Abstract

A two-part essay on the legend of the world ending in the year 1000: the first quotes Michelet at length on a Middle Ages that awaited order from death amid miracles, visions and devils; the second seeks the legend’s basis in a millenarianism surviving as a sediment of superstition and in cabbalistic readings of the Apocalypse.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

Escribe Michelet: Era una creencia universal en la Edad Media que el mundo debía acabar en el año 1000 de la Creación. El mundo de la Edad Media no veía sino caos en sí mismo: aspiraba al orden y lo esperaba en la muerte. Además, en estos tiempos de milagros y leyendas, en que todo aparecía extrañamente coloreado, como a través de sombrías vidrieras, era posible dudar que fuese esta realidad visible algo más que un sueño.

Lo maravilloso formaba la vida ordinaria. La armada de Otón había visto perfectamente al sol desfallecido y amarillo como azafrán. El rey Roberto, excomulgado por haberse casado con una pariente, había recibido al parto de la reina un monstruo en los brazos. El diablo no cuidaba de ocultarse; se le había visto en Roma presentarse solemnemente ante un Papa mago. En medio de tantas apariciones, de visiones, de voces extrañas, entre los milagros de Dios y los prestigios del demonio, ¿quién podía asegurar que la tierra no se resolvería una mañana en humo al son de la fatal trompeta? Hubiera muy bien podido acaecer entonces que lo que llamamos la vida fuera, en efecto, la muerte, y que, lineando, el mundo como aquel Santo legendario «comenzare a vivir y cesare de morir —et nunc vivere incepit, morique desiit».

Este fin del mundo, tan triste, era al mismo tiempo la esperanza y el terror de la Edad Media. Ved esas viejas estatuas en las catedrales de los siglos X y XI, macilentas, mudas y con una mueca bajo su contraída rigidez, con la apariencia de sufrimientos de vida y feas como la muerte. Ved cómo imploran, juntas las manos, este deseado momento terrible, esta segunda muerte de la Resurrección que debe libertarlos de sus imborrables tristezas y hacerles pasar de la nada al ser, de la tumba a Dios.

He ahí la imagen de este pobre mundo sin esperanza, después de tantas ruinas. El Imperio romano se había derrumbado; el de Carlo Magno, se era ido también; el Cristianismo había juzgado primeramente necesario remediar los males de aquí abajo, pero los males continuaban. Desdichas sobre desdichas, ruinas sobre ruinas. Era preciso que viniese alguna otra cosa y se esperaba. El cautivo esperaba en el negro torreón, en el sepulcral in pace; el siervo esperaba en el surco, a la sombra del odioso castillo; el monje esperaba en las abstinencias del claustro, en los tumultos solitarios del corazón, en medio de las tentaciones y de las caídas, de los remordimientos y de las visiones extrañas, miserable juguete del diablo, que loqueaba cruelmente en su derredor, y a la noche, tirando de su cobertor, le decía con jovialidad al oído: «estás condenado».

Todos anhelaban salir de la angustia a cualquier precio. Valíales más caer de una vez entre las manos de Dios y por siempre descansar, aun cuando fuera en un urente lecho. Además, había de tener también su encanto el momento en que la aguda y desgarradora trompeta del Arcángel hiriera los oídos de los tirados. Entonces, del torreón, del claustro, del curso, se alzaría una terrible carcajada en medio de los llantos.

II

Tal es la leyenda. ¿Cómo ha nacido? ¿Qué fundamento cierto se le ha buscado? Tratemos brevemente de anotar todo esto.

Es evidente que el Miliasmo o milenarismo no murió en toda la Edad Media. Cierto que no fue siempre una sabia secta teológica que buscaba sus inquietantes y sutiles teorías en Rufino y las comprobaba merced a interpretaciones de Orígenes y San Agustín. El miliasmo fue dejando un sedimento de superstición que muchas veces se afloró en la Edad Media mostrando su empeño de interpretar de un modo simbólico, aún más, cabalístico, las Escrituras. Por otra parte, como se ha visto, los hombres de esos siglos tenían una imaginación amiga de las fantasías terribles, atormentadas, y su libro de cabecera fue siempre el Apocalipsis. En este libro se lee: «Y cuando los mil años fueren cumplidos, Satanás será suelto de su prisión. Y saldrá para engañar las naciones que están sobre los cuatro ángulos de la tierra, a Gog y a Magog, a fin de congregarlas para la batalla; el número de los cuales es como la arena del mar».

Los prodigios que más arriba hemos referido venían a aumentar las coincidencias entre palabras misteriosas de los libros santos y los sucesos. Jesús había dicho: «Cuando oigáis hablar de guerra cuidad de no turbaros, porque es preciso que tales cosas sucedan; pero todo ello no será sino un comienzo del fin… Habrá hambres, pestes, temblores de tierra en diversos lugares; pero todo esto no será sino un comienzo de dolores; sucederán acontecimientos pavorosos y se mostrarán grandes señales en el cielo».

Así, no es extraño que Raúl Glaber exclame: «Según la profecía de Juan, Satanás será muy pronto desencadenado, porque se van a cumplir los mil años».

Este temor de la vuelta del demonio próxima debió inquietar a algunos espíritus desde comienzos del siglo X. En 954 compuso Adso su Libellus de Antichristo para tranquilizar a la reina Gerberga. Adso niega que se acerque la venida del Antecristo, y da una peregrina razón. El Antecristo —dice— no aparecerá antes de que todos los reinos hayan sido desmembrados del Imperio romano, al cual estaban sujetos. Ahora bien, este tiempo no ha llegado aún, pues si bien contemplamos al Imperio romano casi del todo destruido, mientras los franceses tengan reyes, éstos serán los representantes del romano Imperio. Nuestros doctores nos enseñan que un rey de Francia poseerá en los últimos tiempos el orbe romano, que será el mas grande y el último de los reyes, y que después de haber gobernado sapientemente su reino, irá a Jerusalén y depondrá su cetro y su corona en el monte de los Olivos.

No debió convencer por completo el libro de Adso, porque los cronistas continuaron escribiendo ciertas frases llenas de amenazas, y en las iglesias se entonaba un himno terrible, precursor del Dies irae:

Audi, tellus, audi, magni maris limbus;

Audi, homo; audi omne quod vivit sub sole;

Veniet, prope est, Dies iræ supremæ,

Dies invita, dies amara;

Qua cœlum fugiet, sol erubescet,

Luna mutabitur, dies ingrescet,

Sidera supra terram cadent.

Heu miseri! Heu miseri! Quid homo ineptam

Sequeris lætitiam?

Por su parte el Concilio Trosleyano de 909 había dicho: Dum jam jamque adventus imminet illius in majestate terribili, ubi omnes cum gregibus suis venient pastores in conspectum pastoris aeterni.

Abbón cuenta que en su juventud (nació en 945), de fine mundi coram populo sermonem in ecclesia Parisiorum audivi quod statim finito mille annorum numero Antichristus adveniret et non longe post tempore universale juditium succederet.

Y añade que hacia 975 se extendía por la Lorena el rumor de que el año 992 la tierra perecería; porque coincidían el día de la Anunciación y el Viernes Santo, la concepción y la Muerte.

En la crónica de Tritemio se refiere que en el año 960 Bernardo, eremita de Thuringia, engañado por sus propias alucinaciones o por algún espíritu extraño diem jam imminere dicebat extremum et mundum in brevi consumandum. Todo esto revela que a la sazón existía una vaga creencia acerca de la proximidad del día terrible; pero esta creencia no tenía más ni menos fuerza e importancia que otras muchas supersticiones contemporáneas. Ningún derecho hay a creer que la vida del mundo cristiano se suspendiera aterrorizada por la seguridad del acabamiento. España luchaba con los moros palmo a palmo y se encontraba en uno de los pocos momentos llenos de sentido común que la Providencia le ha otorgado. Sin distracciones ni caídas, proseguía tenazmente su obra, que no era una lucha por ideas, ciertamente, sino por la realidad del palmo de terreno, y no contra la Media Luna, sino contra tal moro fronterizo que quema las sementeras en sus correrías, según agudamente ha observado el señor Menéndez Pelayo.

Alemania se hallaba en la época de crecimiento, significada por los Otones. En cuanto a Italia se hallaba, es cierto, en posición análoga a Francia; pero no hay derecho a creer que prendieran en ella los terrores milenarios. Tal demuestra Pietro Orsi en su estudio acerca de esta cuestión publicado en la Rivista Storica Italiana del año 1887.

Queda, pues, reducido todo a Francia y a ese vidente de la Thuringia, que llegado el año 992 y no pereciendo el Universo se quedó sin adeptos y fue tratado de charlatán.

Para sostener la leyenda los que la cultivaron (que hoy ya no es nadie, según creemos), tuvieron que acudir, aparte los ya citados trozos, harto vagos, a un párrafo de la Crónica de Guillermo Godel, monje de Limoges, que escribió después de 1124, es decir siglo y pico más tarde de la fecha terrible. En ella se lee que al extenderse por el mundo la noticia de la toma de Jerusalén por los turcos Anno Domini MX in multis locis per orbem, tali rumore audito, timor et maeror corda plurimorum occupavit et suspicaci sunt multi finem sæculi adesse.

Como se ve aquí, Godel habla del año 1010. Los demás cronistas de la época nada dicen al escribir esta fecha. Al concluir la relación de una de las hambres más terribles, Raúl Glaber dice: «creíase que la ordenación de las estaciones y las leyes de los elementos que hasta entonces habían gobernado el Universo habían recaído en un eterno caos y se temía el fin del género humano». Ahora bien, esta hambre ocurrió en el año 1033. Tampoco, pues, sirve este testimonio, y en cambio quita a los anteriores la fuerza que pudieran tener, pues demuestra que no existió un terror general al acercarse el año mil precisamente, sino que en muchos lugares, a raíz de cualquier calamidad, los escritores y predicadores trataban de remover los espíritus angustiados y les hacían ver lo acontecido con colores aún más negros.

La otra prueba que aportan los defensores de la leyenda consiste en que en las cartas de donación a algunos conventos e iglesias se leen estas fatídicas palabras: Mundi terminum apropinquante —Apropinquante etenim mundi terminis et ruinis crescentibus. Pues bien: en el VII se encuentra la misma fórmula varias veces, en el IX con más frecuencia, y en la primera mitad del XI, una vez expirada la fatal fecha, es su uso mucho más repetido que en el X, según costa en los cartularios publicados por la Academia de Suscripciones y Bellas Letras, bajo la dirección de Eugenio de Rozière.

La leyenda es y ha sido siempre insostenible. ¿Cómo, pues, se forma?

En el siglo XVI y en el XVII se produjo un renacimiento del milenarismo o miliasmo, espíritus teológicos, que tenían una teología inquieta y febril, anduvieron por todas las sectas viejas que intentaron remozar. Muchos de ellos dieron, leyendo a Orígenes, en lo mismo que dieron los primeros miliastas, y leyendo a Rufino, se confirmaron en sus ideologías maravillosas. Como el maniqueísmo, el milenarismo está arraigado en el fondo de la concepción cristiana y nunca desaparecen completamente; al llegar la ocasión propicia, renacen, y en el siglo XVI, con el grande movimiento teológico, salieron a relucir éstos que parecían viejos trastos por siempre inutilizados. Los nuevos miliastas trataron de hacer historia de su credo, y, atraídos por la seducción mística que para ellos tenía ese número mil, rebuscaron en los recuerdos de aquella época. Ésta, a la verdad, se prestaba admirablemente a que sobre ella se elaborara esta leyenda, que como dijimos al comenzar estas deshilvanadas e incompletas anotaciones, explica mejor que otra alguna, aquel momento, aquel clima histórico.

Construida la leyenda, hizo su camino sin tropiezo porque era bellísima. Los aficionados a lo pintoresco, aunque nada tengamos de miliastas, deploramos que no sea cierto ese cuento que presenta a los hombres abrazados con la muerte dejando la existencia como se deja un viejo traje haraposo.

La Vasseur, en sus Annales de l’eglise de Noyon, parece ser el primero que interpretó a su modo las frases de Glaber explicando la construcción de la basílica que historiaba en 1633. Sauval, en sus Antiquités, hizo lo mismo tratando de Nuestra Señora de París.

En 1690 se publicó una nueva edición de Tritemio, el cual murió hacia 1516. En esta nueva edición se incluían las palabras mencionadas, que no se hallan en las primeras.

De mano en mano va la leyenda engrosando, hasta que llegó un hombre de genio y la troqueló: Robertson en su Historia de Carlos V, o por mejor decir, en el extenso discurso de introducción sobre la marcha de los hombres a través del espacio y el tiempo.

Desde entonces nadie la puso en duda, y cuantos escribieron sobre la época la repitieron. Tomáronla los poetas y los prosistas e hicieron de ella poemas y cuentos.

Michelet, según se ha visto, comienza con ella su segundo volumen acerca de la historia francesa.

1910