Ortega y Gasset
Abstract
An article on Joaquín Costa’s death against rhetorical mourning: honouring Costa apart from his opinions is empty, since his living legacy is not his erudition but his programme of Europeanizing Spain. Ortega claims for himself and a few others the experience of the word ‘Spain’ as pain.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Apenas si he escrito una página alguna vez en que no apareciera el nombre de Costa como fondo resonante y ennoblecedor que yo buscara para la silueta de mis pensamientos, en realidad como epónimo y genealogía de estos mismos pensamientos. Y ello me da alguna facilidad para moverme libremente en medio de este fango lírico que sobre aquel hombre poderoso ha caído estos días.
Estas gentes que ahora se disponen al funerario alarido, que parece quisieran morir con Costa muerto, ¿por qué no han vivido la vida de Costa? ¿Por qué no han repensado, proseguido, defendido y proclamado lo que en Costa hubo de superior vitalidad, de profundamente enérgico, de clásico: su programa? ¿Son ellos, por ventura, los que han hablado estos últimos años de europeización? ¿Son ellos los que han gritado una tenaz maldición sobre la barbarie española? ¿Son ellos los que en consecuencia han sido sospechosos de plañideros, de petulantes y hasta de poco patriotas?
¿Qué es esto de aclamar a Costa como grande hombre, abstrayendo de sus opiniones? ¿Qué es el hombre sin su pensamiento? ¿Qué es Costa sin su doctrina de España?
Porque no se ha de pretender convencernos de que tanta gente como ahora eleva su voz y pone en ejercicio su retórica, admira a Costa por sus obras científicas. Dígase con alguna claridad: las obras científicas de Costa no han sido apenas leídas, no se hable de aprovechadas. Yo no he tropezado sino rarísima vez con lugares donde se citaran sus libros. Además, si se hubieran leído y sopesado, no habría tal vez lugar para aquella apoteosis. Costa, que había adquirido una vastísima erudición, no perdurará, probablemente, como científico. La ciencia de Costa necesita, como su España, de europeización.
Lo científico en la obra de Costa es su concepción del problema español y su sistemática respuesta. Si estas gentes, que ahora se afanan ruidosamente en torno a su cadáver, quieren salvarse de la acusación de frivolidad, es menester que en sus corazones acepten la idea trágica, la idea severísima y cruel, la grande idea de la europeización de España.
¿Mausoleo?… Me parece mucho más digno de la memoria de Costa impedir de una vez que se prolongue esta inepta burla soñolienta en que vivimos. Y como esto no puede pretender hacerlo quien hacerlo quiera, por mérito y gracia propios, contentémonos con no aceptar la ficción de entusiasmo que los enemigos del programa europeizador, los que siguen hablando en serio de España como de algo vivo y hasta glorioso, quieren ahora levantar, para divertirse un rato con veladas galantes, Comisiones del monumento, listas de cuotas, etcétera. Que hagan su placer los que gusten de honrar a Costa muerto; nosotros no tenemos para qué honrarle, para nosotros no ha muerto. Ayer solicitábamos su nombre a fin de declarar que su programa —es decir, Costa— perduraba vivaz en nuestros espíritus. Mañana continuaremos, como ayer, hablando de la europeización de esta raza descalificada que ha descendido de sujeto y protagonista histórico a materia con que otros pueblos van haciendo su historia.
Ser español es ciertamente un doloroso destino, con lo cual no está dicho que sea un destino funesto: placer y dolor son las dos dimensiones de la vida, y el uno nace del otro en recíproca generación.
Conviene hacer constar —siquiera para facilitar la tarea a futuros investigadores, a quienes pretendan un día de entre los días reconstruir la sentimentalidad de esta época nuestra— que, aun muerto Costa, algunos españoles de hoy, al escuchar la palabra «España», no recuerdan Calderón ni Lepanto, no piensan en la victoria de la Cruz, no suscitan la imagen de un cielo azul y bajo él un esplendor, sino que meramente sienten, y esto que sienten es dolor. Yo no sé si estos españoles son muchos o pocos: sé que son algunos, y que me parecerían los mejores si no me encontrara yo entre ellos.
Con frecuencia se nos tacha de escaso patriotismo, como si mientras nos quejáramos yaciéramos en un lecho de rosas o se nos sorprendiera buscando a toda hora la comodidad. Por mi parte, me hallo poco dispuesto a aceptar estas lecciones de necio patriotismo que suelen llegarnos de los corazones más frívolos. En la casa solariega tiene cada cual derecho a usar, como mejor le plazca, la herencia familiar: yo recibo esa herencia cambiada en amargura, y es la voluntad de mi patriotismo sentir a España como dolor y como desventura. Tápense, pues, los oídos quienes no gusten de escuchar lamentaciones y busquen, a su modo, otros métodos para salvar la vieja casta enferma. Siendo, para mí, la tradición española un grave dolor que me atormenta, yo no sé otro medio de salvar a España que librarme de ella; es decir, que España sea otra cosa de lo que fue y de lo que es: que no me duela.
Costa nos ha enseñado este patriotismo del dolor; nos ha servido de ejemplo en medio de la frivolidad ambiente para que nos convenciéramos de que esa vaga abstracción que se dice decadencia española puede ser sentida inmediatamente como la más concreta herida corporal. El corazón de Costa hervía lacerado, traspasado por España, y Costa proyectaba ese desesperado hervor hacia fuera, en gestos de amencia quijotesca. Cuando yo le conocí, había ya perdido la ecuanimidad: sobre su pensamiento, sobre su palabra, sobre su ademán, sobre sus sentimientos, pesaba ya un acento de incontinencia enfermiza, que en ningún caso, debo declarar que ni aun en Costa, me aparece grato o admisible. Era la amencia quijotesca que, como en el héroe divino de Cervantes, presenta ante nosotros —hombres tibios, contentadizos, insensibles— la simiente de una realidad profunda envuelta en cáscara barroca. Quijotesca llamo la sensibilidad para acontecimientos ideales, para las realidades abstractas, para las cosas trascendentales que ocurren en el seno de los valores eternos. Y lo que para Don Quijote era la justicia distributiva, era para Costa la decadencia de España.
¿Cómo elevar un monumento a Costa? ¿Hay algún escultor entre nosotros que sienta a España como dolor y como desventura?
Mas no se contentó Costa con enseñarnos la virtud de dolernos, sino que dio al dolor español una estructura, organizó el pesimismo para que fecundara la tierra misma acongojada: en la anatomía del dolor fijó los caminos hacia la salud, hacia la liberación del pesimismo. El dolor, como toda sensación, según la psicología contemporánea, es sensación de una diferencia, de un desnivel: sentir la angustiosa realidad española supone la percepción comparativa de la magnífica posibilidad europea. Dolerse de España es ya querer ser Europa. Todo pesimismo noble es relativo, meramente instrumental; es pesimismo metódico, disposición espiritual para producir aumento y mejoración. El pesimismo que Costa enseñó tenía el sentido de hostigar, de suscitar en la raza moribunda los últimos instintos europeos.
A este propósito —y perdónese la cita refleja— decía yo en marzo del pasado año a los socios de El Sitio en Bilbao: «optimista será el que colige y amontona su dolor religiosamente, solícitamente, sin que se pierda un adarme, y luego lo emplea como abono de divinas fecundaciones, macerando en él su energía, sus aspiraciones y su intención. El dolor es un severo cultivo; la alegría es sólo cosecha; en el dolor nos hacemos, en el placer nos gastamos. España es un dolor enorme, profundo, difuso; España no existe como nación. Construyamos España, que nuestras voluntades haciéndose rectas, sólidas, clarividentes, golpeen como cinceles el bloque de amargura y labren la estatua, la futura España de espléndidas virtudes, la alegría española. Sea la alegría un derecho político, es decir, un derecho a conquistar. Podemos reconocer nuestro itinerario moral en aquel lema que Beethoven puso sobre una de sus sonatas: “A la alegría por el dolor…” La palabra regeneración no vino sola a la conciencia española: apenas se comienza a hablar de regeneración se empieza a hablar de europeización. Uniendo fuertemente ambas palabras, don Joaquín Costa labró para siempre el escudo de aquellas esperanzas peninsulares. Su libro Reconstitución y europeización de España ha orientado durante doce años nuestra voluntad, a la vez que en él aprendíamos el estilo político, la sensibilidad histórica y el mejor castellano. Aun cuando discrepemos en algunos puntos esenciales de su manera de ver el problema nacional, volveremos siempre el rostro reverentemente hacia aquel día en que sobre la desolada planicie moral e intelectual de España se levantó señera su testa enorme, ancha, alta, cuadrada, como un castiello.
»Regeneración es inseparable de europeización; por eso, apenas se sintió la emoción reconstructiva —la angustia, la vergüenza y el anhelo— se pensó la idea europeizadora. Regeneración es el deseo; europeización es el medio de satisfacerlo. Verdaderamente se vio claro desde un principio que España era el problema y Europa la solución».
Seguirá viviendo el alma de Costa mientras haya quien recoja esta su doble herencia: el dolor de España, la idea de Europa.
Scarcely have I ever written a page in which the name of Costa did not appear as the resonant and ennobling background that I sought for the silhouette of my thoughts, in reality as eponym and genealogy of these very thoughts. And this gives me some facility to move freely in the midst of this lyrical mire that has fallen these days upon that powerful man.
These people who now prepare themselves for the funereal howl, who seem to wish to die with the dead Costa, why have they not lived the life of Costa? Why have they not rethought, continued, defended, and proclaimed what in Costa there was of superior vitality, of profoundly energetic, of classic: his program? Are they, perchance, those who have spoken in these last years of Europeanization? Are they those who have shouted a stubborn curse upon Spanish barbarism? Are they those who in consequence have been suspected as wailers, as petulant, and even as poor patriots?
What is this acclaiming of Costa as a great man, abstracting from his opinions? What is man without his thought? What is Costa without his doctrine of Spain?
For one must not pretend to convince us that so many people as now raise their voice and put their rhetoric into exercise admire Costa for his scientific works. Let it be said with some clarity: Costa’s scientific works have scarcely been read, not to speak of exploited. I have stumbled, only very rarely, upon places where his books were cited. Moreover, if they had been read and weighed, there would perhaps be no place for that apotheosis. Costa, who had acquired a vast erudition, will probably not endure as a scientist. Costa’s science needs, like his Spain, Europeanization.
The scientific in Costa’s work is his conception of the Spanish problem and his systematic answer. If these people, who now bustle noisily around his corpse, wish to save themselves from the accusation of frivolity, it is necessary that in their hearts they accept the tragic idea, the most severe and cruel idea, the great idea of the Europeanization of Spain.
Mausoleum?… It seems to me much more worthy of Costa’s memory to prevent, once and for all, the prolongation of this inept sleepy mockery in which we live. And since he who wishes to do so cannot pretend to do it by his own merit and grace, let us content ourselves with not accepting the fiction of enthusiasm that the enemies of the Europeanizing program, those who continue to speak seriously of Spain as of something alive and even glorious, now wish to raise, to amuse themselves for a while with gallant evenings, monument Committees, lists of contributions, etcetera. Let those do their pleasure who like to honor the dead Costa; we have no reason to honor him, for us he has not died. Yesterday we solicited his name in order to declare that his program —that is, Costa— endured lively in our spirits. Tomorrow we shall continue, as yesterday, speaking of the Europeanization of this disqualified race that has descended from subject and historical protagonist to matter with which other peoples go making their history.
To be Spanish is certainly a painful destiny, with which it is not said that it be a baleful destiny: pleasure and pain are the two dimensions of life, and the one is born of the other in reciprocal generation.
It is fitting to note —if only to facilitate the task to future researchers, to those who one day among days pretend to reconstruct the sentimentality of this our epoch— that, Costa being dead, some Spaniards of today, upon hearing the word “Spain,” do not recall Calderón nor Lepanto, do not think of the victory of the Cross, do not evoke the image of a blue sky and beneath it a splendor, but merely feel, and what they feel is pain. I do not know whether these Spaniards are many or few: I know that they are some, and that they would seem to me the best if I did not find myself among them.
Frequently we are accused of scanty patriotism, as if while we complained we lay in a bed of roses, or we were caught seeking comfort at every hour. For my part, I find myself little disposed to accept these lessons of foolish patriotism that are wont to come to us from the most frivolous hearts. In the ancestral house each one has the right to use, as best pleases him, the family inheritance: I receive that inheritance changed into bitterness, and it is the will of my patriotism to feel Spain as pain and as misfortune. Let them, then, stop their ears who do not like to listen to lamentations, and let them seek, in their own way, other methods to save the old sick caste. Since, for me, the Spanish tradition is a grave pain that torments me, I know no other means of saving Spain than freeing myself from it; that is, that Spain be something other than what it was and what it is: that it not pain me.
Costa has taught us this patriotism of pain; he has served us as an example in the midst of the ambient frivolity so that we might convince ourselves that that vague abstraction called Spanish decadence can be felt immediately as the most concrete corporal wound. Costa’s heart boiled lacerated, transfixed by Spain, and Costa projected that desperate seething outward, in gestures of Quixotic madness. When I knew him, he had already lost his equanimity: upon his thought, upon his word, upon his bearing, upon his feelings, there already weighed an accent of sickly incontinence, which in no case, I must declare, not even in Costa, appears to me agreeable or admissible. It was the Quixotic madness which, as in the divine hero of Cervantes, presents before us —tepid, easily contented, insensible men— the seed of a profound reality wrapped in a baroque shell. Quixotic I call the sensibility for ideal events, for abstract realities, for the transcendental things that occur in the bosom of eternal values. And what for Don Quixote was distributive justice, was for Costa the decadence of Spain.
How to raise a monument to Costa? Is there any sculptor among us who feels Spain as pain and as misfortune?
But Costa did not content himself with teaching us the virtue of grieving, but gave to Spanish pain a structure, organized pessimism so that it might fecundate the very afflicted earth: in the anatomy of pain he fixed the roads toward health, toward liberation from pessimism. Pain, like every sensation, according to contemporary psychology, is sensation of a difference, of a disparity: to feel the anguished Spanish reality supposes the comparative perception of the magnificent European possibility. To grieve over Spain is already to want to be Europe. Every noble pessimism is relative, merely instrumental; it is methodical pessimism, a spiritual disposition to produce increase and betterment. The pessimism that Costa taught had the sense of harassing, of awakening in the dying race the last European instincts.
To this purpose —and may the reflected citation be forgiven— I said in March of last year to the members of El Sitio in Bilbao: “optimist will be he who gathers and piles up his pain religiously, solicitously, so that not an ounce be lost, and then employs it as manure of divine fecundations, macerating in it his energy, his aspirations, and his intention. Pain is a severe cultivation; joy is only harvest; in pain we make ourselves, in pleasure we spend ourselves. Spain is an enormous, profound, diffuse pain; Spain does not exist as a nation. Let us construct Spain, that our wills, making themselves straight, solid, clear-sighted, strike like chisels the block of bitterness and carve the statue, the future Spain of splendid virtues, the Spanish joy. Let joy be a political right, that is, a right to be conquered. We can recognize our moral itinerary in that motto that Beethoven set upon one of his sonatas: “To joy through pain…” The word regeneration did not come alone to the Spanish consciousness: scarcely does one begin to speak of regeneration when one begins to speak of Europeanization. Uniting strongly both words, Don Joaquín Costa carved forever the shield of those peninsular hopes. His book Reconstitución y europeización de España has oriented for twelve years our will, while in it we learned the political style, the historical sensibility, and the best Castilian. Even when we differ on some essential points from his way of seeing the national problem, we shall always turn the face reverently toward that day in which over the desolate moral and intellectual plain of Spain there rose up, standing alone, his enormous, broad, high, square head, like a castle.
“Regeneration is inseparable from Europeanization; that is why, scarcely was the reconstructive emotion felt —the anguish, the shame, and the longing— was the Europeanizing idea thought. Regeneration is the desire; Europeanization is the means of satisfying it. Truly it was seen clearly from the beginning that Spain was the problem and Europe the solution.”
The soul of Costa will continue living as long as there is someone who gathers this his double inheritance: the pain of Spain, the idea of Europe.
Appena se ho scritto una pagina qualche volta in cui non apparisse il nome di Costa come fondo risonante e nobilitante che io cercassi per la sagoma dei miei pensieri, in realtà come eponimo e genealogia di questi stessi pensieri. E questo mi dà qualche facilità per muovermi liberamente in mezzo a questo fango lirico che su quell’uomo potente è caduto in questi giorni.
Questa gente che ora si dispone all’ululato funerario, che sembra volesse morire con Costa morto, perché non ha vissuto la vita di Costa? Perché non ha ripensato, proseguito, difeso e proclamato ciò che in Costa vi fu di superiore vitalità, di profondamente energico, di classico: il suo programma? Sono essi, per ventura, quelli che hanno parlato in questi ultimi anni di europeizzazione? Sono essi quelli che hanno gridato una tenace maledizione sulla barbarie spagnola? Sono essi quelli che di conseguenza sono stati sospetti di piagnoni, di petulanti e persino di poco patrioti?
Che cos’è questo di acclamare Costa come grande uomo, astraendo dalle sue opinioni? Che cos’è l’uomo senza il suo pensiero? Che cos’è Costa senza la sua dottrina della Spagna?
Perché non si ha da pretendere di convincerci che tanta gente come ora alza la sua voce e mette in esercizio la sua retorica, ammiri Costa per le sue opere scientifiche. Si dica con qualche chiarezza: le opere scientifiche di Costa non sono state appena lette, non si parli di sfruttate. Io non ho incontrato se non rarissimamente luoghi dove si citassero i suoi libri. Inoltre, se si fossero letti e soppesati, non ci sarebbe forse luogo per quella apoteosi. Costa, che aveva acquistato una vastissima erudizione, non perdurerà, probabilmente, come scienziato. La scienza di Costa ha bisogno, come la sua Spagna, di europeizzazione.
Lo scientifico nell’opera di Costa è la sua concezione del problema spagnolo e la sua sistematica risposta. Se questa gente, che ora si affanna rumorosamente attorno al suo cadavere, vuole salvarsi dall’accusa di frivolezza, è necessario che nei suoi cuori accetti l’idea tragica, l’idea severissima e crudele, la grande idea dell’europeizzazione della Spagna.
Mausoleo?… Mi sembra molto più degno della memoria di Costa impedire una buona volta che si prolunghi questa inetta burla sonnolenta in cui viviamo. E siccome questo non può pretendere di farlo chi voglia farlo, per merito e grazia propri, contentiamoci di non accettare la finzione di entusiasmo che i nemici del programma europeizzatore, quelli che continuano a parlare seriamente della Spagna come di qualcosa di vivo e persino glorioso, vogliono ora sollevare, per divertirsi un po’ con serate galanti, Commissioni del monumento, liste di quote, eccetera. Che facciano il loro piacere coloro ai quali piace onorare Costa morto; noi non abbiamo perché onorarlo, per noi non è morto. Ieri sollecitavamo il suo nome al fine di dichiarare che il suo programma —cioè, Costa— perdurava vivace nei nostri spiriti. Domani continueremo, come ieri, a parlare dell’europeizzazione di questa razza squalificata che è discesa da soggetto e protagonista storico a materia con cui altri popoli vanno facendo la loro storia.
Essere spagnolo è certamente un destino doloroso, con il che non è detto che sia un destino funesto: piacere e dolore sono le due dimensioni della vita, e l’uno nasce dall’altro in reciproca generazione.
Conviene far constare —sia pure per facilitare il compito ai futuri ricercatori, a coloro che pretendano un giorno tra i giorni di ricostruire la sentimentalità di questa nostra epoca— che, pur morto Costa, alcuni spagnoli di oggi, udendo la parola «Spagna», non ricordano Calderón né Lepanto, non pensano alla vittoria della Croce, non suscitano l’immagine di un cielo azzurro e sotto di esso uno splendore, ma meramente sentono, e ciò che sentono è dolore. Io non so se questi spagnoli siano molti o pochi: so che sono alcuni, e che mi sembrerebbero i migliori se non mi trovassi io tra essi.
Di frequente ci si taccia di scarso patriottismo, come se mentre ci lamentassimo giacessimo in un letto di rose o ci si sorprendesse a cercare a ogni ora la comodità. Da parte mia, mi trovo poco disposto ad accettare queste lezioni di sciocco patriottismo che sogliono giungerci dai cuori più frivoli. Nella casa solare ciascuno ha diritto di usare, come meglio gli piaccia, l’eredità familiare: io ricevo quell’eredità cambiata in amarezza, ed è la volontà del mio patriottismo sentire la Spagna come dolore e come sventura. Si tappino, dunque, le orecchie coloro cui non piaccia ascoltare lamentele e cerchino, a modo loro, altri metodi per salvare la vecchia casta malata. Essendo, per me, la tradizione spagnola un grave dolore che mi tormenta, io non conosco altro mezzo di salvare la Spagna che liberarmene; cioè, che la Spagna sia un’altra cosa da ciò che fu e da ciò che è: che non mi dolga.
Costa ci ha insegnato questo patriottismo del dolore; ci è servito di esempio in mezzo alla frivolità ambiente perché ci convincessimo che quella vaga astrazione che si dice decadenza spagnola può essere sentita immediatamente come la più concreta ferita corporale. Il cuore di Costa bolliva lacerato, trapassato dalla Spagna, e Costa proiettava quel disperato ribollire verso fuori, in gesti di follia chisciottesca. Quando io lo conobbi, aveva già perduto l’equanimità: sul suo pensiero, sulla sua parola, sul suo contegno, sui suoi sentimenti, pesava già un accento di incontinenza malaticcia, che in nessun caso, devo dichiarare che nemmeno in Costa, mi appare grato o ammissibile. Era la follia chisciottesca che, come nell’eroe divino di Cervantes, presenta dinanzi a noi —uomini tiepidi, accontentabili, insensibili— la semenza di una realtà profonda avvolta in scorza barocca. Chisciottesca chiamo la sensibilità per gli avvenimenti ideali, per le realtà astratte, per le cose trascendentali che accadono in seno ai valori eterni. E ciò che per Don Chisciotte era la giustizia distributiva, era per Costa la decadenza della Spagna.
Come elevare un monumento a Costa? C’è qualche scultore tra noi che senta la Spagna come dolore e come sventura?
Ma non si contentò Costa di insegnarci la virtù di dolerei, ma diede al dolore spagnolo una struttura, organizzò il pessimismo perché fecondasse la terra stessa afflitta: nell’anatomia del dolore fissò i cammini verso la salute, verso la liberazione dal pessimismo. Il dolore, come ogni sensazione, secondo la psicologia contemporanea, è sensazione di una differenza, di un dislivello: sentire l’angosciosa realtà spagnola suppone la percezione comparativa della magnifica possibilità europea. Dolersi della Spagna è già voler essere Europa. Ogni pessimismo nobile è relativo, meramente strumentale; è pessimismo metodico, disposizione spirituale per produrre aumento e miglioramento. Il pessimismo che Costa insegnò aveva il senso di stimolare, di suscitare nella razza morente gli ultimi istinti europei.
A questo proposito —e si perdoni la citazione riflessa— dicevo io in marzo dell’anno passato ai soci di El Sitio a Bilbao: «ottimista sarà colui che raccoglie e ammonticchia il suo dolore religiosamente, sollecitamente, senza che se ne perda un adarme, e poi lo impiega come concime di divine fecondazioni, macerando in esso la sua energia, le sue aspirazioni e la sua intenzione. Il dolore è un severo coltivo; l’allegria è soltanto raccolto; nel dolore ci facciamo, nel piacere ci consumiamo. La Spagna è un dolore enorme, profondo, diffuso; la Spagna non esiste come nazione. Costruiamo la Spagna, che le nostre volontà, facendosi rette, solide, chiaroveggenti, colpiscano come scalpelli il blocco d’amarezza e scolpiscano la statua, la futura Spagna di splendide virtù, l’allegria spagnola. Sia l’allegria un diritto politico, cioè, un diritto da conquistare. Possiamo riconoscere il nostro itinerario morale in quel motto che Beethoven pose su una delle sue sonate: “Alla gioia per il dolore…” La parola rigenerazione non venne sola alla coscienza spagnola: appena si comincia a parlare di rigenerazione si comincia a parlare di europeizzazione. Unendo fortemente ambedue le parole, don Joaquín Costa scolpì per sempre lo scudo di quelle speranze peninsulari. Il suo libro Reconstitución y europeización de España ha orientato per dodici anni la nostra volontà, a un tempo che in esso imparavamo lo stile politico, la sensibilità storica e il miglior castigliano. Anche quando discrepiamo in alcuni punti essenziali dal suo modo di vedere il problema nazionale, volgeremo sempre il volto riverentemente verso quel giorno in cui sulla desolata pianura morale e intellettuale della Spagna si levò solitaria la sua testa enorme, larga, alta, quadrata, come un castiello.
»Rigenerazione è inseparabile da europeizzazione; per questo, appena si sentì l’emozione ricostruttiva —l’angoscia, la vergogna e l’anelito— si pensò l’idea europeizzatrice. Rigenerazione è il desiderio; europeizzazione è il mezzo di soddisfarlo. Veramente si vide chiaro fin da un principio che la Spagna era il problema e l’Europa la soluzione».
Continuerà a vivere l’anima di Costa finché ci sarà chi raccolga questa sua doppia eredità: il dolore della Spagna, l’idea dell’Europa.
En cuanto a la enorme masa de su cuerpo —cuya muerte desde lejos tiene no sé qué magnitud de derrumbamiento—, sólo me parece lícito desearle píamente, como solían los antiguos, que la tierra le sea leve. Por eso pido a los amigos fieles del programa de Costa que no contribuyan a que le sea pesada poniendo sobre ella un mausoleo. En cuanto cabe afirmar estas cosas, ese mausoleo constituirá una nueva desdicha nacional, porque será un error estético. Cuando un pueblo carece de alientos para vivir integralmente, carece también de ellos para festejar y dar honores adecuados. La conmemoración es una forma de la cultura. No somos aún dignos de conmemorar la muerte de Costa: tratemos, primero, de vivir su vida.
El Imparcial, 20 de febrero de 1911
As for the enormous mass of his body —whose death from afar has I know not what magnitude of collapse—, it only seems to me licit to wish him piously, as the ancients were wont, that the earth be light upon him. That is why I ask the faithful friends of Costa’s program not to contribute to making it heavy for him by setting a mausoleum upon it. In so far as one can affirm these things, that mausoleum will constitute a new national misfortune, because it will be an aesthetic error. When a people lacks the breath to live integrally, it also lacks it to celebrate and give adequate honors. Commemoration is a form of culture. We are not yet worthy of commemorating Costa’s death: let us try, first, to live his life.
El Imparcial, February 20, 1911
Quanto all’enorme massa del suo corpo —la cui morte da lontano ha non so che grandezza di crollo—, soltanto mi sembra lecito augurargli piamente, come solevano gli antichi, che la terra gli sia lieve. Per questo chiedo agli amici fedeli del programma di Costa che non contribuiscano a che gli sia pesante ponendovi sopra un mausoleo. In quanto si possono affermare queste cose, quel mausoleo costituirà una nuova disgrazia nazionale, perché sarà un errore estetico. Quando un popolo manca di aliti per vivere integralmente, manca anche di essi per festeggiare e dare onori adeguati. La commemorazione è una forma della cultura. Non siamo ancora degni di commemorare la morte di Costa: trattiamo, prima, di vivere la sua vita.
El Imparcial, 20 febbraio 1911