Ortega y Gasset

Abstract

A newspaper column: Ortega applauds higher import duties on cars not on political or economic grounds but moral ones, reading the gap between Spanish poverty and the number of gleaming automobiles as a paradigm of national immorality. Occasional journalism with no philosophical thesis.

Connections

Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Al acrecer los aranceles para la entrada de automóviles y sus accesorios, el Gobierno se ha propuesto exclusivamente una finalidad política que usa en este caso de un expediente hacendístico. Yo no sé si política y económicamente tal disposición es buena o es mala. Supongamos que es pésima. No obstante, la aplaudo fervorosamente, por una razón inesperada en que el Gobierno no ha pensado un momento. Esta razón, impolítica y tal vez antieconómica, es una razón moral. Si estuviese en mi mano, yo haría subir diez veces más los derechos sobre importación de estos admirables artefactos. Acaso extrañe al lector hallar que manifiesto opinión semejante, ya que es bastante notorio mi entusiasmo por este objeto semoviente. Pero quizá es este mismo entusiasmo quien me ha hecho reflexionar un poco sobre el comportamiento de mis compatriotas con el automóvil y me ha llevado a descubrir que es sencillamente inmoral.

Se trata nada más que de un detalle, ya lo sé; pero es un detalle ejemplar. La conducta del español en su trato con el automóvil puede valer como un paradigma de la inmoralidad general en que, no sé bien desde cuándo, ni si años o siglos, ha decidido constituirse.

Conviene saber que es España uno de los países donde hay mayor número de automóviles, proporcionalmente al número de habitantes. En alguna estadística he visto que ocupaba el cuarto lugar. Aun cuando fuese éste algo más bajo, debería sorprendernos. Porque estamos habituados al bochorno de que en casi todas las estadísticas sobre actividades humanas positivas, nuestro país ocupa el último puesto, o simplemente no ocupa ninguno, porque nuestro país es el único que no se ha molestado en hacer lo más ingenuo que en un orden cualquiera cabe hacer; esto es: una estadística. Pero si en vez de formar ésta buscando la proporción con los habitantes, se investiga la proporción con la riqueza, que es la contracifra más expresiva cuando se trata de posesión de máquinas, el puesto de España sería el segundo, si no era resueltamente el primero. No importa al caso la exactitud de esta evaluación, porque de todas suertes resplandecería la más extraña desproporción entre la pobreza española y el número de sus automóviles.

Es sobremanera raro que nuestra casta manifieste entusiasmo por cosa alguna del universo; pero mucho más que resulte de súbito enardecerse por una máquina y en general por un uso modernísimo. Cuando esta regla sufre alguna excepción, la causa no suele ser de buen jaez. Así, la rápida extensión del alumbrado eléctrico se debió a un error. Se creyó que, por fin, la desventaja que para la vida económica del país representaban sus desniveles iba a convertirse en un provecho holgadísimo y de muy sencilla obtención. Pero hubo error en el aforo de los torrentes, y las fábricas de electricidad arrastran el peso del estiaje, y España está ciertamente alumbrada de punta a punta por la luz eléctrica, pero una luz eléctrica mala y cara.

Quedamos, pues, en que es nuestra nación una de las que más automóviles poseen y en que esto es un poco sorprendente. Pero no para aquí la maravilla. Cuando el señorito madrileño se asoma a Francia vuelve lleno de desdén por los franceses, que «gastan» unos coches mal tenidos, sucios y de calidad inferior. En cambio, en Madrid no sólo hay un número proporcionalmente fabuloso de automóviles, sino que éstos suelen ser de superior calidad y están siempre lucientes, lustrosos, como recién salidos de la fábrica. Y el señorito madrileño se queda sumamente satisfecho, orgulloso con la averiguación.

Pero este superlativo de la maravilla resulta francamente excesivo, y a todo el que no posea una cabeza de cartón, como la usufructuada por esos señoritos, le pone en la pista para descubrir lo que verdaderamente significa el automóvil en España.

Francia se caracteriza por la suciedad y modestia de sus coches. Está bien. Pero se caracteriza no menos por haber sido el país inventor del automóvil, por haber creado la primera industria —cronológicamente— de este utensilio, por haber vencido las dificultades técnicas mayores que se presentan siempre en la primera etapa de una creación mecánica. España, en cambio, sobresale por el lucimiento y repulidez de sus coches, que van por esas calles y paseos como si acabasen de abandonar las fábricas. Pero sobresale también por ser el único país europeo de gran población donde no hay fábricas nacionales de automóviles.

¿Por qué se satisfacen los señoritos celtíberos mirándose en el espejo de charol que sus vehículos les presentan? Ni ellos, ni sus familias, ni sus compatriotas han producido esos prodigiosos objetos. Si al menos lavasen ellos mismos sus coches, aún tendrían algún derecho a envanecerse de su brillo. Pero aquí viene otra grave diferencia con Francia, y en general con el resto del mundo. El esplendor de nuestros coches se debe simplemente a estas dos causas:

Primera. Que es España el país donde proporcionalmente hay menos «autos» sin mecánico asalariado, lo cual a su vez procede de los siguientes hechos deplorables: a) que el criado es todavía barato en España, síntoma terrible de retraso político, económico y moral; b) que el automóvil no es lo que es ya en todas partes: un aparato de utilidad para facilitar el ejercicio de las profesiones, y no exclusivamente de lujo. Por eso fuera de España usa del automóvil muchísima gente que lo necesita y no tiene fortuna para pagarse un chauffeur. De aquí su descuidado aspecto.

Segunda. Los coches españoles brillan mucho por su resplandeciente pintura, pero brillan mucho más por su ausencia de las carreteras. Aquí está la esencia de lo que el automóvil es para el español. No lo usa, como el francés o el alemán, para viajar a sus negocios ni para recorrer curiosamente las tierras, sino para darse una vuelta por los paseos urbanos y lucir el vehículo. La cosa sería inverosímil en cualquier otro pueblo donde no pulule el «señorito»; pero entre nosotros es así. Y por esta razón de vanidad la nación española, que es muy pobre, hace el sacrificio de comprar al extranjero proporcionalmente más coches que otra ninguna.

El señorito es la especie de criatura humana más despreciable y estéril que puede haber. Yo conozco sólo dos pueblos donde se produzca con abundancia bastante para constituir una clase de hombres predominante y saturar con su modo de existencia la vida colectiva: España y la Argentina[74]. El señorito es el único ente de nuestra categoría zoológica que no hace nada, sino que toda su vida le es hecha. Incapaz de producir, todas las cosas del mundo, al llegar a él, se convierten en meros dijes y ornamentos, que pone sobre su persona para vanidoso lucimiento. Así se explica la contradicción que hay entre que España posea tantos automóviles y sea el lugar donde menos empeño existe por tener una industria de ellos.

Es verdaderamente inconcebible y vergonzoso que el español no se haya dado aún cuenta de que el automóvil significa hoy un artículo de primera necesidad, si no para todo individuo, para toda la colectividad nacional. Poner tal fuego al servicio de lo que estos trebejos puedan representar como vanidad, y tan ningún esfuerzo en lo que son como menester en la vida pública, revela una desmoralización profunda del hombre español. Irrita y subleva conocer la cantidad de estupidez que gobierna en España cuanto al automóvil se refiere.

Porque no hay sólo ausencia de fabricación y entrega a la producción extranjera, sino que ni siquiera la compra se hace en condiciones económicas. El español tolera que los representantes de fábricas extranjeras le pidan por un coche mucho más de lo debido. Así acontece que, aun descontando el sobreprecio de importación y la pérdida del cambio, cuestan en España los coches más que en cualquiera otra parte del mundo. Y lo propio pasa con todos los accesorios.

Ya que no fabricarlos, podríamos al menos tener discretos talleres de reparación. Pero todo el mundo sabe que los talleres indígenas son de una incompetencia desesperante y de una carestía criminal.

Nada significaría moralmente esta acumulación de absurdos si hubiésemos asistido a ensayos enérgicos para corregirla, aunque los ensayos hubiesen fracasado. Pero no creo que haya habido intento alguno apreciable para conseguir que el automovilismo en España se comporte con sentido común.

Y nada mejora el juicio que los hechos enunciados impone advertir que el automóvil no es en España sólo cosa de señoritos, como lo demuestra el crecido número de camiones industriales. Para mí es esto mucho peor. Pues aún se comprende que el vanidoso haga el sacrificio a su vanidad sin preocuparse del sentido común; pero es ininteligible que los industriales no se preocupen de tener vehículos y poder usarlos en las condiciones normales hoy dondequiera.

La única entidad que hace años trabajó beneméritamente para poner algún orden y decoro en esta materia de locomoción fue el Real Automóvil Club. Pero el calibre de lo que hoy fuera urgente acometer rebosa por completo los medios de cualquiera asociación particular y deportiva.

In raising the tariffs for the entry of automobiles and their accessories, the Government has proposed to itself exclusively a political end which uses in this case a fiscal expedient. I do not know whether politically and economically such a disposition is good or bad. Let us suppose it is very bad. Nevertheless, I applaud it fervently, for an unexpected reason on which the Government has not thought for a moment. This reason, impolitical and perhaps anti-economic, is a moral reason. If it were in my hands, I would raise ten times more the duties on the importation of these admirable artifacts. Perhaps the reader will be surprised to find me expressing a similar opinion, since my enthusiasm for this self-moving object is quite well known. But perhaps it is this very enthusiasm that has made me reflect a little on the behavior of my compatriots with the automobile and has led me to discover that it is simply immoral.

It is nothing more than a detail, I know; but it is an exemplary detail. The conduct of the Spaniard in his dealings with the automobile may stand as a paradigm of the general immorality in which, I do not well know since when, nor whether years or centuries, he has decided to constitute himself.

It is worth knowing that Spain is one of the countries where there is the greatest number of automobiles, proportionally to the number of inhabitants. In some statistic I have seen that it occupied the fourth place. Even were it somewhat lower, it should surprise us. Because we are accustomed to the shame that in almost all statistics on positive human activities, our country occupies the last place, or simply occupies none, because our country is the only one that has not bothered to do the most ingenuous thing that in any order whatsoever can be done; that is: a statistic. But if instead of forming it seeking the proportion with the inhabitants, one investigates the proportion with wealth, which is the most expressive counter-figure when it comes to possession of machines, Spain’s place would be the second, if it was not resolutely the first. The exactness of this evaluation does not matter to the case, because in any case the strangest disproportion between Spanish poverty and the number of its automobiles would shine forth.

It is exceedingly rare that our caste manifests enthusiasm for anything in the universe; but much more that it suddenly becomes inflamed for a machine and in general for a most modern usage. When this rule suffers some exception, the cause is not usually of good quality. Thus, the rapid extension of electric lighting was due to an error. It was believed that, at last, the disadvantage that its unevenness represented for the economic life of the country was going to turn into a most comfortable and very easily obtained profit. But there was error in the gauging of the torrents, and the electricity factories drag the weight of low water, and Spain is certainly lit from one end to the other by electric light, but a bad and expensive electric light.

We are left, then, with the fact that our nation is one of those that possess the most automobiles and that this is a little surprising. But the marvel does not stop here. When the Madrid young gentleman peers into France he returns full of disdain for the French, who «spend» cars badly kept, dirty and of inferior quality. On the other hand, in Madrid there is not only a proportionally fabulous number of automobiles, but these are usually of superior quality and are always shiny, lustrous, as if just out of the factory. And the Madrid young gentleman remains supremely satisfied, proud of the finding.

But this superlative of the marvel turns out frankly excessive, and anyone who does not possess a cardboard head, like the one enjoyed by those young gentlemen, is put on the track to discover what the automobile truly means in Spain.

France is characterized by the dirtiness and modesty of its cars. That is well. But it is characterized no less for having been the country that invented the automobile, for having created the first industry —chronologically— of this utensil, for having overcome the greater technical difficulties that always present themselves in the first stage of a mechanical creation. Spain, on the other hand, excels for the showiness and polish of its cars, which go through those streets and promenades as if they had just left the factories. But it also excels for being the only European country of large population where there are no national automobile factories.

Why do the Celtiberian young gentlemen satisfy themselves looking in the patent-leather mirror their vehicles present to them? Neither they, nor their families, nor their compatriots have produced those prodigious objects. If at least they washed their own cars, they would still have some right to pride themselves on their shine. But here comes another grave difference with France, and in general with the rest of the world. The splendor of our cars is due simply to these two causes:

First. That Spain is the country where proportionally there are fewer «autos» without a salaried mechanic, which in turn proceeds from the following deplorable facts: a) that the servant is still cheap in Spain, terrible symptom of political, economic and moral backwardness; b) that the automobile is not what it already is everywhere: an apparatus of utility to facilitate the exercise of the professions, and not exclusively of luxury. That is why outside Spain very many people use the automobile who need it and do not have the fortune to pay themselves a chauffeur. Hence its neglected appearance.

Second. The Spanish cars shine much for their resplendent paint, but they shine much more for their absence from the highways. Here lies the essence of what the automobile is for the Spaniard. He does not use it, as the Frenchman or the German, to travel to his business nor to tour the lands curiously, but to take a turn around the urban promenades and show off the vehicle. The thing would be unlikely in any other people where the «young gentleman» does not swarm; but among us it is so. And for this reason of vanity the Spanish nation, which is very poor, makes the sacrifice of buying abroad proportionally more cars than any other.

The young gentleman is the most contemptible and sterile species of human creature there can be. I know only two peoples where it is produced with enough abundance to constitute a predominant class of men and saturate with its mode of existence the collective life: Spain and Argentina[74]. The young gentleman is the only being of our zoological category who does nothing, but his whole life is made for him. Incapable of producing, all the things of the world, upon reaching him, become mere trinkets and ornaments, which he puts on his person for vain display. Thus is explained the contradiction between Spain possessing so many automobiles and being the place where there exists the least effort to have an industry of them.

It is truly inconceivable and shameful that the Spaniard has not yet realized that the automobile means today an article of first necessity, if not for every individual, for the whole national collectivity. To put such fire at the service of what these contrivances may represent as vanity, and so no effort in what they are as a need in public life, reveals a profound demoralization of the Spanish man. It irritates and revolts to know the amount of stupidity that governs in Spain as regards the automobile.

Because there is not only absence of manufacture and surrender to foreign production, but not even the purchase is made in economic conditions. The Spaniard tolerates that the representatives of foreign factories ask him for a car much more than is due. Thus it happens that, even discounting the import surcharge and the loss on exchange, cars cost more in Spain than anywhere else in the world. And the same happens with all the accessories.

Since we cannot manufacture them, we could at least have decent repair shops. But everyone knows that the native shops are of a desperate incompetence and a criminal expensiveness.

This accumulation of absurdities would mean nothing morally if we had witnessed energetic attempts to correct it, even if the attempts had failed. But I do not believe there has been any appreciable attempt to achieve that motoring in Spain behave with common sense.

And nothing improves the judgment that the stated facts impose than noticing that the automobile is not in Spain only a thing of young gentlemen, as the large number of industrial trucks demonstrates. For me this is much worse. For one still understands that the vain man makes the sacrifice to his vanity without worrying about common sense; but it is unintelligible that the industrialists do not worry about having vehicles and being able to use them in the conditions normal today everywhere.

The only entity that for years worked meritoriously to put some order and decorum in this matter of locomotion was the Royal Automobile Club. But the caliber of what today it would be urgent to undertake overflows completely the means of any private and sporting association.

Nell’accrescere le tariffe per l’entrata delle automobili e dei loro accessori, il Governo si è proposto esclusivamente una finalità politica che usa in questo caso di un espediente finanziario. Io non so se politicamente ed economicamente tale disposizione sia buona o cattiva. Supponiamo che sia pessima. Nondimeno, l’applaudo fervorosamente, per una ragione inaspettata a cui il Governo non ha pensato un momento. Questa ragione, impolitica e forse antieconomica, è una ragione morale. Se fosse in mio potere, farei salire dieci volte di più i diritti sull’importazione di questi ammirevoli artefatti. Forse stupirà il lettore trovare che manifesto un’opinione siffatta, giacché è abbastanza noto il mio entusiasmo per questo oggetto semovente. Ma forse è questo stesso entusiasmo che mi ha fatto riflettere un poco sul comportamento dei miei compatrioti con l’automobile e mi ha portato a scoprire che è semplicemente immorale.

Si tratta nient’altro che di un dettaglio, già lo so; ma è un dettaglio esemplare. La condotta dello spagnolo nel suo tratto con l’automobile può valere come un paradigma dell’immoralità generale in cui, non so bene da quando, né se anni o secoli, ha deciso di costituirsi.

Conviene sapere che la Spagna è uno dei paesi dove c’è il maggior numero di automobili, proporzionalmente al numero degli abitanti. In qualche statistica ho visto che occupava il quarto posto. Anche se fosse un po’ più basso, dovrebbe sorprenderci. Perché siamo abituati alla vergogna che in quasi tutte le statistiche sulle attività umane positive, il nostro paese occupa l’ultimo posto, o semplicemente non ne occupa nessuno, perché il nostro paese è l’unico che non si è preso la briga di fare la cosa più ingenua che in un ordine qualunque sia possibile fare; vale a dire: una statistica. Ma se invece di formarla cercando la proporzione con gli abitanti, si investiga la proporzione con la ricchezza, che è la controcifra più espressiva quando si tratta di possesso di macchine, il posto della Spagna sarebbe il secondo, se non era risolutamente il primo. Non importa al caso l’esattezza di questa valutazione, perché in ogni modo risplenderebbe la più strana sproporzione tra la povertà spagnola e il numero delle sue automobili.

È oltremodo raro che la nostra casta manifesti entusiasmo per cosa alcuna dell’universo; ma molto più che risulti di colpo infervorarsi per una macchina e in generale per un uso modernissimo. Quando questa regola subisce qualche eccezione, la causa non suole essere di buona lega. Così, la rapida estensione dell’illuminazione elettrica si dovette a un errore. Si credette che, finalmente, lo svantaggio che per la vita economica del paese rappresentavano i suoi dislivelli sarebbe andato a convertirsi in un profitto comodissimo e di semplicissima ottenzione. Ma ci fu errore nella misurazione dei torrenti, e le fabbriche di elettricità trascinano il peso della magra, e la Spagna è certamente illuminata da punta a punta dalla luce elettrica, ma una luce elettrica cattiva e cara.

Restiamo, dunque, nel fatto che la nostra nazione è una di quelle che possiede più automobili e che questo è un po’ sorprendente. Ma non si ferma qui la meraviglia. Quando il signorino madrileno si affaccia in Francia torna pieno di disdegno per i francesi, che «spendono» delle macchine mal tenute, sporche e di qualità inferiore. Invece, a Madrid non solo c’è un numero proporzionalmente favoloso di automobili, ma queste sogliono essere di qualità superiore e sono sempre lucenti, lustre, come appena uscite dalla fabbrica. E il signorino madrileno resta sommamente soddisfatto, orgoglioso della scoperta.

Ma questo superlativo della meraviglia risulta francamente eccessivo, e chiunque non possegga una testa di cartone, come quella usufruita da questi signorini, lo mette sulla pista per scoprire ciò che veramente significa l’automobile in Spagna.

La Francia si caratterizza per la sporcizia e la modestia delle sue macchine. Sta bene. Ma si caratterizza non meno per essere stato il paese inventore dell’automobile, per aver creato la prima industria —cronologicamente— di questo utensile, per aver vinto le difficoltà tecniche maggiori che si presentano sempre nella prima tappa di una creazione meccanica. La Spagna, invece, eccelle per lo sfolgorio e la lucidità delle sue macchine, che vanno per quelle strade e passeggiate come se avessero appena abbandonato le fabbriche. Ma eccelle anche per essere l’unico paese europeo di grande popolazione dove non ci sono fabbriche nazionali di automobili.

Perché si soddisfano i signorini celtiberi guardandosi nello specchio di vernice che i loro veicoli presentano loro? Né loro, né le loro famiglie, né i loro compatrioti hanno prodotto questi prodigiosi oggetti. Se almeno lavassero loro stessi le loro macchine, avrebbero ancora qualche diritto a inorgoglirsi del loro splendore. Ma qui viene un’altra grave differenza con la Francia, e in generale con il resto del mondo. Lo splendore delle nostre macchine si deve semplicemente a queste due cause:

Prima. Che la Spagna è il paese dove proporzionalmente ci sono meno «auto» senza meccanico salariato, il che a sua volta procede dai seguenti fatti deplorevoli: a) che il servitore è ancora a buon mercato in Spagna, sintomo terribile di ritardo politico, economico e morale; b) che l’automobile non è ciò che è già in tutte le parti: un apparato di utilità per facilitare l’esercizio delle professioni, e non esclusivamente di lusso. Per questo fuori dalla Spagna usa dell’automobile moltissima gente che ne ha bisogno e non ha fortuna per pagarsi uno chauffeur. Di qui il suo aspetto trascurato.

Seconda. Le macchine spagnole brillano molto per la loro risplendente pittura, ma brillano molto di più per la loro assenza dalle strade. Qui sta l’essenza di ciò che l’automobile è per lo spagnolo. Non la usa, come il francese o il tedesco, per viaggiare ai suoi affari né per percorrere curiosamente le terre, ma per fare un giro per le passeggiate urbane e sfoggiare il veicolo. La cosa sarebbe inverosimile in qualsiasi altro popolo dove non pulluli il «signorino»; ma tra noi è così. E per questa ragione di vanità la nazione spagnola, che è molto povera, fa il sacrificio di comprare all’estero proporzionalmente più macchine che nessun’altra.

Il signorino è la specie di creatura umana più spregevole e sterile che possa esserci. Io conosco solo due popoli dove si produca con abbondanza bastante da costituire una classe di uomini predominante e saturare con il suo modo di esistenza la vita collettiva: la Spagna e l’Argentina[74]. Il signorino è il solo ente della nostra categoria zoologica che non fa nulla, ma tutta la sua vita gli è fatta. Incapace di produrre, tutte le cose del mondo, arrivando a lui, si convertono in meri ciondoli e ornamenti, che mette sulla sua persona per vanitoso sfolgorio. Così si spiega la contraddizione che c’è tra il fatto che la Spagna possieda tante automobili e sia il luogo dove meno impegno esiste per avere un’industria di esse.

È veramente inconcepibile e vergognoso che lo spagnolo non si sia ancora reso conto che l’automobile significa oggi un articolo di prima necessità, se non per ogni individuo, per tutta la collettività nazionale. Mettere tale fuoco al servizio di ciò che questi arnesi possano rappresentare come vanità, e così nessuno sforzo in ciò che sono come bisogno nella vita pubblica, rivela una demoralizzazione profonda dell’uomo spagnolo. Irrita e rivolta conoscere la quantità di stupidità che governa in Spagna per quanto si riferisce all’automobile.

Perché non c’è solo assenza di fabbricazione e consegna alla produzione straniera, ma nemmeno l’acquisto si fa in condizioni economiche. Lo spagnolo tollera che i rappresentanti di fabbriche straniere gli chiedano per una macchina molto più del dovuto. Così accade che, anche scontando il sovrapprezzo di importazione e la perdita del cambio, costano in Spagna le macchine più che in qualsiasi altra parte del mondo. E lo stesso succede con tutti gli accessori.

Già che non fabbricarle, potremmo almeno avere discreti laboratori di riparazione. Ma tutti sanno che i laboratori indigeni sono di un’incompetenza disperante e di una carestia criminale.

Nulla significherebbe moralmente questa accumulazione di assurdi se avessimo assistito a tentativi energici per correggerla, anche se i tentativi fossero falliti. Ma non credo che ci sia stato intento alcuno apprezzabile per ottenere che l’automobilismo in Spagna si comporti con senso comune.

E nulla migliora il giudizio che i fatti enunciati impongono l’avvertire che l’automobile non è in Spagna solo cosa di signorini, come lo dimostra il cresciuto numero di camion industriali. Per me questo è molto peggio. Giacché si comprende ancora che il vanitoso faccia il sacrificio alla sua vanità senza preoccuparsi del senso comune; ma è inintelligibile che gli industriali non si preoccupino di avere veicoli e poterli usare nelle condizioni normali oggi dovunque.

L’unica entità che per anni lavorò benemeritamente per mettere un po’ d’ordine e decoro in questa materia della locomozione fu il Reale Automobile Club. Ma il calibro di ciò che oggi fosse urgente intraprendere trabocca completamente dai mezzi di qualunque associazione particolare e sportiva.

El inri lo pone en todo esto la complacencia con que suele hablar ahora el señorito de nuestras nuevas carreteras. Va muy bien con la contextura de su testa justificar el advenimiento nada menos que de una Dictadura, poniendo en su abono la mejora de algunos caminos. No será fácil hacerles notar la monstruosidad del razonamiento, aunque ella frisa en la deficiencia mental, de la que podría valer como síntoma clínico.

Cuando durante años y años se ha andado y rodado por los caminitos de España, como yo he hecho, se sabe muy bien que de todas las cosas del universo, la menos urgente eran magníficas carreteras para automóviles. Por la sencilla razón de que esas carreteras han estado y siguen estando solitarias. Ahora empiezan a encontrarse algunos autobuses; pero el señorito que habla de nuestros excelentes caminos no aparece por ellos. En cambio, las vías francesas están llenas de coches que marchan ruidosos, sucios y sin primor.

El Sol, 24 de agosto de 1930

The final touch to all this is put by the complacency with which the young gentleman now usually speaks of our new highways. It goes very well with the constitution of his head to justify the advent of nothing less than a Dictatorship, putting to its credit the improvement of some roads. It will not be easy to make them notice the monstrosity of the reasoning, although it borders on mental deficiency, of which it might stand as a clinical symptom.

When for years and years one has walked and rolled along the little roads of Spain, as I have done, one knows very well that of all the things of the universe, the least urgent were magnificent highways for automobiles. For the simple reason that these roads have been and continue to be solitary. Now some buses are beginning to be found; but the young gentleman who speaks of our excellent roads does not appear on them. On the other hand, the French roads are full of cars that march noisy, dirty and without care.

El Sol, August 24, 1930

Il colmo lo mette in tutto questo la compiacenza con cui suole parlare ora il signorino delle nostre nuove strade. Va molto bene con la contestura della sua testa giustificare l’avvento nientemeno che di una Dittatura, mettendo a suo credito il miglioramento di alcune strade. Non sarà facile far loro notare la mostruosità del ragionamento, benché essa rasenti la deficienza mentale, della quale potrebbe valere come sintomo clinico.

Quando per anni e anni si è camminato e rotolato per le stradine di Spagna, come ho fatto io, si sa molto bene che di tutte le cose dell’universo, la meno urgente erano magnifiche strade per automobili. Per la semplice ragione che queste strade sono state e continuano ad essere solitarie. Ora cominciano a trovarsi alcuni autobus; ma il signorino che parla dei nostri eccellenti cammini non appare per essi. Invece, le vie francesi sono piene di macchine che marciano rumorose, sporche e senza primore.

El Sol, 24 agosto 1930