Abstract
A dispatch from Berlin (6 November): Alfonso XIII’s arrival, Unter den Linden decked in red and yellow, the crowd, the generals on the Potsdam station platform, the embrace with the Kaiser. Journalistic reportage.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
6 noviembre
Al salir a la calle nos ríe la luz y el dulce sol de oro que anda por el firmamento llena de alegría los semblantes. Con un poco de sol, Berlín es la ciudad más alegre del mundo.
El paseo Bajo los tilos está lleno de banderas y garzotas y guirnaldas de flores de papel rojas y amarillas: la puerta de Brandemburgo o de Brandembugue, como decían los españoles de tiempos de Carlos V, está también jacarandosamente arrebatada en pendones rojos y amarillos y guirnaldas rojas y amarillas. Por dondequiera se ven banderas, de todas partes se yerguen los mástiles y ondean las telas. Hay un ambiente glorioso y los berlineses han salido muy de mañana a visitar las calles y paseos que la comitiva del rey de España ha de atravesar.
En la Friedrichstrasse, en el Panóptico de Castan, espectáculo de figuras de cera, se ve tras un vidrio, la del rey Alfonso.
Sobre el tono gris de los edificios y el oscuro del suelo y los negros brazos retorcidos de los tilos melancólicos, destacan nuestros colores nacionales, y el oro y la sangre que flamea ante los ojos va enardeciendo los ánimos prusianos.
En puestos ambulantes se venden tarjetas postales con el retrato del emperador y de Alfonso XIII.
Desde la una de la tarde están acordonadas las bocacalles de Unter den Linden y todo el tránsito oficial. La muchedumbre comienza a hacerse compacta: para llegar a la estación de Potsdam, que es donde desciende el rey, es preciso dar un gran rodeo. Muchas casas tienen tapices en las fachadas: pero lo que más abunda son banderas, banderas de todos tamaños y formas, españolas, brandemburguesas, imperiales, y no hay donde tornar la vista que no se vean volar sobre fondos vivos águilas negras, desplumadas, con finas lenguas rojas.
Entramos en la estación. El andén está solitario: sólo unos policías van y vienen y guardan las puertas. Desde una ventana podemos ver, al tiempo que nos hallamos en el andén, la parte exterior por donde ha de llegar el káiser y los altos dignatarios. Pasa el tiempo. En la extensa superficie del andén vacío se advierte una manchita roja: es la alfombra donde ha de poner el rey español el pie al abandonar el vagón.
Un general del imperio entra: sus espuelas tintinean: va envuelto en un blanco capote y lleva sobre la cabeza un blanco plumero. Avanza, retrocede, parece aburrido y perplejo y a lo lejos hace pensar en un enorme pájaro blanco que ha perdido su ruta. Poco después llegan tres viejos almirantes y luego un príncipe de Würtemberg y un tropel de generales también blancos con negras polainas de hule, y un hijo del káiser, recio mozo, gallardo como un atleta. El andén se va llenando; las puertas vomitan uniformes. Entra la música del segundo regimiento de la Guardia. Por fin, se oye un hurra que llega de la calle, y entre pañuelos que revuelan y ¡Hoch, hoch, hoch!, pasa el káiser Guillermo en su coche, a galope. Al volver al andén la vista sólo vemos la mancha gris y blanca de las capas militares y cientos de águilas de oro posadas con las alas abiertas sobre cascos luminosos.
Se percibe un trepidar lejano y unas voces de atención. El tren penetra en la caja de cristal de la estación: la Marcha Real llena de aire con sus notas.
El convoy regio se detiene y una portezuela se abre y un pie brillante cae sobre el felpudo rojo. Es el rey de España; el káiser, vestido de coronel del regimiento de Numancia, da un paso hacia adelante: don Alfonso, con traje de coronel del regimiento de Ulanos de Magdeburgo da otro paso hacia adelante. Los dos monarcas se abrazan y el alemán besa las mejillas del español.
Momentos después, el rey pasa revista al segundo regimiento de la guardia: se le ve saludar militarmente con gesto emocionado. A poco, al través de la ventana, vimos pasar los coraceros de la guardia, cuerpo escogido, cuyos soldados asombran por el tamaño y lo gentiles. Tras ellos, en coche a la grand’Daumont, partieron los dos soberanos. Comienzan a oírse hurras y a bajar y subir los pañuelos.
Salimos: los coches de la comitiva se alejan detrás del imperial. ¡Ah! Los lectores españoles tendrán que hostigar sus fantasías para fingirse lo que es la muchedumbre de una población de tres millones de habitantes: son calles y calles henchidas de seres humanos que se comprimen, se aprietan, se estrujan: es andar y andar para hallar un fin a este montón de criaturas y no llegar al fin. Individuos de la Cruz Roja marchan con sus camillas en palanquín. He visto una mujercita rubia con los ojos desencajados de terror y moradas las mejillas de espanto, que acaba de ser arrancada por dos de ellos de las oscuras entrañas de la multitud.
Al través de esta inmensa mancha negra salpicada de los puntitos rosados de las caras, avanza la comitiva. La avenida de la Victoria se alarga, infinitamente, teniendo a ambos lados los monumentos de los príncipes electores y reyes prusianos: es la historia de Prusia escrita en mármol. El rey Alfonso habrá saludado interiormente estas imágenes de los constructores de un gran pueblo.
Escribo estos párrafos con harta escasez de tiempo para poder anotar cuantos detalles han acompañado a la entrada de nuestro monarca. Baste decir que ha sido dentro de la gravedad y exigua propensión al bullicio de las razas del Norte un formidable espectáculo.
En la puerta de Brandeburgo, sobre la que galopa la Victoria en su cuadriga de bronce, recibió —como ya habrán sabido por el telégrafo los lectores— al rey, el burgomaestre.
A seguida prosiguió el cortejo por el paseo central del amplísimo Unter den Linden. El público era aquí todavía más numeroso; las ventanas estaban llenas de damas. En el Hotel Bristol la bailarina Otero había extendido sobre un balcón un mantón de Manila.
En fin, el coche regio entró en Palacio; la bandera imperial se levantó mágicamente sobre el mástil central del severo edificio. Don Alfonso habla con Guillermo II.
Al entrar en un café para apuntar estas líneas, el camarero conoce, no sé en qué, que soy español, y ensanchando la faz, en una cómica sonrisa, me dice: «¡Buenas manañas, caballero, muchas grasias!»
Firmado O., El Imparcial, 10 de noviembre de 1905