Ortega y Gasset
Abstract
Against the Supreme Court prosecutor’s circular, Ortega attacks the prevailing notion of public morality reduced to sexual prohibitions and defence of property — lust and theft. He traces that morality’s medieval genesis (an extramundane God, asceticism, chastity as the central virtue) to show it is out of season.
Connections
Assi: Fondamento della morale
Concetti: virtù, religione
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
La circular del señor fiscal del Tribunal Supremo pone de manifiesto una noción de la moralidad que debemos combatir una vez y otra, aun cuando no nos acompañe la esperanza de conseguir una reforma del gusto público. Todas estas cuestiones caen muy remotas de la atención general: pertenecen a un mundo con el cual nos obstinamos en no mantener relaciones: el mundo de la teoría. Y como es éste el gran pecado secular de la raza española, no vamos a pretender con nuestra breve y modesta acción purificarlo. Un claro deber nos induce a hablar de estos problemas que a nadie interesan, o desde un punto de vista que a nadie entre nosotros preocupa. ¿Qué importa lo demás si hemos visto en tal faena nuestra misión? Algunos amigos míos me van mostrando un poco de desdén porque me encuentran obscuro. ¿Ha de influir esto en mi marcha si tengo la plena conciencia de haber sido siempre preciso? Habrá de procurarse que nos entienda el mayor número posible de lectores; pero, ¿es por ventura fácil determinar dónde acaba para los españoles la precisión y comienza la obscuridad?
Aparte de esto, hay todo un universo intelectual que no puede ni podrá ser nunca popular: éste es el universo donde pacen severamente los rebaños cándidos de las verdades. La verdad es, esencialmente, impopular, porque, dígase lo que se quiera, la verdad es sutil y difícil, más aún, es enferma; yo no creo que nadie haya pagado nunca una certidumbre científica con menos soldada que su salud. Y los ánimos populares suelen ser sanos, fornidos, robustos.
Todo esto va en propia defensa de mi tenacidad al hablar de cosas obscuras. Hasta un amigo mío tan bueno y tan inteligente como Ramiro de Maeztu no ha dudado echarme en cara la falta de popularidad de mis escritos. Buena parte de esto provendrá sin duda de mis menguadas dotes literarias y periodísticas; pero otra buena parte de mi obscuridad nace de que Ramiro de Maeztu y otros queridos lectores no se han preocupado nunca de problemas análogos a los míos. Y como estoy cierto de que a algunos desconocidos preocupan tanto como a mí, seguiré en mi camino, tranquilizándome la consideración de que no es precisamente escritores populares lo que echamos de menos en España.
Perdóneseme si he cometido la indiscreción de hablar sobre mi persona. Volvamos a las cosas lo antes posible.
La circular susodicha muestra una noción de la moral pública que coincide con la noción corriente entre nosotros. Por moral pública solemos entender el conjunto de prohibiciones referentes al ejercicio de la sexualidad. Cuando más, extendemos el significado a la defensa del derecho de propiedad. De esta manera, la inmoralidad pública parece quedar reducida a la lujuria y al robo. Si alguien duda de que así es, no me negará que, a lo menos, es la lujuria lo central.
La castidad es una divina virtud de la cual suelen burlarse los espíritus generosos. Las costumbres cristianas, al perseverar fuera de sazón, han contribuido no poco a arrebatar su encanto y a tergiversar su sentido. Hubo un tiempo en que la abstención completa de los placeres carnales era condición necesaria para elevarse a la única forma de espiritualidad entonces conocida: la espiritualidad religiosa, el misticismo. El Dios de la Edad Media era un Dios que, según la expresión de Goethe, empujaba el mundo desde fuera, una divinidad extramundana. Para sumirse en su ardiente seno, era menester salir de entre toda la escoria terrenal. De aquí el ascetismo nazareno de aquella edad, la cual, puesta en lo lejano, nos parece un arco tenso de ballesta presto a disparar la flecha tremante del hombre hacia el corazón de la divinidad. No conoció aquella hora para resolver la tragedia de la vida sino un terrible dilema: o materia o dios.
Les faltó el término medio: humanidad. Y como les faltó, hubieron de afanarse en ir trasvasando el mundo en el cielo merced a las iglesias, cuyas torres —decía Lichtenberg— son embudos invertidos.
Para la Edad Media, el pecado representativo es la concupiscencia: el diablo es más bien la diablesa Venus. La inmoralidad es la lujuria. La virtud central de aquella ética es la castidad. A esta moral llamo visigótica. Y ésta es la moral del señor fiscal del Supremo.
El Renacimiento, más bien que la renovación del arte clásico, es la resurrección de la ciencia.
La ciencia, había dicho Platón, es una cosa intermedia entre el saber todo y el no saber nada. El animal, la materia, no saben nada; por eso no tienen ciencia. Dios lo sabe todo: tampoco la necesita. La ciencia es la producción continua, progresiva, de sabiduría. Si, pues, existe ciencia, habrá algún ser que la lleve dentro de sí, que la ejercite, y este ser, no pudiendo llamarse Dios ni materia, se llamará hombre. Véase cómo el hecho de renovarse la ciencia rompió el dilema cruel de la Edad Media: ahora, entre la materia y Dios hay la humanidad, en la cual se funden aquellos extremos blandamente. En el hombre, la materia se justifica, se diviniza.
El hombre vuelve a ser metro y norma de las cosas. Y entre las cosas están las virtudes. ¿Convendrá a la Edad Moderna la castidad como primera de las virtudes? ¿Será la lujuria el primero de los pecados como antes?
Hemos visto que lo que ha hecho al hombre hombre es la ciencia; la primera virtud moderna será, pues, la sabiduría, el ejercicio de la ciencia.
En este sentido debiera reformarse la noción vulgar de moral pública. El ejercicio de la sexualidad pertenece a un orden secundario dentro de la ética moderna. No es la pureza el primer deber del hombre, sino la sabiduría; no es la lujuria el gran pecado, sino la ignorancia.
Prosiguiendo el áureo hilo de la política platónica, según la cual el Estado y el individuo son la misma cosa, sólo que en aquél se halla escrito con gruesas letras lo que en el corazón de éste son menudos signos, aplicaremos lo anterior de este modo: el Estado tiene un deber primario, la cultura: un crimen primario, la ignorancia de sus miembros. Un Estado que entiende por moral pública la conservación de la pureza sexual entre sus individuos, es un Estado visigótico; si encima de esto no reconoce explícitamente, como su ejercicio primordial, el fomento de la sabiduría pública, será un Estado inmoral.
Faro, 10 de mayo de 1908
The circular of the gentleman fiscal of the Supreme Tribunal brings to light a notion of morality that we must combat again and again, even though we are not accompanied by the hope of achieving a reform of public taste. All these questions fall very remote from general attention: they belong to a world with which we insist on maintaining no relations: the world of theory. And since this is the great secular sin of the Spanish race, we are not going to pretend with our brief and modest action to purify it. A clear duty induces us to speak of these problems that interest no one, or from a point of view that worries no one among us. What does the rest matter if we have seen in such a task our mission? Some friends of mine are showing me a little disdain because they find me obscure. Must this influence my march if I have the full consciousness of having always been precise? It will have to be procured that the greatest possible number of readers understand us; but is it perchance easy to determine where for the Spaniards precision ends and obscurity begins?
Apart from this, there is a whole intellectual universe that cannot and never will be able to be popular: this is the universe where the candid flocks of truths graze severely. Truth is, essentially, unpopular, because, say what one will, truth is subtle and difficult, more still, it is sickly; I do not believe that anyone has ever paid a scientific certainty with less wage than his health. And popular spirits are wont to be healthy, sturdy, robust.
All this goes in my own defense of my tenacity in speaking of obscure things. Even a friend of mine as good and as intelligent as Ramiro de Maeztu has not hesitated to reproach me for the lack of popularity of my writings. A good part of this will come no doubt from my scanty literary and journalistic gifts; but another good part of my obscurity is born of the fact that Ramiro de Maeztu and other dear readers have never concerned themselves with problems analogous to mine. And since I am certain that to some unknowns they matter as much as to me, I will continue on my way, calming myself with the consideration that it is not precisely popular writers that we lack in Spain.
Forgive me if I have committed the indiscretion of speaking about my person. Let us return to things as soon as possible.
The aforementioned circular shows a notion of public morality that coincides with the current notion among us. By public morality we usually understand the set of prohibitions referring to the exercise of sexuality. At most, we extend the meaning to the defense of the right of property. In this way, public immorality seems to remain reduced to lust and to theft. If anyone doubts that it is so, he will not deny me that, at least, lust is the central thing.
Chastity is a divine virtue at which generous spirits usually mock. The Christian customs, by persevering out of season, have contributed not a little to snatch away its charm and to pervert its meaning. There was a time when the complete abstention from carnal pleasures was a necessary condition to rise to the only form of spirituality then known: religious spirituality, mysticism. The God of the Middle Ages was a God who, according to Goethe’s expression, pushed the world from outside, an extramundane divinity. To plunge into its ardent bosom, one had to go out from among all the earthly dross. Hence the Nazarene asceticism of that age, which, placed in the distance, appears to us like a taut crossbow arc ready to shoot the trembling arrow of man toward the heart of the divinity. That hour knew no way to resolve the tragedy of life except a terrible dilemma: either matter or god.
They lacked the middle term: humanity. And since they lacked it, they had to labor at transferring the world into heaven by means of the churches, whose towers —said Lichtenberg— are inverted funnels.
For the Middle Ages, the representative sin is concupiscence: the devil is rather the she-devil Venus. Immorality is lust. The central virtue of that ethic is chastity. This morality I call Visigothic. And this is the morality of the gentleman fiscal of the Supreme.
The Renaissance, rather than the renovation of classical art, is the resurrection of science.
Science, Plato had said, is a thing intermediate between knowing everything and knowing nothing. The animal, matter, know nothing; that is why they have no science. God knows everything: neither does he need it. Science is the continuous, progressive production of wisdom. If, then, science exists, there will be some being that carries it within itself, that exercises it, and this being, not being able to call itself God nor matter, will be called man. See how the fact of science renewing itself broke the cruel dilemma of the Middle Ages: now, between matter and God there is humanity, in which those extremes blend softly. In man, matter justifies itself, divinizes itself.
Man becomes again measure and norm of things. And among the things are the virtues. Will chastity suit the Modern Age as the first of the virtues? Will lust be the first of the sins as before?
We have seen that what has made man man is science; the first modern virtue will be, then, wisdom, the exercise of science.
In this sense the vulgar notion of public morality should be reformed. The exercise of sexuality belongs to a secondary order within modern ethics. It is not purity that is man’s first duty, but wisdom; it is not lust that is the great sin, but ignorance.
Following the golden thread of the Platonic politics, according to which the State and the individual are the same thing, only that in the former is found written in large letters what in the heart of the latter are minute signs, we will apply the foregoing in this way: the State has a primary duty, culture: a primary crime, the ignorance of its members. A State that understands by public morality the conservation of sexual purity among its individuals is a Visigothic State; if on top of this it does not explicitly recognize, as its primordial exercise, the fostering of public wisdom, it will be an immoral State.
Faro, May 10, 1908
La circolare del signor fiscale del Tribunale Supremo mette in evidenza una nozione della moralità che dobbiamo combattere una volta e un’altra, anche se non ci accompagni la speranza di conseguire una riforma del gusto pubblico. Tutte queste questioni cadono molto remote dall’attenzione generale: appartengono a un mondo col quale ci ostiniamo a non mantenere relazioni: il mondo della teoria. E siccome è questo il grande peccato secolare della razza spagnola, non andremo a pretendere con la nostra breve e modesta azione di purificarlo. Un chiaro dovere ci induce a parlare di questi problemi che a nessuno interessano, o da un punto di vista che a nessuno tra noi preoccupa. Che importa il resto se abbiamo visto in tale faccenda la nostra missione? Alcuni amici miei mi vanno mostrando un po’ di disdegno perché mi trovano oscuro. Ha forse da influire questo nella mia marcia se ho la piena coscienza di essere stato sempre preciso? Si dovrà procurare che ci capisca il maggior numero possibile di lettori; ma, è per avventura facile determinare dove finisce per gli spagnoli la precisione e comincia l’oscurità?
A parte questo, c’è tutto un universo intellettuale che non può né potrà mai essere popolare: questo è l’universo dove pascono severamente le candide greggi delle verità. La verità è, essenzialmente, impopolare, perché, si dica ciò che si voglia, la verità è sottile e difficile, più ancora, è malata; io non credo che nessuno abbia mai pagato una certezza scientifica con meno soldo che la sua salute. E gli animi popolari sogliono essere sani, forti, robusti.
Tutto questo va in propria difesa della mia tenacità nel parlare di cose oscure. Fino a un amico mio tanto buono e tanto intelligente come Ramiro de Maeztu non ha dubitato di rinfacciarmi la mancanza di popolarità dei miei scritti. Buona parte di questo proverrà senza dubbio dalle mie scarse doti letterarie e giornalistiche; ma un’altra buona parte della mia oscurità nasce dal fatto che Ramiro de Maeztu e altri cari lettori non si sono mai preoccupati di problemi analoghi ai miei. E siccome sono certo che ad alcuni sconosciuti preoccupano tanto quanto a me, seguirò nel mio cammino, tranquillizzandomi con la considerazione che non è precisamente scrittori popolari ciò che ci manca in Spagna.
Perdonatemi se ho commesso l’indiscrezione di parlare sulla mia persona. Torniamo alle cose il prima possibile.
La circolare sopraddetta mostra una nozione della morale pubblica che coincide con la nozione corrente tra noi. Per morale pubblica sogliono intendere l’insieme dei divieti riguardanti l’esercizio della sessualità. Quando al massimo, estendiamo il significato alla difesa del diritto di proprietà. In questo modo, l’immoralità pubblica sembra restare ridotta alla lussuria e al furto. Se qualcuno dubita che sia così, non mi negherà che, almeno, la lussuria è il centro.
La castità è una divina virtù della quale sogliono burlarsi gli spiriti generosi. I costumi cristiani, perseverando fuori stagione, hanno contribuito non poco a rapirle il suo incanto e a travisarne il senso. Ci fu un tempo in cui l’astinenza completa dei piaceri carnali era condizione necessaria per elevarsi all’unica forma di spiritualità allora conosciuta: la spiritualità religiosa, il misticismo. Il Dio del Medioevo era un Dio che, secondo l’espressione di Goethe, spingeva il mondo dall’esterno, una divinità extramondana. Per immergersi nel suo ardente seno, era mestieri uscire da tutta la scoria terrena. Di qui l’ascetismo nazareno di quell’età, la quale, posta in lontananza, ci appare come un arco teso di balestra pronto a scoccare la freccia tremante dell’uomo verso il cuore della divinità. Non conobbe quell’ora per risolvere la tragedia della vita se non un terribile dilemma: o materia o dio.
Mancò loro il termine medio: umanità. E siccome mancò loro, dovettero affannarsi a ir travasando il mondo nel cielo mercé le chiese, le cui torri —diceva Lichtenberg— sono imbuti rovesciati.
Per il Medioevo, il peccato rappresentativo è la concupiscenza: il diavolo è piuttosto la diavolessa Venere. L’immoralità è la lussuria. La virtù centrale di quell’etica è la castità. A questa morale la chiamo visigotica. E questa è la morale del signor fiscale del Supremo.
Il Rinascimento, piuttosto che il rinnovamento dell’arte classica, è la resurrezione della scienza.
La scienza, aveva detto Platone, è una cosa intermedia tra il sapere tutto e il non sapere nulla. L’animale, la materia, non sanno nulla; per questo non hanno scienza. Dio sa tutto: nemmeno lui ne ha bisogno. La scienza è la produzione continua, progressiva, di sapienza. Se, dunque, esiste la scienza, ci sarà qualche essere che la porti dentro di sé, che la eserciti, e questo essere, non potendosi chiamare né Dio né materia, si chiamerà uomo. Si veda come il fatto di rinnovarsi la scienza ruppe il dilemma crudele del Medioevo: ora, tra la materia e Dio c’è l’umanità, nella quale si fondono blandamente quegli estremi. Nell’uomo, la materia si giustifica, si divinizza.
L’uomo torna a essere metro e norma delle cose. E tra le cose ci sono le virtù. Converrà all’Età Moderna la castità come prima delle virtù? Sarà la lussuria il primo dei peccati come prima?
Abbiamo visto che ciò che ha fatto uomo l’uomo è la scienza; la prima virtù moderna sarà, dunque, la sapienza, l’esercizio della scienza.
In questo senso dovrebbe riformarsi la nozione volgare di morale pubblica. L’esercizio della sessualità appartiene a un ordine secondario dentro l’etica moderna. Non è la purezza il primo dovere dell’uomo, ma la sapienza; non è la lussuria il grande peccato, ma l’ignoranza.
Proseguendo il filo aureo della politica platonica, secondo la quale lo Stato e l’individuo sono la stessa cosa, solo che in quello si trova scritto con lettere grosse ciò che nel cuore di questo sono minuti segni, applicheremo il precedente in questo modo: lo Stato ha un dovere primario, la cultura: un crimine primario, l’ignoranza dei suoi membri. Uno Stato che intende per morale pubblica la conservazione della purezza sessuale tra i suoi individui, è uno Stato visigotico; se oltre a questo non riconosce esplicitamente, come suo esercizio primordiale, il fomento della sapienza pubblica, sarà uno Stato immorale.
Faro, 10 maggio 1908