Abstract

A landscape piece: from the Pajares pass the Castilian gaze, used to loosing its visual arrow into the infinite, fails against Asturian fog and hills. Ortega turns this into an exhortation to the Castilian eye to will Spain’s diversity and learn to transmigrate, becoming for a while another’s gaze: man’s most delicate gift.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Desde Pajares o desde Leitariegos, vueltos de espalda a Castilla, nos parece habernos curado de una peligrosa alucinación. ¿Qué vemos ahora?

Lo primero que mirando hacia Asturias vemos los castellanos es que no vemos. Hechos a nuestra atmósfera, lanzamos la mirada al viento, sin preocupación ni sospecha. En Castilla, mirar suele ser disparar la flecha visual al infinito; ni al salir de la pupila ni en el resto de su trayectoria encuentra obstáculo alguno. Cuando se ha hartado de volar en el vacío, la rauda saetilla cae por su propio peso y se hinca en un punto de la tierra que es ya casi un punto del cielo. En Castilla, la mirada crea y fija el horizonte como, según Darwin, en la Pampa llanísima el pie elige y a la par crea el camino.

Pues bien; la primera mirada incauta que desde Pajares dirigimos al otro lado es siempre un fracaso visual. Apenas abandona la córnea se encuentra enredada en una sustancia algodonosa donde pierde su ruta cien veces: es la niebla, la niebla perdurable que sube a bocanadas, como un aliento hondo del valle. Al través de ella, cayendo y levantando, azorada y temblorosa, logra la mirada castellana rehacerse, y sola, en medio de la niebla, recoge sus bríos y da una postrera arrancada rectilínea. ¡Paf! A la mitad de su carrera choca definitivamente con algo imperforable: es la vertiente frontera del valle, la loma de la collada vecina, la frente del cerro que corona el ámbito. La pobre mirada cae rodando y malherida. Tenemos que recogerla amorosamente y decirle: «¡Ven acá, saetilla espiritual, ven acá! ¿No sabes tú que el mundo todo no es Castilla, que el mundo es muy rico, vario, múltiple? Castilla es ancha y plana, como el pecho de un varón; otras tierras, en cambio, están hechas con valles angostos y redondos collados, como el pecho de una mujer. El mundo es de muchas maneras. En Castilla se ve mejor que en ninguna parte; pero… ¡se come tan mal! Y esto sería lo de menos si en Castilla se pensara bien. Pero no se piensa bien y, sobre todo, no se siente bien. Mira, mirada; aun cuando es el calor solar padre de las flores, es también su agostador; en la zona tórrida no suele haber más que yermos calcinados. Del mismo modo es muy difícil el lirismo en pueblos cuyo corazón no da sino pasiones. En nuestros campos casi tórridos son casi tórridas también las psicologías. No hay en ellas dulce amor, ni blanca amistad, ni verde esperanza, ni azul veneración. Hay en Castilla grandes virtudes; durante siglos, los poetas las han cantado. Hora es de que te vuelvas, mirada, a esos otros pueblos que dentro de España presentan virtudes y vicios complementarios de los nuestros. Más aún: si hace nueve centurias fue la misión de Castilla reducir a unidad las variedades peninsulares, acaso sea su menester de hogaño hacer que la vida española retorne de esa unidad a una variedad más fuerte y fecunda que la primitiva. Mira y quiere la diversidad en torno tuyo, que puede ser espléndida. Digna de la antigua es ésta tu nueva misión de empujar a los pueblos para que cada cual cobre la voluntad de sí mismo. ¡Pupila castellana, abre bien el iris para que España multiforme y entera penetre en tu retina y, si preciso fuere, quiébrate en seis mil facetas como el ojo de las abejas de tu Alcarria!»[87]

Con esta o parecida prosopopeya disponemos nuestra mirada a buscar ese paisaje asturiano que no le es afín. Como se advierte, exigimos de ella lo más difícil, lo que sólo puede hacer el hombre que posee plenitud de humanidad: que deje de ser ella misma y se convierta transitoriamente en otra. De mirada castellana tiene que tornarse mirada asturiana. Esta actitud transmigratoria de la personalidad que va recorriendo las cosas y siendo cada una de ellas durante un rato es el don más delicado del hombre. Cuando éste es fuerte, no teme que le suceda eso que llaman perder la personalidad. Seguro de no disolverse en lo ajeno, se lanza a la aventura de trashumar por todos los corazones, y hecha la presa vuelve a sí mismo, como el halcón al puño. En nuestro país no es uso vivir así, abierto a todos los vientos. Casi todas las gentes parecen atormentadas por la sospecha de que alguien va a venir y les va a arrebatar su ser —este menudo pensamiento, esta pequeña fortuna, este puestecillo en la jerarquía política o académica. Y toda su vida se convierte en una táctica defensiva contra los demás, compuesta de odio, de acritud, de maledicencia, de intriga, de fraude.

¡Cuán pocos son los que se dan el lujo de no ocuparse en la propia defensa! Conforme vamos viviendo nos convencemos más de que casi todas las maldades que en nuestra sociedad se cometen —y apenas si se hace otra cosa que cometerlas— proceden de debilidad. Los individuos se sienten débiles ante la existencia; ¿qué van a hacer? No tienen bastante para sí mismos, ¿cómo van a regalarse a los demás? ¿Cómo van a ser justos, a ser entusiastas? Esto supone tener fuerzas de sobra para afirmar al prójimo sin dejar de afirmarse a sí mismo.

Sin embargo, no es buen sitio Pajares o Leitariegos para detenerse a echar un sermón. Sopla un fino cierzo en la divisoria, y la niebla que, vacilante, asciende de los senos profundos, llega frígida a la altura. La ética podría costarnos un buen resfriado, y, además, nadie nos escucha. Serenas praderías de un verdeoscuro, colgadas a mil quinientos metros y circunscritas por rocas verticales, nos rodean; alguna vaca, solemnemente solitaria, pace en ellas. Las nubes que bogan por el cielo se desgarran entre los riscos.

Que la mirada asturiana y, en general, del Norte es distinta de la castellana, no es sólo una manera de decir. Según parece y nadie ignora, la vista y el oído proceden de la diferenciación sufrida a lo largo del movimiento evolutivo por un sentido más primitivo: el tacto. La dirección en que el ver va diferenciándose del palpar consiste en estas dos notas: el alejamiento progresivo del objeto que hiere el sentido y el irse convirtiendo ese objeto en puro color. Al mirar que no es ya más que mirar no le importa que una inmensa distancia vacía medie entre el objeto y la retina. De un brinco establece entre ambos la pura comunicación visual. Además, no importaría al ojo que los colores vistos resultasen no ser más que una fantasmagoría; es decir, que no fueran espléndida piel cromática extendida sobre las cosas. En rigor, las cosas que hay detrás de los colores no le interesan. El tacto, por el contrario, necesita apretarse inmediatamente contra los objetos, recorrerlos plano a plano y sentir esa peculiar afirmación que de sí misma hacen las cosas, y que llamamos resistencia, impenetrabilidad. El tacto se abraza con los objetos, se goza en su volumen, los acaricia. Tocar es siempre un como poseer, y viceversa, la posesión plena es siempre un tener bajo la mano.

Este proceso de diferenciación tan largo, tan difícil, no ha llegado en todas las variedades humanas al mismo punto de madurez. Hay quien en el mirar conserva el hábito y las exigencias táctiles. Riegl y Worringer han mostrado, por ejemplo, cómo la superabundancia de columnas en los más viejos templos egipcios era debida a una especie de terror instintivo que aún sentía la retina egipcíaca ante los grandes espacios vacíos. Este temor a las distancias inanes reaparece patológicamente en las neurastenias y entonces se denominaba agorafobia. Los pacientes se aterran al ver ante sí una gran plaza vacía o el ámbito huero de una grande iglesia.

Según Riegl, era esto normal entre los egipcios, y para evitarlo multiplicaban las columnas dentro de sus templos, poniéndolas muy próximas unas a otras. De esta suerte, la pupila se deslizaba, como una mano de ciego, de fuste en fuste, hasta arribar a lo lejano. Aquí tenemos, pues, un ver que es todavía un palpar. Y aquí tenemos también un arte —la arquitectura egipcia— nacido de ese modo de mirar.

Porque de estas mínimas peculiaridades depende a lo mejor el arte de un pueblo, y sus costumbres, y su política, y hasta su manera de entender el cosmos. Dos escuelas pictóricas tan diferentes en todo lo demás como la florentina y la flamenca coinciden, no obstante, en el predominio de los elementos táctiles dentro de la visión. Siempre nos sorprende hallar en sus cuadros los objetos —una vasija, una manzana— tan perfectamente delimitados y separados del aire ambiente. Dan ganas de tocarlos, porque sus superficies son lisas, pulidas y herméticas. Diríase que el pintor los ha mirado con las yemas de los dedos. Por el contrario, en la escuela veneciana y su heredera la de Madrid las cosas parecen esfumarse, fundidas unas con otras y todas con el ambiente. No tienen volumen ni peso, no conservan más que el puro color de sí mismas. En un cuadro veneciano, los objetos, sean lo que sean, son siempre cendales.

Del mismo modo, en el paisaje castellano todo parece adquirir porosidad; las piedras no acaban donde acaban, sino que en sus poros penetra el azul del cielo y el bermellón de los terrazgos. Una ciudad, bajo la luz radiante, pierde su gravamen y comienza a flotar como los cirros vagabundos que navegan sobre sus campanarios.

Cuando del puerto descendemos al valle asturiano, nuestra mirada ha aprendido a mirar con tacto. Avanza cuidadosa, apoyándose en el vellón volandero de la niebla, y va insistiendo sobre las superficies de los objetos como si fuera a apoderarse de ellos, a hacer de cada rincón su hogar, a arrancar de cada árbol el fruto aterciopelado, a bañarse en cada arroyo y oprimir las ubres de todas las vacas. Ha dejado de ser castellana, es decir, de ser asceta y guerrera, es decir, hostil o indiferente a las cosas.

Queramos o no queramos, no hay en toda Europa un paisaje que como Castilla exija tan imperativamente la presencia del guerrero. Ahora, en cambio, vamos hacia un paisaje que pide ser mirado con ojos de propietario. Vamos a un pueblo sensual, amigo de la vida y lleno de necesidades.

Decía Goethe que «toda necesidad es un beneficio». Y Renan, cuando en su misión de Fenicia descubría los restos de espléndidas urbes que al ser habitadas por los beduinos se convirtieron en ruinas y miseria, no puede reprimir un gesto de irritación. «¡Un pueblo sin necesidades —exclama— es un pueblo bárbaro, y la carencia de necesidades aquí se llama el beduino!»

Y yo, castellano, dispuesto a morir todos los crepúsculos, cuando el cielo se incendia con la sangre del sol moribundo, en mis horas reflexivas pienso que Goethe y Renan tenían mucha razón.