Ortega y Gasset

Abstract

A wartime article: what triumphs is modernity, and the world is about to do many things for the first time. The nineteenth century was an age of compromise between the aspiring new and the persisting old; Spain carried that perpetuation to a pathological extreme. A call to the young for a bold modernization of the country.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

¿Qué cosa es la triunfante en esta guerra? Muchas, muchas que poco a poco se irán nombrando. Pero hay una que envuelve y resume todas las demás cosas triunfantes de esta guerra, y es la modernidad. Cada mañana de estos días, al levantarnos, alzamos la cabeza para ventear el cariz de la vida y sentimos que nos da en el rostro un bronco viento vernal cargado con aromas que perecen recién nacidos, como si llegaran de una vasta selva virgen. Nuestro planeta tiene un poder divino de renovación, y ahora que parecía irse a morir de viejo y desesperado, he aquí que se estremece de juventud.

Todos advertimos que vamos a entrar en una nueva vida, que vamos a estrenar gestos y emociones nunca usados. ¿Y qué es la juventud sino vida que se estrena? Ser joven es amar por vez primera, cobrar el primer jornal, leer por primera vez los grandes libros conmovedores. Pues bien, ahora el mundo entero va a sentir y hacer muchas cosas por primera vez: un nuevo repertorio de ideas, acciones y sentimientos aguarda a los hombres allende la paz. Y los que ya habíamos pasado la mocedad, nos encontramos favorecidos con otra e inesperada juventud.

Mas ¿por qué, de qué ha surgido esta súbita innovación en el viejo astro errabundo? Nada se hace de pronto ni de pronto se deshace. El actual rejuvenecimiento de la existencia social venía preparándose lentamente; iba poco a poco condensándose y enriqueciéndose en el espíritu humano; pero no tenía aún poderío bastante para teñir por completo el volumen de la conciencia colectiva. Junto a las innovaciones que se iban acumulando, perduraban las ideas desvirtuadas, los organismos supervivientes, las instituciones caducas. El siglo XIX se caracteriza por esta anómala coexistencia de lo nuevo aspirante y lo viejo persistente. Fue una edad de compromisos y de pactos donde las gentes eran capaces de solidarizarse con ideas, organismos e instituciones en que no creían ya. España llevó a un extremo patológico esta tolerancia y perpetuación de ideas, hombres y organismos desprestigiados. En estos últimos meses pudieron ver los más ciegos hasta qué punto estaba petrificada la maquinaria nacional: no funcionaban ni una rueda ni una polea. Nuestra sociedad era toda ella obra muerta. En menor escala, esto acontecía en toda Europa. En cambio, no acontecía esto en América. América, exenta de pasados, no arrastra obra muerta: sus órganos están en plena vigencia. No pesa sobre ella la Iglesia, no pesa la aristocracia genealógica, no pesa el arcaico espíritu militar, no sufre la tradición de las añejas burocracias. América es toda de hoy, es pura modernidad.

La guerra ha servido de empellón decisivo para hacer triunfar la modernidad en las almas. Es la guerra una situación aguda donde sufren examen de eficacia los instrumentos vitales, ideas, emociones, instituciones. Realizada la experiencia en gigantesca escala, la sentencia ha sido terrible, radical e inexorable. Todo lo inactual, superado, muerto, va a ser raído del haz de la tierra y bajo ella sepultado. Tras esta ingente eliminación de lo viejo, quedarán las sociedades constituidas únicamente por elementos en pleno vigor. La vejez es el poco músculo y el poco nervio, con mucho callo, mucha uña y mucho hueso. Ahora la vida va a ser todo músculo y nervio. Por esto, tenemos la impresión de que hemos arrojado un lastre oneroso, que pesamos menos, que poseemos fuerza nueva —por esto, en suma, nos parece que llega sobre el mundo, ágil y elástica, la Juventud.


Cada pueblo sacará las consecuencias según su situación. Pero acaso en ninguna parte sea tan necesario acentuar este triunfo de la modernidad como en España, la Tierra del Pasado, reino milenario del arcaísmo.

Ha llegado la hora para una audaz modernización de España. ¡Jóvenes, es vuestra hora! Yo os digo que nuestra España se moría porque andaba en manos decrépitas y enviciadas, en yertas y sórdidas manos de viejos. En ningún otro país era ser joven una objeción: sólo en el nuestro se os retenía en lazareto, como apestados, como a dementes. «¡Es demasiado joven!» —murmuraban las cigarras seniles cuando un mozo inteligente aparecía. ¡Y era miedo a una epidemia de juventud y modernidad!

Pero ha llegado vuestra hora, jóvenes; quien ya empieza a no serlo, puede empezar a decíroslo. Hacednos de esta España nuestra un ensueño de mocedad, un paisaje limpio y fecundo. Romped, tajad, pulverizad la carroña. Acertad a imponeros los grandes deberes rigorosos y recoged en vuestras almas el entusiasmo y el dolor que nutren toda creación. Os lo pide un hombre que ha sentido su patria al revés que los demás, que ha sentido una patria de futuros y no una patria de arcaísmos; os lo pide un hombre que no ha hecho en su vida otra cosa que sentir a su patria. Os lo pide por vuestras glebas nativas, por las llanadas desnudas, por las vegas que quieren ser fértiles, por las laderas de castaños y las solanas de vides, por las sierras de blancas frentes y las largas marinas azules. Es preciso que en este rincón del planeta habite la inteligencia y reine la justicia. ¡Os lo pide a vosotros los jóvenes que amáis las ideas claras y precisas y sentís la pasión de la equidad y adoráis la elegancia moral!

¡Modernizad España: es hoy la jornada de la Juventud!

El Sol, 19 de octubre de 1918

What is the triumphant thing in this war? Many, many things that will gradually be named. But there is one that envelops and sums up all the other triumphant things of this war, and it is modernity. Every morning of these days, upon rising, we lift our heads to sniff the cast of life and feel that a rough vernal wind strikes our faces, laden with aromas that seem newly born, as if they came from a vast virgin forest. Our planet has a divine power of renewal, and now that it seemed about to die of old age and despair, behold, it trembles with youth.

We all notice that we are about to enter a new life, that we are about to debut gestures and emotions never used. And what is youth if not life that debuts? To be young is to love for the first time, to earn one’s first wage, to read for the first time the great stirring books. Well, now the whole world is going to feel and do many things for the first time: a new repertory of ideas, actions and feelings awaits men beyond the peace. And those of us who had already passed our youth find ourselves favoured with another and unexpected youth.

But why, from what, has this sudden innovation arisen in the old wandering star? Nothing is done suddenly nor suddenly undone. The present rejuvenation of social existence had been slowly preparing; it was gradually condensing and enriching itself in the human spirit; but it did not yet have enough power to tinge completely the volume of the collective consciousness. Alongside the innovations that were accumulating, the denatured ideas, the surviving organisms, the outworn institutions persisted. The nineteenth century is characterized by this anomalous coexistence of the aspiring new and the persisting old. It was an age of compromises and pacts in which people were capable of solidarizing with ideas, organisms and institutions in which they no longer believed. Spain carried to a pathological extreme this tolerance and perpetuation of discredited ideas, men and organisms. In these last months even the blindest could see to what point the national machinery was petrified: neither a wheel nor a pulley worked. Our society was entirely dead weight. On a smaller scale, this was happening throughout Europe. But this was not happening in America. America, free of pasts, drags no dead weight: its organs are in full vigour. The Church does not weigh upon it, the genealogical aristocracy does not weigh upon it, the archaic military spirit does not weigh upon it, nor does it suffer the tradition of the ancient bureaucracies. America is all of today, it is pure modernity.

The war has served as the decisive shove to make modernity triumph in souls. War is an acute situation in which the vital instruments —ideas, emotions, institutions— undergo an examination of efficacy. Once the experiment was carried out on a gigantic scale, the verdict has been terrible, radical and inexorable. Everything inactual, outgrown, dead, is going to be razed from the face of the earth and buried beneath it. After this immense elimination of the old, there will remain societies constituted solely by elements in full vigour. Old age is little muscle and little nerve, with much callus, much nail and much bone. Now life is going to be all muscle and nerve. For this reason we have the impression that we have thrown off an onerous ballast, that we weigh less, that we possess new strength —for this, in sum, it seems to us that Youth arrives over the world, agile and elastic.


Each people will draw the consequences according to its situation. But perhaps nowhere is it so necessary to accent this triumph of modernity as in Spain, the Land of the Past, millennial realm of archaism.

The hour has come for a bold modernization of Spain. Young men, it is your hour! I tell you that our Spain was dying because it was in decrepit and vicious hands, in stiff and sordid old hands. In no other country was being young an objection: only in ours were you held in a lazaretto, like plague-stricken, like madmen. «He is too young!» —murmured the senile cicadas when an intelligent young man appeared. And it was fear of an epidemic of youth and modernity!

But your hour has come, young men; he who is already ceasing to be one may begin to say it to you. Make of this Spain of ours a dream of youth, a clean and fruitful landscape. Break, slash, pulverize the carrion. Succeed in imposing upon yourselves the great rigorous duties and gather in your souls the enthusiasm and the pain that nourish all creation. It is asked of you by a man who has felt his homeland in the reverse way from others, who has felt a homeland of futures and not a homeland of archaisms; it is asked of you by a man who in his life has done nothing but feel his homeland. He asks it of you for your native glebes, for the bare plains, for the river valleys that want to be fertile, for the chestnut slopes and the vine-clad sunny hillsides, for the sierras with white brows and the long blue seaboards. It is necessary that intelligence dwell in this corner of the planet and that justice reign. It is asked of you, the young who love clear and precise ideas and feel the passion of equity and adore moral elegance!

Modernize Spain: today is the day of Youth!

El Sol, 19 October 1918

Che cosa è la trionfante in questa guerra? Molte, molte cose che a poco a poco si andranno nominando. Ma ce n’è una che avvolge e riassume tutte le altre cose trionfanti di questa guerra, ed è la modernità. Ogni mattina di questi giorni, al levarci, alziamo la testa per fiutare l’aspetto della vita e sentiamo che ci dà in volto un aspro vento primaverile carico di aromi che paiono appena nati, come se giungessero da una vasta selva vergine. Il nostro pianeta ha un potere divino di rinnovamento, e ora che sembrava volersi morire di vecchio e disperato, ecco che si scuote di gioventù.

Tutti ci accorgiamo che stiamo per entrare in una vita nuova, che stiamo per inaugurare gesti ed emozioni mai usati. E che cos’è la gioventù se non vita che si inaugura? Essere giovani è amare per la prima volta, incassare la prima paga, leggere per la prima volta i grandi libri commoventi. Ebbene, ora il mondo intero sentirà e farà molte cose per la prima volta: un nuovo repertorio di idee, azioni e sentimenti attende gli uomini al di là della pace. E noi che avevamo già oltrepassato la giovinezza, ci troviamo favoriti con un’altra e inaspettata gioventù.

Ma perché, e da che cosa, è sorta questa subitanea innovazione nel vecchio astro errante? Nulla si fa d’improvviso né d’improvviso si disfa. L’attuale ringiovanimento dell’esistenza sociale veniva preparandosi lentamente; andava a poco a poco condensandosi e arricchendosi nello spirito umano; ma non aveva ancora potere bastante per tingere per intero il volume della coscienza collettiva. Accanto alle innovazioni che si andavano accumulando, perduravano le idee svuotate, gli organismi sopravvissuti, le istituzioni caduche. Il secolo XIX si caratterizza per questa anomala coesistenza del nuovo aspirante e del vecchio persistente. Fu un’età di compromessi e di patti in cui le genti erano capaci di solidarizzare con idee, organismi e istituzioni in cui non credevano più. La Spagna portò a un estremo patologico questa tolleranza e perpetuazione di idee, uomini e organismi screditati. In questi ultimi mesi poterono vedere i più ciechi fino a che punto fosse pietrificata la macchina nazionale: non funzionavano né una ruota né una puleggia. La nostra società era tutta quanta opera morta. In minor scala, questo accadeva in tutta Europa. Invece, questo non accadeva in America. L’America, esente di passati, non trascina opera morta: i suoi organi sono in piena vigenza. Non pesa su di essa la Chiesa, non pesa l’aristocrazia genealogica, non pesa l’arcaico spirito militare, non soffre la tradizione delle annose burocrazie. L’America è tutta di oggi, è pura modernità.

La guerra è servita da spintone decisivo per far trionfare la modernità nelle anime. È la guerra una situazione acuta in cui subiscono esame di efficacia gli strumenti vitali, idee, emozioni, istituzioni. Realizzata l’esperienza in gigantesca scala, la sentenza è stata terribile, radicale e inesorabile. Tutto l’inattuale, il superato, il morto, sarà stroncato dalla faccia della terra e sotto di essa sepolto. Dopo questa ingente eliminazione del vecchio, resteranno le società costituite unicamente da elementi in pieno vigore. La vecchiaia è il poco muscolo e il poco nervo, con molto callo, molta unghia e molto osso. Ora la vita sarà tutto muscolo e nervo. Per questo abbiamo l’impressione di aver gettato una zavorra onerosa, di pesare meno, di possedere forza nuova —per questo, in somma, ci pare che arrivi sul mondo, agile ed elastica, la Gioventù.


Ogni popolo trarrà le conseguenze secondo la sua situazione. Ma forse in nessuna parte è tanto necessario accentuare questo trionfo della modernità quanto in Spagna, la Terra del Passato, regno millenario dell’arcaismo.

È giunta l’ora per un’audace modernizzazione della Spagna. Giovani, è la vostra ora! Io vi dico che la nostra Spagna si moriva perché andava in mani decrepite e viziose, in rigide e sordide mani di vecchi. In nessun altro paese essere giovani era un’obiezione: solo nel nostro vi si teneva in lazzaretto, come appestati, come dementi. «È troppo giovane!» —mormoravano le cicale senili quando appariva un giovane intelligente. Ed era paura di un’epidemia di gioventù e modernità!

Ma è giunta la vostra ora, giovani; chi già comincia a non esserlo, può cominciare a dirvelo. Fateci di questa nostra Spagna un sogno di giovinezza, un paesaggio pulito e fecondo. Spezzate, tagliate, polverizzate la carogna. Riuscite a imporvi i grandi doveri rigorosi e raccogliete nelle vostre anime l’entusiasmo e il dolore che nutrono ogni creazione. Ve lo chiede un uomo che ha sentito la sua patria al contrario degli altri, che ha sentito una patria di futuri e non una patria di arcaismi; ve lo chiede un uomo che non ha fatto nella sua vita altra cosa che sentire la sua patria. Ve lo chiede per le vostre zolle native, per le pianure nude, per le valli che vogliono essere fertili, per i pendii di castagni e i solatii di viti, per le sierre dalle bianche fronti e le lunghe marine azzurre. È necessario che in questo angolo del pianeta abiti l’intelligenza e regni la giustizia. Ve lo chiede a voi giovani che amate le idee chiare e precise e sentite la passione dell’equità e adorate l’eleganza morale!

Modernizzate la Spagna: è oggi la giornata della Gioventù!

El Sol, 19 ottobre 1918