Abstract
A reply to Maura, who condenses his politics into the word ‘citizenship’ and reads the Spanish past to explain political absenteeism. Ortega objects that Maura does not write history but projects his political bias across the centuries, granting politics an importance it lacks, and that in the eighteenth century absenteeism was European, not Spanish.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
La política del señor Maura parece condensarse cada día más dentro de esta palabra: ciudadanía. Con ella se busca remedio a lo que en su opinión constituye la más grave enfermedad de nuestra raza: la «ausencia del Gobierno».
Los partidos políticos españoles —viene a decir el señor Maura— eran unas bandadas de buitres que alternativamente se ponían sobre el presupuesto. ¿Cómo era posible la reiteración de semejante escena? El señor Maura explica tal fenómeno de voraz devastación por el hecho de que los españoles nada buitres, solían estar ausentes de la política, de la gobernación. Éste es, a juicio suyo, el rasgo característico de la vida española.
Desde hace algún tiempo acostumbra el señor Maura en sus oraciones a tomar una carrerilla histórica para esclarecer la hora presente. En el Real tomó velocidad desde don Juan II. Ahora, en el Ateneo, parte de Cisneros. Fuera equivocado, sin embargo, creer que el señor Maura se interna en el pasado con ojos de historiador. Cuando camina a redrotiempo, no es para mirar cuidadosamente lo que entonces era la vida; antes bien, al llegarse al año 1521 le sorprendemos arengando a los comuneros en la alborada de Villalar.
Esto me recuerda a la divina condesa Mathieu de Noailles, que gusta en sus poesías de imaginar lo que soñarán de ella los mozos dentro de cien años. De manera que el verso sirve en este caso, más que para una labor poética, para iniciar un delicado flirteo de ultratumba.
El señor Maura, político, cuando habla del pretérito, más que historiarlo traslada su predisposición política al través de los siglos. Esta predisposición me parece consistir en dar a la política una importancia que no tiene y que no ha solido tener. Tal error de perspectiva le induce a afirmar que la historia de los partidos políticos viene a ser la historia de la vida entera de un pueblo. Y cita, como ejemplo, a Inglaterra, sin notar que acaso es el distintivo de Inglaterra esa porosidad de su vida política, que permite fluir por ella a la vida entera del pueblo inglés. Cualidad, por cierto, que durante dos siglos le ha sido tácita o paladinamente envidiada por las naciones continentales, desde Montesquieu y Voltaire hasta Carlos Marx. Pero eso que es verdad para Inglaterra, temo que no lo sea para Alemania ni para Italia, para América ni para España. Claro es que todo está en todo; mas entonces, lo que dijéramos de los partidos políticos lo diríamos también del arte de tocar la vihuela.
¿Es cierto que en el absentismo político hallemos un fenómeno muy peculiar de España, hasta el punto de atribuirle la generación de nuestros grandes males? No hablemos de los siglos XVI y XVII, que están demasiado lejos para que sea formal manejarlos en rápidas visiones. ¿Intervenían más franceses y alemanes en las políticas nacionales del siglo XVIII que en la suya los españoles? Entonces la política no interesaba a ninguna clase social: en todos los países era oficio privado de unos cuantos cortesanos que entre dos partidas de ajedrez daban un codazo al planeta. La economía era «cameralismo»; la gobernación, «camarilla». Desde su alcoba envía madama de Pompadour al mariscal D’Estrées un plan de guerra, donde las posiciones van marcadas con las mouches que a la sazón usaban las damas para amenizar sus mejillas.
Podemos, pues, sospechar que el absentismo no es un hecho peculiar nuestro en esos tiempos. Huelga, por lo tanto, buscar en la colonización de América la causa de un efecto que no existió. En general, parece extraño que un hombre tan selecto como el señor Maura acepte el lugar común de considerar la emigración a Indias, la guerra de Independencia y la Civil, los pronunciamientos, como fenómenos productores de nuestra mengua. Sería deseable que no se insistiese en esto. Cualquiera diría que otros pueblos no han emigrado con análoga abundancia, ni han tenido guerras mucho más cruentas, ni disturbios y revoluciones más frecuentes, furiosas y perturbadoras que nosotros. Y, sin embargo, en aquellas naciones estos sucesos no engendraron el desmedramiento ni la ausencia ciudadana.