Abstract

A travel sketch: on a train through Castile, three nuns board at Paredes; the eldest, a hospital visitor, muddles the prioresses’ names, shows the fan given her by an inmate, and recalls with a smile the morning forty-nine years earlier when she left home. Narrative prose, not philosophy.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Palencia, Grijota, Villaumbrales, Paredes… Aquí, en Paredes, creo que nació Berruguete, el escultor. Es una aldea grande, tendida en el llano, con algunos edificios amplios que deben de ser hospitales. ¡Iglesias y hospitales! Obras de la fe, obras de la caridad. Pero en ninguna parte, sobre los techos rojizos de estos poblados, se advierte la huella de los dedos de la esperanza. Ni verdura en la tierra, ni esperanza en los corazones. Cercado por esta aspereza tan ardiente, algo, gimiendo dentro de nosotros, exclama: «¡Esperanza!» Y como si acudiera a nuestra llamada, vemos en la fantasía una fontana de agua clara, fresca, que mana trémula…

Hasta aquí he ido solo en el departamento. En Paredes suben tres monjas, tres hermanas de la Caridad. Una es joven, pálida y escrofulosa. Otra, de mediana edad, con tez y perfil anglosajones. La tercera, a quien ambas atienden y regalan, es vieja, una de estas viejas muy viejas que conservan en sus facciones gruesas una grata blandura, que tienen la mano aún gordezuela, pero ya sin elasticidad en los tejidos musculares. Es dulce, simpática, sencilla, noble y aldeana a la vez. Es la vieja perfecta; debió ser hermosa, y los arcos óseos de sus ojos siguen siendo dos bellos arcos derruidos.

Debe de ser esta monja una elevada autoridad en su Orden. Por lo que habla, una visitadora que va de hospital en hospital, inspeccionando los pequeños destacamentos de este ejército tan noble, tan respetable, tan arcaico. ¡Pero es tan vieja! Ha olvidado los nombres de las superioras de todos los conventos que visita. Confunde una sor con otra sor. ¡Ha visto tantas! Ni por casualidad acierta una vez. La monja anglosajona, en cambio, lo sabe todo, y cariñosamente corrige a la anciana, la cual sonríe, sonríe siempre, con una sonrisa blanda y universal.

El sol occidente echa unos rayos rubios por la ventanilla que besan y aureolan la faz cetrina de la hermana visitadora. Saca ésta del bolso un abanico de los que venden en las ferias con figuras abigarradas en el país.

—Es el abanico de mi tonto —dice. En el hospital tenemos un tonto que es muy bueno. El último día de mi santo me dijo (y la anciana imitaba el balbuceo del tonto): «Hermana, yo le regalaré un abanico». Yo le contesté: «¡Pero si ya tengo, Crispín!» Y él repuso: «No, que es negro; yo quió regalarle uno con gente». Mi tonto llama a las figuras gente.

Luego pregunta:

—¿Qué día es hoy?

—Dieciséis de julio —le contestan.

Y da un hondo suspiro, mira la lejanía y dice:

—Pues esta mañana, a las cinco, han hecho cuarenta y nueve años que salí de mi casa para ir al convento. ¡Qué mañana! No la olvido nunca. Salí con el corazón encogido y me iba acordando de lo que decía Santa Teresa de sí misma: «Cuando abandonaba la casa de mis padres me parecía que me crujían los huesos».

Pero esto lo dice la hermana visitadora envolviendo el antiguo hecho amargo con la sonrisa universal de ahora. Y es como si alguien, acariciando con la yema del dedo una espina, dijera: «¡Pobrecilla! ¡Bastante desgracia tienes con ser tu misión herir!»