Ortega y Gasset
Abstract
An essay in the Renan series: nature against culture, where nature is matter and spontaneity and culture is whatever negates it — so that culture is defined as Irony. The soul has two strata, the original subsoil and the arable layer deposited by history’s alluvium; when the alluvium stops, barbarous autochthony resurfaces. Present-day Spain is in one such period of debasement.
Connections
Assi: Senso della storia
Posizioni: decadenza
Concetti: natura
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
En todo lo que llevo dicho alrededor de Renan se manifiesta una clara contraposición entre dos conceptos: natura y cultura. Podéis llamar a la naturaleza como gustéis, es la diosa que acude a una evocación de mil nombres: naturaleza es la materia, es lo fisiológico, es lo espontáneo. En una sinfonía de Beethoven pone la naturaleza las tripas de cabra sobre el puente de los rubios violines, da la madera para los oboes, el metal para los clarines, el aire vibrátil para las ondas sonoras. Y todo lo que en una sinfonía de Beethoven no es tripas de cabra, ni madera, ni metal, ni aire inquieto, es cultura. El montón de bloques de mármol formado por un rompimiento de tierras es un trozo de naturaleza: esos mismos bloques, distribuidos en orden de propileo, forman una columnata y son cultura.
Cuando un hombre recibe una bofetada, la naturaleza le incita a un movimiento reflejo y espontáneo, que suele ser otra bofetada; a veces el movimiento reflejo es un puntapié. Jesús, hombre de Siria, sintió cuando le abofetearon una mejilla ese mismo impulso; pero como que era además un Dios, acertó a dominarlo, y poniendo al escarnio la otra mejilla creó una de las formas superiores de la cultura: el espíritu de sacrificio y de paciencia. La pasión del joven Jerusalem, enamorado sin esperanza de una señorita provinciana, fue creciendo hasta el punto de no hallar otra desembocadura que el suicidio. Por aquel tiempo, Goethe, prisionero doliente del amor de Carlota, disolvió su pasión en un libro que entretejía la historia de Jerusalem con la de sus propias melancolías, y componiendo la figura amarga de Werther sutilizó su instinto erótico hasta dotarle de valor cultural.
La cultura es siempre la negación de la naturaleza, y como en el hombre a lo natural llamamos espontáneo, tendremos que definir la cultura como la negación de lo espontáneo, es decir, Ironía.
Creo que concordaría con el pensamiento de Renan, en el marco de cuyas ideas procuro mantenerme mientras escribo estos artículos, decir de esta manera: Nuestra alma, como una tierra propicia, tiene dos estratos: uno es la capa laborable y fértil; otro la tierra de subsuelo, dura, malsana y estéril. Ésta es la originaria; aquélla ha ido poco a poco depositándose sobre nuestra superficie primitiva, acarreada por el aluvión de la historia. Se ha dicho que lo que diferencia al hombre del animal es ser un heredero y no un mero descendiente: la herencia de todos los afanes humanos ha venido a enriquecernos; lentamente se han ido inventando las virtudes, las reglas metódicas para el pensar, los tipos ejemplares del gusto, la sensibilidad para las cosas remotas, y todo ello ha ido cubriendo, ocultando la bestialidad de nuestra materia original.
Supongamos ahora que deja de pasar por nosotros el aluvión de la cultura durante algunos siglos; los antiguos terruños fructíferos, privados de nuevos elementos, se resecan, se tornan polvo, que el viento sabe esparcir por los cuatro puntos cardinales, y como un calvo islote al bajar la marea, reaparece la bárbara autoctonía, la tierra egoísta y brutal, que sólo produce fermentos deletéreos.
En la decadencia de un pueblo los individuos pierden la sensibilidad que les ponía en contacto con las rígidas normas colectivas. La administración pública se convierte en una merienda de negros, porque la norma de la honradez ha perdido su poder sugestivo. El ideario nacional se desentiende de las graves inquietudes humanas y acaba por reducirse a un canje de indiscreciones de à peu près y de malas retóricas: se ha perdido la tradición de la responsabilidad intelectual y está embotada la conciencia de las preocupaciones nobles. La política no es ya una guerra de antagonismos ideales, ni siquiera una lucha entre intereses históricos: unas cuantas cabilas riñen escaramuzas en la plaza pública, o extendiéndose por los campos muertos y sembrados de sal, corren la pólvora al uso berberisco. Tal es el panorama que ofrece siempre el reinado de la espontaneidad.
Por lo que respecta a España, es innegable que nos hallamos en lo más cerrado de uno de estos períodos en que todo parece ominoso rebajamiento. Chabacanería es la realidad española en la hora presente. Y podemos aseverar que el achabacanamiento no consiste en otra cosa que en haberse apartado de cuanto significa trascendencia de lo momentáneo, de cuanto rebosa los linderos del individuo o de una colectividad instintiva. El triunfo de Cataluña sobre el resto del país indica precisamente el triunfo de la fórmula más aguda del achabacanamiento: a despecho de unas cuantas expresiones vagas e ineruditas, hemos visto sólo en ese movimiento la misérrima sordidez de un paisaje mercantil que nada puede enseñarnos, antes bien, favorece la desorientación nacional: durante dos años el problema catalán ha servido de pantalla que interceptaba nuestras miradas y nuestras esperanzas, dirigidas, como flechas, hacia Europa.
Un síntoma extremo de achabacanamiento puede descubrirse en el afán de sinceridad que ahora sentimos todos; es una moda que se nos ha impuesto, a cuyo éxito no ha contribuido poco don Miguel de Unamuno, morabito máximo, que entre las piedras reverberantes de Salamanca inicia a una tórrida juventud en el energumenismo. La sinceridad, según parece, consiste en el deber de decir lo que cada cual piense; en huir de todo convencionalismo, llámese lógica, ética, estética o buena crianza. Como se ve, la sinceridad es la demanda de quienes se sienten débiles y no pueden alentar en un ambiente severo, entre normas firmes y adamantinas, de gentes que quisieran un mundo más relapso y blando. Cuando alguien me advierte que quiere ser sincero conmigo, pienso siempre que o me va a referir algún incidente personal, sólo para él interesante, o va a comunicarme alguna grosería. Todas las filosofías cínicas han hecho su entrada en la sociedad arropándose con los guiñapos de la franqueza.
¿Qué fuera de nosotros sin los convencionalismos? ¿Qué es la cultura sino un convencionalismo? Lo sincero, lo espontáneo en el hombre es, sin disputa, el gorila. Lo demás, lo que trasciende de gorila y le supera, es lo reflexivo, lo convencional, lo artificioso.
Según Fichte, el destino del hombre es la sustitución de su yo individual por el yo superior. No asuste esta fórmula metafísica: ese yo superior no es cosa vaga e indescriptible; es meramente el conjunto de las normas: el código de nuestra sociedad, la ley lógica, la regla moral, el ideal estético. Es, también, la buena educación. Cada acto que realizamos nos propone el dilema conocidísimo: o seguir nuestro gusto o ajustar nuestra voluntad a la ley superior. Cuando Ignacio de Loyola, dudando entre si volvería a zarandear al moro aquel blasfemo de la Virgen o continuar su jornada a Manresa, dejó la decisión a la mula que cabalgaba, quiso darnos lo que se llama un ejemplo negativo, y era como decirnos: «No hagáis nunca lo que yo ahora hago: que en vuestros actos no decida nunca vuestra mula».
Ahora bien, todas estas nobilísimas normas son convenciones, no corresponde a ellas ninguna realidad material: no son cosas, son condensaciones de espíritu, valores que sobre la materia, siempre baladí, ha ido decantando la cultura, son la superflua adehala con que enriquecemos la avaricia, la manía ahorrativa de la naturaleza.
Ya se están las piedras ahí en los vientres profundos de las canteras, ¿a qué esforzarnos por ordenarlas en figuras de tetraedro y construir una pirámide? ¿Qué utilidad representa el tetraedro desde el punto de vista de la digestión? Las palabras, avecillas ágiles, andan todas revolando de labios en oídos, ¿a qué gastar nuestra energía buscando las precisas para formar un dístico? ¿A qué la música, a qué los violines? Los rebaños de cabras satiresas que van por los altos de Gredos mordiendo los cándalos de los pinos llevan ya en sus flancos todo el material de la Quinta Sinfonía. Seamos sinceros: la Musa no es sino el nombre sugestivo que han puesto los poetas a sus congestiones cerebrales; la Virtud se reduce a una clase particular de inhibiciones musculares; la Verdad, como Taine aseguraba, es una alucinación normal.
En el momento en que seamos sinceros se erguirá en nosotros el gorila y reclamará sus derechos perentorios; sólo a fuerza de ficciones y de fantasmagorías le mantendremos encadenado. El romanticismo, el anarquismo, el energumenismo acaso no sean más que ensayos para justificar la debilidad del hombre en la pugna con su orangután interior.
Para mí el clasicismo significa, por el contrario, el amor a la ley, el lujo del hombre fuerte que se posee a sí mismo y somete a un cauce de normas la fluencia excesiva de su energía, en suma, el sistema de la Ironía, de la continencia. Por eso conviene a Grecia de manera eminente el nombre de pueblo clásico: la continencia se inventó en Esparta; la ironía floreció por primera vez en Atenas. Por eso se reveló como clásico Goethe cuando dijo:
Sólo el grosero sigue su capricho,
el noble aspira a ordenación y a ley.
In all that I have so far said around Renan there is manifested a clear contrast between two concepts: nature and culture. Call nature what you like; it is the goddess that answers an evocation of a thousand names: nature is matter, it is the physiological, it is the spontaneous. In a Beethoven symphony nature puts the goats’ guts upon the bridge of the blond violins, gives the wood for the oboes, the metal for the clarions, the vibrating air for the sound waves. And everything in a Beethoven symphony that is not goats’ guts, nor wood, nor metal, nor restless air, is culture. The heap of marble blocks formed by a rupture of the earth is a piece of nature: those same blocks, distributed in propylaeum order, form a colonnade and are culture.
When a man receives a slap, nature incites him to a reflex and spontaneous movement, which is usually another slap; at times the reflex movement is a kick. Jesus, a man of Syria, felt that same impulse when they slapped one cheek; but since he was moreover a God, he managed to master it, and offering the other cheek to scorn he created one of the superior forms of culture: the spirit of sacrifice and of patience. The passion of the young Jerusalem, hopelessly in love with a provincial young lady, grew to the point of finding no other outlet than suicide. At that time Goethe, a sorrowing prisoner of his love for Charlotte, dissolved his passion in a book that interwove Jerusalem’s story with that of his own melancholies, and composing the bitter figure of Werther refined his erotic instinct until he endowed it with cultural value.
Culture is always the negation of nature, and since in man we call the natural “spontaneous”, we shall have to define culture as the negation of the spontaneous, that is, Irony.
I believe that to speak in this manner would accord with Renan’s thought, in the frame of whose ideas I try to keep myself while I write these articles: Our soul, like a propitious land, has two strata: one is the tillable and fertile layer; the other the subsoil earth, hard, unhealthy and sterile. This latter is the original one; the former has gradually been depositing itself upon our primitive surface, carried by the alluvium of history. It has been said that what differentiates man from the animal is being an heir and not a mere descendant: the inheritance of all human endeavours has come to enrich us; slowly the virtues have been invented, the methodical rules for thinking, the exemplary types of taste, the sensibility for remote things, and all this has gone on covering, hiding the bestiality of our original matter.
Suppose now that the alluvium of culture stops passing through us for some centuries; the ancient fruitful soils, deprived of new elements, dry up, turn to dust, which the wind knows how to scatter to the four cardinal points, and like a bald islet at low tide, the barbarous autochthony reappears, the selfish and brutal earth, which produces only deleterious ferments.
In the decadence of a people, individuals lose the sensibility that put them in contact with the rigid collective norms. The public administration becomes a thieves’ picnic, because the norm of honesty has lost its suggestive power. The national ideology washes its hands of the grave human disquietudes and ends by reducing itself to an exchange of indiscretions à peu près and of bad rhetorics: the tradition of intellectual responsibility has been lost and the consciousness of noble concerns is blunted. Politics is no longer a war of ideal antagonisms, nor even a struggle between historical interests: a few cabilas quarrel in skirmishes in the public square, or, spreading across the dead fields sown with salt, run gunpowder in the Berber fashion. Such is the panorama that the reign of spontaneity always offers.
With respect to Spain, it is undeniable that we find ourselves in the very thick of one of those periods in which everything seems an ominous lowering. Chabacanería is the Spanish reality at the present hour. And we may assert that achabacanamiento consists in nothing other than having departed from everything that signifies transcendence of the momentary, from everything that overflows the boundaries of the individual or of an instinctive collectivity. The triumph of Catalonia over the rest of the country indicates precisely the triumph of the sharpest formula of achabacanamiento: in spite of a few vague and unlearned expressions, we have seen in that movement only the most miserable sordidness of a mercantile landscape that can teach us nothing, but rather favours national disorientation: for two years the Catalan problem has served as a screen intercepting our glances and our hopes, directed, like arrows, toward Europe.
An extreme symptom of achabacanamiento may be discovered in the craving for sincerity that we all now feel; it is a fashion that has been imposed upon us, to whose success don Miguel de Unamuno has contributed not a little, supreme marabout, who among the reverberating stones of Salamanca initiates a torrid youth into energumenism. Sincerity, it seems, consists in the duty of saying what each one thinks; in fleeing every conventionalism, be it called logic, ethics, aesthetics or good breeding. As can be seen, sincerity is the demand of those who feel weak and cannot breathe in a severe environment, among firm and adamantine norms, of people who would want a more lax and soft world. When someone warns me that he wants to be sincere with me, I always think that either he is going to relate some personal incident, interesting only to him, or he is going to communicate some rudeness to me. All the cynical philosophies have made their entrance into society wrapping themselves in the rags of frankness.
What would become of us without conventionalisms? What is culture but a conventionalism? The sincere, the spontaneous in man is, without dispute, the gorilla. The rest, what transcends the gorilla and surpasses it, is the reflective, the conventional, the artificial.
According to Fichte, the destiny of man is the substitution of his individual ego by the superior ego. Let this metaphysical formula not frighten us: that superior ego is not a vague and indescribable thing; it is merely the sum of the norms: the code of our society, the logical law, the moral rule, the aesthetic ideal. It is, also, good breeding. Every act we perform proposes to us the well-known dilemma: either follow our taste or adjust our will to the superior law. When Ignatius of Loyola, doubting whether he would return to shake down that Moor blasphemer of the Virgin or continue his journey to Manresa, left the decision to the mule he was riding, he wanted to give us what is called a negative example, and it was like telling us: «Never do what I now do: may your mule never decide in your acts».
Now, all these most noble norms are conventions; no material reality corresponds to them: they are not things, they are condensations of spirit, values that upon matter, always trifling, culture has been decanting; they are the superfluous lagniappe with which we enrich the avarice, the hoarding mania of nature.
There the stones already are, in the deep bellies of the quarries; why strive to arrange them in figures of tetrahedron and build a pyramid? What utility does the tetrahedron represent from the point of view of digestion? The words, agile little birds, are all fluttering from lips to ears; why spend our energy seeking the precise ones to form a couplet? What of music, what of violins? The flocks of satyr goats that go over the heights of Gredos biting the shoots of the pines already carry in their flanks all the material of the Fifth Symphony. Let us be sincere: the Muse is nothing but the suggestive name that poets have given to their cerebral congestions; Virtue is reduced to a particular class of muscular inhibitions; Truth, as Taine maintained, is a normal hallucination.
The moment we are sincere, the gorilla will rise up in us and claim its peremptory rights; only by force of fictions and phantasmagorias shall we keep it chained. Romanticism, anarchism, energumenism may well be nothing more than attempts to justify man’s weakness in the struggle with his inner orangutan.
For me classicism signifies, on the contrary, the love of law, the luxury of the strong man who possesses himself and subjects to a channel of norms the excessive flow of his energy, in sum, the system of Irony, of continence. For this reason the name of classical people suits Greece in an eminent manner: continence was invented in Sparta; irony first flourished in Athens. For this reason Goethe revealed himself as classical when he said:
Only the coarse man follows his whim,
the noble man aspires to order and to law.
In tutto ciò che ho detto finora intorno a Renan si manifesta una chiara contrapposizione tra due concetti: natura e cultura. Potete chiamare la natura come vi piace, è la dea che accorre a un’evocazione di mille nomi: natura è la materia, è il fisiologico, è lo spontaneo. In una sinfonia di Beethoven la natura mette le budella di capra sul ponte dei biondi violini, dà il legno per gli oboi, il metallo per le chiarine, l’aria vibratile per le onde sonore. E tutto ciò che in una sinfonia di Beethoven non è budella di capra, né legno, né metallo, né aria inquieta, è cultura. Il mucchio di blocchi di marmo formato da uno smottamento di terre è un pezzo di natura: quegli stessi blocchi, distribuiti in ordine di propileo, formano una colonnata e sono cultura.
Quando un uomo riceve uno schiaffo, la natura lo incita a un movimento riflesso e spontaneo, che di solito è un altro schiaffo; a volte il movimento riflesso è un calcio. Gesù, uomo di Siria, sentì quando gli schiaffeggiarono una guancia quello stesso impulso; ma siccome era anche un Dio, riuscì a dominarlo, e porgendo al ludibrio l’altra guancia creò una delle forme superiori della cultura: lo spirito di sacrificio e di pazienza. La passione del giovane Jerusalem, innamorato senza speranza di una signorina provinciale, andò crescendo fino al punto di non trovare altro sbocco che il suicidio. A quel tempo, Goethe, prigioniero dolente dell’amore di Carlotta, dissolse la sua passione in un libro che intrecciava la storia di Jerusalem con quella delle proprie malinconie, e componendo la figura amara di Werther sottilizzò il suo istinto erotico fino a dotarlo di valore culturale.
La cultura è sempre la negazione della natura, e siccome nell’uomo il naturale lo chiamiamo spontaneo, dovremo definire la cultura come la negazione dello spontaneo, cioè Ironia.
Credo che concorderebbe con il pensiero di Renan, nel quadro delle cui idee cerco di mantenermi mentre scrivo questi articoli, dire così: La nostra anima, come una terra propizia, ha due strati: uno è lo strato lavorabile e fertile; l’altro la terra di sottosuolo, dura, malsana e sterile. Questa è l’originaria; quella è andata a poco a poco depositandosi sulla nostra superficie primitiva, trasportata dall’alluvione della storia. Si è detto che ciò che differenzia l’uomo dall’animale è l’essere un erede e non un mero discendente: l’eredità di tutte le umane fatiche è venuta ad arricchirci; lentamente si sono andate inventando le virtù, le regole metodiche per il pensare, i tipi esemplari del gusto, la sensibilità per le cose remote, e tutto ciò è andato coprendo, nascondendo la bestialità della nostra materia originale.
Supponiamo ora che smetta di passare per noi l’alluvione della cultura durante alcuni secoli; gli antichi terreni fruttiferi, privati di nuovi elementi, si inaridiscono, si fanno polvere, che il vento sa spargere per i quattro punti cardinali, e come un calvo isolotto al calare della marea, riappare la barbara autoctonia, la terra egoista e brutale, che produce solo fermenti deleteri.
Nella decadenza di un popolo gli individui perdono la sensibilità che li metteva in contatto con le rigide norme collettive. L’amministrazione pubblica si converte in una scorpacciata di negri, perché la norma dell’onestà ha perduto il suo potere suggestivo. L’ideario nazionale si disinteressa delle gravi inquietudini umane e finisce per ridursi a uno scambio di indiscrezioni à peu près e di cattive retoriche: si è perduta la tradizione della responsabilità intellettuale ed è ottusa la coscienza delle preoccupazioni nobili. La politica non è più una guerra di antagonismi ideali, né soltanto una lotta tra interessi storici: poche cabilie rissano schermaglie nella piazza pubblica, o estendendosi per i campi morti e seminati di sale, fanno correre la polvere da sparo all’uso berbero. Tale è il panorama che offre sempre il regno della spontaneità.
Per quanto riguarda la Spagna, è innegabile che ci troviamo nel più chiuso di uno di questi periodi in cui tutto sembra ominoso abbassamento. La volgarità è la realtà spagnola nell’ora presente. E possiamo asserire che la volgarizzazione non consiste in altra cosa che nell’essersi allontanati da quanto significa trascendenza del momentaneo, da quanto trabocca i confini dell’individuo o di una collettività istintiva. Il trionfo della Catalogna sul resto del paese indica precisamente il trionfo della formula più acuta della volgarizzazione: a dispetto di poche espressioni vaghe e incolte, abbiamo visto in quel movimento solo la miserrima sordidezza di un paesaggio mercantile che nulla può insegnarci, anzi, favorisce la disorientazione nazionale: durante due anni il problema catalano è servito da schermo che intercettava i nostri sguardi e le nostre speranze, dirette, come frecce, verso l’Europa.
Un sintomo estremo di volgarizzazione può scoprirsi nell’ansia di sincerità che ora sentiamo tutti; è una moda che ci si è imposta, al cui successo non ha contribuito poco don Miguel de Unamuno, marabuto massimo, che tra le pietre riverberanti di Salamanca inizia una torrida gioventù all’energumenismo. La sincerità, a quanto pare, consiste nel dovere di dire ciò che ognuno pensi; nel fuggire ogni convenzionalismo, si chiami logica, etica, estetica o buona creanza. Come si vede, la sincerità è la richiesta di coloro che si sentono deboli e non possono respirare in un ambiente severo, tra norme ferme e adamantine, di genti che vorrebbero un mondo più rilassato e molle. Quando qualcuno mi avverte che vuole essere sincero con me, penso sempre che o mi riferirà qualche incidente personale, interessante solo per lui, o mi comunicherà qualche grossolanità. Tutte le filosofie ciniche hanno fatto il loro ingresso nella società avvolgendosi negli stracci della franchezza.
Che cosa sarebbe di noi senza i convenzionalismi? Che cos’è la cultura se non un convenzionalismo? Il sincero, lo spontaneo nell’uomo è, senza disputa, il gorilla. Il resto, ciò che trascende il gorilla e lo supera, è il riflessivo, il convenzionale, l’artificioso.
Secondo Fichte, il destino dell’uomo è la sostituzione del suo io individuale con l’io superiore. Non spaventi questa formula metafisica: quell’io superiore non è cosa vaga e indescrivibile; è meramente l’insieme delle norme: il codice della nostra società, la legge logica, la regola morale, l’ideale estetico. È, anche, la buona educazione. Ogni atto che compiamo ci propone il dilemma notissimo: o seguire il nostro gusto o adattare la nostra volontà alla legge superiore. Quando Ignazio di Loyola, dubitando se sarebbe tornato a malmenare quel moro bestemmiatore della Vergine o continuare il suo cammino verso Manresa, lasciò la decisione alla mula che cavalcava, volle darci quello che si chiama un esempio negativo, ed era come dirci: «Non fate mai ciò che io ora faccio: che nei vostri atti non decida mai la vostra mula».
Orbene, tutte queste nobilissime norme sono convenzioni, a esse non corrisponde nessuna realtà materiale: non sono cose, sono condensazioni di spirito, valori che sopra la materia, sempre futile, è andata decantando la cultura, sono la superflua aggiunta con cui arricchiamo l’avarizia, la mania risparmiatrice della natura.
Già le pietre sono lì nei ventri profondi delle cave, a che sforzarci per ordinarle in figure di tetraedro e costruire una piramide? Che utilità rappresenta il tetraedro dal punto di vista della digestione? Le parole, uccellini agili, stanno tutte svolazzando da labbra a orecchie, a che spendere la nostra energia cercando le precise per formare un distico? A che la musica, a che i violini? I greggi di capre satire che vanno per gli alti di Gredos mordendo i germogli dei pini portano già nei loro fianchi tutto il materiale della Quinta Sinfonia. Siamo sinceri: la Musa non è che il nome suggestivo che i poeti hanno messo alle loro congestioni cerebrali; la Virtù si riduce a una classe particolare di inibizioni muscolari; la Verità, come Taine assicurava, è un’allucinazione normale.
Nel momento in cui saremo sinceri si ergerà in noi il gorilla e reclamerà i suoi diritti perentori; solo a forza di finzioni e di fantasmagorie lo manterremo incatenato. Il romanticismo, l’anarchismo, l’energumenismo forse non sono più che tentativi per giustificare la debolezza dell’uomo nella lotta con il suo orangutan interiore.
Per me il classicismo significa, al contrario, l’amore alla legge, il lusso dell’uomo forte che possiede se stesso e sottomette a un alveo di norme la fluenza eccessiva della sua energia, in somma, il sistema dell’Ironia, della continenza. Per questo conviene alla Grecia in maniera eminente il nome di popolo classico: la continenza si inventò a Sparta; l’ironia fiorì per la prima volta ad Atene. Per questo si rivelò classico Goethe quando disse:
Solo il grossolano segue il suo capriccio,
il nobile aspira a ordinamento e a legge.
El lujo de sacrificar a la norma, que es una ficción, caracterizaba para Renan la ironía radical de la cultura. «Nuestro realismo —leemos en los Nouveaux Cahiers— encuentra absurdos todos los sacrificios que de su bienestar material hace el hombre sin saber a qué. Pero yo amo esto: otra cosa sería suponer que no hay nada más allá de lo útil. Admiro la libación antigua: echar un poco de nuestro bien no se sabe a quién. Ahora se diría: Ut quid perditio haec? ¿A qué este derroche? Es inútil. ¡Ah, es inútil! ¿Por ventura lo invisible no es nada? Me agrada que se le hagan sacrificios, aunque sólo fuera para probar la realidad de lo que no es palpable».
No, no seamos sinceros, ni espontáneos, ni románticos, suplantemos nuestro yo real por un yo normal compuesto de tan exquisitas superfluidades. Los románticos nos retrotraen a la inocencia originaria y edénica, y como Federico Schlegel en su Lucinda, nos ofrecen el Elogio de la Insolencia o de la Pereza, «único fragmento, esta última, de semejanza con Dios que nos queda del Paraíso», o como el señor Unamuno, nos invitan a la africanización de España. Frente a todo esto, opongamos la clásica ironía y finjámonos europeos, defensores de las ficciones bien fundadas a lo largo de la solidaridad histórica: la lógica, la ética, la estética y la bonne compagnie. Después de todo nada se pierde con probar. Como la función crea el órgano, el gesto crea el espíritu y una postura digna facilita la dignidad.
La materia no es nada; el orden, la medida, la ficción, lo convencional, la postura, son todo. Debemos exclamar como una vez Renan: «Me gusta ponerme de rodillas delante de nada».
The luxury of sacrificing to the norm, which is a fiction, characterized for Renan the radical irony of culture. «Our realism —we read in the Nouveaux Cahiers— finds absurd all the sacrifices that man makes of his material well-being without knowing for what. But I love this: it would be another thing to suppose that there is nothing beyond the useful. I admire the ancient libation: pouring out a little of our good to no one knows whom. Now one would say: Ut quid perditio haec? To what end this waste? It is useless. Ah, it is useless! Is the invisible, perchance, nothing? It pleases me that sacrifices be made to it, were it only to prove the reality of what is not palpable».
No, let us not be sincere, nor spontaneous, nor romantic; let us substitute our real ego with a normal ego composed of such exquisite superfluities. The romantics lead us back to the original and Edenic innocence, and like Friedrich Schlegel in his Lucinde, offer us the Praise of Insolence or of Laziness, «the latter the only fragment of resemblance with God that remains to us from Paradise», or like Mr Unamuno, invite us to the Africanization of Spain. Against all this, let us oppose the classical irony and pretend to be Europeans, defenders of the well-founded fictions along the historical solidarity: logic, ethics, aesthetics and the bonne compagnie. After all, nothing is lost by trying. As the function creates the organ, the gesture creates the spirit and a worthy posture facilitates dignity.
Matter is nothing; order, measure, fiction, the conventional, posture, are everything. We must exclaim as Renan once did: «I like to kneel before nothing».
Il lusso di sacrificare alla norma, che è una finzione, caratterizzava per Renan l’ironia radicale della cultura. «Il nostro realismo —leggiamo nei Nouveaux Cahiers— trova assurdi tutti i sacrifici che l’uomo fa del suo benessere materiale senza sapere a quale scopo. Ma io amo questo: altro sarebbe supporre che non c’è nulla al di là dell’utile. Ammiro la libazione antica: versare un po’ del nostro bene non si sa a chi. Ora si direbbe: Ut quid perditio haec? A che questo spreco? È inutile. Ah, è inutile! Per avventura l’invisibile non è nulla? Mi piace che gli si facciano sacrifici, anche solo per provare la realtà di ciò che non è palpabile».
No, non siamo sinceri, né spontanei, né romantici; sostituiamo il nostro io reale con un io normale composto di così squisite superfluenze. I romantici ci riportano all’innocenza originaria ed edenica, e come Federico Schlegel nella sua Lucinda, ci offrono l’Elogio dell’Insolenza o della Pigrizia, «unico frammento, quest’ultima, di somiglianza con Dio che ci resta del Paradiso», o come il signor Unamuno, ci invitano all’africanizzazione della Spagna. Di fronte a tutto questo, opponiamo la classica ironia e fingiamoci europei, difensori delle finzioni ben fondate lungo la solidarietà storica: la logica, l’etica, l’estetica e la bonne compagnie. Dopo tutto, nulla si perde a provare. Come la funzione crea l’organo, il gesto crea lo spirito e una postura degna facilita la dignità.
La materia non è nulla; l’ordine, la misura, la finzione, il convenzionale, la postura, sono tutto. Dobbiamo esclamare come una volta Renan: «Mi piace mettermi in ginocchio davanti al nulla».