Ortega y Gasset

Abstract

Starting from the universal curiosity about Tutankhamun’s tomb, a defence of fashion as a permanent dimension of spiritual life, governed by laws no less strict than other historical phenomena. Nothing happens without sufficient reason: what looks capricious springs from our innermost forces, whereas rational acts make us all alike and are therefore the most superficial.

Connections

Concetti: abitudine
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

En vista de que la curiosidad universal gravitaba hacia la tumba de Tutankhamon, se ha hablado una vez más airadamente contra la moda. Confieso no haber entendido nunca muy bien qué género de fulminaciones se presume condensar sobre un acto humano cuando se le declara mero efecto de la moda. ¿Se cree, por ventura, que con ello se le ha extirpado toda realidad y significación, o que, cuando menos, se le ha relegado a la zona de lo arbitrario, donde nada tiene raíces ni íntima lógica? Yo me temo que este desdén a la moda, fundado en considerar superficiales y frívolas sus manifestaciones, revele más bien la superficialidad del desdeñoso. Pues a poco que se medita, aparece la moda como una dimensión permanente de la vida espiritual, que se desenvuelve conforme a leyes ni más ni menos rigorosas que las dominantes sobre los demás fenómenos históricos. Pongamos que consiste la moda en una frívola manera de interesarse por las cosas, falta de constancia y reflexión. No obstante, el hombre meditador, que no se satisface con juicios sumarios, ni cree haber hecho nada importante con mostrar su aprobación o menosprecio de los acontecimientos, se sentirá siempre atraído por el irónico misterio que se oculta en las variaciones de la moda. ¿Por qué se dirige hoy ésta hacia tal objeto determinado y no hacia tal otro? Por ninguna razón, se dirá: precisamente es la arbitrariedad el único régimen de la moda. Pero esto es decir demasiado. Desde Leibniz sabemos, dado que antes se ignorase, que nada acontece sin razón suficiente. Las cosas del mundo son innumerables; si la moda prefiere hoy una de ellas y la destaca de todas las demás, alguna razón habrá. Esta razón será distinta de las que conocemos y consideramos «serias». Pero el sernos desconocida indica sólo que, tal vez, es más profunda. A la altura en que nos hallamos en el conocimiento del hombre y de la historia no se puede mantener la vana creencia de que las actividades racionales son lo más hondo en nosotros. Por el contrario, todo acto que ejecutamos en virtud de alguna razón es, por lo mismo, superficial, si se compara su mecánica, relativamente simple, con las insondables complicaciones que encierra nuestro organismo. Cuando razonamos, nos parecemos mucho los unos a los otros, lo cual revela que en el razonamiento no intervienen las porciones más profundas e intrincadas de nuestra personalidad. En cambio, lo que aparentemente es caprichoso viene engendrado por las fuerzas más íntimas de nuestra vital economía. El acto de abrir una puerta, que es un acto útil, no se puede ejecutar más que de una manera o, a lo sumo, con ligerísimas variantes; empero, el gesto inútil con que acompañamos la elocución es diferente en cada individuo, y expresa, por lo mismo, con suma delicadeza, su radical peculiaridad. Por esta razón es un error desdeñar los caprichos de la moda; si los analizamos, nos servirán como datos de la más fina calidad para insinuarnos en lo recóndito de una época.

El caso presente no ofrece duda alguna. La movilización de la curiosidad hacia la tumba de Tutankhamon no es obra de un puro azar. Coincide con otros muchos fenómenos de la hora actual, y es acaso uno de los síntomas más auténticos de la sensibilidad que habita hoy los senos del alma europea.

Da pena ver la facilidad con que las gentes se dejan desorientar en la apreciación de las realidades sociales. No se advierte que éstas se presentan bajo una óptica especial, cuyos índices de refracción y reflexión hay que tener en cuenta. Si alguien dijese que lo que hoy preocupa a Europa es la liquidación de los problemas de postguerra, cometería una inexactitud. Claro es que estos problemas preocupan; pero lo característico del momento presente es que Europa acude a resolverlos sin fe, sin entusiasmo, sin esperanza, sin afición. No atiende libremente a esas urgentes cuestiones, no se sume en ellas por espontáneo impulso, sino que le han sido planteadas desde fuera, y, quiera o no, tiene que irlas solventando. Le preocupan, pues, como una enojosa obligación a que es forzoso hacer frente. Por lo mismo, trabaja en esos problemas sin afición, escatimando cuanto puede sus energías, procurando libertar la mayor porción de éstas para que vaquen a temas más de su gusto. De aquí la torpeza y la lentitud con que se arrastra toda esta faena de liquidar las consecuencias de la guerra. «Para lo que se tiene gusto, se tiene genio», decía Schlegel. La falta de genialidad que Europa está revelando en la solución de los conflictos políticos y económicos, residuo del bélico suceso, hace patente que sus propensiones y apetitos espontáneos van en otra dirección.

En cambio, sí es característico de la hora actual la atracción que siente el europeo por las épocas humanas más remotas o las civilizaciones más distantes. No sólo interesa Tutankhamon y la egiptología; no sólo se excava en el valle del Nilo. Hace poco notificaban los periódicos que se han descubierto en Laponia los restos subterráneos de una antiquísima civilización. En Mesopotamia trabajan los azadones con fervor superlativo. La prehistoria horada por todas partes el planeta, y se siguen sus exploraciones con mucha más ilusión que los debates en la Sociedad de Naciones.

En los últimos veinticinco años se ha ampliado gigantescamente el horizonte histórico. El aumento del área tradicional en que se movía la historia se ha producido casi a la par en cuatro dimensiones distintas, que han tallado otras tantas facetas de sensibilidad en el espíritu europeo: una es la antedicha prehistoria; otra, la penetración en las civilizaciones del Extremo Oriente; otra, la etnografía de los pueblos salvajes; otra, en fin, el descubrimiento de las Atlántidas.

Las Atlántidas son las culturas sumergidas o evaporadas. Ellas representan el fenómeno más sorprendente de la historia. Hace un siglo, nadie hubiese aceptado seriamente la posibilidad de que pueblos un tiempo poderosos, creadores de culturas completas, causantes de grandes acciones y reacciones históricas, hubiesen llegado a borrarse de la memoria humana, a desvanecerse como fantasmas y vagos espectros. Se creía que, con más o menos detalles, era completamente conocido el elenco de las civilizaciones humanas. Sin embargo, el descubrimiento de los pueblos prebabilónicos, sumeros y acadienses, abrió un portillo a las más extrañas posibilidades. Poco después reaparecía la cultura hetita del Asia Menor; más tarde, la cretense, que es un eslabón esencial de toda la historia antigua. Cuando el revelador de esta última, el banquero Schliemann, se embarcó para Troya, los filólogos europeos sonreían escépticamente, como si se tratase de una aventura demencial. Querer ir a Troya significaba lo mismo que querer, despierto, irse a vivir al ensueño que se ha tenido en la noche. Troya era una ciudad imaginaria, inventada por los homéridas. El viaje hacia ella sólo podía hacerse a lomo de Pegaso o en nao de argonauta. Pero he aquí que de la tierra, bajo las piquetas de Schliemann, emergen no una Troya, sino varias superpuestas; algunas, miles de años más viejas que la de Homero. La ciudad quimérica, cimentada sobre los hexámetros rapsódicos, se concreta en evidentes sillares, en columnas rotas, en esculturas, en ánforas. En Mykene, en Tyrinto, bajo la tierra helénica, aparecen ciudades análogas a esas Troyas sumergidas; se trataba no de una ciudad, sino de toda una civilización, que se había extendido por todo el Oeste mediterráneo, e influyó profundamente en el extremo occidental. Era la cultura egea o cretense, nexo vital entre el Asia y el Egipto, de un lado, y la posterior historia eurafricana de otro.

Tales resultados han convertido la excavación en un acto mágico. Es una nueva e inesperada forma de agricultura. Se cava para recoger cosechas sembradas hace miles de años. Troya ha sido el espléndido tubérculo, la gigantesca trufa histórica, que nos ha abierto el apetito. El arte de excavar es hoy uno de los más estimados en Europa. Con el frenético entusiasmo que ha sido siempre la virtud suma y el mayor vicio de los europeos, se dedican a escarbar por todas partes. Si se nos deja, haremos del mundo un agujero.

In view of the fact that universal curiosity gravitated toward the tomb of Tutankhamun, once more there has been angry talk against fashion. I confess I have never understood very well what kind of thunderbolts one presumes to condense upon a human act when one declares it a mere effect of fashion. Is it believed, perchance, that with this one has extirpated from it all reality and significance, or that, at the very least, one has relegated it to the zone of the arbitrary, where nothing has roots nor intimate logic? I fear that this disdain for fashion, founded on considering its manifestations superficial and frivolous, reveals rather the superficiality of the disdainful one. For on a little reflection, fashion appears as a permanent dimension of spiritual life, which unfolds according to laws no less rigorous than those governing the other historical phenomena. Let us suppose that fashion consists in a frivolous way of taking an interest in things, lacking constancy and reflection. Nevertheless, the meditative man, who is not satisfied with summary judgments, nor believes he has done anything important by showing his approval or contempt of events, will always feel attracted by the ironic mystery that is hidden in the variations of fashion. Why does it today turn toward such a determined object and not toward such another? For no reason, it will be said: precisely arbitrariness is the only regime of fashion. But this is saying too much. Since Leibniz we know, given that before it was ignored, that nothing happens without sufficient reason. The things of the world are innumerable; if fashion prefers today one of them and singles it out from all the others, some reason there will be. This reason will be distinct from those we know and consider «serious». But its being unknown to us indicates only that, perhaps, it is more profound. At the height at which we find ourselves in the knowledge of man and of history one cannot maintain the vain belief that rational activities are the deepest thing in us. On the contrary, every act we execute by virtue of some reason is, for that very reason, superficial, if one compares its mechanism, relatively simple, with the unfathomable complications our organism encloses. When we reason, we resemble one another greatly, which reveals that in reasoning the most profound and intricate portions of our personality do not intervene. On the other hand, what is apparently capricious is engendered by the most intimate forces of our vital economy. The act of opening a door, which is a useful act, cannot be executed except in one way or, at most, with the slightest variants; however, the useless gesture with which we accompany elocution is different in each individual, and expresses, for that very reason, with utmost delicacy, his radical peculiarity. For this reason it is an error to disdain the caprices of fashion; if we analyze them, they will serve us as data of the finest quality for insinuating ourselves into the most recondite recess of an epoch.

The present case offers no doubt whatsoever. The mobilization of curiosity toward the tomb of Tutankhamun is not the work of pure chance. It coincides with many other phenomena of the present hour, and is perhaps one of the most authentic symptoms of the sensibility that today inhabits the depths of the European soul.

It is painful to see the ease with which people let themselves be disoriented in the appreciation of social realities. It is not noticed that these present themselves under a special optic, whose indices of refraction and reflection must be taken into account. If someone were to say that what today worries Europe is the liquidation of the problems of the postwar period, he would commit an inexactitude. Clearly these problems do worry; but the characteristic of the present moment is that Europe goes to solve them without faith, without enthusiasm, without hope, without inclination. It does not freely attend to those urgent questions, does not immerse itself in them by spontaneous impulse, but they have been posed to it from outside, and, whether it wants to or not, it has to go settling them. They worry it, then, like an annoying obligation to which it is forced to face up. For that very reason, it works on those problems without inclination, stinting as much as it can its energies, seeking to free the greatest portion of them so that they may be vacant for topics more to its taste. Hence the clumsiness and the slowness with which all this task of liquidating the consequences of the war is dragged along. «For what one has a taste, one has a genius», said Schlegel. The lack of genius that Europe is revealing in the solution of the political and economic conflicts, residue of the warlike event, makes patent that its spontaneous propensities and appetites go in another direction.

On the other hand, characteristic of the present hour is the attraction the European feels for the most remote human epochs or the most distant civilizations. Not only Tutankhamun and Egyptology interest; not only is there digging in the Nile valley. A short while ago the newspapers reported that in Lapland the subterranean remains of a very ancient civilization have been discovered. In Mesopotamia the hoes work with superlative fervor. Prehistory pierces the planet on every side, and its explorations are followed with much more enthusiasm than the debates in the League of Nations.

In the last twenty-five years the historical horizon has been gigantically enlarged. The increase of the traditional area in which history moved has been produced almost pari passu in four distinct dimensions, which have cut as many facets of sensibility in the European spirit: one is the aforementioned prehistory; another, the penetration into the civilizations of the Far East; another, the ethnography of savage peoples; another, finally, the discovery of the Atlantises.

The Atlantises are the submerged or evaporated cultures. They represent the most surprising phenomenon of history. A century ago, no one would have seriously accepted the possibility that peoples once powerful, creators of complete cultures, cause of great historical actions and reactions, had come to be erased from human memory, to vanish like phantoms and vague specters. It was believed that, with more or fewer details, the roster of human civilizations was completely known. However, the discovery of the pre-Babylonian peoples, Sumerians and Akkadians, opened a gap to the strangest possibilities. Shortly after, the Hittite culture of Asia Minor reappeared; later, the Cretan, which is an essential link of all ancient history. When its revealer, the banker Schliemann, embarked for Troy, the European philologists smiled skeptically, as if it were a demented adventure. Wanting to go to Troy meant the same as wanting, awake, to go live in the dream one has had in the night. Troy was an imaginary city, invented by the Homeridae. The journey toward it could only be made on the back of Pegasus or in an Argonaut’s ship. But behold, from the earth, under Schliemann’s pickaxes, there emerge not one Troy, but several superimposed; some, thousands of years older than Homer’s. The chimerical city, founded upon the rhapsodic hexameters, concretizes itself in evident ashlars, in broken columns, in sculptures, in amphorae. In Mycenae, in Tiryns, beneath the Hellenic earth, cities analogous to those submerged Troys appear; it was a question not of a city, but of an entire civilization, which had spread throughout the Western Mediterranean, and profoundly influenced the extreme West. It was the Aegean or Cretan culture, vital nexus between Asia and Egypt, on the one hand, and the later Euro-African history, on the other.

Such results have converted excavation into a magical act. It is a new and unexpected form of agriculture. One digs to gather harvests sown thousands of years ago. Troy has been the splendid tuber, the gigantic historical truffle, that has whetted our appetite. The art of excavating is today one of the most esteemed in Europe. With the frantic enthusiasm that has always been the supreme virtue and the greatest vice of the Europeans, they devote themselves to digging everywhere. If we are allowed, we will make of the world a hole.

Visto che la curiosità universale gravitava verso la tomba di Tutankhamon, si è parlato ancora una volta con ira contro la moda. Confesso di non aver mai capito molto bene che genere di fulmini si presume di condensare su un atto umano quando lo si dichiara mero effetto della moda. Si crede, per avventura, che con ciò gli si sia estirpata ogni realtà e significazione, o che, quanto meno, lo si sia relegato nella zona dell’arbitrario, dove nulla ha radici né logica intima? Io temo che questo disdegno per la moda, fondato sul considerare superficiali e frivole le sue manifestazioni, riveli piuttosto la superficialità dello sdegnoso. Poiché a poco che si mediti, la moda appare come una dimensione permanente della vita spirituale, che si sviluppa conformemente a leggi né più né meno rigorose di quelle dominanti sugli altri fenomeni storici. Mettiamo che la moda consista in un frivolo modo di interessarsi alle cose, mancante di costanza e riflessione. Nondimeno, l’uomo meditante, che non si accontenta di giudizi sommari, né crede di aver fatto qualcosa di importante col mostrare la sua approvazione o il suo spregio degli avvenimenti, si sentirà sempre attratto dall’ironico mistero che si nasconde nelle variazioni della moda. Perché si dirige oggi questa verso tale determinato oggetto e non verso quell’altro? Per nessuna ragione, si dirà: precisamente l’arbitrarietà è l’unico regime della moda. Ma questo è dire troppo. Da Leibniz sappiamo, dato che prima lo si ignorasse, che nulla accade senza ragione sufficiente. Le cose del mondo sono innumerevoli; se la moda preferisce oggi una di esse e la distingue da tutte le altre, qualche ragione ci sarà. Questa ragione sarà diversa da quelle che conosciamo e consideriamo «serie». Ma l’esserci sconosciuta indica solo che, forse, è più profonda. All’altezza in cui ci troviamo nella conoscenza dell’uomo e della storia non si può mantenere la vana credenza che le attività razionali siano ciò che in noi c’è di più profondo. Al contrario, ogni atto che eseguiamo in virtù di qualche ragione è, per ciò stesso, superficiale, se si confronta la sua meccanica, relativamente semplice, con le insondabili complicazioni che racchiude il nostro organismo. Quando ragioniamo, ci somigliamo molto gli uni agli altri, il che rivela che nel ragionamento non intervengono le porzioni più profonde e intricate della nostra personalità. Invece, ciò che apparentemente è capriccioso viene generato dalle forze più intime della nostra economia vitale. L’atto di aprire una porta, che è un atto utile, non si può eseguire che in un modo o, al massimo, con leggerissime varianti; per contro, il gesto inutile con cui accompagniamo l’elocuzione è diverso in ciascun individuo, ed esprime, per ciò stesso, con somma delicatezza, la sua radicale peculiarità. Per questa ragione è un errore disdegnare i capricci della moda; se li analizziamo, ci serviranno come dati della più fine qualità per insinuarci nel più recondito di un’epoca.

Il caso presente non offre dubbio alcuno. La mobilitazione della curiosità verso la tomba di Tutankhamon non è opera di un puro azzardo. Coincide con molti altri fenomeni dell’ora attuale, ed è forse uno dei sintomi più autentici della sensibilità che oggi abita i seni dell’anima europea.

Fa pena vedere la facilità con cui le genti si lasciano disorientare nell’apprezzamento delle realtà sociali. Non si avverte che queste si presentano sotto un’ottica speciale, i cui indici di rifrazione e riflessione bisogna tener presenti. Se qualcuno dicesse che ciò che oggi preoccupa l’Europa è la liquidazione dei problemi del dopoguerra, commetterebbe un’inesattezza. Chiaro è che questi problemi preoccupano; ma ciò che è caratteristico del momento presente è che l’Europa accorre a risolverli senza fede, senza entusiasmo, senza speranza, senza inclinazione. Non attende liberamente a queste urgenti questioni, non vi si immerge per impulso spontaneo, ma le sono state piantate davanti dall’esterno, e, voglia o no, deve andarle risolvendo. La preoccupano, dunque, come un’obbligazione fastidiosa a cui è forza far fronte. Per ciò stesso, lavora in questi problemi senza inclinazione, lesinando quanto può le sue energie, cercando di liberare la maggior porzione di queste perché vacchino a temi più di suo gusto. Di qui la goffaggine e la lentezza con cui si trascina tutta questa faccenda di liquidare le conseguenze della guerra. «Per ciò per cui si ha gusto, si ha genio», diceva Schlegel. La mancanza di genialità che l’Europa sta rivelando nella soluzione dei conflitti politici ed economici, residuo dell’avvenimento bellico, rende palese che le sue propensioni e i suoi appetiti spontanei vanno in altra direzione.

Invece, sì è caratteristica dell’ora attuale l’attrazione che sente l’europeo per le epoche umane più remote o le civiltà più distanti. Non interessa solo Tutankhamon e l’egittologia; non solo si scava nella valle del Nilo. Poco fa i giornali notificavano che sono stati scoperti in Lapponia i resti sotterranei di un’antichissima civiltà. In Mesopotamia lavorano le zappe con fervore superlativo. La preistoria fora da ogni parte il pianeta, e se ne seguono le esplorazioni con molta più illusione che i dibattiti nella Società delle Nazioni.

Negli ultimi venticinque anni si è ampliato gigantescamente l’orizzonte storico. L’aumento dell’area tradizionale in cui si muoveva la storia si è prodotto quasi a pari passo in quattro dimensioni distinte, che hanno cesellato altrettante sfaccettature di sensibilità nello spirito europeo: una è la sopraddetta preistoria; un’altra, la penetrazione nelle civiltà dell’Estremo Oriente; un’altra, l’etnografia dei popoli selvaggi; un’altra, infine, la scoperta delle Atlantidi.

Le Atlantidi sono le culture sommerse o evaporate. Esse rappresentano il fenomeno più sorprendente della storia. Un secolo fa, nessuno avrebbe accettato seriamente la possibilità che popoli un tempo potenti, creatori di culture complete, causanti di grandi azioni e reazioni storiche, fossero giunti a cancellarsi dalla memoria umana, a svanire come fantasmi e vaghi spettri. Si credeva che, con più o meno dettagli, fosse completamente conosciuto l’elenco delle civiltà umane. Tuttavia, la scoperta dei popoli pre-babilonesi, sumeri e accadici, aprì uno spiraglio alle più strane possibilità. Poco dopo riappariva la cultura ittita dell’Asia Minore; più tardi, la cretese, che è un anello essenziale di tutta la storia antica. Quando colui che la rivelò, il banchiere Schliemann, s’imbarcò per Troia, i filologi europei sorridevano scetticamente, come se si trattasse di un’avventura demenziale. Voler andare a Troia significava lo stesso che volere, da svegli, andarsene a vivere nel sogno che si è avuto nella notte. Troia era una città immaginaria, inventata dagli omeridi. Il viaggio verso di essa poteva farsi solo a dorso di Pegaso o in nave di argonauta. Ma ecco che dalla terra, sotto i picconi di Schliemann, emergono non una Troia, ma diverse sovrapposte; alcune, migliaia di anni più vecchie di quella di Omero. La città chimera, fondata sugli esametri rapsodici, si concretizza in evidenti conci, in colonne rotte, in sculture, in anfore. A Micene, a Tirinto, sotto la terra ellenica, appaiono città analoghe a quelle Troie sommerse; si trattava non di una città, ma di un’intera civiltà, che si era estesa per tutto l’Occidente mediterraneo, e influì profondamente nell’estremo occidente. Era la cultura egea o cretese, nesso vitale tra l’Asia e l’Egitto, da un lato, e la posteriore storia eurafricana dall’altro.

Tali risultati hanno convertito lo scavo in un atto magico. È una nuova e inaspettata forma di agricoltura. Si scava per raccogliere raccolti seminati migliaia di anni fa. Troia è stato lo splendido tubero, la gigantesca tartufo storica, che ci ha aperto l’appetito. L’arte di scavare è oggi una delle più stimate in Europa. Con il frenetico entusiasmo che è stato sempre la virtù somma e il maggior vizio degli europei, si dedicano a raspare da ogni parte. Se ci lasciano fare, faremo del mondo un buco.