Ortega y Gasset

Abstract

Ortega credits the economic interpretation of history with making history a science — beneath events, each age’s economic organization rules — but denounces its exaggeration in reducing law, art, science and religion to ‘superstructure’. Marx’s thesis held above all for a nineteenth century that had deified the instrument and made man a homo oeconomicus.

Connections

Assi: Senso della storia
Posizioni: materialismo storico
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

La interpretación económica de la historia es una de las grandes ideas del siglo XIX. Yo la he combatido ardientemente, como asimismo al otro gran pensamiento, más amplio y radical, de que ella es mero corolario: la interpretación utilitaria de la vida corporal y espiritual. Pero si la he combatido, claro es que la estimo altamente. No comprendo cómo se puede combatir lo que no se estima. Sólo los grandes errores incitan a ser debelados. Y una idea sólo puede adquirir el tamaño de grande error cuando arrastra consigo una verdad de alto porte. De otro modo, no podría tenerse en pie, ganar adeptos y proliferar. Un gran error es siempre una gran verdad exagerada, violentada.

Tuvo enorme importancia la aparición de esta teoría histórica. Puede decirse que desde entonces empieza a existir algo que merezca llamarse ciencia histórica. Reveló súbitamente que la balumba de los hechos humanos no era mero ir y venir de acontecimientos suscitados por el azar, sino que bajo esa apariencia de gota de agua, donde a capricho pululan los vibriones, la vida histórica tiene una estructura, una ley profunda que la rige inexorable. Bajo la escena intrincadísima y mudable de los sucesos gobierna rigorosa la organización económica de cada época. Ella es la sustancia del proceso histórico.

Desde entonces, repito, la historia no se contenta con narrar lo acaecido, sino que aspira a reconstruir el mecanismo generador de los acaecimientos.

Era, sin embargo, excesivo el papel que al ingrediente económico se daba, haciendo de él la única auténtica realidad histórica y desvirtuando el resto —derecho, arte, ciencia, religión— como mera «superestructura», simple reflejo y proyección de la interna mecánica económica. Aquí está la exageración, cien veces demostrada. Pero merced a ella quedó para siempre despierta la atención a los datos económicos de cada época, que antes pasaban desapercibidos a la historiografía.

¡Qué magnífica iluminación la que de pronto alumbró las tinieblas del pasado, cuando Marx y sus hombres arrojaron en la gran caverna, llena de ecos y de sombras, la tea de este audaz pensamiento! Pareció una verdad evidente que los hechos mismos gritaban e imponían. Y —¡curiosa coincidencia!—, a la par que parecía venir por evidencia de los hechos externos, parecía emerger, como una adivinación lírica, del fondo de las almas. Casi siempre acontece lo mismo con las grandes ideas: las vemos a un tiempo fuera y dentro, como verdades y como deseos, como leyes del cosmos y confesiones del espíritu. Tal vez es imposible descubrir fuera una verdad que no esté preformada, como delirio magnífico, en nuestro fondo íntimo. En el caso de la interpretación económica de la historia no hay duda que fue así. La existencia social en el siglo XIX dependió, en efecto, primordialmente, del factor económico. La idea de Marx era, por lo menos grosso modo, verdadera para aquella centuria y parte de las próximas anteriores. El hombre moderno venía progresivamente convirtiéndose en homo oeconomicus. Se preocupaba, sobre todo, de allegar «medios», «útiles». Sentía la vida como un afán utilitario. Divinizó el instrumento, el útil. Franklin había ya definido al hombre como el animal instrumentificum (hoy, después de los minuciosos estudios de Köhler en la Estación para el estudio de los antropoides, de Tenerife, no se puede pensar tranquilamente en tal definición[137]). Marx hará girar el panorama histórico sobre los «instrumentos de producción». El que los posea, ése manda. La historia es una lucha para adueñarse de ellos. Cuando la forma del instrumento varía, el paisaje humano cambia.

De tal modo es esta fe en el instrumento una idea preconcebida de aquel tiempo, que, sin saber unos de otros, los pensadores más distantes la encuentran en los órdenes más distintos. El arquitecto vienés Gottfried Semper intenta una Tectónica de las artes plásticas, donde reconstruye la historia del arte desde la cerámica primera, suponiendo que las formas estéticas proceden de los instrumentos y técnica con que el objeto útil era producido. La evolución de los estilos consistía especialmente en la evolución de la técnica productora. Darwin, después de todo, no hace otra cosa que devolver al término «órgano» su valor etimológico de instrumento. La forma orgánica es un repertorio de útiles para la vida. Pero ¿qué? Las ideas mismas —las «verdades»— son consideradas instrumentalmente y se las llama working-hypotheses, aparatos para el trabajo mental.

Por ventura, ¿es todo esto un puro error? Yo no lo creo de ninguna manera. Esta visión del siglo XIX —en rigor, de toda la Edad Moderna— es cierta; pero no lo es exclusivamente. La utilidad, especialmente la económica —«los medios de producción y tráfico», como dice Marx—, es una gran rueda de la historia, pero que rueda engranada con otras muchas. La máquina es más compleja; tanto, que aún no vislumbramos su plano completo. Y, probablemente, el descubrimiento de las restantes piezas se hará también a fuerza de exageraciones sucesivas. Su revelación traerá consigo una hora de frenesí, y luego será menester tornar a la cordura.

La interpretación económica de la historia nacida en el siglo último ilumina bastante bien la realidad de nuestra época; pero, aplicada a otras, pronto advertimos su desdibujo. No; la historia no ha sido siempre gobernada autocráticamente por los medios de producción y tráfico, ni ha consistido monótonamente en una lucha económica de clases. Las clases sociales mismas no han sido en todo momento clases económicas. Tal vez no lo han sido completamente más que en las dos últimas centurias, que, en este caso, resultarían ser una excepción histórica. Así, las clases indias no son económicas: la suprema, el brahmán, es pobre, no posee nada. El verdadero brahmán es «el que ha comprendido», es el sabio por raza y divina prescripción. Weber ha mostrado en sus admirables estudios sobre sociología religiosa cómo, lejos de ser los credos meras consecuencias de la forma económica, influyen profundamente en ésta, bien que, a su vez, son influidos por aquélla.

Dentro del ciclo histórico europeo, conforme nos alejamos de 1800 hacia atrás, va perdiendo evidencia la teoría de Marx. Otros factores que hoy, en efecto, parecen secundarios, pasan a primer término y modelan soberanamente el cuerpo histórico. Esto hace pensar que, no sólo varía la piel de la realidad histórica —los hechos visibles y de sobrehaz—, sino que la estructura latente y sustantiva de la sociedad cambia de una edad en otra. En tal caso sería necia terquedad obstinarse en descubrir un único principio invariable que sea el rector de las mudanzas humanas. Más verosímil es que existan varias potencias últimas, cuyo diferente acomodo y combinación trae consigo los grandes cambios históricos. Recientemente ha hecho notar Scheler que en ciertas épocas parecen predominar las fuerzas biológicas —la sangre, la raza—, así en los pueblos muy jóvenes; en otras, tiranizan la vida colectiva los factores políticos —la razón de Estado, los intereses dinásticos, etc.—, y sólo en edades tan maduras que tocan ya los tiempos de descomposición se alza el principio económico con el mando sobre la historia.

Ello es que no arribaremos a una suficiente comprensión del proceso histórico si antes no se investiga y mide el influjo de cada actividad humana sobre el resto de la vida.

Una de estas investigaciones sería lo que llamo interpretación bélica de la historia. No se trata de volver a una historiografía que narre las batallas, sino de mostrar el poder plástico que sobre la constitución de la vida en cada época ha tenido el modo contemporáneo de hacer la guerra. Sorprende que no se haya aprovechado más una insinuación que, al desgaire, hace ya Aristóteles en su Política cuando dice que «en cada Estado el Soberano es el combatiente y participan del Poder los que tienen las armas».

Este pensamiento podría proporcionarnos una interpretación bélica de la historia, que formaría el perfecto contraposto a la interpretación económica. Según ella, la vida en cada época sería, no lo que fuesen los instrumentos de producción, sino, al revés, los instrumentos de destrucción. Una modificación de las armas de combate acarrearía una distinta configuración de la sociedad. La forma política se modelaría en la forma de la guerra, y el poder público aparecería siempre en las manos que tienen las armas.

II

I

The economic interpretation of history is one of the great ideas of the nineteenth century. I have combated it ardently, as also that other great thought, broader and more radical, of which it is a mere corollary: the utilitarian interpretation of corporeal and spiritual life. But if I have combated it, it is clear that I hold it in high esteem. I do not understand how one can combat what one does not esteem. Only great errors incite one to be vanquished. And an idea can only acquire the size of a great error when it drags along with it a truth of high caliber. Otherwise, it could not stand on its feet, win adherents and proliferate. A great error is always a great truth exaggerated, violated.

The appearance of this historical theory was of enormous importance. It may be said that from then on there begins to exist something that deserves to be called historical science. It suddenly revealed that the heap of human facts was not a mere coming and going of events raised by chance, but that beneath that appearance of a drop of water, where vibriones swarm at will, historical life has a structure, a profound law that governs it inexorably. Beneath the most intricate and changeable scene of events, the economic organization of each epoch governs rigorously. It is the substance of the historical process.

Since then, I repeat, history is not content with narrating what happened, but aspires to reconstruct the generating mechanism of events.

It was, however, excessive the role that was given to the economic ingredient, making of it the only authentic historical reality and denaturing the rest —law, art, science, religion— as a mere «superstructure», simple reflection and projection of the internal economic mechanics. Here is the exaggeration, demonstrated a hundred times. But thanks to it, attention to the economic data of each epoch remained forever awake, data that before passed unnoticed to historiography.

What a magnificent illumination, the one that suddenly lit up the darkness of the past, when Marx and his men cast into the great cavern, full of echoes and shadows, the torch of this bold thought! It seemed an evident truth that the facts themselves shouted and imposed. And —curious coincidence!—, at the same time that it seemed to come by evidence from the external facts, it seemed to emerge, like a lyrical divination, from the depths of souls. Almost always the same happens with great ideas: we see them at once outside and inside, as truths and as desires, as laws of the cosmos and confessions of the spirit. Perhaps it is impossible to discover outside a truth that is not pre-formed, as a magnificent delirium, in our intimate depths. In the case of the economic interpretation of history there is no doubt that it was so. Social existence in the nineteenth century depended, in effect, primarily, upon the economic factor. Marx’s idea was, at least grosso modo, true for that century and part of the ones immediately preceding. Modern man was progressively becoming homo oeconomicus. He was concerned, above all, with gathering «means», «utilities». He felt life as a utilitarian striving. He deified the instrument, the tool. Franklin had already defined man as the animal instrumentificum (today, after the minute studies of Köhler at the Station for the study of anthropoids, in Tenerife, one cannot calmly think of such a definition[137]). Marx will make the historical panorama turn upon the «instruments of production». He who possesses them, he commands. History is a struggle to take possession of them. When the form of the instrument varies, the human landscape changes.

To such a degree is this faith in the instrument a preconceived idea of that time, that, without knowing of one another, the most distant thinkers find it in the most distinct orders. The Viennese architect Gottfried Semper attempts a Tectonics of the plastic arts, where he reconstructs the history of art from the first ceramics, supposing that aesthetic forms proceed from the instruments and technique with which the useful object was produced. The evolution of styles consisted especially in the evolution of the producing technique. Darwin, after all, does nothing but restore to the term «organ» its etymological value of instrument. The organic form is a repertory of tools for life. But what? The ideas themselves —the «truths»— are considered instrumentally and are called working-hypotheses, apparatuses for mental work.

By chance, is all this a pure error? I do not believe it in any way. This vision of the nineteenth century —in strict truth, of all the Modern Age— is certain; but it is not exclusively so. Utility, especially the economic one —«the means of production and traffic», as Marx says—, is a great wheel of history, but a wheel that turns geared with many others. The machine is more complex; so much so, that we still do not glimpse its complete plan. And, probably, the discovery of the remaining pieces will also be made by force of successive exaggerations. Its revelation will bring with it an hour of frenzy, and then it will be necessary to return to good sense.

The economic interpretation of history born in the last century illuminates fairly well the reality of our epoch; but, applied to others, we soon notice its blurring. No; history has not always been governed autocratically by the means of production and traffic, nor has it consisted monotonously in an economic struggle of classes. The social classes themselves have not at every moment been economic classes. Perhaps they have not been completely so in more than the two last centuries, which, in this case, would turn out to be a historical exception. Thus, the Indian classes are not economic: the supreme one, the Brahman, is poor, possesses nothing. The true Brahman is «he who has understood», he is the sage by race and divine prescription. Weber has shown in his admirable studies on religious sociology how, far from being the creeds mere consequences of the economic form, they profoundly influence it, although, in turn, they are influenced by it.

Within the European historical cycle, as we move away from 1800 backwards, Marx’s theory loses evidence. Other factors that today, in effect, seem secondary pass to the foreground and sovereignly model the historical body. This makes one think that, not only does the skin of historical reality vary —the visible, superficial facts—, but that the latent and substantive structure of society changes from one age to another. In such a case it would be foolish stubbornness to insist on discovering a single invariable principle that is the rector of human changes. More likely is that there exist various ultimate powers, whose different arrangement and combination brings with it the great historical changes. Recently Scheler has made note that in certain epochs the biological forces seem to predominate —blood, race—, as in very young peoples; in others, the political factors tyrannize collective life —reason of State, dynastic interests, etc.—, and only in ages so mature that they already touch the times of decomposition does the economic principle rise with command over history.

The fact is that we shall not arrive at a sufficient understanding of the historical process if there is not first investigated and measured the influence of each human activity upon the rest of life.

One of these investigations would be what I call the bellicose interpretation of history. It is not a question of returning to a historiography that narrates battles, but of showing the plastic power that the contemporary manner of making war has had upon the constitution of life in each epoch. It is surprising that one has not made more use of an insinuation that, casually, Aristotle already makes in his Politics when he says that «in each State the Sovereign is the combatant and those who have the arms participate in Power».

This thought could provide us with a bellicose interpretation of history, which would form the perfect counterpoint to the economic interpretation. According to it, life in each epoch would be, not what the instruments of production were, but, on the contrary, the instruments of destruction. A modification of the weapons of combat would bring with it a different configuration of society. The political form would be modeled in the form of war, and public power would always appear in the hands that have the arms.

II

I

L’interpretazione economica della storia è una delle grandi idee del secolo XIX. Io l’ho combattuta ardentemente, come pure l’altro grande pensiero, più ampio e radicale, di cui essa è mero corollario: l’interpretazione utilitaria della vita corporale e spirituale. Ma se l’ho combattuta, chiaro è che la stimo altamente. Non comprendo come si possa combattere ciò che non si stima. Solo i grandi errori incitano a essere debellati. E un’idea può acquisire la dimensione di grande errore soltanto quando trascina con sé una verità di alto lignaggio. Altrimenti, non potrebbe reggersi in piedi, guadagnare adepti e proliferare. Un grande errore è sempre una grande verità esagerata, violentata.

Ebbero enorme importanza l’apparizione di questa teoria storica. Si può dire che da allora comincia a esistere qualcosa che meriti chiamarsi scienza storica. Rivelò improvvisamente che la mole dei fatti umani non era mero andare e venire di avvenimenti suscitati dal caso, ma che sotto quella parvenza di goccia d’acqua, dove a capriccio pullulano i vibrioni, la vita storica ha una struttura, una legge profonda che la regge inesorabile. Sotto la scena intricatissima e mutevole degli avvenimenti governa rigorosa l’organizzazione economica di ogni epoca. Essa è la sostanza del processo storico.

Da allora, ripeto, la storia non si accontenta di narrare l’accaduto, ma aspira a ricostruire il meccanismo generatore degli accadimenti.

Era, tuttavia, eccessivo il ruolo che all’ingrediente economico si dava, facendo di esso l’unica autentica realtà storica e snaturando il resto —diritto, arte, scienza, religione— come mera «sovrastruttura», semplice riflesso e proiezione dell’interna meccanica economica. Qui sta l’esagerazione, cento volte dimostrata. Ma mercé essa restò per sempre desta l’attenzione ai dati economici di ogni epoca, che prima passavano inosservati alla storiografia.

Che magnifica illuminazione quella che di colpo allumò le tenebre del passato, quando Marx e i suoi uomini gettarono nella grande caverna, piena di echi e di ombre, la fiaccola di questo ardito pensiero! Parve una verità evidente che i fatti stessi gridavano e imponevano. E —curiosa coincidenza!—, al tempo stesso che sembrava venire per evidenza dai fatti esterni, sembrava emergere, come una divinazione lirica, dal fondo delle anime. Quasi sempre accade lo stesso con le grandi idee: le vediamo a un tempo fuori e dentro, come verità e come desideri, come leggi del cosmo e confessioni dello spirito. Forse è impossibile scoprire fuori una verità che non sia preformata, come delirio magnifico, nel nostro fondo intimo. Nel caso dell’interpretazione economica della storia non c’è dubbio che fu così. L’esistenza sociale nel secolo XIX dipese, in effetti, primordialmente, dal fattore economico. L’idea di Marx era, almeno grosso modo, vera per quella centuria e parte delle prossime precedenti. L’uomo moderno veniva progressivamente convertendosi in homo oeconomicus. Si preoccupava, soprattutto, di accumulare «mezzi», «utili». Sentiva la vita come un affanno utilitario. Divinizzò lo strumento, l’utile. Franklin aveva già definito l’uomo come l’animale instrumentificum (oggi, dopo i minuziosi studi di Köhler alla Stazione per lo studio degli antropoidi, di Tenerife, non si può pensare tranquillamente a tale definizione[137]). Marx farà girare il panorama storico sugli «strumenti di produzione». Chi li possiede, quello comanda. La storia è una lotta per impadronirsene. Quando la forma dello strumento varia, il paesaggio umano cambia.

A tal punto è questa fede nello strumento un’idea preconcetta di quel tempo, che, senza sapere l’uno dell’altro, i pensatori più distanti la trovano negli ordini più distinti. L’architetto viennese Gottfried Semper tenta una Tettonica delle arti plastiche, dove ricostruisce la storia dell’arte dalla ceramica prima, supponendo che le forme estetiche procedano dagli strumenti e dalla tecnica con cui l’oggetto utile era prodotto. L’evoluzione degli stili consisteva specialmente nell’evoluzione della tecnica produttrice. Darwin, dopo tutto, non fa altro che restituire al termine «organo» il suo valore etimologico di strumento. La forma organica è un repertorio di utili per la vita. Ma che cosa? Le idee stesse —le «verità»— sono considerate strumentalmente e vengono chiamate working-hypotheses, apparecchi per il lavoro mentale.

Per ventura, è tutto questo un puro errore? Io non lo credo in nessun modo. Questa visione del secolo XIX —in rigore, di tutta l’Età Moderna— è certa; ma non lo è esclusivamente. L’utilità, specialmente l’economica —«i mezzi di produzione e di traffico», come dice Marx—, è una grande ruota della storia, ma che ruota ingranata con molte altre. La macchina è più complessa; tanto che ancora non intravediamo il suo piano completo. E, probabilmente, la scoperta dei restanti pezzi si farà anche a forza di esagerazioni successive. La sua rivelazione porterà con sé un’ora di frenesia, e poi sarà necessario tornare alla saggezza.

L’interpretazione economica della storia nata nel secolo scorso illumina abbastanza bene la realtà della nostra epoca; ma, applicata ad altre, presto avvertiamo il suo sbiadire. No; la storia non è stata sempre governata autocraticamente dai mezzi di produzione e di traffico, né è consistita monotonamente in una lotta economica di classi. Le classi sociali stesse non sono state in ogni momento classi economiche. Forse non lo sono state completamente più che nelle due ultime centurie, che, in questo caso, risulterebbero essere un’eccezione storica. Così, le classi indiane non sono economiche: la suprema, il bramino, è povero, non possiede nulla. Il vero bramino è «colui che ha compreso», è il sapiente per razza e divina prescrizione. Weber ha mostrato nei suoi ammirevoli studi di sociologia religiosa come, lungi dall’essere i credi mere conseguenze della forma economica, influiscano profondamente su di essa, benché, a loro volta, siano influenzati da quella.

Dentro il ciclo storico europeo, a misura che ci allontaniamo dal 1800 all’indietro, va perdendo evidenza la teoria di Marx. Altri fattori che oggi, in effetti, sembrano secondari, passano a primo termine e modellano sovranamente il corpo storico. Questo fa pensare che, non solo varia la pelle della realtà storica —i fatti visibili e di superficie—, ma che la struttura latente e sostantiva della società cambia da un’età all’altra. In tal caso sarebbe sciocca caparbietà ostinarsi a scoprire un unico principio invariabile che sia il rettore dei mutamenti umani. Più verosimile è che esistano diverse potenze ultime, il cui differente accomodo e combinazione porta con sé i grandi cambiamenti storici. Recentemente ha fatto notare Scheler che in certe epoche sembrano predominare le forze biologiche —il sangue, la razza—, così nei popoli molto giovani; in altre, tiranneggiano la vita collettiva i fattori politici —la ragion di Stato, gli interessi dinastici, eccetera—, e solo in età tanto mature che toccano già i tempi di decomposizione si alza il principio economico col comando sulla storia.

Sta di fatto che non arriveremo a una sufficiente comprensione del processo storico se prima non si investiga e misura l’influsso di ogni attività umana sul resto della vita.

Una di queste ricerche sarebbe ciò che chiamo interpretazione bellica della storia. Non si tratta di tornare a una storiografia che narri le battaglie, ma di mostrare il potere plastico che sulla costituzione della vita in ogni epoca ha avuto il modo contemporaneo di fare la guerra. Sorprende che non si sia approfittato di più di un’insinuazione che, alla sfuggita, fa già Aristotele nella sua Politica quando dice che «in ogni Stato il Sovrano è il combattente e partecipano del Potere quelli che hanno le armi».

Questo pensiero potrebbe fornirci un’interpretazione bellica della storia, che formerebbe il perfetto contrapposto all’interpretazione economica. Secondo essa, la vita in ogni epoca sarebbe, non ciò che fossero gli strumenti di produzione, ma, al rovescio, gli strumenti di distruzione. Una modifica delle armi di combattimento porterebbe con sé una differente configurazione della società. La forma politica si modellerebbe nella forma della guerra, e il potere pubblico apparirebbe sempre nelle mani che hanno le armi.

II

La interpretación bélica de la historia tiene de común con la idea de Marx la convicción previa de que la realidad histórica es lucha, y que en ella, quienes luchan, más que los hombres, son los instrumentos. El poder social parece repartido en cada época según la calidad y cantidad de medios de destrucción que cada hombre posea. En rigor, este pensamiento de la lucha como substrato de la realidad cósmica, lo mismo física que histórica, yace en los más hondos senos del alma moderna. Debiera haberse hecho antes la curiosa observación de que toda la física moderna está elaborada en torno a las leyes del choque formuladas por Wreen. En cambio, no se ha sabido qué hacer con la idea de «atracción universal», que, instalada en la cima de la mecánica de Newton, tuvo siempre el aire de una noción mágica y heterogénea a todas las demás de la ciencia, como caída de otro mundo espiritual distinto del moderno. Y no es el menos sugestivo síntoma de que con Einstein empieza tiempo nuevo el hecho de que haya sido el primero en destacar esa idea de «atracción» y absorber en ella, por decirlo así, toda la mecánica.

No fue Marx quien inventó el mecanismo de lucha como explicación de los cambios históricos. Guizot interpreta ya la historia de Francia como perpetua colisión entre dos clases: nobleza y burguesía. Esta contienda incesante se verifica, según Guizot, en el campo jurídico. Marx no hizo sino trasponer la sustancia «clasificadora», creadora de grupos sociales antagonistas, del derecho a la economía, siguiendo a Saint-Simon, auténtico padre de la criatura.

Yo sospecho que esa historia, para la cual la realidad es lucha, y sólo lucha, es una falsa historia, que se fija sólo en el pathos y no en el ethos de la convivencia humana; es una historia de las horas dramáticas de un pueblo, no de su continuidad vital; es una historia de sus frenesíes, no de su pulso normal; en suma: no es una historia, sino más bien un folletín. Pero es, claro está, de por sí revelador que en el siglo pasado no hubiera oído más que para las desafinaciones históricas. A decir verdad, fue ese siglo —tan grande como extremado— el sumidero que recogió todo el torrente de pesimismo que mana sin parar desde el final del Renacimiento. Desde la época del Quijote se inclina la balanza de la ecuanimidad europea decididamente hacia la tristeza. (Recuerde el lector que en el siglo XIX han escrito Byron, Schopenhauer, Flaubert y Dostoyevski. ¡Enorme, fabuloso vendaval de pesimismo!)

Para sugerir algo de lo que podría entenderse por «interpretación bélica de la historia» subrayaré algunos hechos. Europa hubiera sido imposible sin Roma, que crea su primer esquema, y como cimiento de organización. Pero, a la vez, Roma no habría existido sin Grecia. Por una razón sencilla. Hay un momento en que el Occidente parece condenado a la orientalización. Es la época en que la formidable nación persa se lanza sobre nuestro continente. Grecia desnuca su poderío con Milcíades y Temístocles en Maratón y Platea. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Cuál mágica potencia ha descendido sobre este pueblo ateniense, tan poco numeroso y a la sazón tan joven, que le permite destruir una de las fuerzas nacionales más poderosas y maduras que han existido: los persas? ¿Magia? Ninguna. Todo lo contrario. Una clara invención de la helénica mente vivaz. Grecia, Roma, Europa han sido posibles gracias a la falange.

Los persas poseían un ejército enorme y brioso, pero combatían en masa informe y confuso tropel. Los griegos, en falange. La invención parece que fue dórica y, como tantas otras cosas, importada de Esparta a Atenas. Hagámonos cargo de la cuestión según la plantea el mejor historiador del arte bélico, Hans Delbrück. Merece la pena.

«Los héroes homéricos son combatientes singulares. Si Héctor hubiese podido poner en fila a sus troyanos y mantenerlos disciplinados, toda la fuerza y la destreza de Aquiles se hubiesen estrellado ante estas firmes hileras. Aquiles pone en fuga cientos de troyanos porque es superior a cada uno de ellos y no existe una fuerza que los reúna contra él. Aun cuando se hubiesen juntado algunos para acometerle, no era probable el buen éxito, porque no existía seguridad alguna de que el primero a quien amenazase su lanza infalible no iba a huir lleno de terror; a éste hubiera seguido en la fuga el más próximo, y así el tropel entero. Sólo un grupo más numeroso y ordenado, que tras larga habituación y ejercicio sabe mantener su cohesión y obedece a un mando, puede proporcionar la garantía de que aguantará unido aun el peligro de muerte. Y este sentimiento en cada individuo de que los demás no fallarán, facilita el aguante en la medida en que disminuye el peligro de cada uno. El que está encuadrado entre colaterales y posteriores, se halla físicamente impedido para huir. La cohesión produce, pues, por sí misma, una fuerza guerrera junto, aparte y sobre la prestancia bélica del individuo. A tal cohesión y conjunto llamamos «cuerpo táctico». Un cuerpo táctico es una pluralidad de guerreros con una voluntad única. El cuerpo táctico puede ser de tal solidez que sea posible incluir en él y utilizar bélicamente elementos nada guerreros y aun hostiles. Federico el Grande infiltraba prisioneros enemigos en sus disciplinados batallones. Toda la potencialidad guerrera se mueve entre los dos polos de la bravura y adiestramiento individuales por un lado y la solidez del cuerpo táctico por el otro, o, dicho de otra manera, entre chevalerie y disciplina. Lo sumo es unir ambas cosas, como lo hizo la falange espartana —orden lineal con unos ocho hombres de fondo—, donde cada individuo había sido educado desde la infancia para el heroísmo y vivía exclusivamente inspirado por el concepto del honor guerrero. Una leyenda refería el origen de esta falange. Un dios había prometido a los lacedemonios que vencerían siempre que entrasen en la batalla al son de flautas y no combatiesen contra flautistas. Combatir con flautas significa marchar con ritmo, en orden y fila, en suma, en cuerpo táctico. Y es curioso notar que tambores y flautas, como medio rítmico, vuelven a aparecer en la historia cuando los lansquenetes concluyen con la guerra de «caballería» medieval, que era también combate singular».

He aquí el gran instrumento de destrucción que los atenienses manejaron contra la gigante masa del poderío persa en Maratón.

La segunda guerra fue decidida en el mar. Había sido la genial previsión de Temístocles crear una gran flota, donde se insufla una disciplina pareja a la de tierra. Pero esto acarreó otra enorme transformación en la política interior de Atenas, ejemplo admirable de cómo la guerra influye en la historia jurídica; de cómo, en efecto, según la idea de Aristóteles, «mandan los que combaten y participan del Poder los que tienen las armas», creando así las formas de gobierno, la figura del Estado.

Cada nave —trirreme— necesitaba de 150 a 180 remeros: tres filas de a sesenta, más algunos soldados, capitán y pilotos. Los atenienses aprestaron hasta 127 naves. Esto supone un contingente de unos 25.000 hombres. Hasta entonces sólo habían combatido los hombres libres y nobles —los eupátridas— y la constitución ateniense se había mantenido en lo esencial dentro de los principios aristocráticos. Al necesitar para la flota movilizar toda la masculinidad hábil de Atenas, hubo que entregar las armas a los thetes, a la clase censataria inferior que no servía en la falange. Y he aquí que esta gran política imperialista, inspirada por Temístocles a Atenas, trae consigo, por una necesidad de técnica militar, el establecimiento plenario de la democracia. A la ampliación del ejercicio bélico sigue automáticamente la extensión de la soberanía a las clases ínfimas, que ni siquiera eran libres. El hecho da en rostro a la interpretación económica de la historia, porque los thetes no conquistan el Poder después de acaparar los instrumentos de producción y tráfico, sino que siguen siendo pobres y reciben los medios de influjo político por cesión de los ricos, que necesitan de ellos para una nueva organización de guerra. Vemos, pues, que el servicio militar generalizado y la democracia nacen juntos del apetito imperialista —exactamente lo mismo que aconteció en el siglo XIX. Fuera bueno que los «radicales» meditasen sobre la frecuencia con que en la historia el imperialismo ha sido un fruto democrático, y viceversa, la democracia una prenda del imperialismo.

Hacia la misma época existe en Grecia un Estado rígidamente aristocrático: Esparta. Se compone de sólo 12.000 espartanos, frente a 180.000 ilotas y 50.000 periecos. ¿Cómo logran aquéllos mantener en obediencia a una masa tan superior? El misterio se aclara cuando averiguamos que los espartanos no dejan a los ilotas tomar parte en las guerras o, a lo sumo los emplean como escuderos, y siempre sin armas. Sólo admitían en su ejército cierto número de periecos, cuando más igual al de esparciatas.

The bellicose interpretation of history has in common with Marx’s idea the prior conviction that historical reality is struggle, and that in it, those who struggle, more than men, are the instruments. Social power seems distributed in each epoch according to the quality and quantity of means of destruction that each man possesses. In strict truth, this thought of struggle as the substratum of cosmic reality, physical as much as historical, lies in the deepest recesses of the modern soul. The curious observation should have been made before, that all modern physics is elaborated around the laws of impact formulated by Wren. Instead, one has not known what to do with the idea of «universal attraction», which, installed at the summit of Newton’s mechanics, always had the air of a magical notion heterogeneous to all the others of science, as if fallen from another spiritual world distinct from the modern. And it is not the least suggestive symptom that with Einstein a new time begins, the fact that he has been the first to bring into relief that idea of «attraction» and to absorb into it, so to speak, all mechanics.

It was not Marx who invented the mechanism of struggle as an explanation of historical changes. Guizot already interprets the history of France as a perpetual collision between two classes: nobility and bourgeoisie. This incessant contention takes place, according to Guizot, in the juridical field. Marx did nothing but transpose the «classifying» substance, creator of antagonistic social groups, from law to economy, following Saint-Simon, authentic father of the creature.

I suspect that that history, for which reality is struggle, and only struggle, is a false history, which fixes itself only on the pathos and not on the ethos of human coexistence; it is a history of the dramatic hours of a people, not of its vital continuity; it is a history of its frenzies, not of its normal pulse; in sum: it is not a history, but rather a serial novel. But it is, of course, revealing in itself that in the last century there was no ear except for historical dissonances. To tell the truth, that century —as great as it was extreme— was the sink that collected the whole torrent of pessimism that flows without cease since the end of the Renaissance. From the epoch of the Quixote the balance of European equanimity inclines decidedly toward sadness. (Let the reader recall that in the nineteenth century have written Byron, Schopenhauer, Flaubert and Dostoevsky. Enormous, fabulous gale of pessimism!)

To suggest something of what could be understood by «bellicose interpretation of history» I shall underline some facts. Europe would have been impossible without Rome, which creates its first schema, as a foundation of organization. But, at the same time, Rome would not have existed without Greece. For a simple reason. There is a moment in which the West seems condemned to orientalization. It is the epoch in which the formidable Persian nation hurls itself upon our continent. Greece breaks the neck of its power with Miltiades and Themistocles at Marathon and Plataea. How? Why? What magical power has descended upon this Athenian people, so little numerous and at that time so young, that allows it to destroy one of the most powerful and mature national forces that have existed: the Persians? Magic? None. Quite the contrary. A clear invention of the vivacious Hellenic mind. Greece, Rome, Europe have been possible thanks to the phalanx.

The Persians possessed an enormous and spirited army, but they fought in an unformed mass and confused throng. The Greeks, in phalanx. The invention seems to have been Doric and, like so many other things, imported from Sparta to Athens. Let us take account of the question as it is posed by the best historian of the art of war, Hans Delbrück. It is worth the trouble.

«The Homeric heroes are singular combatants. If Hector had been able to put his Trojans in line and keep them disciplined, all the force and skill of Achilles would have shattered against these firm ranks. Achilles puts hundreds of Trojans to flight because he is superior to each one of them and there exists no force that gathers them against him. Even if some had joined together to attack him, success was not probable, because there was no security whatsoever that the first one his infallible spear threatened would not flee full of terror; the nearest one would have followed him in flight, and so the whole throng. Only a more numerous and ordered group, which after long habituation and exercise knows how to maintain its cohesion and obeys a command, can provide the guarantee that it will hold together even in the danger of death. And this feeling in each individual that the others will not fail facilitates endurance in the measure that it diminishes the danger of each one. He who is framed between those alongside and those behind finds himself physically prevented from fleeing. Cohesion produces, then, by itself, a warrior force together, apart from and above the warlike excellence of the individual. To such cohesion and conjunction we give the name “tactical body”. A tactical body is a plurality of warriors with a single will. The tactical body can be of such solidity that it is possible to include in it and use belligerently elements that are not at all warlike and even hostile. Frederick the Great infiltrated enemy prisoners into his disciplined battalions. All the warrior potentiality moves between the two poles of individual bravery and training on one side and the solidity of the tactical body on the other, or, said in another way, between chevalerie and discipline. The height is to unite both things, as the Spartan phalanx did —linear order with some eight men in depth—, where each individual had been educated from childhood for heroism and lived exclusively inspired by the concept of warrior honor. A legend related the origin of this phalanx. A god had promised the Lacedaemonians that they would always conquer if they entered battle to the sound of flutes and did not fight against flute-players. To fight with flutes means to march with rhythm, in order and in file, in sum, in a tactical body. And it is curious to note that drums and flutes, as a rhythmic means, reappear in history when the Landsknechts put an end to the medieval war of “cavalry”, which was also singular combat.»

Here is the great instrument of destruction that the Athenians wielded against the giant mass of Persian power at Marathon.

The second war was decided at sea. It had been the genial foresight of Themistocles to create a great fleet, into which is infused a discipline comparable to that of land. But this brought with it another enormous transformation in the internal politics of Athens, an admirable example of how war influences juridical history; of how, in effect, according to the idea of Aristotle, «those who fight command and those who have the arms participate in Power», thus creating the forms of government, the figure of the State.

Each ship —trireme— needed from 150 to 180 rowers: three ranks of sixty, plus some soldiers, captain and pilots. The Athenians fitted out up to 127 ships. This supposes a contingent of some 25,000 men. Until then only the free and noble men —the eupatridae— had fought, and the Athenian constitution had kept itself in its essentials within aristocratic principles. Upon needing for the fleet to mobilize all the able manhood of Athens, the arms had to be handed to the thetes, to the inferior census class that did not serve in the phalanx. And behold, this great imperialist policy, inspired in Athens by Themistocles, brings with it, by a necessity of military technique, the full establishment of democracy. Upon the widening of the warlike exercise follows automatically the extension of sovereignty to the lowest classes, which were not even free. The fact slaps in the face the economic interpretation of history, because the thetes do not conquer Power after cornering the instruments of production and traffic, but continue to be poor and receive the means of political influence by cession of the rich, who have need of them for a new organization of war. We see, then, that generalized military service and democracy are born together from the imperialist appetite —exactly the same as happened in the nineteenth century. It would be well that the «radicals» meditate upon the frequency with which in history imperialism has been a democratic fruit, and vice versa, democracy a pledge of imperialism.

Toward the same epoch there exists in Greece a rigidly aristocratic State: Sparta. It is composed of only 12,000 Spartans, as against 180,000 helots and 50,000 perioeci. How do the former manage to keep in obedience so superior a mass? The mystery is cleared up when we find out that the Spartans do not let the helots take part in the wars or, at most, employ them as squires, and always without arms. They admitted into their army only a certain number of perioeci, at most equal to that of the Spartiates.

L’interpretazione bellica della storia ha di comune con l’idea di Marx la convinzione previa che la realtà storica è lotta, e che in essa, coloro che lottano, più che gli uomini, sono gli strumenti. Il potere sociale sembra ripartito in ogni epoca secondo la qualità e quantità di mezzi di distruzione che ogni uomo possieda. In rigore, questo pensiero della lotta come substrato della realtà cosmica, tanto fisica quanto storica, giace nei più profondi recessi dell’anima moderna. Si sarebbe dovuta fare prima la curiosa osservazione che tutta la fisica moderna è elaborata intorno alle leggi dell’urto formulate da Wren. Invece, non si è saputo che fare dell’idea di «attrazione universale», che, installata sulla cima della meccanica di Newton, ebbe sempre l’aria di una nozione magica ed eterogenea a tutte le altre della scienza, come caduta da un altro mondo spirituale distinto dal moderno. E non è il meno suggestivo sintomo che con Einstein comincia tempo nuovo il fatto che sia stato il primo a mettere in risalto quell’idea di «attrazione» e ad assorbire in essa, per così dire, tutta la meccanica.

Non fu Marx a inventare il meccanismo di lotta come spiegazione dei cambiamenti storici. Guizot interpreta già la storia di Francia come perpetua collisione tra due classi: nobiltà e borghesia. Questa contesa incessante si verifica, secondo Guizot, nel campo giuridico. Marx non fece che trasporre la sostanza «classificatrice», creatrice di gruppi sociali antagonisti, dal diritto all’economia, seguendo Saint-Simon, autentico padre della creatura.

Io sospetto che quella storia, per la quale la realtà è lotta, e solo lotta, è una falsa storia, che si fissa soltanto sul pathos e non sull’ethos della convivenza umana; è una storia delle ore drammatiche di un popolo, non della sua continuità vitale; è una storia dei suoi furori, non del suo polso normale; insomma: non è una storia, ma piuttosto un feuilleton. Ma è, chiaro sta, di per sé rivelatore che nel secolo scorso non si fosse orecchio che per le stonature storiche. A dire il vero, fu quel secolo —tanto grande quanto estremato— lo scolatoio che raccolse tutto il torrente di pessimismo che sgorga senza posa dalla fine del Rinascimento. Dall’epoca del Chisciotte l’ago della bilancia dell’equanimità europea si inclina decisamente verso la tristezza. (Ricordi il lettore che nel secolo XIX hanno scritto Byron, Schopenhauer, Flaubert e Dostoevskij. Enorme, favoloso vento di pessimismo!)

Per suggerire qualcosa di ciò che potrebbe intendersi per «interpretazione bellica della storia» sottolineerò alcuni fatti. L’Europa sarebbe stata impossibile senza Roma, che crea il suo primo schema, come fondamento di organizzazione. Ma, al tempo stesso, Roma non sarebbe esistita senza la Grecia. Per una ragione semplice. C’è un momento in cui l’Occidente sembra condannato all’orientalizzazione. È l’epoca in cui la formidabile nazione persiana si lancia sul nostro continente. La Grecia decapita la sua potenza con Milziade e Temistocle a Maratona e Platea. Come? Perché? Quale magica potenza è discesa su questo popolo ateniese, tanto poco numeroso e a quel tempo tanto giovane, che gli permette di distruggere una delle forze nazionali più potenti e mature che siano esistite: i persiani? Magia? Nessuna. Tutto il contrario. Una chiara invenzione della vivace mente ellenica. Grecia, Roma, Europa sono state possibili grazie alla falange.

I persiani possedevano un esercito enorme e brioso, ma combattevano in massa informe e confusa turba. I greci, in falange. L’invenzione pare che fosse dorica e, come tante altre cose, importata da Sparta ad Atene. Facciamoci carico della questione secondo come la imposta il miglior storico dell’arte bellica, Hans Delbrück. Merita la pena.

«Gli eroi omerici sono combattenti singolari. Se Ettore avesse potuto mettere in fila i suoi troiani e mantenerli disciplinati, tutta la forza e la destrezza di Achille si sarebbero infrante contro queste ferme file. Achille mette in fuga centinaia di troiani perché è superiore a ciascuno di loro e non esiste una forza che li riunisca contro di lui. Anche quando si fossero radunati alcuni per assalirlo, non era probabile il buon esito, perché non esisteva sicurezza alcuna che il primo che la sua infallibile lancia minacciasse non sarebbe fuggito pieno di terrore; a questo sarebbe seguito nella fuga il più vicino, e così l’intera turba. Solo un gruppo più numeroso e ordinato, che dopo lunga abitudine ed esercizio sappia mantenere la sua coesione e obbedisca a un comando, può fornire la garanzia che resisterà unito anche al pericolo di morte. E questo sentimento in ogni individuo che gli altri non verranno meno, facilita la resistenza nella misura in cui diminuisce il pericolo di ciascuno. Chi è incastonato tra collaterali e retrostanti, si trova fisicamente impedito a fuggire. La coesione produce, dunque, per sé stessa, una forza guerriera insieme, a parte e sopra la prestanza bellica dell’individuo. A tale coesione e insieme chiamiamo “corpo tattico”. Un corpo tattico è una pluralità di guerrieri con una volontà unica. Il corpo tattico può essere di tale solidità che sia possibile includervi e utilizzare bellicamente elementi per nulla guerrieri e persino ostili. Federico il Grande infiltrava prigionieri nemici nei suoi disciplinati battaglioni. Tutta la potenzialità guerriera si muove tra i due poli del coraggio e dell’addestramento individuali da un lato e la solidità del corpo tattico dall’altro, o, detto in altro modo, tra chevalerie e disciplina. Il sommo è unire entrambe le cose, come fece la falange spartana —ordine lineare con circa otto uomini di fondo—, dove ogni individuo era stato educato dall’infanzia all’eroismo e viveva esclusivamente ispirato dal concetto dell’onore guerriero. Una leggenda riferiva l’origine di questa falange. Un dio aveva promesso ai lacedemoni che avrebbero vinto sempre che entrassero in battaglia al suono di flauti e non combattessero contro flautisti. Combattere con flauti significa marciare con ritmo, in ordine e in fila, insomma, in corpo tattico. Ed è curioso notare che tamburi e flauti, come mezzo ritmico, riappaiono nella storia quando i lanzichenecchi concludono la guerra di “cavalleria” medievale, che era anche combattimento singolare».

Ecco il grande strumento di distruzione che gli ateniesi maneggiarono contro la gigantesca massa della potenza persiana a Maratona.

La seconda guerra fu decisa sul mare. Era stata la geniale previsione di Temistocle creare una grande flotta, dove si insuffla una disciplina pari a quella di terra. Ma questo portò con sé un’altra enorme trasformazione nella politica interna di Atene, esempio ammirevole di come la guerra influisca sulla storia giuridica; di come, in effetti, secondo l’idea di Aristotele, «comandano quelli che combattono e partecipano del Potere quelli che hanno le armi», creando così le forme di governo, la figura dello Stato.

Ogni nave —trireme— necessitava da 150 a 180 rematori: tre file da sessanta, più alcuni soldati, capitano e piloti. Gli ateniesi approntarono fino a 127 navi. Questo suppone un contingente di circa 25.000 uomini. Fino ad allora avevano combattuto solo gli uomini liberi e nobili —gli eupatridi— e la costituzione ateniese si era mantenuta nell’essenziale dentro i principi aristocratici. Al necessitare per la flotta di mobilitare tutta la mascolinità abile di Atene, si dovette consegnare le armi ai teti, alla classe censitaria inferiore che non serviva nella falange. Ed ecco che questa grande politica imperialista, ispirata a Atene da Temistocle, porta con sé, per una necessità di tecnica militare, lo stabilimento pienario della democrazia. All’ampliamento dell’esercizio bellico segue automaticamente l’estensione della sovranità alle classi infime, che nemmeno erano libere. Il fatto dà in faccia all’interpretazione economica della storia, perché i teti non conquistano il Potere dopo aver accaparrato gli strumenti di produzione e di traffico, ma continuano a essere poveri e ricevono i mezzi di influsso politico per cessione dei ricchi, che hanno bisogno di loro per una nuova organizzazione di guerra. Vediamo, dunque, che il servizio militare generalizzato e la democrazia nascono insieme dall’appetito imperialista —esattamente lo stesso che accadde nel secolo XIX. Sarebbe bene che i «radicali» meditassero sulla frequenza con cui nella storia l’imperialismo è stato un frutto democratico, e viceversa, la democrazia una primizia dell’imperialismo.

Verso la stessa epoca esiste in Grecia uno Stato rigidamente aristocratico: Sparta. Si compone di soli 12.000 spartani, di fronte a 180.000 iloti e 50.000 perieci. Come riescono quelli a mantenere in obbedienza una massa tanto superiore? Il mistero si chiarisce quando scopriamo che gli spartani non lasciano gli iloti prendere parte alle guerre o, al massimo, li impiegano come scudieri, e sempre senza armi. Solo ammettevano nel loro esercito un certo numero di perieci, al più uguale a quello degli spartiati.

Lo mismo que la democracia supone el servicio militar generalizado, la aristocracia tiene que hacer del guerrear un privilegio. Siempre mandan —como insinuaba Aristóteles, hoi kektemenoi ta hopla— los que tienen las armas. La Edad Media fue de constitución aristocrática mientras supo guardar celosamente para unos pocos este privilegio del peligro y la ofensa. De aquí el culto a la guerra, a la postura bélica, del señor medieval. En tanto que el místico, cuyo afán es triunfar en el otro mundo, pide morir de rodillas, el bárbaro Siguardo el Fuerte, anglodanés, canta en la agonía: «¡Levantadme! Quiero morir como un soldado, y no tumbado como una vaca. Vestidme la cota, cubridme con mi casco, poned mi escudo en el brazo izquierdo y mi hacha dorada en mi diestra, a fin de que expire bajo las armas».

Este amor al instrumento de destrucción que proporciona la delicia de mandar, resuena en frenéticos himnos a lo largo de la historia, y no nos sorprende que en su buen tiempo tuviesen los árabes quinientos nombres para la espada.

III

A veces la influencia de la técnica guerrera sobre los destinos históricos se ajusta tanto al detalle, que toma una apariencia cómica.

Vaga por la historia de Grecia una tradición, más bien grotesca, según la cual en tiempos de decadencia pidieron los espartanos un general al Ática prepotente. Como por burla, los atenienses les enviaron a Tirteo, un viejo poeta, deforme y ridículo. Pero éste enseñó a cantar sus poemas a los mozos de Laconia y los llevó a la victoria en todas las ocasiones. Desde entonces comienza a incorporarse Esparta, a crecer su poderío, hasta el triunfo final sobre la Hélade.

Esta leyenda oscura parece ahora haberse aclarado. Tirteo era, en efecto, un personaje risible, un viejo general y poeta anticuado. Las nuevas generaciones de militares y poetas se burlaban de su estilo arcaico en estrategia y en lírica. Sobre todo, sus poemas, compuestos en medidas antiguas, de rígido compás, contrastaban con las formas más sueltas y ligeras de la nueva poesía. Pero estos ritmos vetustos, creados en la época de más severa disciplina bélica, eran el símbolo de ésta y tenían la virtud de hacer marchar en orden apretado a la falange. El ritmo simplicísimo hipnotiza al individuo y lo encaja vigorosamente en la unidad del cuerpo táctico. A esto se debió el triunfo de los espartanos. Tirteo había restaurado la antigua y rigorosa táctica. Su papel semeja, en algún modo, al de Hindenburg en la última gran guerra.

La disciplina bélica ha sido una de las máximas potencias de la historia. Toda otra disciplina, muy especialmente la que es supuesto de cualquier industria complicada, viene de este orden espiritual inventado por el hombre para combatir. Cuando un español genial intenta detener la desbandada mística que significó el Protestantismo, encuentra en sus hábitos de guerrero el remedio y funda una «compañía», cuya educación y régimen provienen de unas «ordenanzas» morales, que llamó, con vocabulario de capitán, «Ejercicios espirituales». Allí está la famosa meditación de «Las dos banderas», que parece pensada junto a la tienda de campaña en un alborear rojizo de cruenta jornada. (A los «Ejercicios espirituales» ha sucedido otro tremendo librito de «ordenanzas», donde se organizan nuevas fuerzas históricas en escuadrones formidables: el Manifiesto comunista. No se pueden leer sus páginas sin escuchar alucinatoriamente la marcha rítmica de una multitud interminable que avanza).

La sorprendente eficacia que va adscrita al puño romano desde que aparece sobre el área histórica se debe, ante todo, a una intensificación de la disciplina. El Ejército ateniense sólo había tenido la que resulta mecánicamente del cuerpo táctico y su ejercicio. Faltaba, en cambio, el factor coercitivo. Cualquier soldado, en plena campaña, podía reclamar ante el Areópago contra su estratega que carecía de jurisdicción. De aquí el frecuente relevo de generales durante las campañas. Roma, por el contrario, entrega la justicia absoluta al jefe del Ejército: al cónsul.

Como ejemplo del rigor vigente se recordaba una de las pocas noticias auténticas de la Roma anterior a las guerras púnicas: que en el año 425 el cónsul Aulus Pastummius hizo decapitar a su hijo por haber abandonado la formación y haberse trabado con un enemigo en combate singular, de que salió victorioso.

Verdad es que el cuerpo público de Roma se moldea más estrictamente que los helénicos sobre la anatomía de su ejército. Los electores se dividen en clases, y el principio de la clasificación es la estructura de la fuerza armada. Significaba ésta un progreso admirable sobre la falange. La falange larga y delgada ondula peligrosamente en el campo de batalla. Tiene escaso fondo y no es difícil abrir en ella un boquete por donde se precipite el enemigo. A su través es siempre probable un envolvimiento, peligro constante en las alas. De donde resulta que la excesiva continuidad de la línea sólo en apariencia es una fuerza. Los romanos tuvieron una idea genial, muy parecida a la de los arquitectos que de la construcción románica extrajeron el aéreo edificio gótico. Cayendo en la cuenta de que la masa del muro continuo era innecesaria y bastaba con los contrafuertes, suprimieron o calaron las paredes y dejaron sólo los nervios dinámicos de la arquitectura. Por mera sustracción resolvieron elegantemente el problema de obtener un edificio más grande, más sólido y más luminoso. Parejamente, el romano escinde la falange en porciones más cortas, y lo que quita del frente lo añade de fondo. Así resulta el manípulo, cuerpo táctico de 120 hombres, casi cuadrado, igual de frente que de flanco, menos fácil de envolver, y, sobre todo, pasmosamente móvil. Cuando la primera línea cede en un punto, el manípulo zaguero acude pronto a llenarlo. Ahora bien: el manípulo se componía de dos centurias de a 60 hombres. La centuria y el centurión han fraguado la historia de Roma. Célula del cuerpo beligerante era, a la par, la centuria, la unidad electoral en que se organizaba el cuerpo de votantes.

Junto a ambas innovaciones —jurisdicción consular y manípulo—, no son de menor importancia estas otras: el pilum y el campamento. El hoplita griego combate con lanza; el romano, con azcona o dardo, que arroja, dividiendo así el encuentro en dos actos: uno, de guerra a distancia, que prepara el segundo, de lucha próxima con la espada. Por la noche el ejército no se entregaba al sueño sin cavar una fosa en derredor y plantar detrás una empalizada; este campamento fortificado constituye, a la larga, una de las grandes fuerzas del pueblo romano.

¡El pueblo romano! Convendría, tal vez, que nos entendiésemos sobre el sentido estricto de esta expresión. Siempre que hablaba el Poder público lo hacía en nombre del Senado y del pueblo —Senatus populusque romanus— el S.P.Q.R. de los tirsos oficiales —(que aparecen en las procesiones de Sevilla, y un ingenuo deportista, maravillado, leía: SPORT). Sorprende, ante todo, la dualidad: Roma no es, por lo visto, una sola cosa, sino dos: un Senado y un pueblo. Cuando Roma dejó de ser esas dos cosas y se hizo una sola —al modo que las naciones actuales— dejó de existir. Esa dualidad tiene una enjundia incalculable, que fuera beneficioso presentar a la meditación de los políticos contemporáneos. En ella va oculto el secreto de la grandeza romana —y digo el secreto, porque, en efecto, se trata de un misterio, de una constitución, la más irracional que ha existido nunca, y, a pesar de ello, o tal vez por ello, la más eficaz de la historia. Pero no es ahora ocasión para tanto.

Just as democracy presupposes generalized military service, aristocracy has to make of waging war a privilege. Those who have the arms always command —as Aristotle insinuated, hoi kektemenoi ta hopla. The Middle Ages was of aristocratic constitution as long as it knew how to keep jealously for a few this privilege of danger and offense. Hence the cult of war, of the warlike posture, of the medieval lord. While the mystic, whose striving is to triumph in the other world, asks to die on his knees, the barbarian Sigurd the Strong, Anglo-Dane, sings in his agony: «Lift me up! I want to die like a soldier, and not stretched out like a cow. Dress me in the coat of mail, cover me with my helmet, place my shield on my left arm and my golden axe in my right hand, so that I may expire under arms».

This love of the instrument of destruction that procures the delight of commanding resounds in frenetic hymns along history, and it does not surprise us that in their good time the Arabs had five hundred names for the sword.

III

Sometimes the influence of warlike technique upon historical destinies adapts itself so much to the detail, that it takes on a comic appearance.

There wanders through the history of Greece a tradition, rather grotesque, according to which in times of decadence the Spartans asked the overbearing Attica for a general. As if in mockery, the Athenians sent them Tyrtaeus, an old poet, deformed and ridiculous. But he taught the youths of Laconia to sing his poems and led them to victory on all occasions. From then on Sparta begins to incorporate itself, its power to grow, up to the final triumph over Hellas.

This obscure legend seems now to have been cleared up. Tyrtaeus was, in effect, a laughable figure, an old general and antiquated poet. The new generations of soldiers and poets mocked his archaic style in strategy and in lyric. Above all, his poems, composed in ancient measures, of rigid beat, contrasted with the looser and lighter forms of the new poetry. But these ancient rhythms, created in the epoch of the most severe warlike discipline, were the symbol of it and had the virtue of making the phalanx march in close order. The most simple rhythm hypnotizes the individual and fits him vigorously into the unity of the tactical body. To this was due the triumph of the Spartans. Tyrtaeus had restored the ancient and rigorous tactics. His role resembles, in some way, that of Hindenburg in the last great war.

Warlike discipline has been one of the greatest powers of history. Every other discipline, most especially that which is the presupposition of any complicated industry, comes from this spiritual order invented by man for fighting. When a genius Spaniard attempts to halt the mystical rout that Protestantism signified, he finds in his warrior habits the remedy and founds a «company», whose education and regimen derive from moral «ordinances», which he called, with a captain’s vocabulary, «Spiritual Exercises». There is the famous meditation of «The Two Standards», which seems to have been thought out beside the campaign tent in a reddish dawn of a bloody day. (After the «Spiritual Exercises» there has followed another tremendous little book of «ordinances», where new historical forces are organized in formidable squadrons: the Communist Manifesto. One cannot read its pages without hearing hallucinatorily the rhythmic march of an interminable multitude advancing).

The surprising effectiveness that attaches to the Roman fist from the moment it appears upon the historical area is due, above all, to an intensification of discipline. The Athenian army had only had that which results mechanically from the tactical body and its exercise. What was lacking, in contrast, was the coercive factor. Any soldier, in full campaign, could lodge a claim before the Areopagus against his general, who lacked jurisdiction. Hence the frequent replacement of generals during campaigns. Rome, on the contrary, delivers absolute justice to the chief of the Army: to the consul.

As an example of the prevailing rigor there was recalled one of the few authentic notices of Rome before the Punic wars: that in the year 425 the consul Aulus Postumius had his son beheaded for having abandoned the formation and engaged with an enemy in singular combat, from which he came out victorious.

It is true that the public body of Rome is molded more strictly than the Hellenic ones upon the anatomy of its army. The electors are divided into classes, and the principle of classification is the structure of the armed force. This meant an admirable progress over the phalanx. The long and thin phalanx undulates dangerously upon the battlefield. It has little depth and it is not difficult to open in it a breach through which the enemy may rush. Through it an envelopment is always probable, a constant danger on the wings. Whence it results that the excessive continuity of the line is only in appearance a force. The Romans had a genial idea, very similar to that of the architects who extracted from the Romanesque construction the airy Gothic edifice. Realizing that the mass of the continuous wall was unnecessary and that the buttresses sufficed, they suppressed or pierced the walls and left only the dynamic nerves of the architecture. By mere subtraction they elegantly resolved the problem of obtaining a building larger, more solid and more luminous. Likewise, the Roman splits the phalanx into shorter portions, and what he takes from the front he adds to the depth. Thus results the maniple, a tactical body of 120 men, almost square, equal in front and flank, less easy to envelop, and, above all, astonishingly mobile. When the first line gives way at one point, the rear maniple hastens to fill it. Now then: the maniple was composed of two centuries of 60 men each. The century and the centurion have forged the history of Rome. Cell of the belligerent body was, at the same time, the century, the electoral unit in which the body of voters was organized.

Alongside both innovations —consular jurisdiction and maniple—, of no less importance are these others: the pilum and the camp. The Greek hoplite fights with a spear; the Roman, with an azcona or dart, which he hurls, thus dividing the encounter into two acts: one, of war at a distance, which prepares the second, of close combat with the sword. At night the army did not give itself up to sleep without digging a trench around and planting behind it a palisade; this fortified camp constitutes, in the long run, one of the great forces of the Roman people.

The Roman people! It would perhaps be well that we understood one another on the strict sense of this expression. Whenever the public Power spoke, it did so in the name of the Senate and the people —Senatus populusque romanus— the S.P.Q.R. of the official fasces —(which appear in the processions of Seville, and a naive sportsman, marveling, read: SPORT). What surprises, above all, is the duality: Rome is not, apparently, a single thing, but two: a Senate and a people. When Rome ceased to be those two things and became one single one —in the manner of the present nations— it ceased to exist. That duality has an incalculable substance, which it would be beneficial to present to the meditation of contemporary politicians. In it lies hidden the secret of Roman greatness —and I say the secret, because, in effect, it is a question of a mystery, of a constitution, the most irrational that has ever existed, and, despite it, or perhaps because of it, the most effective in history. But this is not now the occasion for so much.

Lo stesso che la democrazia suppone il servizio militare generalizzato, l’aristocrazia deve fare del guerreggiare un privilegio. Comandano sempre —come insinuava Aristotele, hoi kektemenoi ta hopla— quelli che hanno le armi. Il Medioevo fu di costituzione aristocratica finché seppe guardare gelosamente per pochi questo privilegio del pericolo e dell’offesa. Di qui il culto della guerra, della postura bellica, del signore medievale. Mentre il mistico, il cui affanno è trionfare nell’altro mondo, chiede di morire in ginocchio, il barbaro Sigardo il Forte, anglodanese, canta in agonia: «Sollevatemi! Voglio morire come un soldato, e non disteso come una vacca. Vestitemi la cotta, copritemi con l’elmo, ponete il mio scudo sul braccio sinistro e la mia ascia dorata nella mia destra, affinché io spiri sotto le armi».

Questo amore allo strumento di distruzione che procura la delizia di comandare, risuona in inni frenetici lungo la storia, e non ci sorprende che ai loro bei tempi avessero gli arabi cinquecento nomi per la spada.

III

A volte l’influenza della tecnica guerriera sui destini storici si adatta tanto al dettaglio, che prende un’apparenza comica.

Vaga per la storia della Grecia una tradizione, piuttosto grottesca, secondo la quale in tempi di decadenza gli spartani chiesero un generale alla prepotente Attica. Come per burla, gli ateniesi inviarono loro Tirteo, un vecchio poeta, deforme e ridicolo. Ma questi insegnò a cantare i suoi poemi ai giovani di Laconia e li portò alla vittoria in tutte le occasioni. Da allora comincia a incorporarsi Sparta, a crescere la sua potenza, fino al trionfo finale sull’Ellade.

Questa leggenda oscura pare ora essersi chiarita. Tirteo era, in effetti, un personaggio risibile, un vecchio generale e poeta antiquato. Le nuove generazioni di militari e poeti si burlavano del suo stile arcaico in strategia e in lirica. Soprattutto, i suoi poemi, composti in misure antiche, di rigido compasso, contrastavano con le forme più sciolte e leggere della nuova poesia. Ma questi ritmi vetusti, creati nell’epoca di più severa disciplina bellica, erano il simbolo di questa e avevano la virtù di far marciare in ordine serrato la falange. Il ritmo semplicissimo ipnotizza l’individuo e lo incastra vigorosamente nell’unità del corpo tattico. A questo si dovette il trionfo degli spartani. Tirteo aveva restaurato l’antica e rigorosa tattica. Il suo ruolo somiglia, in qualche modo, a quello di Hindenburg nell’ultima grande guerra.

La disciplina bellica è stata una delle massime potenze della storia. Ogni altra disciplina, molto specialmente quella che è presupposto di qualsiasi industria complicata, viene da questo ordine spirituale inventato dall’uomo per combattere. Quando uno spagnolo geniale tenta di fermare la sbandata mistica che significò il Protestantesimo, trova nei suoi abiti di guerriero il rimedio e fonda una «compagnia», la cui educazione e regime provengono da delle «ordinanze» morali, che chiamò, con vocabolario di capitano, «Esercizi spirituali». Là sta la famosa meditazione de «Le due bandiere», che sembra pensata accanto alla tenda da campo in un albore rossiccio di cruenta giornata. (Ai «Esercizi spirituali» è succeduto un altro tremendo libretto di «ordinanze», dove si organizzano nuove forze storiche in squadroni formidabili: il Manifesto comunista. Non si possono leggere le sue pagine senza ascoltare allucinatoriamente la marcia ritmica di una moltitudine interminabile che avanza).

La sorprendente efficacia che va annessa al pugno romano da quando appare sull’area storica si deve, prima di tutto, a un’intensificazione della disciplina. L’esercito ateniese aveva avuto soltanto quella che risulta meccanicamente dal corpo tattico e dal suo esercizio. Mancava, invece, il fattore coercitivo. Qualsiasi soldato, in piena campagna, poteva reclamare davanti all’Areopago contro il suo stratega che mancava di giurisdizione. Di qui il frequente avvicendamento di generali durante le campagne. Roma, al contrario, consegna la giustizia assoluta al capo dell’Esercito: al console.

Come esempio del rigore vigente si ricordava una delle poche notizie autentiche della Roma anteriore alle guerre puniche: che nell’anno 425 il console Aulus Postumius fece decapitare suo figlio per aver abbandonato la formazione e essersi ingaggiato con un nemico in combattimento singolare, dal quale uscì vittorioso.

Vero è che il corpo pubblico di Roma si modella più strettamente di quelli ellenici sull’anatomia del suo esercito. Gli elettori si dividono in classi, e il principio della classificazione è la struttura della forza armata. Questa significava un progresso ammirevole sulla falange. La falange lunga e sottile ondeggia pericolosamente sul campo di battaglia. Ha scarso fondo e non è difficile aprirvi un varco da cui si precipiti il nemico. Attraverso di essa è sempre probabile un avvolgimento, pericolo costante nelle ali. Da dove risulta che l’eccessiva continuità della linea solo in apparenza è una forza. I romani ebbero un’idea geniale, molto simile a quella degli architetti che dalla costruzione romanica trassero l’aereo edificio gotico. Accorgendosi che la massa del muro continuo era inutile e che bastavano i contrafforti, soppressero o traforarono le pareti e lasciarono solo i nervi dinamici dell’architettura. Per mera sottrazione risolsero elegantemente il problema di ottenere un edificio più grande, più solido e più luminoso. Parimenti, il romano scinde la falange in porzioni più corte, e ciò che toglie dal fronte lo aggiunge di fondo. Così risulta il manipolo, corpo tattico di 120 uomini, quasi quadrato, uguale di fronte e di fianco, meno facile da avvolgere, e, soprattutto, stramamente mobile. Quando la prima linea cede in un punto, il manipolo di retroguardia accorre presto a colmarlo. Ora bene: il manipolo si componeva di due centurie da 60 uomini. La centuria e il centurione hanno forgiato la storia di Roma. Cellula del corpo belligerante era, al tempo stesso, la centuria, l’unità elettorale in cui si organizzava il corpo dei votanti.

Accanto a entrambe le innovazioni —giurisdizione consolare e manipolo—, non sono di minore importanza queste altre: il pilum e l’accampamento. L’oplita greco combatte con lancia; il romano, con azcona o dardo, che scaglia, dividendo così l’incontro in due atti: uno, di guerra a distanza, che prepara il secondo, di lotta prossima con la spada. Di notte l’esercito non si abbandonava al sonno senza scavare una fossa all’intorno e piantare dietro una palizzata; questo accampamento fortificato costituisce, a lungo andare, una delle grandi forze del popolo romano.

Il popolo romano! Converrebbe, forse, che ci intendessimo sul senso stretto di questa espressione. Sempre che parlava il Potere pubblico lo faceva in nome del Senato e del popolo —Senatus populusque romanus— il S.P.Q.R. dei tirsoli ufficiali —(che appaiono nelle processioni di Siviglia, e un ingenuo sportivo, meravigliato, leggeva: SPORT). Sorprende, prima di tutto, la dualità: Roma non è, a quanto pare, una cosa sola, ma due: un Senato e un popolo. Quando Roma cessò di essere quelle due cose e si fece una sola —al modo delle nazioni attuali— cessò di esistere. Quella dualità ha una sostanza incalcolabile, che sarebbe benefico presentare alla meditazione dei politici contemporanei. In essa va nascosto il segreto della grandezza romana —e dico il segreto, perché, in effetti, si tratta di un mistero, di una costituzione, la più irrazionale che sia mai esistita, e, nonostante ciò, o forse per ciò, la più efficace della storia. Ma non è ora occasione per tanto.

Quería decir que si traducimos el Senatus populusque por el Senado y el pueblo, habremos dado una versión literal, pero falsa. Por pueblo entendemos hoy el cuerpo civil. Pues bien: el sentido verdadero de populus fue originariamente el de cuerpo armado. Para quien quisiera expresar el significado más hondo de esa fórmula, según el espíritu de Roma, tendría que invertir paradójicamente los términos, y decir: el pueblo y el Ejército. En la mente romana lo civil era el Senado: los señores territoriales, las viejas familias o gentes que gozaban de derecho sagrado, se casaban por confarreatio y podían dejar herederos. Estos herederos —que heredan todo, hacienda y plenitud de derechos— son los únicos hijos de padre, los patricios. Los demás no tienen padre, en puro estilo jurídico romano, sino sólo generador; son prole —de aquí proletarios. Estos viejos agricultores, el pueblo civil, combate con las armas en la mano, pero necesita auxiliares para sus campañas, y entonces organizan en torno a sí un cuerpo de guerreros —el populus—, compuesto de los pequeños terratenientes asentados en la campiña. Mommsen pone este vocablo en relación con populari, que no es poblar, sino, al contrario, despoblar, devastar. (El que hería la víctima del sacrificio se llamaba popa). El populus primitivamente no interviene sino en faenas de guerra, y su ingreso en la política se hace a fuerza de huelgas militares. Cuando el enemigo se acerca a las Siete Colinas, el populus se niega a formar y partir a la guerra. De aquí las innumerables y legendarias retiradas a uno u otro monte —Aventino, Sacro, Janículo, etcétera—, que tantas cabezas de eruditos han quebrado.

El romano pura sangre del buen tiempo de la República no concebía un ciudadano que no fuese agricultor. Y esto por la sencilla razón de que no concebía que se pudiese ser ciudadano si no se era guerrero. Ahora bien: el guerrero necesitaba entonces equiparse a sí mismo, cosa imposible si no tenía alguna hacienda. Pero no es la tierra quien directamente le proporciona el mando, sino el arma que la tierra le proporciona. Por esta razón no adquiere los derechos políticos hasta que ha combatido, a pesar de que era propietario mucho tiempo antes. Puede decirse que con motivo de la guerra contra las Samnitas logra esta plebe rural torcer el brazo a los señores del Senado y convertirse verdaderamente en el populus romanus[138].

No se puede entender la historia romana si no se advierte esta dualidad de grandes terratenientes que viven en la urbe y pequeños propietarios que habitan la comarca. Entre unos y otros se encienden las grandes luchas políticas hasta la época de César. Los señores del Senado son los oficiales; los labriegos del contorno son los soldados. Unos necesitan de otros, y esto origina la admirable, orgánica cohesión de la acción romana hasta el siglo II antes de Cristo.

De esta manera la palabra más mansa y civil de todas, pueblo, aquélla a que recurren los pacifistas, tiene un inquietante origen bélico. Por cierto que lo mismo acontece con la otra voz que simboliza la paz en algunos idiomas: Aldea, en tudesco, es Dorf, que en antiguo alemán del Norte es thorp, de donde viene nuestra tropa; como en ruso, pueblo es polk, y significa ejército.

Octubre, 1925

I meant to say that if we translate Senatus populusque as the Senate and the people, we shall have given a literal but false version. By people we understand today the civil body. Well then: the true sense of populus was originally that of armed body. Whoever wished to express the deepest meaning of that formula, according to the spirit of Rome, would have to invert the terms paradoxically, and say: the people and the Army. In the Roman mind the civil was the Senate: the territorial lords, the old families or gentes who enjoyed sacred law, married by confarreatio and could leave heirs. These heirs —who inherit everything, estate and plenitude of rights— are the only sons of a father, the patricians. The others have no father, in pure Roman juridical style, but only a generator; they are proles —hence proletarians. These old farmers, the civil people, fight with arms in hand, but need auxiliaries for their campaigns, and then they organize around themselves a body of warriors —the populus—, composed of the small landowners settled in the countryside. Mommsen puts this word in relation with populari, which is not to populate, but, on the contrary, to depopulate, to devastate. (He who struck the victim of the sacrifice was called popa). The populus primitively does not intervene except in the tasks of war, and its entry into politics is made by force of military strikes. When the enemy approaches the Seven Hills, the populus refuses to form up and set out for war. Hence the innumerable and legendary retreats to this or that hill —Aventine, Sacred, Janiculum, etcetera—, which have broken so many heads of scholars.

The pure-blooded Roman of the good time of the Republic did not conceive of a citizen who was not a farmer. And this for the simple reason that he did not conceive that one could be a citizen if one was not a warrior. Now then: the warrior then needed to equip himself, a thing impossible if he did not have some estate. But it is not the land that directly procures him command, but the weapon that the land procures him. For this reason he does not acquire political rights until he has fought, although he had been an owner a long time before. It may be said that on the occasion of the war against the Samnites this rural plebs manages to twist the arm of the lords of the Senate and truly become the populus romanus[138].

Roman history cannot be understood if one does not perceive this duality of great landowners who live in the city and small proprietors who inhabit the countryside. Between the one and the other the great political struggles are kindled up to the epoch of Caesar. The lords of the Senate are the officers; the peasants of the surroundings are the soldiers. The one have need of the other, and this originates the admirable, organic cohesion of Roman action down to the second century before Christ.

In this way the most meek and civil word of all, people, the one to which the pacifists resort, has a disquieting warlike origin. For sure, the same happens with the other voice that symbolizes peace in some languages: Aldea, in German, is Dorf, which in old North German is thorp, from which comes our troop; as in Russian, people is polk, and means army.

October, 1925

Volevo dire che se traduciamo il Senatus populusque con il Senato e il popolo, avremo dato una versione letterale, ma falsa. Per popolo intendiamo oggi il corpo civile. Ebbene: il senso vero di populus fu originariamente quello di corpo armato. Per chi volesse esprimere il significato più profondo di quella formula, secondo lo spirito di Roma, dovrebbe invertire paradossalmente i termini, e dire: il popolo e l’Esercito. Nella mente romana il civile era il Senato: i signori territoriali, le vecchie famiglie o gentes che godevano di diritto sacro, si sposavano per confarreatio e potevano lasciare eredi. Questi eredi —che ereditano tutto, patrimonio e pienezza di diritti— sono gli unici figli di padre, i patrizi. Gli altri non hanno padre, in puro stile giuridico romano, ma solo generatore; sono prole —di qui proletari. Questi vecchi agricoltori, il popolo civile, combatte con le armi in mano, ma necessita di ausiliari per le sue campagne, e allora organizzano intorno a sé un corpo di guerrieri —il populus—, composto dai piccoli proprietari terrieri stabiliti nella campagna. Mommsen mette questo vocabolo in relazione con populari, che non è popolare, ma, al contrario, spopolare, devastare. (Chi feriva la vittima del sacrificio si chiamava popa). Il populus primitivamente non interviene se non nelle faccende di guerra, e il suo ingresso nella politica si fa a forza di scioperi militari. Quando il nemico si avvicina ai Sette Colli, il populus si rifiuta di formare e partire per la guerra. Di qui le innumerevoli e leggendarie ritirate a questo o quel monte —Aventino, Sacro, Gianicolo, eccetera—, che hanno spaccato tante teste di eruditi.

Il romano puro sangue del buon tempo della Repubblica non concepiva un cittadino che non fosse agricoltore. E questo per la semplice ragione che non concepiva che si potesse essere cittadini se non si era guerrieri. Ora bene: il guerriero necessitava allora di equipaggiarsi da sé, cosa impossibile se non aveva qualche patrimonio. Ma non è la terra chi direttamente gli procura il comando, ma l’arma che la terra gli procura. Per questa ragione non acquisisce i diritti politici finché non ha combattuto, benché fosse proprietario molto tempo prima. Si può dire che con motivo della guerra contro i Sanniti questa plebe rurale riesca a torcere il braccio ai signori del Senato e convertirsi veramente nel populus romanus[138].

Non si può intendere la storia romana se non si avverte questa dualità di grandi proprietari terrieri che vivono nell’urbe e piccoli proprietari che abitano la campagna. Tra gli uni e gli altri si accendono le grandi lotte politiche fino all’epoca di Cesare. I signori del Senato sono gli ufficiali; i contadini del contorno sono i soldati. Gli uni hanno bisogno degli altri, e questo origina l’ammirevole, organica coesione dell’azione romana fino al secolo II avanti Cristo.

In questo modo la parola più mansueta e civile di tutte, popolo, quella a cui ricorrono i pacifisti, ha un inquietante origine bellica. Per l’appunto lo stesso accade con l’altra voce che simboleggia la pace in alcune lingue: Aldea, in tedesco, è Dorf, che in antico tedesco del Nord è thorp, da dove viene la nostra truppa; come in russo, popolo è polk, e significa esercito.

Ottobre, 1925