Ortega y Gasset
Abstract
A political address: the Restoration is not the continuation of Spanish history but its arrest — “living the hollow of one’s own life”, a panorama of ghosts stage-managed by Cánovas. Hence the watchword: “the dead must be killed properly”.
Connections
Assi: Senso della storia
Posizioni: decadenza
Forme: lezione
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Estas dos emociones radicales, la de abrigar vivas sospechas sobre el positivo vigor histórico de nuestra raza y, en consecuencia, la de estar dispuestos a anteponer todos aquellos medios que sean necesarios para avivarlas a las meras ficciones y apariencias de buen gobierno, significa que ha entrado España en una época de la pública sensibilidad incompatible e incomunicante con otra época que se conoce en la Historia con el nombre de Restauración, la cual gravitaba sobre las dos ideas más opuestas a éstas que cabe imaginar. Y como el ser toda una actitud histórica es el carácter que tiene que tener la nueva política, antes de comenzar la actividad conviene que tomemos una clara orientación histórica.
Aquel apartamiento de la política de las nuevas generaciones, esa senilidad, esa desintegración fatal de los partidos vigentes, esa conducta de fantasmas que llevan los organismos de la España oficial frente a la nueva, debían recibir una sencilla denominación histórica; eso tiene un nombre, hay que ponérselo: es que asistimos al fin de la crisis de la Restauración, crisis de sus hombres, de sus partidos, de sus periódicos, de sus procedimientos, de sus ideas, de sus gustos y hasta de su vocabulario; en estos años, en estos meses concluye la Restauración la liquidación de su ajuar; y si se obstina en no morir definitivamente, yo os diría a vosotros —de quienes tengo derecho a suponer exigencias de reflexión y conciencia elevadamente culta—, yo os diría que nuestra bandera tendría que ser ésta: «la muerte de la Restauración»: «Hay que matar bien a los muertos».
¿Qué es la Restauración, señores? Según Cánovas, la continuación de la historia de España. ¡Mal año para la historia de España si legítimamente valiera la Restauración como su secuencia! Afortunadamente, es todo lo contrario. La Restauración significa la detención de la vida nacional. No había habido en los españoles, durante los primeros cincuenta años del siglo XIX, complejidad, reflexión, plenitud de intelecto, pero había habido coraje, esfuerzo, dinamismo. Si se quemaran los discursos y los libros compuestos en ese medio siglo y fueran sustituidos por las biografías de sus autores, saldríamos ganando ciento por uno. Riego y Narváez, por ejemplo, son, como pensadores, ¡la verdad!, un par de desventuras; pero son como seres vivos dos altas llamaradas de esfuerzo.
Hacia el año 1854 —que es donde en lo soterraño se inicia la Restauración— comienzan a apagarse sobre este haz triste de España los esplendores de ese incendio de energías; los dinamismos van viniendo luego a tierra como proyectiles que han cumplido su parábola; la vida española se repliega sobre sí misma, se hace hueco de sí misma. Este vivir el hueco de la propia vida fue la Restauración.
En pueblos de ánimo más completo y armónico que el nuestro puede, a una época de dinamismo, suceder fecundamente una época de tranquilidad, de quietud, de éxtasis. El intelecto es el encargado de suscitar y organizar los intereses tranquilos y estáticos, como son el buen gobierno, la economía, el aumento de los medios, de la técnica. Pero ha sido la característica de nuestro pueblo haber brillado más como esforzado que como inteligente.
Vida española, digámoslo lealmente, señores, vida española, hasta ahora, ha sido posible sólo como dinamismo.
Cuando nuestra nación deja de ser dinámica cae de golpe en un hondísimo letargo y no ejerce más función vital que la de soñar que vive.
Así parece como que en la Restauración nada falta. Hay allí grandes estadistas, grandes pensadores, grandes generales, grandes partidos, grandes aprestos, grandes luchas: nuestro ejército en Tetuán combate con los moros lo mismo que en tiempo de Gonzalo de Córdoba; en busca del Norte enemigo hienden la espalda del mar nuestras carenas, como en tiempos de Felipe II; Pereda es Hurtado de Mendoza, y en Echegaray retoña Calderón. Pero todo esto acontece dentro de la órbita de un sueño; es la imagen de una vida donde sólo hay de real el acto que la imagina.
La Restauración, señores, fue un panorama de fantasmas, y Cánovas el gran empresario de la fantasmagoría.
«No llamé Restauración a la contrarrevolución —dice Cánovas—, sino conciliación». «No haya vencedores ni vencidos» —dice otra vez. ¿No son sospechosas, no os suenan como propósitos turbios estas palabras? Esta premeditada renuncia a la lucha, ¿se ha realizado alguna vez y en alguna parte en otra forma que no sea la complicidad y el amigable reparto? «Orden», «orden público», «paz»… es la única voz que se escucha de un cabo a otro de la Restauración. Y para que no se altere el orden público se renuncia a atacar ninguno de los problemas vitales de España, porque, naturalmente, si se ataca un problema visceral, la raza, si no está muerta del todo, responde dando una embestida, levantando sus dos brazos, su derecha y su izquierda, en fuerte contienda saludable.
Y para que sea imposible hasta el intento de atacarlos, el partido conservador, y Cánovas haciendo de buen Dios, construye, fabrica un partido liberal domesticado, una especie de buen diablo o de pobre diablo, con que se complete este cuadro paradisíaco.
Y todo intento de eficaz liberalismo es aplastado, es agostado. Recordad si no la izquierda dinástica, que se parece tanto a ciertas evoluciones de nuestros días.
Para que puedan vivir tranquilamente estas estructuras convencionales es forzoso que todo lo que haya en torno de ellas se vuelva convención; en el momento en que introduzcáis un germen de vida, la convención explota.
Y aquí tenéis que Cánovas sólo en una cosa aprieta —ya es esto para ponernos en guardia—, una cosa que va a servir como de suprema convención, encargada de dar seguridad a todas las demás. Esta cosa es la lealtad monárquica, de que en breve hablaremos. Se hace del monarquismo un dogma sobrenatural indiscutible, rígido. Y eso, eso es lo único que antepone Cánovas al orden público y que identifica con España. Sus palabras fueron: «Sobre la paz está la Monarquía». Frase verdaderamente sospechosa para quien sobre todo, incluso sobre la vitalidad nacional, estaba la paz. Pero Cánovas, señores, no era una criatura inocente; yo respeto sinceramente su enorme talento, tal vez el más grande de su siglo en España para cuestiones ideológicas, si hubiera podido dedicar a ellas su vida; mas por encima de ser un gran erudito, y un gran orador, y un gran pensador, fue Cánovas, señores, un gran corruptor; como diríamos ahora, un profesor de corrupción. Corrompió hasta lo incorruptible. Porque esa frase «sobre la paz está la Monarquía» produjo el efecto de convertir a su vez en dogma rígido, esquemático, inflexible, ineficaz, extranacional, a la idea republicana. La frase de Cánovas fue al punto contestada por la extrema izquierda de este modo: «Para nosotros, sobre la paz está la República». Y he aquí dos esquemas simplistas, Monarquía, y República, puestos sobre todas las cosas nacionales, y he aquí España girando sobre dos polos, que son dos duros vocablos. Medio país ocupado en garantir el orden público en nombre de la Monarquía y el otro medio país ocupado en subvertirle en nombre de la República. Y como el orden público se pedía en beneficio de una palabra y no de nada sustancial, y como la revolución se demandaba en servicio de algo bien poco inminente y positivo, no había sino una ficción y cáscara de orden, no había más que revoluciones oratorias. De este modo se embotó el sistema nervioso de las clases acomodadas, acostumbrándolas a la ineficacia y a la desconfianza, y los republicanos enrudecieron todavía más a las muchedumbres con sus simplismos. Los hombres que entonces quisieron iniciar en España el movimiento socialista, que era una política mucho más compleja, mucho más sabia y mucho más real, saben muy bien cómo fue para ellos una muralla granítica el republicanismo restaurador.
These two radical emotions, that of harboring lively suspicions about the positive historical vigor of our race and, consequently, that of being disposed to put before the mere fictions and appearances of good government all those means that may be necessary to enliven them, mean that Spain has entered an epoch of public sensibility incompatible and non-communicating with another epoch that is known in History by the name of Restoration, which gravitated on the two ideas most opposed to these that can be imagined. And since being a whole historical attitude is the character that the new politics must have, before beginning the activity it is fitting that we take a clear historical orientation.
That withdrawal from politics of the new generations, that senility, that fatal disintegration of the parties in force, that ghostly conduct that the organisms of official Spain carry on before the new one, should receive a simple historical denomination; this has a name, it must be given to it: it is that we are witnessing the end of the crisis of the Restoration, crisis of its men, of its parties, of its newspapers, of its procedures, of its ideas, of its tastes and even of its vocabulary; in these years, in these months the Restoration concludes the liquidation of its household goods; and if it insists on not dying definitively, I would tell you —from whom I have the right to suppose demands of reflection and highly cultured conscience—, I would tell you that our banner would have to be this: «the death of the Restoration»: «One must kill the dead well».
What is the Restoration, gentlemen? According to Cánovas, the continuation of the history of Spain. A bad year for the history of Spain if legitimately the Restoration were worth as its sequence! Fortunately, it is all the contrary. The Restoration means the halting of national life. There had not been in the Spaniards, during the first fifty years of the nineteenth century, complexity, reflection, fullness of intellect, but there had been courage, effort, dynamism. If the discourses and the books composed in that half century were burned and were replaced by the biographies of their authors, we would come out winning a hundred to one. Riego and Narváez, for example, are, as thinkers, in truth!, a couple of misfortunes; but they are as living beings two high flames of effort.
Toward the year 1854 —which is where in the subterranean the Restoration begins— the splendors of that fire of energies begin to go out over this sad surface of Spain; the dynamisms then keep coming to the ground like projectiles that have fulfilled their parabola; Spanish life folds back upon itself, becomes hollow of itself. This living the hollow of one’s own life was the Restoration.
In peoples of a more complete and harmonious spirit than ours there can, after an epoch of dynamism, felicitously follow an epoch of tranquility, of quietude, of ecstasy. The intellect is the one in charge of arousing and organizing the tranquil and static interests, such as good government, economy, the increase of means, of technique. But it has been the characteristic of our people to have shone more as strenuous than as intelligent.
Spanish life, let us say it loyally, gentlemen, Spanish life, until now, has been possible only as dynamism.
When our nation ceases to be dynamic it falls at once into a very deep lethargy and exercises no more vital function than that of dreaming that it lives.
Thus it seems as though in the Restoration nothing is lacking. There are great statesmen, great thinkers, great generals, great parties, great preparations, great struggles: our army at Tetuan fights with the Moors the same as in the time of Gonzalo de Córdoba; in search of the hostile North our keels cleave the back of the sea, as in the times of Philip II; Pereda is Hurtado de Mendoza, and in Echegaray Calderón sprouts anew. But all this happens within the orbit of a dream; it is the image of a life where there is only real the act that imagines it.
The Restoration, gentlemen, was a panorama of phantoms, and Cánovas the great impresario of the phantasmagoria.
«I did not call Restoration the counterrevolution —says Cánovas—, but conciliation». «Let there be neither victors nor vanquished» —he says another time. Are not these words suspicious, do they not sound to you like murky purposes? This premeditated renunciation of struggle, has it ever been realized and anywhere in any other form than complicity and friendly partition? «Order», «public order», «peace»… it is the only voice that is heard from one end to the other of the Restoration. And so that the public order not be altered, one renounces attacking none of the vital problems of Spain, because, naturally, if a visceral problem is attacked, the race, if it is not dead altogether, responds by giving a thrust, raising its two arms, its right and its left, in strong healthy contest.
And so that even the attempt to attack them be impossible, the conservative party, and Cánovas playing the good God, constructs, fabricates a domesticated liberal party, a sort of good devil or poor devil, with which this paradisiacal picture be completed.
And every attempt at effective liberalism is crushed, is withered. Remember if not the dynastic left, which resembles so much certain evolutions of our days.
So that these conventional structures may live tranquilly it is necessary that everything that is around them turn convention; at the moment you introduce a germ of life, the convention explodes.
And here you have that Cánovas only in one thing presses —this already is to put us on guard—, a thing that is going to serve as a supreme convention, in charge of giving security to all the others. This thing is monarchical loyalty, of which we shall soon speak. Of monarchism a supernatural, indisputable, rigid dogma is made. And that, that is the only thing that Cánovas puts before public order and that he identifies with Spain. His words were: «Above peace stands the Monarchy». A truly suspicious phrase for one for whom above everything, even above national vitality, stood peace. But Cánovas, gentlemen, was not an innocent creature; I sincerely respect his enormous talent, perhaps the greatest of his century in Spain for ideological questions, had he been able to dedicate to them his life; but above being a great erudite, and a great orator, and a great thinker, Cánovas was, gentlemen, a great corruptor; as we would now say, a professor of corruption. He corrupted even the incorruptible. Because that phrase «above peace stands the Monarchy» produced the effect of converting in turn into a rigid, schematic, inflexible, ineffectual, extranational dogma the republican idea. Cánovas’s phrase was at once answered by the extreme left in this way: «For us, above peace stands the Republic». And here are two simplistic schemas, Monarchy, and Republic, placed above all the national things, and here is Spain turning on two poles, which are two hard words. Half a country occupied in guaranteeing public order in the name of the Monarchy and the other half country occupied in subverting it in the name of the Republic. And since public order was asked in benefit of a word and not of anything substantial, and since the revolution was demanded in service of something very little imminent and positive, there was only a fiction and shell of order, there were only oratorical revolutions. In this way the nervous system of the comfortable classes was blunted, accustoming them to inefficacy and distrust, and the republicans further roughened the multitudes with their simplisms. The men who then wanted to initiate in Spain the socialist movement, which was a much more complex, much wiser and much more real politics, know very well how the restorative republicanism was for them a granitic wall.
Queste due emozioni radicali, quella di covare vivi sospetti sul positivo vigore storico della nostra razza e, in conseguenza, quella di essere disposti ad anteporre tutti quei mezzi che siano necessari per ravvivarli alle mere finzioni e apparenze di buon governo, significano che la Spagna è entrata in un’epoca della pubblica sensibilità incompatibile e incomunicante con un’altra epoca che si conosce nella Storia col nome di Restaurazione, la quale gravitava sulle due idee più opposte a queste che sia possibile immaginare. E siccome l’essere tutta un’attitudine storica è il carattere che deve avere la nuova politica, prima di cominciare l’attività conviene che prendiamo un chiaro orientamento storico.
Quell’allontanamento dalla politica delle nuove generazioni, quella senilità, quella disintegrazione fatale dei partiti vigenti, quella condotta di fantasmi che portano gli organismi della Spagna ufficiale di fronte alla nuova, dovevano ricevere una semplice denominazione storica; questo ha un nome, bisogna metterglielo: è che assistiamo alla fine della crisi della Restaurazione, crisi dei suoi uomini, dei suoi partiti, dei suoi giornali, dei suoi procedimenti, delle sue idee, dei suoi gusti e perfino del suo vocabolario; in questi anni, in questi mesi conclude la Restaurazione la liquidazione del suo corredo; e se si ostina a non morire definitivamente, io vi direi a voi —da cui ho diritto di supporre esigenze di riflessione e coscienza elevatamente colta—, io vi direi che la nostra bandiera dovrebbe essere questa: «la morte della Restaurazione»: «Bisogna uccidere bene i morti».
Che cos’è la Restaurazione, signori? Secondo Cánovas, la continuazione della storia di Spagna. Mal anno per la storia di Spagna se legittimamente valesse la Restaurazione come sua sequenza! Fortunatamente, è tutto il contrario. La Restaurazione significa la detenzione della vita nazionale. Non c’era stato negli spagnoli, durante i primi cinquant’anni del secolo XIX, complessità, riflessione, pienezza d’intelletto, ma c’era stato coraggio, sforzo, dinamismo. Se si bruciassero i discorsi e i libri composti in quel mezzo secolo e fossero sostituiti dalle biografie dei loro autori, guadagneremmo cento per uno. Riego e Narváez, per esempio, sono, come pensatori, in verità!, un paio di disgrazie; ma sono come esseri vivi due alte fiammate di sforzo.
Verso l’anno 1854 —che è dove nel sotterraneo si inizia la Restaurazione— cominciano a spegnersi su questo triste fascio di Spagna gli splendori di quell’incendio di energie; i dinamismi vanno venendo poi a terra come proiettili che hanno compiuto la loro parabola; la vita spagnola si ripiega su se stessa, si fa vuoto di se stessa. Questo vivere il vuoto della propria vita fu la Restaurazione.
In popoli di animo più completo e armonico del nostro può, a un’epoca di dinamismo, succedere fecondamente un’epoca di tranquillità, di quiete, di estasi. L’intelletto è l’incaricato di suscitare e organizzare gli interessi tranquilli e statici, come sono il buon governo, l’economia, l’aumento dei mezzi, della tecnica. Ma è stata la caratteristica del nostro popolo aver brillato più come sforzato che come intelligente.
Vita spagnola, diciamolo lealmente, signori, vita spagnola, fino ad ora, è stata possibile solo come dinamismo.
Quando la nostra nazione smette di essere dinamica cade di colpo in un profondissimo letargo e non esercita più funzione vitale che quella di sognare che vive.
Così sembra come che nella Restaurazione nulla manchi. Ci sono là grandi statisti, grandi pensatori, grandi generali, grandi partiti, grandi apprestamenti, grandi lotte: il nostro esercito a Tetuán combatte coi mori lo stesso che al tempo di Gonzalo de Córdoba; in cerca del Nord nemico fendono la schiena del mare le nostre chiglie, come ai tempi di Filippo II; Pereda è Hurtado de Mendoza, e in Echegaray rigermoglia Calderón. Ma tutto questo accade dentro l’orbita di un sogno; è l’immagine di una vita dove solo c’è di reale l’atto che la immagina.
La Restaurazione, signori, fu un panorama di fantasmi, e Cánovas il grande impresario della fantasmagoria.
«Non chiamai Restaurazione la controrivoluzione —dice Cánovas—, ma conciliazione». «Non ci siano vinti né vincitori» —dice un’altra volta. Non sono sospette, non vi suonano come propositi torbidi queste parole? Questa premeditata rinuncia alla lotta, si è realizzata qualche volta e in qualche parte in altra forma che non sia la complicità e l’amichevole spartizione? «Ordine», «ordine pubblico», «pace»… è l’unica voce che si ascolta da un capo all’altro della Restaurazione. E perché non si alteri l’ordine pubblico si rinuncia ad attaccare nessuno dei problemi vitali della Spagna, perché, naturalmente, se si attacca un problema viscerale, la razza, se non è morta del tutto, risponde dando una cornata, alzando le sue due braccia, la sua destra e la sua sinistra, in forte contesa salutare.
E perché sia impossibile fino al tentativo di attaccarli, il partito conservatore, e Cánovas facendo da buon Dio, costruisce, fabbrica un partito liberale addomesticato, una specie di buon diavolo o di povero diavolo, con cui si completi questo quadro paradisiaco.
E ogni tentativo di efficace liberalismo è schiacciato, è inaridito. Ricordate se no la sinistra dinastica, che somiglia tanto a certe evoluzioni dei nostri giorni.
Perché possano vivere tranquillamente queste strutture convenzionali è forza che tutto ciò che ci sia in torno ad esse si volga convenzione; nel momento in cui introduciate un germe di vita, la convenzione esplode.
E qui avete che Cánovas solo in una cosa stringe —già questo è per metterci in guardia—, una cosa che andrà a servire come suprema convenzione, incaricata di dare sicurezza a tutte le altre. Questa cosa è la lealtà monarchica, di cui tra breve parleremo. Si fa del monarchismo un dogma soprannaturale indiscutibile, rigido. E questo, questo è l’unico che Cánovas antepone all’ordine pubblico e che identifica con la Spagna. Le sue parole furono: «Sopra la pace sta la Monarchia». Frase veramente sospetta per chi sopra tutto, anche sopra la vitalità nazionale, stava la pace. Ma Cánovas, signori, non era una creatura innocente; io rispetto sinceramente il suo enorme talento, forse il più grande del suo secolo in Spagna per le questioni ideologiche, se avesse potuto dedicare ad esse la sua vita; ma al di sopra di essere un grande erudito, e un grande oratore, e un grande pensatore, fu Cánovas, signori, un grande corruttore; come diremmo ora, un professore di corruzione. Corruppe fino all’incorruttibile. Perché quella frase «sopra la pace sta la Monarchia» produsse l’effetto di convertire a sua volta in dogma rigido, schematico, inflessibile, inefficace, estranazionale, l’idea repubblicana. La frase di Cánovas fu al punto risposto dall’estrema sinistra in questo modo: «Per noi, sopra la pace sta la Repubblica». Ed ecco due schemi semplicisti, Monarchia, e Repubblica, posti sopra tutte le cose nazionali, ed ecco la Spagna che gira su due poli, che sono due duri vocaboli. Mezzo paese occupato a garantire l’ordine pubblico in nome della Monarchia e l’altro mezzo paese occupato a sovvertirlo in nome della Repubblica. E siccome l’ordine pubblico si chiedeva a beneficio di una parola e non di nulla di sostanziale, e siccome la rivoluzione si domandava a servizio di qualcosa di ben poco imminente e positivo, non c’era che una finzione e scorza di ordine, non c’erano che rivoluzioni oratorie. In questo modo si ottuse il sistema nervoso delle classi agiate, abituandole all’inefficacia e alla sfiducia, e i repubblicani inasprirono ancora di più le moltitudini con i loro semplicismi. Gli uomini che allora vollero iniziare in Spagna il movimento socialista, che era una politica molto più complessa, molto più saggia e molto più reale, sanno molto bene come fu per loro una muraglia granitica il repubblicanesimo restauratore.
Me es imposible seguir con detalle, porque el tiempo corre muy deprisa, los distintos rasgos característicos de la Restauración; y lo siento verdaderamente, porque forman un cuadro cuya contraposición exacta hallaríais en el fondo de vuestras conciencias. Sólo mentaré los nombres de estos rasgos fisonómicos. Es, por lo pronto, el amor a la ficción jurídica (este orden público a que antes me refería), a la pomposidad, a la exterioridad, a contentarse con la apariencia. Es el seguir hablando de la tradición nacional, lo cual es grave, señores, porque no es sino otro nombre con que se indica el desconocimiento del caso España, de lo que es España como peculiar problema histórico y político. Porque lo que representa España, a diferencia de los demás pueblos actuales de Europa, es ser el pueblo en que no han fracasado estos o los otros hombres, estas o las otras instituciones, sino algo más hondo; es que en nuestra historia tenemos como un rompimiento de la eficacia de los principios más íntimos e inalienables del pueblo, de la tradición; en España, pues, es donde (aun aparte de cuestiones de ética y de derecho) el tradicionalismo no puede ser nunca un punto de partida para la política. Podrá tal vez ser útil para ciertas labores complementarias; pero centrar la política en la tradición, conservar los nombres huecos del pasado y con eso querer resolver las lacras del presente, esto no es más que un desconocimiento de la realidad española; es decir, convencionalismo, simplismo, caracteres de la Restauración.
Pero, además de esto, fue la Restauración, como hemos visto, la corrupción organizada, y el turno de los partidos, como manivela de ese sistema de corrupción.
Por fin, yo casi estoy por decir que, como más característico que todo esto, como más pernicioso, como raíz y origen de todo lo dicho, el fomento de la incompetencia.
Yo os pido que si queréis tomar una postura fundada ante los problemas actuales de la nación, releáis, de cuando en cuando, libros en que se cuente esta historia restauradora, por ejemplo, entre los que se ocupan de los últimos años de esta etapa, los veinte tomos del Año político, de Soldevilla, donde están los gérmenes puros, ingenuamente depositados sobre el papel, de los hechos nacionales en aquel período. Y yo os digo que de esa galería oscura de años inertes, de años trágicos, porque la inercia puede tomar en ocasiones el vuelo de una trágica condición, de aquel movimiento de generales que van y vienen y se suceden, de Comisiones que se reúnen y se desunen sin haber resuelto nada, de temas que se suscitan y a los cuales no piensa nadie dar cima ni llegar a la fórmula más elemental de su solución, de todo ese fondo no os quedarán, sin embargo, como lo más característico, flotando en la memoria, grandes crímenes constitucionales, ni, tal vez, demasiado grandes y súbitos descubrimientos de defraudaciones al Erario; pero lo que sí emana de todos esos años oscuros y terribles es una omnímoda, horrible, densísima incompetencia.
¿Adónde podía conducir todo esto? Al 98. ¿Cómo dudar de la existencia de esas dos Españas incomunicantes e incompatibles a que yo antes me refería? Deben ser un poco enfermos de la memoria quienes lo niegan, cuando olvidan que entre esa época y nosotros hay una fecha terrible, fatal: el 98. Podrá satisfacerse el que encuentre en ello gusto, haciendo notar, insistiendo en que la época del 98 acá no ha producido hombres de cualidades brillantes; pero es que la convivencia nacional no es una reunión escolar en la que se trate de dar premio al mérito de unos cuantos. Por bajo la falta de brillantez en este o aquel individuo está el acervo positivo de la gran modestia nacional, de la espléndida sacra anonimidad, y allí, sin ruido, lentamente, ocultamente, se viene preparando un momento fieramente justiciero. Es natural.
Tardará más o menos en venir; pero el más humilde de vosotros tiene derecho a levantarse delante de esos hombres que quieren perpetuar la Restauración y que asumen su responsabilidad, y decirles: «No me habéis dado maestros, ni libros, ni ideales, ni holgura económica, ni amplitud saludable humana; soy vuestro acreedor, yo os exijo que me deis cuenta de todo lo que en mí hubiera sido posible de seriedad, de nobleza, de unidad nacional, de vida armoniosa, y no se ha realizado, quedando sepulto en mí antes de nacer; que ha fracasado porque no me disteis lo que tiene derecho a recibir todo ser que nace en latitudes europeas».
Y aun habíamos de avergonzarnos de ser nosotros quienes viniéramos con estas exigencias, al fin y al cabo hemos nacido en las capas superiores de la sociedad española; pero ¿qué no tendría derecho a decir el obrero en la vida cruda de su ciudad y el labriego en su campiña desértica y áspera?
Todo español lleva dentro, como un hombre muerto, un hombre que pudo nacer y no nació, y claro está que vendrá un día, no nos importa cuál, en que esos hombres muertos escogerán una hora para levantarse e ir a pediros cuenta sañudamente de ese vuestro innumerable asesinato.
Yo necesitaba extenderme en estos puntos de vista, y al solicitar a la acción pública, a las nuevas generaciones y especialmente a las minorías que viven en ocupaciones intelectuales, no quiero decir que se dejen las exigencias y la fuerza de su intelectualidad en casa; es menester que, si van a la política, no se avergüencen de su oficio y no renuncien a la dignidad de sus hábitos mentales; es preciso que vayan a ella como médicos y economistas, como ingenieros y como profesores, como poetas y como industriales. Y la dignidad del hábito mental, adquirido por quien vive en obra de intelección, es moverse no sólo en cosas concretas, sino saber que para llegar a ellas fina y acertadamente hay que tomar la vuelta de las orientaciones generales. Lo general no es más que un instrumento, un órgano para ver claramente lo concreto; en lo concreto está su fin, pero él es necesario. Mientras sean para los españoles sinónimos la idea general y lo irreal, lo vago, todo empeño de renacer fracasará. Porque cultura no es otra cosa sino esa premeditada, astuta vuelta que se toma con el pensamiento —que es generalizador— para echar bien la cadena al cuello de lo concreto.
It is impossible for me to follow in detail, because time runs very fast, the distinct characteristic traits of the Restoration; and I truly regret it, because they form a picture whose exact counterpart you would find at the bottom of your consciences. I will only mention the names of these physiognomic traits. It is, for the moment, the love of juridical fiction (this public order to which I referred before), of pomposity, of exteriority, of being content with appearance. It is the continuing to speak of national tradition, which is grave, gentlemen, because it is no more than another name by which is indicated the ignorance of the case Spain, of what Spain is as a peculiar historical and political problem. Because what Spain represents, in contrast to the other current peoples of Europe, is being the people in which neither these nor those men have failed, neither these nor those institutions, but something deeper; it is that in our history we have as a breaking of the efficacy of the most intimate and inalienable principles of the people, of tradition; in Spain, then, is where (even apart from questions of ethics and of law) traditionalism can never be a point of departure for politics. It may perhaps be useful for certain complementary labors; but centering politics on tradition, preserving the hollow names of the past and with that wanting to resolve the sores of the present, this is no more than an ignorance of Spanish reality; that is to say, conventionalism, simplism, characters of the Restoration.
But, besides this, the Restoration was, as we have seen, organized corruption, and the turn-taking of the parties, as the crank of that system of corruption.
Finally, I am almost inclined to say that, as more characteristic than all this, as more pernicious, as root and origin of all that has been said, the fostering of incompetence.
I ask you that if you want to take a founded posture before the present problems of the nation, you reread, from time to time, books in which this restorative history is told, for example, among those that deal with the last years of this stage, the twenty volumes of the Año político, by Soldevilla, where are the pure germs, ingenuously deposited on paper, of the national facts in that period. And I tell you that from that dark gallery of inert years, of tragic years, because inertia can on occasions take the flight of a tragic condition, from that movement of generals that come and go and succeed one another, of Commissions that meet and dissolve without having resolved anything, of themes that are raised and to which nobody thinks of giving completion nor of reaching the most elementary formula of their solution, from all that background there will not remain to you, however, as the most characteristic, floating in the memory, great constitutional crimes, nor, perhaps, too great and sudden discoveries of defraudations of the Treasury; but what does emanate from all those dark and terrible years is an omnimodous, horrible, very dense incompetence.
Where could all this lead? To ‘98. How to doubt the existence of those two non-communicating and incompatible Spains to which I referred before? They must be a little sick of memory who deny it, when they forget that between that epoch and us there is a terrible, fatal date: ‘98. He who finds pleasure in it may be satisfied, by noting, insisting that since the epoch of ‘98 there has not been produced men of brilliant qualities; but it is that national coexistence is not a school reunion in which it is a question of giving a prize to the merit of a few. Beneath the lack of brilliance in this or that individual lies the positive heritage of the great national modesty, of the splendid sacred anonymity, and there, without noise, slowly, covertly, a fiercely justiciary moment is being prepared. It is natural.
It will take more or less time to come; but the humblest of you has the right to rise before those men who want to perpetuate the Restoration and who assume their responsibility, and to say to them: «You have not given me teachers, nor books, nor ideals, nor economic ease, nor healthy human amplitude; I am your creditor, I demand of you that you give me account of everything that in me would have been possible of seriousness, of nobility, of national unity, of harmonious life, and has not been realized, remaining buried in me before being born; that it has failed because you did not give me what every being born in European latitudes has the right to receive».
And we would still have to be ashamed of being the ones who came with these demands; after all we have been born in the upper layers of Spanish society; but what would the worker not have the right to say in the crude life of his city, and the peasant in his desert and harsh countryside?
Every Spaniard carries within, like a dead man, a man who could have been born and was not born, and clearly a day will come, we do not care which, when those dead men will choose an hour to rise and go to demand of you with rancor account of this your innumerable assassination.
I needed to expand on these points of view, and in soliciting public action, the new generations and especially the minorities that live in intellectual occupations, I do not mean to say that the demands and the force of their intellectuality be left at home; it is necessary that, if they go into politics, they not be ashamed of their office and not renounce the dignity of their mental habits; it is necessary that they go to it as physicians and economists, as engineers and as professors, as poets and as industrialists. And the dignity of the mental habit, acquired by one who lives in a work of intellection, is to move not only among concrete things, but to know that to reach them finely and accurately one must take the detour of general orientations. The general is no more than an instrument, an organ for seeing clearly the concrete; in the concrete lies its end, but it is necessary. As long as general idea and the unreal, the vague, are synonyms for the Spaniards, every endeavor to be reborn will fail. Because culture is nothing other than that premeditated, astute detour that one takes with thought —which is generalizing— in order to cast well the chain around the neck of the concrete.
Mi è impossibile seguire con dettaglio, perché il tempo corre molto in fretta, i diversi tratti caratteristici della Restaurazione; e me ne dispiace veramente, perché formano un quadro la cui esatta contrapposizione trovereste nel fondo delle vostre coscienze. Solo mentirò i nomi di questi tratti fisionomici. È, per il momento, l’amore alla finzione giuridica (questo ordine pubblico a cui prima mi riferivo), alla pomposità, all’esteriorità, all’accontentarsi con l’apparenza. È il seguire parlando della tradizione nazionale, il che è grave, signori, perché non è altro che un nome con cui si indica la sconoscenza del caso Spagna, di ciò che è la Spagna come peculiare problema storico e politico. Perché ciò che rappresenta la Spagna, a differenza degli altri popoli attuali d’Europa, è l’essere il popolo in cui non sono falliti questi o gli altri uomini, queste o le altre istituzioni, ma qualcosa di più profondo; è che nella nostra storia abbiamo come una rottura dell’efficacia dei principi più intimi e inalienabili del popolo, della tradizione; in Spagna, dunque, è dove (anche a parte questioni di etica e di diritto) il tradizionalismo non può mai essere un punto di partenza per la politica. Potrà forse essere utile per certe opere complementari; ma centrare la politica nella tradizione, conservare i nomi vuoti del passato e con ciò voler risolvere le piaghe del presente, questo non è che una sconoscenza della realtà spagnola; vale a dire, convenzionalismo, semplicismo, caratteri della Restaurazione.
Ma, oltre a questo, fu la Restaurazione, come abbiamo visto, la corruzione organizzata, e il turno dei partiti, come manovella di quel sistema di corruzione.
Per finire, io quasi sto per dire che, come più caratteristico di tutto questo, come più pernicioso, come radice e origine di tutto il detto, il fomento dell’incompetenza.
Io vi chiedo che se volete prendere una postura fondata davanti ai problemi attuali della nazione, rileggiate, di quando in quando, libri in cui si racconti questa storia restauratrice, per esempio, tra quelli che si occupano degli ultimi anni di questa tappa, i venti tomi dell’Año político, di Soldevilla, dove stanno i germi puri, ingenuamente depositati sulla carta, dei fatti nazionali in quel periodo. E io vi dico che da quella galleria oscura di anni inerti, di anni tragici, perché l’inerzia può prendere in occasioni il volo di una tragica condizione, di quel movimento di generali che vanno e vengono e si succedono, di Commissioni che si riuniscono e si disuniscono senza aver risolto nulla, di temi che si suscitano e ai quali nessuno pensa di dare cima né di arrivare alla formula più elementare della loro soluzione, di tutto quel fondo non vi resteranno, tuttavia, come più caratteristico, fluttuando nella memoria, grandi crimini costituzionali, né, forse, troppo grandi e improvvisi scoperte di defraudazioni all’Erario; ma ciò che sì emana da tutti quegli anni oscuri e terribili è un’omnimoda, orribile, densissima incompetenza.
Dove poteva condurre tutto questo? Al 98. Come dubitare dell’esistenza di quelle due Spagne incomunicanti e incompatibili a cui prima mi riferivo? Devono essere un po’ malati di memoria coloro che lo negano, quando dimenticano che tra quell’epoca e noi c’è una data terribile, fatale: il 98. Potrà soddisfarsi colui che ci trovi gusto, facendo notare, insistendo nel fatto che dall’epoca del 98 in qua non ha prodotto uomini di qualità brillanti; ma è che la convivenza nazionale non è una riunione scolastica in cui si tratti di dare premio al merito di alcuni pochi. Al di sotto della mancanza di brillantezza in questo o in quel individuo sta l’acervo positivo della grande modestia nazionale, della splendida sacra anonimità, e là, senza rumore, lentamente, occultamente, si viene preparando un momento fieramente giustiziere. È naturale.
Tarderà più o meno a venire; ma il più umile di voi ha diritto di alzarsi davanti a quegli uomini che vogliono perpetuare la Restaurazione e che assumono la loro responsabilità, e dire loro: «Non mi avete dato maestri, né libri, né ideali, né agiatezza economica, né ampiezza salutare umana; sono vostro creditore, io vi esigo che mi diate conto di tutto ciò che in me sarebbe stato possibile di serietà, di nobiltà, di unità nazionale, di vita armoniosa, e non si è realizzato, restando sepolto in me prima di nascere; che è fallito perché non mi deste ciò che ha diritto di ricevere ogni essere che nasce in latitudini europee».
E avremmo ancora da vergognarci di essere noi quelli che venissimo con queste esigenze, in fin dei conti siamo nati negli strati superiori della società spagnola; ma che cosa non avrebbe diritto di dire l’operaio nella vita cruda della sua città e il contadino nella sua campagna deserta e aspra?
Ogni spagnolo porta dentro, come un uomo morto, un uomo che poté nascere e non nacque, e chiaro è che verrà un giorno, non ci importa quale, in cui quegli uomini morti sceglieranno un’ora per alzarsi e andare a chiedervi conto con accanimento di questo vostro innumerevole assassinio.
Io necessitavo di estendermi in questi punti di vista, e nel sollecitare l’azione pubblica, le nuove generazioni e specialmente le minoranze che vivono in occupazioni intellettuali, non voglio dire che si lascino a casa le esigenze e la forza della loro intellettualità; è mestiere che, se vanno alla politica, non si vergognino del loro officio e non rinuncino alla dignità delle loro abitudini mentali; è preciso che ci vadano come medici ed economisti, come ingegneri e come professori, come poeti e come industriali. E la dignità dell’abitudine mentale, acquisita da chi vive in opera di intellezione, è muoversi non solo in cose concrete, ma sapere che per arrivare ad esse finamente e accertatamente bisogna prendere la svolta delle orientazioni generali. Il generale non è che uno strumento, un organo per vedere chiaramente il concreto; nel concreto sta il suo fine, ma esso è necessario. Mentre siano per gli spagnoli sinonimi l’idea generale e l’irreale, il vago, ogni impegno di rinascere fallirà. Perché cultura non è altra cosa che quella premeditata, astuta svolta che si prende col pensiero —che è generalizzatore— per gettare bene la catena al collo del concreto.