Abstract

A May Day piece: the workers’ march seen from the corner of La Equitativa. ‘The people’ is a poetic idealization; the reality is the worker. The Feast of Labour is the Feast of Pain, since work is essential pain. Democracy makes sense precisely because the plebs is as it is: relishing the plebeian is the aristocrat’s anti-democratic emotion.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Por la calle de Alcalá —tan blanca bajo esta luz infantil que vierte mayo— desembocará mañana la oscura masa fluyente de los obreros.

Cada individuo que sepa ser fiel a sí mismo acierta a componerse una religión personalísima. Y así es de la mía un acto ritual situarme el primero de mayo en la esquina de La Equitativa y verlos pasar…

Van en enjambres, van en rebaños, van en apretadas filas detrás de los estandartes rojos, con sus trajes de domingo, que forman pliegues duros y rígidos. Bajo las gorras y los sombreros van las teces bronceadas o atrozmente pálidas; van unos ojos cuyas miradas necesitan apoyarse en las cosas pesadamente para no caerse, y van otras pupilas violentas que hieren mortalmente lo que miran.

Pasan cantando, y en sus gargantas la música se carga de amenazas. Van algunas mujeres y van algunos niños con pañuelos de seda rojos o morados, que se anudan en los menudos cuellos con enormes lazos. ¿Por qué estos niños no nos inspiran ternura? ¿Por qué sentimos a su paso que en nuestro corazón, tan pacífico de ordinario, se abre súbitamente una vena de ira que mana y mana y nos llena el pecho todo? No sospechábamos en nosotros esa capacidad de iracundia, y de una extraña iracundia que no sabemos contra quién va y, por lo mismo, es más áspera y más acre, y se multiplica, y nos llega a la garganta, y la aprieta con una congoja…

Esto que vemos formar un oscuro cuerpo de sierpe entre los flancos de la calle no es el pueblo. El pueblo es una idealización poética de esta realidad que ahora vemos. La realidad del pueblo es el obrero, el trabajador.

Estamos presenciando la Fiesta del Trabajo, que es una fiesta terrible. ¿Qué queríais? ¿Queríais que también el trabajo fuera una broma? No; es una de las dos cosas que no son broma. Recordad el anuncio de la Biblia, recordad los dos dolores prometidos: parir y trabajar.

El trabajo es el dolor constituido. Los demás dolores son anécdotas en la vida humana, contingencias. Mas el trabajo es el dolor esencial.

Yo veo en esta Fiesta del Trabajo la terrible Fiesta del Dolor. ¡Bueno fuera que se confundiese con las demás y también en ella riéramos! ¡Fiesta extraña en que va envuelta perpetuamente una amenaza, como va en la vaina el puñal! ¡Fiesta trágica a la cual la sociedad se prepara concentrando la policía!


Si el pueblo de los obreros fuera bello y noble, gracioso y delicado, los afanes democráticos no tendrían sentido. Si el hambre y la angustia, la humillación y el cansancio produjeran esos frutos deliciosos, la democracia sería un crimen. Precisamente porque la plebe es según es, debemos acabar con ella y elevarla. Gozarse en lo plebeyo como tal es la emoción propia del aristócrata, la emoción antidemocrática por excelencia. Y yo conozco temperamentos de la alta burguesía que odian el socialismo no porque con su triunfo dejará de haber ricos, sino porque dejaría de haber pobres. Un cuerpo sin sombra parecería un fantasma, y el pobre es la sombra del rico.


Cunninghame-Graham, el ilustre escritor inglés, es un aristócrata de vieja alcurnia y un socialista de nueva cepa. Ha combatido en pro de todas las causas lejanas y utópicas, y el pueblo de Londres se enciende con sus palabras. De muchacho era un rubio Don Quijote que hablaba de venganzas en los barrios bajos de la ciudad. Un día le hizo llamar Gladstone, que se hallaba al frente del Gobierno, y después de halagarle le dijo:

—Lo único que no encuentro digno de la discreción de usted es que, según me han contado, grita usted a los pobres de Whitechapell que vengan a quemar los palacios de los ricos.

El joven Cunninghame-Graham respondió entonces al primer ministro:

—No soy lo que usted supone: soy un hombre de escaso talento, pero no tanto que haya dicho nunca eso que se me atribuye. Lo que sí he dicho a los pobres es que quemen sus zahúrdas de Whitechapell y se vengan a vivir a los palacios de los ricos.

Quítese a esta anécdota el carácter incendiario y quedará como un símbolo de la verdadera emoción democrática.


La Fiesta del Trabajo es lo que debe ser: una ostentación del dolor social. En ella el trabajador se arroja a sí mismo al rostro de la sociedad como un insulto. Y por eso esta fiesta, en lugar de traer un día de alborozo, trae a la urbe un día de inquietud. De un modo o de otro todos participan en el dolor: unos temen, otros se avergüenzan, otros se irritan, y yo, cuando pasan estos niños tan mal vestidos, con sus pañuelos de seda morada o rojiza en torno a la garganta, siento en la mía una congoja.


Este año la fiesta obrera internacional se ha roto. Vueltos al seno de la madre tierra que los produjo, vivirán este día unidos pobres y ricos dentro de las trincheras en Francia, en Bélgica, en Polonia, en Galitzia. Una buena lección para que los trabajadores aprendan que las cosas no son tan sencillas como supone Carlos Marx, ni mucho menos como las dicen los agitadores en sus discursos bárbaros y sin veracidad.

Pero sería un error afirmar que ha fracasado el movimiento socialista. Tanto valdría decir que ha fracasado el movimiento de los astros. Se quebrarán las teorías, perderán su eficacia los conductores de la masa obrera, pero el torrente societario seguirá oprimiendo los cauces de las constituciones hasta ensancharlos bien. Hay en él una potencia infinita e indestructible que proviene de las más profundas bases sociales. El hambre es fuerte como la muerte y como el amor.

Es indudable que no volverá el socialismo, cuando el humo de la pólvora se disipe, a reorganizarse según los mismos principios teóricos que antes de la guerra sustentaba. Pero esto, en mi entender, significa todo lo contrario que un fracaso para la acción «proletaria». La guerra obra en la historia como el agua regia en la Química: disuelve y aniquila todas las composiciones artificiales, purifica los elementos y no deja en pie más que las energías plenamente eficaces. Así acontece con el socialismo: cuanto en él había de utópico, de abstracto, de convencional, de ineficaz, se habrá evaporado. No poco de farsa y de ficción había también en los partidos obreros. Y esto era precisamente lo que impidió su triunfo.

En la sociedad no conquista el Poder quien no haya conquistado previamente la opinión del hombre medio. El dogmatismo y el utopismo de los socialistas mantenían sus aspiraciones al margen de esa zona media de opinión, que es, si se medita un poco, la que otorga todas las victorias decisivas.

Dos o tres tópicos eran bastantes para que el buen hombre medio cerrara su comprensión al socialismo. Se le decía que el obrero era antipatriota y destructor de la sociedad. Estas grandes objeciones elementales, y no las complicadas críticas del marxismo que están en los libros, han sido los baluartes del régimen actual. Mas ahora, ¿cómo podrán las clases privilegiadas acusar de antisocial al socialismo? No tardaremos en advertir que la experiencia más profunda hecha por el alma europea en esta guerra fue la de aquel instante en que los corazones de los ricos de la tierra se volvieron al socialismo esperando de él que impidiese la terrible destrucción guerrera. Y aun cuando el partido internacional obrero no haya conseguido evitarla, no habrá quien quite de la conciencia europea el recuerdo de haber mirado un instante al socialismo como capaz de salvar la sociedad.

Es, pues, muy probable que haya servido la guerra de mediador e intérprete entre el radicalismo social, relegado antes al margen de la normalidad pública, y el hombre medio, fiel de la balanza política.

Sin embargo, tardará algún tiempo en reconstituirse el socialismo. En las trincheras se han unido íntimamente derechas e izquierdas. No se crea que va a ser cosa de días ni tarea fácil volver a separarlas. No en balde datamos nuevas épocas de días como estos en que hace la humanidad experiencias espirituales tan hondas y ejemplares.

España, 30 de abril de 1915