Abstract
An article (El Sol, 1924) on Leo Frobenius, who turned ethnology into archaeology by digging ‘vertically’ into the African past; it then recounts the Spaniards settled in Timbuktu since the late sixteenth century and regrets Spain’s lack of Africanists. Popular writing, not philosophy.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
África ha sido siempre tierra de leones. El clásico entre los historiadores europeos de África se llamó León Africano, y hoy es León Frobenius el mayor doctor en africanidades.
Es curioso advertir que el África, desde el Ecuador hasta el Mediterráneo, parecía predestinada a ser conquista científica de los alemanes. Los grandes descubridores de sus tierras han sido gente germánica, y ahora Frobenius, cuando ya apenas queda nada que explorar en la superficie, logra ser el zahorí de un África subterránea, de un pasado africano. Porque ésta ha sido, en última abreviatura, la hazaña máxima de Frobenius: descubrir en un continente, en que parecía no haber habido nunca movimientos históricos, perspectiva de un ayer distinto de un hoy, un profundo pasado. Frobenius ha sido un explorador en vertical: bajo el presente, que parecía, hacia atrás, haber sido invariable y eterno, ha encontrado hondos estratos de pretérito. Por una genial combinación, la etnología, que suele ser ciencia horizontal y de superficie, se ha hecho en él arqueología. Ha cavado certero en el continente «oscuro», en el continente «aburrido», y ha sabido traer al haz de la tierra esculturas increíbles, que espero veamos estos días en la pantalla de la linterna.
De esta manera da cima Frobenius a la ingente labor de los alemanes en África. Los viajes incomparables de Barth en 1850, de Nachtigal en 1870, de Lenz, de Rolfes, quedan ahora perfeccionados y como conclusos merced a esta exploración vertical.
Poniéndose a pensar le ocurre a uno la sospecha de que tal vez esta espléndida faena de los alemanes debía habernos correspondido. Cuando se lee a lo largo de los cinco gruesos tomos de Barth, en una y otra página, que la moneda más penetrante en África era aún la española, no puede uno resistirse a echar de menos los grandes africanistas españoles que no han existido. Aunque no fuera más que para visitar a nuestros parientes, debimos perforar el vasto misterio africano.
Nuestros parientes, sí. Se trata de un pequeño trozo de historia de España, que probablemente es ignorado de todo el mundo en nuestro país, y, sin embargo, tiene sin par gracia de romanticismo.
Donde el Sáhara termina y el Sudán comienza, sobre el codo del Níger, se halla la ciudad santa de Tombuctú, en la cual, hasta 1900, no habían penetrado más de tres o cuatro europeos. Fue en tiempos una urbe gigante y sabia, por la cual peleaban una vez y otra los pueblos del desierto y los reyes tropicales. Pues bien; allí viven desde hace casi cuatro siglos nuestros parientes.
A fines del siglo XVI, un sultán de Marruecos quiso lo que parecía imposible: arrebatar Tombuctú a los tuaregs. Para ello contrató gran número de españoles armados con armas de fuego, las primeras que aparecían en este fondo africano. Los soldados españoles ganaron la batalla más grande que nuestra raza ha logrado del otro lado del Estrecho, y, victoriosos, se avecindaron en Tombuctú, tomaron mujeres del país y crearon estirpes que aún perduran. Orgullosos de su origen hispano, conservaron una exquisita disciplina aristocrática, y aún representan sus familias los núcleos nobles del país. Esto está contado menudamente en el libro Tarik-es-Sudán, que un sabio de Tombuctú escribió no mucho después[83].
¿Por qué, por qué no hemos ido a visitar a estos Ruma del Níger, nuestros nobles parientes?
El Sol, 12 de marzo de 1924