Abstract
An article on Joaquín Costa’s death against rhetorical mourning: honouring Costa apart from his opinions is empty, since his living legacy is not his erudition but his programme of Europeanizing Spain. Ortega claims for himself and a few others the experience of the word ‘Spain’ as pain.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Apenas si he escrito una página alguna vez en que no apareciera el nombre de Costa como fondo resonante y ennoblecedor que yo buscara para la silueta de mis pensamientos, en realidad como epónimo y genealogía de estos mismos pensamientos. Y ello me da alguna facilidad para moverme libremente en medio de este fango lírico que sobre aquel hombre poderoso ha caído estos días.
Estas gentes que ahora se disponen al funerario alarido, que parece quisieran morir con Costa muerto, ¿por qué no han vivido la vida de Costa? ¿Por qué no han repensado, proseguido, defendido y proclamado lo que en Costa hubo de superior vitalidad, de profundamente enérgico, de clásico: su programa? ¿Son ellos, por ventura, los que han hablado estos últimos años de europeización? ¿Son ellos los que han gritado una tenaz maldición sobre la barbarie española? ¿Son ellos los que en consecuencia han sido sospechosos de plañideros, de petulantes y hasta de poco patriotas?
¿Qué es esto de aclamar a Costa como grande hombre, abstrayendo de sus opiniones? ¿Qué es el hombre sin su pensamiento? ¿Qué es Costa sin su doctrina de España?
Porque no se ha de pretender convencernos de que tanta gente como ahora eleva su voz y pone en ejercicio su retórica, admira a Costa por sus obras científicas. Dígase con alguna claridad: las obras científicas de Costa no han sido apenas leídas, no se hable de aprovechadas. Yo no he tropezado sino rarísima vez con lugares donde se citaran sus libros. Además, si se hubieran leído y sopesado, no habría tal vez lugar para aquella apoteosis. Costa, que había adquirido una vastísima erudición, no perdurará, probablemente, como científico. La ciencia de Costa necesita, como su España, de europeización.
Lo científico en la obra de Costa es su concepción del problema español y su sistemática respuesta. Si estas gentes, que ahora se afanan ruidosamente en torno a su cadáver, quieren salvarse de la acusación de frivolidad, es menester que en sus corazones acepten la idea trágica, la idea severísima y cruel, la grande idea de la europeización de España.
¿Mausoleo?… Me parece mucho más digno de la memoria de Costa impedir de una vez que se prolongue esta inepta burla soñolienta en que vivimos. Y como esto no puede pretender hacerlo quien hacerlo quiera, por mérito y gracia propios, contentémonos con no aceptar la ficción de entusiasmo que los enemigos del programa europeizador, los que siguen hablando en serio de España como de algo vivo y hasta glorioso, quieren ahora levantar, para divertirse un rato con veladas galantes, Comisiones del monumento, listas de cuotas, etcétera. Que hagan su placer los que gusten de honrar a Costa muerto; nosotros no tenemos para qué honrarle, para nosotros no ha muerto. Ayer solicitábamos su nombre a fin de declarar que su programa —es decir, Costa— perduraba vivaz en nuestros espíritus. Mañana continuaremos, como ayer, hablando de la europeización de esta raza descalificada que ha descendido de sujeto y protagonista histórico a materia con que otros pueblos van haciendo su historia.
Ser español es ciertamente un doloroso destino, con lo cual no está dicho que sea un destino funesto: placer y dolor son las dos dimensiones de la vida, y el uno nace del otro en recíproca generación.
Conviene hacer constar —siquiera para facilitar la tarea a futuros investigadores, a quienes pretendan un día de entre los días reconstruir la sentimentalidad de esta época nuestra— que, aun muerto Costa, algunos españoles de hoy, al escuchar la palabra «España», no recuerdan Calderón ni Lepanto, no piensan en la victoria de la Cruz, no suscitan la imagen de un cielo azul y bajo él un esplendor, sino que meramente sienten, y esto que sienten es dolor. Yo no sé si estos españoles son muchos o pocos: sé que son algunos, y que me parecerían los mejores si no me encontrara yo entre ellos.
Con frecuencia se nos tacha de escaso patriotismo, como si mientras nos quejáramos yaciéramos en un lecho de rosas o se nos sorprendiera buscando a toda hora la comodidad. Por mi parte, me hallo poco dispuesto a aceptar estas lecciones de necio patriotismo que suelen llegarnos de los corazones más frívolos. En la casa solariega tiene cada cual derecho a usar, como mejor le plazca, la herencia familiar: yo recibo esa herencia cambiada en amargura, y es la voluntad de mi patriotismo sentir a España como dolor y como desventura. Tápense, pues, los oídos quienes no gusten de escuchar lamentaciones y busquen, a su modo, otros métodos para salvar la vieja casta enferma. Siendo, para mí, la tradición española un grave dolor que me atormenta, yo no sé otro medio de salvar a España que librarme de ella; es decir, que España sea otra cosa de lo que fue y de lo que es: que no me duela.
Costa nos ha enseñado este patriotismo del dolor; nos ha servido de ejemplo en medio de la frivolidad ambiente para que nos convenciéramos de que esa vaga abstracción que se dice decadencia española puede ser sentida inmediatamente como la más concreta herida corporal. El corazón de Costa hervía lacerado, traspasado por España, y Costa proyectaba ese desesperado hervor hacia fuera, en gestos de amencia quijotesca. Cuando yo le conocí, había ya perdido la ecuanimidad: sobre su pensamiento, sobre su palabra, sobre su ademán, sobre sus sentimientos, pesaba ya un acento de incontinencia enfermiza, que en ningún caso, debo declarar que ni aun en Costa, me aparece grato o admisible. Era la amencia quijotesca que, como en el héroe divino de Cervantes, presenta ante nosotros —hombres tibios, contentadizos, insensibles— la simiente de una realidad profunda envuelta en cáscara barroca. Quijotesca llamo la sensibilidad para acontecimientos ideales, para las realidades abstractas, para las cosas trascendentales que ocurren en el seno de los valores eternos. Y lo que para Don Quijote era la justicia distributiva, era para Costa la decadencia de España.
¿Cómo elevar un monumento a Costa? ¿Hay algún escultor entre nosotros que sienta a España como dolor y como desventura?
Mas no se contentó Costa con enseñarnos la virtud de dolernos, sino que dio al dolor español una estructura, organizó el pesimismo para que fecundara la tierra misma acongojada: en la anatomía del dolor fijó los caminos hacia la salud, hacia la liberación del pesimismo. El dolor, como toda sensación, según la psicología contemporánea, es sensación de una diferencia, de un desnivel: sentir la angustiosa realidad española supone la percepción comparativa de la magnífica posibilidad europea. Dolerse de España es ya querer ser Europa. Todo pesimismo noble es relativo, meramente instrumental; es pesimismo metódico, disposición espiritual para producir aumento y mejoración. El pesimismo que Costa enseñó tenía el sentido de hostigar, de suscitar en la raza moribunda los últimos instintos europeos.
A este propósito —y perdónese la cita refleja— decía yo en marzo del pasado año a los socios de El Sitio en Bilbao: «optimista será el que colige y amontona su dolor religiosamente, solícitamente, sin que se pierda un adarme, y luego lo emplea como abono de divinas fecundaciones, macerando en él su energía, sus aspiraciones y su intención. El dolor es un severo cultivo; la alegría es sólo cosecha; en el dolor nos hacemos, en el placer nos gastamos. España es un dolor enorme, profundo, difuso; España no existe como nación. Construyamos España, que nuestras voluntades haciéndose rectas, sólidas, clarividentes, golpeen como cinceles el bloque de amargura y labren la estatua, la futura España de espléndidas virtudes, la alegría española. Sea la alegría un derecho político, es decir, un derecho a conquistar. Podemos reconocer nuestro itinerario moral en aquel lema que Beethoven puso sobre una de sus sonatas: “A la alegría por el dolor…” La palabra regeneración no vino sola a la conciencia española: apenas se comienza a hablar de regeneración se empieza a hablar de europeización. Uniendo fuertemente ambas palabras, don Joaquín Costa labró para siempre el escudo de aquellas esperanzas peninsulares. Su libro Reconstitución y europeización de España ha orientado durante doce años nuestra voluntad, a la vez que en él aprendíamos el estilo político, la sensibilidad histórica y el mejor castellano. Aun cuando discrepemos en algunos puntos esenciales de su manera de ver el problema nacional, volveremos siempre el rostro reverentemente hacia aquel día en que sobre la desolada planicie moral e intelectual de España se levantó señera su testa enorme, ancha, alta, cuadrada, como un castiello.
»Regeneración es inseparable de europeización; por eso, apenas se sintió la emoción reconstructiva —la angustia, la vergüenza y el anhelo— se pensó la idea europeizadora. Regeneración es el deseo; europeización es el medio de satisfacerlo. Verdaderamente se vio claro desde un principio que España era el problema y Europa la solución».
Seguirá viviendo el alma de Costa mientras haya quien recoja esta su doble herencia: el dolor de España, la idea de Europa.
En cuanto a la enorme masa de su cuerpo —cuya muerte desde lejos tiene no sé qué magnitud de derrumbamiento—, sólo me parece lícito desearle píamente, como solían los antiguos, que la tierra le sea leve. Por eso pido a los amigos fieles del programa de Costa que no contribuyan a que le sea pesada poniendo sobre ella un mausoleo. En cuanto cabe afirmar estas cosas, ese mausoleo constituirá una nueva desdicha nacional, porque será un error estético. Cuando un pueblo carece de alientos para vivir integralmente, carece también de ellos para festejar y dar honores adecuados. La conmemoración es una forma de la cultura. No somos aún dignos de conmemorar la muerte de Costa: tratemos, primero, de vivir su vida.
El Imparcial, 20 de febrero de 1911