Abstract

An editorial (El Sol, 1919) against rebuilding the great parties and their peaceful alternation: political convictions now live on nuances rather than large opposed affirmations, Spanish society is split into cores that cannot be unified, and every attempt at grand parliamentary architecture will end by crushing the institutions sheltering under it.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Somos muchos los españoles que, tal vez padeciendo un error, consideraríamos como el peor de los males posibles en la actual coyuntura de la vida española, un ensayo de reconstitución de los grandes partidos políticos y su gobernación turnante merced a una armonía preestablecida. Expresar esta opinión, tantas veces razonada, produce algún enojo a los políticos conservadores. Un periódico afín a ellos, consideraba anoche injusto que se atribuyese al partido conservador la invención del turno pacífico entre dos grandes artefactos de gobierno. Cierto que no es el partido acaudillado por el señor Dato inventor de tan arcaico como caduco sistema, pero es un hecho que a estas horas no existe ningún otro grupo político que en declaraciones formales haya manifestado su deseo de ver reorganizados aquellos viejos saurios parlamentarios; sólo el partido conservador, por boca del señor Dato, por la barroca pluma del señor Sánchez de Toca y hasta por los editoriales del periódico oficioso, ha expresado su nostalgia por la antigua rotación liberal conservadora. Mas, por lo que hace al fondo del asunto, recordaremos, en dos palabras, cuál ha sido siempre muestro razonamiento para considerar indeseables esas grandes agrupaciones. No hemos dudado nunca que sea más fácil gobernar un país con grandes organismos de gobierno que con una muchedumbre de grupos díscolos y nada fáciles de compaginar. Lo que hemos afirmado —y reiteramos— es que por una parte va el deseo hacia lo más cómodo y por otra la disciplina de la realidad. Queramos o no, los grandes partidos son hoy imposibles en España por la sencilla razón de que las convicciones políticas viven hoy más de matices que de grandes afirmaciones contrapuestas. Nada más funesto en política que inventar coberturas a las realidades y fingir sencilleces donde en rigor existen grandes complejidades. De hecho, la sociedad española está partida en numerosos núcleos de opinión que no tienen entre sí la suficiente coincidencia para permitir su unificación dentro de un gran organismo permanente. La restauración de dos grandes partidos sólo podría hacerse gastando, en la goma y en las lañas necesarias para mantener juntos trozos que en sí mismos van dispersos, la casi totalidad del prestigio moral y del tesoro de austeridad, sin los que no puede dar un paso firme en el Poder agrupación ninguna.

Suponemos que, juzgándolo de uno o de otro modo, no querrán desconocer los conservadores el hecho indubitable de haber llegado hoy las fuerzas políticas a los últimos confines del desprestigio. Si fuera ocasión para hacer historia, mostraríamos cómo ha crecido ese desprestigio paralelamente a los esfuerzos violentos con que en los últimos quince años se ha persistido en mantener ligado lo que no tenía ya fuerza vital y espontánea de cohesión. Las horas más amargas que ha pasado la Monarquía fueron debidas a sus intervenciones, bien intencionadas, sin duda, pero enfermas de error, para prolongar la vida a los antiguos partidos monumentales de la Regencia. Conste, pues, que para nosotros la cuestión no está en si, poniéndose a soñar, no sería más cómoda la solución de los grandes partidos que la de los pequeños grupos; lo que decimos es que, aparte el vaguear de los ensueños, cuantas veces se intente en España la reorganización de las grandes arquitecturas parlamentarias, otras tantas vendrán a tierra amenazando con triturar las instituciones que en ellas pretenden cobijarse.

Publicado sin firma, El Sol, 7 de mayo de 1919