in altro tempo eccellente psicologa, ed è un peccato che sia rimasta indietro negli ultimi due secoli. Sta di fatto che, chiaroveggente, riconosceva l’innocenza di tutti i «primi movimenti». Così, questo del sentirsi il maschio attratto, trascinato verso la donna che ticchetta i tacchi davanti a lui. Senza di esso non ci sarebbe nulla del resto —né il male né il bene, né il vizio né la virtù. Nondimeno, l’espressione «primo movimento» non dice tutto ciò che dovrebbe. È «primo» perché parte dalla periferia stessa dove si è ricevuta l’incitazione, senza che in esso prenda parte l’interno della persona.
E, in effetti, a quella attrazione che quasi ogni donna esercita sull’uomo, e che viene a essere come la chiamata che l’istinto fa al centro profondo della nostra personalità, non suole seguire risposta o segue soltanto risposta negativa. Ci sarebbe quella positiva quando da quel centro personalissimo sgorgasse un sentimento di ascrizione a ciò che ha appena attratto la nostra periferia. Tale sentimento, quando sorge, lega il centro o asse della nostra anima a quella sensazione esterna; o, detto in altro modo: non soltanto siamo attratti nella nostra periferia, ma andiamo coi nostri piedi verso quell’attrazione, vi mettiamo il nostro essere tutto. In somma: non soltanto siamo attratti, ma ci interessiamo. L’una cosa si differenzia dall’altra come l’essere trascinati dall’andare uno per sé stesso.
Questo interesse è l’amore, che agisce sulle innumerevoli attrazioni sentite, eliminando la maggior parte e fissandosi soltanto su qualcuna. Produce, quindi, una selezione sull’area amplissima dell’istinto, il cui ruolo resta così riconosciuto e insieme limitato[75]. Nulla è più necessario, per chiarire un poco i fatti dell’amore, che definire con qualche rigore l’intervento in essi dell’istinto sessuale. Se è una sciocchezza dire che il vero amore dell’uomo per la donna, e viceversa, non ha nulla di sessuale, è un’altra sciocchezza credere che amore sia sessualità. Tra gli altri molti tratti che li differenziano, c’è questo, fondamentale: che l’istinto tende ad ampliare indefinitamente il numero degli oggetti che lo soddisfano, mentre l’amore tende all’esclusivismo. Questa opposizione di tendenze si manifesta chiaramente nel fatto che nulla immunizzi tanto il maschio per altre attrazioni sessuali quanto l’entusiasmo amoroso per una determinata donna.
È, quindi, l’amore, per la sua stessa essenza, elezione. E poiché sgorga dal centro personale, dalla profondità animica, i principi selettivi che la decidono sono a un tempo le preferenze più intime e arcane che formano il nostro carattere individuale.
Ho indicato che l’amore vive del dettaglio e procede microscopicamente. L’istinto, invece, è macroscopico, si scatena dinanzi agli insiemi. Si direbbe che agiscano entrambi da due distanze diverse. La bellezza che attrae raramente coincide con la bellezza che innamora. Se l’indifferente e l’innamorato potessero confrontare ciò che per entrambi costituisce la bellezza, l’incanto di una stessa donna, si sorprenderebbero dell’incongruenza. L’indifferente troverà la bellezza nelle grandi linee del viso e della figura —ciò che, in effetti, suole chiamarsi bellezza. Per l’innamorato non esistono, si sono già cancellate quelle grandi linee, architettura della persona amata che si percepisce da lontano. Se è sincero, chiamerà bellezza i minuti tratti sciolti, distanti tra loro: il colore della pupilla, la commessura delle labbra, il timbro della sua voce…
Cuando analiza su sentimiento y persigue la trayectoria de esto que va desde su interior al ser querido, nota que el hilo del amor va a anudarse en esas menudas facciones y de ellas se nutre en todo instante. Porque, no hay duda, el amor se alimenta continuamente, se embebe de causa y razón de amar contemplando real o imaginariamente las gracias de lo amado. Vive en forma de incesante confirmación. (El amor es monótono, insistente, pesadísimo; no soportaría nadie que se le repitiese muchas veces la frase más ingeniosa, y, en cambio, exige la reiteración innumerable de que el ser amado le ama. Viceversa: cuando alguien no ama, el amor que le es dedicado le desespera, le atosiga por su extremada pesadumbre).
Es importante acentuar este papel que los detalles de la fisonomía y del gesto juegan en el amor, porque son el elemento más expresivo donde se revela el ser auténtico de la persona que, al través de ellos, preferimos. La otra belleza que se percibe a distancia, sin dejar de poseer significado expresivo y exteriorizar un modo de ser, tiene un valor estético independiente, un encanto plástico objetivo, a que alude el nombre de belleza. Y sería, me parece, un error creer que es esta belleza plástica la que fija el entusiasmo. Siempre he visto que de las mujeres plásticamente más bellas se enamoraban poco los hombres. En toda sociedad existen algunas «bellezas oficiales», que en teatros y fiestas la gente señala con el dedo, como monumentos públicos; pues bien: casi nunca va a ellas el fervor privado de los varones. Esa belleza es tan resueltamente estética, que convierte a la mujer en objeto artístico, y con ello la distancia y aleja. Se la admira —sentimiento que implica lejanía—, pero no se la ama. El deseo de proximidad, que es la avanzada del amor, se hace, desde luego, imposible.
La gracia expresiva de un cierto modo de ser, no la corrección o perfección plásticas, es, a mi juicio, el objeto que eficazmente provoca el amor. Y viceversa: cuando en vez de un amor verdadero se encuentra el sujeto lanzado a un embalamiento falso —por amor propio, por curiosidad, por obcecación—, la sorda incompatibilidad que en el fondo siente con ciertos detalles de la otra persona es el anuncio de que no ama. En cambio, la incorrección o imperfección del semblante, desde el punto de vista de la belleza pura, si no son monstruosas no estorban al amor.
Con la idea de belleza, como con una losa de espléndido mármol, se ha aplastado toda posible delicadeza y jugosidad en la psicología del amor. Con decir que el hombre se enamora de la mujer que le parece guapa se cree haberlo dicho todo, cuando, en rigor, no se ha dicho nada. El error procede de la herencia platónica. (Es incalculable hasta qué estratos de la humanidad occidental han penetrado elementos de la antigua filosofía. El hombre más inculto usa vocablos y conceptos de Platón, de Aristóteles, de los estoicos).
Fue Platón quien conectó para siempre amor y belleza. Sólo que para él la belleza no significaba propiamente la perfección de un cuerpo, sino que era el nombre de toda perfección, la forma, por decirlo así, en que a los ojos griegos se presentaba todo lo valioso. Belleza era optimidad. Esta peculiaridad de vocabulario ha descarriado la meditación posterior sobre el erotismo.
Amar es algo más grave y significativo que entusiasmarse con las líneas de una cara y el color de unas mejillas; es decidirse por un cierto tipo de humanidad que simbólicamente va anunciado en los detalles del rostro, de la voz y del gesto.
Amor es afán de engendrar en la belleza, tíktein en tô kalô —decía Platón. Engendrar, creación de futuro. Belleza, vida óptima. El amor implica una íntima adhesión a cierto tipo de vida humana que nos parece el mejor y que hallamos preformado, insinuado en otro ser.
Y esto parecerá abstracto, abstruso, distante de la realidad concreta, señora mía. Sin embargo, orientado por esa abstracción, acabo de descubrir en la mirada que usted ha dirigido a X… lo que para usted es la vida. ¡Bebamos otro cock-tail!
III
Es lo más frecuente que el hombre ame varias veces en su vida. Esto da lugar a una porción de cuestiones teóricas, encima de las prácticas que el amador, por su cuenta, tendrá que solventar. Por ejemplo: ¿es constitutiva para la índole del varón esa pluralidad sucesiva de amores o es un defecto, un vicioso resto de primitivismo, de barbarie, que en él queda? ¿Sería lo ideal, lo perfecto y deseable, el amor único? ¿Existe alguna diferencia, por lo que a esto se refiere, entre el hombre normal y la mujer normal?
Ahora vamos a evitar todo intento de contestación a tan peligrosas preguntas. Sin permitirnos opinar sobre ellas, tomamos, sin más, el hecho indiscutible de que casi siempre el varón es plural en amor. Como nos referimos a las formas plenarias de ese sentimiento, queda excluida la pluralidad de coexistencia y retenemos únicamente la de sucesión.
¿No encierra este hecho una seria dificultad para la doctrina aquí sustentada de que la elección amorosa descubre el ser radical de la persona? Tal vez; pero antes conviene refrescar en el lector la observación trivial de que esa variedad de amores puede ser de dos clases. Hay individuos que aman a lo largo de su vida varias mujeres; pero todas repiten con clara insistencia el mismo tipo de feminidad. A veces, la coincidencia llega hasta mantenerse dentro de un mismo formato físico. Esta suerte de fidelidad larvada en que al través de muchas mujeres se ama, en rigor, a una sola mujer genérica, es sobremanera frecuente y constituye la más directa prueba de la idea que sustentamos.
Pero en otros casos, las mujeres sucesivamente amadas por un hombre, o los hombres preferidos por una mujer, son, en verdad, de condición muy distinta. Mirado el hecho desde aquella idea, significaría que el ser radical del hombre había variado de un tiempo a otro. ¿Es posible este cambio en la raíz misma de nuestro ser? El problema es de grueso calibre, acaso el decisivo, para una ciencia del carácter. Durante la segunda mitad del siglo XIX era sólito pensar que el carácter de la persona se iba formando de fuera a dentro. Las experiencias de la vida, los hábitos que engendran, los influjos del contorno, las vicisitudes de la suerte, los estados fisiológicos irían decantando, como un poso, eso que llamamos carácter. No habría, por lo tanto, un ser radical de la persona, no habría una estructura íntima previa a los sucesos de la existencia e independiente de ellos. Estaríamos hechos, como la bola de nieve, con polvo del camino mismo que vamos recorriendo. Para esta manera de pensar, que excluye un núcleo radical en la personalidad, no existe, claro es, el problema de los cambios radicales. El llamado carácter se modificaría constantemente: conforme se va haciendo, se va también deshaciendo.
Pero razones de bastante peso, que no es oportuno acumular aquí, me inclinan a la creencia opuesta, según la cual parece más exacto decir que vivimos de dentro a fuera. Antes de que sobrevengan las contingencias externas, nuestro personaje interior está ya en lo esencial formado, y aunque los casos de la existencia influyan algo sobre él, es mucho mayor el influjo que él ejerce sobre éstos. Solemos ser increíblemente impermeables a lo que cae sobre nosotros cuando no es afín con ese «personaje» nato que en última instancia somos. Entonces —se dirá—, no cabe hablar tampoco de cambios radicales. El que éramos al nacer seremos a la hora de morir.
No, no. Precisamente, esta opinión goza de elasticidad suficiente para amoldarse a los hechos en todo su alabeo. Ella nos permite distinguir entre las pequeñas modificaciones que los acontecimientos externos introducen en nuestro modo de ser y otros cambios más hondos que no obedecen a esos motivos de azar, sino a la índole misma del carácter. Yo diría que el carácter cambia, si por este cambio se entiende propiamente una evolución. Y esta evolución, como la de todo organismo, es provocada y dirigida por razones internas, connaturales al ser mismo, innatas como su carácter. El lector tendrá seguramente la impresión de que unas veces las transformaciones de sus prójimos le parecen frívolas, injustificadas, cuando no oriundas de lo inconfesable, pero que en otros casos la mutación posee toda la dignidad y todo el sentido de un crecimiento. Es el brote que se hace árbol, es la desnudez de hojas que precede a la foliación, es el fruto que sigue a la fronda.
When he analyzes his sentiment and pursues the trajectory of what goes from his interior to the beloved being, he notes that the thread of love goes to be knotted in those minute features and from them it feeds at every instant. Because, there is no doubt, love nourishes itself continuously, it imbibes of cause and reason for loving by contemplating, really or imaginarily, the graces of the loved one. It lives in the form of incessant confirmation. (Love is monotonous, insistent, extremely heavy; no one would bear that the most ingenious phrase be repeated to him many times, and, in contrast, it demands the numberless reiteration that the loved being loves him. Vice versa: when someone does not love, the love that is dedicated to him drives him to despair, harasses him by its extreme heaviness.)
It is important to emphasize this role that the details of the physiognomy and of the gesture play in love, because they are the most expressive element where the authentic being of the person whom, through them, we prefer is revealed. The other beauty that is perceived at a distance, without ceasing to possess expressive meaning and to exteriorize a mode of being, has an independent aesthetic value, an objective plastic charm, to which the name of beauty alludes. And it would be, it seems to me, an error to believe that it is this plastic beauty that fixes enthusiasm. I have always seen that men fell in love little with the plastically most beautiful women. In every society there exist some ‘official beauties’, whom in theaters and at parties people point out with the finger, like public monuments; well: almost never does the private fervor of the males go to them. That beauty is so resolutely aesthetic, that it converts the woman into an artistic object, and with that distances her and removes her. She is admired —a sentiment that implies distance—, but she is not loved. The desire for proximity, which is the vanguard of love, becomes, of course, impossible.
The expressive grace of a certain mode of being, not the plastic correctness or perfection, is, in my judgment, the object that effectively provokes love. And vice versa: when instead of a true love the subject finds himself launched into a false infatuation —out of self-love, out of curiosity, out of obfuscation—, the dull incompatibility that in the depth he feels with certain details of the other person is the announcement that he does not love. In contrast, the incorrectness or imperfection of the countenance, from the point of view of pure beauty, if they are not monstrous, do not hinder love.
With the idea of beauty, as with a slab of splendid marble, all possible delicacy and juiciness in the psychology of love has been crushed. By saying that man falls in love with the woman who seems pretty to him, one believes one has said everything, when, strictly speaking, nothing has been said. The error proceeds from the Platonic inheritance. (It is incalculable to what strata of Western humanity elements of ancient philosophy have penetrated. The most uncultured man uses words and concepts of Plato, of Aristotle, of the Stoics.)
It was Plato who connected for ever love and beauty. Except that for him beauty did not properly mean the perfection of a body, but was the name of all perfection, the form, so to speak, in which everything valuable presented itself to Greek eyes. Beauty was optimality. This peculiarity of vocabulary has led astray the later meditation on eroticism.
To love is something more serious and significant than to get enthusiastic about the lines of a face and the color of some cheeks; it is to decide for a certain type of humanity that is symbolically announced in the details of the face, of the voice and of the gesture.
Love is the yearning to engender in beauty, tíktein en tô kalô —said Plato. To engender, creation of future. Beauty, optimal life. Love implies an intimate adherence to a certain type of human life that seems to us the best and that we find preformed, insinuated, in another being.
And this will seem abstract, abstruse, distant from concrete reality, my lady. Nevertheless, oriented by that abstraction, I have just discovered in the glance that you have directed at X… what life is for you. Let us drink another cocktail!
III
It is most frequent that man loves several times in his life. This gives rise to a portion of theoretical questions, on top of the practical ones that the lover, on his own account, will have to solve. For example: is that successive plurality of loves constitutive for the nature of the male, or is it a defect, a vicious remainder of primitivism, of barbarism, that stays in him? Would the unique love be the ideal, the perfect and desirable one? Is there any difference, in what refers to this, between the normal man and the normal woman?
Now we shall avoid every attempt to answer such dangerous questions. Without allowing ourselves to opine on them, we take, without more ado, the indisputable fact that almost always the male is plural in love. As we refer to the plenary forms of that sentiment, the plurality of coexistence remains excluded and we retain only that of succession.
Does not this fact enclose a serious difficulty for the doctrine here sustained, that the amorous choice discovers the radical being of the person? Perhaps; but before that it is well to refresh in the reader the trivial observation that that variety of loves can be of two classes. There are individuals who love several women throughout their life; but all of them repeat with clear insistence the same type of femininity. At times, the coincidence reaches the point of keeping itself within one same physical format. This sort of latent fidelity in which through many women one loves, strictly speaking, a single generic woman, is exceedingly frequent and constitutes the most direct proof of the idea we sustain.
But in other cases, the women successively loved by a man, or the men preferred by a woman, are, in truth, of very different condition. Looked at from that idea, the fact would mean that the radical being of the man had varied from one time to another. Is this change possible in the very root of our being? The problem is of heavy caliber, perhaps the decisive one, for a science of character. During the second half of the nineteenth century it was customary to think that the character of the person was being formed from outside inward. The experiences of life, the habits they engender, the influences of the surroundings, the vicissitudes of fortune, the physiological states would go decanting, like a sediment, what we call character. There would not be, therefore, a radical being of the person, there would not be an intimate structure prior to the events of existence and independent of them. We would be made, like the snowball, with the dust of the very road we are traversing. For this way of thinking, which excludes a radical nucleus in the personality, the problem of radical changes does not exist, clearly. The so-called character would modify itself constantly: as it is being made, it is also being unmade.
But reasons of considerable weight, which it is not opportune to accumulate here, incline me to the opposite belief, according to which it seems more exact to say that we live from inside outward. Before the external contingencies arrive, our interior character is already formed in what is essential, and although the cases of existence influence it somewhat, much greater is the influence that it exercises upon them. We are wont to be incredibly impermeable to what falls upon us when it is not akin to that born ‘character’ that we ultimately are. Then —it will be said— one cannot speak either of radical changes. What we were at birth we shall be at the hour of death.
No, no. Precisely, this opinion enjoys sufficient elasticity to mold itself to the facts in all their bending. It allows us to distinguish between the small modifications that external events introduce into our mode of being and other, deeper changes that do not obey those motives of chance, but the very nature of the character. I would say that character changes, if by this change is properly understood an evolution. And this evolution, like that of every organism, is provoked and directed by internal reasons, connatural to the being itself, innate like its character. The reader will surely have the impression that at times the transformations of his neighbors seem to him frivolous, unjustified, if not originating from the unavowable, but that in other cases the mutation possesses all the dignity and all the sense of a growth. It is the sprout that becomes a tree, it is the nakedness of leaves that precedes the foliation, it is the fruit that follows the frond.
Quando analizza il suo sentimento e insegue la traiettoria di ciò che va dal suo interno all’essere amato, nota che il filo dell’amore va ad annodarsi in quelle minute fattezze e di esse si nutre in ogni istante. Perché, non c’è dubbio, l’amore si alimenta continuamente, si imbibe di causa e ragione di amare contemplando reale o immaginariamente le grazie dell’amato. Vive in forma di incessante conferma. (L’amore è monotono, insistente, pesantissimo; nessuno sopporterebbe che gli si ripetesse molte volte la frase più ingegnosa, e, invece, esige la reiterazione innumerevole che l’essere amato lo ami. Viceversa: quando qualcuno non ama, l’amore che gli è dedicato lo dispera, lo assilla per la sua estrema pesantezza).
È importante accentuare questo ruolo che i dettagli della fisionomia e del gesto giocano nell’amore, perché sono l’elemento più espressivo dove si rivela l’essere autentico della persona che, attraverso di essi, preferiamo. L’altra bellezza che si percepisce a distanza, senza cessare di possedere significato espressivo e di esteriorizzare un modo di essere, ha un valore estetico indipendente, un incanto plastico obiettivo, a cui allude il nome di bellezza. E sarebbe, mi sembra, un errore credere che sia questa bellezza plastica quella che fissa l’entusiasmo. Ho sempre visto che delle donne plasticamente più belle gli uomini si innamoravano poco. In ogni società esistono alcune «bellezze ufficiali», che nei teatri e nelle feste la gente indica col dito, come monumenti pubblici; ebbene: quasi mai va ad esse il fervore privato dei maschi. Quella bellezza è così risolutamente estetica, che converte la donna in oggetto artistico, e con ciò la distanzia e la allontana. La si ammira —sentimento che implica lontananza—, ma non la si ama. Il desiderio di prossimità, che è l’avanguardia dell’amore, si fa, naturalmente, impossibile.
La grazia espressiva di un certo modo di essere, non la correzione o perfezione plastiche, è, a mio giudizio, l’oggetto che efficacemente provoca l’amore. E viceversa: quando invece di un vero amore il soggetto si trova lanciato in un’infatuazione falsa —per amor proprio, per curiosità, per accecamento—, la sorda incompatibilità che in fondo sente con certi dettagli dell’altra persona è l’annuncio che non ama. In cambio, l’incorrezione o imperfezione del sembiante, dal punto di vista della bellezza pura, se non sono mostruose non ostacolano l’amore.
Con l’idea di bellezza, come con una lastra di splendido marmo, si è schiacciata ogni possibile delicatezza e succosità nella psicologia dell’amore. Col dire che l’uomo si innamora della donna che gli sembra bella si crede di aver detto tutto, quando, in rigor di termini, non si è detto nulla. L’errore procede dall’eredità platonica. (È incalcolabile fino a quali strati dell’umanità occidentale sono penetrati elementi dell’antica filosofia. L’uomo più incolto usa vocaboli e concetti di Platone, di Aristotele, degli stoici).
Fu Platone che connesse per sempre amore e bellezza. Solo che per lui la bellezza non significava propriamente la perfezione di un corpo, ma era il nome di ogni perfezione, la forma, per così dire, in cui agli occhi greci si presentava tutto ciò che è valioso. Bellezza era ottimità. Questa peculiarità di vocabolario ha sviato la meditazione posteriore sull’erotismo.
Amare è qualcosa di più grave e significativo che entusiasmarsi per le linee di un viso e il colore di alcune guance; è decidersi per un certo tipo di umanità che simbolicamente va annunciato nei dettagli del volto, della voce e del gesto.
Amore è ansia di generare nella bellezza, tíktein en tô kalô —diceva Platone. Generare, creazione di futuro. Bellezza, vita ottima. L’amore implica un’intima adesione a un certo tipo di vita umana che ci sembra il migliore e che troviamo preformato, insinuato, in un altro essere.
E questo sembrerà astratto, astruso, distante dalla realtà concreta, signora mia. Nondimeno, orientato da quell’astrazione, ho appena scoperto nello sguardo che lei ha rivolto a X… ciò che per lei è la vita. Beviamo un altro cocktail!
III
È la cosa più frequente che l’uomo ami varie volte nella sua vita. Questo dà luogo a una porzione di questioni teoriche, sopra quelle pratiche che l’amante, per conto suo, dovrà risolvere. Per esempio: è costitutiva per l’indole del maschio quella pluralità successiva di amori, o è un difetto, un vizioso residuo di primitivismo, di barbarie, che in lui resta? Sarebbe l’ideale, il perfetto e desiderabile, l’amore unico? Esiste qualche differenza, per ciò che si riferisce a questo, tra l’uomo normale e la donna normale?
Ora eviteremo ogni tentativo di risposta a domande tanto pericolose. Senza permetterci di opinare su di esse, prendiamo, senza più, il fatto indiscutibile che quasi sempre il maschio è plurale in amore. Poiché ci riferiamo alle forme plenarie di quel sentimento, resta esclusa la pluralità di coesistenza e riteniamo soltanto quella di successione.
Non racchiude questo fatto una seria difficoltà per la dottrina qui sostenuta che la scelta amorosa scopre l’essere radicale della persona? Forse; ma prima conviene rinfrescare nel lettore l’osservazione triviale che quella varietà di amori può essere di due classi. Ci sono individui che amano lungo la loro vita varie donne; ma tutte ripetono con chiara insistenza lo stesso tipo di femminilità. A volte, la coincidenza arriva fino a mantenersi dentro uno stesso formato fisico. Questa sorta di fedeltà larvata in cui attraverso molte donne si ama, in rigor di termini, una sola donna generica, è oltremodo frequente e costituisce la più diretta prova dell’idea che sosteniamo.
Ma in altri casi, le donne successivamente amate da un uomo, o gli uomini preferiti da una donna, sono, in verità, di condizione molto diversa. Guardato il fatto da quell’idea, significherebbe che l’essere radicale dell’uomo è variato da un tempo a un altro. È possibile questo cambiamento nella radice stessa del nostro essere? Il problema è di grosso calibro, forse il decisivo, per una scienza del carattere. Durante la seconda metà del XIX secolo era solito pensare che il carattere della persona si andasse formando da fuori a dentro. Le esperienze della vita, le abitudini che esse generano, gli influssi del contorno, le vicissitudini della sorte, gli stati fisiologici andrebbero decantando, come un sedimento, ciò che chiamiamo carattere. Non ci sarebbe, quindi, un essere radicale della persona, non ci sarebbe una struttura intima previa agli eventi dell’esistenza e indipendente da essi. Saremmo fatti, come la palla di neve, con la polvere del cammino stesso che andiamo percorrendo. Per questo modo di pensare, che esclude un nucleo radicale nella personalità, non esiste, chiaro è, il problema dei cambiamenti radicali. Il cosiddetto carattere si modificherebbe costantemente: mentre si va facendo, si va anche disfacendo.
Ma ragioni di bastante peso, che non è opportuno accumulare qui, mi inclinano alla credenza opposta, secondo la quale sembra più esatto dire che viviamo da dentro a fuori. Prima che sopravvengano le contingenze esterne, il nostro personaggio interiore è già in ciò che è essenziale formato, e sebbene i casi dell’esistenza influiscano un po’ su di lui, è molto maggiore l’influsso che egli esercita su di essi. Sogliamo essere incredibilmente impermeabili a ciò che ci cade sopra quando non è affine con quel «personaggio» nato che in ultima istanza siamo. Allora —si dirà—, non si può parlare nemmeno di cambiamenti radicali. Quello che eravamo nascendo saremo all’ora di morire.
No, no. Precisamente, questa opinione gode di elasticità sufficiente per adattarsi ai fatti in tutto il loro inarcamento. Essa ci permette di distinguere tra le piccole modificazioni che gli avvenimenti esterni introducono nel nostro modo di essere e altri cambiamenti più profondi che non obbediscono a quei motivi di azzardo, ma all’indole stessa del carattere. Io direi che il carattere cambia, se per questo cambiamento s’intende propriamente un’evoluzione. E questa evoluzione, come quella di ogni organismo, è provocata e diretta da ragioni interne, connaturali all’essere stesso, innate come il suo carattere. Il lettore avrà sicuramente l’impressione che alcune volte le trasformazioni dei suoi prossimi gli sembrino frivole, ingiustificate, quando non oriunde dall’inconfessabile, ma che in altri casi la mutazione possieda tutta la dignità e tutto il senso di una crescita. È il germoglio che si fa albero, è la nudità di foglie che precede la foliazione, è il frutto che segue alla fronda.
Contesto, pues, a la objeción antecedente. Hay personas que no evolucionan, caracteres relativamente anquilosados (en general, los de menos vitalidad: prototipo, el «buen burgués»). Éstas persistirán dentro de un invariable esquema de elección amorosa. Pero hay individuos con carácter fértil, rico de posibilidades y destinos, los cuales esperan en buen orden su hora de explosión. Casi puede afirmarse que éste es el caso normal. La personalidad experimenta en el transcurso de su vida dos o tres grandes transformaciones, que son como estadios diferentes de una misma trayectoria moral. Sin perder la solidaridad, más aún, la homogeneidad radical con nuestro sentir de ayer, cierto día advertimos que hemos ingresado en una nueva etapa o modulación de nuestro carácter. A esto llamo cambio radical. No es más, pero tampoco es menos[76]. Nuestro ser profundo parece en cada una de esas dos o tres etapas girar sobre sí mismo unos grados, desplazarse hacia otro cuadrante del Universo y orientarse hacia nuevas constelaciones.
¿No es sugestivo azar que el número de verdaderos amores porque suele pasar el hombre normal lleve casi siempre la misma cifra: dos, tres? ¿Y, además, que cada uno de esos amores aparezca cronológicamente localizado en cada una de estas etapas del carácter? No me parece, pues, exorbitante ver en la pluralidad de amores la más aguda confirmación de la doctrina insinuada aquí. Al nuevo modo de sentir la vida se ajusta rigorosamente la preferencia por un tipo distinto de mujer. Nuestro sistema de valores se ha alterado un poco o un mucho —siempre en fidelidad latente con el antiguo; pasan a primer término calidades que antes no estimábamos, que tal vez ni siquiera percibíamos, y un nuevo esquema de selección erótica se interpone entre el hombre y las mujeres transeúntes.
Sólo una novela ofrece instrumental adecuado para dar evidencia a este pensamiento. Yo he leído trozos de una —que tal vez no se publique jamás— cuyo tema es precisamente éste: la evolución profunda de un carácter varonil vista al través de sus amores. El autor —y esto es lo interesante— insiste por igual en mostrar la continuidad del carácter a lo largo de sus cambios y el perfil divergente que éstos poseen, esclareciendo así la lógica viviente, la génesis inevitable de estas mutaciones. Y una figura de mujer recoge y concentra en cada etapa los rayos de aquella vitalidad que evoluciona, como esos fantasmas que con luces y reflectores se logra formar sobre una densa atmósfera.
I answer, then, to the antecedent objection. There are people who do not evolve, relatively ankylosed characters (in general, those of least vitality: prototype, the ‘good bourgeois’). These will persist within an invariable scheme of amorous choice. But there are individuals with a fertile character, rich in possibilities and destinies, who await in good order their hour of explosion. Almost one can affirm that this is the normal case. The personality experiences in the course of its life two or three great transformations, which are like different stages of one same moral trajectory. Without losing the solidarity, more than that, the radical homogeneity with our feeling of yesterday, one certain day we notice that we have entered a new stage or modulation of our character. This I call radical change. It is not more, but neither is it less[76]. Our deep being seems in each of those two or three stages to turn upon itself some degrees, to shift toward another quadrant of the Universe and to orient itself toward new constellations.
Is it not a suggestive chance that the number of true loves through which the normal man is wont to pass carries almost always the same figure: two, three? And, moreover, that each one of those loves appears chronologically located in each one of these stages of the character? It does not seem to me, then, exorbitant to see in the plurality of loves the most acute confirmation of the doctrine insinuated here. To the new way of feeling life there rigorously adjusts the preference for a different type of woman. Our system of values has altered a little or a lot —always in latent fidelity with the old one; qualities pass to the foreground that before we did not esteem, that perhaps we did not even perceive, and a new scheme of erotic selection interposes itself between the man and the passing women.
Only a novel offers adequate instrumentality to give evidence to this thought. I have read fragments of one —which perhaps will never be published— whose theme is precisely this: the profound evolution of a masculine character seen through his loves. The author —and this is the interesting thing— insists equally on showing the continuity of the character along its changes and the divergent profile that these possess, thus clarifying the living logic, the inevitable genesis of these mutations. And a female figure gathers and concentrates in each stage the rays of that vitality that evolves, like those phantoms that with lights and reflectors one manages to form upon a dense atmosphere.
Rispondo, quindi, all’obiezione antecedente. Ci sono persone che non evolvono, caratteri relativamente anchilosati (in generale, quelli di meno vitalità: prototipo, il «buon borghese»). Queste persisteranno dentro un invariabile schema di scelta amorosa. Ma ci sono individui con carattere fertile, ricco di possibilità e destini, i quali aspettano in buon ordine la loro ora di esplosione. Quasi si può affermare che questo è il caso normale. La personalità sperimenta nel corso della sua vita due o tre grandi trasformazioni, che sono come stadi diversi di una stessa traiettoria morale. Senza perdere la solidarietà, anzi, l’omogeneità radicale con il nostro sentire di ieri, un certo giorno avvertiamo di essere entrati in una nuova tappa o modulazione del nostro carattere. A questo chiamo cambiamento radicale. Non è più, ma non è nemmeno meno[76]. Il nostro essere profondo sembra in ciascuna di quelle due o tre tappe girare su sé stesso di alcuni gradi, spostarsi verso un altro quadrante dell’Universo e orientarsi verso nuove costellazioni.
Non è suggestivo azzardo che il numero di veri amori per cui suole passare l’uomo normale porti quasi sempre la stessa cifra: due, tre? E, inoltre, che ciascuno di questi amori appaia cronologicamente localizzato in ciascuna di queste tappe del carattere? Non mi sembra, quindi, esorbitante vedere nella pluralità di amori la più acuta conferma della dottrina insinuata qui. Al nuovo modo di sentire la vita si adatta rigorosamente la preferenza per un tipo diverso di donna. Il nostro sistema di valori si è alterato un po’ o un molto —sempre in fedeltà latente con l’antico; passano in primo piano qualità che prima non stimavamo, che forse nemmeno percepivamo, e un nuovo schema di selezione erotica si interpone tra l’uomo e le donne di passaggio.
Soltanto un romanzo offre lo strumentario adeguato per dare evidenza a questo pensiero. Io ho letto brani di uno —che forse non si pubblicherà mai— il cui tema è precisamente questo: la profonda evoluzione di un carattere virile vista attraverso i suoi amori. L’autore —e questo è l’interessante— insiste ugualmente nel mostrare la continuità del carattere lungo i suoi cambiamenti e il profilo divergente che questi possiedono, chiarendo così la logica vivente, la genesi inevitabile di queste mutazioni. E una figura di donna raccoglie e concentra in ogni tappa i raggi di quella vitalità che evolve, come quei fantasmi che con luci e riflettori si riesce a formare sopra una densa atmosfera.