Ortega y Gasset
Abstract
A tribute to the Monadology as the only philosophical system expoundable in a few pages, an epitome of ninety theses working like clockwork. Ortega uses Leibniz’s clarity to challenge the cliché of Greek clarity — Plato is today pure mystery, Aristotle remains partly hermetic — and argues that good metaphysics is pocket-sized because it is made of definitions and arguments, not verbal tirades.
Connections
Figure: Leibniz, Platone, Aristotele
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
El único sistema filosófico que ha podido ser expuesto íntegramente en unas pocas páginas es el de Leibniz. Esto indica, por lo pronto, que su autor ha pensado sus pensamientos con una claridad sin par. La Monadología, única exposición total del sistema leibniziano, es, en efecto, un librito de pocas páginas, un epítome de noventa tesis, cada una de las cuales, como un diamante se transparenta y a la vez irradia en torno una luz etérea. Yo no conozco obra de la mente humana que más se parezca a un aparato de relojería. Levantamos la tapa de este brevísimo volumen y vemos dentro funcionar el universo con su secreto rodaje.
Como un crónico castigo de ciertas ideas atropelladas y falsas irrumpe este hecho de la claridad leibniziana. ¿No es una burlesca coincidencia que el pensamiento más claro del planeta haya florecido en la cima del barroquismo que, según se dice, representa la simpatía hacia lo confuso y caótico? Ha habido aquí evidentemente un desliz del poder que dirige la historia. Guillermo Pacidio (Gottfried Wilhelm) debía haber nacido hacia el año 400 (a. de J. C.) en Atenas, que es a lo que parece el lugar común de la claridad y de la sencillez. Mas, por equivocación, nació de casta eslava en Leipzig, a la altura de 1646. Este desliz de la Providencia nos invita a corregir el nuestro y a hablar con menos certidumbre de la claridad helénica. Porque no tiene duda: Fidias será un escultor divinamente claro; pero Platón y Aristóteles no son, como pensadores, ejemplos de claridad. ¿Qué sentido tiene extender por puro crédito y sin directa intuición de las cosas la virtud de la escultura griega al resto de sus actividades? Platón no es claro, conviene repetirlo. Platón es hoy un puro misterio. Aristóteles es más transparente; pero, aun así, está lleno de simas oscuras, y buena parte de sus frases —quiero decir de la parte de sus obras tituladas, sean escritas por él o transcritas por sus discípulos— permanecen todavía herméticas, al cabo de veinte siglos de comentarios. No significa esto que los dos maestros de Grecia me parezcan el superlativo de la oscuridad; pero sí que comparados con Leibniz serían ellos los enormemente barrocos, y éste es el clásico, suponiendo que lo clásico sea lo claro y sencillo, cosa que me parece demasiado clara y sencilla para ser verdad.
La Monadología es una metafísica de bolsillo, como todas las buenas metafísicas. Pero ¿qué es la metafísica? Mon Dieu! La metafísica… La metafísica es la más inútil de todas las ciencias y por lo mismo la más honorable. Al menos esto es lo que literalmente dice Aristóteles. Y Platón, cuando quiere calificarla de manera más aguda, dice que es la «ciencia de los hombres libres»; se entiende libres de trabajo, ociosos, deportivos.
¿Por qué la buena metafísica es de bolsillo? Porque debe componerse, no de tiradas verbales, más o menos incitativas, plausibles que necesitan estirarse en un amplio volumen, sino de definiciones y argumentos buidos, puro nervio dialéctico, triple extracto mental que se aloja holgado en un breve repertorio. La metafísica debe ser vademecum.
El gran estilo de pensamiento se ha perdido hace mucho tiempo en Europa y ha quedado recluido en algún que otro físico. Hablamos, prosificamos abundantemente, necesitamos páginas y páginas para ocultar nuestra miseria dialéctica, nuestra falta de músculo enjuto, breve y elástico que da el golpe certero de la prueba. Yo no he conocido personalmente a nadie en mi tiempo que posea este sobrio rigor de la auténtica eficacia racional. Sólo he sabido de uno sin que deba a nadie haberlo descubierto. (Entre paréntesis, un fenómeno curioso que atrae la reflexión: ¿cómo se puede vivir en Alemania los años que yo he vivido sin que alguien me dijera que retirado en Zurich vivía un sabio de fauna antigua para quien pensar no era escribir, sino forjar y buir los tres, los cuatro, los cinco argumentos que cada problema exige? Esto quiere decir que también en Alemania la vida intelectual estaba deformada, impurificada por hábitos e intereses administrativos y políticos: el «profesarismo», las «escuelas», etcétera. Las cosas, afortunadamente, van cambiando. Los espíritus mejores se van decidiendo a sacudirse todas esas impurezas y adoptar la pura actividad deportiva, única que permite la absorción del máximum de verdad posible en cada época. Hoy ya lo van sabiendo muchos… que vivía en Zurich un sabio de estilo antiguo, Francisco Brentano, arrojado de su cátedra de Viena. De este hombre ha nacido toda la profunda reforma filosófica que hoy comienza a imponerse en el mundo. En 1917, cerca de los ochenta años, murió, o como dicen los chinos mejor, «saludó al mundo». El día antes trabajaba todavía en unos argumentos sobre la teoría de la relatividad, publicada por Einstein en 1916. En Toledo tuve ocasión de descubrir a Einstein esta ejemplar figura de pensador, que por las mismas razones que a mí, le había permanecido oculta, no obstante habitar en la misma ciudad. Aún recuerdo que en 1911 preguntándole a Cohen por su contemporáneo, sólo pude extraer esta frase: «No se puede negar que es una cabeza aguda». Toda mi devoción y gratitud a Marburg están inexorablemente compensadas por los esfuerzos que he tenido que hacer para perforarlo y salir de su estrechez hacia alta mar).
Una vez que el lector y yo hemos emergido de este paréntesis —todo paréntesis tiene algo de fosa o de cárcava en que se cae— tornemos a preguntarnos qué es la metafísica. Por lo visto no es cosa sobre lo que quepa duda. Tomemos el primer libro de metafísica que se ha compuesto. Su autor es Aristóteles y trabajaba en él antes de Jesucristo. Allí leemos que la metafísica o filosofía primera es la ciencia de lo real, en cuanto real. Abramos ahora el más reciente. Su autor es Driesch, un gran biólogo, que se ha retirado a la filosofía y la profesa en Leipzig. Hace unas semanas ha publicado un pequeño volumen titulado Metafísica. En él leemos: «La metafísica se ocupa de la significación que tiene la palabra “real”». La coincidencia es perfecta, máxime si advertimos que Aristóteles, a la definición susodicha suele añadir esta otra frase: «lo real se dice de varias maneras»; esto es, tiene varias significaciones.
Es, pues, la metafísica una de las ocupaciones menos serias que cabe imaginar, una labor de gran mansedumbre, perfectamente compatible con la tranquilidad de la república. San Francisco se alimentó durante toda una semana del canto de una cigarra. No menos sobrio, el metafísico se preocupa sólo de la significación de un vocablo. No se dirá que es un ansioso el metafísico. Por esta razón se apartan de él y de su disciplina todas las personas verdaderamente serias y, sin distraerse, avanzan rectas hacia sus negocios y menesteres.
Todos los síntomas indican que la metafísica es una manía. Así lo reconoce Platón, sólo que para dulcificar las cosas —era él hombre de gran dulcedumbre, que llevaba el corazón abierto a fin de que en él melificasen las abejas— diría que es una divina manía, theía manía.
El caso del metafísico Leibniz es el más curioso. Porque Leibniz fue todo lo que cabía ser en su tiempo: fue político, embajador, se afanó en grandes cuestiones internacionales, como la unión de las iglesias cristianas; fue ingeniero, hombre de negocios, jurista, historiador, secretario de príncipes, bibliotecario y hombre de mundo. No ha existido en la especie humana alma más capaz y multiforme. Sin embargo, sus últimas e íntimas aficiones eran la pura matemática y la pura metafísica. Cercado de obligaciones, sólo podía dedicar a aquellas ciencias breves ratos de ocio. Y como sólo holgaba en las jornadas de sus innumerables viajes, fue en la carroza peregrina, mirando por la ventanilla la lenta fuga de los campos, donde inventó toda una nueva matemática y toda una nueva metafísica.
La Nación, 7 de junio de 1925
The only philosophical system that has been able to be expounded wholly in a few pages is that of Leibniz. This indicates, in the first place, that its author has thought his thoughts with an unparalleled clarity. The Monadology, the only total exposition of the Leibnizian system, is, in effect, a little book of few pages, an epitome of ninety theses, each of which, like a diamond, is transparent and at the same time radiates about it an ethereal light. I know no work of the human mind that more closely resembles a clockwork apparatus. We lift the lid of this very brief volume and see inside the universe functioning with its secret gearing.
As a chronic punishment of certain jumbled and false ideas, this fact of Leibnizian clarity bursts in. Is it not a burlesque coincidence that the clearest thought on the planet should have flourished at the summit of the Baroque, which, it is said, represents a sympathy toward the confused and chaotic? There has evidently been here a slip of the power that directs history. William Pacidius (Gottfried Wilhelm) ought to have been born around the year 400 (B.C.) in Athens, which is, it seems, the common place of clarity and simplicity. But, by mistake, he was born of Slavic stock in Leipzig, at the height of 1646. This slip of Providence invites us to correct our own and to speak with less certainty of the Hellenic clarity. For there is no doubt: Phidias will be a divinely clear sculptor; but Plato and Aristotle are not, as thinkers, examples of clarity. What sense does it make to extend by pure credit and without direct intuition of things the virtue of Greek sculpture to the rest of their activities? Plato is not clear, it bears repeating. Plato is today a pure mystery. Aristotle is more transparent; but, even so, he is full of dark abysses, and a good part of his sentences —I mean of that part of his works so titled, whether written by him or transcribed by his disciples— still remain hermetic, after twenty centuries of commentaries. This does not mean that the two masters of Greece seem to me the superlative of obscurity; but it does mean that compared with Leibniz they would be the enormously baroque ones, and he is the classic, supposing that the classic is the clear and the simple, a thing that seems to me too clear and simple to be true.
The Monadology is a pocket metaphysics, like all good metaphysics. But what is metaphysics? Mon Dieu! Metaphysics… Metaphysics is the most useless of all sciences and for that very reason the most honourable. At least this is what Aristotle literally says. And Plato, when he wants to qualify it in a sharper manner, says that it is the «science of free men»; meaning free from work, idle, sportive.
Why is good metaphysics of the pocket? Because it must be composed, not of verbal tirades, more or less inciting, plausible, that need to be stretched out in a wide volume, but of sharp definitions and arguments, pure dialectical nerve, a triple mental extract that lodges comfortably in a brief repertoire. Metaphysics must be a vademecum.
The great style of thought was lost long ago in Europe and has remained confined in some physicist or other. We talk, we prose abundantly, we need pages and pages to conceal our dialectical misery, our lack of the lean, brief, elastic muscle that delivers the unerring blow of proof. I have personally known no one in my time who possesses this sober rigour of authentic rational efficacy. I have known of only one, without owing its discovery to anyone. (In parenthesis, a curious phenomenon that attracts reflection: how can one live in Germany the years that I have lived without someone telling me that retired in Zurich lived a sage of ancient fauna for whom thinking was not writing, but forging and burnishing the three, the four, the five arguments that each problem requires? This means that also in Germany intellectual life was deformed, impurified by administrative and political habits and interests: «professorialism», «schools», etcetera. Things, fortunately, are changing. The better spirits are deciding to shake off all those impurities and adopt the pure sportive activity, the only one that permits the absorption of the maximum of truth possible in each age. Today many are already coming to know that… in Zurich there lived a sage of ancient style, Franz Brentano, cast out of his chair in Vienna. From this man was born all the profound philosophical reform that today is beginning to impose itself on the world. In 1917, close to eighty years of age, he died, or as the Chinese say better, «saluted the world». The day before he was still working on some arguments on the theory of relativity, published by Einstein in 1916. In Toledo I had occasion to reveal to Einstein this exemplary figure of a thinker, who for the same reasons as for me had remained hidden from him, notwithstanding his dwelling in the same city. I still recall that in 1911, asking Cohen about his contemporary, I could only extract this phrase: «One cannot deny that he is a sharp mind». All my devotion and gratitude to Marburg are inexorably compensated by the efforts I have had to make to pierce it and come out of its narrowness toward the open sea).
Once the reader and I have emerged from this parenthesis —every parenthesis has something of a pit or a ravine into which one falls— let us return to asking ourselves what metaphysics is. Evidently it is not a thing over which doubt can fall. Let us take the first book of metaphysics ever composed. Its author is Aristotle and he was working on it before Jesus Christ. There we read that metaphysics, or first philosophy, is the science of the real, insofar as it is real. Let us now open the most recent. Its author is Driesch, a great biologist, who has retired into philosophy and professes it in Leipzig. A few weeks ago he published a small volume entitled Metaphysics. In it we read: «Metaphysics deals with the meaning that the word “real” has». The coincidence is perfect, especially if we notice that Aristotle, to the aforementioned definition, usually adds this other phrase: «the real is said in several ways»; that is, it has several significations.
Metaphysics is, then, one of the least serious occupations imaginable, a labour of great gentleness, perfectly compatible with the tranquillity of the republic. Saint Francis fed himself during a whole week on the song of a cicada. No less sober, the metaphysician worries only about the signification of a word. It will not be said that the metaphysician is an anxious man. For this reason all truly serious persons hold themselves apart from him and from his discipline and, without distraction, advance straight toward their affairs and occupations.
All the symptoms indicate that metaphysics is a mania. Plato recognizes it thus, only that to sweeten things —he was a man of great sweetness, who carried his heart open so that bees might make honey in it— he would say that it is a divine mania, theía manía.
The case of the metaphysician Leibniz is the most curious. For Leibniz was everything one could be in his time: he was a politician, ambassador, he toiled at great international questions, like the union of the Christian churches; he was an engineer, a businessman, jurist, historian, secretary of princes, librarian and man of the world. There has not existed in the human species a more capable and multiform soul. Nevertheless, his last and intimate affections were pure mathematics and pure metaphysics. Surrounded by obligations, he could devote to those sciences only brief moments of leisure. And since he had leisure only on the days of his innumerable journeys, it was in the pilgrim carriage, gazing through the window at the slow flight of the fields, that he invented a whole new mathematics and a whole new metaphysics.
La Nación, 7 June 1925
L’unico sistema filosofico che ha potuto essere esposto integralmente in poche pagine è quello di Leibniz. Questo indica, per il momento, che il suo autore ha pensato i suoi pensieri con una chiarezza senza pari. La Monadologia, unica esposizione totale del sistema leibniziano, è, in effetti, un libretto di poche pagine, un epitome di novanta tesi, ciascuna delle quali, come un diamante, si trasparenta e a un tempo irraggia intorno una luce eterea. Io non conosco opera della mente umana che più somigli a un apparecchio di orologeria. Leviamo il coperchio di questo brevissimo volume e vediamo dentro funzionare l’universo con il suo segreto meccanismo.
Come un cronico castigo di certe idee affastellate e false irrompe questo fatto della chiarezza leibniziana. Non è una burlesca coincidenza che il pensiero più chiaro del pianeta sia fiorito sulla cima del barocchismo che, secondo si dice, rappresenta la simpatia verso il confuso e il caotico? C’è stato qui evidentemente uno scivolone del potere che dirige la storia. Guglielmo Pacidio (Gottfried Wilhelm) doveva essere nato verso l’anno 400 (a. C.) ad Atene, che è, a quanto pare, il luogo comune della chiarezza e della semplicità. Ma, per errore, nacque di casta slava a Lipsia, all’altezza del 1646. Questo scivolone della Provvidenza ci invita a correggere il nostro e a parlare con meno certezza della chiarezza ellenica. Perché non c’è dubbio: Fidia sarà uno scultore divinamente chiaro; ma Platone e Aristotele non sono, come pensatori, esempi di chiarezza. Che senso ha estendere per puro credito e senza diretta intuizione delle cose la virtù della scultura greca al resto delle loro attività? Platone non è chiaro, conviene ripeterlo. Platone è oggi un puro mistero. Aristotele è più trasparente; ma, anche così, è pieno di abissi oscuri, e buona parte delle sue frasi —voglio dire della parte delle sue opere intitolate, siano scritte da lui o trascritte dai suoi discepoli— rimangono ancora ermetiche, dopo venti secoli di commenti. Questo non significa che i due maestri della Grecia mi sembrino il superlativo dell’oscurità; ma sì che, comparati con Leibniz, sarebbero essi gli enormemente barocchi, e questi è il classico, supponendo che il classico sia il chiaro e il semplice, cosa che mi sembra troppo chiara e semplice per essere vera.
La Monadologia è una metafisica da tasca, come tutte le buone metafisiche. Ma che cos’è la metafisica? Mon Dieu! La metafisica… La metafisica è la più inutile di tutte le scienze e per ciò stesso la più onorevole. Almeno questo è ciò che letteralmente dice Aristotele. E Platone, quando vuole qualificarla in maniera più acuta, dice che è la «scienza degli uomini liberi»; si intende liberi dal lavoro, oziosi, sportivi.
Perché la buona metafisica è da tasca? Perché deve comporsi, non di tiradate verbali, più o meno incitative, plausibili, che necessitano di distendersi in un ampio volume, ma di definizioni e argomenti affilati, puro nervo dialettico, triplice estratto mentale che si alloggia comodo in un breve repertorio. La metafisica deve essere vademecum.
Il grande stile di pensiero si è perduto da molto tempo in Europa ed è rimasto recluso in qualche fisico. Parliamo, prosifichiamo abbondantemente, necessitiamo pagine e pagine per occultare la nostra miseria dialettica, la nostra mancanza di muscolo asciutto, breve ed elastico che dà il colpo certo della prova. Io non ho conosciuto personalmente nessuno nel mio tempo che possieda questo sobrio rigore dell’autentica efficacia razionale. Ho saputo solo di uno senza che debba a nessuno averlo scoperto. (Tra parentesi, un fenomeno curioso che attira la riflessione: come si può vivere in Germania gli anni che io ho vissuto senza che qualcuno mi dicesse che ritirato a Zurigo viveva un savio di fauna antica per cui pensare non era scrivere, ma forgiare e affilare i tre, i quattro, i cinque argomenti che ogni problema esige? Questo vuol dire che anche in Germania la vita intellettuale era deformata, impurificata da abitudini e interessi amministrativi e politici: il «professoralismo», le «scuole», eccetera. Le cose, fortunatamente, vanno cambiando. Gli spiriti migliori si vanno decidendo a scuotersi di dosso tutte queste impurità e adottare la pura attività sportiva, unica che permette l’assorbimento del massimo di verità possibile in ogni epoca. Oggi già lo vanno sapendo in molti… che viveva a Zurigo un savio di stile antico, Francesco Brentano, cacciato dalla sua cattedra di Vienna. Da quest’uomo è nata tutta la profonda riforma filosofica che oggi comincia a imporsi nel mondo. Nel 1917, vicino agli ottant’anni, morì, o come dicono meglio i cinesi, «salutò il mondo». Il giorno prima lavorava ancora ad alcuni argomenti sulla teoria della relatività, pubblicata da Einstein nel 1916. A Toledo ebbi occasione di scoprire a Einstein questa esemplare figura di pensatore, che per le stesse ragioni che a me, gli era rimasta occulta, nonostante abitasse nella stessa città. Ricordo ancora che nel 1911, chiedendo a Cohen del suo contemporaneo, potei solo estrarre questa frase: «Non si può negare che è una testa acuta». Tutta la mia devozione e gratitudine a Marburgo sono inesorabilmente compensate dagli sforzi che ho dovuto fare per perforarlo e uscire dalla sua strettezza verso l’alto mare).
Una volta che il lettore e io siamo emersi da questa parentesi —ogni parentesi ha qualcosa di fossa o di tagliata in cui si cade— torniamo a domandarci che cosa è la metafisica. A quanto pare non è cosa su cui possa cadere dubbio. Prendiamo il primo libro di metafisica che si è composto. Il suo autore è Aristotele e ci lavorava prima di Gesù Cristo. Lì leggiamo che la metafisica o filosofia prima è la scienza del reale, in quanto reale. Apriamo ora il più recente. Il suo autore è Driesch, un grande biologo, che si è ritirato alla filosofia e la professa a Lipsia. Qualche settimana fa ha pubblicato un piccolo volume intitolato Metafisica. In esso leggiamo: «La metafisica si occupa del significato che ha la parola “reale”». La coincidenza è perfetta, massimamente se avvertiamo che Aristotele, alla suddetta definizione, suole aggiungere quest’altra frase: «il reale si dice in vari modi»; cioè, ha vari significati.
È, dunque, la metafisica una delle occupazioni meno serie che si possa immaginare, una labor di grande mansuetudine, perfettamente compatibile con la tranquillità della repubblica. San Francesco si alimentò durante tutta una settimana del canto di una cicala. Non meno sobrio, il metafisico si preoccupa solo del significato di un vocabolo. Non si dirà che è un ansioso il metafisico. Per questa ragione si allontanano da lui e dalla sua disciplina tutte le persone veramente serie e, senza distrarsi, avanzano dritte verso i loro affari e le loro faccende.
Tutti i sintomi indicano che la metafisica è una mania. Così lo riconosce Platone, solo che per addolcire le cose —era egli uomo di grande dolcezza, che portava il cuore aperto perché in esso melificassero le api— direbbe che è una divina mania, theía manía.
Il caso del metafisico Leibniz è il più curioso. Perché Leibniz fu tutto ciò che si poteva essere nel suo tempo: fu politico, ambasciatore, si affannò in grandi questioni internazionali, come l’unione delle chiese cristiane; fu ingegnere, uomo d’affari, giurista, storico, segretario di principi, bibliotecario e uomo di mondo. Non è esistito nella specie umana anima più capace e multiforme. Tuttavia, le sue ultime e intime passioni erano la pura matematica e la pura metafisica. Cinto di obblighi, solo poteva dedicare a quelle scienze brevi attimi di ozio. E siccome oziava solo nelle giornate dei suoi innumerevoli viaggi, fu nella carrozza peregrina, guardando dal finestrino la lenta fuga dei campi, dove inventò tutta una nuova matematica e tutta una nuova metafisica.
La Nación, 7 giugno 1925